La literatura en la sociedad (de)sacralizada
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La literatura en la sociedad (de)sacralizada - Juan Carlos Rodríguez
Akal / Cuestiones de antagonismo / 130
Juan Carlos Rodríguez
La literatura en la sociedad (de)sacralizada (siglo XVII)
Edición: Juan A. Hernández García
La literatura y la norma literaria no surgen de la nada, como por ensalmo, ni tampoco son eternas, sino que responden a una «matriz» social, económica e ideológica específica, anclada en la historia, cuyas condiciones se inscriben en las formaciones sociales «modernas» o «burguesas» en sentido general. A estudiar la subjetividad burguesa que estos discursos literarios (re)producen consagró Juan Carlos Rodríguez buena parte de sus investigaciones.
En esta línea, en varias ocasiones a lo largo de los años, Juan Carlos Rodríguez dio noticia de la existencia de unas páginas en las que venía trabajando, consagradas a la literatura del siglo XVII (a Góngora y Quevedo, a Cervantes, a Lope y Calderón), y de su escritura y reescritura durante tres décadas al menos, entre 1974 y 2004. Tales páginas han sido ahora exhumadas y minuciosamente anotadas por Juan Antonio Hernández para fijar un texto que es, a todas luces, el más relevante de los libros que Juan Carlos Rodríguez dejó inéditos a su muerte.
Juan Carlos Rodríguez (1942-2016) fue catedrático de Literatura Española en la Universidad de Granada y un pensador marxista de singular calado, cuya obra ensayística es capital para entender la construcción ideológica de la literatura y su radical historicidad. Autor de una vasta obra teórica desde la seminal Teoría e historia de la producción ideológica. Las primeras literaturas burguesas (siglo XVI) (1974 y ³2017), en Ediciones Akal también han aparecido Lorca y el sentido. Un inconsciente para una historia (1994), Introducción al estudio de la literatura hispanoamericana (1987 y ³2005, con Álvaro Salvador), De qué hablamos cuando hablamos de marxismo (Teoría, literatura y realidad histórica) (2013) y, póstumamente, Freud: la escritura, la literatura (inconsciente ideológico e inconsciente libidinal) (2022).
Diseño interior y cubierta: RAG
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@AkalEditor
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ISBN: 978-84-460-5633-1
Nota a la edición
Juan A. Hernández García
No estaba escrito,
pero abrazamos la intemperie
peculiar
del peregrino que ya somos,
Ángeles Mora
1.— Historial de un libro. Juan Carlos Rodríguez, en varias ocasiones a lo largo de los años, dio noticia de la existencia de estas páginas –inéditas hasta ahora–, y de su escritura y reescritura durante, al menos, el periodo comprendido entre 1974 y 2004: desde aquellos primeros folios mecanografiados (con abundantes tachaduras y cambios posteriores), pasando por el «eje» determinante de su re-escritura en 1989 y 1992 (para la segunda y tercera parte de este libro), finales de los 90 (para su cuarta parte) y primer quinquenio del 2000 (para su primera parte), hasta los ficheros informáticos fechados en 2002 y 2004. Estos «materiales», junto con los restantes que iremos detallando de manera concisa a lo largo de esta «Nota» (en su totalidad conservados en el «Archivo JCR»), se han comparado, estudiado y anotado para fijar el texto que aquí se edita.
Sin embargo, todo comenzó a finales de 1971. Tras la defensa de su tesis doctoral en noviembre de ese año[1], tal como nos relata en una entrevista:
Para que se me entienda de lo que voy a hablar: en la España del franquismo final, se hablaba mucho del s. XVI, XVII, porque era la España imperial, entonces pensé, voy a escribir sobre el s. XVII y voy a escribir otra historia de lo que es el s. XVII. Me volví a encerrar otro par de años, contando ya con la formación teórica que yo había adquirido al escribir mi Tesis. Y más tarde lo publiqué […] yo tenía una idea clarísima: casi todo lo que nos habían explicado tantas y tantas veces sobre el s. XVI y XVII español, era mentira. Y lo que me planteaba muy seriamente era que allí había valores, cuestiones muy importantes que elucidar, cuestiones fundamentales. No es que yo tuviera nada en contra del s. XVI y XVII, se verifica en La literatura del Pobre (y voy a publicar otro libro sobre Góngora), lo que ocurre es que no me gustaba cómo se planteaban[2].
Así, a continuación, las menciones a este «libro» –en otras publicaciones del autor– se han ido desgranando en años sucesivos, con diversa información sobre su estado de escritura: ya sea en 1974 (momento en que se informaba de su previa aparición en la misma editorial Akal, formando parte de la Serie Teoría e historia de la producción ideológica: «(Akal, Madrid, 1974)», siendo el segundo volumen de esta Serie); en 1994 (cuando se indica: «en preparación»); en 2000 (señala: «de próxima aparición»); en 2001 (nos cuenta: «un estudio más amplio que también hace años que preparo sobre las literaturas sacralizadas del siglo XVII»), o en 2014 (escribe: «mi libro tan largamente trabajado sobre Góngora y Quevedo, ya sabes, La literatura en las sociedades resacralizadas»[3]), a las que se sumarían otras referencias indirectas durante ese mismo periodo.
