El reino prometido
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Será el infante Pedro quien suba al trono una vez cumplida la edad requerida para orgullo de su madre, Constanza de Saboya. En él ha depositado todos sus esfuerzos y confianza. El joven rey tendrá que hacer frente a revueltas y planes de conquistas que añora desde su más tierna infancia, pues es de carácter impulsivo y combativo. Acompañado por su hermano Enrique, que detesta empuñar las armas pero que se debe a la voluntad de su rey, gobernará el reino con puño de hierro. Pero en un viaje al reino de Navarra en un intento por alcanzar la paz, Pedro halla la muerte de forma accidental.
La culpable de la tragedia, la hermosa Isabel.
Aquel suceso cambiará para siempre la vida de la joven. Atrás quedarán los días colmados de felicidad junto a su amor de infancia y su pasión por la medicina tradicional, heredada de una madre de origen cátaro. Ahora tendrá que emprender la huida junto a Martín, un huraño anciano que la protegerá por el simple hecho de llevar en el vientre a su futuro nieto. Conocerán las florecientes ciudades de Pamplona, Burgos, Segovia o Toledo y cruzaran sus vidas con las de Román, un novicio que escapa del monasterio de Poblet para enfrentarse a un pasado turbulento y con el atractivo Bernat, un jovial vividor cuyas facetas más depuradas son la astucia y la picardía.
Pero una amenaza creciente se interpondrá en sus vidas, un extraño personaje que no cejará en el empeño por el que ha sido contratado.
Apresar a Isabel y hacer justicia.
El Reino Prometido es una novela cargada de traiciones, aventuras, intrigas y secretos ocultos durante años. Con un final inesperado y sorprendente, esta hermosa y cruel historia ambientada en la España del siglo XIII mantendrá al lector expectante hasta las últimas páginas en una lectura amena y entretenida.
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El reino prometido - Rubén Pérez Rubio
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
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© Rubén Pérez Rubio
Diseño de edición: Letrame Editorial.
ISBN: 978-84-1386-257-6
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NOTA DEL AUTOR
En honor al pasado y a la verdad, decidí omitir a los principales personajes históricos que coexistieron en los años en los que transcurre esta novela para poder así manipular y tratar a mi antojo los hechos verídicos que el paso de los años han tenido a bien conservar. Es el caso de Fernando III el Santo y su hijo Alfonso X el Sabio, hombres que han pasado a la historia por su liderazgo, sus hazañas y por ser los principales impulsores de una reconquista que concluiría más de dos siglos después. Es esta una novela llena de leyendas, realidad y ficción a la que se le ha otorgado la mezcla necesaria con la que poder hacer una historia más entretenida y compleja. En ningún momento se pretende dar lecciones de historia, pues aquí se leen verdades a medias, invenciones con pinceladas de verdad e historias sacadas de la imaginación.
Seguro que sabrán distinguir las partes manipuladas de los hechos verídicos que aquí se relatan.
Las calles, barrios y templos religiosos mencionados existieron en la época narrada. La complejidad del sistema monetario y sus constantes cambios me ha llevado a tomar el maravedí como moneda de uso principal durante toda la novela. También encontrarán, en menor medida, los óbolos y dineros de vellón. Lo mismo ocurre al tratar de comprender las medidas, tanto de longitud como de peso y volumen, pues variaban de un lugar a otro. Hay que recordar que las medidas se tomaban con partes del cuerpo. Pie, palmo, codo… con los consiguientes problemas que aquello ocasionaba durante la vida cotidiana, por ejemplo, en gremios como la construcción.
Mi único deseo es entretener y hacer en la medida de lo posible más ameno su tiempo, cada vez más ocupado y menos independiente.
PRINCIPALES PERSONAJES VERÍDICOS
-Diego López III de Haro: Ricohombre de Castilla. Señor de Vizcaya y alférez del rey.
-Lope Díaz III de Haro: Hijo del anterior.
-Nuño González de Lara: Señor de la Casa de Lara. Gobernador de Castilla y León y tenente de Sevilla y Écija.
-Jaime I de Aragón: Rey de Aragón, Valencia y Mallorca. Conde de Barcelona y Montpellier.
-Sancho de Aragón: Hijo del anterior. Arzobispo de Toledo.
-Teobaldo II de Navarra: Rey de Navarra y conde Champaña y Brie.
-Enrique I de Navarra: Hijo del anterior.
-Remondo de Losana: Obispo de Segovia y arzobispo de Sevilla.
-Amadeo IV de Saboya: Conde de Saboya.
-Pedro Gómez: Maestre del Temple.
-Fernando Ordoñez: Maestre de la Orden de Calatrava.
-Pedro Yáñez: Maestre de la Orden de Alcántara.
-Pelayo Pérez: Maestre de la Orden de Santiago.
-Pedro Sánchez de Monteagudo: Tenente de Roncal y del Salazar entre los años 1264 y 1269, títulos que me he tomado la licencia de adelantar en esta historia.
-Juan Sánchez de Monteagudo: Hijo del anterior.
-Juan García de Villamayor: Mayordomo Mayor del Alcázar.
PERSONAJES FICTICIOS
-Eduardo de Castilla: Rey de Castilla y de León.
-Constanza de Saboya: Esposa del rey e hija de Amadeo IV de Saboya.
-Ricardo: Infante de Castilla y heredero a la corona.
-Pedro: Infante de Castilla.
-Enrique: Infante de Castilla.
-Sancho de Molina y Mesa: Hermano del rey Eduardo.
-Rolando de Ampudia: Secretario y consejero de la reina Constanza.
-El Capitán: Soldado. Fiel y leal amigo del rey Eduardo de Castilla.
-Lope: Soldado al servicio de Rolando de Ampudia.
-Samuel Ibn Moshé: Médico judío al servicio del rey.
-Isabel: Protagonista de esta historia.
-María y Ramón: Padres de Isabel.
-Auria y Leonor: Hermanas de Isabel.
-Munio: Esposo de Isabel. Aprendiz de carpintero.
-Martín y Elisenda: Padres de Munio.
-Moira: Amiga de infancia de Isabel.
-Inés: Joven de buena cuna enamorada de Munio.
-Alonso Crozat: Noble navarro. Padre de Inés.
-Román: Niño abandonado en el Monasterio de Poblet.
-Casilda: Madre de Román.
-Eudald: Prior del Monasterio de Poblet.
-Zacarías: Monje.
-Robert: Monje.
-Oriol: Cantero. Enamorado de Casilda, madre de Román.
-Iñigo: Mozo de cuadras en el Alcázar de Sevilla.
-Saturnino de la Cruz: Alarife del puente de San Martín en Toledo.
-Hermenegilda: Esposa de Saturnino.
-Alexia: joven meretriz en la ciudad de Toledo.
-Isaac: Médico en Toledo. Hijo de Samuel Ibn Moshé.
-Kadisha: Hermana de Isaac.
-Bernat: Joven barcelonés. Astuto y vividor.
-Guido: Gigante usado como atracción de feria.
-Jimena: Mujer de alta alcurnia.
-Khadir: Dueño de un local clandestino en Toledo.
-Rodrigo, Roldán, Telmo y Celso: Hermanos malabaristas.
-Herminio y Úrsula: Matrimonio de ancianos que cuidan de Román.
-Gerardo de Verona: Copista y traductor italiano.
