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ARDOX — La teoría del C.I.R.
ARDOX — La teoría del C.I.R.
ARDOX — La teoría del C.I.R.
Libro electrónico688 páginas7 horas

ARDOX — La teoría del C.I.R.

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ARD0X — La teoría del C.I.R. es una novela oscura, filosófica y profundamente humana sobre el límite entre la mente, el alma… y aquello que aún no comprendemos. Ardox Griessen es un neurocientífico brillante, obsesionado con un único objetivo: demostrar que la conciencia puede aislarse, manipularse… y quizá duplicarse. Su proyecto secreto, C.I.R., promete abrir la puerta hacia un territorio que la ciencia nunca debió tocar: la estructura misma de la identidad humana.

Pero todo experimento tiene un precio. El dolor, la memoria, el trauma y las grietas internas comienzan a distorsionar la realidad. La mente que observa… ya no está segura de ser la única.

Entre interrogantes filosóficas, ciencia de frontera y terror psicológico, Ardox deberá enfrentarse a su propio abismo interior:

• ¿Qué somos realmente?
• ¿Un conjunto de impulsos eléctricos?
• ¿Algo más profundo que no puede medirse?

Una historia intensa, inquietante y emotiva, que explora el punto exacto donde la ciencia tropieza con el alma… y el miedo comienza.

Si crees que tu mente es tu refugio, esta novela te hará dudar.

IdiomaEspañol
EditorialEduardo Cisneros
Fecha de lanzamiento29 dic 2025
ISBN9798233499876
ARDOX — La teoría del C.I.R.
Autor

Eduardo Cisneros

Eduardo Cisneros es un autor latinoamericano cuya obra explora los límites entre la mente, la identidad y la conciencia humana. Fascinado por la frontera entre ciencia y espiritualidad, escribe novelas oscuras, psicológicas y filosóficas que invitan al lector a cuestionar qué somos realmente. Su primera novela, ARDOX — La teoría del C.I.R., profundiza en una inquietante pregunta: ¿la mente es solo materia… o algo más? Cree firmemente que la literatura no solo narra historias, sino que abre puertas hacia regiones internas que rara vez nos atrevemos a mirar

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    ARDOX — La teoría del C.I.R. - Eduardo Cisneros

    PRÓLOGO — Transmisión en directo

    El rótulo azul de la BBC aparece en pantalla. Música sobria. Plano del estudio: un semicírculo de sillones grises, una mesa de cristal, luces frías. Público selecto. Científicos. Académicos. Periodistas. La atmósfera pesa.

    Piers Morgan sonríe con esa calma peligrosa que anuncia preguntas que nadie quiere escuchar.

    —Buenas noches. Hoy hablaremos de algo que ya no pertenece a la ciencia ficción —dice—. La intervención directa del cerebro humano. Desde Neuralink hasta otras iniciativas similares, estamos manipulando la arquitectura biológica de la mente. Restaurar movilidad. Devolver la vista. Crear nuevas interfases entre pensamiento y máquina. ¿Qué implica esto... filosóficamente? ¿Religiosamente? ¿Metafísicamente?

    La cámara gira hacia el panel.

    Tres neurocientíficos reconocidos: Anil Seth, Karl Friston y Christof Koch.

    Un astrofísico brillante: Avi Loeb.

    Un comentarista político incisivo: Tucker Carlson.

    Todos correctos. Todos tensos. La primera doctora habla. Británica. Académica. Voz suave. Es Anil Seth.

    —Debemos entender algo: estamos empezando a mapear, conectar y reconfigurar circuitos dañados. En muchos casos, lo que hacemos no es crear, sino restaurar rutas interrumpidas. Una persona vuelve a caminar. Otra vuelve a ver. Cada sinapsis recuperada es una victoria humana.

    Otro neurocientífico asiente, interviene: Karl Friston.

    —Y, aun así —dice—, tenemos que reconocer que estamos adentrándonos en la arquitectura íntima de la identidad. No sabemos aún qué puertas abrimos cuando tocamos la raíz de la experiencia consciente.

    Avi Loeb toma la palabra. Sereno.

    —Siempre hemos intervenido en la naturaleza. Trasplantamos órganos. Manipulamos genes. Ahora simplemente estamos llegando al último territorio: la mente. La pregunta no es si debemos hacerlo. La pregunta es cómo lo haremos sin comprender realmente qué es la consciencia.

    Silencio breve. Entonces Tucker Carlson, con gesto serio:

    —El problema —dice— es que estamos tocando algo que durante siglos fue atribuido a Dios. Llámenlo alma. Llámenlo chispa divina. Llámenlo consciencia. Intervenir ahí no es como operar un corazón o una pierna. Miren la historia humana: cada vez que creímos tener poder absoluto sobre la vida... nos destruimos. Si realmente estamos alterando el diseño de Dios —o el diseño evolutivo que ocupa su lugar— los resultados podrían ser catastróficos para la especie.

    Se oye una respiración mesurada en el público.

    La cámara vuelve a Piers Morgan. Él sonríe... pero no con cordialidad. Con intriga.

    —Bien, detengámonos justo ahí. Se inclina hacia el panel.

    —Si eso es cierto —dice—, si estamos, como sugieres, interviniendo en aquello que hemos llamado alma o chispa divina... entonces debo hacer una pregunta. Incómoda. Muy incómoda. Algunos productores me advirtieron que quizá no debería formularla en directo.

