Tierra quemada: Una historia global de la Segunda Guerra Mundial
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Tierra quemada - Paul Thomas Chamberlin
© Tony Bui
Paul Thomas Chamberlin es profesor titular de Historia de la Universidad de Columbia. Es autor de The Cold War's Killing Fields y de The Global Offensive, y ha publicado artículos en The New York Times, The Washington Post y The Christian Science Monitor. Vive en Nueva York.
Es probable que la Segunda Guerra Mundial sea el conflicto más estudiado de la historia de la humanidad. Sin embargo, la gran mayoría de las obras ofrecen de ella una interpretación sorprendentemente unidimensional. La presentan como una guerra buena, una cruzada contra el fascismo y una batalla del mundo libre y democrático contra quienes querían acabar con él: una parábola de los males del totalitarismo y el triunfo del orden democrático liderado por los Estados Unidos.
Este libro intenta retirar las capas de mitología que cubren la Segunda Guerra Mundial y poner en cuestión las interpretaciones predominantes de la contienda. Rompe con las explicaciones estándares de la guerra y argumenta que las dimensiones centrales del conflicto fueron la raza y el imperio. Aborda la Segunda Guerra Mundial como un enfrentamiento profundamente enraizado en el contexto más amplio de la historia mundial. Y de esta forma intenta excavar los cimientos coloniales de la guerra y trazar sus secuelas imperiales. Por ello, geográficamente, el libro se aleja de las playas de Normandía para hacer mayor hincapié en los teatros de operaciones más sangrientos de Europa del Este y Asia oriental.
En definitiva, Tierra quemada sostiene que el legado de la guerra no fue tanto la destrucción del fascismo, el racismo y el imperialismo, sino la creación de un orden de posguerra en el que Estados neoimperiales muy militarizados se prepararon para la guerra perpetua y la perspectiva de la aniquilación nuclear. Nuestra amnesia colectiva respecto de los orígenes coloniales de la guerra y sus consecuencias imperiales ha despojado al conflicto de su significado y lo ha convertido en un cuento de hadas del siglo XX. Este libro pretende colocar nuestra visión de la Segunda Guerra Mundial en el lugar que le corresponde en el panorama más amplio de la historia mundial moderna. Con este telón de fondo, la Segunda Guerra Mundial aparece como el punto culminante de siglos de expansión colonial y el catalizador de la reinscripción del imperialismo bajo la égida de la geopolítica de la Guerra Fría.
Título de la edición original: Scorched Earth. A Global History of World War II
Traducción del inglés: Noemí Sobregués Arias
Publicado por:
Galaxia Gutenberg, S.L.
Av. Diagonal, 361, 2.º 1.ª
08037-Barcelona
info@galaxiagutenberg.com
www.galaxiagutenberg.com
Edición en formato digital: octubre de 2025
© Paul Thomas Chamberlin, 2025
© de la traducción: Noemí Sobregués, 2025
© Galaxia Gutenberg, S.L., 2025
Imagen de portada:
La ciudad de Colonia tras haber sido
bombardeada, en 1945
© Bettmann via Getty Images
Conversión a formato digital: Maria Garcia
ISBN: 979-13-87605-50-6
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede realizarse con la autorización de sus titulares, aparte las excepciones previstas por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 45)
Para Leila y Mia
Índice de contenido
Introducción. Impensable
Capítulo 1. Un mundo de imperios
Capítulo 2. Destruir el orden de Versalles
Capítulo 3. Un nuevo orden en Asia oriental
Capítulo 4. Sangre, tierra e imperio
Capítulo 5. Imperio asediado
Capítulo 6. Murallas coloniales
Capítulo 7. Una guerra de aniquilación
Capítulo 8. La gran ofensiva de Japón
Capítulo 9. La batalla por la periferia
Capítulo 10. El ascenso de las superpotencias
Capítulo 11. El camino hacia la hegemonía mundial
Capítulo 12. Intervenciones coloniales y mataderos continentales
Capítulo 13. Planificar el mundo de la posguerra
Capítulo 14. Romper la Esfera de Coprosperidad
Capítulo 15. La Operación Overlord y el destino de Occidente
Capítulo 16. La Operación Bagratión y el destino de Oriente
Capítulo 17. Podemos desembarcar en cualquier sitio
Capítulo 18. En el Reich
Capítulo 19. La carrera hacia Berlín
Capítulo 20. Las fauces del infierno
Conclusión. Guerra eterna
Agradecimientos
Notas
Fotografías
Puntos de interés
Portada
INTRODUCCIÓN
Impensable
22 de mayo de 1945. El Tercer Reich está en ruinas. Más de dos millones de soldados soviéticos ocupan la destrozada capital de Berlín, escenario de la última gran batalla de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Los ejércitos estadounidense y británico están acampados junto al río Elba, casi cien kilómetros al oeste. Al otro lado del mundo, los dirigentes japoneses siguen desafiantes, aunque los bombarderos B-29 estadounidenses queman ciudades de Japón hasta los cimientos. Pero que también Tokio caiga es solo cuestión de tiempo. La mayor guerra de la historia de la humanidad está entrando en sus últimos meses. Aunque los aliados están a punto de conseguir la victoria, una creciente sensación de ansiedad se cierne sobre sus dirigentes. Winston Churchill, primer ministro del Imperio británico, acaba de recibir un documento secreto preparado por su personal militar. El estudio, cuyo nombre en clave es Operación Impensable, describe un plan para atacar a la Unión Soviética en poco menos de seis semanas. «El objetivo general o político es imponer a Rusia la voluntad de Estados Unidos y del Imperio británico», explican los autores. Pero derrotar a los soviéticos no será tarea fácil. Los altos mandos británicos calculan que el Ejército Rojo disfruta de una ventaja numérica de más de dos a uno, con 261 divisiones soviéticas contra 103 estadounidenses, británicas y polacas. «Si vamos a embarcarnos en una guerra con Rusia, debemos estar preparados para llevar a cabo una guerra total, que será larga y costosa. Nuestra inferioridad numérica en tierra hace extremadamente dudoso que tengamos un éxito delimitado y rápido», advierten. Además, las escasas esperanzas de las fuerzas occidentales dependen de que tomen una medida drástica. Tendrán que reconstituir, rearmar y liberar lo que queda de las legiones nazis de Adolf Hitler para que luchen junto a los soldados estadounidenses y británicos contra el Ejército Rojo.¹
El plan de Churchill para la Tercera Guerra Mundial puede parecer una historia alternativa, pero era muy real. Y el primer ministro no era el único que pensaba en esos términos. Dos años antes, en el verano de 1943, Geroid Robinson, jefe de la división rusa de la rama de investigación y análisis de la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS) de Estados Unidos, precursora de la CIA, había presentado un plan similar «para volver contra Rusia todo el poder de una Alemania invicta, todavía gobernada por los nazis o los generales».² Ahora sabemos que los dirigentes estadounidenses y británicos decidieron no seguir adelante con esas propuestas, pero el mero hecho de que se las plantearan no concuerda con nuestra imagen actual de la Segunda Guerra Mundial. ¿Por qué los dirigentes aliados valoraban la posibilidad de una guerra contra uno de ellos meses, incluso años, antes de derrotar a las potencias del Eje? ¿Por qué figuras como Churchill consideraban la opción de unir fuerzas con los altos mandos nazis para atacar a sus aliados soviéticos?
