Intriga en el café
Por Fernando Belloso
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Intriga en el café - Fernando Belloso
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© Fernando Belloso
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de cubierta: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 979-13-7029-577-6
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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«Hay personas que optan por pasear por parques o bosques para abstraerse de sus azarosas vidas o para domeñarlas. Yo prefiero, en esos casos, ir al café».
Thomas Bernhat, 1984.
I.
Más que un café
El primer protagonista de esta historia no es un ser humano, ni hombre ni mujer, ni joven ni viejo. Es un edificio, un establecimiento comercial, para ser más preciso, un viejo café europeo en la mejor tradición de los siglos XIX y XX del viejo continente. Una especie en peligro de extinción que sobrevive airoso a pesar de haber cumplido más de un siglo de existencia. Un frecuentado y venerado café en una hermosa ciudad austríaca de glorioso pasado histórico y cultural. Cuna del genio musical más popular a lo ancho y a lo largo de todo Occidente: Wolfgang Amadeus Mozart. Yo no digo que sea el más grande, ni siquiera mi favorito, pero sí el que ha logrado un mayor reconocimiento y aceptación en todo el mundo: de Tokio a Buenos Aires, de Sídney a Los Ángeles, de Moscú a Ciudad del Cabo. Bach, el divino Juan Sebastián, es demasiado celestial, demasiado cristiano, su mensaje no es apreciado debidamente fuera del Occidente cristiano. ¿Beethoven? ¿Schubert? ¿Brahms? ¿Richard Wagner o Richard Strauss? Y, más al sur, ¿Monteverdi, Vivaldi, Verdi, Puccini, Ravel, Massenet, César Frank, Héctor Berlioz, Manuel de Falla? ¿Qué decir de los grandísimos compositores centroeuropeos y de los inmortales rusos? Grandísimos e imprescindibles todos, ellos y algunos más nacidos en Noruega, Estados Unidos, Brasil, Argentina, Finlandia, Inglaterra, etcétera, maravilloso universo visitado y revisitado millones de veces por los melómanos de todo el mundo e interpretados por generaciones de excelentes intérpretes músicos de cualquier edad, raza y condición a lo largo de más de tres siglos. ¿Alguien se puede imaginar un mundo en el que nunca sonara su música? Pero Mozart, insisto, supera a todos ellos en popularidad y entusiasta aceptación por parte de millones de personas. Los jóvenes se identifican fácilmente con su figura pues le consideran uno de ellos. Murió antes de cumplir cuarenta años. Tuvo que luchar para sobrevivir dignamente, acuciado siempre por estrecheces económicas. Su éxito en vida fue discutido por muchos y no gozó de reconocimiento unánime. A pesar de todo, su música está llena de luz, de alegría de vivir, de optimismo, de fe en el ser humano. Cree que un mundo más justo es posible, que el amor siempre triunfa, que la bondad del corazón siempre acaba por imponerse. Sólo una de sus óperas es realmente dramática: Don Giovanni, la madre de todas las óperas, la ópera perfecta según algunos eruditos musicales. Se inspiró en la obra teatral de Tirso de Molina, a quien italianizó (José Zorrilla aún no había escrito Don Juan Tenorio) por exigencias de su libretista Lorenzo da Ponte. El argumento no podía ser mejor. El personaje de Don Juan se convirtió en un mito revisitado una y otra vez por escritores y compositores. Sobre su música poco puedo decir yo que no soy ni musicólogo ni experto: su obertura, sus