En todo caso, podemos seguir y ampliar el «rastro» de este estudio literario e histórico –sus caminos que se disipan y bifurcan, las «transformaciones» en su ordenación–, complementando el apunte cronológico del párrafo anterior; pues, a finales de la década de 1970, con sus «propuestas», en su presentación de la «Memoria» para una Cátedra universitaria, solicitaba al tribunal:
Es esta serie lo que aquí planteo en serio y por lo que me gustaría que se me juzgara y sobre lo que me gustaría discutir críticamente con ustedes. Los 4 tomos que les entrego, el publicado y los 3 en prensa (todos ellos rondando las 500 pgs.) tienen los siguientes títulos:
– Las primeras lit.[eraturas burguesas] (XVI)
– Las lit.[eraturas] sacralizadas (XVI-XVII)
– El Estado y el teatro (XVII)
– La formación… (XX)
En principio se pensó en 4 vols. Ahora serán 6 = uno Feudalismo y otro Ilustración/Romanticismo. Un capítulo de este último ya lo di por anticipado y hablaré a continuación de él[4].
También, en ese mismo momento «transicional», redacta unas extensas respuestas para una «entrevista» –casi con total seguridad inédita– que es posible situar alrededor de los años 1978-1979 (por algunas «cuestiones» planteadas en su interior) y que se encuentra manuscrita a lo largo de diecisiete folios, todos a tinta roja. En los dos primeros, distingue entre su actividad «nocturna» (política) y «diurna» (profesional), informándonos:
Luego estaba mi actividad «diurna», mi trabajo profesional por decirlo también de algún modo. ¿Mi actividad diaria hoy? Pues bueno, es la conclusión del ciclo «Teoría e historia de la producción ideológica», cuyo segundo tomo acabo hace muy poco de terminar. Lleva por título «La literatura del pobre» y prácticamente es una continuación del primero. O sea, se refiere de nuevo a la época de transición en Europa –y en concreto en España– o los siglos XVI y XVII, solo que en vez de estar casi exclusivamente dedicado a la poesía está casi exclusivamente dedicado a la prosa: La Celestina, Aretino, La lozana andaluza, los diversos Pícaros (incluso Descartes y el comienzo de la prosa racionalista).
Creo que terminaré muy pronto los dos volúmenes restantes, aunque nunca se sabe, porque yo escribo muy lentamente y con una extraña manía por el rigor, así que no sé. El 3.o volumen es un análisis de las transformaciones sufridas por el teatro (moderno) desde que nace en el siglo XVI hasta hoy. El 4.o volumen es un análisis similar de la poesía en el mismo sentido.
Y, más adelante, puntualiza con brevedad la recepción que ha recibido la publicación de su primer libro –en 1975–; pero, aunque comenta y distingue tres ámbitos (académico/periodístico/underground), apenas nos da información de esa coyuntura ni de las «polémicas» que surgieron en aquellos años[5]:
A tres años vista, creo que no puedo quejarme del resultado. El libro no solo «pegó» fuerte en los círculos académicos[6] más serios (desde Lázaro Carreter a Paco Rico, por ejemplo), sino incluso a niveles periodísticos (valga esto como homenaje al lastimosamente desaparecido Gustavo Fabra[7]: el mejor lector que tuve entonces, el que mejor supo leer mi libro y el que más me animó; una de esas pocas personas honestas y limpias con que uno puede encontrarse en la vida: ¡y tuvo que morirse de aquella manera tan desgraciada!). E incluso a niveles underground: bueno, algo así como nosotros, o como Cardín[8] en Barcelona, con su extraordinaria «Revista de Literatura».
O, ya a final de siglo, en una carta dirigida a Juan M. Caamaño (fechada el «24 de enero de 1999»), en la que, en respuesta a los «datos que me pedías para la idea de hacer una tesis doctoral sobre mi obra»[9], detalla:
… y pienso concluir La literatura en las sociedades sacralizadas, que aparece citado «en prensa»[10] en Teoría e historia y al que por fin parece que le he dado su forma final (e incluso tengo ya editorial). Me faltan las notas y algunos detalles bibliográficos: ya sabes lo pesado que es eso…
Y, en fecha próxima a la anterior, en otro documento, en esta ocasión manuscrito y también inédito («Por el camino de Marx»), detalla y fija no solo la estructura general con la que editamos este libro sino, también, el estado de la cuestión sobre el mismo, reiterando la dedicación sostenida a esta investigación y a su escritura, y califica este conjunto –Serie– de «trilogía», estableciendo el siguiente orden: 1) Teoría e historia de la producción ideológica. Las primeras literaturas burguesas (s. XVI); 2) La literatura del pobre y 3) La literatura en la sociedad (de)sacralizada (s. XVII).