    Los científicos se giran hacia él. Tucker sostiene su mirada. Avi Loeb levanta apenas las cejas. El público se aquieta.

    —Si hoy ya podemos reconstruir la arquitectura neuronal... —continúa Piers, despacio—

    si somos capaces de modificar el código íntimo de la mente...

    Entonces díganme:

    ¿La CIR del Dr. Ardox Griessen sería... posible?

    Silencio absoluto. Como si el aire hubiera sido retirado del estudio.

    Nadie sonríe. Uno de los neurocientíficos carraspea. Es Christof Koch.

    —No... no voy a responder a eso —dice con rigidez—. No estamos aquí para legitimar experimentos irresponsables.

    Avi Loeb mira hacia abajo. Sus manos se enlazan.

    Tucker Carlson cierra los labios, incómodo.

    El tercer neurocientífico añade:

    —La ciencia jamás debe jugar a ser Dios.

    El público murmura.

    Entonces el cuarto panelista —un investigador francés— se levanta bruscamente.

    —Esto es un insulto —dice—. A la ética. A la comunidad científica. Y a quienes hemos dedicado la vida a sanar, no a deformar.

    Abandona el foro.

    La cámara busca desesperadamente otro plano.

    Piers Morgan mantiene silencio durante tres segundos.

    Luego habla, grave:

    —Volvemos después de la pausa.

    Pantalla negra.

    Fragmento del cuaderno de Ardox (registro temprano)

    No puedo seguir ignorándolo. Mis sueños ya no pertenecen a la noche: se han roto y me acompañan durante el día, como restos de vidrio dentro de la mente. Duermo poco. Y cuando duermo, despierto con la sensación de que alguien más estaba pensando dentro de mí. No debería escribir esto. No debería siquiera formularlo. Pero el silencio pesa más que la vergüenza.

    La neurología no me ha salvado. Sólo ha organizado el infierno. Tomografías, electroencefalogramas, resonancias... mapas, números, gráficos. Todo ordenado. Todo impecable. Y, aun así, hay algo que se niega a aparecer. La actividad eléctrica está ahí —sí, la detecto, la mido, la grafico—, pero nada de lo que registro responde a la verdadera pregunta que me corroe:

    ¿de dónde viene la conciencia?

    Estoy cansado. Exhausto. No por el trabajo, sino por la mentira compartida. La religión la llama alma. La ciencia la llama mente. Ambas defienden el término como si la palabra fuese explicación. Mis colegas sonríen con suficiencia. Los teólogos con solemnidad. Nadie parece sentir vergüenza por no saber. Yo sí. Yo necesito saber. Porque empiezo a intuir que no estamos describiendo la conciencia... sino rodeándola. Y hay noches en las que tengo miedo de acercarme demasiado.

    He analizado los casos. Pacientes comunes que, tras un accidente, despiertan hablando lenguas que jamás estudiaron. Otros tocan el piano con una maestría que destruye cualquier noción de aprendizaje. No hay tiempo suficiente en sus vidas para explicar aquello que hacen. ¿De dónde proviene ese conocimiento? ¿Qué estructura —externa a ellos— les permite acceder a información que no vivieron?  No quiero creer en lo invisible. No quiero ser uno de ellos. Pero tampoco quiero ser uno de los otros, de los que mienten con ecuaciones. Me repito que soy científico. Que debo ser responsable. Que no puedo permitirme supersticiones. Pero en el centro de mi pecho se instala algo parecido a una certeza que no puedo escribir sin temblar:

    la biología es el reflejo, no la fuente. Y si esto es así... ¿a qué pertenece entonces la conciencia?

    Desde hoy, dejaré de preguntarme qué hace la mente. Comenzaré a preguntarme qué la sostiene. Si la mente es un efecto... entonces existe una causa. Y si esa causa no es humana......entonces no estamos solos en nosotros mismos.

    CAPÍTULO I

    Parte I - ¿Dónde está mi hermana?

    La familia Griessen no era excepcional en el sentido visible de la palabra. El padre trabajaba largas jornadas como auxiliar contable en un despacho de abogados de la ciudad y regresaba a casa con el cansancio adherido al cuerpo como una segunda piel; la madre organizaba el mundo doméstico con una precisión silenciosa, como si mantener el orden fuera una forma íntima de resistencia frente al caos exterior. No eran fríos, pero tampoco expresivos. El amor circulaba en gestos pequeños, en rutinas, en la certeza de que cada mañana se repetiría la misma estructura que permitía sostener la vida. Sin embargo, dentro de ese esquema estable existía una grieta luminosa, una fuerza que no respondía a la lógica adulta ni a la economía del tiempo: la relación entre Ardox y su hermana mayor, Glidy Griessen, a quien él llamaba simplemente GG.

    Ardox tenía siete años y vivía el mundo como una sucesión de estímulos incomprensibles. No entendía aún las jerarquías invisibles, ni la crueldad que se organiza temprano en los patios escolares, ni la fragilidad que acompaña a quienes no saben defenderse. GG sí. Ella no solo era mayor; era distinta. Caminaba con una seguridad que no provenía de la arrogancia, sino de una intuición profunda: sabía cuándo intervenir, cuándo hablar y cuándo simplemente estar. Para Ardox, su hermana era una figura casi mítica, una presencia que transformaba el miedo en algo manejable, algo que podía ser atravesado. No era solo admiración; era dependencia emocional, una forma de orientación primitiva. Cuando GG estaba cerca, el mundo parecía obedecer reglas más claras.

