El contrato social
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Jean-Jacques Rousseau
Jean-Jacques Rousseau (1712–1778) was one of the leading figures of the French Enlightenment. The author of popular novels such as Emile, or On Education (1762), he achieved immortality with the publication of philosophical treatises such as The Social Contract (1762) and A Discourse on Inequality (1754). His ideas would serve as the bedrock for leaders of both the American and French Revolutions.
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El contrato social - Jean-Jacques Rousseau
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LIBRO I
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Este pequeño tratado fue rescatado de una obra más extensa que abandoné hace mucho, pues la empecé sin saber si sería capaz de terminarla. De los múltiples fragmentos que pude recatar de aquello que escribí en esa obra extensa, lo que ofrezco aquí es lo más sustancial y, a mi parecer, lo que más vale la pena que se publique. Nada de lo demás lo es.
Planeo responder la siguiente pregunta: con los hombres como son y las leyes como podrían ser, ¿puede existir en el orden civil algún modo de administración seguro y legítimo? Al abordar esto, siempre trataré de unir lo que el derecho permite con lo que el interés exige, de modo que la justicia y la utilidad no se separen en ningún momento.
Comienzo esto sin probarles que el tema es importante. Tal vez quieran retarme: «así que quiere escribir de política. ¿Acaso es un príncipe o un legislador?». La respuesta es que no soy ni lo uno ni lo otro y por eso es que escribo sobre política. Si fuera un príncipe o un legislador, no perdería mi tiempo diciendo lo que debería hacerse. Solo lo haría o me quedaría callado.
Dado que nací como ciudadano de un Estado libre y soy miembro de su soberanía, mi derecho al voto hace que mi deber sea estudiar los asuntos públicos aunque mi voz tenga poca influencia sobre ellos. Afortunadamente, cuando pienso en los Gobiernos, ¡siempre descubro que mis indagaciones me dan nuevas razones para amar al Gobierno de mi propio país!
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CAPÍTULO I:
DEL TEMA DE ESTE PRIMER LIBRO
El hombre nace libre y en todas partes está encadenado. He aquí a alguien que se cree amo de los demás, pero que está más esclavizado que ellos. ¿Cómo se produjo este cambio? No lo sé. ¿Qué puede hacerlo legítimo? Esa es una pregunta que creo que puedo responder.
Si tuviera en cuenta solo la fuerza y lo que se puede hacer por medio de esta, diría:
—Mientras un pueblo se vea obligado a obedecer, hace bien en obedecer; tan pronto como pueda sacudirse el yugo, le conviene hacerlo. Si se cuestiona su derecho a ello, puede responder que recupera su libertad por el mismo «derecho», es decir, la fuerza que se le arrebató en primer lugar. Cualquier justificación para quitársela también justifica recuperarla, y si no hubo justificación para que se la arrebataran, entonces no se necesita justificación para tomarla de vuelta.
Pero el orden social no debe ser entendido por medio de la fuerza; es un derecho sagrado en el cual se basan el resto de los derechos. Pero no viene de la naturaleza, así que debe estar basado en acuerdos. Aunque, antes de llegar a eso, debo establecer la verdad de lo que he estado diciendo.
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CAPÍTULO II:
DE LAS PRIMERAS SOCIEDADES
La más antigua de las sociedades, y la única natural, es la sociedad de la familia. Y aun así, los hijos permanecen junto al padre solo mientras lo necesiten para su subsistencia. En cuanto cesa esta necesidad, la unión natural se disuelve. Los hijos, liberados de la obediencia que le deben al padre, y el padre, liberado del cuidado que le debe a sus hijos, regresan equitativamente a la independencia. Si se mantienen unidos, algo que no pasa de forma natural, sino voluntaria, la familia se mantiene solo por acuerdo.
Esta libertad común es resultado de la naturaleza del hombre. Su primera ley es proveer para su propia subsistencia, sus primeros cuidados son aquellos que se debe a sí mismo. Y en cuanto puede pensar por sí solo, él es el único juez de cómo cuidarse de una manera correcta, lo que lo convierte en su propio dueño.
La familia podría llamarse el modelo principal de las sociedades políticas. El mandatario es el padre y el pueblo son los hijos. Y todos ellos, mandatario, pueblo, padre e hijos, al haber nacido libres e iguales, no entregan su libertad sin recibir algo a cambio. La gran diferencia es que, en la familia, el cuidado que el padre les da a sus hijos se ve pagado por su amor hacia ellos, mientras que, en el Estado, el cuidado del mandatario hacia el pueblo no queda pagado por el amor al pueblo (¡que no siente!), sino por el placer de estar a cargo.