Situación en la que, definitivamente, permanecerían estas páginas, en esta versión última, que puede concretarse, con innegable certidumbre, a finales de la primera mitad de la década de dos mil; tanto por sus ficheros informáticos (2002 y 2004) como por sus apuntes manuscritos añadidos en las copias de 1989-1992, y además por las posteriores correcciones, unos diez años tras aquellas, en las páginas dedicadas al teatro del siglo XVII.
Así, de manera «esquemática», podrían establecerse varios puntos que «hilen» las observaciones de Juan Carlos Rodríguez, a lo largo de ese tiempo y en los textos citados, para fundamentar unas mínimas hipótesis verificables sobre este estudio y las «fases» en que se desarrolló: 1) en su ordenación y distribución, existe una clara identidad entre el primer tomo y el libro que aquí se edita: uno y otro se inician, en su primera parte, con distintas aproximaciones histórico-teóricas, ya sea el estudio del «ataque» del animismo al sustancialismo (y el establecimiento de las «matrices ideológicas» que se articulan con sus variantes, producidas en el interior de cada una de ellas); o ya sea, como ahora, el análisis de la «socialización literaria» en la hegemonía sacralizadora (o el sustancialismo), para continuar con el estudio histórico de la producción literaria de autores como Garcilaso, Fray Luis o Herrera, y ahora de Góngora, Gracián, Quevedo o Lope de Vega; 2) la «posición» de este libro, en el orden interior de esta «Serie», bajo el título en común ya citado en varias ocasiones, ha fluctuado entre el segundo, el tercero e incluso el cuarto de sus volúmenes; y 3) asimismo, el contenido «interno» de los tomos siguientes, en las distintas descripciones de Juan Carlos Rodríguez, sufre varios cambios, dado que se trasladan del límite temporal fijado en los siglos XVI-XVII a un tiempo extendido entre el siglo XVI y el «hasta hoy» (siglo XX), lo que daría lugar a dos «proyectos» editoriales muy disímiles.
Todo lo anterior, por otra parte, es posible ampliarlo con otros «eslabones», además de la permanente presencia de Luis de Góngora (y, algo menor, de Francisco de Quevedo) en ese primer volumen de la «Serie» Teoría e historia de la producción ideológica[11], pues durante ese espacio temporal de tres décadas –1974 a 2004, y alguno posterior– surgirán breves «muestras» de esta aproximación a la «producción ideológica» del siglo XVII, ya sea el resumen de su conferencia, de 7 de agosto de 1985 («Sobre Góngora y su mundo: algo más sobre el Polifemo»):
La figura de Góngora sigue teniendo en nuestros días una gran actualidad y atractivo, sobre todo en su versión heterodoxa. Para ello conviene distinguir dos épocas biográficas. La primera comprende la década de los ochenta. Produce entonces el grupo de sus sonetos animistas. El amor aparece como «simpatía» entre almas. El amor es el motor real de los textos animistas del Renacimiento. Las almas están dormidas hasta que son despertadas por el amor (Garcilaso, Herrera). La segunda etapa gira alrededor del año 1613. Góngora recoge la tradición y la transforma. Los cuerpos se comunican y despiertan entre sí y no solo las almas (este es el cambio que introduce en la temática). Es el amor de los cuerpos el que cuenta. Aquí radica la revolución del Polifemo. Góngora lo escribe para reírse de la norma de los editores barrocos. Intenta ganarse un puesto en la Corte y envía el texto a Madrid. Jamás consigue el puesto. También en las Soledades, Góngora emplea una nueva norma laica y pagana frente a la religiosa. Ascis está dormido y lo despierta Galatea. Le despierta su cuerpo, aunque se fingía dormido. El Barroco supone una mezcla de expresión animista y corporal. Pero no el cuerpo platónico puro. La metáfora es la materialidad de esa idea[12].
O los dos capítulos añadidos, sobre El Buscón de Quevedo, en la segunda edición de La literatura del pobre (2001), en pp. 255-299, que: «pergeñados y concebidos de otra manera, estaban guardados en la reserva, como parte de un estudio mucho más amplio que también hace años que preparo sobre las literaturas sacralizadas del siglo XVII». Estas referencias se completarían con la reseña, editada con el título «Calderón era ateo»[13], el texto «Sobre el mal uso de dos tópicos: barroco y luces para Carpentier»[14], junto al artículo «Intentando leer el Caribe», en el que retoma algunas de las propuestas de «Alzar figura»[15], y unido a este «Las formaciones ideológicas del barroco andaluz», de 2005 –publicado en 2008–, ahora incluido en la «Primera parte» de este libro. Además, para el teatro, dos artículos: «El espejo, la mano y la daga (La ideología literaria de la sangre en Lope y Calderón)», de 1993, que corresponde a un capítulo de la «Cuarta parte», y «La mirada distante: el nacimiento del teatro moderno»[16]. O, por último, para la problemática del «organicismo», pueden consultarse dos tesis doctorales, siendo Juan Carlos Rodríguez codirector de la primera de estas[17].
