La Horda: Edición enriquecida. La brutal conquista de Europa por los bárbaros mongoles
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En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura:
- Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas.
- La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos.
- Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura.
- Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos.
- Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna.
- Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria.
- Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.
Vicente Blasco Ibáñez
Vicente Blasco Ibáñez (Valencia, 1867-Menton, 1928) fue un escritor, periodista y político español propulsor del naturalismo y del realismo.
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La Horda - Vicente Blasco Ibáñez
Vicente Blasco Ibáñez
La Horda
Edición enriquecida. La brutal conquista de Europa por los bárbaros mongoles
Introducción, estudios y comentarios de Elisa Cordero
Editado y publicado por Good Press, 2023
goodpress@okpublishing.info
EAN 08596547823506
Índice
Introducción
Sinopsis
Contexto Histórico
La Horda
Análisis
Reflexión
Citas memorables
Notas
Introducción
Índice
En el borde hirviente entre la multitud que empuja y el individuo que busca ser alguien, se libra el pulso de La Horda. Publicada en los inicios del siglo XX, esta novela de Vicente Blasco Ibáñez pertenece al realismo de impulso naturalista y sitúa su acción en un Madrid de barriadas, talleres y descampados donde se forman y chocan las nuevas masas urbanas de la Restauración. Sin revelar su trama, basta decir que se asoma a la vida de quienes llegan y sobreviven a empujones, y a la voluntad tenaz de destacar entre ellos. El relato combina amplitud panorámica y detalle vivido para convertir la ciudad en un organismo palpitante.
Su publicación se inscribe en un momento de aceleración urbana y conflictividad social, y la obra responde con una mirada literaria que actúa como crónica y diagnóstico. Blasco Ibáñez escribe desde una tradición que funde novela social y observación casi periodística, con una voz omnisciente que cruza calles, talleres, cafés y solares para reunir escenas corales. El lector percibe un estilo vehemente, dinámico, que alterna el retrato de ambientes con ráfagas de ideas y juicios, siempre en diálogo con la realidad inmediata. Ese vigor narrativo, sin didactismos explícitos, guía la lectura hacia lo palpable: cuerpos, ritmos, olores, empellones y esperanzas compartidas.
El punto de partida es la mirada a un mundo de recién llegados y desposeídos que pugnan por un lugar en la capital, observados de cerca a través de trayectorias individuales que chocan con la marea colectiva. La Horda pone el foco en el esfuerzo por escapar a la inercia de la miseria y en la tentación de la violencia o el oportunismo que acechan a quien intenta ascender. No es un relato de aventuras, sino de cruces cotidianos y decisiones difíciles, donde la ambición, la necesidad y el orgullo se disputan el timón. La ciudad se vuelve escenario, juez y contrincante.
Entre sus temas centrales destacan la formación de la masa urbana y la fragilidad del individuo bajo fuerzas económicas y culturales que lo exceden. La novela examina la desigualdad, la movilidad social como promesa y espejismo, la educación como herramienta y límite, y la tensión entre determinismo biológico y posibilidad de cambio. También explora cómo el lenguaje, la prensa y el rumor moldean la percepción de la multitud, a veces para humanizarla y otras para despojarla de rostro. Esa oscilación entre empatía y temor sostiene un interrogante persistente: qué queda del yo cuando se vive al borde de la necesidad.
En lo formal, Blasco Ibáñez despliega escenas de amplio aliento alternadas con viñetas veloces que captan gestos mínimos, voces superpuestas y el rumor de las calles. La narración, confiada a una tercera persona atenta y movediza, sabe detenerse en el detalle material —un andamio, un jornal, un patio— para luego trazar líneas que conectan biografías con procesos colectivos. Ese vaivén otorga a la lectura un ritmo de oleaje: se acerca, se retira y vuelve con más fuerza. El resultado es una experiencia inmersiva que no idealiza ni demoniza, y que invita a mirar sin desviar la vista.
Leída hoy, La Horda dialoga con las periferias metropolitanas, la precariedad laboral y los desplazamientos que reconfiguran barrios y biografías en el siglo XXI. Su sensibilidad hacia la vida material de los márgenes, y su análisis de cómo se construyen relatos sobre la multitud, iluminan debates contemporáneos sobre seguridad, pertenencia y justicia social. La novela advierte de los riesgos de reducir personas a etiquetas y de transformar la necesidad en espectáculo. A la vez, reivindica la potencia de vínculos solidarios y de pequeñas decisiones que resisten el envión del fatalismo, recordando que la dignidad también se aprende y se defiende.