Es probable que la Segunda Guerra Mundial sea el conflicto más estudiado de la historia de la humanidad; una búsqueda en la biblioteca de la Universidad de Columbia arrojó casi 160.000 resultados sobre este tema. Sin embargo, a pesar de esta atención exhaustiva, la inmensa mayoría de las obras en inglés ofrecen una interpretación sorprendentemente unidimensional del conflicto, que presentan como una guerra buena, una cruzada contra el fascismo y una batalla del mundo libre y democrático contra un totalitarismo atroz. Esta interpretación, lo que podríamos llamar la explicación ortodoxa de la Segunda Guerra Mundial, surgió en la década de 1950, durante los años más oscuros de la Guerra Fría. Estudiosos de todo Occidente se encontraron viviendo en un mundo transformado por el conflicto: se había puesto de rodillas a los viejos imperios europeos, el historial de crímenes de guerra nazis había desacreditado la eugenesia y el racismo científico, y la evidente batalla ideológica entre Estados Unidos y la Unión Soviética dominaba los asuntos internacionales. La primera generación de estudiosos de la Segunda Guerra Mundial elaboró relatos que reflejaban el espíritu de su época. Plantearon la guerra como una lucha democrática contra el fascismo y restaron importancia a las dinámicas raciales y coloniales, que ya no parecían relevantes. Optaron por celebrar las contribuciones de los aliados occidentales y marginaron el papel de las fuerzas soviéticas y chinas, que era más problemático. Confeccionaron una historia que convertía a los imperios en Estados nación y a los conquistadores en libertadores. La suya fue una historia de la guerra presentada como una parábola sobre los males del totalitarismo y el triunfo de un orden democrático liderado por Estados Unidos.³
En los últimos 75 años, esta explicación ortodoxa de la guerra ha dominado absolutamente en nuestra memoria colectiva. Mientras que todos los demás conflictos importantes del siglo XX han sido objeto de múltiples rondas de revisionismo académico (incluidas la Primera Guerra Mundial, la Guerra Fría, la guerra de Corea y la guerra de Vietnam, por nombrar solo algunas), las explicaciones tradicionales han seguido atrincheradas en el caso de la Segunda Guerra Mundial. ¿Por qué sigue siendo tan difícil encontrar nuevas interpretaciones?⁴ Parte de la respuesta está en la claridad moral de la guerra. La Alemania nazi es quizá el régimen más abominable de la historia humana. Las potencias del Eje cometieron muchas de las atrocidades más viles que el mundo haya visto jamás. Y ningún estudioso serio lamenta la derrota de la Alemania nazi, la Italia fascista y el Japón imperial.
Pero la interpretación ortodoxa de la Segunda Guerra Mundial no consigue explicar fenómenos como la Operación Impensable. De hecho, si observamos más de cerca, vemos que la realidad de la Segunda Guerra Mundial fue mucho más confusa de lo que nos han hecho creer los relatos predominantes del bien contra el mal. La mayoría de los historiadores coinciden ahora en que lo que derrotó a las legiones de Hitler no fueron soldados estadounidenses y británicos amantes de la libertad en el frente occidental, sino el sacrificio de millones de soldados soviéticos conducidos por brutales mandos comunistas a través de los mortíferos campos de Europa del Este. Los aliados occidentales contribuyeron a la victoria no tanto con valor e idealismo democrático como con salvajes ataques con bombas incendiarias y atómicas contra ciudades del Eje, que incineraron a cientos de miles de civiles.
Este libro plantea que el mayor conflicto de la historia no fue la guerra buena entre la democracia y el fascismo que suelen describir los libros de historia.⁵ Fue más bien una inmensa guerra racial y colonial marcada por atrocidades salvajes en la que imperios rivales lucharon en enormes extensiones de Asia y Europa. Aunque la guerra destruyó el colonialismo europeo y japonés, forjó los nuevos imperios estadounidense y soviético y creó un sistema de Estados muy militarizados, poseedores de armas nucleares y centrados en librar una guerra perpetua contra poblaciones enteras.⁶
Los fuegos de guerra que arrasaron gran parte del mundo industrializado quemaron un orden colonial de quinientos años e hicieron posible que la humanidad construyera el mundo de nuevo. Las antiguas potencias coloniales lucharon hasta la extenuación solo para que las energías colosales de la Unión Soviética y Estados Unidos las consumieran. Estos superestados del tamaño de un continente, que contaban con recursos y mano de obra aparentemente ilimitados, trabajaron para construir nuevos órdenes hegemónicos sobre las ruinas de un mundo devastado por la guerra. Tierra quemada es una historia de esta transformación. Es un relato tanto de continuidad como de cambio que intenta entender cómo una guerra iniciada por ejércitos tirados por caballos contra objetivos coloniales destruyó el viejo orden imperial y creó un nuevo mundo dominado por superpotencias con armas nucleares capaces de proyectar un violento cataclismo en todo el planeta.
Este nuevo mundo no fue testigo de una época de paz ni eliminó el azote del colonialismo. Como ponen de manifiesto documentos desclasificados como «Operación Impensable», mucho antes del final de la guerra, oficiales de inteligencia estadounidenses y británicos se planteaban alistar al ejército alemán, al que aún no habían vencido, en una nueva guerra contra la Unión Soviética. Equipos especiales de soldados aliados peinaban el ex Tercer Reich en busca de científicos e ingenieros nazis a los que reclutar para construir los arsenales de los futuros adversarios de la Guerra Fría. Los dirigentes soviéticos se dedicaban a instaurar regímenes títeres en toda Europa del Este para que sirvieran de glacis estratégico contra un posible futuro asalto de las potencias occidentales y a enviar espías para que se infiltraran en los programas armamentísticos de sus aliados. Mientras las superpotencias se preparaban para la inminente Guerra Fría, los gobiernos de Gran Bretaña, Francia y los Países Bajos hacían planes para reconstruir sus administraciones coloniales en Extremo Oriente con la ayuda de muchas de las figuras que habían colaborado con las fuerzas japonesas durante las ocupaciones. De este modo, las convulsiones de la Segunda Guerra Mundial prepararon el terreno para medio siglo de violencia genocida en África, Asia, Latinoamérica y Oriente Medio, mientras Europa y Norteamérica estaban al borde de una guerra nuclear en toda regla.⁷
Pero no basta con reconocer la naturaleza a menudo ambigua de la violencia de la guerra y la naturaleza problemática de su legado. Replantearse constantemente la Segunda Guerra Mundial exige reexaminar a fondo nuestros supuestos básicos sobre el conflicto, su lugar en la historia mundial y los objetivos subyacentes de los contendientes, así como lo que estaba en juego en el resultado. El primer paso en este proceso consiste en abordar la guerra no como una singularidad histórica o un acontecimiento en sí mismo, sino como un conflicto atrapado en las corrientes más profundas de la historia mundial moderna. En los capítulos siguientes se argumenta que la Segunda Guerra Mundial fue un episodio decisivo en una historia mucho más larga de ascenso y caída de grandes potencias, guerra colonial y violencia racial.⁸
Al plantear la Segunda Guerra Mundial como una batalla entre Estados nación e ideologías políticas, los estudiosos ortodoxos han restado importancia a la dinámica explícitamente imperial que impregnó la guerra y determinó sus resultados. Los arquitectos de la Segunda Guerra Mundial crecieron en un mundo dominado por grandes imperios europeos, y en este contexto imperial concibieron los planes y estrategias que dieron origen a la Segunda Guerra Mundial. Todos los principales contendientes lucharon como imperios que perseguían objetivos imperiales. Los combates en Asia y Europa empezaron a consecuencia de las conquistas imperiales del Eje, no por desacuerdos ideológicos con las futuras potencias aliadas. En pocas palabras, Londres y París declararon la guerra a Alemania porque la Wehrmacht invadió Polonia, no porque los dirigentes británicos y franceses se opusieran a los principios políticos del nazismo o del fascismo en general. Asimismo, Japón libró en Asia una guerra de conquista colonial, no una cruzada ideológica.
