Obras ─ Colección de Pierre Loti: Biblioteca de Grandes Escritores
Por Pierre Loti
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• La aflicción de un viejo presidiario
• La alegre romería de San Marcial
• Un vell
Julien Viaud, conocido como Pierre Loti, (1850, Rochefort, Charente Marítimo, Francia - 1923, Hendaya, Pirineos Atlánticos, Francia), escritor francés y oficial de la Marina Francesa, autor de novelas de estilo impresionista. Elegido miembro de la Academia Goncourt en 1883, y miembro de la Academia Francesa en 1891. Fue enterrado en la isla de Oleron.
Pierre Loti
Louis-Marie-Julien Viaud dit Pierre Loti est un écrivain et officier de marine français, né le 14 janvier 1850 à Rochefort et mort le 10 juin 1923 à Hendaye.
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Obras ─ Colección de Pierre Loti - Pierre Loti
Índice
El castillo de la Bella Durmiente
La aflicción de un viejo presidiario
La alegre romería de San Marcial
Un vell
Pierre Loti
Francia: 1850-1923
El castillo de la Bella Durmiente
Con frecuencia he lanzado una llamada de auxilio a mis amigos desconocidos para que me ayudaran a socorrer las penurias humanas, y siempre han escuchado mi voz. Hoy se trata de socorrer árboles, nuestros viejos robles de Francia que la barbarie industrial se empeña en destruir por todas partes, y vengo a implorar: «¿Quién quiere salvar de la muerte a un bosque, con un castillo feudal en el centro, un bosque cuya edad ya no conoce nadie?»
Viví en este bosque doce años de mi infancia y primera juventud; todos sus peñascos me conocían, y todos sus robles centenarios, y todos sus musgos. El terreno pertenecía por entonces a un anciano que no venía jamás, que vivía enclaustrado en otro lugar, y que en aquellos tiempos yo me representaba como una especie de invisible personaje de leyenda. El castillo estaba confiado a un administrador, rústico solitario y algo huraño, que no le abría la puerta a nadie; no se visitaba, no entraba nadie en él; yo ignoraba lo que podían ocultar las altas fachadas sin ventanas y me limitaba a mirar de lejos sus grandes torreones; mis paseos infantiles por el bosque se detenían al pie de las terrazas musgosas, envueltas en la oscuridad verdosa de los árboles.
Después, me marché a recorrer la Tierra, pero el castillo cerrado y sus profundos robledales obsesionaron siempre mi imaginación; en medio de mis largos viajes, regresaba como un peregrino piadosamente conducido por el recuerdo, diciéndome cada vez que nada de los países lejanos era más sosegante ni más hermoso que aquel rincón ignorado de nuestra Saintonge. El lugar, por otra parte, permanecía inmudable: en los mismos recodos de los bosques, entre las mismas rocas, yo encontraba las mismas gramíneas finas, las mismas florecillas exquisitas y escasas; en los claros, sobre las alfombras de líquenes jamás holladas veía, por aquí y por allá como antes, las pequeñas plumas azules semejantes a turquesas, caídas del ala de los gálgulos; en los foscarrales, los zorros al pillaje lanzaban sus mismos aullidos nocturnos. No cambiaba nada; sólo los musgos espesaban su terciopelo sobre los peldaños de las escalinatas, los culantrillos delicados invadían lentamente las terrazas y, en los pantanos de abajo, los helechos acuáticos alcanzaban tamaño gigante.
Y resulta que esta situación de abandono, inverosímil en nuestra época utilitaria, se había prolongado por más de medio siglo y se decía que el sueño de aquel castillo tal vez durara mucho más aún, como le ocurrió al de la Bella Durmiente. Pero he aquí que el anciano invisible acaba de fallecer harto de días; sus herederos van a vender la propiedad encantada y los explotadores de la madera están dispuestos a comprarla para derribar los árboles: ¡imagínense, obtendrían madera por valor de doscientos mil francos realizables de inmediato, y además el terreno!
¡Con cuánta melancolía regresé allí hace unos días, una tarde de finales de verano, para hacer una peregrinación que bien podría ser la última! Uno de los nuevos herederos -hasta entonces desconocido para mí- avisado de mi visita, había tenido la amabilidad de precederme para poder recibirme. Pero yo quería primero estar a solas y, dejando mi automóvil a una media legua del castillo, como conocedor de aquellos bosques, me deslicé por estrechos senderos hasta el barranco en el que, en tiempos de mi infancia yo había tenido mis visiones más apasionadas de naturaleza y exotismo.
Es sin duda un lugar único en nuestro clima. El pequeño riachuelo sin nombre que atraviesa todo el bosque por un valle en pendiente, que se entretiene allí rodeado de rocas, oculto bajo un montón de vegetación silvestre, se expande en medio de las turbas y de los herbazales para formar algo similar a un pantano tropical. Antes de que yo hubiera contemplado las verdaderas flores exóticas, aquel barranco se las revelaba ya a mi imaginación de niño. Los árboles que forman aquí una oscuridad verdosa son singularmente altos, esbeltos, agrupados por manojos que se inclinan como los bambúes. Al abrigo de esas bóvedas de ramas y de esa especie de acantilado que protege como un muro del viento invernal, toda una reserva de naturaleza virgen permanece acurrucada en una humedad y una tibieza casi subterráneas; los