CAPÍTULO I
Alta traición
1252
ALCÁZAR REAL, SEVILLA
30 de mayo del año del Señor de 1252
El perfil ámbar de un nuevo amanecer se esbozaba sobre el horizonte. La mañana prometía tormenta, siembra de aquellas plomizas nubes que sometían los cielos en los últimos días. Las aves, tempraneras, emprendían el vuelo para interrumpir aquel silencio sepulcral bajo la atenta mirada de los guardias, que ocupaban el patio en absoluto silencio. La noche había sido fría para aquella época del año y agradecieron el cambio de guardia, dirigiendo sus apresurados pasos hacia las cocinas para recibir un caldo bien humeante como única recompensa. Apenas intercambiaron unas palabras mientras absorbían aquel manjar que poco a poco les hizo entrar en calor. Sabían que aún les quedaban muchas horas en vela y más de uno cayó vencido al sueño al abrigo de las dos descomunales chimeneas que había en ambos extremos de la estancia. Cualquier lugar era válido para descansar, ya fuese apoyado junto a la leña amontonada o acurrucado sobre los sacos de grano allí amontonados. Otros decidieron ir a la capilla, pues querían rezar por la vida de aquel al que protegían desde que entraron a su servicio, el hombre al que todos admiraban y por el cual sentían devoción.
Empezó a llover con fuerza.
Iñigo holgazaneaba aprovechando la tregua al fin concedida. Buscaba algo que amenizase las horas de espera en las caballerizas, si bien no era poco el trabajo que allí se cumplía en los últimos días. Había que limpiar y cepillar a los caballos, darles de comer y beber, cortar sus pezuñas si así se lo requerían o arreglar las sillas de montar. Les habían ordenado hacer vida durante los próximos días en el interior de las caballerizas reales. Descansarían junto a los animales y respirarían sus mismas fragancias, siempre dispuestos para recibir como era menester a los distinguidos hombres que en los próximos días acudirían al Alcázar sobre sus monturas, de las que deberían hacerse cargo sin demora. Venían a cumplir con el rey Eduardo de Castilla, que yacía en sus aposentos privados en espera de la inevitable llamada del Señor.
Observó a sus hermanos.
Hugo y Alonso miraban distraídos las huellas que habían dejado sus roídas botas. Apoyaban sus traseros sobre la bancada de madera que descansaba junto a la entrada, sumidos en el silencio. Tomó asiento junto a ellos y cerró los ojos. Aquella no era la vida que habían soñado de niños, una existencia donde la espada y el orgullo de combatir al infiel habían sido deseados desde la niñez. Pero bien era cierto que eran unos privilegiados. Durante las malas cosechas, muchos eran los que morían en los campos, azotados por el hambre y la miseria. A ellos nunca les faltaba un plato sobre la mesa ni un lecho limpio en el que poder dormir. Tenían una cómoda posición dentro de la sociedad, pues muy pocos conseguían trabajar al servicio del rey.
Pero sus sueños de infancia seguían ahí…
Apenas le había dado tiempo a echar una cabezada cuando les anunciaron la inminente llegada de un grupo de caballeros muy especial para el soberano. El líder que lo encabezaba era algo más que un amigo para él. Era como un hermano. Su protector.
El Capitán.
Así era conocida la mano derecha del rey Eduardo de Castilla. Apenas un puñado de notables hombres conocía su nombre. Pero no era aquello lo que hacía enigmático y especial a aquel hombre. Era su personalidad arrolladora, la misma que le hacía ser respetado y admirado hasta la devoción por el soberano y los soldados que luchaban a su lado. Aquello despertaba la antipatía entre ciertos sectores de la nobleza y el clero, pues era un líder indomable que no se dejaba arrastrar por la codicia ni respetaba los códigos de conducta con ellos.
Era un alma libre al servicio de su rey.
Nacido y criado en tierras de Zamora al igual que Eduardo, eran amigos desde la más tierna infancia. Según apuntaban las malas lenguas, el padre del Capitán fue el encargado de hacerle los trabajos sucios al progenitor de Eduardo, don Alfonso de Castilla. Se rumoreaba que el Capitán había salvado la vida de Eduardo de una muerte segura cuando aún eran unos niños. Se lanzó al agua sin vacilar un segundo cuando escuchó al por entonces infante pedir auxilio tras sufrir fuertes calambres en ambas piernas mientras nadaba en un río cercano. Presa del pánico, comenzó a sumergirse hasta perder el conocimiento.
—Os debo la vida —le habría dicho Eduardo una vez en la orilla.
Solo tenían seis años cuando ocurrió el accidente y muchos años después aún se la debía. El Capitán nunca se apartaba de su lado en la batalla, pendiente en todo momento de sus movimientos y decisiones. En todas y cada una de las conquistas realizadas por Eduardo se ubicaba a su diestra, incluso por delante de los maestres de las grandes órdenes militares castellanas o de la nobleza más prominente y destacada de Castilla.
Salieron con presteza al patio de armas cuando un soldado apostillado en lo alto de las almenas anunció la llegada de aquellos caballeros.
—¡Abrid las puertas! —ordenó el oficial a un grupo de soldados que en ese momento jugaban a las tabas.
Iñigo miró a sus hermanos y suspiró.
La fama de aquel hombre le ponía nervioso y tuvo ganas de vomitar, pues había escuchado que no dudaba en sacar su mano a pasear si algo de lo que ordenaba salía mal.
Los imponentes portones se abrieron para dejar paso a tan distinguidos caballeros, que se adentraron en el patio de armas con gran estruendo. Hugo y Alonso acudieron a ellos con paso vacilante, pero ninguno se atrevió a prestar sus servicios al Capitán.
Maldijo a sus hermanos en silencio.
Observó al Capitán de soslayo mientras se acercaba, el corazón encogido bajo su pecho. Sus botas estaban manchadas, mezcla del polvo del camino y la lluvia caída en las últimas horas. Se había quitado el yelmo que ahora descansaba bajo su fornido brazo mientras con la otra mano sujetaba las riendas de un espectacular corcel de color azabache. Miró con detenimiento la túnica que le protegía del frío. Era de fina lana castellana, repleta de jirones y costuras por todas partes. Colgada del cinturón, asomaba la imponente empuñadura de su espada, trabajo de algún afamado maestro espadero de la ciudad.
Vio preocupación en aquella temible mirada de la que tanto había oído hablar. Se apiadó de él unos instantes, hasta que se apeó de su montura.
—¡Cuidadlo! —exigió con severidad mientras se sacudía el polvo—. Que no le falte de nada, ¿me habéis entendido, muchacho?
Tragó saliva y asintió ocultando la mirada. Cogió las riendas del corcel y se alejó apresuradamente.
—¿Impone? —le preguntó Hugo con curiosidad mientras frotaba con paja fresca a uno de los animales.
—Sí —reconoció.
Siempre había soñado ser como aquel hombre admirado por su arrojo en la batalla y su lealtad inquebrantable hacia su rey. Se hablaba mucho de su fiereza con la espada y de sus estrategias en combate. Soñaba con luchar algún día a su lado, pero su humilde posición le impediría cumplir aquel sueño anhelado.
Tal vez algún día la fortuna le sonriese.
Descubrió a diversos personajes en una estancia lateral. Representantes de la Iglesia, nobles de pequeñas casas señoriales, adelantados y merinos mayores, funcionarios y algunas cortesanas de dudoso prestigio que ocultaban sus cabellos bajo sus cofias en señal de respeto, esperaban el anuncio de una muerte que todos sabían ya próxima.
Cruzó la estancia sin saludar a nadie.
El mayordomo mayor abrió una de las puertas laterales cuando le vio.
—Acompañadme, Capitán —indicó—. Os esperan con impaciencia.
Lo precedió a través de un largo pasillo que ya conocía de memoria. Los grandes ventanales quedaban ocultos bajo tupidos cortinajes que apenas filtraban la luz de aquella mañana fría y nublada. Al final del pasillo tomaron la diestra hasta alcanzar una puerta de doble hoja de inmensas proporciones que custodiaban un par de soldados armados con lanzas. Allí esperaban las personalidades más influyentes del reino.
Miró de uno en uno a los allí presentes.