A fin de cuentas, esta es una novela que interroga el precio del progreso y las huellas que deja sobre quienes lo empujan con su esfuerzo anónimo. En su cruce de crónica urbana y reflexión moral, La Horda ofrece una entrada exigente pero generosa a una tradición de narrativa social española que busca comprender antes que juzgar. Sus páginas proponen una observación sostenida, paciente, que rehúye respuestas fáciles y obliga a acercarse a la materia rugosa de la vida común. De ahí su vigencia: aún hoy enseña a mirar la ciudad y a reconocernos dentro de la multitud.
Sinopsis
Índice
La horda, publicada en 1905 por Vicente Blasco Ibáñez, se inscribe en su línea de novelas sociales que observan con realismo la España urbana de comienzos del siglo XX. La obra se sitúa en los arrabales de Madrid y adopta una mirada amplia, atenta a oficios, miserias y aspiraciones de quienes viven fuera del centro respetable. Desde el título, la novela propone un símbolo colectivo: la muchedumbre de marginados cuya existencia condiciona la de toda la ciudad. Sobre ese telón de fondo, el relato sigue el itinerario de un joven nacido en la pobreza que decide medirse con el destino impuesto por su cuna.
El protagonista, Isidro Maltrana, crece entre chabolas, basureros y oficios míseros, aprendiendo pronto el precio de la comida y de la violencia. Pero junto a la crudeza del ambiente florece en él una curiosidad tenaz: la lectura, la observación y una inteligencia que busca explicaciones más allá del hambre. A través de sus ojos, el lector recorre patios, corralas y caminos de tierra donde se mezclan traperos, vendedores ambulantes y buscavidas. La horda adquiere entonces una doble dimensión: multitud amenazante para los satisfechos y, al mismo tiempo, comunidad obligada a inventarse reglas de supervivencia que no siempre coinciden con las de la ley.
El impulso de aprender lleva a Isidro a atravesar fronteras simbólicas hacia el centro, donde se abren cafés, ateneos y redacciones. Allí descubre la retórica del progreso y los rituales de la respetabilidad, pero también los filtros de clase que separan el talento de la oportunidad. Entre favores, pequeñas tareas y promesas de mecenazgo, su figura oscila entre la admiración y el paternalismo de quienes lo acogen. La novela contrapone así dos pedagogías: la del hambre, que enseña cálculo y dureza, y la de los libros, que promete emancipación. El choque entre ambas, lejos de resolverse, estructura sus pasos.
En paralelo, Blasco Ibáñez compone un fresco coral de tipos populares y oficios precarios que bordean la legalidad. Mujeres que sostienen hogares con trabajos invisibles, niños que rebuscan en los vertederos, viejos que administran la memoria del barrio, y figuras que intermedian entre las orillas y el centro económico. Sin caer en la estampa fácil, la narración muestra redes de dependencia, economías del favor y zonas grises donde la moral se negocia a diario. Las relaciones afectivas de Isidro, atravesadas por orgullo, ternura y desconfianza, lo obligan a elegir entre alianzas inmediatas y lealtades más abstractas a sus aspiraciones.
La obra interroga la posibilidad de ascenso en un contexto marcado por determinismos heredados y barreras invisibles. La horda es fuerza y coartada: la colectividad que empuja, pero también el pretexto con que el orden establecido explica y contiene la desigualdad. Entre discursos reformistas y pulsiones radicales, la novela explora el atractivo y el peligro de la violencia, siempre latente en un paisaje de carencias. La prensa, la política municipal y las filantropías selectivas aparecen como engranajes que alivian o administran la miseria sin alterar su raíz. En ese laberinto, cada conquista personal exige un precio difícil de calcular.
