FABRICANDO IDENTIDADES: El sistema no quiere que sepas quién eres
Por Eduardo Cisneros
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Una novela psicológica y política sobre identidad, control social y libertad individual en un mundo donde incluso la rebeldía ha sido diseñada por el sistema.
Eduardo Cisneros
Eduardo Cisneros es un autor latinoamericano cuya obra explora los límites entre la mente, la identidad y la conciencia humana. Fascinado por la frontera entre ciencia y espiritualidad, escribe novelas oscuras, psicológicas y filosóficas que invitan al lector a cuestionar qué somos realmente. Su primera novela, ARDOX — La teoría del C.I.R., profundiza en una inquietante pregunta: ¿la mente es solo materia… o algo más? Cree firmemente que la literatura no solo narra historias, sino que abre puertas hacia regiones internas que rara vez nos atrevemos a mirar
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FABRICANDO IDENTIDADES - Eduardo Cisneros
La Pregunta
Daniel Kfran estaba de pie en la fila para entrar a la Facultad General. Solo había una persona delante de él. Era la primera vez que hacía un trámite importante sin sus padres, y aunque el procedimiento parecía sencillo, sentía esa ligera tensión en el estómago que produce la vida adulta cuando empieza a exigir respuestas. La chica frente a él se dio vuelta y sonrió con timidez. ⋮Ya casi pasamos, ¿verdad? Daniel tardó un segundo en darse cuenta de que le hablaban. ⋮Sí⋮ respondió ⋮. Eso parece. Guardó silencio un momento y añadió, casi justificándose: ⋮Espero no haber cometido ningún error en la solicitud de inscripción. La chica soltó una pequeña risa. ⋮A mí solo me costó una parte ⋮dijo⋮. El espacio donde pregunta Quién eres
. Me quedé pensando un buen rato. Es una pregunta rara. Daniel parpadeó y volviendo a ver su formulario. ⋮ ¿Qué... espacio? ⋮ En la parte de atrás ⋮ explicó ella, girándose de nuevo⋮. Dice que es para uso interno de la universidad. Seguro es alguna estadística o algo así. Él bajó la mirada a los formularios que sostenía entre las manos. Creía haberlos revisado todos. Nombre, dirección, documentos, antecedentes académicos. Todo estaba en orden. Pero al voltear la última hoja encontró, impreso en letras pequeñas: PARA USO INTERNO DE LA UNIVERSIDAD, Detalle en pocas palabras: QUIÉN ERES. Había un espacio en blanco muy amplio y rectangular. Daniel sintió una incomodidad instantánea, como si le hubieran pedido recordar un dato que jamás había sabido o inexistente en su memoria. Miró el papel largo rato, pero ninguna palabra parecía servir. No sabía si debía escribir estudiante, ciudadano, hijo único, o algún rasgo de personalidad que lo identificara como único en el mundo. La chica ya no lo miraba y la fila avanzó un paso. Él sostuvo el bolígrafo sobre el rectángulo vacío del formulario y comprendió ⋮sin entender por qué⋮ que esta era la primera pregunta verdaderamente importante que alguien le había hecho en toda su vida y que no tenía respuesta. La mujer que atendía la ventanilla debía tener unos cuarenta y cinco años. No era desagradable, pero había en su rostro una especie de renuncia silenciosa a la amabilidad, como si la vida le hubiera cobrado cierta mesada a cambio de retirar cualquier gesto innecesario de cordialidad. En la mesa, junto a los formularios, había un catálogo de perfumes doblado por la mitad. Daniel le entregó los papeles. Ella los revisó con la paciencia milenaria de quien ha repetido el mismo proceso demasiadas veces en su vida. Sin embargo, la mujer de pronto frunció levemente el ceño. ⋮Mire, joven⋮ dijo, sin levantar la vista⋮. No completó el espacio donde dice Quién eres
. Así no puedo sellarle la solicitud. Daniel sintió un leve sobresalto. ⋮Yo... no estaba seguro de que debía escribir. La mujer suspiró, como si aquella explicación ya la hubiese escuchado demasiadas veces de parte de los estudiantes de nuevo ingreso. ⋮Como las colegiaturas ya están pagadas, lo voy a admitir por ahora ⋮dijo⋮. Pero si para el catorce de marzo no trae esto completo, no podrá seguir en clases y con un golpe sobre el papel selló un documento y luego el otro. Separó un comprobante y se lo entregó con la misma naturalidad con la que alguien entrega un ticket de autobús a un usuario. Daniel abrió la boca para decir gracias