    La primera vez que Ardox comprendió esto ocurrió en los pasillos estrechos de la escuela. El recreo había terminado y el ruido se dispersaba en ecos mal distribuidos, cuando un grupo de niños lo rodeó con la naturalidad de quienes ya han ensayado la violencia. Querían el dinero que su madre le había dado para el almuerzo. No gritaban; sonreían. Ardox no supo qué hacer. El cuerpo se le tensó, la voz se le quedó atrapada en la garganta, y el pensamiento se redujo a una sola imagen: el rostro de su madre entregándole las monedas por la mañana. Entonces apareció GG. No gritó tampoco. No empujó. Se colocó entre ellos y Ardox con una firmeza que no admitía discusión. Dijo pocas palabras, las necesarias, y su mirada fue suficiente. Los niños se dispersaron como si algo invisible los hubiese expulsado del lugar. Ardox no entendió qué había pasado, solo supo que el peligro había terminado.

    En casa, esa tarde, GG se sentó con él en el borde de la cama. Le habló sin infantilizarlo, como si intuyera que la protección absoluta también es una forma de daño. Le dijo que no siempre estaría ahí, que el mundo no iba a suavizarse por él, que debía aprender a decidir, a sostenerse. No fue un discurso largo, pero fue definitivo. Antes de levantarse, lo miró con seriedad y pronunció una frase que Ardox no olvidaría jamás, aunque tardaría años en comprender: Debes descubrir por ti mismo el camino. Luego lo abrazó con fuerza, un abrazo que no consolaba, sino que anclaba. Ardox respondió apretándola con todo el cuerpo, como si ese gesto pudiera fijarla para siempre en el mundo.

    El accidente llegó sin anuncio, como llegan las cosas que no tienen sentido. GG estaba en el parque con sus amigas, riendo, corriendo, viviendo con la inconsciencia propia de quien no ha aprendido aún que el cuerpo puede fallar. Subió a un trampolín improvisado, saltó como tantas otras veces, y cayó mal. El golpe de su cabeza contra el concreto fue duro, caótico. No hubo dramatismo inmediato, solo un silencio extraño, seguido del pánico ajeno.

    La trasladaron inconsciente al hospital en una ambulancia cuyo interior olía a metal, a desinfectante y a urgencia. El trayecto fue breve, pero en esa brevedad se concentró una violencia muda: el cuerpo de GG inmóvil sobre la camilla, el sonido irregular de los monitores, las manos enguantadas sosteniendo su cabeza como si temieran que incluso el aire pudiera dañarla. Al llegar, las puertas automáticas de la sala de emergencias se abrieron con una precisión mecánica que contrastaba con el caos humano que ingresaba con ella.

    El hospital era un organismo frío, iluminado por luces blancas que no admitían sombras, un lugar donde el tiempo parecía medirse en pulsaciones y no en minutos. Los médicos actuaron sin ceremonias; su lenguaje era técnico, rápido, casi impersonal. Revisaron pupilas, evaluaron reflejos, palparon el cráneo en busca de fracturas invisibles. El golpe había sido severo. Decidieron intubarla para asegurar la respiración, sedarla para proteger el cerebro inflamado, estabilizarla antes de que el daño avanzara. Cada procedimiento era una tentativa desesperada por retener algo que comenzaba a deslizarse fuera de su alcance.

    Mientras todo eso ocurría, Ardox estaba en su habitación, ajeno, concentrado en un juego que repetía sin pensar. El mundo todavía obedecía una lógica simple, hasta que la puerta se abrió de golpe. Su madre irrumpió con el rostro desencajado, como si hubiese envejecido de pronto varios años. No gritó; su voz salió quebrada, forzada a pronunciar palabras que no deberían existir en el universo de un niño. Le dijo que GG había tenido un accidente, que estaban en el hospital, que debían irse ya. Ardox sintió una presión en el pecho, una ansiedad sin forma. Preguntó si su hermana estaba bien. No obtuvo una respuesta clara. El padre apareció detrás, serio, mesurado, sosteniéndose apenas. Salieron de casa sin cerrar del todo, como si el hogar hubiese quedado suspendido, incompleto.

    El hospital, de noche, era aún más hostil. Pasillos largos, silencios densos, el sonido constante de máquinas trabajando para sostener cuerpos que ya no lo hacían por sí mismos. Cuando finalmente los llevaron a verla, GG estaba entubada. Un tubo descendía por su garganta, otros recorrían sus brazos y su pecho. Su rostro parecía intacto, pero algo esencial se había retirado de él. Los médicos explicaron el protocolo: sedación profunda para disminuir la actividad cerebral, monitoreo constante, espera. Había que darle tiempo al cerebro para desinflamarse, para responder, si aún era posible. Ardox no entendía del todo, pero comprendía lo suficiente para sentir miedo. Se acercó a la cama sin tocarla, como si temiera romper algo frágil e invisible.

    Los días siguientes se diluyeron en una rutina agotadora. Cinco días en los que nada cambió. GG no reaccionó a estímulos, no abrió los ojos, no respondió. Las máquinas seguían marcando signos que parecían promesas, pero eran solo datos. Entonces los médicos comenzaron a reducir los sedantes. Querían evaluar la respuesta neurológica real, ver si había algo más allá del silencio inducido. La espera se volvió insoportable. Cada hora parecía una prueba moral para la familia, una forma de desgaste lento.