De pie, al lado de una chimenea sin prender, cuatro caballeros cesaron la conversación. Los reconoció por sus inconfundibles túnicas. Los maestres de las órdenes militares de Calatrava, Santiago, Alcántara y del Temple, le saludaron con un leve movimiento de cabeza. Al fondo de la sala, junto a uno de los ventanales, la mirada perdida más allá de las maravillosas vistas que ofrecía la ciudad de Sevilla, conversaban a voz templada don Remondo de Losana, obispo de Segovia y confesor de la reina junto al médico personal de Eduardo, el judío Samuel Ibn Moshé.
Aquel galeno de mediana edad cuya fama había traspasado las fronteras del reino, había puesto al servicio del rey durante muchos años toda su experiencia y saber. Había cursado sus estudios de medicina y teología en la universidad de Salerno, cuna de la medicina en Europa. Pero nada más podía hacer por la vida de Eduardo, tan solo esperar lo inevitable.
En el centro de la sala descubrió al hermano del rey, don Sancho de Molina y Mesa junto a Nuño González de Lara, uno de los más leales y poderosos nobles del reino. Habían compartido campo de batalla y los respetaba.
Se acercó a ellos.
—Capitán.
—Señores —saludó—. ¿Cómo está?
Sancho cedió la mirada al suelo. Apenas podía hablar.
—El médico afirma que es probable que no pase de esta noche —confirmó al fin Nuño González de Lara.
Asintió con tristeza. Llevaba dos jornadas sin parar de cabalgar. En cuanto le dieron la nueva, cogió a seis de sus más leales soldados y partió a toda prisa desde Toledo a Sevilla. Solo habían detenido sus pasos para comer y dar descanso a sus monturas. No veía a Eduardo desde hacía un par de meses y no se perdonaría en la vida no haber podido despedirse de él.
Era su único amigo.
Cruzó su mirada con la del obispo de Segovia, que desapareció poco después por una puerta lateral. Los aposentos privados de Eduardo.
Torció el gesto. Nunca había aceptado ni considerado a los representantes de la iglesia. Su oficio, aquel de la oratoria en nombre de Dios, le inspiraba la misma confianza que ofrecían los cuatreros o forajidos con los que se había cruzado a lo largo de su vida. Sus venenosas lenguas embaucaban a los fieles, pobres campesinos en su mayoría a los que se les prometía el infierno eterno si no cumplían con sus ya atestadas arcas. Cardenales, obispos y hasta el mismísimo papa Inocencio III, vivían rodeados de lujo y poder, escupiendo sobre aquellas mismas palabras que con tanta fe fingida pregonaban al pueblo, aquellos cuya humildad y pobreza sí semejaban con la vida que había llevado Jesús.
Se creía creyente, pero llevaba años sin pisar una iglesia. No iba a misa ni rezaba como la mayoría de la cristiandad. Su fe era más simple, pues confiaba sus problemas al Altísimo en privado, sin necesidad de santuarios ni prelados de por medio, pues Él lo escuchaba todo.
—¿Quién está ahora con Eduardo, además del clérigo?
—La reina Constanza.
Suspiró.
No sentía simpatía alguna por ella, pero reconocía que aquella mujer representaba en todo su esplendor el poderío del reino de Castilla. Altiva y desconfiada, era reconocida por los hombres que la veían por vez primera como la mujer más hermosa que habían visto jamás. Su pelo, del color de la madera de castaño, caía en cascadas por debajo de su cintura mientras sus ojos almendrados mostraban el poder de los que se saben seguros, tan importantes e influyentes como los libros que descansaban en los monasterios. Su influencia sobre las decisiones que tomaba Eduardo era más que notable, opiniones pensadas desde la lógica y la ambición de quien desea el poder absoluto y no lo puede alcanzar.
Era hija de un noble italiano, Amadeo IV de Saboya, un hombre muy poderoso que accedió a la petición de Eduardo para unirlos en sagrado matrimonio. Era el segundo para los dos. De aquella unión nacieron dos varones. Los infantes Pedro y Enrique.
Se casaron en la solemne catedral de Sevilla, antigua mezquita de la ciudad hasta caer esta rendida cuatro años atrás al asedio sufrido por las tropas castellanas lideradas por el propio Eduardo.
—Creo que debería esperar a que salgan.
Don Sancho de Molina le dio una palmada en el hombro.
—Eduardo ha dado orden de que os hagan pasar —expresó el hermano del rey con los ojos vidriosos aún—. La reina saldrá en cuanto os vea.
Asintió sin entusiasmo alguno.
La estancia estaba prácticamente en penumbras cuando entró. En el interior de la chimenea ardían un par de leños, pues no se quería cargar en exceso el ambiente. En el centro de la alcoba, en un lecho de madera noble, yacía pálido el rey Eduardo I de Castilla. Por un momento pensó que había llegado demasiado tarde.
—Constanza —saludó el Capitán con una leve reverencia.
Dejó plantado al obispo de Segovia, que le había mostrado el anillo de oro en espera de un beso que nunca llegó.
Don Remondo lo fulminó con la mirada.
Eduardo, que ya había despertado, contemplaba la escena divertido.
El Capitán se percató de aquello y se arrodilló junto a su rey. Agarró con fuerza su mano temblorosa.
—Pensé que no llegaba a tiempo, mi rey.
Eduardo sonrió no sin esfuerzo.
—Os dejaremos a solas —dijo Constanza mientras sonreía con ternura a su amado esposo.
—¿Necesitáis algo, señor? —preguntó don Remondo.
—Que traigan al infante. Por favor.
Constanza cerró la puerta tras de sí y miró con tristeza a don Remondo. No podía soportar la idea de perder a Eduardo, el peso de toda una corona como responsabilidad hasta la mayoría de edad del infante Ricardo. Aquel niño era el recuerdo más sagrado que poseía Eduardo de su primera esposa, Beatriz de Suabia. Lo quería con locura desmedida, tanta, que siempre había dudado si quería de igual modo a sus otros dos hijos, los que ella había parido con tanto dolor y sufrimiento mientras él partía a la guerra o se mantenía ocupado en los quehaceres y responsabilidades a los que se debe un rey. Jamás le había hablado de lo sola que se había sentido a su lado, pero tampoco podía culparlo de nada. Cuando estaban juntos, creía desfallecer de amor, embelesada en sus labios mientras abrazaba su cuerpo. La cuidaba como no lo había hecho nadie y le dedicaba palabras de tal belleza que lo hacían irresistible. Pero la sombra de la duda siempre había estado ahí y, gestos como el de ahora, parecían confirmarlo.
—Solo quiere ver a Ricardo… —murmuró.
—No os preocupéis —consoló el obispo—. Entended que es el heredero a la corona de Castilla.
—Sí, será eso.
Custodiada por don Remondo, apenas prestó atención a las reverencias que se hacían a su paso. Hizo llamar al infante mientras se acercaba al rincón donde conversaban el hermano de Eduardo, don Sancho y el médico judío.
—¿Cuánto tiempo le queda, Samuel?
El medico dudó unos instantes.
—No sabría decirle —repuso el galeno—, pero es más que probable que no pase de mañana. Está sufriendo mucho.
Constanza asintió con pesadumbre.
No sabía si sería capaz de soportar la muerte de su amado esposo. Cerró los ojos un intento por ocultar aquellas primeras lágrimas que acariciaban sus mejillas ante los recuerdos pasados al lado de su amado. Sabía que no era muy querida entre aquellos que ahora la rodeaban. Tardó varios meses en aprender la lengua y aquello no ayudó a entablar relaciones o amistades cercanas al poder. Sus doncellas y su secretario personal le informaban de todos aquellos rumores y habladurías que se decían bajo las sombras de palacio. Muchos dudaban de su lealtad y amor por Eduardo, pues decían, lo había conquistado con armas sabias de mujer. Pero la realidad era bien diferente. Fue el propio Eduardo el que pidió con gran insistencia su mano a su padre.