, pero antes de terminar la palabra, la mujer ya estaba llamando al siguiente estudiante y no lo miró otra vez. Él dio un paso hacia un lado para no estorbar, miró el papel en su mano, 14 de marzo. No sabía por qué aquella fecha le producía una sensación tan concreta, como si, en lugar de un trámite administrativo, hubiera recibido una sentencia de muerte. Era un plazo para decidir quién era y lo más inquietante fue descubrir que, hasta ese momento, nunca había considerado que esa pregunta pudiera tener una fecha de vencimiento. Daniel caminó unos metros fuera del edificio. El comprobante de inscripción crujía apenas entre sus dedos. Pensó en la fecha, 14 de marzo. La repitió en silencio, como si fuera una contraseña, luego sacó el teléfono, la primera persona a la que pensó en llamar fue a su madre. No porque creyera que ella tuviera todas las respuestas, sino porque llevaba toda la vida mirándolo, si alguien podía definirlo, debería ser ella. La llamada apenas sonó dos veces. ⋮ ¿Aló? ⋮Mamá ⋮dijo Daniel⋮. Ya inscribí las materias, y ya soy oficialmente estudiante. Pudo sentir la sonrisa a través del auricular. ⋮Qué alegría, hijo. Sabía que todo iba a salir bien ⋮respondió ella, con esa calidez que nunca parecía terminarse⋮. Estoy tan orgullosa de ti. Daniel respiró hondo. Fue directo al punto. ⋮Pero... me queda un formulario incompleto. Hay un espacio que dice Quién eres
. Yo no... ⋮titubeó⋮. No supe qué escribir. Pensé que tal vez tú podrías ayudarme. Del otro lado hubo un silencio breve. Luego su madre dejó escapar un suspiro suave, casi emocionado. ⋮Claro que sí, hijo. Y antes de decirte nada... quiero que sepas que me siento muy orgullosa de lo que has logrado. Desde pequeño supe que eras especial. Siempre fuiste un niño tan listo... tan amoroso...Daniel escuchó. ⋮Recuerdo que cuando tenías cinco años ayudabas a los vecinos a cargar sus bolsas. Sin que nadie te lo pidiera. Y en la escuela, los profesores siempre me decían que eras educado, respetuoso, responsable...Él no interrumpió. ⋮Nunca me diste problemas. Siempre estabas pendiente de mí. Incluso ahora... ⋮la voz se volvió un poco más suave⋮ sigues siendo ese muchacho bueno, atento, que piensa en su madre. Eso dice mucho de ti. Daniel esperó. Su madre continuó. ⋮Eres perseverante. Sensible. Tienes un corazón enorme. Yo lo sé. Lo he visto. Y me conmueve ver en el hombre que te has convertido, sin perder esa esencia... esa bondad tuya. Hablaba con ternura sincera. Nada era exagerado. Nada era falso, ⋮...y finalmente, hijo ⋮dijo su madre⋮ puedo decirte que vas a triunfar en la vida. Tu futuro es prometedor. Y yo, como tu madre, siempre estaré aquí para apoyarte. Daniel guardó silencio un instante. Aquella frase no le era nueva. Era la misma que ella usaba cuando se ponía melancólica o simplemente sensible. Y, como siempre, lo conmovió. ⋮Gracias, mamá. Sabes que eso siempre me ayuda⋮ dijo con cuidado, procurando que su voz sonara agradecida y no impaciente⋮. Pero no puedo poner esas cosas en la solicitud. Lo que necesito es que me digas... qué escribir en la parte de Quién eres
. Hubo un pequeño silencio al otro lado de la línea. ⋮Ay, hijo... perdona⋮ respondió ella, con una risa suave y un poco de vergüenza⋮. Ya sabes cómo me pongo. Me gana la emoción. A ver... ahí deberías poner...Pero no terminó la frase. Un ruido denso de fondo, seguido por el chisporroteo del agua hirviendo derramándose sobre metal caliente, desvió su atención. ⋮ ¡Ay, Dios! ⋮exclamó⋮ La sopa. Se me quema la sopa. Daniel escuchó utensilios moverse. Un vapor rápido. Unos pasos breves. ⋮Hijo, discúlpame. Llámale mejor a tu padre. Él seguro sabrá decirte algo más claro que yo. Tú sabes... yo soy muy sentimental para esas cosas. Hizo una pausa mínima, solo para agregar: ⋮Te amo. Y colgó. Daniel se quedó mirando la pantalla un segundo más, como si esperara que la llamada continuara por su cuenta. Luego guardó el teléfono. Daniel empezó a caminar dentro del campus. Sentía una especie de felicidad tranquila por saber que ya estaba inscrito en su carrera; como si, al menos en apariencia, su vida hubiese encontrado un cauce claro. Pero al mismo tiempo, no saber qué colocar en la casilla ¿QUIÉN ERES?
