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TIEMPO Y CONSECUENCIAS: Primera edición en español
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Libro electrónico256 páginas2 horas

TIEMPO Y CONSECUENCIAS: Primera edición en español

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¿Podrá solucionar Turquesa sus problemas de puntualidad?

Turquesa Nez Timerhorn parece tenerlo todo. Es preciosa. Tiene muchos amigos y admiradores. Su novio Ed, que tiene un físico de super

IdiomaEspañol
EditorialSuccess Essentials Publishing Company, Inc.
Fecha de lanzamiento7 ene 2026
ISBN9798218444990
TIEMPO Y CONSECUENCIAS: Primera edición en español
Autor

M. Lauryn Alexander

Como Profesora Certificada de Inglés, por el Estado de Nueva York para Hablantes de Otros Idiomas (TESOL) y una experta autodidacta en ser puntual, la autora M. Lauryn Alexander cuenta con más de veinticinco años de experiencia como profesora en la ciudad de Nueva York. Ha enseñado clases de todos los niveles para estudiantes de inglés como segundo idioma (ELL) en escuelas secundarias públicas, así como inglés para hablantes no nativos a nivel universitario en la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY) como instructora ELL.Como maestra, observó que a la mayoría de los estudiantes no se les enseñan habilidades de gestión del tiempo y, en consecuencia, no comprenden la importancia de la puntualidad en su vida diaria. Por ello, incorporó temas de gestión del tiempo en sus planes docentes en el aula. Descubrió que la historia de su libro, Tiempo y Consecuencias, era una herramienta docente perfecta para adolescentes, jóvenes y adultos. En 2017, M. Lauryn Alexander publicó la novela Time & Consequences en su versión original en inglés.Como educadora bilingüe en inglés y español, la profesora M. Lauryn Alexander publicó en 2023 la edición revisada en inglés de Time & Consequences, y publicará esta novela en español en 2024. (www.TimeandConsequences.com)M. Lauryn Alexander es la fundadora de Success Essentials Inc.® (www.EnglishBySE.com), una empresa innovadora especializada en la enseñanza de inglés para estudiantes de inglés como segundo idioma (ELL) y en Coaching Profesional para el Avance™ en Nueva York y alrededores. Success Essentials Inc® es una empresa acreditada con calificación A+ (corresponde a una puntuación de 96-100 sobre 100) en el Better Business Bureau® (BBB®).M. Lauryn Alexander es también miembro de la Sucursal de la Ciudad de Nueva York de la Asociación para el Desarrollo del Talento (ATD), del Museo Nacional del Indígena Americano del Smithsonian, de la Sociedad Japonesa y de la Asociación de Editores para Ventas Especiales (APSS).Una de las organizaciones benéficas a las que apoya es la Sociedad Americana del Cáncer. Alexander es nativa de Brooklyn y también ciudadana del mundo. Ha viajado por todo el planeta, visitando lugares como Dubái, Francia, Grecia y varios países de habla hispana como España, la República Dominicana, Venezuela, México y Puerto Rico.Las aficiones de M. Lauryn Alexander incluyen coleccionar monedas y caminar para mantenerse en forma. Asimismo, es una ávida lectora. Una de sus expresiones favoritas, que comparte en sus talleres de Coaching Profesional para el Avance™, es la afirmación "READERS ARE ACHIEVERS®"(LOS LECTORES SON TRIUNFADORES®).

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    TIEMPO Y CONSECUENCIAS - M. Lauryn Alexander

    Capítulo 1

    Dos entradas a la felicidad

    Ed Windsong sostenía con firmeza dos entradas a la felicidad en su fuerte y bronceado puño de hierro. Con mucho cuidado, las deslizó detrás del roído billete de cien dólares que siempre llevaba en su lisa cartera de cuero marrón. Ese importante billete estaba ahí para una emergencia. Nunca había sentido la necesidad de gastarlo.

    Ed, alumno de último año de instituto, sentía que era el chico más afortunado del mundo. Su cuerpo musculoso de 1,86 metros de altura y 84 kg de peso se movía como una gacela tanto dentro como fuera de la cancha de baloncesto. Mucha gente lo confundía con un supermodelo de pasarela debido a su bello aspecto físico. Pero Ed no era modelo. Era el magnífico capitán del invencible equipo de baloncesto de su instituto: The Cranes, también conocido como Las Grullas.

    Ed, el mejor jugador de baloncesto del Instituto Hawthorne Hills, tenía tanto el talento como el poder de dominar y derribar a cualquiera que se interpusiera en su camino en la cancha. Ed jugaba para ganar. Nadie en el Instituto Hawthorne Hills podía recordar una racha ganadora de tal magnitud: 25 victorias seguidas. El afán de Ed por emular a otras estrellas del baloncesto lo convertían en un oponente formidable.

