Los Majos de Cádiz: Edición enriquecida. Amor y lucha entre majos y aristocracia en la España del siglo XIX
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En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura:
- Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas.
- La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos.
- Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura.
- Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos.
- Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna.
- Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria.
- Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.
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Los Majos de Cádiz - Armando Palacio Valdés
Armando Palacio Valdés
Los Majos de Cádiz
Edición enriquecida. Amor y lucha entre majos y aristocracia en la España del siglo XIX
Introducción, estudios y comentarios de Vega Santana
Editado y publicado por Good Press, 2023
goodpress@okpublishing.info
EAN 08596547825555
Índice
Introducción
Sinopsis
Contexto Histórico
Los Majos de Cádiz
Análisis
Reflexión
Citas memorables
Notas
Introducción
Índice
En Los Majos de Cádiz, Armando Palacio Valdés explora la chispa contradictoria de un mundo donde el brillo de la gracia popular y la ostentación de los ademanes conviven con el deseo íntimo de autenticidad, el orgullo de clase y la fragilidad de la reputación en una ciudad que convierte la vida diaria en escenario permanente, mientras las promesas del progreso seducen, los códigos del honor encorsetan y el rumor público dicta sentencias invisibles sobre pasiones privadas, todo bajo la luz atlántica que magnifica cada gesto y obliga a elegir entre el aplauso fugaz y la verdad propia.
Publicada a finales del siglo XIX, la novela pertenece al realismo español con fuerte pulso costumbrista y se sitúa en Cádiz, puerto abierto al Atlántico y cruce de voces, oficios y aspiraciones. Palacio Valdés, figura destacada de la narrativa de su tiempo, recoge la vida urbana andaluza para observarla con un prisma simultáneamente crítico y afectuoso. La obra integra escenas de calle y de salón, retratos de tipos populares y clases acomodadas, y juegos de cortejo que revelan jerarquías y deseos. Sin precisar fechas ni episodios históricos concretos, la ambientación insiste en el presente social de la ciudad y en su teatralidad cotidiana.
Sin adelantarse al desenlace, la premisa dispone un conjunto de relaciones en torno a jóvenes y adultos que compiten por atención, respeto y afecto, midiendo cada gesto contra un código no escrito de elegancia popular. El relato progresa a través de escenas vívidas que alternan humor, ironía amable y momentos de melancolía discreta, sostenidos por un narrador que observa con claridad moral sin perder la empatía. Los diálogos, ágiles y llenos de modulación local, acercan el oído del lector a la cadencia gaditana, mientras las descripciones, precisas y luminosas, abren un espacio sensorial que sostiene el conflicto sin exhibicionismo.
Entre los temas destacados aparecen la identidad como representación, la tensión entre orgullo popular y aspiración social, y el peso del honor en la administración de deseos y rumores. La novela examina cómo las apariencias, lejos de ser banalidad, organizan alianzas, exclusiones y oportunidades, y cómo la gracia se vuelve capital simbólico en una economía emocional exigente. También mira los límites de género y la negociación del consentimiento dentro de códigos de galantería que parecen inofensivos pero ordenan el acceso a la palabra y al prestigio. Todo ello se despliega sin tesis rígidas, en el flujo persuasivo de lo cotidiano.
El arte de Palacio Valdés se reconoce en la composición de escenas corales donde una voz conduce, pero cada figura conserva su relieve. Cádiz aparece como organismo sonoro: los pasos, el viento, la bahía insinuada, el bullicio comercial que roza las casas. Las transiciones son fluidas y el ritmo alterna repique y reposo, dejando respirar los matices afectivos. La ironía no hiere; más bien ilumina con compasión las pequeñas vanidades que sostienen la convivencia. El resultado es una lectura ágil, de prosa clara y flexible, atenta a lo pintoresco sin convertirlo en caricatura, y capaz de articular crítica y encanto.