arias, sus personajes principales, esa Sevilla italianizada que algunos directores de escena convierten en un pastiche lleno de clichés y tópicos españoles…, un espectáculo total, una simbiosis perfecta de texto y música, una tensión dramática, a veces trágica, a veces cómica, entre religión y libertinaje, amos y criados, amor burlado y venganza implacable. Ustedes ya la conocen bien y, si no, se la recomiendo vivamente. Pero además compuso otras óperas igualmente memorables. Las Bodas de Fígaro, en primer lugar, inspirada en la pieza teatral de Beaumarchais, y que ridiculiza de modo sutil y acertado, a esa aristocracia ociosa y prepotente del siglo XVIII europeo y que pronto sería puesta en la picota (léase guillotina) por el pueblo llano, pícaro y astuto, harto hasta la coleta de servir a amos arbitrarios y caprichosos, libidinosos y omnipotentes. Para algunos críticos, Las Bodas se coloca por encima de Don Giovanni en calidad musical y como espectáculo teatral. ¿Para qué discutir? Hay que disfrutarlas las dos. Y ¿qué decir de su ópera postrera La Flauta Mágica que no se haya dicho y escrito ya? Disfrútenla también. Disfrútenlas todas en cuanto tengan la ocasión de hacerlo. Y no se olviden de las preciosas y pétillantes Cosi fan tute y El rapto del Serrallo, así como de la serie de óperas serias: Idomeneo, La Clemencia de Tito, Lucio Silla, obras de juventud como La Finta Gardiniera y otras más que ahora no recuerdo. Y si les gusta la música religiosa de inspiración cristiana, Mozart compuso un estremecedor Réquiem que encontraría un eco igualmente estremecedor en el que compuso Verdi un siglo después. Si no hubiesen compuesto nada más, esa sola pieza le hace ya acreedor a la admiración de millones de melómanos, pero es que hay más. Mucho más. Mozart elevó la música instrumental y de cámara a niveles hasta entonces nunca alcanzados. Junto a su admirado y admirable compatriota Joseph Haydn, las sinfonías fluían de sus genios como incontables ríos caudalosos llenos de fuerza, frescura y armonía. Sus conciertos para orquesta de cámara, piano, cuerno de caza, violín y clarinete colman nuestros sueños de mundos donde imperan la gracia, la elegancia y el más refinado de los gustos. Uno sencillamente no se cansa jamás de escuchar, por citar unos ejemplos, los conciertos para piano y orquesta números 19, 21 y 23 o el concierto para orquesta y clarinete. Gracias eternas, Wolfgang Amadeus. Sin tu música nuestro mundo sería infinitamente más feo, más oscuro, más triste.
Parece mentira que dentro de los límites y dificultades materiales que acompañaban al ciudadano europeo del siglo XVIII, un solo individuo tuviese tanto tiempo para crear en poco más de treinta años una obra tan ingente y de tanta calidad. Es un arduo trabajo. Hay que conocer perfectamente la teoría de la música, lo que es un aprendizaje de años y que a su término permite dedicarse a la composición añadiendo la técnica de la armonía, imprescindible cuando se escriben partituras para instrumentos musicales aislados o insertos en conjuntos orquestales y voces humanas con sus correspondientes textos líricos o dramáticos. ¿Se han parado en pensar en todas las horas de estudio y trabajo que todo ello supone? ¿Todo eso creado por un solo cerebro, un corazón y dos manos? Un genio, hace falta ser un genio. Mozart lo fue, sin lugar a dudas, un genio precoz, y así es reconocido por millones de personas de generaciones pasadas, presentes y futuras, es de esperar.
