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La habitación de Jacob
La habitación de Jacob
La habitación de Jacob
Libro electrónico302 páginas4 horas

La habitación de Jacob

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La habitación de Jacob es la tercera novela de Virginia Woolf. Su protagonista, Jacob Flanders, aparece principalmente a través de las percepciones que los otros personajes tienen de él. Vemos pasar la infancia de Jacob, su paso por la universidad de Cambridge, su adultez, por la lente de las mujeres con las que compartió distintos momentos de su vida.
IdiomaEspañol
EditorialEdiciones Godot
Fecha de lanzamiento3 sept 2024
ISBN9786316532411
Autor

Virginia Woolf

VIRGINIA WOOLF (1882–1941) was one of the major literary figures of the twentieth century. An admired literary critic, she authored many essays, letters, journals, and short stories in addition to her groundbreaking novels, including Mrs. Dalloway, To The Lighthouse, and Orlando.

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    La habitación de Jacob - Virginia Woolf

    Tapa de 'La habitación de Jacob', de Virginia Woolf. Traducción de: Sebastián Martínez Daniell. Editado por Ediciones Godot en 2024.

    Virginia Woolf nació en Londres en 1882, con el nombre Adeline Virginia Stephen.

    Provenía de una familia sumamente culta y ligada a lo académico y las artes, pero que decidió que solo los hermanos varones asistieran a la Universidad. Por lo tanto, debió ser autodidacta y, aunque esto la enorgullecía, nunca dejó de señalar las desigualdades existentes entre hombres y mujeres, y lo permitido socialmente para ambos. En Tres Guineas (Ediciones Godot, 2020), por ejemplo, se reía irónicamente de ello al referirse a la hija del hombre instruido.

    Su escritura fue prolífera, y marcó un estilo propio que combinaba ensayos con narrativa, en base a una escritura irónica, política y profunda. Es considerada una referente del feminismo y formó parte del modernismo vanguardista literario del siglo XX.

    En 1915 publicó su primera novela: Fin de viaje, una ficción que retrata satíricamente la sociedad del momento. La habitación de Jacob es su tercera novela, publicada originalmente en 1922. El 28 de marzo de 1941 se suicidó sumergiéndose en el río Ouse.

    Ilustración en blanco y negro de flores diversasIlustración de Virginia Woolf hecha por Max Amici.

    Woolf, Virginia / La habitación de Jacob / Virginia Woolf. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : EGodot Argentina, 2024.

    Libro digital, Otros

    Archivo Digital: descarga y online

    Traducción de: Sebastián Martínez Daniell.

    ISBN 978-631-6532-41-1

    1. Literatura Inglesa. 2. Literatura Feminista. I. Martínez Daniell, Sebastián , trad. II. Título.

    CDD 823

    ISBN edición impresa: 978-631-6532-38-1

    Título original Jacob’s Room (1922)

    Traducción Sebastián Martínez Daniell

    Corrección Hernán López Winne

    Diseño de tapa Fran Bo

    Diseño de colección e interiores Víctor Malumián

    Ilustración de Virginia Woolf Max Amici

    © Ediciones Godot

    www.edicionesgodot.com.ar

    info@edicionesgodot.com.ar

    Facebook.com/EdicionesGodot

    Twitter.com/EdicionesGodot

    Instagram.com/EdicionesGodot

    YouTube.com/EdicionesGodot

    Ciudad Autónoma de Buenos Aires,

    República Argentina, agosto de 2024

    La habitación de Jacob

    Virginia Woolf

    Traducción

    Sebastián Martínez Daniell

    Logo de Ediciones Godot

    Índice

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    ASÍ QUE, POR SUPUESTO, escribió Betty Flanders mientras hundía sus talones un poco más en la arena, no podíamos hacer nada, salvo irnos. La pálida tinta azul que brotaba despacio desde el extremo de la pluma dorada desbordó el punto final; fue ahí donde se estancó la lapicera. La mirada de la señora Flanders se detuvo en ese sitio y las lágrimas le fueron llenando los ojos lentamente. La bahía entera se estremeció; el faro se tambaleó, y ella tuvo la impresión de que el mástil del pequeño yate del señor Connor se curvaba como una vela de cera bajo el sol. Parpadeó rápido. Los accidentes eran cosas horribles. Parpadeó otra vez. El mástil estaba erguido; las olas eran las de siempre; el faro estaba recto, pero la mancha se había expandido.