Igualmente, a lo ya descrito y señalado, para una aproximación a los «probables» otros caminos que habría seguido Juan Carlos Rodríguez, para una versión distinta o posterior, en su reescritura y actualización –a la que aquí editamos– podríamos adentrarnos en ella, no solo con la lectura de sus apostillas manuscritas, de las que más abajo informamos, sino mediante la consulta de otros documentos, todos ellos conservados también en el ya referido «Archivo JCR»: a) varios textos «inéditos» breves (no suelen superar los diez folios y, en la mayoría de los casos, manuscritos), que –por su carácter de apuntes o notas– es imposible incorporar en la trama de este libro, y que contienen: un análisis de la teoría de los cuerpos en Góngora; notas de lectura de la «Fábula de Polifemo y Galatea»; observaciones sobre la «Carta de Pedro de Valencia escrita a don Luis de Góngora en censura de sus poesías», de 1613; anotaciones sobre el Epicuro de Quevedo, o el más extenso, y mecanoescrito, «La ingenuidad y el blanco en la vida y la obra: Gracián», etcétera; o b) los «apuntes de clase» de, al menos, los cursos académicos 1991-1994 de la asignatura Teatro del Siglo de Oro, o 2005-2010, de la asignatura Góngora y Quevedo, en ambos casos impartidos en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Granada, y que aglutinan, principalmente, lecturas pormenorizadas de numerosos poemas de Luis de Góngora o Francisco de Quevedo, y, en especial, de las Soledades del primero, junto a desarrollos y observaciones complementarias para el teatro del siglo XVII (en especial, para Lope de Vega y Calderón).
Pero todo este trabajo y esfuerzo, durante esa acumulación de años, que aquí describimos solo en sus líneas básicas, no alcanzó a publicarse. Fue continua la postergación de su edición desde hace más de veinte años, y se mantuvo pendiente –a su fallecimiento (en octubre de 2016)– una última y definitiva redacción. Ya sea por, en primera instancia, el «rigor» histórico y teórico al que alude Juan Carlos Rodríguez en varias ocasiones en sus escritos (un solo ejemplo: «porque yo escribo muy lentamente y con una extraña manía por el rigor»); como por la nubosidad variable de aquellos tiempos (el salto para muchos, Chirbes dixit: «De la gran ilusión a la gran ocasión»), o, tal vez, por su condición de «rara avis» (signo que alguien dejó escrito en algún lugar), o, quizás, dado que, desde una perspectiva crítica, aún permanecemos (Bourdieu dixit) «encadenados al banco de la eterna galera donde copistas y compiladores reproducen indefinidamente los instrumentos de la reiteración escolar, clases, tesis o manuales».
2.— Para una edición. Al disponer de todos esos documentos (declaraciones, cartas, prólogos…) de Juan Carlos Rodríguez, alcanzamos una «cartografía» temporal suficiente para descifrar el estudio y ordenación de las numerosas copias de este libro –siendo alrededor de unas cinco, de media, para cada una de sus secciones–, plasmadas en distintos soportes (ya sean manuscritos, mecanoescritos o ficheros informáticos), con sus incesantes revisiones, y que, en las dactilografiadas más antiguas, están inundadas de numerosísimas correcciones manuscritas, transformando títulos y reordenando el texto (el lector –curioso o interesado– puede observar algunas de ellas a continuación de la presente «Nota»). Representando, al fin, ese proceso que el autor ha ido declarando en distintintos lugares: «un estudio más amplio que también hace años que preparo sobre las literaturas sacralizadas del siglo XVII» o «mi libro tan largamente trabajado sobre Góngora y Quevedo», y al que consideraba provisionalmente, en 1999, ya terminado («al que por fin parece que le he dado su forma final»). Por ello, puntualizaré –con brevedad– las decisiones editoriales más resaltables que he tomado, siguiendo la disposición de las partes en que se encuentra ordenado este libro.
En primer lugar, respecto al «título», inicialmente planteaba alguna duda su elección, pues durante esos años ha ido oscilando entre La literatura en las sociedades sacralizadas, en plural, y el singular La literatura en la sociedad (de)sacralizada, con una mayor presencia del primero. La razón de este cambio (de sociedades a sociedad) hay que buscarla –entendemos– en que «ahora», para el texto que editamos, el estudio se circunscribe únicamente a la literatura del siglo XVII, dejando excluso el capítulo relacionado con el «paradigma medieval», que sí aparece en su versión inicial, a mediados de los años 70, pero que desaparece en las versiones posteriores; de ahí que, respetando esta decisión: a) se mantenga la exclusión de este, pues incluso llegó a ser sustituido, en 1989, por un tercero con una exposición más genérica; y que, unido a otros sobre este paradigma, podría componer un libro exclusivamente dedicado a «lo medieval», y b) haya optado, para su publicación, por esta segunda versión del título. Años más tarde (2014), pero en una sola ocasión, el título presentará una nueva metamorfosis: La literatura en las sociedades resacralizadas.