Aquel recuerdo permanecería presente el resto de sus días.
—Casarás con Eduardo de Castilla, Constanza.
La había citado en su despacho personal. No quería que sus hermanos lo supiesen de momento.
—Me lo ha pedido y he aceptado. Vas a convertirte en reina de Castilla, hija.
Apenas le salían las palabras tras escuchar las nuevas.
—Por supuesto que sí, padre. Sé que os ilusiona mucho.
Su padre la miró con ternura.
—Eres joven aún, hija mía. Una oportunidad como esta no pasa todos los días.
Constanza asintió sin emoción alguna.
Su padre, Amadeo IV de Saboya, era uno de los hombres más poderosos de Italia, pero las continuas disputas y rebeliones de sus tíos contra él le llevaron a pedir apoyo militar a Eduardo, que a pesar de tener sus propias guerras contra los infieles, comandó un numeroso ejército de hombres que consiguió en pocas semanas persuadir las intenciones de los hermanos de su padre para llegar a un acuerdo que se alcanzó a cambio de concesiones fiscales y tierras en la ciudad de Chillon.
Contrajo una gran deuda con el rey castellano.
Apenas tenía quince años cuando vio a Eduardo por primera vez en su Lyon natal. Era de noche cuando llegó junto a sus hombres. Ella esperaba junto a la entrada del palacio, cabizbaja y sometida a la presencia de un rey. Cuando la alzó, encontró a un hombre cansado por el largo viaje. De mediana edad y un atractivo difícil de disimular, cruzaron sus miradas durante unos segundos. No fue capaz de sostenerla y solo pudo retirarla para esbozar poco después una sonrisa disimulada ante los susurros de sus doncellas, más pendientes de los soldados castellanos que de otra cosa.
El leve gesto con la cabeza de su padre le sirvió para saber que debía retirarse y volver a la monotonía del interior.
La segunda vez que se vieron fue en la catedral de Sevilla para sellar su enlace. Las calles de la ciudad se colmaron de gente mientras una continua lluvia de pétalos de rosa caía con gracia sobre la carroza real donde aguardaba impaciente. Eduardo esperaba en el interior del templo rodeado de caballeros, nobles y gentes de alta alcurnia junto al altar. Iba vestido con sus mejores galas. Las miradas se posaron sobre ella mientras recorría junto a su padre la distancia que le separaba de Eduardo. Había sido criada desde niña con aquel propósito, casar con un hombre importante, pero nunca llegó a imaginar que sería con un rey. Su primer matrimonio ya no tenía importancia, pues ahora sería reina de Castilla.
Ya en el altar, observó con detenimiento a su futuro esposo. Apenas había cambiado con los años. Eduardo era mayor que ella. Las guerras y la presión de todo un reino sobre sus espaldas habían hecho mella en su rostro. Sus ojos eran claros y el pelo estaba moteado por algunas canas. Pero lo que más destacaba en él seguía siendo su porte varonil y elegante.
Tras la ceremonia salieron juntos de la catedral. Las gentes de Sevilla se agolparon para ver a la nueva reina de Castilla mientras se adentraban felices en la carroza real que los esperaba para dejar el lugar. Saludaron a la muchedumbre, escoltados por la guardia personal de Eduardo y el séquito de clérigos y nobles que ya marchaban.
En aquel momento comprobó el cariño que la ciudad le profesaba al rey.
Finalizado el banquete, se retiró a sus aposentos en compañía de sus doncellas. Se tenía que preparar para la gran noche. Estaba nerviosa, pues ignoraba por completo cómo debía comportarse en el lecho de un rey. El conde de Monferrato no había sido precisamente el mejor maestro, ya que apenas la había tocado en el tiempo que estuvieron casados. Encuentros marcados por las borracheras y la violencia.
La ayudaron a desvestirse de su pulcro traje de bodas mientras preguntaba unos cuantos consejos de cómo debía comportarse y qué debía hacer. La peinaron y perfumaron con azahar, un dulce aroma que decían embaucaba a los hombres en extremos insospechados.
Tocaron a la puerta suavemente, y tras unos segundos de dudas, despidió a sus doncellas. Eduardo se presentó con la misma ropa que había llevado durante la ceremonia. Le vio cerrar la puerta tras de sí y comenzó a desprenderse de ella hasta quedarse desnudo. Ella, ruborizada ante la imagen, retiró la mirada mientras cerraba los ojos con fuerza. Eduardo se tumbó a su lado, la miró con detenimiento y preguntó:
—¿Estáis nerviosa?
—La verdad es que un poco, mi rey.
Él sonrió con ternura.
—No me llaméis así, pues solamente soy vuestro marido y vos no seréis jamás esclava alguna para mí.
Mientras él se tumbaba y le acariciaba la mejilla, rezó una plegaria para que todo fuese bien. Eduardo la besó en los labios mientras con la otra mano le acariciaba los pechos con una delicadeza extrema.
Se excitó.
Ya nada quedaba de aquella mujercita de mirada huidiza y sonrisa tímida que se conoció en los primeros meses. Su carácter se había vuelto dócil entre aquellos desconocidos a los que debía reinar junto a Eduardo. El tiempo y las amistades la hicieron comprender a los castellanos, hombres de un orgullo y carácter difícilmente domable. Aquello la ayudó para conocer mejor las intrigas palaciegas, que la devolvieron a su realidad, allí donde ella se había sentido cómoda desde la cuna. Era inteligente, decidida y, en ocasiones, reconocía, despiadada con aquellos que iban en su contra. Ya desde niña se lo había demostrado a sus hermanos. Ninguno era capaz de ganarla en puntería con el arco, práctica reservada solo para los varones hasta que alzó la voz a su padre pidiendo una oportunidad. Aquello le valió una bofetada que nunca olvidaría, pero que fue el salvoconducto para hacerle entrar en razón y dejar que practicase junto al instructor de sus hermanos. Otros que pagaban sus arrebatos eran los sirvientes. Si no obedecían a sus órdenes, mentía sobre ellos. Si el castigo era menor, ordenaba por su cuenta que el látigo hiciese jirones la piel de sus espaldas. En una ocasión el castigo se le fue de las manos y la desgraciada sirvienta murió desangrada. Aquello también le costó una fuerte reprimenda por parte de su madre, pero nada más que palabras que los días hicieron olvidar. La adolescencia hizo templar su carácter para agudizar sus instintos más sutiles, aquellos que servían para cambiar los acontecimientos en beneficio de los Saboya.
Ahora tocaba beneficiar a su reino, el de Castilla y León.
El Capitán tomó asiento junto al lecho de su rey. Sus manos unidas.
—Vuestro amor al clero me sigue fascinando, Capitán —comentó Eduardo con sarcasmo una vez estuvo a solas con su amigo de la infancia.
—No puedo evitarlo, señor —protestó el Capitán—. Engañan a los más débiles desde sus púlpitos.
—Y no solo a los más débiles…
El Capitán asintió mientras sonreía.
Advirtió que a Eduardo le costaba hablar y decidió ser lo más breve posible para no verle sufrir más. Era un gran rey, pero mejor amigo. No soportaba la idea de perderle, menos aún de verle en aquel deplorable estado, él, que había sido un lobo en la batalla.
—¿Por qué me has hecho llamar, Eduardo? —empezó a tutear el Capitán.
La amistad de muchos años le hacía hablar así.
Eduardo lo miró y cerró los ojos un instante. Se sentía muy fatigado y no tenía tiempo.
—Sabes que me muero, amigo, así que vayamos al asunto.
Cuando terminó de hablar le entró un ataque de tos. El Capitán le acercó a los labios una copa cuyo contenido era indescifrable, pero cuyo olor le hizo resoplar. El rey le dio las gracias de la única manera posible en aquellos momentos. Una mirada de gratitud que le encogió el corazón.