A medida que Isidro obtiene pequeñas victorias y su nombre empieza a circular, aumentan las tensiones con quienes le recuerdan el lugar del que procede y con los que ven en él una promesa de ejemplo. El relato alterna avances y retrocesos, situaciones de humillación pública y destellos de dignidad, y confronta al protagonista con decisiones que comprometen su identidad. La horda vuelve entonces como pregunta: ¿puede un individuo separarse de la multitud sin volverse contra ella, o debe arrastrar sus heridas como parte del propio equipaje? El desenlace matiza estas opciones sin clausurarlas con un gesto definitivo.
Más allá de su intriga, La horda perdura por la potencia de su mirada documental y la ambivalencia de su símbolo central, que evita tanto la idealización como el desprecio. Su prosa dinámica y sus escenas de multitud dialogan con debates de entonces sobre educación, higiene urbana y ciudadanía, hoy legibles en clave de desigualdad, migraciones internas y periferias metropolitanas. La novela se sostiene como advertencia y como invitación: pensar qué se debe a la comunidad, qué se puede exigir al Estado y cuánto pesa el azar del origen. Su vigencia reside en formular esas preguntas sin ofrecer respuestas cómodas.
Contexto Histórico
Índice
La horda, publicada en 1905 por Vicente Blasco Ibáñez, se sitúa en el marco de la Restauración borbónica (1874–1931) y tiene como escenario principal el Madrid de fin de siglo y comienzos del XX. La capital experimentaba un crecimiento acelerado, impulsado por el éxodo rural y por una modernización incompleta. El Plan Castro de 1860 había delineado el Ensanche, pero la expansión real generó un fuerte contraste entre áreas acomodadas y barrios populares en el extrarradio. Tranvías eléctricos, nuevas fábricas y talleres convivían con viviendas insalubres y empleo precario, un telón de fondo urbano que condiciona los trayectos y aspiraciones de las clases trabajadoras.
El sistema político de la Restauración se articulaba en el turno
pacífico entre conservadores y liberales, sostenido por el caciquismo, el encasillado electoral y el control de gobernadores civiles. Aunque se restableció el sufragio universal masculino en 1890, la representación resultaba a menudo mediatizada. Madrid albergaba ministerios, Cortes y prensa influyente, pero la participación cotidiana de las clases populares quedaba limitada por redes clientelares y precariedad. Las corrientes republicanas y laicistas, a las que Blasco Ibáñez se vinculó, ofrecían una alternativa crítica, difundida mediante mítines, periódicos y ateneos. Este marco institucional condiciona las expectativas de ascenso social y la percepción de injusticia estructural.
La expansión madrileña generó una geografía social muy contrastada. Mientras el Ensanche acogía burguesías profesionales y comercios modernos, los barrios bajos concentraban trabajadores temporales, oficios ambulantes y pequeños talleres domésticos. Eran frecuentes las corralas, el hacinamiento y servicios públicos deficitarios, pese al avance del higienismo municipal. La llegada constante de población campesina desde Castilla, La Mancha y Extremadura presionaba salarios y vivienda. La jornada laboral solía superar las diez horas, con empleo femenino e infantil en tareas mal remuneradas. La ciudad articulaba redes solidarias informales y sociedades de socorro, pero la inseguridad y el paro estacional marcaban ritmos de vida inestables.
En este contexto creció la organización obrera. El Partido Socialista Obrero Español (1879) y la Unión General de Trabajadores (1888) consolidaron ateneos, sindicatos y prensa propia en Madrid. El anarquismo, pese a la dura represión tras los procesos de Montjuïc (1896–1897), mantuvo círculos activos y escuelas racionalistas. La conflictividad laboral se manifestó en huelgas sectoriales y en la gran huelga de 1902 en Barcelona, que alimentó el debate nacional sobre la cuestión social
. En la capital, autoridades y patronal combinaron negociación y vigilancia policial. El clima de movilización, esperanza y frustración atraviesa los espacios de trabajo descritos y da marco a expectativas colectivas de mejora.
La educación se convirtió en eje de reforma. Con tasas de analfabetismo aún elevadas hacia 1900, el krausismo y la Institución Libre de Enseñanza (fundada en 1876) promovieron una pedagogía laica y científica. Iniciativas semejantes inspiraron escuelas racionalistas, como la Escuela Moderna de Ferrer i Guàrdia (1901), que avivaron polémicas con la enseñanza confesional. La Iglesia conservaba influencia en la beneficencia y parte del sistema educativo, mientras los ayuntamientos afrontaban recursos limitados. La consigna regeneracionista de escuela y despensa
sintetizó la urgencia de instrucción y mejora material, debates que nutren la trama educativa y el ideal de superación social presentes en la obra.