Su vigencia se explica por la actualidad de sus preguntas: cómo manejamos la imagen pública, qué coste tiene pertenecer a un grupo, de qué modo el rumor regula deseos y castigos. En tiempos de redes y exhibición constante, las coreografías sociales que la novela observa con lupa ayudan a pensar la performatividad cotidiana sin cinismo. También dialoga con debates sobre clase, desigualdad y movilidad simbólica, recordando que la elegancia y la gracia, aunque parezcan dones, se aprenden y se ponderan. La obra invita a revisar estereotipos regionales sin negarlos, y a reconocer potencia ética en lo popular.
Para el lector actual, conviene entrar en estas páginas con oído atento y curiosidad por los matices del habla y las costumbres, aceptando la lentitud deliberada con que se ordenan los afectos. La recompensa es doble: el placer de una prosa limpia que no necesita alardes y el descubrimiento de una ciudad convertida en personaje. Los Majos de Cádiz dialoga con el presente sin perder su carácter de retrato de época, y ofrece una mirada lúcida sobre el teatro social de la vida común. Esta introducción propone leerlo como se pasea: sin prisa, con luz y con disposición a sorprenderse.
Sinopsis
Índice
Los Majos de Cádiz, novela de Armando Palacio Valdés publicada a fines del siglo XIX, se inscribe en el realismo español con marcado aliento costumbrista. La obra abre con un retrato minucioso de Cádiz: su luz, sus patios, el tránsito del puerto y la conversación callejera que fija el tono vivaz del relato. El autor introduce un conjunto de figuras que encarnan capas sociales distintas, con especial atención a los llamados majos, emblemas de gracia, orgullo y desparpajo popular. Desde el comienzo, el énfasis recae en cómo una ciudad compacta moldea conductas, reputaciones y aspiraciones, preparando el terreno para un conflicto sentimental y social.
En los primeros compases, la narración privilegia escenas de tertulia, paseos y reuniones festivas donde se delinean códigos de galantería y picardía. La ligereza aparente de los encuentros no impide que asome una red de expectativas familiares y económicas que condiciona la vida afectiva. Palacio Valdés combina observación amable e ironía para mostrar cómo el ingenio y la teatralidad del majismo funcionan a la vez como afirmación identitaria y como máscara defensiva. Se perfila así un eje sentimental que, sin declararse por completo, se ve cercado por convenciones, rumores y pequeñas rivalidades del entorno urbano.
A medida que avanza la trama, el papel del rumor crece y se convierte en fuerza narrativa. Cádiz aparece como un espacio donde cada gesto público reverbera en corrillos, cafés y plazuelas, y donde el honor se negocia en una comedia constante de apariencias. El autor explora tensiones entre espontaneidad y decoro, y entre orgullo popular y respetabilidad burguesa. Sin abandonar el tono risueño, emergen malentendidos que ponen a prueba lealtades y autocontrol. El desfile de fiestas y temporadas —incluido el bullicio carnavalesco— sirve de escenario para que se intensifiquen los cruces afectivos y se revelen ambiciones discretas.
El conflicto central cristaliza cuando las simpatías amorosas, cultivadas en la sociabilidad diaria, encuentran el dique de conveniencias y proyectos familiares. El majismo aporta valor, valentía y gracia, pero también impulsos que colisionan con la prudencia calculada de quienes custodian fortuna y apellido. Los personajes deben calibrar qué es pose y qué es convicción, y qué precio están dispuestos a pagar por mantener una imagen. Palacio Valdés ordena estos choques en escenas de camaradería y desafío que, sin alardes melodramáticos, elevan el riesgo social de cada decisión, enfatizando sus resonancias públicas.
La ciudad portuaria introduce, además, influencias externas que desestabilizan seguridades: modas, compañías teatrales, viajeros y nuevas ideas matizan los hábitos locales. La mezcla cosmopolita de Cádiz crea espejos en los que los protagonistas se miran, vacilan y reconfiguran sus aspiraciones. La novela recoge ese vaivén y lo concentra en un episodio crítico donde la publicidad de los actos pesa más que los sentimientos privados. Una revelación o enfrentamiento, narrados con control de ritmo, obliga a ordenar afectos y alianzas, y a medir la distancia entre el discurso orgulloso del majo y la realidad material de la vida cotidiana.