Desde que el turismo se ha masificado, cientos de miles de personas acuden anualmente a su ciudad natal y Salzburgo, bellísima ciudad austríaca al pie de los Alpes, rica en monumentos civiles y religiosos, a caballo entre dos colinas, la de los Monjes y la de los Capuchinos, y bañada por el caudaloso río Salz, los acoge y los seduce dado su rico patrimonio material e inmaterial. Melómanos de todo el mundo, especialmente europeos y asiáticos, en los últimos años, y turistas, en general, acuden a fotografiar y a fotografiarse ante la casa natal del compositor, en la siempre abarrotada Getreidestrasse, visitando asimismo otros domicilios en los que posteriormente vivió el compositor y que se han convertido en pequeños museos donde se exhiben toda clase de reliquias, instrumentos y documentos relacionados con su persona y obra. Salzburgo no supo retener largo tiempo a su hijo predilecto. El príncipe-arzobispo Hyeronimus, conde de Colloredo, muy protegido desde Viena por el emperador José II, hijo y sucesor de la belicosa emperatriz María Theresia y hermano de la malhadada María Antonieta, la última reina de Francia, curiosa mezcla de monarca ilustrado sin dejar de ser un claro ejemplo del nacional catolicismo austríaco, dominaba y controlaba la administración civil, cultural y religiosa de la ciudad con mano firme y poder inapelable. Había nombrado a Leopold Mozart, reputado músico profesional, para el cargo de director de la orquesta de la corte. Fue muy reticente desde un principio a las genialidades precoces de su hijo, W.A., a quien sólo tuvo en nómina como organista de la corte arzobispal y durante un corto período de tiempo. W.A. emigró pronto a Viena donde su talento fue reconocido y también vivió y trabajó en otras ciudades del Imperio como Linz y Praga. Viajó y triunfó además en Múnich, París e Italia para acabar muriendo, prematuramente, en Viena, lejos de su Salzburgo natal. Su legado y su vida están exhaustiva y cuidadosamente recogidos en la biografía que Eva Gesine Bauer ha publicado recientemente. A ella remito al amable y curioso lector de estas páginas al que no voy a aburrir y retener ahora copiando más fechas, datos y hechos de la vida y obra de W.A. Además, este no es un relato histórico ni sus protagonistas vivieron en el siglo XVIII, sino en nuestros días. Pero sí, todos ellos vivieron e interactuaron entre ellos en la ciudad de Salzburgo en algún momento de sus vidas.
La acción de este relato se centra en la ciudad nativa de Mozart, en efecto, y su primer acto tiene lugar en un edificio situado en la orilla izquierda del río Salz. El impresionante edificio cuadrangular de tres pisos coronados de una cúpula central y cuatro torretas en sus cuatro lados, pertenece al banco Spängler y data de 1906. En su planta baja, la superficie se divide, no a partes iguales, entre las oficinas hoy día operativas del mencionado banco y el Café Bazar que también se extiende al exterior en una terraza ajardinada con vistas al río Salz, muy popular y solicitada por la clientela, especialmente en los meses de verano. Durante todo el año, la sala central interior del establecimiento acoge diariamente a centenares de parroquianos regulares y visitantes ocasionales, muchos de los cuales se agrupan en encuentros familiares y tertulias de asiduos, no faltando tampoco los lobos solitarios que se enfrascan en la lectura de la prensa diaria local, nacional e internacional o trabajan y estudian sus papeles y documentos o, últimamente, se encaran a las brillantes pantallas de sus ordenadores personales pues consideran que el Café es una extensión de sus oficinas u hogares, un espacio acogedor y, relativamente, tranquilo en el que pueden ocuparse de sus asuntos e intereses individuales sean estos de carácter cultural o de otra naturaleza, mientras consumen una de las múltiples variantes austríacas de café (té los heterodoxos) servidas por unos muy profesionales camareros en bandejitas individuales en las que nunca falta un vasito de agua del grifo con independencia de que el cliente lo haya pedido o no.