A su vez, resulta ineludible exponer otra transformación, que afectaría también al título del libro, si consideramos que su proyecto inicial formaba parte de esa «Serie» Teoría e historia de la producción ideológica, conformando su segundo volumen. Pues ese primer tomo –cuyo título inicial era: 1. Las primeras literaturas burguesas (s. XVI)– pasaría a denominarse definitivamente con el título general de la tetralogía proyectada, y su título se traslada, de este modo, a subtítulo[18]. Este objetivo se consigue mediante la eliminación, en su «Introducción» de 1990, de las líneas que señalamos en cursiva, que sí aparecen en la primera versión, de 1974:
… hemos concebido [una serie común de cuatro volúmenes que irán apareciendo progresivamente, conforme las necesidades editoriales lo vayan permitiendo. Esta serie llevará el título conjunto que el lector ha podido ya ver en la portada de] este libro: «Teoría e historia de la producción ideológica». […] A través, [pues, de estos cuatro volúmenes, que, por supuesto, podrán leerse independientemente,]…
En cuanto al «Prólogo», para este he rescatado y aunado dos prólogos que estaban dirigidos, en su intención y redacción, para otros libros del autor, pero que hasta ahora también han permanecido inéditos. Pienso que hay varias razones para esta decisión, que considero correcta: a) la constancia de que los «planteamientos» establecidos en este libro se unifican con los restantes de esta «Serie», con su lógica interna, con su conceptualización teórica o con su observación histórica; b) la historicidad que muestra la sucesión, en sus tres «fases» (segunda mitad de los años 70, finales de los 80 y primera mitad de los 90, del siglo XX), de la reescritura de este libro, se ajusta al esquema establecido para el primero de estos prólogos, «Waterloo, supongo (Algunas notas sobre la génesis de Teoría e historia)»: «O sea, lo que esquematizo a través de las luchas de los 70, la posmodernidad de los 80 y el sufrimiento del marxismo en los 90», y c) la propia llamada, en el interior del segundo de estos («La prosa de la vida»), informando que varias de sus páginas estaban dedicadas para abrirlo: «Todo lo que digo aquí respecto a Quevedo y luego respecto a Góngora es un resumen del prólogo a mi libro La literatura en las sociedades sacralizadas
, de próxima aparición».
Para iniciar el libro he añadido una «Primera parte», que consta de dos artículos, de los que uno de ellos es inédito y el otro solo se ha publicado en un par de ocasiones. He considerado oportuno agruparlos en este apartado pues: a) complementan aspectos teóricos y lecturas de obras que solo quedan bosquejadas con posterioridad, y b) su redacción, en ambos casos, resulta muy similar en el tiempo con el resto del libro: entre los inicios del primer lustro de los 90 y mediados de la década siguiente.
Para el «texto» de La literatura en la sociedad (de)sacralizada –partes Segunda a Tercera–, fijado para esta edición, he optado por utilizar el redactado en los «Proyectos Docentes», de 1989 (folios 297-571) y 1992 (folios 178-557), tras el estudio de las restantes copias –previas y posteriores–, por dos razones primordiales: por una parte, porque acopian todas las variantes de las transcripciones previas, y, en segundo lugar, porque la copia ulterior y última, de 2004, no añade cambios a estas y tampoco recoge los añadidos manuscritos que se encuentran en aquellas, lo que hace que resulten, en conclusión, las más fidedignas y completas. Para el «teatro» –parte Cuarta–, en cambio, para establecer su ordenación interna he seguido la copia mecanoescrita inicial, y para decidir el texto publicable han resultado imprescindibles varios ficheros informáticos muy posteriores, pues, aun siendo fragmentarios, recuperan las modificaciones previas y representan la versión más actualizada.
En ambos casos mi intervención se resume en tres procedimientos básicos: a) he corregido evidentes erratas; b) he integrado en el interior del texto, entre corchetes, líneas manuscritas que se encuentran en los márgenes o reverso de folios, de lo cual informo en nota al pie; y c) además he añadido o completado numerosas notas, de cuyo contenido informo en el apartado correspondiente de esta «Nota». En cuanto a los dos apartados, ya publicados con anterioridad, al comienzo de cada uno de ellos, también en nota al pie, advierto tanto de las copias existentes como del estado material de estas, y, brevemente, se informa de la versión utilizada para esta edición, que corresponde con la última –o única– publicada.
Dada la importancia de esos dos «Proyectos» citados (uno, de 1989, para la actividad «Literatura española»; y el otro, de 1992, para la actividad «Sociología de la Literatura»), utilizados para establecer gran parte del texto aquí editado, a continuación realizaré una breve descripción de sus «características» materiales y de escritura: constan de unos setecientos folios mecanografiados el primero, y unos mil folios el segundo. Están divididos en dos volúmenes (1989) y tres volúmenes (1992); y para su disposición (en «tres paradigmas básicos»: el feudal, el clásico o de transición y el moderno o burgués) Juan Carlos Rodríguez seguirá «tres criterios restrictivos» que componen los «límites» en que se mueve (según la «Introducción» de 1989, en folios 7-9):
A.– No elegir ninguna lección sobre temas que ya hubiera yo publicado anteriormente (hay alguna excepción que explicaré) …
B.– Establecer los géneros, los nombres y las épocas con el criterio más flexible que pudiera legitimar la realidad histórica de los hechos: esto es, huir en cierto modo de los esquemas muy prefijados. La realidad tiene la mala costumbre de filtrarse entre las rejillas de tales esquemas.