lo estresaba. No solo porque quería terminar todo cuanto antes, sino también porque, en definitiva, detestaba dejar cosas pendientes. ⋮ ¿Por qué no me fijé antes en esta casilla? ⋮se reprochó en voz baja, como si alguien lo escuchara. Siguió caminando mientras sostenía el formulario doblado en tres, leyéndolo una y otra vez, intentando descubrir si había alguna pista, alguna instrucción escondida entre las líneas. Nada. Solo la pregunta, desnuda, insolente, colocada ahí como una trampa. Al adentrarse en el campus logró llegar hasta una cafetería. El olor a pan recién horneado y café lo envolvió de inmediato, y en ese instante su estómago rugió, recordándole que no había desayunado. Pensó que un café y un pedazo de pan no le caerían mal mientras seguía intentando responder el formulario. Quizás, con cafeína en la sangre, la respuesta aparecería por sí sola. O al menos, eso quiso creer. Pidió en silencio. Se sentó en una mesa junto a la ventana. Colocó el vaso de cartón frente a él, dejó el pan a un lado, y extendió el formulario como si fuera un documento sagrado, La casilla estaba ahí. Rectangular, blanca y vacía, esperando. Daniel tomó el bolígrafo, lo sostuvo sobre el papel... pero no escribió nada. Porque no sabía si debía responder: quién era ahora, quién había sido, o quién esperaba llegar a ser. Y tal vez ⋮pensó⋮ ninguna de esas tres cosas coincidía. Apoyó el bolígrafo sobre la mesa. Se quedó mirando el rectángulo vacío. Era extraño: nunca una pregunta tan corta lo había hecho sentir tan pequeño. Tomó un sorbo de café. Estaba tibio. No sabía si le gustaba o no, pero lo bebió igual, solo para sentir que hacía algo de provecho en el lugar mientras pensaba. ¿Qué significa ser
?
La pregunta apareció sin permiso, como un insecto que entra por la ventana y decide instalarse en la mesa. Primero pensó en su familia. En cómo, desde pequeño, siempre hubo alguien dispuesto a explicarle quién era ⋮o quién debía ser⋮ incluso antes de que él pudiera preguntarlo. Tu eres un buen muchacho.
Eres aplicado.
Eres tranquilo de carácter.
Eres serio, igual que tu papá. Parecía que ya estaba decidido desde antes de nacer: había heredado una definición como se hereda un apellido, una mesa vieja o una casa con goteras. La familia construía una especie de molde invisible y suave, y uno entraba ahí, casi agradecido, porque así no tenía que pensar demasiado. Pero entonces Daniel se preguntó: ¿y si un día decidía que ya no era tranquilo? ¿y si un día decidía que ya no era bueno? ¿dejaba de ser él? O peor aún: ¿se convertía en otra cosa que nadie quería conocer? Respiró hondo. Miró la casilla en blanco. Luego pensó en la escuela. En los discursos bien ordenados que hablaban de vocación, futuro, metas, desempeño, identidad académica. Ahí te explicaban que
ser era algo parecido a tener una función útil dentro de una maquinaria enorme llamada sociedad. Ser estudiante. Ser profesional. Ser alguien en la vida. Como si sin una etiqueta visible no existieras dentro de la humanidad. Recordó los formularios, los uniformes, los exámenes, los perfiles psicológicos. Todo eso parecía decirle:
Serás lo que aprendas a producir. Lo que puedas demostrar. Lo que se pueda medir. Y, sin embargo, por dentro, Daniel sentía que había partes de él que no sabían multiplicar, ni definir conceptos, ni organizar discursos... pero estaban ahí. Entonces... ¿eso también era él, aunque no sirviera para nada práctico? Tomó otro bocado de pan. No tenía mucho sabor. Finalmente, pensó en la religión. ⋮ La idea misma de un Dios que observa, define y clasifica. Desde pequeño había escuchado frases como:
Somos hijos de Dios.,
Somos almas en prueba.,
Somos polvo y espíritu. Era una definición hermosa... pero también inalcanzable. Porque si
ser significaba algo tan perfecto, tan alto, tan espiritual... ¿qué hacía uno con las partes que no eran agradables? ¿Qué hacia uno con las dudas? ¿Qué hacia uno con la vergüenza? ¿con las cosas que nunca diría en voz alta? Si de verdad era