Sin agotar las intrigas, el tramo final depura consecuencias y redistribuye posiciones. Algunas reputaciones se afianzan, otras se matizan, y ciertos lazos encuentran su cauce dentro de los límites que la comunidad tolera. Palacio Valdés apuesta por una salida verosímil y benigna, donde la sátira no anula la compasión y la crítica social se ejerce sin estridencias. El desenlace, más de ajuste que de catástrofe, confirma el interés del autor por la observación psicológica y por la vida colectiva, al tiempo que sugiere la potencia y las fronteras del majismo como programa vital.
La trascendencia de Los Majos de Cádiz reside en su doble condición de documento y fábula social. Como pieza del realismo finisecular, fija con nitidez el color local gaditano —habla, humor, rituales urbanos— y lo somete a examen, preguntando qué queda de la identidad cuando se mide con el deseo, la economía y la mirada ajena. Su vigencia se sostiene en la lectura de la reputación como espacio público negociado y en la lucidez con que capta el teatro social que todos representamos. La obra añade, además, un capítulo relevante al costumbrismo, cargado de gracia andaluza y de discreta reflexión moral.
Contexto Histórico
Índice
Durante las últimas décadas del siglo XVIII y los primeros años del XIX, Cádiz desempeñaba un papel central en el comercio atlántico del Imperio español. El traslado en 1717 de la Casa de la Contratación desde Sevilla y el Reglamento de Libre Comercio de 1778 consolidaron una pujante burguesía mercantil y una intensa circulación de personas e ideas. El puerto, con consulados extranjeros y una densa vida portuaria, convivía con barrios populares y recintos fortificados que vigilaban la bahía. Ese marco urbano y social, abierto y jerarquizado, sirve para entender los contrastes de costumbres, aspiraciones y lenguajes que vertebran la representación literaria de la ciudad.
El majismo, estilo popular urbano de fines del XVIII y comienzos del XIX, exaltaba la gracia castiza de 'majos' y 'majas' mediante indumentarias llamativas, mantillas, peinetas y un lenguaje jactancioso. Se difundió en Madrid y Andalucía, y fue representado por artistas como Goya, convirtiéndose en emblema de identidad frente al afrancesamiento. En Cádiz, ese código convivió con tradiciones marineras, fiestas y bailes como el bolero o el fandango, y con espacios de sociabilidad —cafés, coliseos, corrales— donde se formaba opinión. La presencia de majos gaditanos permite leer tensiones de clase y orgullo popular en una ciudad a la vez cosmopolita y plebeya.
Las reformas borbónicas del siglo XVIII, impulsadas bajo Carlos III y Carlos IV, dotaron a la Bahía de Cádiz de infraestructuras y cuerpos técnicos que modernizaron el litoral. El arsenal de La Carraca, los astilleros y el Real Observatorio de la Armada en San Fernando consolidaron a la zona como enclave estratégico de la Marina. Las Sociedades Económicas, la enseñanza de náutica y el auge del teatro y la música crearon espacios de discusión y gusto ilustrado. En ese entramado institucional convivían disciplina militar, saber científico y ocio urbano, un triángulo que condicionó comportamientos, jerarquías y expectativas de ascenso social.
La derrota franco‑española en la batalla de Trafalgar (1805), librada frente a las costas gaditanas, marcó un antes y un después para la vida marítima local. La superioridad británica en el mar alteró rutas, seguros y precios, incrementó bloqueos y fomentó el cabotaje, el corso y el contrabando como estrategias de supervivencia comercial. La presencia de escuadras aliadas en la bahía y las averías de navíos repercutieron en astilleros y arsenales. Ese clima de inseguridad y oportunidad, unido a la memoria reciente del combate, permeó la sociabilidad del puerto y alimentó relatos, canciones y opiniones sobre honor, patria y modernidad.