La crisis nacional tras 1898 impulsó corrientes regeneracionistas y la crítica cultural de la llamada Generación del 98. Madrid fue foco de tertulias, conferencias y periódicos de gran tirada tras la Ley de Imprenta de 1883. Vicente Blasco Ibáñez, novelista de filiación republicana y anticlerical, dirigió el diario El Pueblo en Valencia desde 1894 y, a comienzos del siglo XX, fue diputado por Valencia en el Congreso. Su prosa naturalista, atenta al determinismo del medio y a la denuncia social, dialoga con estas polémicas públicas, que dotan de densidad ideológica a los espacios urbanos y a sus tensiones morales.
El cambio social convivía con un intenso mundo popular de cafés, teatros, plazas de mercado y espectáculos. La prensa sensacionalista y los folletines multiplicaron lectores entre artesanos y empleados, mientras los ateneos obreros difundían conferencias científicas y cursos nocturnos. Las controversias públicas sobre ejército, patria y religión se agudizaron con incidentes como el asalto a la redacción de ¡Cu-Cut! en 1905 y la posterior Ley de Jurisdicciones (1906), que reforzó la tutela militar sobre la crítica. Estas tensiones, junto con campañas moralizadoras y filantrópicas, enmarcan la vigilancia y la estigmatización sufrida por los habitantes de los barrios humildes.
En este entramado de modernización desigual, conflicto laboral y reforma educativa, La horda ofrece una mirada naturalista a la vida de la clase trabajadora madrileña. La obra observa los efectos del medio urbano, la pobreza y la falta de oportunidades, y contrapone salidas basadas en instrucción y organización frente a la caridad asistencial. Su crítica alcanza al caciquismo, a la connivencia entre poder económico y político y a la influencia eclesiástica en la vida pública. Publicada en 1905, dialoga con los diagnósticos regeneracionistas y anticipa, sin describirlos, los intensos debates y choques sociales que España viviría en la década siguiente.
La Horda
Tabla de Contenidos Principal
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
I
Índice
A las tres de la madrugada comenzaron a llegar los primeros carros de la sierra al fielato[1] de los Cuatro Caminos[2].
Habían salido a las nueve de Colmenar, con cargamento de cántaros de leche, rodando toda la noche bajo una lluvia glacial que parecía el último adiós del invierno. Los carreteros deseaban llegar a Madrid antes que rompiese el día, para ser los primeros en el aforo. Alineábanse los vehículos, y las bestias recibían inmóviles la lluvia, que goteaba por sus orejas, su cola y los extremos de los arneses. Los conductores refugiábanse en una tabernilla cercana, la única puerta abierta en todo el barrio de los Cuatro Caminos, y aspiraban en su enrarecido ambiente las respiraciones de los parroquianos de la noche anterior. Se quitaban la boina para sacudirla el agua, dejaban en el suelo el barro de sus zapatones claveteados, y sorbiéndose una taza de café con toques de aguardiente, discutían con la tabernera la comida que había de prepararles para las once, cuando emprendiesen el regreso al pueblo.
En el abrevadero cercano al fielato, varias carretas cargadas de troncos aguardaban la llegada del día para entrar en la población. Los boyeros, envueltos en sus mantas, dormían bajo aquéllas, y los bueyes, desuncidos, con el vientre en el suelo y las patas encogidas, rumiaban ante los serones de pasto seco.
Comenzó a despertar la vida en los Cuatro Caminos[1q]. Chirriaron varias puertas, marcando al abrirse grandes cuadros de luz rojiza en el barro de la carretera. Una churrería exhaló el punzante hedor del aceite frito. En las tabernas, los mozos, soñolientos, alineaban en una mesa, junto a la entrada, la batería del envenenamiento matinal: frascos cuadrados de aguardiente con hierbas y cachos de limón.
Presentábanse los primeros madrugadores temblando de frío, y luego de apurar la copa de alcohol o el café de «a perra chica», continuaban su marcha hacia Madrid a la luz macilenta de los reverberos de gas[3]. Acababa de abrirse el fielato y los carreteros se agolpaban en torno de la báscula. Los cántaros de estaño brillaban en largas filas bajo el sombraje de la entrada. Discutían a gritos por el turno.