C.– Reducir la bibliografía exclusivamente al concepto general de cada época…
A estos criterios añade, a continuación, «dos matices más»:
1.– Salvo en dos casos (que explicaré) no he puesto a las lecciones elegidas notas «fuera» de texto …
2.– He reducido también al mínimo los planteamientos y la bibliografía sobre teoría literaria «in nuce».
Condiciones, o «límites», que darán lugar a varios cambios en el contenido de estos «Proyectos», pero no en su estructura: el primero, de 1989, comienza con una breve «Introducción», y el segundo, de 1992, en cambio, dada la actividad docente adscrita a «Sociología de la Literatura» se inicia con una Introducción más amplia («Hacia una Sociología de la Literatura») y finaliza con una «Bibliografía (mínima) sobre Sociología de la Literatura»; a continuación, en ambos Proyectos, formando el Primer Paradigma, se incluye «Aproximación a la Literatura Medieval Española (Imagen y Semejanza)»; para el Segundo Paradigma, en 1989, continúa con «La Literatura del Pobre» (en versión más breve respecto a la publicada posteriormente), folios que son ampliados, en 1992, con una redacción muy similar a la editada en libro, en 1994. En 1992 añade el capítulo «La Literatura en la Sociedad (de)sacralizada», y, en los dos, se prolonga con el resto de apartados dedicados a Góngora y Quevedo; ya en el Tercer Paradigma, en 1989, se incluyen los capítulos: «La poesía en el tocador (Algunas notas sobre Meléndez Valdés y los códigos de la Ilustración)», «Clarín, la novela/cuento y el krausismo (A través de Su único hijo)» –que, en 1992, será sustituido por: «¿Es azul el color de Azul? (Algunas consideraciones sobre el modernismo hispánico)»– y, por último, «El Jarama: melodrama y objetivismo». Además, en los respectivos Proyectos, los tres «Paradigmas» y sus Lecciones se inician con un «Programa mínimo» y se cierran con una «Bibliografía básica».
Sin obviar que, en los dos «Proyectos», el autor informaba que una de las tres «lecciones» elegidas era el «Apartado 1-A» (La aparición del teatro y su desarrollo: de Lope a las alegorías cortesanas), junto al «1-B» (La aparición del cuerpo y las contradicciones poéticas entre Animismo y Organicismo: la contraposición Góngora y Quevedo), del «programa mínimo» para este paradigma, sin que el primero de ellos llegara a incluirse en ninguno, tanto en 1989 y 1992; y justificaba la inserción de esas «lecciones», en los siguientes términos: «pertenecen a un grupo de temas que me han preocupado de manera especial, y por ello les he dedicado años de trabajo. Siempre teniendo en cuenta […] que se trata de análisis de Sociología Poética, decíamos, «transversal». Nunca, pues, análisis concretos de Góngora, Quevedo o Lope, etc.».
Respecto a la «anotación» he seguido las indicaciones del autor, incluidas en los «añadidos» manuscritos –para esta materia– en el interior de esos «Proyectos», y además cinco folios, también manuscritos, en los que se detalla el trabajo pendiente en la anotación bibliográfica de las citas transcritas en el desarrollo del cuerpo principal del libro: La literatura en la sociedad (de)sacralizada. Pero, por otra parte, ya Juan Carlos Rodríguez, en su apunte de 1990 (en la «Posdata a la segunda edición», de Teoría e historia…), nos avisaba:
Los planteamientos teóricos elaborados a lo largo de este libro los he podido ir matizando o aguzando en otra serie de trabajos, pero una problemática conceptual, si es válida, no varía esencialmente en su estructura de fondo.
Por eso no he encontrado motivos reales para variar tales planteamientos. Tampoco se ha publicado nada que me haya obligado realmente a modificarlos. […] Podría, eso sí, haber añadido cuestiones bibliográficas de repertorios textuales de fechas más recientes, etc., pero eso no hubiera cambiado nada la sustancia del libro.
De ahí que, salvo en algunas cuestiones tratadas o apuntadas en nota, muy concretas o no desarrolladas por Juan Carlos Rodríguez, apenas he ampliado las referencias de bibliografía secundaria, para ello remito al lector a los «repertorios» que menciono al término de esta nota. A su vez, y para conservar una mínima uniformidad en la anotación para el conjunto del libro también, en los dos capítulos publicados, he añadido nuevas notas, con su contenido entre corchetes, siguiendo idénticos criterios a los descritos en el siguiente párrafo.