    Una mañana, un médico los llamó a una sala pequeña, cerrada, diseñada para conversaciones que no deben ser escuchadas desde los pasillos. Habló con cuidado, como quien intenta construir un puente entre el lenguaje científico y el dolor humano. Explicó que el cerebro de GG había sufrido un daño irreversible, que las funciones superiores no estaban presentes, que no había actividad que indicara conciencia. Usó términos como muerte cerebral, estado vegetativo permanente, ausencia de respuesta cortical. Repitió la información de distintas maneras, simplificándola, hasta que los padres pudieron comprender que lo que sostenía a su hija no era vida en el sentido pleno, sino un conjunto de procesos automáticos mantenidos artificialmente.

    La madre se llevó las manos al rostro y el llanto la atravesó sin resistencia, un llanto profundo, animal. El padre permaneció en silencio unos segundos, como si intentara negar lo que acababa de escuchar mediante la pura voluntad, y luego golpeó la mesa con el puño, incapaz de aceptar que su hija estuviera ahí y no estuviera al mismo tiempo. Ardox los observaba sin entender del todo las palabras, pero comprendiendo la pérdida. Sintió que algo se quebraba en su interior, una certeza primaria. Cuando regresaron a la habitación, GG seguía inmóvil, rodeada de cables, luces que parpadeaban con indiferencia, máquinas que respiraban por ella como si midieran una existencia que ya no respondía. Ardox se quedó de pie, devastado, mirando a su hermana, intuyendo por primera vez que el amor no siempre es suficiente para traer a alguien de vuelta.

    Cinco años pasaron sin que GG muriera. Cinco años suspendidos en una forma extraña de existencia.

    La condición clínica en la que quedó atrapada no podía describirse únicamente con términos médicos, aunque los médicos los repitieran con precisión casi ritual: estado vegetativo persistente, ausencia de conciencia verificable, funciones autónomas conservadas de manera artificial. En la práctica, significaba habitar una penumbra inmóvil entre la vida y la muerte, un territorio donde el cuerpo continúa, pero la voluntad no regresa. El cerebro de GG ya no integraba estímulos ni generaba respuestas conscientes; no había lenguaje, no había mirada que reconociera, no había gesto que confirmara presencia. Sin embargo, el corazón seguía latiendo, los pulmones respiraban con ayuda, y la piel conservaba su tibieza. Aquella contradicción era lo que hacía la situación insoportable: GG estaba ahí, y al mismo tiempo no lo estaba.

    El deterioro no era súbito, sino lento, casi silencioso. El cuerpo, privado de movimiento voluntario, comenzó a sufrir las consecuencias de una inmovilidad prolongada. Los músculos se atrofiaron, las articulaciones perdieron flexibilidad, la piel se volvió frágil, vulnerable a cualquier descuido. Cada día requería una vigilancia constante para evitar infecciones, escaras, complicaciones respiratorias. La alimentación debía ser controlada con una precisión casi quirúrgica; cualquier error podía desencadenar una crisis. La enfermedad no avanzaba de forma espectacular, sino por desgaste, por acumulación, por una erosión constante que no ofrecía tregua ni esperanza clara.

    Para la familia, esa condición transformó la vida en una sucesión de sacrificios invisibles. La casa se adaptó a la presencia permanente de una cama hospitalaria, de equipos médicos, de horarios estrictos. El tiempo dejó de pertenecerles. Todo giraba alrededor de GG: medicación, cambios posturales, controles, visitas médicas. El padre reorganizó su trabajo para estar presente; la madre aprendió procedimientos que nunca había imaginado ejecutar. Cada gesto cotidiano se volvió un acto de cuidado, una forma de resistencia contra el abandono. No había heroicidad en ello, solo una decisión persistente de no rendirse.

    Ardox, aún niño, creció dentro de ese paisaje clínico. Aprendió a leer los sonidos de las máquinas como otros aprenden a distinguir el canto de los pájaros. Le hablaba a su hermana con una naturalidad que desafiaba el diagnóstico, como si la repetición de la voz pudiera abrir una grieta en el silencio neurológico. Le leía libros en voz alta, le describía el mundo que ella no veía, le cantaba canciones que recordaban una normalidad ya inexistente. En fechas especiales, le colocaba gorros, adornos mínimos, pequeños símbolos de un tiempo que seguía avanzando, aunque ella no pudiera acompañarlo. No lo hacía esperando una respuesta inmediata, sino por fidelidad, por una forma de amor que no exigía confirmación.

    El dolor de verla así no disminuía con los años; solo cambiaba de forma. Se volvía más hondo, más callado, más difícil de nombrar. Había días en que la esperanza parecía una traición a la razón, y otros en que renunciar a ella resultaba moralmente imposible. La familia vivía en esa tensión constante, sostenida únicamente por el amor incondicional. Cuidar a GG no era solo una obligación médica, era un acto de amor, una manera de afirmar que su existencia, aun reducida a un cuerpo inmóvil, seguía teniendo sentido. En ese cuidado extremo, en ese esmero casi obsesivo, la familia se mantuvo unida, aunque cada uno cargara el dolor de manera distinta, silenciosa, irrepetible.