Eduardo, hombre ducho en la batalla y conocido entre sus enemigos como la espada de Dios, perecería sobre un lecho y no en la guerra como había sido su ilusión y deber como rey, guiando a sus ejércitos de castellanos a su cruzada personal contra los hijos de Alá.
—Deberías descansar —sugirió el Capitán mientras retiraba la copa.
—Tranquilo, amigo, bastante voy a descansar cuando me reúna con el Señor —comentó Eduardo con algo parecido a una sonrisa en sus labios—. Antes de marchar me tienes que hacer una promesa.
—Tú dirás.
—Quiero que seas el tutor personal del infante Ricardo.
El Capitán arqueó las cejas y lo miró sorprendido. El infante Ricardo sería el próximo rey de Castilla y León. Aquella petición era la responsabilidad máxima para un hombre como él. Jamás había tenido descendencia. Su vida eran las armas y la guerra y el cuidado de un niño no entraba entre sus preferencias. Lloraban, gritaban… desafiaban.
—No creo que yo sea…
—No quiero que le enseñes modales —le cortó Eduardo con la voz entrecortada por la falta de aire—. Quiero que le enseñes y le prepares para ser un hombre honorado y justo con sus gentes y, en especial, amigo, temido por sus enemigos.
Le entró otro ataque de tos. Pero no tenía tiempo para hablar mucho más.
Se calmó, tomó unas bocanadas de aire, respiró hondo y prosiguió.
—Prométemelo —imploró—. Prométeme que cuidarás de él.
Después de sostenerle la mirada durante unos segundos, respondió:
—Te lo juro, mi rey. Te juro que haré de él un hombre de bien.
Eduardo sonrió satisfecho.
Conocía perfectamente al Capitán. Solo él tenía la libertad para rebatirle decisión alguna. La amistad que les unía desde niños permitía aquel privilegio al hombre que se había convertido en su escudo en la batalla y confidente y consejero bajo las sombras de palacio. Nunca le había traicionado y sabía que jamás rompería un juramento.
Su confianza en él era absoluta.
—Adviértele en mi nombre, mi buen amigo, que nosotros, los reyes, somos simples mortales como los demás hombres.
En aquel instante llamaron a la puerta.
Tras ella apareció Constanza junto a una pequeña criatura de cuatro años agarrada de su mano. El infante Ricardo frenó su ímpetu inicial cuando descubrió a su padre en aquel estado. Llevaban semanas sin verse y la impresión de aquella imagen le hizo dudar. Avanzó despacio ante la atenta mirada de Constanza. Al fin alcanzó la mano temblorosa de su padre.
He ahí mi juramento, pensó el Capitán consternado mientras veía cómo el infante iniciaba su asedio particular para alcanzar los brazos de su padre. Era demasiado pequeño para subir solo hasta aquella inmensa cama. Ya en sus brazos, Eduardo le besó la mejilla mientras el niño prorrumpía unas agradables y contagiosas carcajadas.
Miró de soslayo a Constanza. Presenciaba la escena sin pestañear. Parecía calmada, feliz al ver aquella imagen entre padre e hijo que nunca más volvería a repetirse. De pronto, sus labios dibujaron una extraña sonrisa. Sus miradas se cruzaron durante unos segundos y sintió una extraña sensación de triunfo en su bello rostro.
Sintió escalofríos.
ALCÁZAR REÁL, SEVILLA
Mañana del 31 de mayo del año de nuestro Señor de 1252
Despertó sobresaltado al sentir un fuerte puntapié en el trasero. Se había quedado dormido junto a sus hermanos al abrigo de una manta y la paja fresca sobre la que se habían tumbado. Se levantó como un resorte cuando advirtió la presencia de aquel caballero que le esperaba de pie, brazos en jarra. No le podía ver bien, los ojos aún cegados por la somnolencia.
—Muchachos, no es momento para holgazanear. Moved vuestros traseros y preparad las monturas de mis hombres.
Era don Nuño González de Lara, posiblemente el hombre más poderoso de Castilla después del rey.
Tuvo un mal presentimiento.
—Lo siento mucho —masculló Iñigo—. ¿Ha pasado algo, señor?
Nuño fulminó con la mirada al muchacho. Por lo general, la plebe no solía dirigirles la palabra, menos aún para hacerles alguna pregunta fuera de lugar. Pero vio buena voluntad en el joven mozo y pensó que no tardaría en llegar a sus oídos la noticia.
—Nuestro rey ha pasado a mejor vida.
Iñigo se santiguó hasta tres veces seguidas ante aquella triste noticia.
—¡Partimos en unos minutos!
—Sí, señor.
Iñigo y el resto de mozos corrieron a preparar las monturas mientras un grupo de soldados ya se reunía junto al señor de Lara. Los vieron salir del Alcázar como alma lleva al diablo. Tras ellos, los pregoneros reales, cuya misión ahora sería la de pregonar por toda la ciudad de Sevilla aquella noticia que pronto harían resonar las campanas de la catedral en señal de luto. Otros, a caballo, difundirían la muerte de Eduardo por todo el reino.
Cuando los portones volvieron a cerrar, salió corriendo en dirección a las cocinas, situadas en el otro extremo del patio de armas. A la primera persona que encontró levantada fue a Galindo, jefe de cocinas del palacio. Para el mozo era una de las mejores personas que había conocido jamás, pues siempre que podía le llenaba más de la cuenta su escudilla en detrimento de otros mozos a cambio de los chismorreos más calientes que se comentaban a diario en el interior de aquellos muros.
—¿Te has enterado? —preguntó al entrar.
—Sí —dijo el hombre mientras pelaba unas zanahorias—. Por eso estamos en pie a estas horas. Hemos de alimentar muchas bocas esta mañana.
El olor de los primeros panes recién horneados le hizo crujir las tripas.
—Va a ser un día muy largo —razonó Iñigo—. ¿Me das un poco de pan?
Galindo negó con la cabeza con una media sonrisa.
—¡Tú siempre igual, Iñigo! —reprendió—. ¿No piensas en otra cosa que no sea comer?
—Es que… tengo hambre.
Eduardo fue enterrado al pie de la virgen de los Reyes junto a su espada, su estandarte, las llaves de la ciudad y la virgen de las Batallas que llevaba siempre en el arzón de su caballo. Pero las habladurías y las malas lenguas querían empañar el día de su despedida. Decían que Eduardo, en su lecho de muerte y al borde de la incoherencia, había cogido una soga para ponérsela alrededor del cuello y decir: Desnudo salí del vientre de mi madre, que era la tierra, y desnudo me ofrezco a ella. Señor, recibe mi alma entre la compañía de tus siervos. Se rumoreaba también que se había hecho heridas por todo el cuerpo con una daga mientras se agarraba a una cruz y reclamaba perdón a Dios por sus pecados.
Pero al pueblo poco le importaban aquellos rumores. Apiñados en los alrededores de la catedral, esperaban en absoluto silencio la llegada del cortejo fúnebre. La muerte de Eduardo suponía una verdadera desgracia para todos ellos, pues en él veían a la mano derecha de Dios, el que reconquistaría al fin las pocas ciudades que aún permanecían en manos del enemigo infiel. Con su muerte crecían las dudas, pues no tenían mucha fe en que Constanza fuese capaz de conducir a los ejércitos castellanos a la guerra hasta la victoria final. Ahora sería ella la que se tendría que hacer cargo de la corona, ocupando el puesto de regenta en espera de la mayoría de edad del infante Ricardo en compañía de su inseparable secretario y consejero personal, don Rolando de Ampudia, un hombre que influía notablemente en sus decisiones. Hombre culto y de modales exquisitos, tenía el don de la palabra y la facilidad para entablar amistades con propósitos favorables siempre a los intereses de su reina.
Era ambicioso como pocos y mentiroso como muchos.