    … no podíamos hacer nada, salvo irnos, leyó.

    —Bueno, si Jacob no quiere jugar… —La sombra de Archer, su hijo mayor, se cruzó por el papel de la carta y proyectó matices azulados sobre la arena; ella sintió frío: ya era tres de septiembre—, si Jacob no quiere jugar…

    ¡Qué manchón tan espantoso! Debe estar haciéndose tarde.

    —¿Dónde está ese niño agotador? —dijo ella—. No lo veo. Vamos, corriendo. Hay que encontrarlo. Que venga para acá enseguida.

    … pero por suerte, garabateó ignorando por completo el punto final, todo parece ir arreglándose de forma satisfactoria, más allá de que estemos apretados como arenques en un barril y de que tengamos que colocar de pie el cochecito del bebé, porque la dueña de la casa, naturalmente, no va a permitir que….

    Así eran las cartas de Betty Flanders para el capitán Barfoot: muchas páginas salpicadas de lágrimas. Scarborough está a más de mil kilómetros de Cornualles. El capitán Barfoot está en Scarborough. Seabrook está muerto. Las lágrimas de Betty Flanders provocaban que todas las dalias de su propio jardín ondularan como marejadas rojas, y que los cristales del invernadero centellearan dentro de sus ojos, y que, en la cocina, refulgieran como lentejuelas los cuchillos brillantes; y también provocaban que la señora Jarvis, esposa del párroco, pensara —mientras se cantaban los salmos en la iglesia y la señora Flanders se inclinaba sobre las cabezas de sus niños— que el matrimonio es una fortaleza, y que las viudas vagan solitarias, a la intemperie, levantando piedras, recogiendo del piso algunas espigas doradas, por su cuenta, desprotegidas, pobres criaturas. Los últimos dos años, la señora Flanders había sido una de esas viudas.

    —¡Ja-cob! ¡Ja-cob! —gritó Archer.

    Scarborough, escribió la señora Flanders en el sobre, y trazó, decidida, una línea debajo de la palabra; era su ciudad natal, el centro del universo. ¿Y la estampilla? Escarbó dentro del bolso, después lo sacudió boca abajo, luego hurgó entre lo que había caído encima de su falda, todo con tanto ímpetu que Charles Steele, ataviado con un sombrero panamá, dejó el pincel detenido en el aire.

    El pincel temblaba notoriamente, como si fuese la antena de un insecto irritado. Ahí estaba esa mujer moviéndose y, ¡qué desgracia!, de hecho parecía que iba a levantarse. Con un gesto rápido, Steele agregó sobre el lienzo una pizca de violeta con algo de negro, porque el paisaje lo requería. Era demasiado insulso —esos grises que flotaban hacia las tonalidades lavanda, y esa única estrella, o una gaviota blanca, suspendida por ahí—, demasiado insulso, como de costumbre. Los críticos dirían: demasiado insulso, y también dirían que él era un artista ignoto, cuyas exhibiciones pasaban al olvido, y que sólo podía encontrar alguna gratificación en ser el favorito de los niños de las mujeres que le alquilaban la casa, en la cruz que pendía de la cadena de su reloj, y en el hecho de que esas mujeres que le alquilaban la casa apreciaran lo que pintaba —lo que, de hecho, ocurría muy a menudo—.

    —¡Ja-cob! ¡Ja-cob! —gritó Archer.

    Exasperado por el ruido, irritado más allá de que adorase a los niños, Steele eligió uno de los pequeños montículos oscuros que había sobre su paleta para hundir el pincel.

    —Yo lo vi a tu hermano, yo lo vi —dijo, y asintió mientras Archer, que venía arrastrando su pala, aminoraba la marcha y examinaba con el ceño fruncido al caballero de lentes—. Por allá, junto a la roca —farfulló Steele con el pincel entre los dientes, al tiempo que estrujaba el pomo de ocre siena natural, y mantenía los ojos fijos sobre la espalda de Betty Flanders.

    —¡Ja-cob! ¡Ja-cob! —volvió a gritar Archer y retomó la marcha después de un segundo.

    La voz tenía una tristeza extraordinaria. Ajena a todo cuerpo, ajena a toda pasión, lanzada al mundo, solitaria, sin respuestas, quebrándose contra las rocas: así sonaba.