—¿Quién da la vez?—preguntaba al presentarse un nuevo carretero.
Y al responderle el que había llegado momentos antes, colocaba sus cántaros junto a los de éste, con el propósito de repeler a trallazos cualquiera intrusión en el turno.
Todos mostraban gran prisa por que les diesen entrada, azorando con sus peticiones al de la báscula y a los otros empleados, que, envueltos en sus capas, escribían a la luz de un quinqué. Los cántaros sólo contenían leche en una mitad de su cabida[2q]. Mientras unos carreteros aguardaban en el fielato, otros avanzaban hacia Madrid, con cántaros vacíos, en busca de la fuente más cercana. Allí, dentro del radio, sin temor al impuesto, se verificaba el bautizo, la multiplicación de la mercancía.
Los carros de la sierra, grandes, de pesado rodaje y toldo negro, comenzaban a desfilar hacia la población, cabeceando como sombríos barcos de la noche. Otros más pequeños deslizábanse entre ellos, pasando ante el fielato sin detenerse. Eran los vehículos de los traperos, unas cajas descubiertas de las que tiraban pequeños borricos. Los dueños iban tendidos en el fondo, continuando su sueño, con la tranquilidad que les daba el estar a aquellas horas la calle de Bravo Murillo libre de tranvías. Algunas veces, la bestia, imitando al amo, detenía el paso y quedaba inmóvil, con las orejas desmayadas, como si dormitase, hasta que la despertaban un tirón de riendas y un juramento.
La lluvia cesó al amanecer. Una luz violácea se filtró por entre las nubes, que pasaban bajas como si fuesen a rozar los tejados. De la bruma matinal surgieron lentamente los edificios, humedecidos y relucientes por el lavado de la lluvia; el suelo fangoso con grandes charcos; los desmontes de tierra amarilla con manchas de vegetación en las hondonadas.
El cementerio de San Martín mostró sobre una altura su romántica aglomeración de rectos cipreses. La escuela protestante asomaba sobre las míseras casuchas su mole de ladrillo rojo. Marcábase en la ancha calle de Bravo Murillo la interminable hilera de postes eléctricos: una fila de cruces blancas flanqueadas de arbolillos, y en el fondo, sumido en una hondonada, Madrid envuelto en la bruma del despertar, con los tejados a ras del suelo y sobre ellos la roja torre de Santa Cruz con su blanca corona.
Así como avanzaba el día, era más grande la afluencia de carros y cabalgaduras en la glorieta de los Cuatro Caminos. Llegaban de Fuencarral, de Alcobendas o de Colmenar, con víveres frescos para los mercados de la villa. Junto con los cántaros de la leche descargábanse en el fielato cestones de huevos cubiertos de paja, piezas de requesón, racimos de pollos y conejos caseros. Sobre la platina de la báscula sucedíanse las especies alimenticias en sucia promiscuidad. Caían en ella corderillos degollados, con las lanas manchadas de sangre seca, y momentos después apilábanse en el mismo sitio los quesos y los cestos de verduras. Las paletas, envueltas en un mantón, con el pañuelo fuertemente anudado a las sienes, volvían a cargar sus mercancías en los serones, y apoyando el barroso zapato en la báscula, saltaban ágiles sobre su asno, azuzándolo al trote hacia Madrid, para vender sus huevos y verduras en las calles inmediatas a los mercados.
La invasión de los traperos hacíase más densa al avanzar el día. Sus ligeros carros en forma de cajón eran de un azul rabioso, con un óvalo encarnado en el que se consignaba el nombre del dueño. Venían de Bellasvistas y de Tetuán, de los barrios llamados de la Almenara, de Frajana y las Carolinas. Los más pobres no tenían carro, y marchaban a lomos de un borriquillo, con las piernas ocultas en los serones destinados a la basura. Las matronas de «la busca» pasaban erguidas sobre sus rucios, arreándolos con la vara, ondeando detrás de su espalda las puntas del rojo pañuelo, con la cara tiznada de churretes, los ojos pitañosos por el alcohol, y en las negras manos una doble fila de sortijas falsas y relucientes, como adornos africanos.
