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La iglesia apostólica: Restaurando la misión de Dios en la tierra
La iglesia apostólica: Restaurando la misión de Dios en la tierra
La iglesia apostólica: Restaurando la misión de Dios en la tierra
Libro electrónico213 páginas2 horas

La iglesia apostólica: Restaurando la misión de Dios en la tierra

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Información de este libro electrónico

En un tiempo donde muchos han reducido la iglesia a un edificio o una reunión semanal, este libro llama al regreso al diseño original de Dios: una iglesia viva, apostólica, llena del poder del Espíritu Santo y comprometida con transformar el mundo.

Esteban Arispe Martínez, pastor y mentor de líderes con más de 15 años de experiencia, nos lleva en un recorrido bíblico y práctico que confronta, inspira y equipa a todo creyente para restaurar la misión de Dios en la tierra.

Con un enfoque claro en el discipulado, la autoridad espiritual, el poder del Espíritu Santo y la transformación cultural, este libro no es solo para pastores, sino para todo aquel que desea ser parte del mover apostólico de estos tiempos.

IdiomaEspañol
EditorialPastor Esteban Arispe
Fecha de lanzamiento9 jul 2025
ISBN9798231374045
La iglesia apostólica: Restaurando la misión de Dios en la tierra
Autor

Pastor Esteban Arispe

Esteban Arispe Martínez es pastor y maestro de la Palabra con más de 15 años de experiencia en el ministerio cristiano. Actualmente sirve como pastor en la ciudad de Cartago, Costa Rica, dentro de la Iglesia Pentecostal Unida de Costa Rica (IPUCR), donde lidera con una profunda pasión por la formación de discípulos y la restauración del modelo bíblico de la iglesia. Es autor, mentor y conferencista con una visión apostólica clara: levantar una iglesia activa, llena del Espíritu Santo y comprometida con transformar su entorno desde adentro hacia afuera. Su enfoque está en el desarrollo integral del creyente, la cultura del Reino, y la implementación de estrategias que produzcan un impacto social real. Esteban también es creador de contenidos, predicador en medios digitales y está comprometido con formar líderes que abracen el llamado de Dios y multipliquen discípulos en todas las naciones

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    La iglesia apostólica - Pastor Esteban Arispe

    Dedicatoria

    A mi amado Señor Jesucristo, quien me llamó a servir en su obra y me ha dado la gracia para caminar en su propósito. A Él sea toda la gloria, porque sin su Espíritu guiando cada paso, este libro no sería posible.

    A mi esposa, Evelyn García, por ser mi compañera fiel en el ministerio y en la vida. Su amor, apoyo incondicional y fe han sido un pilar fundamental en este camino. Gracias por creer en esta visión y por ser una inspiración constante.

    A mi equipo de trabajo, quienes han caminado conmigo en la misión de establecer el Reino de Dios en la tierra. Su esfuerzo, entrega y pasión por la obra del Señor han sido clave para hacer realidad lo que parecía imposible. Este libro también es fruto de su dedicación.

    A la iglesia del Señor, especialmente a aquellos que desean vivir un cristianismo activo y transformador. Que este libro sea un desafío y una inspiración para caminar en la verdadera misión apostólica, llevando la manifestación del Reino de Dios a las naciones.

    Con gratitud y amor,

    Esteban Arispe

    ​Introducción

    Mientras meditaba en la parábola de las diez minas, el Espíritu Santo me llevó a ver esta historia en tres etapas que reflejan el llamado de la Iglesia a cumplir con su misión apostólica. Jesús, el noble que se marcha a un país lejano para recibir un reino, nos ha dejado un encargo: administrar fielmente los recursos del Reino para cumplir su voluntad en la tierra. Su deseo es que su Evangelio sea llevado hasta lo último de la tierra y, para ello, nos ha provisto de todo lo necesario para lograrlo.

    La primera etapa es el momento en que el noble encomienda a sus siervos los recursos para negociar en su ausencia. Esta representa el momento en que Jesús delegó a la Iglesia la misión de evangelizar a las naciones. Pero no nos dejó desamparados ni sin herramientas; por el contrario, nos equipó con poder y recursos. El inicio de esta gran tarea se marca con el derramamiento del Espíritu Santo en Pentecostés. En ese momento, la Iglesia recibió la capacidad sobrenatural para caminar como Jesús caminó, con la misma autoridad y manifestando su Reino en la tierra. No solo fuimos llamados a predicar, sino a vivir demostrando el poder del Evangelio, tal como Jesús lo dijo: Y mayores cosas haréis (Juan 14:12).

    Es en esta segunda etapa, en la que actualmente nos encontramos, que quiero centrar este libro. La Iglesia de Cristo no está llamada a un estado de pasividad, sino a un movimiento activo y dinámico que transforma naciones. La labor apostólica no es solo para unos pocos, sino para todos aquellos que han recibido la Gran Comisión. Sin embargo, hemos caído en la trampa del conformismo, en la idea de que el Reino avanza solo dentro de los templos, cuando en realidad debe invadir cada rincón de nuestras ciudades.