hijo de Dios, entonces a veces se sentía como un hijo distraído, cansado, que no sabía a quién se parecía. Bajó la mirada hacia el formulario. Familia...Escuela...Religión...Las tres hablaban de quién era. Pero ninguna parecía realmente describir quien era a él. Era como si todos ya supieran qué debía responder ⋮menos él mismo. Y de pronto, la casilla rectangular dejó de ser solo un espacio en blanco: parecía una puerta al infinito. una entrada a algo desconocido. o un espejo sin imagen. Daniel sintió un ligero mareo. No fuerte. Apenas una vibración interior. Porque por primera vez pensó:
Tal vez no sé quién soy... y tal vez nadie nunca me enseñó a preguntarlo. Apoyó el bolígrafo que tenía disponible sobre el papel. Pero siguió sin escribir. Daniel quiso llamar a su padre, pero en ese momento la operadora automática decidió notificarle que su celular no tenía crédito para realizar llamadas. ⋮Demonios...⋮ exclamó para sí mismo, apenas moviendo los labios. Revisó las redes disponibles. La cafetería ofrecía servicio de WIFI gratuito. Sin perder tiempo, se levantó y se acercó a la dependiente para solicitar la contraseña. Ella lo miró con una expresión fría, tipo cansada, como si cada vez que alguien hacía esa pregunta alguien le arrancara un pequeño fragmento del alma. Luego, sin decir palabra, señaló con el dedo una pared cercana. Un rótulo de plástico blanco ⋮ligeramente torcido, pegado con cinta amarillenta⋮ mostraba el usuario y la contraseña del internet. Letras negras, impersonales. Daniel leyó, asintió en silencio, y regresó a su mesa. ⋮Gracias... ⋮dijo después de haber dado la vuelta, con un tono tímido y tardío, como si pidiera disculpas por aprovechar el beneficio que la cafetería le ofrecía como cliente. Se conectó. Esperó. Durante unos segundos, ninguna notificación apareció en la pantalla. Dudó. Pensó que tal vez había escrito mal la contraseña. Volvió a revisar. Estaba bien. El internet funcionaba. Entonces lo entendió. No era que el teléfono estuviera fallando. Era simplemente que nadie había escrito. Se rio para sí mismo, en un gesto breve, ⋮Sí, sí, cero mensajes... ⋮murmuró, intentando sonar ligero. Pero en realidad no estaba buscando conversación. Solo quería hablar con su padre. Abrió la aplicación de mensajes. Buscó su nombre como quien busca un tesoro enterrado en el desorden. Desplazó la pantalla lentamente, como si temiera no encontrarlo. Hasta que apareció. Entró al chat. Antes de escribir, se detuvo un segundo en la foto de perfil: su padre sonriendo, con la camiseta de su club de fútbol favorito. Esa sonrisa sencilla, despreocupada, tenía algo de refugio. Como si en el mundo hubiera al menos un lugar donde las preguntas no fueran tan difíciles. Daniel suspiró. Y comenzó a escribir. Papá...El cursor titilaba, paciente, como un pequeño corazón eléctrico. Daniel borró. Lo intentó otra vez. Pa, estoy llenando un formulario...Se detuvo. Le pareció absurdo. ¿Cómo explicar que había quedado atrapado dentro de una pregunta? Volvió a borrar. Por un instante pensó que quizás su padre sí tenía una respuesta. Que para él
ser significaba algo concreto: trabajar, esforzarse, cumplir, apoyar, sobrevivir. Tal vez para él era simple. Tal vez siempre lo había sido. Y, sin embargo, Daniel no quería decepcionarlo sonando perdido. El cursor seguía parpadeando. Daniel empezó a escribir despacio, como si cada palabra pesara más de lo normal. Volvió a escribir Papá, estoy en la universidad. Todo salió bien. Ya estoy inscrito en la carrera. Se detuvo un segundo. Miró la frase. Luego agregó: Pero uno de los formularios está incompleto. Tomó el papel, extendió el formulario sobre la mesa, y levantó el celular. Se aseguró de enfocar solo la casilla rectangular. Ese pequeño espacio vacío. Ese hueco blanco que lo estaba persiguiendo desde temprano. Click! La foto quedó perfectamente centrada: QUIÉN ERES y debajo el silencio absoluto. Adjuntó la imagen al chat. Luego escribió: No sé qué poner. Adjuntando una cara triste. Lo releyó varias veces. Dudó. Pensó en suavizarlo. En intentar sonar menos confundido. Quizá decir que era
una pregunta rara, o que
no