El asno, fiel compañero del trapero, desfilaba en todas sus míseras variedades, tirando de los cajones, trotando bajo los varazos de las amazonas. Eran animales pequeños y sucios, de una malicia casi humana. Rara vez buscaban su comida en el campo; se alimentaban con los garbanzos sobrantes de los cocidos de Madrid; rumiaban en sus pesebres lo que el día anterior había pasado por las cocinas de la población, y este alimento de animal civilizado parecía avivar su inteligencia. Jamás habían sentido el fresco contacto de la tijera ni el benéfico roce de la almohaza. Su piel era una costra, sus lomos no tenían vestigios de pelo, sus patas delanteras estaban cubiertas de luengas lanas, que les daban el mismo aspecto que si llevasen pantalones.
Pasaban y pasaban jinetes y carros, como una horda prehistórica que huyese llevando a la espalda el hambre, y delante, como guía, el anhelo de vivir. Trotaban las bestias, pugnando por adelantarse unas a otras, como si husmeasen bajo la masa de tejados que cerraba el horizonte los residuos de todo un día de existencia civilizada, el sobrante de la gran ciudad que había de mantener a los miserables acampados en torno de ella.
Una turba de peatones invadió el camino. Eran los vecinos de la barriada, obreros que marchaban hacia Madrid. Salían de las calles inmediatas al Estrecho y a Punta Brava, de todos los lados de los Cuatro Caminos, de las casuchas de vecindad con sus corredores lóbregos y sus puertas numeradas, míseros avisperos de la pobreza.
Ya no llegaban más carros del campo con su tosca solidez semejante a la de la vida robusta y sana. La calle ocupábanla ahora los vehículos de la busca, sórdidos, sucios, negros algunos de ellos como ataúdes, con toldos fabricados de viejos manteles de hule. Por las aceras pasaban y pasaban los grupos de trabajadores, con blusas blancas y el saquillo del almuerzo pendiente de un botón, o con chaquetones pardos y la boina calada hasta los ojos. Desde el fielato se les veía alejarse, las manos en los bolsillos y la espalda encorvada, con ademán humilde, resignados a sufrir el resto de una vida sin esperanza y sin sorpresa, conociendo de antemano la fatiga monótona y gris que se extendería hasta el momento de su muerte.
Otros, vestidos de lienzo azul, con gorras negras y reloj, se agrupaban frente a la estación de los tranvías, esperando los primeros coches. Eran maquinistas de fábrica, capataces, encargados de talleres, la aristocracia del trabajo manual, que se aislaba de los demás en su relativo bienestar.
El jefe del fielato, que, libre ya de las ocupaciones matinales, seguía desde la puerta el paso de los trabajadores, llamó a un joven que venía de Madrid y le invitó a fumar un cigarro. Tiempo le quedaba de descansar: tenía el día entero para dormir. Y mientras le ofrecía lumbre, le preguntó guiñando un ojo:
—¿Qué hay de política, amigo Maltrana? ¿Cuándo viene «la nuestra»? ¿Es verdad que el gobierno está al caer?...
El llamado Maltrana hizo un gesto de indiferencia al mismo tiempo que encendía su cigarro. Era un joven de escasa estatura, pobremente vestido. Su sombrero de cinta mugrienta, echado atrás, dejaba al descubierto una frente abombada y enorme, que parecía abrumar con su peso la parte baja del rostro, de un moreno verdoso. Los ojos de corte oblicuo y el bigote ralo, de desmayados pelos, daban a su cara una expresión asiática; pero el brillo de las pupilas, revelador de una inteligencia despierta, dulcificaba el inquietante exotismo de su figura.
Toda su persona denunciaba la miseria de una juventud que lucha desorientada, sin encontrar el camino. Sus botas mostraban los tacones rotos y el cuero resquebrajado bajo los roídos bordes del pantalón. Un macferlán de un negro rojizo servíale de abrigo, y por entre las solapas mostraba con cierto orgullo su único lujo, el lujo de la juventud mísera, una gran corbata de colores chillones, que ocultaba la camisa, y un cuello postizo, alto, de rígida dureza, pero cuyo brillo había tomado, con el uso, una blancura amarillenta de mármol viejo.