    Este libro es un llamado a la acción, un desafío para que despertemos y asumamos nuestra responsabilidad con un verdadero sentido apostólico. La Iglesia que Jesús estableció no era una institución estática, sino un movimiento vivo que revolucionó el mundo. Así debe ser en nuestros días: una Iglesia que transforme ciudades enteras, que impacte sociedades, que imponga la cultura del Reino sobre los sistemas del mundo. Esto puede parecer una tarea imposible, pero el Dios de lo imposible está con nosotros, y si caminamos en obediencia y fe, veremos grandes cosas suceder.

    Finalmente, llegamos a la tercera etapa de la parábola: el regreso del Rey y la recompensa para aquellos que fueron fieles en su encomienda. Vendrá el día en que Jesús regrese por su Iglesia y cada uno de nosotros será llamado a rendir cuentas por lo que hicimos con lo que nos fue confiado. Algunos recibirán autoridad sobre ciudades, mientras que otros se verán avergonzados por su negligencia. No podemos darnos el lujo de ser siervos inactivos; debemos actuar con urgencia y determinación, sabiendo que lo que hacemos hoy tendrá un eco en la eternidad.

    Que este libro sea una herramienta para despertar corazones, para encender el fuego apostólico en quienes desean ver el Reino de Dios manifestado en la tierra. Que nos desafíe a ser una Iglesia viva, relevante y activa, que no se conforma con simplemente existir, sino que transforma el mundo a su alrededor. La pregunta no es si Dios quiere hacerlo; la pregunta es si nosotros estamos dispuestos a asumir el llamado y llevar a cabo la misión que nos fue encomendada.

    ​Capítulo 1

    ​El Propósito Original de la Iglesia

    A lo largo de la historia, la iglesia ha atravesado diferentes etapas, algunas gloriosas y llenas de avivamiento, y otras donde el verdadero sentido de su existencia se ha ido perdiendo. Hoy, cuando observamos la iglesia moderna, vemos muchas estructuras, programas y costumbres que han sido heredadas de generaciones pasadas, pero nos preguntamos: ¿estamos realmente cumpliendo con el propósito original que Dios diseñó para su Iglesia?

    Un cambio en el rumbo de la Iglesia

    El desvío de la iglesia comenzó alrededor del año 300 d.C., cuando bajo el dominio del emperador Constantino, la iglesia tomó un giro radical. Fue en este periodo cuando el cristianismo pasó de ser un movimiento vivo y poderoso a una institución regulada por el estado. Se establecieron normas, templos oficiales y una estructura jerárquica que poco a poco fue apagando la esencia apostólica con la que la iglesia había sido fundada.

    Uno de los cambios más drásticos fue prohibir las reuniones en casas, sustituyéndolas por templos oficiales. La iglesia primitiva se reunía en los hogares, compartía el pan, oraba con fervor y se movía en el poder del Espíritu Santo. Sin embargo, con la institucionalización, se establecieron templos como el único lugar de culto y se implementaron liturgias estrictas que poco a poco apagaron la espontaneidad del mover de Dios.

    Además, se prohibió que las Escrituras fueran interpretadas por cualquier persona que no fuera parte del clero. La misa se realizaba en latín, un idioma que la mayoría de los creyentes no entendía, lo que significaba que el pueblo dependía completamente de la interpretación de los sacerdotes. Esto creó un abismo entre los líderes religiosos y el pueblo, impidiendo que cada creyente tuviera un encuentro personal con la Palabra de Dios. Este periodo de oscuridad espiritual se extendió por siglos y es conocido como la Edad del Oscurantismo.

    La Reforma y el inicio del despertar

    Fue hasta la Reforma Protestante que la iglesia comenzó a recuperar parte de su esencia. Hombres como Martín Lutero se levantaron con valentía para desafiar las estructuras que mantenían al pueblo en ignorancia y esclavitud espiritual. Se tradujo la Biblia a los idiomas del pueblo, se predicó el evangelio de la gracia y se restauró la fe en Jesús como el único mediador entre Dios y los hombres.

    Sin embargo, aunque la Reforma trajo una renovación, muchas iglesias aún conservan el viejo modelo de Constantino. Siglos han pasado, pero seguimos viendo una iglesia donde la mayoría de los creyentes son espectadores y no participantes activos en la expansión del Reino de Dios. Se ha conservado una mentalidad religiosa donde la iglesia se ve como un edificio y no como el cuerpo vivo de Cristo en la tierra.

    Regresando al modelo apostólico

    Es hora de que la iglesia regrese a su propósito original. No estamos llamados a ser una institución estancada, sino un movimiento imparable que transforma ciudades y naciones. El evangelio no puede limitarse a cuatro paredes, sino que debe llevarse a las calles, a los hogares y a todos los rincones del mundo.