Abordar la Segunda Guerra Mundial como una lucha imperial ayuda a explicar la brutalidad genocida del conflicto. A lo largo del siglo XIX, los escritores occidentales se habían acostumbrado a la idea de guerra «civilizada», un tipo de conflicto entre Estados nación establecidos en el que todos los bandos respetaban una serie de reglas básicas. Los soldados debían llevar uniforme, la violencia debía limitarse a frentes identificables, debía respetarse a los civiles, se debía tratar a los prisioneros de guerra con humanidad, etcétera. Sin embargo, estas restricciones no se aplicaban a las guerras coloniales contra pueblos sin Estado. Las guerras coloniales a menudo adoptaban la forma de destrucciones generalizadas de sociedades no occidentales que eliminaban la distinción entre civiles y combatientes y promovían la violencia racializada. A principios del siglo XX, la mayoría de los observadores creían que esos conflictos habían quedado relegados a las zonas del interior de las colonias, lejos de los centros de la civilización occidental de Europa y Norteamérica y de las ciudades portuarias cosmopolitas de Extremo Oriente.
Pero se equivocaban. Las guerras coloniales supusieron un modelo para gran parte de la violencia de la Segunda Guerra Mundial. En el mundo colonial pueden encontrarse los precursores de Auschwitz e Hiroshima. Los primeros campos de concentración aparecieron no en la Alemania nazi, sino en la colonia británica de Sudáfrica durante la guerra de los bóeres. Los soldados alemanes iniciaron su primera guerra de exterminio no en Europa del Este, sino en la colonia alemana de África del Sudoeste en 1901. Las primeras campañas concertadas de bombardeo aéreo del mundo no atacaron Londres o Róterdam, sino ciudades de las colonias de África, Asia y Oriente Medio. Cuando los dirigentes estadounidenses y británicos se sentaron a planificar la invasión anfibia de Normandía, recurrieron a un caudal de conocimientos adquiridos a lo largo de generaciones de guerra en el mundo colonial. La Segunda Guerra Mundial fusionó la mentalidad bélica colonial, que apenas distinguía entre civiles y combatientes, con una estrategia de guerra total que movilizaba todos los recursos del Estado para llevar a cabo matanzas masivas e industrializadas.
Berlín y Tokio pusieron en marcha esta fusión de guerra colonial y guerra total con campañas genocidas que pretendían convertir el centro de Europa y las bulliciosas metrópolis de Asia en nuevos espacios coloniales. Tras haber lanzado las mayores campañas coloniales de la historia mundial, los dirigentes alemanes y japoneses rechazaron las limitaciones de la guerra «civilizada» y desataron todo el terror de la guerra «salvaje» contra los pueblos de Europa del Este y Asia oriental. Las potencias aliadas no tardaron en hacer lo mismo y lanzaron ataques con napalm contra centros de población, enviaron ejércitos a saquear los territorios conquistados y dirigieron ataques atómicos contra ciudades japonesas. Al final de la guerra, las masacres de civiles se habían convertido en una parte fundamental de las tácticas de combate de todos los bandos. Como dirían más tarde teóricos como Hannah Arendt y Aimé Césaire, las peores atrocidades de la guerra se entienden mejor como violencia colonial devuelta a la metrópoli.⁹
Situar la Segunda Guerra Mundial en el amplio panorama de la historia mundial también nos permite analizar mejor el impacto del conflicto en la posguerra. La Segunda Guerra Mundial fue un momento crucial en la evolución del orden internacional moderno desde la era del colonialismo formal hasta la geopolítica de la Guerra Fría. Los relatos ortodoxos que restan importancia a las dimensiones coloniales de la guerra tienden a pasar por alto esta transición e imponen una separación imaginaria entre la historia del imperialismo del siglo XIX y la dinámica de la Guerra Fría. El resultado ha sido restar importancia a las raíces imperiales de la geopolítica de las superpotencias y ocultar los fundamentos coloniales de nuestro orden internacional contemporáneo. La interpretación ortodoxa de la guerra se convierte así en un instrumento absolutorio que purga los pecados del imperio y limpia los residuos que ha dejado en el mundo de la posguerra.
Este libro intenta retirar las capas de mitología que cubren la Segunda Guerra Mundial y poner en cuestión las interpretaciones predominantes del conflicto. Se aparta del enfoque que se centra en los grandes dirigentes y las operaciones militares para analizar cómo el conflicto más grande de la historia transformó las relaciones entre imperio, raza, violencia, guerra y Estado. Geográficamente, el libro se aleja de las playas de Normandía para hacer mayor hincapié en los teatros de operaciones más sangrientos de Europa del Este y Asia oriental. Rompe con las explicaciones estándares de la guerra argumentando que la raza y el imperio eran dimensiones centrales del conflicto. Aborda la Segunda Guerra Mundial como un conflicto profundamente enraizado en el contexto más amplio de la historia mundial. Y de esta forma intenta excavar los cimientos coloniales de la guerra y trazar sus secuelas imperiales.
En líneas generales, este libro argumenta que la Segunda Guerra Mundial fue colonial en sus orígenes, genocida en su desarrollo e imperial en su resultado. Las raíces de la agresión alemana, japonesa e italiana se remontan a la política imperial del siglo XIX. Aunque se las suele retratar como Estados depravados, las potencias del Eje se entienden mejor como herederas de la gran estrategia de construcción de imperios mediante la conquista colonial. Basándose en las estrategias de los imperios occidentales, las potencias del Eje fusionaron conceptos de jerarquía racial y colonialismo con tecnología militar moderna para lanzar una serie de ofensivas espectaculares en Europa, África y Asia oriental. Este ataque sacudió los bastiones del orden internacional, derribó la Tercera República francesa y obligó al Imperio británico a adoptar una postura defensiva contra la amenaza de invasión alemana. Tras haber sumido la política mundial en el caos, los dirigentes alemanes y japoneses se volvieron hacia sus siguientes objetivos, la Unión Soviética y Estados Unidos.
La invasión nazi de la Unión Soviética y la ofensiva japonesa en el Pacífico arrastraron a Moscú y Washington a la guerra. Berlín había abierto el teatro de operaciones más sangriento de la historia de la humanidad; Tokio, el más extenso. Mientras sus adversarios arrasaban Europa del Este y el Asia colonial, los dirigentes estadounidenses, británicos, chinos y soviéticos movilizaron los abundantes recursos de sus dominios en un intento desesperado por detener el ataque del Eje. Mientras Moscú convertía el Ejército Rojo en un enorme behemot continental capaz de invadir las llanuras de Europa central, Washington diseñó un leviatán militar de alta tecnología para dominar los mares, organizar ataques anfibios en cualquier costa y dirigir una lluvia de fuego sobre las ciudades del Eje. Este rápido desarrollo militar convirtió la Unión Soviética y Estados Unidos en superpotencias que eclipsaron al Imperio británico y a las antiguas grandes potencias europeas como fuerzas preeminentes en los asuntos internacionales.