—¿Qué hay de política?—dijo otra vez el empleado.
Y Maltrana terminó su gesto de indiferencia. Los cambios de ministerio y lo que se decía en el Congreso le inspiraba escaso interés. Allá en la redacción, donde pasaba la noche, hablaban horas enteras de tales cosas, sin que él se esforzase por retener en su memoria una sola palabra, abstraído en la lectura de periódicos y revistas. ¿Cómo podían interesar a nadie tales futilidades?... Pero con el deseo de agradar a aquel buen amigo que le trataba con cierto respeto por escribir en los papeles públicos, hizo un esfuerzo y contestó, sin saber ciertamente lo que decía:
—Sí, creo que el gobierno va a caer. Algo he oído de eso en la redacción.
—¿Y los «hombres»? ¿Qué dicen los «hombres» de estas cosas?
Isidro Maltrana sabía que los tales «hombres» eran los redactores del periódico en que él trabajaba, los que tejían el artículo de fondo y la información política, los «pájaros gordos», como los designaba por antonomasia el empleado, viendo en ellos a los depositarios del secreto nacional, a los únicos profetas del porvenir.
—Pues los «hombres»—contestó el joven con cierta timidez, como si le repugnase mentir—creen que esto marcha bien y que muy pronto vendrá «la nuestra».
—Lo mismo digo yo.
Y tras esta afirmación enérgica, que rebosaba fe, el empleado miró con cierta envidia a aquel joven de mísera facha, que podía tratarse de igual a igual con los «hombres».
Todas las mañanas veía a Maltrana, al volver éste de la redacción. El pobre joven, para dormir, tenía que esperar a que su padrastro y su hermano menor abandonasen un mísero cuartucho de la calle de los Artistas, y una vez en él, se tendía sobre el camastro único, todavía caliente, con la huella de los cuerpos del viejo albañil y su aprendiz. Dormía hasta bien entrada la tarde, y casi a la hora en que regresaba a los Cuatro Caminos el rebaño de trabajadores, volvía él a Madrid a emprender su vida dura de pájaro indefenso, falto de pico y de garras, que revolotea en un bosque de hojas impresas, sin más alimento que las escasas migajas olvidadas por otros.
Aprovechaba la luz de la redacción, el papel y la tinta, en las horas en que el local estaba desierto, para traducir libros cuyo destino desconocía. Proporcionábanle este trabajo ciertos amigos que, a su vez, habían recibido el encargo de los traductores que firmaban la obra. La retribución llegaba a él con tal merma, después de pasar por las manos de los intermediarios, que el pobre Maltrana, tras ocho horas de fatigoso plumear, pensaba con envidia en los siete reales que su hermano Pepín, más conocido por el Barrabás, ganaba como aprendiz de albañil. Y muchas gracias cuando no le faltaban las traducciones. Este trabajo era su único medio de existencia fijo y ordenado. El dinero de una traducción representaba la comida, al anochecer, en una taberna frecuentada por las gentes del «oficio», periodistas de escaso sueldo, jóvenes de abundosas melenas y suelta corbata, que hablaban mal de todos, entreteniendo así la espera impaciente de una hora de celebridad. No eran gran cosa estos banquetes; pero ¡cómo pensaba en ellos los días en que le faltaban el trabajo y la esperanza de nuevas traducciones! Transcurrían para él, en la redacción, las horas de la noche en continua lectura, sintiendo al mismo tiempo en el estómago los retortijones del hambre. Algunas veces, al ver que las letras danzaban ante sus ojos y su cabeza parecía rodar, como si repeliese toda idea, sentía deseos de lucha, feroces anhelos de herir a alguien. Entonces iniciaba discusiones filosóficas, acabando por burlarse de los ideales políticos del periódico, únicamente por el placer de aplastar con sus paradojas y con su cultura esgrimida cual una maza a todos aquellos ignorantes ¡ay! que habían cenado.
Maltrana, en estas noches de silenciosa y reconcentrada hambre, veía entrar, como mensajeros de alegría, a ciertos correligionarios de fuera de Madrid, ganosos de dejar buen recuerdo en la redacción.
—¡A ver! Que traigan café para los chicos... y todo lo que quieran.