El levantamiento de 1808 contra Napoleón desembocó en la Guerra de la Independencia, durante la cual Cádiz resistió un asedio francés entre 1810 y 1812. Gracias al control marítimo aliado, la ciudad mantuvo abastecimiento, recibió refugiados de muy diversos puntos y concentró recursos administrativos y militares. Pese a los bombardeos, continuaron espectáculos, tertulias y publicaciones, configurando un singular equilibrio entre guerra y vida cotidiana. Batallas cercanas, como la de Chiclana o Barrosa (1811), punctuaron el cerco. Este contexto de presión externa y cohesión interna es clave para comprender el tono combativo, festivo y público de muchas escenas asociadas a la Cádiz histórica.
En ese mismo Cádiz sitiado se reunieron las Cortes que promulgaron la Constitución de 1812, símbolo del liberalismo hispánico. Afirmó la soberanía nacional, estableció separación de poderes, representación amplia, abolición de señoríos y libertad de imprenta; también reorganizó la Milicia Nacional. Las discusiones polarizaron a liberales y absolutistas, mientras la prensa —como el Diario Mercantil de Cádiz o El Conciso— multiplicaba opiniones y sátiras. Las Cortes suprimieron la Inquisición en 1813, aunque el absolutismo regresaría con Fernando VII en 1814. La ciudad fue laboratorio político, y su bullicio cívico dejó huellas perdurables en el imaginario gaditano y español.
Los procesos de independencia en Hispanoamérica, iniciados en 1810, atravesaron la vida de Cádiz por su papel como terminal comercial y nodo informativo con ultramar. Diputados americanos participaron en las Cortes, mientras casas mercantiles, consignatarios y marinos siguieron con inquietud las noticias de Caracas, Buenos Aires o México. La pérdida progresiva de mercados y el auge del contrabando afectaron fortunas y expectativas. En el puerto confluyeron emisarios, proclamas, periódicos y pasiones políticas que trascendían el océano. Estos vínculos transatlánticos, tan presentes en la ciudad, aportan contexto a actitudes, léxicos y horizontes vitales de personajes ligados al comercio, la marina o la plebe.
Armando Palacio Valdés, novelista del realismo español de fin de siglo XIX, cultivó el costumbrismo y la recreación histórica con una prosa ágil y observación social. En Los majos de Cádiz sitúa la acción en una Cádiz de comienzos del XIX para explorar la cultura popular, la sociabilidad urbana y las tensiones entre liberalismo y tradición. Su mirada, propia de la Restauración, dialoga con debates contemporáneos sobre ciudadanía, prensa y clericalismo sin apartarse de los hechos básicos del periodo. La obra refleja y critica su época al mostrar cómo estilos, ritos y discursos públicos modelan reputaciones, afectos y ambiciones colectivas.