Hay, hubo en el pasado, parroquianos que llegan al café con ánimo creativo aportando manuscritos en prosa o en verso ya empezados o poniendo sobre las mesas folios de hojas vírgenes, sueltas o encuadernadas, que pronto emborronarán con sus escritos, anotaciones o memorándums de diversa índole. Existe una pequeña bibliografía local y hasta nacional sobre personalidades y personajes que a lo largo de los últimos cien años visitaron el venerable Café por algún motivo u otro. En esos libros y publicaciones, aparecen fotografías e ilustraciones que recogen imágenes de rostros muy conocidos y admirados acompañados a veces de anécdotas curiosas y muy comentadas. Greta Garbo, por ejemplo, nunca visitó el Café Bazar, pero en 1937 la prensa local recogía el rumor de que la actriz sueca estaba en Salzburgo y tomaba un café a mediodía en el Café Bazar. Resultó que un sosia admirador de la «divina», se disfrazaba de Greta Garbo, imitaba su actitud huidiza y misteriosa y aparecía regularmente en dicho establecimiento tocada de un sombrero de ala ancha y unas gafas de sol para ocultar su falso rostro. Marlene Dietrich y Rommy Schneider sí visitaron el Café y también el rey Eduardo VIII de Inglaterra en agosto de 1936, cuatro meses antes de su abdicación. El Café es muy celoso y pudoroso en un intento vano de proteger la intimidad de sus parroquianos. De sus paredes no cuelgan fotos dedicadas o no de todas esas personalidades ni existen placas conmemorativas o rótulos que indiquen, por ejemplo, aquí escribió Stefan Zweig sus Novelas del Ajedrez, o en aquel rincón revisaba Richard Strauss las partituras de sus óperas o poemas sinfónicos, discutiendo con Hugo de Hofmansthal los libretos de Arabella o El Caballero de la Rosa o allá exponía Max Reinhardt sus proyectos de montaje y dirección de Jedermann o María Stuart. Todos ellos fueron clientes asiduos del Café Bazar. Es relevante subrayar que el exitoso Festival de Música de la ciudad, que acaba de cumplir un siglo de vida, fue una feliz iniciativa del ilustre trío de nombres que acabo de mencionar: Strauss, Von Hofmansthal y Reinhardt. Stefan Zweig también participó en el proyecto inicial a pesar de que su carácter individualista y su maravillosa obsesión de escritor en solitario lo apartaban de proyectos corales y la afluencia creciente de visitantes al Festival a su ciudad de elegida residencia (él nació en Viena) lo perturbaba hasta el límite que procuraba huir de la ciudad durante los meses del Festival. Pero pasada la vorágine, volvía al Café Bazar. Encontraba, como muchos otros, que la atmósfera del establecimiento, la amplitud de la sala, la disposición distanciada de los veladores y mesitas rodeadas o flanqueadas por sillas y banquetas, todo ello resultaba acogedor. El servicio, discreto y respetuoso, era, es, impecable, Los espesos muros del edificio mitigaban el ruido del invasivo tráfico rodado de la Schwartzstrasse contribuyendo en conjunto a que visitar el Café pronto se convirtiese en una agradable rutina para muchas personas y personalidades. La lista de estas es larga. Limitándola exclusivamente a famosos directores de orquesta, a la cabeza habría que colocar a Arturo Toscanini, que dirigió muchos años la Filarmónica de Viena, al frente de la cual actuó en el Festival durante los años treinta y al que era frecuente encontrar en el Café Bazar parapetado tras las páginas del Corriere della Sera, a Bruno Walter, a Karl Böhm… pero no, repito no, a Herbert von Karajan, nativo de Salzburgo, director de las filarmónicas de Berlín y Viena y director del propio Festival del que fue ilustre mascarón de proa durante años y contribuyó en gran parte a la popularidad del mismo. Según relata Walter Müller en su librito Café Bazar (1999), el aristocrático y autoritario maestro nunca puso los pies en el establecimiento. Durante las semanas del festival se instalaba al otro lado del río en el hotel-restaurante Goldener Hirsch (El Ciervo de oro), situado dos calles más debajo de los tres teatros del Festival, y ahí tomaba sus cafés si ese era su deseo.
La cultura del café como lugar de reuniones y tertulias goza de mucha popularidad desde hace siglos en la vieja Europa continental. Los cafés de Viena, París, Roma o Madrid, por no citar más que las capitales, han sido escenario de obras literarias importantes y han figurado también como telón de fondo en numerosas películas. Algunos de ellos han merecido el calificativo de lugar de culto y han sobrevivido hasta nuestros días.