Y los «chicos» devoraban la tostada bien cargadita de manteca, apuraban hasta la última gota del líquido negro y de la leche contenida en las cafeteras, y prendían fuego al cigarro de medio real, último y definitivo rasgo de generosidad. Maltrana, ebrio de café y de manteca, lo veía todo más hermoso, con repentina iluminación, al través de la nube azul del tabaco, y rompía a hablar de filosofía y literatura con juvenil vehemencia, asombrando a aquellos señores forasteros, que presentían en él a un futuro grande hombre, y ¡quién sabe si a un gobernante de cuando llegase «la nuestra»!...
Las noches que faltaba este socorro extraordinario, Maltrana, con la cabeza entre las manos, fingiendo leer una revista extranjera, seguía con mirada ansiosa las idas y venidas de don Cristóbal, el propietario del periódico, un buen señor francote y paternal, sin otras preocupaciones que su diario, la revolución que no llegaba nunca y el deseo de que reconociesen todos sus sacrificios por «la idea».
—Homero... ¿un cigarrito?...
Homero era Maltrana. Cada mes le colgaban un nuevo apodo los muchachos de la redacción, abominando de su cultura, que «les cargaba», y afirmando que, con toda su sabiduría, era incapaz de escribir la crónica de un suceso o pergeñar un crimen interesante. Primero le habían apodado Schopenhauer, por la frecuencia con que citaba a su filósofo favorito; después Nietzsche; pero estos nombres eran de difícil pronunciación, y una noche que Maltrana, aislado de la realidad, osó recitar en griego algunas docenas de versos de la Ilíada, acordaron todos llamarle Homero para siempre.
El buen Homero aceptaba agradecido los cigarrillos de don Cristóbal, el cual le admiraba como sabio, aunque reconociendo que no servía ni para ordenanza de la redacción. Fumando entretenía la espera angustiosa de las primeras horas de la madrugada, el momento de las larguezas del propietario. El buen señor, al sentir ciertos desfallecimientos del estómago, incluía generosamente en su necesidad a todos los muchachos. Unas veces era carnero con judías, guisado en la taberna cercana; otras, una cazuela enorme de bacalao con patatas, que a Maltrana le parecía esplendorosa como un astro entre las nubes de periódicos que llenaban la mesa y bajo la fría luz de las bombillas eléctricas.
—A ver, señores, ¿quién me hace oreja?—decía don Cristóbal con gestos de padre—. Que traigan pan y vino para todos... Homerito, acércate y mete la uña. A tu edad siempre hay apetito, y tú debes andar algo atrasado.
Homerito metía la uña, al principio con timidez; pero los primeros bocados despertaban la bestia rampante adormecida en su estómago, y para amansarla la echaba alimento a toda prisa, temiendo ser devorado por ella si retrasaba el envío. Al bondadoso protector le hacía gracia el hambre voraz de aquel muchacho feo. ¡Ah, la juventud! ¡Envidiable estómago! Viéndole, sentía nuevas ganas: Homero era su aperitivo.
Y Maltrana, una vez limpia la cazuela y devoradas las últimas migas, bebíase dos vasos de vino, ascendiendo de golpe a la alegría digestiva de las últimas horas de redacción, las mejores de la noche.
Sólo entonces hablaba Homero de política, compartiendo las ilusiones y esperanzas de los demás. Vendría la deseada... «la nuestra»; y entonces, o no había justicia ni vergüenza, o don Cristóbal sería ministro del primer gobierno que se formase. Pero el aludido rechazaba este honor con sonriente modestia. Maltrana, para animarle, se incluía en el triunfo. El también sería algo, ¡qué demonio!... Se contentaba con una dictadura sobre la instrucción pública, para desasnar el país a palos. Cada uno a sus aficiones.
Y el buen Homero describía, entre las risas de los compañeros, su entrada en la Biblioteca Nacional al día siguiente de la revolución, seguido de un piquete de ciudadanos. ¡A formar todo el personal! Los bibliotecarios, que le conocían por haber sostenido con él más de un altercado, esperaban su sentencia trémulos de miedo. Ahora pagarían sus embustes siempre que se les pedía un libro moderno: el negar su existencia o el afirmar que lo tenía otro lector entre manos; aquel deseo de que no se leyesen mas que obras rancias, de inútil erudición, mamotretos enojosos que repelían a la gente,