Era media mañana cuando la procesión de arzobispos, obispos y demás miembros de la Iglesia entraba con solemnidad en la gran catedral. Tras ellos, los maestres de los Órdenes Militares que defendían Castilla, pues querían dar su último adiós al soberano que con más ímpetu luchó a los enemigos de la fe. Ataviados con sus mejores galas, eran objeto de alabanzas entre las mujeres y hombres, admirados hasta rayar la devoción entre los chiquillos. Los seguían de cerca los hombres más poderosos e influyentes del reino. Cerrando la comitiva, las plañideras en cruento espectáculo. Sus llantos erizaban los pelos de los presentes, desgarradores e inconsolables mientras se arañaban sus rostros para dramatizar más aún la situación.
Constanza lloraba sin consuelo mientras se oficiaba la solemne misa. A su lado se sentaba el infante Ricardo, que miraba el interior del templo con asombro, inocente aún para comprender lo que ocurría a su alrededor. En la bancada que había detrás, tomaban asiento las ayas de los infantes Pedro, que no paraba de parlotear y Enrique, que dormía en brazos de la mujer que lo cuidaba. A su siniestra y con semblante sombrío, estaba doña Beatriz, madre de Eduardo, orgullosa y pedante mujer. La anciana, asistida en todo momento por sus doncellas, le obsequiaba miradas furtivas que desprendían todo el desprecio que había en su interior. Sabía que no era de su agrado. De ser por ella, jamás habría casado con Eduardo, por eso se juró a sí misma que si aquella mujer seguía con aquella actitud no tendría más remedio que encerrarla en algún monasterio alejado de la mano de Dios.
Cerró los ojos un instante para pensar en lo que se le venía encima. Tres niños y todo un reino sobre sus frágiles hombres. Se tendría que rodear de consejeros de confianza, hombres leales a la corona.
Resopló con fuerza.
Mientras se enjuagaba las lágrimas con un pañuelo de seda blanco, se dio la vuelta para ver el fondo de la catedral. Estaba a rebosar. En la distancia distinguió a algunos de los representantes de las principales familias castellanas, tal era el caso de Nuño González de Lara, su hermano Diego, Fernán Ruiz de Castro o Rodrigo Froiláz entre otros.
El rey Alfonso III de Portugal también hacía acto de presencia.
Pensó con toda la pena de su corazón lo querido y admirado que fue su esposo mientras vivió. Muchos de aquellos notables hombres lucharon a su lado en las conquistas de Córdoba y Sevilla, donde algunos aseguraban haberle visto disfrazado con una chilaba para adentrarse en la capital del Guadalquivir para estudiar de esa forma sus defensas y recursos en un valeroso acto de gallardía. Tiempo después, el caudillo de la ciudad, Abul Hasan, entregó a Eduardo las llaves de Sevilla.
Constanza rezó por su alma eterna.
La muchedumbre seguía apilada en los alrededores de la catedral. Eran cientos los que querían presenciar aquel momento histórico del que poder dar cuenta en la vejez a sus nietos. El pueblo no estaba obligado a asistir, pero sí a cerrar sus negocios durante tres días, que era lo que duraba el luto impuesto por el obispo. Los soldados apostados en las atestadas calles mantenían a los exaltados a bastonazos o amagando con las puntas de sus lanzas cuando algún energúmeno intentaba rebasar la barrera que ellos mismos formaban. Muchos aprovechaban para pedir favores o una limosna a los notables hombres que hasta allí se habían acercado, pero sus ruegos y súplicas eran desatendidos por oídos sordos.
Descendía las escaleras en compañía de su inseparable secretario y consejero Rolando de Ampudia cuando vio a don Diego López, señor de Haro, de Vizcaya y alférez real de Castilla. El prestigio de la casa que representaba aquel hombre era reconocido y apreciado en todo el reino. De ojos grises y cabello grisáceo hasta la altura de los hombros, destacaba en él una nariz un tanto aguileña.
También había participado en la toma de Sevilla al lado de Eduardo.
Hincó una rodilla en el suelo embarrado.
—Que Dios lo tenga en su gloria.
—Gracias, don Diego —dijo Constanza con el rostro sombrío—. Pero hace tiempo que estaba mal.
—Tenía ciertos asuntos que resolver en Nájera —se disculpó el noble.
—¿Más importantes que ver a vuestro rey?
—El rey me encomendó ciertos asuntos que no vienen al caso ahora —explicó el de Haro ofendido por la duda.
Constanza lo miró con desdén.
—¿Qué tal el viaje? —preguntó para cambiar de tema.
—Llevo más de tres jornadas sin parar de cabalgar y la verdad es que estoy muerto de cansancio.
Al pronunciar aquella palabra, se arrepintió en el acto.
—Lo siento, no debí usar…
—Cuando lleguéis a palacio se os proporcionara alojamiento y comida en abundancia como es menester. Así, estaréis más… vivo.
—Gracias por vuestra hospitalidad.
—Deberíamos marchar —aconsejó Rolando—. Hay muchas cosas por hacer aún.
—Sí, vamos. Don Diego —se despidió Constanza.
—Señora.
Arpía, pensó don Diego López al verla partir junto a su séquito.
En su rostro se reflejó toda la preocupación que afligía a la nobleza castellana. Con ella al mando del reino tendrían muy difícil intentar conquistar la causa cristiana contra el moro, puesto que en contadas ocasiones una mujer había plantado cara a sus enemigos. De niño, junto al calor de la chimenea, su padre le contó la historia de Leonor de Aquitania. Decía la leyenda que montada sobre su corcel, incitó a su ejército de mil mujeres a la lucha contra el ejército turco allá por las primeras cruzadas.
¿Sería Constanza capaz de semejante gesta?
El Capitán, ataviado con sus mejores galas, comenzó a preparar su montura cuando sintió una mano sobre su hombro. Se dio la vuelta con agilidad mientras su mano diestra agarraba con fuerza la empuñadura del puñal que siempre descansaba en su cintura. Con el arma aferrada en su mano, relajó el gesto al descubrir a don Diego López de Haro.
—Buenos reflejos, Capitán.
—¡Por el amor de Dios, don Diego, he estado a punto de matarlo! —exclamó este mientras se daban un fuerte abrazo—. ¿Cuándo habéis llegado?
—Hace apenas unos minutos.
El señor de Haro se separó un tanto y observó al viejo soldado.
Hacía cuatro años que no veía al Capitán. Justo cuando acabó el asedio a Sevilla. Le vio luchar como un auténtico león y entrar de los primeros en la ciudad sin perder de vista los movimientos de Eduardo. Sabía que el soberano le tenía en gran estima y que nunca le había fallado. Aunque también estaba al corriente de los rumores que decían que era un tanto especial. Nunca le habían otorgado el título de caballero, ni unas simples tierras que cultivar, pues nunca había aceptado tan jugosos obsequios.
Vivía la mayor parte del tiempo en palacio como escolta personal del rey, y cuando no andaba por allí ni en la guerra, nadie sabía dónde se metía, ya que no tenía mujer e hijos conocidos ni vicio alguno. No era hombre de parar en tabernas ni burdeles.
Pero sí reservado en extremo.
Le calculaba cerca de los cuarenta años. De complexión fuerte y estatura media. Ya asomaban las primeras canas en su corto cabello, una extraña costumbre que siempre le había diferenciado del resto. Sus ojos almendrados mostraban la misma mirada penetrante y dura que siempre había recordado.
Volvió a sonreírle con afecto.
—¿Cómo os encontráis?
—No muy bien, señor —se sinceró el Capitán—. Le echaré de menos.
—Como todos los…
—No, como todos no.
El señor de Haro asintió comprensivo.
—Van a venir malos tiempos, don Diego —dijo el Capitán mientras subía a montura con agilidad—. Quedan muchos años para que el infante Ricardo sea coronado. Y… no me fío de…
—No vayáis a decir algo de lo que tengáis que arrepentiros luego —aconsejó el alférez con voz sosegada.