    Sin embargo, para Ed El Erudito, sus habilidades atléticas no eran suficientes. Su promedio académico, basado en las calificaciones de todas sus asignaturas, lo colocaba entre el 5 % de los mejores estudiantes de su promoción. Tenía en su punto de mira una beca para el Kingsmith College, en cuya Facultad de Derecho quería estudiar tras completar sus estudios superiores. La negociación de contratos le fascinaba enormemente.

    Ed era igual de apasionado en la relación que mantenía con cierta joven. No podía imaginar su vida sin ella. Sus dedos lo impulsaron a coger el móvil. Necesitaba una respuesta con respecto a las dos entradas que tenía en su bolsillo. Marcó su número, tal como había hecho innumerables veces antes, ya fuera desde casa o desde su trabajo a tiempo parcial.

    Era una tarde calurosa de finales de mayo de 2006, llena de expectativas y esperanzas. Como administrativo en el bufete de abogados Bracy, Wong & López, Ed disfrutaba de muchas ventajas en su trabajo a tiempo parcial. Aunque no ganaba lo suficiente para poder permitirse un elegante móvil negro en un maletín de cuero color burdeos, poseía ambos de todas formas. A su modo de ver, había cosas que resultaban esenciales para expresar quién es uno y hacia dónde se dirige en la vida.

    —Buenas tardes. Por favor, ¿puedo hablar con la señorita Timerhorn? —preguntó Ed con voz distinguida, como un presentador del telediario.

    —Hola, Edward. Me estás llamando desde el trabajo, ¿verdad? —coqueteó la aterciopelada voz al otro lado de la línea.

    —Sí, ¿cómo lo has sabido? —dijo Ed, riéndose para sus adentros.

    —Sabes cuál es mi nombre y no lo has usado. Me has llamado Señorita Timerhorn. Eso te ha delatado, Edward —sentenció la joven que había robado el corazón de Ed con su mente analítica y su sonrisa contagiosa.

    —Por favor, llámame Ed —rogó con severidad la voz masculina.

    —¡No empecemos con eso, Edward! Sabes que me encanta llamarte Edward. Será porque nadie más lo hace —rio la burlona voz, ignorando el hecho de haberlo ofendido. Turquesa sentía que podía llamarle como quisiera. A fin de cuentas, sus propias iniciales eran T.N.T.: pura dinamita.

    En contextos más formales, era conocida como Turquesa Nez Timerhorn. Era una chica preciosa, de piel bronceada, inteligente y decidida. La radiante sonrisa que dirigía a todos les hacía sentir que les hablaba directamente a ellos, y solo a ellos. Todos querían hablar con ella.

    Cuando la gente conocía a Turquesa, la trataban como a una celebridad. Por su parte, ella los trataba como amigos. A pesar de la advertencia de sus padres, No hables con extraños, tenía la inusitada y cándida costumbre de considerar inmediatamente como amigo a cualquiera que conociese. Coleccionaba las tarjetas de visita de la gente y anotaba sus nombres en su agenda, bajo la categoría de amigo, incluso aunque no fuera a volver a ver a esas personas en su vida.

    Turquesa sentía que podía entenderse bien con Edward, el apodo con el que lo llamaba cariñosamente, a pesar de que su certificado de nacimiento indicaba Ed Windsong como su verdadero nombre. Ella nunca consideró que llamar a alguien por un nombre distinto al que le dieron al nacer fuera una forma de manipulación.

    Transcurridos diez segundos, y al no recibir respuesta por parte de Ed, Turquesa carraspeó y dijo:

    —¿Y bien, Edward? ¿Vamos a ir o no? —preguntó con voz impaciente y arrulladora. Continuó hablando, sin detenerse, como de costumbre—: ¿Vamos a hacer de nuestro baile de graduación una noche inolvidable?

    Ed se relajó y una sonrisa se dibujó en su rostro mientras trataba de calmar sus pensamientos románticos.

    —Sí, vamos a ir al baile de graduación del Instituto Hawthorne Hills. Acabo de recoger nuestras dos entradas a la felicidad —dijo Ed.

    —¿A la felicidad? —reflexionó Turquesa mientras observaba el calendario colgado en su pared. Vio que el baile era en menos de dos semanas. Tenía tanto que hacer… ¡en tan poco tiempo!

    De repente, Ed redujo su voz a un suave murmullo:

    —Solamente piensa, cariño, que hace un año este sueño no hubiera podido existir.

    —Sí, Edward. Recuerdo el catastrófico día en el que derramé ácido sobre tus zapatos de trabajo y tu maletín en el laboratorio de química —respondió Turquesa.