    Hubo noches en que Ardox se quedaba solo con ella. No porque se lo pidieran, ni porque alguien lo vigilara, sino porque el silencio de la casa lo empujaba inevitablemente hacia esa habitación. La luz era tenue, confortable, incapaz de generar sombras verdaderas. GG permanecía inmóvil, con el cuerpo sostenido por dispositivos que parecían más atentos que los humanos. Ardox se sentaba a su lado y hablaba en voz baja, no como quien espera respuesta, sino como quien teme interrumpir algo frágil e invisible.

    Le contaba cosas pequeñas. Detalles que nadie consideraría importantes: un examen que había salido bien, una discusión trivial en la escuela, el clima cambiante de la ciudad. No buscaba provocar reacción; hablaba para sostener una continuidad, para impedir que el mundo se partiera en un antes y un después. A veces le leía fragmentos de libros, deteniéndose en frases que no entendía del todo, pero que intuía necesarias. En otras ocasiones, simplemente permanecía allí, escuchando el ritmo artificial de la respiración asistida, preguntándose si ese sonido era un acompañamiento o una prisión.

    Una noche en particular quedó fijada en su memoria. Ardox había pasado horas estudiando en su cuarto y, sin darse cuenta, terminó frente a la cama de GG con un cuaderno en la mano. Ardox permaneció sentado junto a la cama durante largo rato antes de atreverse a hablar. La casa estaba en silencio, interrumpido solo por el murmullo constante de las máquinas. La luz tenue dibujaba el rostro inmóvil de GG con una serenidad injusta. Ardox tomó su mano con cuidado, como si temiera romper algo invisible.

    —GG... —susurró, probando su nombre como si pudiera despertarlo—. ¿Estás ahí?

    No hubo respuesta. Solo el ritmo regular del monitor.

    Ardox tragó saliva.

    —En el hospital siempre nos dicen que no —continuó—. Dijeron que estás ausente. Que ya no... ya no estás aquí.

    Apretó un poco más su mano.

    —Pero yo no creo eso, GG. No te creo ausente. Creo que sí estás. Lo sé.

    Se inclinó hacia ella, acercando el rostro.

    —Tu corazón late —dijo, con una convicción infantil pero inquebrantable—. Late como siempre. Y si late... entonces algo de vos sigue aquí. No puede ser mentira eso.

    Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no lloró.

    —Tal vez no podés hablar —añadió—. Tal vez no podés moverte. Pero eso no significa que no estés escuchando. Yo te escucharía si pudiera... como vos me escuchabas a mí.

    Hizo una pausa larga, respirando hondo.

    —Un día voy a descubrir cómo ayudarte, hermanita —dijo finalmente—. No sé cuándo. No sé cómo. Pero te lo prometo. Voy a entender qué te pasa. Voy a encontrar la forma. No voy a dejar que digan que no estás, cuando yo sé que sí.

    Apoyó la frente contra la sábana, sin soltarla.

    —No te vayas, GG... —murmuró—. Espérame un poco más.

    El monitor siguió marcando el ritmo.

    Constante. Presente.

    Y en ese instante, sin saberlo, Ardox selló la promesa que gobernaría toda su vida.

    Esa noche comprendió algo sin comprenderlo del todo. Que la ausencia no siempre es total. Que existen formas de estar que no dependen del movimiento ni del lenguaje. Que el silencio puede ser una condición, no un final. Ardox regresó a su habitación con una sensación extraña, mezcla de consuelo y desasosiego. Aquella vigilia no le dio respuestas. Le dio dirección.

    Inevitablemente el tiempo paso, y el deterioro físico de GG también, hasta que una noche, sufrió una convulsión. El cuerpo, sometido durante años a una inactividad forzada, comenzó a fallar de manera sistémica. Los médicos hablaron de deterioro progresivo, de órganos debilitados por el ostracismo fisiológico, de una cadena de fallas que ya había comenzado. Lograron estabilizarla, pero la advertencia fue clara: el final era inevitable. Aconsejaron desconectarla. La madre, desgarrada, creyó que era un acto de amor. El padre lo negó con una desesperación que rozaba la ira. Ardox escuchaba la discusión desde la puerta, al pie de la cama de su hermana. Con lágrimas que no caían, le habló en voz baja. Le preguntó si estaba ahí, por qué no volvía, si quería irse. La abrazó con un sollozo triste. Entonces, la mano de GG se cerró con fuerza alrededor de la suya. Ardox sintió el pulso, la presión real. Corrió a avisar. Sus padres llegaron, pero el gesto no se repitió. La madre lo tomó con cuidado, convencida de que su hijo había imaginado el contacto para evitar lo inevitable.

    El día en que decidieron desconectarla no amaneció distinto a los otros. Esa fue, quizá, la crueldad más profunda. No hubo señales, ni presagios, ni una atmósfera distinta que anunciara el final. La habitación de GG conservaba su orden clínico, su olor a desinfectante, su pulcritud indiferente, yacía en la cama, inmóvil, con el mismo rostro sereno que había tenido durante años, como si el tiempo no hubiese logrado erosionar su expresión. Los médicos habían explicado el procedimiento con anterioridad, con un cuidado que buscaba ser humano sin dejar de ser técnico. Hablaron de retirar el soporte vital de manera progresiva, de suspender la asistencia respiratoria, de permitir que el cuerpo siguiera su curso natural sin intervención artificial. No lo llamaron muerte; lo llamaron proceso.