Grocio niega que todo el poder humano se establezca en favor de los gobernados y cita la esclavitud como un contraejemplo. Su método habitual de razonamiento consiste en establecer el derecho a partir del hecho, es decir, sacar conclusiones sobre lo que debería ser a partir de premisas sobre lo que es. No es el más lógico de los patrones argumentativos, pero es el más favorable para los tiranos.
A lo largo de su libro, Grocio parece favorecer, al igual que Hobbes, la tesis de que la especie humana está dividida en muchos rebaños de ganado, cada uno con un gobernante que los vigila con el fin de devorárselos.
Filón dice que el emperador Calígula explicaba que así como un pastor tiene una naturaleza superior a la de su rebaño, los pastores de los hombres, es decir, sus gobernantes, también tienen una naturaleza superior a la de los pueblos que están bajo su mando, de lo cual infirió, con bastante lógica, que bien los reyes eran dioses o bien los hombres eran bestias.
Este razonamiento de Calígula está a la par de los de Hobbes y Grocio. Aristóteles, antes de cualquiera de ellos, había dicho que los hombres no son iguales por naturaleza, pues algunos nacieron para ser esclavos y otros para ser comandantes.
Aristóteles tenía razón, pero confundió el efecto con la causa. Todo hombre nacido en la esclavitud nació para ser esclavo. No hay nada más cierto que eso. Los esclavos pierden todo entre sus cadenas, incluso el deseo de escapar de estas. Aman su servitud, así como los camaradas de Ulises amaban su condición brutal cuando la diosa Circe los convirtió en cerdos. Así que si hay esclavos por naturaleza es porque ha habido esclavos en contra de la naturaleza. La fuerza hizo a los primeros esclavos y su cobardía los mantuvo así.
No he mencionado nada sobre el rey Adán o sobre el emperador Noé, el padre de tres grandes monarcas que compartían el universo (como los hijos de Saturno, a quienes algunos escolares hay reconocido en ellos). Espero que me den el crédito correspondiente por mi moderación. Como descendiente directo de uno de estos príncipes (tal vez de la rama más vieja), ¡no sé si una verificación de títulos me mostrara como el legítimo rey de la raza humana! De todas formas, Adán era sin lugar a dudas el soberano del mundo, como Robinson Crusoe lo era de su isla siempre y cuando él fuera su único habitante. Y este imperio tenía la ventaja de que el monarca, seguro en su trono, no tenía nada que temer de rebeliones, guerras y conspiraciones.
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CAPÍTULO III:
DEL DERECHO DEL MÁS FUERTE
El más fuerte nunca es lo bastante fuerte como para ser siempre el dueño a menos que transforme la fuerza en derecho y la obediencia en deber. De ahí «el derecho del más fuerte», una frase que uno pensaría que es ironía, pero en realidad está expuesta como una verdad básica. Pero ¿acaso nadie va a explicar esta frase? La fuerza es poder físico, así que no veo cuál es el efecto moral que puede tener. Darle paso a la fuerza es algo que se debe hacer, no algo que se escoge. O, si insiste en que hay decisiones involucradas, es, como mucho, un acto de prudencia. ¿En qué sentido puede ser un deber?
Suponga por un momento que este supuesto «derecho del más fuerte» existe. Sostengo que de aquí no saldremos con más que un montón de tonterías inexplicables. Si la fuerza hace el derecho, entonces, si cambia la fuerza, cambia el derecho (¡los efectos cambian cuando las causas cambian!), así que cuando una fuerza supera a otra, hay un cambio correspondiente en lo que está bien. El momento en el que se vuelve posible desobedecer con impunidad, se vuelve posible desobedecer legítimamente. Y como los más fuertes siempre están en su derecho, lo único que importa es trabajar para volverse más fuerte. Ahora, ¿qué tipo de derecho es aquel que perece cuando la fuerza falla? Si la fuerza nos hace obedecer, no podemos estar moralmente obligados a obedecer, y si la fuerza no nos hace obedecer, entonces, en la teoría que estamos examinando, no estamos en la obligación de hacerlo. Está claro que la palabra «derecho» no le agrega nada a la fuerza. En este contexto, no significa nada.