—Sí, tenéis razón. Serán cosas de viejo soldado.
—¿Teméis por vuestro futuro? Sabéis que yo podría…
—No necesito limosnas, don Diego —contestó secamente el Capitán.
El señor de Haro sonrió para sus adentros. No tenía pensado darle limosna alguna. Tampoco le debía ningún favor. Pero sabía de primera mano que era un gran hombre y no quería dejar escapar la gran ocasión de reclutarlo para sus servicios.
—Mi futuro está a salvo, señor. Me han nombrado tutor del infante.
—¿Qué? —preguntó asombrado el de Haro.
—Fue la última petición que me hizo Eduardo. Se lo tuve que jurar.
Hombre de palabra, pensó Diego.
—Y Constanza, ¿qué dijo?
—No mucho, la verdad. Supongo que no le caerían en gracia las nuevas.
El señor de Haro le miro de soslayo unos segundos y pudo comprobar en su rostro las secuelas que habían provocado la muerte del rey. Hinchadas ojeras surcaban su rostro, las palabras apenas arrastradas por la pena. Tenía la certeza de que lo peor estaba aún por llegar para él. Aquella vida de palacio suponía largas jornadas encerrado en el interior de los muros de las residencias reales. Sin contar con la presencia continua de Constanza…
Le compadecía.
—¿Habéis entrado en la iglesia?
—No —confesó el Capitán—. Ya me despedí de él en su momento.
Y sin mediar palabra alguna más, le vio partir.
SEVILLA, REINO DE CASTILLA
17 de junio del año del Señor de 1252
La ciudad despertaba temprano, comprobó mientras la recorría con orgullo. Partió con las primeras luces del alba para evitar tumultos y esperas innecesarias. Los negocios de la ciudad ya abrían sus puertas, fuese el caso de prestamistas, artesanos, escribanos públicos, comerciantes o cambistas. Pero la mayor concentración de personas se ubicaba junto a las orillas del Guadalquivir. Navíos venidos de todo el Mediterráneo descargaban sus valiosas mercancías mientras los propios ya se preparaban para exportar grano, cera, lanas o aceites. Eduardo ordenó ampliar las atarazanas unos años atrás, decisión que benefició notablemente al reino, pues era el puerto de Sevilla interior y, por lo tanto, uno de los más seguros contra los piratas.
Las lonjas ya estaban a pleno rendimiento. Parte del producto terminaba en el mercado diario de la ciudad, donde solo unos pocos privilegiados podían acceder a tan cotizadas piezas. Los primeros peces se vendían a un valor demasiado elevado para la mayoría de los sevillanos, que debía esperar al final del día para pujar por las sobras que habían quedado.
Las puertas de la ciudad se abrían para dejar paso a las bestias, que a duras penas podían tirar de las carretas cargadas de pesadas piedras que habían sido extraídas y cargadas en varias embarcaciones desde Jerez y Portugal. Destinadas a la construcción final de las nuevas iglesias que se estaban levantando a buen ritmo por toda Sevilla, serían cincelas por manos expertas. Las estrechas callejuelas del mercado estaban envueltas por el intenso olor de las especias procedentes del lejano Oriente en su mayoría. Las había muy cotizadas como el azafrán, el jengibre, la sal o la pimienta, un espectáculo visual de vivos colores que alegraba la vista de transeúntes y compradores.
Sancho observaba todo con detenimiento mientras paseaba junto a su escolta personal. Como hermano del rey y uno de los hombres más poderosos del reino, se podía permitir el lujo de comprar cualquier cosa allí expuesta siempre y cuando no las puedes encontrar en sus propias tierras de Galicia y de León, las mismas que le había cedido su hermano cuando unificó ambos reinos al de Castilla años atrás. También le concedió la aldea de Corcubina, situada en Sanlúcar la Mayor con miles de olivares a los que sacar buen provecho, arramales de viñas e higueras suficientes para recoger anualmente mil seras de higos. También contaba entre sus posesiones con más de un centenar de casas, doce molinos de aceite y treinta yugadas de tierras fértiles para su labranza.
Admiró desde la distancia la gran torre, más conocida como del Oro. El reflejo del sol la hacía parecer de tan valioso metal, su imagen difusa sobre las aguas del río que defendía impasible desde la orilla. Pasó de largo los comercios dedicados a la venta de seda, lana, cuero y paños, un producto que se vendía barato por ser el principal material con el que se vestía el pueblo. Pero fue el sonido inconfundible de las herrerías el que guio sus pasos. Las fraguas, a pleno rendimiento, le hicieron detener sus pasos durante unos minutos. Desde niño había admirado a esos forjadores, hombres de anchas espaldas y brazos fornidos que trabajaban el hierro candente con la facilidad que dan los años de experiencia. Cruzó la calle y entró en el taller de orfebrería de Pelayo, uno de los maestros más afamados de la ciudad. En su taller podías encontrar cálices, arquetas, cofrecillos y cruces con un acabado final digno de aquella fama bien ganada.
Cuando lo vio entrar, el maestro orfebre y sus dos aprendices se levantaron de sus mesas de trabajo para hacer unas torpes reverencias.
—¿Los tenéis?
Pelayo asintió con una amplia sonrisa.
—Puedo asegurar que son las mejores piezas que he realizado en mi vida, señor —dijo el hombre mientras se acercaba a un pequeño mostrador con un cofre de plata en las manos—. Lo podéis abrir…
Estaba impaciente por ver el encargo que le había pedido dos semanas atrás, un obsequio para sus tres sobrinos, los infantes de Castilla y de León. El cofre estaba ejecutado en plata con incrustaciones de ámbar y pedrería de diseño gótico. Abrió la tapa y sonrió.
A primera vista se enamoró de ellos. Sobre un cojinete de seda carmesí descansaban los tres puñales. Las vainas, empuñaduras, crucetas y pomos habían sido elaborados con una maestría y delicadeza difícil de igualar. La plata predominaba sobre las incrustaciones de oro y zafiros que adornaban cada parte de aquellos puñales. Pero fue el acero de sus hojas lo que le hizo sonreír. Habían sido forjadas en Toledo por la mano experta de un maestro armero de la ciudad del Tajo. De doble filo, estaban adornadas con motivos florales y vegetales rematados con esmeraldas y rubís.
—Impresionante trabajo, Pelayo.
El maestro agachó la cabeza con modestia.
—Gracias, señor.
Sancho abrió su capa y sacó del interior una bolsa de cuero en cuyo interior había noventa maravedís de plata¹* que dejó en el mostrador. Uno de sus escoltas cogió el cofre y salieron de nuevo a la calle.
Llegó a palacio al atardecer, refugiándose entre las sombras de la vegetación de lo que había sido una jornada calurosa durante todo el día. Entregó las riendas de su caballo a un muchacho que en ese momento devoraba un mendrugo de pan a grandes bocados.
—¿Cómo te llamas, muchacho? —preguntó Sancho.
—Iñigo, señor.
—Muy bien, Iñigo. ¿Ves este caballo? ¡Pues quiero que lo cuides como si fuese tu propia madre! ¿Has comprendido?
Iñigo asintió acongojado.
Al poco de entrar en la sala principal, un mayordomo comunicó a Sancho que Constanza se encontraba en los jardines situados en la parte posterior de la gran construcción. Cruzó las fuentes que adornaban el floreado jardín, intentando en vano contrarrestar el color de aquella tarde primaveral.
La vio sentada en un banco de mármol, a pocos pasos de un pequeño estanque en el que se podían ver con facilidad diminutos peces de vivos colores. Estaba rodeada de sus damas mientras hacían encaje de bolillos.