    La familia se reunió alrededor de la cama. No había palabras suficientes para llenar ese espacio. La madre tomó la mano de GG con ambas manos, como si quisiera devolverle el calor que el cuerpo ya no producía por sí mismo. Le habló en voz baja, recordándole momentos de una infancia que ahora parecía pertenecer a otra vida. El padre se inclinó sobre ella, apoyó su frente en la de su hija y permaneció así durante largos segundos, inmóvil, respirando con dificultad, como si cada inhalación fuera una renuncia. Ardox estaba al otro lado de la cama, más pequeño de lo que había sido nunca, con los ojos enrojecidos y el cuerpo temblando. Lloraba sin intentar contenerse, con un llanto desordenado, infantil, un llanto que no buscaba consuelo.

    El médico esperó a que las despedidas terminaran. Explicó una vez más lo que haría, no por necesidad, sino por respeto. Comenzó retirando algunos monitores, desconectando alarmas que habían acompañado la vida artificial de GG durante años. Luego ajustó los parámetros del respirador, reduciendo el soporte de manera gradual. El sonido de la máquina cambió. Ardox lo notó de inmediato; era un sonido distinto, más lento, como si incluso el aparato comprendiera la gravedad del momento. La respiración asistida se volvió irregular, hasta que finalmente cesó.

    El silencio que siguió fue absoluto. No hubo dramatismo inmediato, solo una quietud insoportable. El médico se acercó al pecho de GG, colocó el estetoscopio con movimientos precisos, entrenados para no temblar. Contó en silencio. Revisó el pulso. Esperó. Volvió a contar. Finalmente, levantó la mirada y pronunció la frase que sellaba todo: la hora exacta de la muerte. Las palabras cayeron como un objeto pesado sobre la habitación. La madre emitió un sonido ahogado, un gemido que no llegó a ser grito. El padre cerró los ojos con fuerza, como si así pudiera negar lo ocurrido. Ardox sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

    Sin decir nada, salió corriendo de la habitación. Sus pasos resonaron en los pasillos largos de la casa, desordenados, urgentes. Llegó a su cuarto y cerró la puerta con violencia. Se dejó caer en la cama y lloró como no lo había hecho en años, con un llanto convulsivo, desesperado, sin forma. Lloró por su hermana, por el abrazo que no volvería, por la mano que una vez se cerró sobre la suya. Lloró hasta que el cuerpo le dolió, hasta que el cansancio lo venció. En ese cuarto, lejos del lenguaje médico y de las decisiones adultas, Ardox comprendió que algo se había roto para siempre, y que el mundo, a partir de ese día, ya no sería un lugar seguro. De regreso en la habitación GG no respiraba más, aun así, su Padre besó su frente y susurró que siempre la amarían.

    El funeral fue sobrio. El sacerdote tomó la palabra cuando el silencio ya se había vuelto incómodo, cuando la ausencia pesaba más que cualquier sonido. Su voz era grave, pausada, entrenada para ofrecer consuelo allí donde no había respuestas. Habló de GG como de un alma que había regresado al Creador el mismo día del accidente, como si el cuerpo inmóvil hubiera sido solo un cascarón, una materia abandonada. Dijo que todas las almas vuelven a Dios, que no se pierden, que no se quedan atrapadas en este mundo, que el alma no habita en la carne sino en un plano más alto, inaccesible a la ciencia y al dolor humano. Invitó a la familia a no aferrarse al cuerpo, a aceptar que la verdadera GG había estado con Dios desde hacía años, observándolos desde un lugar sin sufrimiento, sin tiempo, sin límites.

    Ardox escuchó esas palabras sin llorar. Algo en ese discurso no encajaba. Si su hermana había estado con el Creador desde el accidente, ¿qué había sido entonces aquel apretón de manos?, ¿qué fuerza había respondido a su súplica en aquella habitación cerrada?, ¿qué presencia había sentido tan real que aún podía recordarla en la piel? La certeza se le formó en el pecho como una advertencia: el sacerdote estaba equivocado. No lo pensó con rabia ni con rebeldía, sino con una lucidez fría que lo descolocó. Su hermana había estado ahí, en algún lugar que nadie sabía nombrar, atrapada quizá entre mundos, entre cuerpos, entre conceptos. Y si eso era posible, si un alma podía no obedecer las reglas que los adultos repetían para tranquilizarse, entonces el universo era mucho más vasto, y mucho más inquietante, de lo que le habían dicho.

    Mientras el ataúd descendía, un pensamiento lo atravesó con una claridad incómoda, ajena al consuelo y al rito: ¿Dónde está mi hermana?

    Registro de Observación – Cuaderno de ARDOX - Fragmento - 01

    Seguir recordando lo que viví con mi hermana siempre me hizo formular la pregunta que dio paso a todo lo que hice después:

    ¿Qué es la consciencia?

    No como definición científica ni como dogma heredado, sino como la experiencia más íntima e irreductible del ser humano. La consciencia no se observa desde fuera; se percibe, se habita. Es el acto silencioso de saberse existente, incluso cuando no hay palabras para nombrarlo. No es pensamiento, aunque lo atraviesa; no es emoción, aunque la intensifica. Es presencia sin forma, un testigo constante que no envejece con el cuerpo ni se desgasta con el tiempo. La consciencia es aquello que permanece cuando todo lo demás cambia, lo único que no puede ser sustituido ni replicado. Y, sin embargo, es también lo más esquivo: nadie puede señalarla, nadie puede extraerla, nadie puede demostrarla sin recurrir a la propia experiencia de estar consciente. El ser humano vive convencido de ella, pero es incapaz de explicarla sin redundar.