    Ed, sin hacer una pausa, continuó:

    —Eso no me importó: lo que sí me preocupó fue que tu promedio fuese dos puntos más alto que el mío —rio Ed juguetonamente, tocando la mancha de su maletín mientras sacudía la cabeza y añadía—. Todavía llevo en mi maletín una manchita de tu amor ácido para acordarme de ti, cariño. —Se burló Ed, como pensando me la pagarás—. Princesa, soy el chico más afortunado del mundo por tener un tesoro como tú.

    —No, soy yo la que tiene suerte de tenerte —suspiró Turquesa.

    Finalmente, Ed colgó el teléfono tras nueve minutos de conversación con las siguientes palabras:

    —Pasaré a recogerte a las seis en punto la noche del baile.

    Capítulo 2

    Becky

    Turquesa nunca tuvo que preocuparse por conseguir citas. Al contrario, la señorita Timerhorn se había quejado varias veces ante su mejor amiga, Rebecca Córpuz, de las numerosas citas que había tenido que rechazar.

    Cuatro años antes, al comienzo de su tercer año de secundaria, le había dicho a Rebecca:

    —Son todos unos cachorros necesitados de amor, Becky.

    —Bah, ojalá tuviera yo tu problema —murmuró bajito Rebecca ese día mientras se mordía sus uñas, ya de por sí cortísimas.

    Rebecca, en su condición de inmigrante recién llegada a los Estados Unidos, siempre se sentía en desacuerdo con su nueva cultura.

    —Turquesa, ¿puedes decirme cómo, eh, mmm...? —tartamudeó Becky. Continuó con su pregunta, pero esta vez de forma entrecortada—: ¿Puedes decirme cómo haces para que los chicos se fijen en ti?

    Becky levantó la vista y descubrió que su pregunta había caído en oídos sordos. Las largas y sedosas piernas de su amiga la habían llevado a su siguiente clase. Ya no estaba a su lado.

    Rebecca conocía a Turquesa tanto como a sí misma. Habían ido a la misma escuela de secundaria y ahora al mismo instituto.

    —Hola, ¿cómo te llamas? —preguntó una chica curiosa sentada junto a otra compañera en la clase de primero de secundaria de la profesora Jones. Era una fría mañana de septiembre del año 2000.

    —¿Cómo? ¿Yo? —respondió una tímida chica que sacó los dedos de su boca para contestar a su atrevida compañera. Tras una pausa, la chica, con una voz que apenas resultaba audible, añadió: —Soy Rebecca Córpuz.

    Por un breve instante, miró primero al suelo y después a su compañera, quien al parecer deseaba ser su amiga. Continuó la conversación y preguntó:

    —Y tú, ¿cómo te llamas?

    —Soy Turquesa Nez Timerhorn.

    —¡Qué nombre tan largo! ¿Cómo te llaman tus padres en casa?

    —Simplemente Turquesa, pero mi hermana me llama T.N.T.. Se burla de mí porque mis iniciales son las mismas que las de la dinamita. Y tú, ¿tienes algún apodo?

    Rebecca suena demasiado adulto para mí, así que prefiero que me llamen Becky.

    —Genial. Te llamaré Becky.

    —¿Quieres que comamos juntas luego en la cafetería?

    —¡Vale! Y ahora vamos a callarnos, porque la profesora Jones nos está mirando. Hablamos luego.

    Y más tarde, efectivamente, hablaron. Desde el comienzo hasta el final de la secundaria, estas dos amigas hablaban diariamente por teléfono, estudiaban codo con codo en la biblioteca local, comían juntas en casa de la una o de la otra, e iban de tiendas cada mes de agosto para hacer las compras de vuelta al cole. Conocer a alguien tan bien puede ser una bendición o una maldición, porque conoces su modus operandi.

    —Becky, no puedo creer que el baile de graduación esté ya a la vuelta de la esquina —comentó Turquesa.

    —Sí, ¿y qué voy a hacer con mis uñas? Es un hábito nervioso. ¡No puedo evitarlo!

    —Nadie es perfecto: ¡yo también tengo mis defectos!

    El destino las había unido. Sus intereses en común habían dado paso a una verdadera amistad.

    Capítulo 3

    ¡Que comience la decoración!

    El Gran Salón de Baile del Hotel Golden Paradise cerró durante dos días para estar listo para el baile de graduación. Era tradición que el baile se celebrara en este emblemático y extraordinario edificio, referente de la arquitectura local. Sus grandes arcos convertían en reyes y reinas a la gente corriente que atravesaba sus portales.

    El comité de baile de Hawthorne Hills había empezado a transformar el Gran Salón de Baile, que pronto se convertiría en un rincón de fantasía para adolescentes. El escenario estaba siendo transformado en un elaborado salón del trono para la coronación de la pareja real compuesta por el Rey y la Reina de la noche.

    En cuanto el último miembro del comité entró en el salón de baile, comenzó el ambiente festivo.

