Cuatro milagros de amor
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La obra comienza con una conversación entre Lucrecia y su escudero Gómez, que preparan la llegada de doña Ana e Inés. La tensión entre el deber y el deseo se establece rápidamente en los diálogos entre Lucrecia y doña Ana. Aunque Lucrecia es persuadida para considerar el matrimonio, ella misma ha experimentado los caprichos del amor y ha llegado a desconfiar de sus impulsos emocionales. Este conflicto interno se convierte en el motor que impulsa la obra hacia adelante.
Uno de los aspectos más notables de la obra es su habilidad para combinar la seriedad de los temas que aborda con un agudo sentido del humor. Gómez, el escudero, proporciona alivio cómico y también sirve como un observador perspicaz de los dilemas humanos. Sus comentarios, a menudo expresados de manera poética, añaden una capa adicional de complejidad a la obra.
La obra también destaca por su lenguaje, que es poético y profundamente humano. Mira de Amescua utiliza una variedad de recursos estilísticos para llevar a la vida las emociones y pensamientos de sus personajes. La elección del vocabulario y la estructura de las frases reflejan los cambios emocionales que los personajes experimentan, haciendo que el texto sea tan dinámico como la acción en el escenario.
Cuatro milagros de amor narra la eterna lucha entre el corazón y la mente, entre el deseo y el deber. Lucrecia se encuentra atrapada entre estos dos mundos, y su viaje emocional es un espejo a través del cual examinamos nuestras propias vulnerabilidades y fortalezas.
Esta es una obra rica y compleja que aborda temas universales a través de una poética barroca. Con personajes bien dibujados, diálogos agudos y una trama que equilibra la tensión emocional con momentos de alivio cómico, esta obra ofrece una visión profunda de las complejidades del amor humano. Es un testimonio de la habilidad de Mira de Amescua como dramaturgo y un valioso aporte a la literatura del Siglo de Oro.
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Cuatro milagros de amor - Antonio Mira de Amescua
Antonio Mira de Amescua
Cuatro milagros
de amor
Edición de Vern Williamson
Barcelona 2024
Linkgua-ediciones.com
Créditos
Título original: Cuatro milagros de amor.
© 2024, Red ediciones S.L.
e-mail: info@linkgua.com
Diseño de cubierta: Michel Mallard.
ISBN tapa dura: 978-84-1126-183-8.
ISBN rústica: 978-84-9816-075-8.
ISBN ebook: 978-84-9897-551-2
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.
Sumario
Créditos 4
Brevísima presentación 7
La vida 7
Personajes 8
Jornada primera 9
Jornada segunda 43
Jornada tercera 87
Libros a la carta 125
Brevísima presentación
La vida
Antonio Mira de Amescua (Guadix, Granada, c. 1574-1644). España.
De familia noble, estudió teología en Guadix y Granada, mezclando su sacerdocio con su dedicación a la literatura. Estuvo en Nápoles al servicio del conde de Lemos y luego vivió en Madrid, donde participó en justas poéticas y fiestas cortesanas.
Personajes
Alberto, tío de Lucrecia
Don Sancho de Mendoza
Don Juan
Don Fernando de Moncada
Capitán Alvarado
Gómez, escudero
Doña Ana de Meneses
Doña Lucrecia de Castro
Inés
Aldonza
Un Comendador, padre de Sancho
Jornada primera
(Salen Lucrecia, Gómez y Aldonza.)
Lucrecia Gómez, salga a recibir
a doña Ana; que ya ha entrado.
Gómez Mucho el alba ha madrugado.
Lucrecia ¿Siempre está para decir
impertinencias?
Gómez Señora,
¿cuándo ha sido impertinente
hablar poéticamente?
Lucrecia Siempre lo fue, y más agora.
Gómez Venga en buen hora el valor
que esta casa estima y precia.
(Salen doña Ana e Inés por otra puerta.)
Ana ¿Siempre está, doña Lucrecia,
vuestro escudero de humor?
Lucrecia No le puedo ir a la mano.
Gómez (Aparte.) (A la lengua ha de decir.)
Lucrecia ¿Me venís a persuadir
lo que otras veces?
Ana Si es sano
mi consejo, ¿no queréis,
amiga, que os persuada?
Mejor estaréis casada.
Hacienda y sangre tenéis,
juventud y gallardía.
Lucrecia, tomad estado.
Vuestro tío me ha enviado.
Lucrecia Doña Ana, en vano porfía
el consejo de mi tío.
Propóneme un caballero
a quien me incliné primero,
y usando de mi albedrío
le aborrecí y olvidé,
venciendo la inclinación
con la luz de la razón.
Ana Decid, ¿cómo?
Lucrecia Sí, diré.
Antes que el Sol madrugase
en las auroras de mayo,
cuidando de mi salud
muchas veces salí al campo,
y como suelen decir
que alienta sobre el blanco
cualquier color fácilmente.
aunque sea extraordinario,
yo llevaba en blanco el pecho,
sin amoroso cuidados;
y dispuesto a que el Amor
hiciese en él algún rasgo.
En Término de pintores,
llevaba el pecho imprimado
para que el Amor hiciese
algún dibujo gallardo.
Una, pues, de estas mañanas
entre las fuentes del Prado,
donde trepan los cristales
por columnas de alabastro,
airoso vi a un caballero
haciendo mal a un caballo,
tan fogoso que a no ser
repetido en los teatros,
dijera que era cometa,
o relámpago animado,
o que fue aborto del Betis,
ni bien bruto, ni bien rayo.
Pero esto es ya muy común.
Al dueño del bruto paso
y digo que era pintura
del joven Adonis cuando
fatigaba monte y fieras,
siendo también un retrato
del celoso Marte, al fin,
como de fuerza o de grado,
quiere Amor tener imperio
en los afectos humanos,
a mirarle me inclinó
curiosamente y despacio;
mas viendo que en el camino
nuestros ojos se encontraron,
discurrí; que el caballero
también estaba inclinado,
o que creyó que encubría
beldad rara el sutil manto.
Con unos mismos deseos
al Prado salimos ambos
otras mañanas, y en fin,
como a los ojos un sabio
llamó retóricas lenguas
porque mudos revelaron
al corazón los secretos
a que no se atrevió el labio,
en los suyos conocí
el regocijo y aplauso
con que miraba, diciendo:
«Mi dueño está enamorado.»
Viendo, pues, que mis antojos,
o ya ciegos o ya vanos,
me despeñaban, no quise
que amor creciese, triunfando
de mi albedrío, y aquí
se ofreció, doña Ana, un caso
que de mi pecho barrió
las amenazas y amagos
de amor, que aun no fueron flechas.
Vergüenza me da contarlo.
Para la huerta del Duque
traían seis toros bravos
por San Blas; y el alboroto
de la plebe iba causando
más temores