    ¿Por qué, entonces, insistimos en vincular la consciencia con la mente, con el cerebro, con la materia?

    Tal vez porque necesitamos un lugar donde colocarla, una arquitectura que nos devuelva la ilusión de control. El cerebro es observable, medible, diseccionable; la consciencia no. Así, hemos decidido que una depende de la otra, que el pensamiento genera realidad, que la actividad neuronal produce experiencia. Pero esta asociación no es una verdad, sino una comodidad intelectual. El cerebro procesa información, coordina funciones, responde a estímulos; la consciencia, en cambio, no responde: observa. No piensa, vive el pensamiento. No decide, presencia la decisión. Confundirlas ha sido útil, pero no necesariamente verdadero. Si la consciencia fuera idéntica al cerebro, desaparecería con él sin dejar residuo alguno. Y, sin embargo, la humanidad insiste, desde hace milenios, en intuir lo contrario.

    ¿Dónde está la consciencia cuando no está en el cuerpo?

    La pregunta incomoda porque no admite laboratorio. Cuando dormimos, el cuerpo yace inmóvil y la mente se desconecta del mundo exterior, pero la consciencia no se extingue: se desplaza. Soñamos, habitamos escenarios, sentimos miedo, amor, luto. El cuerpo está ausente, pero la experiencia es persistente. ¿No es eso una forma transitoria de desconexión? ¿No es el sueño una evidencia de que la consciencia puede operar sin la vigilia del cuerpo? Entonces, ¿qué ocurre cuando el cuerpo queda inmóvil de manera definitiva? ¿Permanece la consciencia atrapada, suspendida, observando sin poder intervenir? ¿O existe en un plano que no necesita músculos, ni lenguaje, ni memoria activa para ser real? Tal vez el error no sea preguntar dónde está la consciencia, sino asumir que necesita estar en algún lugar. Tal vez no habita el cuerpo, sino que lo atraviesa. Y si eso es así, entonces la verdadera pregunta no es qué ocurre cuando el cuerpo calla, sino quién observa ese silencio.

    Parte II - ¿Quién es Darel Kranz?

    El cuarto de Darel Kranz era un reflejo exacto de su mente: desordenado, saturado de ruido, cargado de una rebeldía que no era gusto sino defensa. Las paredes estaban cubiertas de posters de bandas de rock desgastados por el tiempo, figuras distorsionadas que gritaban silenciosamente lo que él no podía decir. La cama sin tender, la ropa acumulada en el suelo, cuadernos abiertos sin propósito. Darel tenía doce años y ya había aprendido que el orden no garantizaba protección. Llevaba los audífonos puestos, el volumen alto, demasiado alto, como si la música pudiera sellarlo por dentro. Master of Puppets de Metallica martillaba su cabeza con una cadencia agresiva, hipnótica, perfecta. No escuchó la puerta abrirse.

    El golpe llegó antes que la voz. Su padre, mecánico de oficio irrumpió en la habitación con el equilibrio roto, los ojos inyectados, el aliento cargado de alcohol rancio. Gritaba palabras sin estructura, insultos que ya no necesitaban sentido para herir. Escupía mientras hablaba, espuma de cerveza salpicando el aire, el rostro deformado por una furia antigua. Lo llamó inútil, carga, error. El primer golpe lo lanzó contra el escritorio; el segundo lo hizo perder el aire. Darel cayó al suelo sin defenderse. No gritó. Aprendió hacía tiempo que el silencio acorta la duración. El padre lo pateó una vez más, murmuró algo incomprensible y se fue, dejando atrás el olor, el ruido, el daño. El dolor quedó. La tristeza también. Darel permaneció en el suelo en posición fetal hasta que el cuerpo decidió apagar la consciencia por sí mismo.

    A la mañana siguiente, bajó las escaleras con movimientos lentos, medidos. Estaba vestido, listo para ir a la escuela. En la cocina, su padre yacía en el suelo, rodeado de vómito seco y orina, respirando de manera irregular. Darel pasó por encima de él sin mirarlo. Abrió el refrigerador: vacío. Un silencio resignado lo atravesó. No habría almuerzo. Se agachó junto al cuerpo dormido, revisó los bolsillos con rapidez mecánica. El hombre emitió un sonido, un intento de despertar que no se completó. Darel encontró cinco dólares arrugados. Los guardó. Silbando, como si el gesto pudiera engañar al mundo, salió de la casa rumbo a la escuela.

    En el trayecto, mientras avanzaba con los cinco dólares apretados en el bolsillo como una certeza mínima, Darel pensaba sin pensar. Las golpizas no eran un evento extraordinario en su vida; eran parte del paisaje, tan previsibles como el amanecer. Había aprendido a medir la violencia por el tono de la voz de su padre, por la forma en que abría la puerta, por el olor que traía encima. A veces era por algo concreto, a veces por nada en absoluto. Su madre había muerto al nacer él, una ausencia que nunca llegó a convertirse en recuerdo, solo en vacío. No conoció caricias, ni consuelo, ni una voz que lo defendiera. La violencia y el desafecto, mezclados con el alcoholismo crónico de su padre, fueron el único idioma que se habló en esa casa. Para sobrevivir, Darel había desarrollado sus propios métodos. Robaba cómics originales —historias de héroes que siempre llegaban a tiempo, que salvaban a otros, aunque nadie los salvara a ellos— y los revendía en silencio, intercambiándolos por comida, por dinero, por pequeñas concesiones que le permitían sentirse momentáneamente a salvo. Algunas veces, cuando no había otra opción, también vendía marihuana, no por rebeldía ni ambición, sino por necesidad. Cada transacción era una forma de mantenerse en pie, una negociación constante con un mundo que nunca le ofreció nada gratis.