Las superpotencias cambiaron el curso de la guerra en las batallas de Stalingrado y Guadalcanal en noviembre de 1942. Estas dos victorias aniquilaron las ambiciones imperiales del Eje y anunciaron el dominio de las nuevas superpotencias. El hecho de revertir las conquistas del Eje endureció a Estados Unidos y la Unión Soviética y los convirtió en superestados neoimperiales que competían por conseguir posiciones dominantes en el orden internacional de la posguerra. Pero las visiones contrapuestas de la posguerra, unidas a la diferente carga que soportaban en la lucha contra el Eje, colocaron a las superpotencias en el camino de la confrontación. Mientras los generales soviéticos desataban el poder aplastante del Ejército Rojo en sangrientas batallas terrestres contra el Tercer Reich, las fuerzas estadounidenses organizaban operaciones anfibias para apoderarse de territorios estratégicamente decisivos en el Pacífico, la cuenca mediterránea y Europa occidental, y desplegaban su nueva y enorme flota para asediar por mar a Japón. A medida que cada potencia avanzaba, sus ejércitos establecían el control sobre lo que en la posguerra serían sus esferas de influencia. En los últimos días de la guerra, mientras el Ejército Rojo se abría paso en China, las fuerzas estadounidenses lanzaron ataques atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki, que obligaron a Tokio a someterse e impidieron que los soviéticos ocuparan las islas japonesas. Al final de la guerra, el Ejército Rojo había ocupado la mayor parte de Eurasia, y las fuerzas estadounidenses dominaban los mares desde una red de bases que se extendía por todo el planeta.¹⁰
Tras haber matado a la bestia del Eje, el behemot soviético y el leviatán estadounidense se enfrentaron entre sí y desencadenaron una nueva guerra eterna. Esta nueva batalla se libraría entre las ruinas de la Segunda Guerra Mundial y un orden colonial moribundo, e insuflaría una nueva vida a las viejas estructuras imperiales en la forma de la geopolítica de la Guerra Fría. Las líneas de armisticio se endurecieron hasta convertirse en fronteras militarizadas a medida que los dirigentes soviéticos instauraban gobiernos títere en las capitales destrozadas del antiguo imperio de Hitler, desde Varsovia hasta Sofía, y las fuerzas estadounidenses acuartelaban los puestos avanzados caídos de la Esfera de Coprosperidad de la Gran Asia Oriental de Japón, desde Guam hasta Okinawa. Ejércitos que se habían forjado en la lucha contra el Eje ocupaban ahora posiciones a lo largo de las líneas del frente de la Guerra Fría. Mientras tanto, en África, Asia y Oriente Medio aparecieron decenas de nuevos Estados dentro de las fronteras trazadas por las potencias imperiales en declive. Durante el siguiente medio siglo, las antiguas controversias coloniales y los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial resurgieron como focos de tensión de la Guerra Fría. Mientras los dirigentes de Moscú y Washington se enzarzaban en una batalla ideológica entre el comunismo y el capitalismo democrático, las intensas tensiones étnicas y raciales metastatizaron en nuevas y virulentas formas de nacionalismo que ganarían poder e influencia en el siglo XXI.
En definitiva, Tierra quemada sostiene que el legado de la guerra no fue la destrucción del fascismo, el racismo y el imperialismo, sino la creación de un orden de posguerra en el que Estados neoimperiales muy militarizados se vieron obligados a prepararse para la guerra perpetua y la perspectiva de la aniquilación nuclear. Nuestra amnesia colectiva respecto de los orígenes coloniales de la guerra y sus consecuencias imperiales ha despojado al conflicto de su significado y lo ha convertido en un cuento de hadas del siglo XX. Este libro pretende colocar nuestra visión de la Segunda Guerra Mundial en el lugar que le corresponde en el panorama más amplio de la historia mundial moderna. Con este telón de fondo, la Segunda Guerra Mundial aparece como el punto culminante de siglos de expansión colonial y el catalizador de la reinscripción del imperialismo bajo la égida de la geopolítica de la Guerra Fría.
CAPÍTULO 1
Un mundo de imperios
Los primeros delegados llegaron a Versalles poco después de las dos de la tarde y recorrieron en coche la arbolada avenida del Château antes de atravesar las puertas y caminar ruidosamente por los adoquines que conducían al palacio. Fuera, unos 20.000 soldados montaban guardia para contener a la multitud que vitoreaba. Los rayos de sol atravesaban las nubes y se reflejaban en las bayonetas mientras las banderas ondeaban al viento y doce aviones sobrevolaban el recinto. En menos de una hora, las últimas autoridades habían llegado y ocupaban sus sitios en el gran salón. El primer ministro francés, Georges Clemenceau, abrió la sesión e invitó a los delegados alemanes a firmar el documento que les habían dejado sobre la mesa. En menos de cuarenta minutos la ceremonia había concluido. El Tratado de Versalles puso fin al estado formal de guerra entre Alemania y las potencias de la Entente. Clemenceau, el primer ministro británico, David Lloyd George, y el presidente estadounidense, Woodrow Wilson, salieron a la terraza que daba a los jardines del palacio y los recibieron con gritos de «¡Viva Clemenceau!», «¡Viva Wilson!» y «¡Viva Lloyd George!». El 28 de junio de 1919, tras casi cinco años de guerra sangrienta, los ciudadanos de todo el mundo occidental celebraron la paz con alegría.¹
Mientras la paz llegaba al frente occidental, la guerra hacía estragos en el este. Al mismo tiempo que las multitudes vitoreaban en Versalles, la ciudad de Aydin, en el oeste de Anatolia, ardía en llamas. El jefe de la Cruz Roja griega informó de que las tropas turcas que avanzaban habían saqueado la ciudad, incendiado el barrio griego y masacrado a sus habitantes. Los cadáveres de los civiles cubrían los barrancos de las afueras de la ciudad. «[Aydin] es un enorme sepulcro. Aquí yacen cientos de mujeres, niños y sacerdotes griegos y armenios en tumbas sin nombre. […] Las columnas rotas de mil casas destrozadas son los testigos mudos del martirio de la población», escribió un corresponsal.² Mientras las fuerzas griegas y turcas luchaban por el control de Anatolia, una serie de pogromos antijudíos se extendían por Polonia y Ucrania. Soldados ucranianos saqueadores habían asesinado a más de mil civiles judíos en la ciudad de Proskúriv en febrero de 1919. En 1921 los pogromos en toda la región habían matado a más de 100.000 judíos y desplazado a millones.³
Los habitantes de Aydin y Proskúriv se habían visto atrapados en la gran agitación desatada por la Primera Guerra Mundial, cuando los derrotados imperios terrestres de Europa y Oriente Próximo se despedazaron. Los imperios austrohúngaro y otomano quedaron desmembrados y sus territorios se dividieron para formar una serie de nuevos Estados independientes y mandatos de la Sociedad de Naciones. Alemania sobrevivió como nación, pero quedó despojada de sus colonias de ultramar y de amplias zonas de sus extremos oriental y occidental. El Imperio ruso había sido devorado por la furia de la Revolución bolchevique, cuyos líderes habían cedido una cuarta parte de su territorio europeo anterior a la guerra, junto con el 40 por ciento de la población europea de Rusia, para asegurar la paz en el frente oriental. De los restos de estos imperios surgieron diez nuevos Estados (Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, Checoslovaquia, Austria Alemana, Hungría, Yugoslavia y Turquía) y cinco mandatos de la Sociedad de Naciones (Palestina, Transjordania, Siria, Líbano e Irak). Estas transformaciones no fueron incruentas. Incluso antes de la firma de la paz en Versalles habían estallado feroces luchas de poder interétnicas en un amplio arco de territorio que se extendía hacia el norte desde Viena atravesando Varsovia y Riga, y hacia el sur atravesando los Balcanes, Anatolia, Siria, Palestina e Irak. En los cinco años posteriores al final de la Primera Guerra Mundial, más de cuatro millones de personas murieron en guerras civiles o conflictos étnicos dentro de este territorio. Millones más se convirtieron en refugiadas tras huir ante el avance de los ejércitos o ser desplazadas por la fuerza, víctimas de una salvaje limpieza étnica desatada por el hundimiento de los imperios.⁴
Aunque la violencia que azotaba Europa del Este y Oriente Medio ha recibido menos atención de los historiadores que las negociaciones que tuvieron lugar en Versalles, resultó ser igual de importante para el mundo que surgió de la Primera Guerra Mundial. Los arquitectos del Tratado de Versalles esperaban crear un nuevo orden internacional que garantizara la paz y la estabilidad para las generaciones siguientes. Entendieron su papel histórico como sucesores del Congreso de Viena de 1815, que había proporcionado a Europa casi un siglo sin una guerra general. Sin embargo, en lugar de estabilidad, los años siguientes fueron testigos de profundos conflictos surgidos de cambios políticos radicales, desajustes económicos, competencias imperiales, racismos virulentos, revoluciones, guerras y genocidios. En menos de una generación, la Segunda Guerra Mundial entrelazaría los hilos del imperio, la raza y la violencia, con consecuencias desastrosas para los pueblos de todo el mundo. Pero las raíces de esta tragedia se extienden mucho más allá de las decisiones de dirigentes concretos. Los orígenes de la guerra que se avecinaba estaban en la propia estructura del orden de Versalles, un sistema imperial inestable construido en torno a jerarquías raciales y mantenido mediante la violencia colonial. Todos los elementos clave que alimentarían el futuro reino del terror del Eje estaban presentes en el periodo de entreguerras. Por lo tanto, no es de extrañar que un orden internacional basado en el imperio, la raza y la violencia contribuyera a dar origen a una nueva serie de regímenes de extrema derecha impregnados de retórica racista y decididos a organizar violentos intentos de apoderarse del cargo del imperio.