A pesar de su belleza no podía ser más diferente que la primera esposa de Eduardo y madre del infante Ricardo. Beatriz de Suabia no era tan hermosa como Constanza, pero poseía las cualidades y virtudes más sustanciales para el cargo. Naturalidad, honradez, generosidad y el más difícil de encontrar en las gentes de alta alcurnia; saber escuchar. Su porte era altivo, pero elegante y afable a la vez.
Fue una gran mujer.
Constanza levantó la mirada al escuchar sus enérgicas pisadas. Su pesado cuerpo se dirigía hacia ella con la cara enrojecida a causa del sofocante calor. Tenía la barba bien recortada y arreglada, pero el sudor empapaba su frente y las ropas que vestía. No era un hombre al que poder odiar, pero los acontecimientos de las últimas fechas le convertían en un posible enemigo. Aunque no fuese sencillo, no supondría ningún problema para Sancho deshacerse de los infantes, pues el poder otorga la voluntad que uno quiere para sí mientras sus manos permanecen limpias.
Cargaba bajo uno de sus brazos con un bulto envuelto en seda oriental
—Don Sancho —saludó mostrando una sonrisa—. Sentaos a mi lado.
—¿Cómo os encontráis?
Constanza no levantó la mirada del repostero.
—Bien.
Sancho la miró de soslayo y decidió dar una tregua a sus pensamientos.
—He traído un regalo para los infantes.
—¿Un regalo?
Sancho retiró la seda que envolvía el cofre de plata y se lo entregó.
Constanza contempló maravillada los tres puñales que descansaban en el interior sobre un paño de terciopelo carmesí.
—Pero… Os habrá costado una fortuna.
—Precio de amigo —explicó Sancho con una amplia sonrisa.
Ella le devolvió la sonrisa con ojos tristes.
—Ha sido una gran pérdida para todos, Constanza. Pero debéis empezar a mirar más allá del sufrimiento y pena que os aflige. Un reino está en vuestras manos, y serán muchos los que intenten aprovechar el momento…
Constanza lo miró fijamente.
—¿Y puedo contar con vos para semejante desafío?
—Por supuesto.
No le creyó.
Oculto bajo los muros de su despacho personal, observaba con atención la escena desde la distancia. Las manos descansaban bajo su espalda, la respiración tranquila y aquella ávida sonrisa que siempre llevaba esculpida en sus labios. Ningún detalle o asunto pasaba desapercibido para él, los ojos siempre bien abiertos y los oídos agudizados al extremo. Por eso había conseguido al fin el poder y notoriedad que había anhelado desde la infancia, aquella que solo los más hábiles y sedientos logran alcanzar.
Su memoria alcanzó las imágenes de cuando aún era un muchacho. Había crecido bajo el seno de una familia acomodada en la que nada faltaba, entre otras cosas por saber someter a los campesinos que poblaban sus dominios concedidos en Palencia. Allí heredó la avaricia que convertía a los hombres en mezquinos, pues le instruyó un padre sin humanidad tras las malas cosechas. Aquel hombre le enseñó a no conformarse nunca con los designios de la vida y que la obstinación y buenas influencias le podrían deparar un futuro mejor. Cursó sus estudios en la universidad de Salamanca por expreso deseo de su padre. Y no le defraudó. Sus notas y dedicación en aquellos años fascinaron a sus maestros. Pero cuando acabaron los estudios volvió con desánimo a sus tierras, con un progenitor agonizante y una madre enterrada el año anterior. A la muerte de su padre, su hermano Garcerán heredó la mayoría de las tierras, ocasión que aprovechó para huir de aquel lugar al que ya nada le ataba. El tiempo pasado en la universidad le concedió la fama que le demandaban en la niñez, la de un joven audaz y decidido que debía aplicarse en los estudios mientras amistaba con los compañeros con más influencias y poder. Aquellos muchachos de su misma edad eran los hijos de la nobleza castellana más poderosa, por lo que no titubeó a la hora de ayudar a muchos de ellos con sus estudios con el único propósito de un futuro cubierto. Y aquello surtió efecto, pues antes de marchar de las tierras heredadas por su hermano le fue ofrecido el cargo de escribano por uno de aquellos compañeros, un incapaz mental llamado Yago e hijo de la hidalguía. Su padre necesitaba comunicarse asiduamente con la nobleza más próxima a sus tierras, allá en el Finis terrae. Necesitaba a su vez un administrador capaz de llevar las cuentas y, él, presto a la oportunidad, se ofreció encantado. Allí pasó los siguientes tres años de su vida. Adicto a las intrigas, los engaños y traiciones en los que él se movía con total naturalidad, fue escalando posiciones al servicio de otros hombres de mayor notoriedad dentro de la corte de Castilla hasta que la oportunidad de trabajar en Sevilla como uno de los trece escribanos públicos que tenía la ciudad se le presentó de improvisto. Fueron varios los años de privilegios y bonanza, pero al verse incapaz de penetrar más allá del laberíntico mundo que rodeaba al rey Eduardo de Castilla decidió aceptar sin dudar la oferta de un viejo amigo de Lyon para entrar al servicio de Amadeo IV de Saboya, padre de Constanza. Pero antes tuvo que demostrar su valía en una dura entrevista con el anciano. Sus propósitos le llevaron a jugar una mala pasada a los otros dos oponentes que optaban a la secretaría del conde de Saboya. El primero de ellos fue amenazado con la intención de confesar alguno de sus encuentros secretos con un joven novicio que prestaba sus votos en la abadía de Sacra di San Michele, en la región del Piamonte. El otro fue apaleado hasta la muerte por un par de bravucones a los que tuvo que reprender por sus excesos, pues únicamente debía recibir un severo escarmiento.
Y así se hizo con el cargo, libre de molestos rivales.
El sonido de la puerta le hizo volver a la realidad mientras distinguía en la distancia la corpulenta silueta de Sancho de Castilla, que tomaba el camino de vuelta tras su breve visita a Constanza.
—Pasad —autorizó Rolando de Ampudia.
Uno de los sirvientes del Alcázar apareció tras la puerta.
—Señor, el aya del infante desea hablar con vos.
Asintió.
—Decidle que pase.
Ligeras pero apresuradas pisadas se detuvieron una vez en el interior de su despacho personal.
—¿Qué ocurre, Jimena? —preguntó sin apartar la mirada de la ventana.
—El infante… El Capitán…
—Sed más precisa. No tengo toda la tarde.
—Aún no han regresado, señor.
Torció el gesto y se dio la vuelta.
—¿Qué significa que aún no han regresado?
La mujer apartó la mirada un tanto intimidada.
—¡Hablad!
—El Capitán tenía autorización para llevar al infante Ricardo a la ciudad. Quería ir familiarizándolo con ella, con sus calles y gentes. Pero pidió salir sin escolta, los dos solos, para llamar la atención lo menos posible. Salieron temprano y está a punto de caer la noche…
Rolando se llevó una mano a los ojos. Le pesaban.
—Haremos una cosa, Jimena —dijo mientras se acercaba a ella y posaba sus manos sobre los hombros de la joven.
Sus instintos más perversos despertaban junto al aya del infante. De cabellos oscuros, sus generosos pechos apenas podían ocultarse bajo su camisa de lino blanco. Sus labios, carnosos y rosados, le perturbaban por las noches en la soledad de su alcoba.
Pronto lograría el objetivo deseado. Fuese por las buenas o por las malas.
—No os preocupéis —tranquilizó mientras le sonreía—. Yo me encargo. No tengo dudas de que aparecerán antes de servirse la cena.
—Pero…
—Solo debéis mantener el silencio por el momento —dijo con la paciencia al límite—. Es importante que nadie esté al tanto de esto. ¿Entendéis?
La mujer asintió, asustada.
—Podéis marchar. Se os avisará cuando llegue el infante.
Una vez a solas, tomó asiento y cerró los ojos. La armonía, seguridad y templanza que siempre le