    La clase de matemáticas transcurrió como tantas otras. Había olvidado la tarea. Otra vez. La maestra no se limitó a señalar el error; lo expuso. Habló de futuros perdidos, de finales adultos en muelles, de manos sucias y trabajos sin salida. Las risas llenaron el aula con una crueldad liviana, casi alegre. Darel bajó la mirada. La vergüenza no ardía, pesaba. En el recreo se sentó solo en una banca del patio, los audífonos de nuevo sellándolo del entorno. La música era su único territorio seguro. A lo lejos, el conserje lo observaba. No se acercaba. Solo miraba. Una mirada inamovible, fija, impropia, enferma. Un hombre con antecedentes, con una historia escrita en los márgenes de la ley y de la decencia. Darel no lo notó.

    Al finalizar el descanso, en el baño. Dos chicos mayores lo encerraron contra los lavamanos. Exigían algo que él no podía entregar. Hablaban de un cómic específico, el número veinticinco de Superman, pagado meses atrás y jamás entregado. El golpe en el rostro llegó sin advertencia. Luego otro en el estómago. Querían el dinero de vuelta o lo prometido meses atrás. Darel cayó al suelo, encogido, intentando protegerse. Las patadas lo dejaron sin aire, sin orientación. Cuando se fueron, quedó tendido, medio inconsciente, intentando incorporarse. Fue entonces cuando la puerta se abrió de nuevo. El conserje entró y cerró la puerta con una calma que no correspondía al lugar ni al momento. Giró la llave una sola vez, un gesto seco, frio. El sonido metálico no fue fuerte, pero alteró el aire del baño, como si el espacio hubiese cambiado de estado. Durante meses lo había observado sin ser visto, estudiándolo con una paciencia metódica. Sabía sus horarios, su soledad recurrente, la ausencia absoluta de una figura protectora. Un niño proveniente de un hogar fracturado encajaba perfectamente en el perfil que su mente había construido: vulnerabilidad estructural, falta de apego seguro, indefensión aprendida. La presa ideal no grita, no denuncia, no es creída.

    La psicosis del hombre no era caótica; era funcional. No deliraba, no confundía la realidad. Operaba dentro de ella con una lógica desviada, organizada alrededor de una pulsión que había aprendido a justificar. En su mente, el acto no era violencia sino apropiación, una distorsión profunda del vínculo humano donde el poder sustituye al consentimiento y la dominación se confunde con control afectivo. Había racionalizado su deseo a través de años de aislamiento, adicciones y conductas antisociales previas. El niño no era visto como sujeto, sino como objeto transitorio de descarga, una extensión silenciosa de su propia fragmentación psíquica.

    Darel permanecía en el suelo, aturdido, con el cuerpo aun respondiendo a los golpes recientes. Intentó incorporarse, pero el hombre ya estaba demasiado cerca. El espacio se redujo. El olor cambió. El miedo dejó de ser una emoción difusa y se transformó en una certeza absoluta, primaria, animal. No hubo gritos. No hubo resistencia organizada. Solo una comprensión muda, imposible de nombrar con palabras, de que algo irreparable estaba a punto de ocurrir. El silencio ya no era ausencia de sonido; era una forma de sometimiento.

    Y entonces, la puerta volvió a abrirse en otro lugar del mundo.

    Y entonces despertó.

    La habitación era distinta. Ordenada. Clara. Una casa hermosa, ajena a la miseria. Darel se incorporó bruscamente, respirando con dificultad, el cuerpo empapado en sudor. Gritó el nombre de su madre. Ella llegó corriendo, alarmada, se sentó a su lado, lo sostuvo entre sus brazos. Le preguntó si había sido una pesadilla. Darel asintió sin hablar. Ella lo abrazó con una ternura que no exigía explicaciones. El temblor disminuyó. La escena se cerró allí, en un gesto de protección absoluta, como si el mundo nunca hubiera sido hostil.

    Desde los cinco años, Darel convivía con una patología que nadie supo nombrar con precisión. No eran simples pesadillas infantiles ni terrores nocturnos comunes; se trataba de episodios recurrentes, estructurados, persistentes, que se infiltraban en el sueño con una coherencia perturbadora. Los médicos hablaron alguna vez de parasomnias complejas, de trastornos disociativos del sueño, de una imaginación hiperactiva como mecanismo de defensa. Ninguna etiqueta resultó suficiente. Darel despertaba con la sensación de haber vivido otra vida durante la noche, una vida más densa, más violenta, más oscura que la suya. No recordaba siempre los detalles, pero sí la emoción vivida: culpa, miedo, una tristeza que no le pertenecía del todo.

    En esos sueños, Darel no era el mismo. La personalidad que emergía mientras dormía se oponía radicalmente a la que manifestaba en vigilia. El niño que durante el día era sensible, retraído, incapaz de ejercer violencia incluso cuando la recibía, se convertía en alguien distinto al cerrar los ojos. No necesariamente cruel, pero sí endurecido, adaptado a un entorno hostil, desprovisto de límites morales claros. Era una versión funcional del dolor, una conciencia que sabía sobrevivir donde la otra apenas resistía. Aquella figura onírica actuaba con

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