«Rara vez París se ha entregado a la alegría de forma tan completa como esta noche», escribió un corresponsal del Times de Londres en las primeras horas del 29 de junio de 1919. El estruendo de un cañón anunció la firma del tratado de paz mientras hordas de alegres parisinos abarrotaban las calles. La multitud era tan numerosa que las autoridades de la ciudad tuvieron que desviar el desfile militar con antorchas previsto para esa noche.⁵
El Tratado de Versalles pretendía muchas cosas: garantizar la seguridad colectiva mediante la creación de la Sociedad de Naciones, instaurar mandatos para los territorios coloniales en grandes partes de Asia, África y Oriente Medio, establecer la culpabilidad alemana por haber iniciado la guerra y evitar que resurgiera el poder militar alemán, que algún día podría volver a sumir a Europa en una situación de guerra general. Pero ninguna labor parecía más importante que la de establecer un nuevo orden internacional tras el mayor conflicto que el mundo había visto jamás. «Viajábamos a París no solo para liquidar la guerra, sino también para fundar un nuevo orden en Europa. Estábamos preparando no solo la paz, sino también la paz eterna», explicó un diplomático británico.⁶ De hecho, los dirigentes más optimistas de Versalles esperaban restablecer un equilibrio de poder en el continente y sentar las bases para una paz duradera. Gran Bretaña y Francia serían los actores principales para salvaguardar ese nuevo orden. Sobre el papel, el acuerdo parecía viable. Gran Bretaña controlaba el mayor imperio del mundo, con más de 530 millones de habitantes y 56 millones de kilómetros cuadrados de territorio. Londres también contaba con la mayor flota de buques de guerra en alta mar. Francia tenía colonias en África, Oriente Medio e Indochina, con una población total de casi 113 millones de habitantes. Aunque su marina era considerablemente menor que la británica, el ejército francés era el más grande de Europa. Juntas, las dos potencias occidentales habían orquestado la derrota de las Potencias Centrales y parecían destinadas a controlar el mundo de la posguerra. Mientras el ejército francés mantuviera su primacía en el continente y la marina británica siguiera dominando los océanos, ese nuevo orden podría funcionar.⁷
El poder imperial era la piedra angular geopolítica del orden internacional posterior a 1919. Los dirigentes reunidos en Versalles lo tenían claro. Durante siglos, la capacidad de ejercer el poder a través de grandes distancias y sobre pueblos extranjeros había sido un componente clave del poder nacional. Los imperios dominaban el orden internacional y seguían siendo los protagonistas de la escena mundial. Bastaba con mirar un mapa del mundo hacia 1919, con sus continentes divididos en imperios y colonias, o leer los titulares de uno de los muchos periódicos que se vendían en las calles de Londres, Nueva York o París para darse cuenta de que los proyectos imperiales y la violencia que conllevaban no eran nada fuera de lo común. Los estudiosos de las relaciones internacionales seguían obsesionados con la política imperial. Como había explicado el principal teórico mundial de estrategia naval, el capitán estadounidense Alfred Thayer Mahan, en su influyente obra Influencia del poder naval en la historia, las marinas fuertes permitían expandir el comercio, controlar los mercados de ultramar y generar prosperidad económica en el país, lo que a su vez aumentaba su poder en el exterior. Pero una marina de primera clase requería posesiones en el extranjero. «Por lo tanto, las colonias unidas a la madre patria ofrecen el medio más seguro de mantener el poder marítimo de un país en el extranjero», escribió. Así, la producción, el transporte marítimo y las colonias eran la «clave de gran parte de la historia, y de la política, de los países costeros».⁸
Y los mares no eran el único escenario de la competencia entre grandes potencias. En 1901, el geógrafo alemán Friedrich Ratzel había popularizado la idea de Lebensraum, o «espacio vital». Dando peso teórico a ideas muy arraigadas sobre la raza y el colonialismo, Ratzel afirmaba que una población enérgica y en crecimiento necesitaba espacio para expandirse. Tres años después, el geógrafo británico Halford Mackinder publicó su influyente ensayo El pivote geográfico de la historia, que identificaba el centro euroasiático como la clave del poder mundial. «Quien gobierna el este de Europa domina el centro de la tierra; quien gobierna el centro de la tierra domina la isla mundial; quien gobierna la isla mundial domina el mundo», escribió.⁹ A principios de la década de 1920, el geógrafo alemán Karl Haushofer sintetizó las teorías de Mahan, Ratzel y Mackinder en su propia versión de la Geopolitik, que desempeñó un papel fundamental en la configuración de las ideas alemanas sobre el poder mundial.
El mensaje para los dirigentes y futuros estrategas del periodo de entreguerras parecía claro: las grandes potencias poseían imperios. Las posesiones coloniales daban muestra de prestigio nacional y al mismo tiempo reforzaban la capacidad de los Estados para proyectar su fuerza en todo el mundo al proporcionar bases para operaciones militares y puestos de abastecimiento de combustible para los barcos. En tiempos de paz, las colonias suministraban recursos como combustibles fósiles y metales raros, ambos cada vez más importantes en la era industrial. Los productos agrícolas de los trópicos, como el caucho, la madera, el café, el té y el azúcar, eran materias primas valiosas. Las colonias también ofrecían nuevos territorios a colonos blancos en busca de nuevas oportunidades. Los dominios imperiales subdesarrollados servían como válvulas de seguridad para los países europeos que sufrían la presión del rápido crecimiento demográfico. El dominio imperial brindaba a los países colonizadores la oportunidad de construir nuevas sociedades y demostrar el poder de sus ideas. De este modo, las colonias servían como lo que un historiador ha llamado «laboratorios de modernidad», lugares donde podían ponerse a prueba nuevas prácticas médicas y científicas, donde podían perfeccionarse nuevos equipos y tácticas militares, y donde podían crearse formas de organización social y política.¹⁰ Las colonias también funcionaban como campos de pruebas de la fuerza marcial de una nación. Generaciones de soldados estadounidenses, británicos y franceses que se habían curtido en guerras contra poblaciones nativas a lo largo de las fronteras coloniales volverían algún día a su país y pondrían a prueba su destreza en los campos de batalla de Europa. Así pues, lejos de dar por concluida la era de los imperios, la paz que siguió al final de la Primera Guerra Mundial se construyó sobre cimientos imperiales y se mantuvo gracias al poder imperial.