De este modo el lector se encontrará con un «sistema» de notación que distingue tres tipos de notas, con la información y características siguientes: A) notas con número arábigo, que han sido redactadas por el autor (Juan Carlos Rodríguez); B) notas con número arábigo y texto entre corchetes, son notas añadidas para esta edición y que se circunscriben, fundamentalmente, a informar de la procedencia de las «citas» de los escritores nombrados o estudiados según las ediciones utilizadas por Juan Carlos Rodríguez (y que han sido completadas, en numerosos casos, con otras ediciones, anteriores o posteriores); otras incluyen referencias que explicitan y concretan alusiones, en el interior del texto, a investigaciones, obras, u otros autores; otras dirigen al lector a numerosas publicaciones del propio autor, básicamente porque en aquellas se desarrollan aspectos solo apuntados aquí, y otras, solo en cuestiones puntuales (Inquisición y «censura» en la obra de Góngora, Borges y Quevedo, Américo Castro, etc.), añaden referencias bibliográficas para ampliar lo argumentado en esas líneas; y para ello he utilizado, a modo de orientación, los criterios implícitos en la «Bibliografía básica sobre el barroquismo literario y el barroco español» incluida en los Proyectos ya señalados; y C) notas con letra, que transcriben los apuntes manuscritos que Juan Carlos Rodríguez efectuó en el interior de las copias mecanoescritas, en papel, de sus «Proyectos Docentes» para la Cátedra en la Universidad de Granada, de los años 1989 y 1992, pero que –esos apuntes– fueron realizados años más tarde, en torno a 2003-2004, y en ellos incorpora correcciones, tachaduras, esquemas, dudas, preguntas, etcétera. Su procedencia se indica al comienzo de la nota al pie, informando del año de esos «Proyectos» y folio en que puede consultarse ese apunte, cuya copia se conserva en el «Archivo JCR».
Por otra parte, en la «biblioteca» de Juan Carlos Rodríguez se encuentran numerosas publicaciones referidas a estos escritores, a este periodo histórico (siglo XVII) y a sus problemáticas literarias/ideológicas, todas ellas profusamente anotadas, subrayadas y comentadas en los márgenes de la página. Un breve e incompleto repaso a estas investigaciones nos lleva a nombres ya clásicos: Antonio Domínguez Ortiz, Fernando Lázaro Carreter, Antonio Carreira, Dámaso Alonso, Robert Jammes, Mercedes Blanco, Emilio Orozco Díaz, José Manuel Blecua, Maurice Molho, Joaquín Roses, John Beverley, Juan Manuel Rozas, Louis Althusser, etcétera, lo que constata ese permanente trabajo sobre las poéticas del XVII, sus problemas históricos y las teorías filosófico/literarias del momento. Además, el lector puede recurrir a otras ediciones de los autores estudiados, junto a las apuntadas en las notas, que en su práctica totalidad también se encuentran en esa biblioteca, como son, por ejemplo, las siguientes: Luis de Góngora, Romances, por Antonio Carreira[19], o Sonetos, por Biruté Ciplijauskaité[20]; u otros estudios[21], que, si bien en nada afectan a los análisis textuales e ideológicos que se establecen en este libro, pueden utilizarse para completar cuestiones ecdóticas, editoriales e históricas.
Para esto mismo, además de las referencias apuntadas (la consulta de su conjunto puede efectuarse, al final del libro, en el apartado «Bibliografía citada»), sería recomendable ampliarlas con la consulta de otras ediciones recientes, que no consignamos en las notas, relativas a los cinco autores más citados a lo largo de este libro, tales como: Francisco de Quevedo, Poesía Completa, El Parnaso español o parte de su Epistolario[22]; la última «panorámica» y catalogación (de 1612 a 1692) establecida sobre la «polémica» gongorina[23]; Baltasar Gracián, El Criticón[24], y Lope de Vega[25]; o además mediante repertorios bibliográficos sobre Góngora[26], Quevedo[27], Gracián[28], o Calderón[29], para alcanzar una mínima guía, que se iría actualizando –en el día a día– con el manejo de algunas revistas (Edad de Oro; Criticón; La Perinola. Revista de Investigación Quevediana; Atalanta. Revista de las letras barrocas; Calíope. Journal of the Society for Renaissance and Baroque Hispanic Poetry; Anuario Calderoniano; Arte Nuevo. Revista de Estudios Aureos; Janus. Estudios sobre el Siglo de Oro; Anuario Lope de Vega. Texto, literatura, cultura, etcétera), y así disponer de una «aguja de navegar» en el profuso mar de publicaciones en que se ha convertido el mundo académico en torno a la producción literaria del siglo XVII; pero, en general, encuadradas en unas líneas de estudio delimitadas por el «cultismo» desaforado y el seco empirismo del dato; y faltas, de este modo, de un marco teórico y de un análisis histórico «de fondo» que despedace las «verdades evidentes»[30].
Y ya, para finalizar, una última consideración –y recomendación– según otro acertado y definitivo «apunte» de Juan Carlos Rodríguez, dado que este libro forma parte innegablemente de un conjunto mayor, como ya hemos destacado:
En realidad, todos estos planteamientos sobre Góngora y Quevedo ya están en la primera parte de mi libro Teoría e historia de la producción ideológica […] un texto del que, obviamente, son «hijos» tanto La literatura del pobre como La literatura en las sociedades sacralizadas.