    Steele arrugó el entrecejo, pero se sintió complacido por el efecto que había causado ese toque de negro: eso era lo que ahora le daba sentido a todo. Ah, ¡se puede aprender a pintar a los cincuenta, después de todo! Tiziano, por ejemplo…, y entonces, una vez que hubo encontrado el matiz correcto, alzó la vista y observó, horrorizado, una nube sobre la bahía.

    La señora Flanders se levantó, sacudió el abrigo de un lado y del otro para quitarle la arena, y recogió su pequeña sombrilla negra. La roca era marrón, de un marrón tremendamente sólido, o era incluso más bien negra, de ese negro que tienen las rocas que emergen desde la arena como si fuesen algo primitivo. Áspera, con rugosas conchas de lapas y algunas algas secas adheridas a la superficie, un niño pequeño debía estirar mucho las piernas, esforzarse y, además, sentirse bastante heroico si lo que pretendía era llegar hasta arriba de todo.

    Sin embargo, ahí mismo, en la cima, había un pozo de fondo arenoso y lleno de agua, con restos amorfos de medusas en las orillas y algunos mejillones. Un pez cruzó el agua como si fuese un dardo. Las hilachas marrones y amarillentas de las algas se agitaron y dejaron al descubierto un cangrejo de caparazón opalino.

    —Oh, un cangrejo enorme —murmuró Jacob, y empezó su travesía de piernas temblorosas hacia el fondo de arena. ¡Ahora! Jacob sumergió su mano de un golpe. El cangrejo se sentía fresco y bastante liviano. Pero la arena ya había enturbiado mucho el agua, y Jacob resolvió iniciar el descenso; gateó por la roca con su baldecito al frente y, cuando estaba a punto de saltar, vio —tendidos en la más absoluta rigidez, uno junto a la otra, ambos con las caras muy rojas— un hombre y una mujer inmensos.

    Un hombre y una mujer inmensos (era el día en que los comercios cerraban temprano), tendidos e inmóviles, con las cabezas apoyadas sobre sus pañuelos, uno junto a la otra a pocos metros del mar, mientras dos o tres gaviotas esquivaban con elegancia las olas de la rompiente e iban a posarse cerca de sus botas.

    Las caras rojas, enormes, levantaron la vista hacia Jacob. Jacob bajó la vista hacia ellas. Aferró cuidadosamente su baldecito, saltó decidido y comenzó a alejarse, primero con calma pero luego corriendo más y más rápido, al tiempo que las olas lo cercaban con su espuma y él tenía que hacer fintas para esquivarlas, y las gaviotas levantaban vuelo justo delante de él, planeaban un instante y volvían a posarse apenas un poco más allá. Una robusta mujer negra estaba sentada sobre la arena. Jacob corrió hacia ella.

    —¡Nana! ¡Nana! —gritó, sollozando las palabras sobre la cresta de cada jadeo.

    Las olas rodearon a la mujer. Era una roca. Estaba cubierta de algas, esas algas que estallan cuando se las aprieta. Jacob se había extraviado.

    Se quedó inmóvil en el sitio. Su gesto pareció serenarse. Pero cuando estaba a punto de bramar, vio —asomando entre ramas y palos negros, debajo del acantilado— un cráneo entero…, tal vez una calavera de vaca; una calavera, quizá, con todos sus dientes. Todavía en medio de los sollozos pero ya absorto, concentrado en otra cosa, se lanzó a correr y corrió aún más hasta que tuvo la calavera entre sus brazos.

    —¡Ahí está! —gritó la señora Flanders después de rodear la roca y recorrer, en un instante, toda la extensión de la playa con la mirada—. ¿Qué es lo que tiene en las manos? ¡Eso no es algo que debas tocar! ¡Te digo que ya mismo lo sueltes! Es algo espantoso, lo puedo ver. ¿Por qué no te quedaste con nosotros? ¡Qué niño tan malcriado! No quiero ver eso de nuevo. Vamos, ahora: los dos, vengan conmigo. —Giró con brusquedad, tomó a Archer con una mano y con la otra tironeó del brazo de Jacob. Sin embargo, él se agachó rápido y recogió del piso la quijada de la oveja, que se le había soltado.