Las ideas de jerarquía racial también ocuparon un lugar central en las relaciones internacionales durante el periodo de entreguerras. Aunque muchos dirigentes habían abandonado el lenguaje racista explícito del siglo XIX, al menos en el discurso oficial y en las conversaciones educadas, sus visiones del mundo seguían ancladas en concepciones muy arraigadas de racismo científico y supremacía blanca. Estas ideas encontraban eco en el discurso predominante sobre la «civilización occidental». Aunque en gran medida inocuo a primera vista, el concepto de un Occidente unificado situado en la cima de una jerarquía de civilizaciones mundiales sugería diferencias raciales y culturales inamovibles entre sociedades y servía para justificar la subyugación continua de los pueblos colonizados bajo los auspicios de la misión civilizadora.¹¹ Asimismo, la eugenesia y el darwinismo social daban un aire de credibilidad académica al imperialismo y la supremacía blanca. Sin embargo, la devastación de la Primera Guerra Mundial parecía asestar un duro golpe a la superioridad de Occidente. Las grandes potencias europeas habían caído en un conflicto fratricida que había destruido grandes extensiones del continente, había devastado economías, había matado a millones de personas y había amenazado las estructuras de poder coloniales. Los años posteriores al final de la Primera Guerra Mundial fueron testigos de una avalancha de predicciones funestas sobre el declive de la civilización occidental. «No fue Alemania la que perdió la guerra. La perdió Occidente cuando perdió el respeto de las razas de color», advirtió el historiador alemán Oswald Spengler.¹² Los incipientes movimientos anticoloniales y las crecientes tasas de inmigración exacerbaron los temores de ese declive.¹³ A medida que lo que se percibía como amenazas para la civilización occidental conjuraba ansiedades raciales, ideológicas e imperiales en gran parte de Europa y Norteamérica, una serie de comentaristas advirtieron de una inminente guerra racial.¹⁴
Durante el periodo de entreguerras, los pensadores de la corriente dominante siguieron conceptualizando la raza como un factor clave que determinaba las relaciones exteriores. De hecho, la prestigiosa revista del Consejo de Relaciones Exteriores, Foreign Affairs, inició su andadura llamándose Journal of Race Development. El libro de texto de relaciones internacionales más utilizado en la década de 1920, International Relations, de Raymond Leslie Buell, incluía un capítulo titulado «The Conflict of Color», en el que se exponía la amenaza de una inminente guerra racial. Buell advertía de que en el siglo XX la raza podría ser lo que la religión y el nacionalismo habían sido en épocas anteriores. Junto con las tensiones entre pueblos europeos no occidentales, Buell alertaba de disputas raciales entre nacionalidades blancas. Una «nación intoxicada con teorías raciales se ve tentada a imponer su superioridad
racial al resto del mundo». Buell identificó a tres figuras destacadas que intentaban promover estas teorías raciales. La primera, Houston Stewart Chamberlain, se había criado en Gran Bretaña y después se había trasladado a Alemania. Chamberlain, antisemita virulento, aseguraba que casi todos los logros de la humanidad eran obra de la raza aria y sus descendientes teutones. En su opinión, la raza constituía la base de toda la historia humana. Su obra de 1899, The Foundations of the Nineteenth Century, en 1938 había vendido 250.000 ejemplares en veinticuatro ediciones. En ella afirmaba que «los arios son preeminentes física y mentalmente entre todos los pueblos; por eso son por derecho […] los dueños del mundo». La obra de Chamberlain se convirtió en un éxito internacional y recibió elogios de personalidades como el presidente estadounidense Theodore Roosevelt y el káiser alemán Guillermo II, así como de publicaciones como el New York Times y el Spectator londinense.¹⁵
La segunda de las tres figuras era de Estados Unidos. En 1916, el eugenista Madison Grant publicó su influyente obra La caída de la gran raza. Como Chamberlain, Grant consideraba que la raza era la clave para explicar las grandes corrientes de la historia mundial. En particular, identificaba a la «raza nórdica» como la progenitora de todas las grandes civilizaciones del mundo y elogiaba los prejuicios raciales como un medio natural de preservar la «pureza» racial. Sin embargo, quizá fue más conocido por haber dado la voz de alarma sobre los peligros que la inmigración de pueblos no europeos suponía para la civilización occidental. Como Chamberlain, Grant recibió elogios de publicaciones tan importantes como Science, los Annals of the American Academy of Political and Social Science y el Journal of Race Development.¹⁶
Estas jeremiadas etnonacionalistas prosperaron durante la posguerra. El discípulo más destacado de Grant, Lothrop Stoddard (el tercer destacado eugenista), siguió los pasos de su maestro con su libro de 1920, The Rising Tide of Color Against White World-Supremacy. Stoddard se había doctorado en Harvard bajo la dirección de Archibald Cary Coolidge, miembro fundador del Consejo de Relaciones Exteriores y primer director de Foreign Affairs. El libro de Stoddard advertía de un inminente choque de civilizaciones entre Occidente y el mundo no blanco. Stoddard reformuló la Primera Guerra Mundial como la «guerra civil blanca» que había debilitado el «mundo blanco [y] había posibilitado revoluciones, incluso cataclismos» a medida que los «pueblos morenos y amarillos de Asia» se movilizaban por la independencia. Aunque advirtió de que los «ejércitos de color» podrían conquistar algún día «tierras blancas», Stoddard escribió que la verdadera amenaza eran las «conquistas en forma de migraciones que anegarían poblaciones enteras y convertirían países que ahora son blancos en territorios de hombres de color irremediablemente perdidos para el mundo blanco». Insistía en que, por encima de todo, el mundo blanco debía desarrollar una «verdadera conciencia de raza». Una vez más, estas diatribas racistas recibieron elogios del New York Times, que afirmó que el libro ofrecía una «nueva base para la historia», e incluso obtuvieron el respaldo del presidente estadounidense, Warren G. Harding.¹⁷
Así pues, hasta bien entrado el periodo de entreguerras, los profetas estadounidenses y británicos de la guerra racial ocuparon un lugar central en el discurso político dominante. Sus libros vendieron miles de ejemplares en múltiples ediciones, fueron objeto de reseñas positivas en los principales periódicos y revistas académicas, y recibieron elogios de presidentes y expresidentes. Las obras de Grant y Stoddard influyeron en la legislación estatal y federal, y se abrieron paso en el debate público. Como escribió el Chicago Defender en 1923: «Probablemente no haya dos libros en los últimos años que hayan influido tanto en las políticas del gobierno estadounidense». Aunque la influencia de Chamberlain, Grant y Stoddard disminuyó en la década de 1930, sus argumentos habían sido decisivos para dar forma a una serie de visiones del mundo ampliamente aceptadas que consideraban la raza y el racismo principios clave de las relaciones internacionales. En 1939, la primera dama, Eleanor Roosevelt, organizó una comida a la que asistieron Stoddard, el subsecretario de Estado Sumner Welles y otros invitados; en 1940, el Washington Post publicó artículos entusiastas sobre las fiestas de primavera del doctor Stoddard y su mujer en Georgetown.¹⁸