    Jesús no nos llamó a ser simples asistentes a cultos dominicales; nos llamó a ser embajadores de su Reino. Nos dio el poder del Espíritu Santo para caminar como Él caminó y hacer las obras que Él hizo. La iglesia primitiva creció exponencialmente porque cada creyente entendía que era un ministro de Cristo, llevando el mensaje de salvación a todos los que encontraba en su camino.

    Hoy, Dios nos está llamando a despertar y recuperar nuestra identidad apostólica. No podemos seguir operando en un sistema religioso que limita el mover de Dios. Es tiempo de activar a cada creyente, de salir de la comodidad de los templos y de llevar la presencia de Dios a cada esfera de la sociedad.

    En este libro exploraremos cómo restaurar el verdadero sentido apostólico de la iglesia, cómo empoderar a cada creyente para que camine en su llamado y cómo transformar ciudades enteras con el poder del evangelio. La iglesia no está diseñada para la pasividad, sino para avanzar en autoridad y poder. ¡Es hora de levantarnos y traer el Reino de Dios a nuestra generación!

    ​La Misión de Jesús y la Comisión a sus Discípulos

    Hoy en día, muchas iglesias han adoptado una cultura de comodidad y entretenimiento. Nos hemos acostumbrado a ver la iglesia como un lugar al que simplemente asistimos, un sitio donde cumplimos con una rutina religiosa, sin darnos cuenta de que hemos sido llamados a algo mucho más grande. La iglesia no es un club social ni un evento semanal al que asistimos por costumbre; es un centro de entrenamiento espiritual, un lugar donde somos equipados para salir y cumplir la gran comisión.

    Jesús no vino al mundo a establecer un sistema de tradiciones vacías o programas sin sentido. Su propósito fue claro: Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo (1 Juan 3:8). Desde su ministerio hasta su sacrificio en la cruz, Jesús cumplió cada profecía, incluyendo Isaías 53, que anunciaba su sufrimiento y victoria. Él conquistó la muerte para darnos vida, y no cualquier vida, sino una vida llena de poder y autoridad en su nombre.

    Ahora, como seguidores de Cristo, hemos sido comisionados para continuar su obra en la tierra. La gran comisión no fue una sugerencia, sino un mandato: Id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado (Mateo 28:19-20). Jesús no nos mandó a llenar templos, sino a formar discípulos y transformar corazones con el poder del evangelio. No se nos llamó a entretener a la gente, sino a formar verdaderos guerreros del reino.

    Jesús dejó claro cuál es nuestra responsabilidad: predicar el evangelio, bautizar a los que crean, hacer discípulos y enseñarles a obedecer todo lo que él nos enseñó. Pero no solo eso, también nos dio la autoridad para manifestar el Reino con poder. En Marcos 16:17-18, Jesús dijo que los que creen en su nombre echarán fuera demonios, hablarán nuevas lenguas, pondrán las manos sobre los enfermos y estos sanarán. Esta no es una promesa exclusiva para unos pocos; es la norma de vida para todo aquel que ha nacido de nuevo.

    Si la iglesia pierde de vista esta misión, se convierte en un organismo inerte. Muchas congregaciones han cambiado la oración por los programas, la evangelización por la organización, el fuego del Espíritu por un espectáculo de luces y música. Esto no quiere decir que la excelencia en la organización sea mala, pero si reemplazamos la presencia de Dios por estructuras humanas, hemos perdido el rumbo.

    Es tiempo de volver a la esencia de la iglesia apostólica, aquella que no solo se reunía en los templos, sino que también se movía de casa en casa, predicando con poder y autoridad. Es tiempo de salir de las cuatro paredes y llevar el evangelio con denuedo, con valentía, sin temor ni restricciones. La iglesia no está llamada a ser un refugio de comodidad, sino un cuartel de entrenamiento para el avivamiento.

    ​El Reino de Dios: más que una doctrina, una misión activa

    Hoy en día, existen muchos teólogos que exponen de manera impresionante las doctrinas bíblicas, y hay grandes hombres y mujeres que pueden hablar mejor que yo sobre las doctrinas fundamentales de la fe cristiana, el nuevo nacimiento, el bautizo en el nombre de Jesús según el método apostólico registrado en el libro de los Hechos, y todas las enseñanzas que concuerdan perfectamente con las prácticas de la iglesia primitiva, con el Nuevo Testamento y con la totalidad de las Escrituras. Sin embargo, mi propósito en este capítulo no es profundizar en estas doctrinas, ya que muchas veces hemos escuchado estas enseñanzas de manera correcta. Quiero centrarme en un aspecto que se está perdiendo en la iglesia moderna: la misión activa.

    ¿Qué quiero decir con misión activa? Me refiero a la ejecución práctica de la palabra de Dios en el contexto cotidiano. No basta con hablar de la teoría del evangelio, necesitamos llevarlo a la práctica, ejecutarlo de una manera palpable, de tal forma que pueda ser comprendido y vivido por todos.

    Jesús, en su caminar aquí en la tierra, no vino simplemente para ser predicado; vino para enseñarnos a vivir y actuar de acuerdo con los principios del Reino de Dios. Y el Reino no es sólo una doctrina

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