«Obedézcales a los poderes que mandan». Si esto significa rendirse ante la fuerza, es un buen precepto, pero superfluo: ¡garantizo que nunca lo violarán! Admito que todo el poder viene de Dios, pero también todas las enfermedades. Entonces, ¿tenemos prohibido llamar a un doctor? Un ladrón me enfrenta al borde del bosque y me veo obligado a entregarle mi dinero, pero, incluso si pudiera mantener mi dinero, ¿estoy obligado por lo moral a entregarlo? Después de todo, la pistola que tiene también es una forma de poder.
Entonces, permitámonos estar de acuerdo en que la fuerza no crea derecho y que los poderes legítimos son los únicos que estamos obligados a obedecer. Lo que nos trae de nuevo a mi pregunta original.
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CAPÍTULO IV:
DE LA ESCLAVITUD
Dado que ningún hombre tiene una autoridad natural sobre sus compañeros y que la fuerza no crea derecho, nos quedan los acuerdos como base de toda autoridad legítima entre los hombres. Como dice Grocio: «si un individuo puede enajenar su libertad y hacerse esclavo de un amo, ¿por qué un pueblo entero no podría enajenar su libertad y hacerse súbdito de un rey?».
Esto contiene varias palabras ambiguas que necesitan explicación, pero quedémonos con «enajenar». Enajenar algo significa entregarlo o venderlo. Ahora, un hombre que se convierte en esclavo de otro no se entrega a sí mismo; se vende a sí mismo al precio más bajo de su subsistencia.
Pero cuando una persona se vende a sí misma, ¿qué precio se paga? No el de su subsistencia. Lejos de proveer a sus súbditos con su subsistencia, el rey obtiene su propia subsistencia de ellos. Entonces, ¿los súbditos se entregan bajo la condición de que el rey también les quite sus bienes? No logro ver qué es lo que les queda por preservar.
Podría decirse que «el déspota garantiza la paz cívica en el Estado». Concedido, pero ¿qué ganan las personas si las guerras que su ambición les impone, su insaciable codicia y los atropellos de sus ministros les traen más miseria de la que habrían sufrido a causa de sus propias disensiones si no se hubiera establecido una monarquía? ¿Qué ganan si esta paz es una de sus miserias? Se puede vivir en paz en un calabozo, pero ¿eso hace que sea una buena vida? Los griegos que estaban prisioneros en la cueva del Cíclope vivieron ahí en paz, esperando su turno para que se los comiera.
Decir que un hombre se entrega libremente a otro, es decir, que se entrega por completo, es decir algo absurdo e inconcebible. Un acto así es nulo e ilegítimo solo porque quien lo realiza ha perdido la razón. Decir lo mismo de todo un pueblo es suponer que es un pueblo de locos, y la locura no crea ningún derecho.
Incluso si cada hombre se pudiera enajenar a sí mismo, no podría enajenar a sus hijos. Nacen hombres y nacen libres. Sus libertades les pertenecen a ellos y nadie más tiene el derecho de disponer de estas. Mientras son muy jóvenes para decidir por sí mismos, el padre puede, en nombre de ellos, establecer condiciones para su preservación y bienestar, pero no puede hacer un uso irrevocable e incondicional de estas.
Un regalo así es contrario a los fines de la naturaleza y excede los derechos paternales. Así que un Gobierno arbitrario no podría ser legítimo a menos que en cada generación el populacho fuera el dueño que estuviera en posición de aceptarlo o rechazarlo, pero, entonces, ¡el Gobierno ya no sería arbitrario!
Renunciar a la libertad propia es renunciar a su estatus como hombre, a sus derechos como ser humano e incluso a sus deberes como ser humano. No puede haber ningún tipo de compensación para alguien que renuncia a todo. Tal renuncia es incompatible con la naturaleza del hombre, pues remover toda libertad de su voluntad es remover toda moralidad de sus acciones.
Finalmente, un «acuerdo» en el que un lado tiene autoridad absoluta y el otro obediencia ilimitada… ¡qué acuerdo tan vacío y contradictorio tendría que ser! ¿No está claro que si tenemos derecho a quitarle todo a una persona, no podemos tener ninguna obligación hacia ella? ¿Y no es ese hecho por sí solo (el hecho de que no hay equivalencia, nada que intercambiar entre ambas partes) suficiente para anular el «acuerdo»? ¿Qué derecho podría tener mi esclavo contra mí? Todo lo que él tiene es mío. Su derecho es mío y no tiene sentido hablar de un derecho en mi contra.
Grocio y compañía citan la guerra como otra fuente del llamado derecho de esclavitud. Como el ganador (según ellos) tiene el derecho de matar al perdedor, este último puede comprar su