Mientras la élite política estadounidense se codeaba con lumbreras racistas como Grant y Stoddard, los dirigentes de Londres y París intentaban consolidar su control sobre los dominios coloniales recién conquistados. Bajo los auspicios de los mandatos de la Sociedad de Naciones, los diplomáticos británicos y franceses se repartieron los territorios árabes del antiguo Imperio otomano. Francia asumió el control de Siria y Líbano; Gran Bretaña se quedó con Palestina e Irak. Los mandatos equivalían a imperialismo en todo menos en el nombre. Cuando las fuerzas británicas y francesas entraron en Jerusalén, Bagdad, Damasco y Beirut, aplastaron toda resistencia nacionalista por parte de la población local. Los imperios occidentales podían matar a los rebeldes y encarcelar a los políticos anticoloniales, pero no podían destruir las semillas del nacionalismo, que había echado raíces en el mundo árabe. En mayo de 1920, los dirigentes iraquíes empezaron a movilizarse contra las autoridades británicas en Bagdad. Esta oposición creció rápidamente hasta incluir elementos religiosos y tribales en la capital y fuera de ella, cada uno de ellos con su propio rencor contra las autoridades del nuevo mandato. A medida que el calor del verano caía sobre el valle del Éufrates, el malestar político estalló en una revuelta armada. Las fuerzas británicas reprimieron las manifestaciones en las ciudades mientras las fuerzas rebeldes se apoderaban de partes del campo. Aunque la falta de unión y la rápida respuesta militar británica sofocaron la revuelta a finales de octubre, el coste había sido alto: unos quinientos soldados británicos e indios habían muerto, junto con unos 6.000 iraquíes. Para las futuras generaciones de líderes iraquíes, la revuelta de 1920 sería el sangriento origen de una larga historia de resistencia nacionalista.¹⁹
Al otro lado de la frontera, en Siria y Líbano, las autoridades francesas también se enfrentaron a una rebelión. En el verano de 1925, grupos anticoloniales procedentes de comunidades rurales y dirigidos por veteranos de la Primera Guerra Mundial organizaron una campaña de resistencia contra las autoridades francesas en Siria. El 18 de octubre, los rebeldes habían llegado a la capital, Damasco, donde sus partidarios los recibieron con entusiasmo. Las autoridades francesas respondieron con un brutal bombardeo del casco antiguo de la ciudad. Durante los dos días siguientes, la artillería francesa bombardeó el antiguo zoco Al-Hamidiyah mientras los aviones ametrallaban calles concurridas, lanzaban bombas y arrasaban grandes zonas del centro de la ciudad. El ataque mató a unas 1.500 personas y fue el primer «bombardeo aéreo» a gran escala de una ciudad importante en la historia mundial. Entretanto, fuerzas francesas de contrainsurgencia se adentraban en las tierras agrícolas circundantes en busca de insurgentes. En la capital, barreras de alambre de espino y puestos de control acordonaron los barrios con actividad rebelde mientras legionarios franceses patrullaban las calles en vehículos blindados. Además de llevar a cabo estas operaciones militares, las autoridades francesas declararon la ley marcial. Solo en 1926, el tribunal militar de Damasco ejecutó a 355 sirios, casi uno al día. A muchos de los condenados los ahorcaron en la plaza pública de la ciudad y dejaron sus cuerpos expuestos para enviar un mensaje macabro a otros posibles rebeldes. Tras las escaramuzas entre rebeldes sirios y fuerzas del mandato a principios de mayo en el barrio de Midán, al sur de las antiguas puertas de la ciudad de Damasco, las tropas francesas desataron un bombardeo aún más feroz. Durante veintidós horas, la artillería lanzó sobre Midán proyectiles que destruyeron cientos de edificios, mataron a mil personas y provocaron incendios que no pudieron apagar porque las autoridades coloniales habían cortado el suministro de agua al barrio. A medida que continuaban los combates, la brutal contrainsurgencia francesa pasó factura. En el verano de 1927, las autoridades francesas declararon la victoria y se felicitaron por haber pacificado el mandato. Como mostraba la carnicería en las calles de Bagdad y Damasco, la era colonial estaba lejos de haber terminado.²⁰
Mientras las autoridades británicas y francesas luchaban por extender el control sobre sus nuevos mandatos, la desintegración de los imperios austrohúngaro, alemán y ruso provocó un estallido de violenta construcción de Estados en gran parte de Europa central y oriental. Una compleja mezcla de diplomacia, movilización política de masas, revolución y guerra ayudó a crear un total de nueve Estados nuevos en la región al final de la Primera Guerra Mundial: Austria, Checoslovaquia, Estonia, Finlandia, Hungría, Letonia, Lituania, Polonia y Yugoslavia. En los primeros meses de 1918, fuerzas comunistas y anticomunistas libraron una brutal guerra civil en Finlandia que mató a 36.000 personas, el 1 por ciento de la población del país. Al sur, en los nuevos Estados bálticos, mercenarios alemanes, muchos de ellos veteranos de la Primera Guerra Mundial, arrasaron ciudades y pueblos masacrando a civiles, violando a mujeres y saqueando el campo. Entre 1919 y 1920, milicias de Budapest masacraron a unos 5.000 presuntos izquierdistas en un intento por destruir el régimen comunista. Una parte importante de esta violencia en toda Europa del Este adoptó la forma de pogromos contra las comunidades judías. En total, la agitación que acompañó a esta reorganización fue testigo de veintisiete traspasos violentos de poder en 1920 y se calcula que hubo cuatro millones de muertos, una cifra abrumadoramente superior a las muertes totales sufridas por Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial.²¹
Pero ningún conflicto generó más derramamiento de sangre que la guerra civil rusa. La Revolución rusa, que derrocó al régimen del zar en 1917, sumió a la nación más grande de Europa en una serie de convulsiones que se prolongarían hasta 1923 y se cobrarían la vida de unos tres millones de personas. Aunque el gobierno provisional que llegó al poder intentó mantener la participación rusa en la guerra contra las Potencias Centrales, la carga de la lucha y los desafíos internos fortalecieron al partido bolchevique, más radical, bajo el liderazgo de Vladímir Ilich Lenin. En octubre de 1917, los bolcheviques llevaron a cabo una insurrección armada en Petrogrado y proclamaron la creación de un nuevo gobierno soviético. Con el fin de ganar tiempo para consolidar su control del poder y eliminar las objeciones contrarrevolucionarias, Lenin y los bolcheviques acordaron el Tratado de Brest-Litovsk, que puso fin a las hostilidades con las Potencias Centrales y entregó enormes extensiones de territorio ruso en el oeste. Convencidos de que las revoluciones socialistas recuperarían pronto esos territorios perdidos, Lenin y su comandante supremo, Lev Trotski, se centraron en la labor de derrotar a los ejércitos «blancos» antibolcheviques en una serie de campañas en amplias zonas de Rusia. Trotski demostró ser un líder hábil y consiguió convertir el nuevo Ejército Rojo en una fuerza militar formidable que cambió las tornas contra las fuerzas blancas. Mientras tanto, los dirigentes bolcheviques instauraron un régimen de terror con el objetivo de erradicar a los opositores políticos internos y reforzar el poder del partido. El caos de la revolución, la guerra y las políticas agrícolas chapuceras sumieron a Rusia en 1921-1922 en una hambruna catastrófica que mató a otros dos millones de personas.²²
Además, las ondas expansivas de la Revolución bolchevique llegaron mucho más allá de las fronteras de Rusia. Los dirigentes bolcheviques insistían en que la suya era solo la primera de una serie de revoluciones que derribarían el orden político imperante en toda Europa y fuera de ella. Por su parte, los dirigentes anticomunistas de toda la región temían que el contagio revolucionario se extendiera. En mayo de 1920, las fuerzas polacas se dispusieron a invadir Ucrania en un intento por restaurar las fronteras orientales de su reino histórico. El ataque provocó una contraofensiva soviética que llevó al Ejército Rojo a las orillas del Vístula y amenazó a la propia Varsovia. Aunque las fuerzas polacas se recuperaron y salvaron la capital, la guerra avivó los temores a que la Revolución bolchevique se extendiera por toda Europa. En enero de 1919, el Times de Londres advirtió de que el «peligro del imperialismo bolchevique» era el problema más «urgente» al que se enfrentaba la conferencia de paz de Versalles. Desde 1789, ninguna revolución europea había amenazado tanto el statu quo de la zona. La retórica bolchevique, que elogiaba a Rusia como «la ciudadela de la revolución mundial», no hizo más que alimentar esos temores. Asimismo, la creación de la Internacional Comunista como organización encargada de difundir la revolución en el extranjero convenció a los dirigentes europeos de que Lenin y sus camaradas representaban un peligro existencial para el orden mundial en vigor.²³
Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, otra potencia emergente también amenazaba con desequilibrar el orden mundial, aunque por medios totalmente capitalistas. A principios del siglo XX, Estados Unidos había emergido como una apisonadora económica e industrial, un gigante dormido que amenazaba con dominar el mundo. La población estadounidense, de 130 millones de habitantes, superaba en número a las poblaciones de las metrópolis de Gran Bretaña y Francia juntas. A esto se añadía la población colonial de Estados Unidos, de casi dieciocho millones de habitantes, que en su mayoría vivían en Filipinas. Sin embargo, el verdadero poder de Estados Unidos no procedía de sus posesiones coloniales, sino de su peso económico. En 1938, el producto interior bruto de Estados Unidos ascendía a 800.000 millones de dólares; el Imperio británico ocupaba el segundo lugar con 688.000 millones de dólares; el PIB de Alemania era de 375.000 millones de dólares, el de Japón de 232.000 millones y el de Italia de 143.000 millones. Los estadounidenses ejercían su influencia económica mediante una estrategia de diplomacia de puertas abiertas. Los dirigentes estadounidenses llevaban generaciones trabajando para derribar las barreras económicas al comercio de sus productos y asegurarse mercados extranjeros. Cuando el país era una potencia relativamente débil en el escenario mundial, los esfuerzos estadounidenses por afianzarse en los mercados de ultramar habían sido una cuestión de simple supervivencia económica. Sin embargo, a medida que Estados Unidos se expandía por Norteamérica, abría puertos en el Atlántico y el Pacífico, y convertía su economía industrial en la mayor y más eficiente del mundo, la estrategia de puertas abiertas adquiría un tono totalmente diferente, de imperialismo de libre comercio. La Primera Guerra Mundial aceleró este proceso y convirtió a Estados Unidos en el mayor acreedor del mundo. En 1919 controlaba un imperio comercial y financiero enorme, aunque en gran medida invisible, que se extendía por todo el planeta.²⁴
Durante los años de entreguerras, Washington desempeñó un papel fundamental en el sistema internacional, a pesar de que los dirigentes estadounidenses eran reticentes a ejercer un liderazgo político directo. Los esfuerzos del presidente Woodrow Wilson por conseguir que Estados Unidos se comprometiera a largo plazo a mantener la seguridad colectiva a través de la Sociedad de Naciones fracasaron ante la oposición del Congreso, y muchos dirigentes estadounidenses esperaban retirarse de los asuntos mundiales tras la Primera Guerra Mundial. Pero ninguna medida de desvinculación diplomática podía contrarrestar la fuerza gravitatoria del poderío comercial, económico e industrial de Estados Unidos.²⁵
Además, en lugar de un auténtico aislamiento, los dirigentes estadounidenses buscaron una mayor implicación en los asuntos mundiales cuando y donde les convenía. Estados Unidos asumió un papel de liderazgo en el esfuerzo por asegurar a largo plazo la supremacía militar angloestadounidense en alta mar garantizando que el equilibrio de poder naval no se alterara. Mientras que el Tratado de Versalles había intentado paralizar el poder militar alemán y garantizar que los vencedores de la Primera Guerra Mundial mantuvieran la supremacía en Europa, el Tratado Naval de Washington de 1922 pretendía evitar una nueva carrera armamentista naval y asegurar el dominio estadounidense y británico sobre los mares. El tratado estableció la posesión de acorazados británicos, estadounidenses y japoneses en una proporción de 5-5-3. Italia y Francia recibieron una asignación inferior, de 1,75 cada una. Los términos del acuerdo también limitaban el número de portaviones permitidos a las principales potencias navales, y dieron de nuevo una ventaja decisiva a Gran Bretaña y Estados Unidos sobre potencias como Japón, Francia e Italia. Aunque los dirigentes estadounidenses y británicos anunciaron el tratado como un triunfo en los esfuerzos por bloquear una nueva y peligrosa carrera armamentista, a otros países les molestó un orden mundial posterior a 1919 que parecía diseñado para relegarlos a la condición de potencias de segunda clase.
Así, los años de entreguerras estuvieron marcados no por la estabilidad, sino por una sensación de cambio revolucionario y una creciente inquietud. Mientras el fantasma del bolchevismo adquiría forma en el este, las fuerzas colosales del capitalismo industrial estadounidense amenazaban con subsumir a Europa desde el oeste. Entretanto, los guardianes del orden de Versalles, Gran Bretaña y Francia, se dedicaban a sus aventuras imperiales en África, Asia y Oriente Medio. Aunque la Primera Guerra Mundial había terminado, las tensiones geopolíticas seguían siendo elevadas. El joven director de un periódico italiano llamado Benito Mussolini captó en 1918 ese sentimiento: «Toda la tierra tiembla. Todos los continentes están desgarrados por la misma crisis. No hay una sola parte del planeta […] que no sea sacudida por el ciclón. En la vieja Europa, los hombres desaparecen, los sistemas se desmoronan y las instituciones se derrumban». En los años siguientes, el joven director vio cómo Gran Bretaña y Francia expandían sus imperios mientras que Italia debía conformarse con escasas ganancias territoriales. En mayo de 1919 arremetió contra lo que consideraba una injusticia y pidió a sus compatriotas que reclamaran su destino imperial. «A Italia todavía no le ha llegado su hora, pero el destino decreta que seguramente le llegará […] [Italia] siente la irresistible atracción del Mediterráneo, que por sí mismo abrirá el camino hacia África. Una tradición de 2.000 años llama a Italia a las costas del continente negro, cuyas veneradas reliquias son recuerdos del Imperio romano.» En los años siguientes, estas ideas se endurecerían a medida que Mussolini y sus compañeros del Partido Nacional Fascista ganaban influencia. El líder fascista estaba decidido a rectificar los crímenes de Versalles si se hacía con el control de Italia. Como proclamó en diciembre de 1921: «¡O habrá una nueva guerra o se revisará el tratado!».²⁶
Mussolini no estaba solo. A lo largo de la década de 1920, un número cada vez mayor de dirigentes políticos y militares de toda Europa y Asia empezaron a trabajar para restablecer el orden en medio de ese caos y recuperar la idea de gloria nacional que sentían que habían perdido tras la Primera Guerra Mundial. Muchos de esos aspirantes a dirigentes, atraídos por políticas de extrema derecha, encontraron inspiración en los legados del imperio, las ideas de identidad racial, la glorificación de la violencia y el anticomunismo estridente. En un mundo asolado por revueltas revolucionarias y malestar social, estas fuerzas de derechas prometían el retorno a los valores tradicionales y al orgullo nacional.
En la noche del 27 de octubre de 1922, Mussolini, ahora jefe del Partido Nacional Fascista italiano, organizó su infame «marcha sobre Roma» al frente de 30.000 matones con camisas negras. El gobierno italiano, dividido y débil, se derrumbó ante la demostración de fuerza fascista. A finales de mes, Mussolini se había convertido en el nuevo primer ministro de Italia. Se dispuso rápidamente a crear un Estado autoritario eliminando a sus rivales y aplastando toda oposición a su liderazgo. Una vez conquistada Italia, Mussolini dirigió la mirada hacia el Mediterráneo