Los Majos de Cádiz
Tabla de Contenidos Principal
PRÓLOGO. Observaciones acerca de la composición en la novela
I
II
III
IV
I. El viajero
II. Los majos
III. Soledad
IV. Velázquez
V. Celos
VI. Disputa
VII. El columpio
VIII. Crisis
IX. El Carnaval
X. Rebelión
XI. Sumisión
XII. La maga
XIII. Antoñico
XIV. La boda de Pepa
XV. Noche gaditana
XVI. Despedida
PRÓLOGO. Observaciones acerca de la composición en la novela
Índice
I
Índice
Para el lector aficionado á razonar el arte y discutir su técnica escribo estas breves líneas. Páselas por alto quien sólo aspire á sentirlo, seguro de que nada perderá en ello: mi simpatía, como la de todo artista, estará siempre con él. Porque sólo una imaginación fresca exenta de conceptos retóricos puede gozar realmente las obras poéticas, respirar con libertad en el mundo de la fantasía. Además, dígase lo que se quiera, á ningún maese Pedro[1] le place mostrar por dentro el retablo de las figuras con sus jarcias y resortes; y si alguna vez lo hace, suele ser apretado por el deseo de defenderse de los pecados que le atribuyen ó de prevenir al público contra los errores de una crítica precipitada ó desleal. No es esto, sin embargo, lo que me impulsa á escribir el presente prólogo, como tampoco me ha movido á escribir el que años ha puse al frente de mi novela La Hermana San Sulpicio. En España, afortunadamente, apenas si existe la crítica, y el autor de novelas goza de aquella paz profunda, de aquella amable serenidad de que gozaron en las primeras edades del mundo Valmiky y Homero para escribir sus inmortales poemas. La única razón que hallo en mi espíritu (aparte de cierta manía didáctica que me ha quedado de los años de adolescencia, cuando con mi dedo infalible señalaba á los autores la ruta que debían seguir) es la contradicción en que me reconozco con los gustos y tendencias que dominan actualmente lo mismo en las artes plásticas que en la poesía. Esta contradicción me atormenta sobremanera, porque me hace dudar de mí mismo. Derramo la vista por Europa y no veo en la pintura y en la poesía más que escenas lúgubres y prosaicas, no escucho sino acentos de muerte. De las estepas de la Rusia llegan delirios místicos que entusiasman al pueblo de Molière, de Rabelais y de Voltaire. De aquí surgen análisis indigestos, obscenidades escandalosas que seducen á los hijos de Cervantes; por último, el viento glacial de la Noruega nos envía en forma dramática aéreos simbolismos que estremecen de gozo á la Italia, ¡á la Italia, donde han nacido Virgilio y Petrarca, Rafael y Tiziano! Naturalistas, místicos, decadentistas, ibsenistas, simbolistas en la poesía; luministas, azulantes, metalistas en la pintura. El arte se me representa como un inmenso ataque de nervios, los artistas como locos unas veces, otras como charlatanes que disfrazan su impotencia con afectaciones monstruosas y se aprovechan hábilmente de la perversión general del gusto; el público estragado por ellos y por el utilitarismo reinante, sin criterio para distinguir lo bello y lo sano de lo feo y absurdo.
Al observar mi naturaleza en contradicción tan radical con el espíritu de la época me asalta el temor de padecer una aberración mental: hay momentos en que me figuro ser uno de esos infelices degenerados incapaces de «adaptarse al medio» que tan bien pintan los modernos filósofos de la escuela positiva, y me estremezco y me abato, y me propongo en término no lejano someterme á un tratamiento terapéutico adecuado. Es posible que con las duchas, la nuez de Kola y el vino ferruginoso, los dramas noruegos me parezcan tan interesantes como los de Shakspeare, Calderón ó Schiller, los místicos rusos tan profundos como Platón y Spinoza, las novelas de la escuela naturalista tan bellas como las de Longo, Cervantes y Goethe, los cuadros de los decadentistas franceses mejores que los de Rubens y Velázquez. Pero mientras llega la hora feliz de regenerarme hasta donde sea posible, pido permiso para exponer algunas observaciones críticas acerca del arte de escribir novelas. Voy á aventurar ciertas hipótesis que constituyen el fondo mismo de mi inspiración, lo que hasta ahora me ha sostenido y consolado en la ya larga labor que he llevado á término. Absurdas ó verdaderas, yo las amo. Sólo pido al lector que antes de condenarlas al desprecio las medite un instante.
