Mambrú perdió la guerra
Por Irene Vasco
3.5/5
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Irene Vasco
Irene Vasco is a Colombian children’s writer, translator, and educator. For many years, she has conducted reading workshops and programs in remote indigenous and agricultural communities. Irene’s work has been recognized with the IBBY-iRead Outstanding Reading Promoter Award and with the Colombian Ministry of Education’s “Life and Work” distinction. Follow Irene on Instagram @irene_vasco or visit her website at irenevasco.com.
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Mambrú perdió la guerra - Irene Vasco
I
Me desespera esa manía que tiene la abuela: a toda hora me quiere mostrar su álbum de fotografías. Está tan viejo que algunas imágenes se ven borrosas y a veces ni ella sabe quiénes son las personas que se ven allí. Creo que se inventa la mitad de lo que me cuenta.
—Mira, Emiliano, ésta es tu tía abuela cuando tenía dos años. ¿Ves la casita blanca, al fondo? Ahí nací yo; ni te cuento en qué año para que no te burles de mí.
Alcanzo a ver la tal casa como una mancha chiquita detrás de una persona sin rostro, con sombrero y falda larga, al estilo de las campesinas que salen en el libro de Sociales. No entiendo cómo una figura que parece sacada de un texto del colegio tiene que ver conmigo. Es raro que sea parte de mi familia.
—Emiliano, pon atención. Después no vas a saber quién es quién y algún día será tu turno de contar lo que le ha pasado a esta familia.
La abuela habla del pasado. Yo quiero saber del presente… y del futuro. Tengo mil y una preguntas dándome vueltas en la cabeza sin encontrar respuestas.
Lo que más me gustaría saber es por qué unos amigos de mis papás me recogieron la otra tarde en el colegio, cuando yo estaba en medio de un examen. Me metieron en un carro desconocido, me entregaron una maleta llena de ropa, dijeron que mis padres estaban de viaje y que de aquí en adelante viviría fuera de la ciudad hasta nuevo aviso.
Fue muy extraño para mí. Me sentí desnudo y desprotegido, pero no tuve más remedio que irme con ellos. Eran implacables a la hora de darme órdenes. Si no hubiera sido porque los conocía, porque los había visto con frecuencia en las reuniones de la casa y porque llevaban una autorización firmada por mis papás, habría creído que me estaban secuestrando.
Lo que más me enojó fue que no quisieron pasar por la casa para recoger mis cosas, en especial el celular y el computador. Les rogué, hasta lloré de rabia, pero fueron implacables, casi como enemigos. Mi abuela no paraba de agradecerles que me hubieran dejado en la finca, pero me pareció imperdonable que me hubieran tratado así, sin darme ninguna explicación. Tanto misterio, palabras enigmáticas y disimulo me dejaron un mal sabor. Yo preguntaba, ellos se miraban, pero no me contestaban.
—Mejor no hable de su papá ni de su mamá cuando esté en el pueblo. Viva tranquilo en esta finca mientras lo recogen, no se meta en problemas, aproveche y aprenda cosas nuevas.
Algo así me dijeron los amigos de mis papás que me sacaron del colegio, de la ciudad y de la normalidad. Por aquí no han vuelto a aparecer y la abuela cambia el tema cuando le pregunto qué está pasando.
—Esta otra foto me la tomaron cuando cumplí siete años. Sí, Emiliano, no creas que porque ahora soy mayor, alguna vez no fui niña. Hasta más infantil que los niños de ahora, que no juegan, no corren, no saltan, no se suben a los árboles ni saben nadar en los ríos. Sólo miran televisión y se meten en sus juegos electrónicos para no hablar con nadie. ¡Con lo sabroso que es conversar! ¿No te parece?
¡Ya empieza la abuela con su cantaleta de los juegos y la tele! Me gusta visitarla porque siempre tiene historias que me divierten, pero detesto que me eche en cara las horas que paso frente a las pantallas. Cada vez que le pido que me deje ver mi programa favorito o algún video, me invita a montar en bicicleta o algo por el estilo. Quiere que hagamos carreras, que cocinemos, que leamos y, últimamente, que miremos el álbum de fotografías viejas.
Debo confesar que lo de las carreras en bici me humilla un poco. Por alguna razón incomprensible, ella siempre me gana. Tiene una bicicleta anticuada, pesada, pero la maneja como si fuera un Fórmula 1. Al día siguiente de mi llegada, me regaló una bici de carreras. Se supone que debería montar mejor que ella, pero me dan