    Mientras balanceaba su bolso, sostenía la sombrilla, llevaba a Archer de la mano y contaba la historia de la explosión de pólvora en la que el pobre señor Curnow había perdido un ojo, la señora Flanders se apuró a subir por un sendero empinado, y todo el tiempo fue consciente de que en las profundidades de su mente había un malestar enterrado.

    Sobre el suelo, ahí, no muy lejos de donde estaban los amantes, quedó —sin su mandíbula— el viejo cráneo de la oveja. Limpio, blanco, barrido por el viento, erosionado por la arena, ahí estaba el resto óseo más impoluto que se pudiese encontrar en toda la costa de Cornualles. Los cardos de mar crecerían sobre los cuencos de sus ojos; podría quedar pulverizado, o quizás algún jugador de golf, al golpear su pelota en un día despejado, podría dispersar el polvo en que se habría convertido… No, pero no en hoteles, pensó la señora Flanders. Es todo un experimento viajar tan lejos con niños pequeños. Sin un hombre que la ayude a una con el cochecito del bebé. Y con Jacob, que da tanto trabajo; es tan terco ya…

    —Que tires eso, querido. Te pedí que lo tiraras —dijo la señora Flanders cuando ya tomaban la calle principal, pero Jacob se retorció hasta zafarse de su mano; y como se levantaba un viento nuevo, ella desprendió el alfiler con que se sujetaba el tocado, miró el mar, y volvió a clavar el alfiler en su lugar. Se había levantado un viento nuevo. Las olas mostraban su turbación como si fuesen algo vivo, inquieto, algo que temiera recibir un latigazo: las olas y su desasosiego antes de la tormenta. Los botes de los pescadores descansaban en la orilla. Una luz pálida y amarillenta atravesó con su claridad el mar púrpura y luego cesó. El faro estaba encendido—. Vamos —dijo Betty Flanders. El sol alumbró sus caras y bañó de dorado las moras que asomaban temblorosas por encima de un ligustro, de donde Archer intentó arrancarlas sin detener su marcha—. No se demoren, chicos. No tienen nada con qué cambiarse —dijo Betty tirando de ellos, mientras miraba intranquila el paisaje estridente y los ocasionales destellos que llegaban desde los invernaderos montados en los jardines, con una especie de alternancia entre amarillos y negros contra el fondo de un atardecer deslumbrante; esa vitalidad pasmosa del color y esa agitación conmovieron a Betty Flanders, y la llevaron a pensar en la responsabilidad y en el peligro. Apretó fuerte la mano de Archer. Siguió su camino cuesta arriba—. ¿Qué te pedí que me recordaras? —dijo.

    —No sé —respondió Archer.

    —Bueno, yo tampoco lo sé —dijo Betty con simpleza y una pizca de humor, ¿y quién podría negar que ese quedarse con la mente en blanco, cuando se combina con cierta generosidad, con sabiduría maternal, con los cuentos de las mujeres viejas, con algún grado de aleatoriedad y momentos de arrojo, ingenio y sensibilidad…, quién podría negar que en esos casos cada mujer es mejor que cualquier hombre?

    Empezando por Betty Flanders, de hecho.

    Tenía la mano sobre el portón del jardín.

    —¡La carne! —exclamó, y bajó el picaporte de un golpe.

    Ahí, en la ventana, estaba Rebecca.

    La austeridad de la sala de la señora Pearce lucía en todo su esplendor a las diez de la noche, cuando una poderosa lámpara de aceite dominaba, erguida, el centro de la mesa. La luz se derramaba con severidad sobre el jardín; se proyectaba recta sobre el césped; iluminaba uno de los baldes de juguete de los chicos y una flor violácea de áster, hasta que finalmente alcanzaba la ligustrina. La señora Flanders había dejado su equipo de costura sobre la mesa. Ahí habían quedado los grandes carretes de algodón blanco y las gafas de acero, el estuche de los alfileres, el ovillo de lana marrón enrollado en torno a una vieja postal. Había a su alrededor juncos recogidos en las orillas y ejemplares de la revista Strand; y el linóleo del piso estaba cubierto por la arena que habían traído los chicos en sus zapatos. Una araña de patas largas se lanzó de una esquina a otra de la sala y terminó chocando contra el cristal de la lámpara. El viento azotaba la ventana con ráfagas de lluvia que se transformaban en destellos plateados al atravesar el haz de la luz. Una única hoja golpeaba rápido y con persistencia contra el vidrio. Afuera, sobre el mar, había un huracán.