II
Índice
Dirijamos una mirada á la historia del arte. Hay un hecho que desde luego llama poderosamente la atención: la fecundidad prodigiosa de ciertas épocas y la esterilidad de otras[1q]. En el período de poco más de un siglo que media entre Fidias[2] y Praxiteles nacen en el suelo reducido de la Grecia centenares de escultores, la mayor parte desconocidos para nosotros, pero cuyas obras, carcomidas y mutiladas como salen de entre los escombros, nos llenan de admiración y alegría. En un período de cincuenta ó sesenta años del siglo XV brilla en el país de Flandes legión numerosa de grandes pintores, cuyos cuadros, si alguien ha igualado, nadie ha sobrepujado jamás. Apágase momentáneamente la inspiración de los artistas flamencos en el siglo XVI y se traslada á Italia, donde viven y trabajan á un mismo tiempo algunas docenas de genios portentosos, cada uno de los cuales bastaría para ilustrar un siglo. Torna la mágica fuerza en el siglo XVII á los Países Bajos y produce esa maravillosa explosión donde los pintores ya no se cuentan por cientos, sino por millares. Nuestra patria se siente arrastrada por Italia y por Flandes al cielo de la belleza, y hace brotar de su seno la famosa escuela española con Zurbarán, Ribera, Velázquez y Murillo. ¿No es verdad que parece un contagio? De pronto aquel sol esplendoroso se eclipsa y quedamos dos siglos en oscuridad y tristeza. Sólo tal cual artista, aproximándose, aunque sin igualar jamás á aquellos genios, brilla como estrella solitaria y melancólica.
Las explicaciones que los historiadores del arte suelen dar á este hecho sorprendente nunca me han satisfecho. La aparición del arte como una consecuencia natural del engrandecimiento material de los países, como la flor de la civilización, que es la teoría hoy predominante, no hace más que agregar un hecho á otro hecho sin explicar ninguno de los dos. Supongamos cierto que el arte se produce necesariamente cuando los países alcanzan cierto grado de prosperidad, cuando el hombre, después de haber allanado los obstáculos que la naturaleza le oponía para su subsistencia, queda desahogado y puede gozar en calma de la vida. Pero la dificultad queda en pie. ¿Por qué en ciertas épocas de prosperidad nacen muchos y grandes artistas, y en otras de tanta ó mayor opulencia no nace ninguno? Nadie puede dudar que en la actualidad existen en el mundo países ricos y prósperos donde la civilización ha subido á una altura desconocida en la historia, donde la vida es fácil, segura, cómoda. Francia, Inglaterra, Alemania, Austria, Bélgica, Holanda y los Estados Unidos de América son testimonios innegables de esta afirmación. Además, en ninguna época conocida de la historia los artistas han podido trabajar con más seguridad ni han encontrado un público tan numeroso ni tan solícito para recompensarlos. Compárese lo que hoy gana cualquier pintor, por poco que se distinga, con lo que obtenían por sus obras Velázquez ó Rembrandt. Compárese la consideración y el respeto de que hoy gozan los artistas, hasta el punto de formar una aristocracia tan elevada y orgullosa como la de la sangre, con la protección desdeñosa que los próceres de otros siglos les dispensaban y el humillante jornal que algunos reyes solían otorgarles. ¿Qué momento más favorable puede ofrecerse para que la flor de la poesía abra sus pétalos á la luz y ostente sus colores más brillantes? Gloria, dinero, seguridad, todo lo posee hoy el artista que sepa distinguirse. ¡Y, sin embargo, nuestros pintores y escultores no pueden compararse á los de otras épocas! La música, que es el arte más moderno, se encuentra hace años ya en absoluta decadencia; la literatura, como luego demostraré, igualmente.
Existen, dicen los filósofos naturalistas, razones fisiológicas que explican y determinan este fenómeno, como todos los demás de la vida. No lo dudo. El hombre se halla enteramente sometido á las fuerzas que obran en el seno de la naturaleza, las cuales, á par que engendran, limitan el desarrollo de los individuos y las razas. Pero la acción de tales fuerzas es tan misteriosa, se ejerce por caminos tan oscuros para nosotros, que sólo vagamente podemos atribuirles cuanto sucede en el mundo. Nuestro espíritu exige motivos más cercanos. Voy, pues, humildemente á proponer una explicación racional del problema, con la esperanza de que, si no satisface al lector, por lo menos le ayudará á pensarlo y resolverlo por sí mismo.
Como no hallo razón para