    —Son las 9:13 de la mañana —dijo Paul Wyker, mientras sorbía su segunda taza de café, a los alumnos que habían acudido para ayudar en las labores de decoración. Sintiéndose de nuevo como un adolescente, el señor Wyker anunció a los voluntarios: —¡Vamos allá! Que comiencen los juegos, ejem, quiero decir, ¡que comience la decoración!

    En su condición de Consejero de Actividades Estudiantiles de los alumnos de último curso de secundaria, el señor Wyker adornó las paredes con los primeros globos de color añil y crema: eran sus colores favoritos.

    El señor Wyker nunca perdió el amor y la alegría que le proporcionaba estar entre jóvenes. Tras dar clases durante seis años en la universidad, decidió volver a su amado Instituto Hawthorne Hills, donde se había graduado muchos años antes.

    En su juventud, a Paul Wyker le encantaban las fiestas. Ahora, en su condición de consejero estudiantil de una promoción de 388 estudiantes de último curso, estaba muy ocupado, ejerciendo al mismo tiempo de padre sustituto, consejero, pastor, y asistente para los estudiantes.

    Sabía lo que hacía falta para organizar un baile de graduación. A fin de cuentas, había sido el supervisor y maestro de ceremonias de baile durante veintidós años consecutivos. Se enorgullecía de ser siempre él quien sorprendiese a la multitud anunciando a las parejas reales.

    Esos ansiados títulos, junto con la popularidad que otorgaban, iluminaban la noche de todo estudiante de último curso que tuviese la suerte de ser elegido. Los alumnos debían votar por un rey y una reina alternativos, en caso de que el Rey o la Reina elegidos inicialmente fueran descalificados. Sin embargo, en toda la historia de la escuela, nadie recordaba que los suplentes hubieran terminado haciéndose con las coronas.

    Capítulo 4

    Mi chica

    El aire húmedo hacía que la gente caminara hacia sus casas más lento de lo normal. Estaba anocheciendo. El día previo al baile de graduación del Instituto Hawthorne Hills albergaba muchas esperanzas.

    Cuatro altas figuras caminaban bajo la luz menguante. Dos de ellas eran idénticas, salvo por el hecho de que una lanzaba el balón de baloncesto con su mano derecha, mientras que la otra tenía una habilidad excepcional para lanzarlo con la izquierda.

    Una figura solitaria les seguía y avanzó con pasos firmes para alcanzar a los demás, que iban unos cuantos metros por delante.

    —¡Eh, vosotros, calientabanquillos! —gritó Ed Windsong, bromeando.

    El cuerpo musculoso de 104 kg y 1,86 metros de altura de Griffin Lee Browne se detuvo en seco. Lentamente, se dio media vuelta. Luego, levantó su gran puño frente al patético idiota que se había atrevido a dirigirle un insulto así:

    —Oye, mi puño cabe justo en tu maldita boca —ladró Griffin mientras se giraba, y entonces vio a Ed—. ¿Qué tal? —preguntó mientras saludaba a su buen amigo, el capitán de The Cranes, su equipo de baloncesto.

    A Griffin le molestaba que Ed afrontara la vida de un modo tan relajado y despreocupado. Todo, incluyendo su talento atlético y su relación con Turquesa, parecía ir a favor del capitán con una naturalidad pasmosa. Griffin se preguntaba a menudo: «¿Por qué dejo que me afecte tanto?»

    —¡Oye, tío! ¿Me estás escuchando? ¿Me oyes? —exclamó Ed, interrumpiendo así unos pensamientos que le habían conferido a Griffin una mirada vidriosa—. Eres mi amigo, Griffin, y mi compañero de equipo.

    —Hermano, funcionamos a las mil maravillas tanto dentro como fuera de la cancha —se jactó Griffin mientras sacudía la cabeza para recomponerse. Miró a Ed a los ojos y añadió, jactándose ante su capitán—: Vas a ver cómo anoto más puntos que tú fuera de la cancha. Lo que pasa es que todavía no sabes quién es la afortunada.

    La temporada de baloncesto anterior había dejado enormes titulares en los periódicos locales y regionales. Ed y Griffin hacían un equipo magnífico y disfrutaban de la fama. Los largos discursos del entrenador Aponte seguían resonando alto y claro en los oídos y los corazones de estos competitivos compañeros de equipo.

    Ed, Griffin, Jonathan Quincy, Colón Benitez y el hermano gemelo de este, Víctor, bromeaban entre sí sobre los esmóquines que usarían en la graduación.

    —Colón Benitez y Becky Córpuz serán pareja mañana por la noche —anunció Colón, el alero de 1,98 metros de The Cranes.

    Ed bromeó:

    —¿Quién va primero, C.B. o B.C.?

    —Al parecer, yo mismo seré el primero

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