    Archer no podía dormir.

    La señora Flanders se inclinó sobre él. Es momento de que pienses en las hadas, le dijo Betty Flanders. O en pájaros encantadores que se posan encantadoramente sobre sus nidos. Después hay que cerrar los ojos y vas a ver a la madre de esos pajaritos, que ahora sostiene un gusano en su pico. Y, para terminar, ahora, hay que acostarse de lado y cerrar los ojitos —susurró—. Eso: cerrar los ojitos….

    La casa que alquilaban parecía estar haciendo gárgaras y a punto de colapsar aplastada por una sucesión de avalanchas; la cisterna se desbordaba; el agua burbujeaba, corría por tuberías y canaletas entre quejidos, y al final chorreaba de las ventanas.

    —¿Qué es toda esa agua que entra en la casa? —musitó Archer.

    —Es sólo el agua del baño que fluye hacia afuera —le dijo la señora Flanders.

    Se escuchó el ruido de algo que se quebraba más allá de la puerta.

    —Pero yo digo… no se irá a hundir el barco a vapor, ¿verdad? —preguntó Archer abriendo los ojos.

    —Por supuesto que no —respondió la señora Flanders—. El capitán está en su cama hace largo rato. Vamos, ahora hay que cerrar los ojos y pensar en las hadas que duermen plácidamente bajo las flores.

    —Pensé que no se iba a dormir nunca… ¡Qué tormenta! —le susurró la señora Flanders a Rebecca, que estaba inclinada sobre un mechero en la pequeña habitación de al lado. El viento rugía afuera, pero la llama del quemador ardía tranquila: un libro puesto de costado contra la baranda dejaba en sombras el interior de la cuna—. ¿Tomó bien la mamadera? —murmuró Betty, y Rebecca asintió, se acercó a la camita y descorrió levemente la colcha. La señora Flanders se asomó y miró ansiosa a su bebé, que dormía con el ceño arrugado. El viento sacudió la ventana, y Rebecca saltó como un gato para trabarla de nuevo.

    Las dos mujeres cuchichearon por encima del mechero, urdiendo la eterna conspiración de silencios y mamaderas limpias, mientras el viento soplaba enfurecido y martirizaba a las fallebas baratas de las aberturas. Ambas inspeccionaron la cuna con los labios fruncidos. La señora Flanders se adelantó.

    —¿Está dormido? —preguntó Rebecca en voz baja, señalando el pequeño catre.

    La señora Flanders asintió.

    —Buenas noches, Rebecca —dijo y Rebecca la llamó señora, sin importar que las dos fuesen parte de la misma, eterna conspiración de silencios y mamaderas limpias.

    La señora Flanders había dejado encendida la lámpara de la sala. Ahí habían quedado sus anteojos, su equipo de costura, y una carta con el sello del correo de Scarborough. Las cortinas aún permanecían abiertas.

    La luz se proyectaba hacia afuera e iluminaba una porción del césped; dibujaba una línea dorada sobre el balde verde de juguete, y se posaba sobre la flor violeta del áster, estremecida por la fiereza del temporal. La costa estaba siendo desgarrada por un viento que se lanzaba a través de las colinas y corcoveaba sobre ellas con ráfagas intempestivas. ¡Cómo se extendía por el valle y cubría la ciudad! ¡Cómo parecían oscilar y temblar las luces ante esa furia, las luces del puerto, las luces de las ventanas de los dormitorios de los pisos altos! Y empujando a su paso olas oscuras, el viento se precipitaba sobre el Atlántico y sacudía de un lado al otro las estrellas por encima de los barcos.

    Se oyó un chasquido en la sala. El señor Pearce acababa de apagar la lámpara. El jardín se esfumó. Ahora no era más que una mancha oscura. Cada centímetro de césped era azotado por el agua de la tormenta. Cada brizna de pasto se doblaba bajo el peso de la lluvia. Los párpados habrían quedado clausurados ante esa lluvia. Quien se hubiese acostado boca arriba no habría visto sino caos y confusión: nubes que giraban y giraban, y algo sulfuroso, teñido de amarillo, que se vislumbraba en la penumbra.

    Los chicos, que dormían en la

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