Por lo que –en conclusión– su lectura resultará aún más «productiva» si se efectúa atendiendo a esta sucesión de publicaciones que superan las dos mil cien páginas (Las primeras literaturas burguesas (s. XVI), La literatura del pobre, La literatura en la sociedad (de)sacralizada (s. XVII), El escritor que compró su propio libro. Para leer «El Quijote», y aunadas por su base teórica: Para una teoría de la literatura. 40 años de historia), según su encadenamiento de análisis teóricos, literarios e históricos, con su entramado interno y por sus rupturas externas. Y también, y no menos importante, valga esta edición de recuerdo y homenaje a su autor –y a su pensamiento–, dado que la composición de esta obra, por parte de Juan Carlos Rodríguez, ha significado «un largo adiós».
Para Mode, Ángeles y Juan Carlos
Cádiz/Granada, marzo de 2025
[1] Véase Juan Carlos Rodríguez, Para una teoría de la literatura. Introducción al pensamiento crítico contemporáneo, Granada, Secretariado de Publicaciones/Universidad de Granada, 1972, 29 pp. (Col. Tesis Doctorales, n.o 13); y ahora Juan Carlos Rodríguez, Para una teoría de la literatura (40 años de Historia), Madrid, Marcial Pons, 2015. «Noticias» de esta Tesis en: Miguel Ángel Blanco, «Juan Carlos Rodríguez doctorando distinto
leerá mañana su Tesis [Entrevista]», Patria, 24 de noviembre de 1971, p. 10; «Nuevo doctor en Filosofía y Letras», Patria, 26 de noviembre de 1971, p. 8, y «Para una teoría de la literatura. Tesis doctoral de Juan Carlos Rodríguez Gómez», Patria, 12 de enero de 1973, p. 7.
[2] Véase Belén Juárez, Pedro Enríquez, «Juan Carlos Rodríguez: un filósofo actual», Ficciones, 4 (otoño-invierno 1998), pp. 37-44; reimp. en Juan Carlos Rodríguez, Pensar la literatura. Entrevistas y Bibliografía (1961-2016), Granada, ICILE/Los libros imposibles, 2016, pp. 53-71.
[3] Para estas «menciones», en el orden expuesto, veánse las siguientes publicaciones de Juan Carlos Rodríguez: Teoría e historia de la producción ideológica. 1/ Las primeras literaturas burguesas (s. XVI), Madrid, Akal, 1974, pp. 36, 107 y 321 (Madrid, Akal, 2017, 3.a ed., pp. 34, 95 y 299); La literatura del pobre, Granada, Comares, 1994, p. 310; «Ausiàs March o la anomalía salvaje», en VV.AA., Ausiàs March y la literatura de su época, Granada, Universidad de Granada, 2000, p. 140; La literatura del pobre, cit., 2001 (2.a ed.), p. 15, y «Sobre el utrum, el enganche y la mirada alegórica en el pensamiento medieval (Carta/Respuesta a Malcolm K. Read)», Álabe, 9 (2014), p. 4.
[4] Juan Carlos Rodríguez aquí hace referencia a su publicación: «Estado árbitro
, Escena árbitro
(Notas sobre el desarrollo del teatro desde el siglo XVIII a nuestros días)», en VV.AA., El teatro y su crítica. Reunión de Málaga de 1973, Málaga, Instituto de Cultura de la Diputación Provincial de Málaga, 1975, pp. 49-107; reimp. posteriormente, con variantes respecto a esta versión primera, en las tres ediciones (1984, 1994 y 2001) de su libro La norma literaria.
[5] Pero cfr. el texto inédito, también en el «Archivo JCR», titulado La literatura y sus «enemigos» (Cuatro notas críticas sobre cuatro falacias tradicionales), que ocupa 69 folios mecanografiados.
[6] Cfr. Miguel Ángel Garrido Gallardo, «35 años de la teoría de la literatura y de la crítica literaria en España (1940-1975)», en Evelyn Rugg y Alan M. Gordon (coords.), Actas del «Sexto Congreso Internacional de Hispanistas» (Toronto, 1977), University of Toronto, 1980, pp. 301-304.
[7] Veáse Gustavo Fabra Barreiro, «Historia y producción literaria. Un estudio de Juan Carlos Rodríguez», Informaciones de las Artes y las Letras, 366 (17 de julio de 1975), p. 3. Y cfr. Gustavo Fabra Barreiro, El discurso interrumpido, Madrid, Akal, 1977 (ed.: Mauro Armiño); y Carmen Martín Gaite, «Conversaciones con Gustavo Fabra», en La búsqueda de interlocutor, Madrid, Siruela, 2021, pp. 163-166, e idem, «Gustavo Fabra, a un año de distancia» (1976), en Tirando del hilo (artículos 1949-2000), Madrid, Siruela, 2010, pp. 69-70 (ed.: José Teruel).
[8] Veáse Alberto Cardín, «Restos franceses. Para una crítica del fetichismo literario», Revista de Literatura, 8-9 (verano 1976), pp. 48-49; [Alberto Cardín], «Ka-meh que en Su medita para salir del desierto», Diwan, 1 (enero 1978), pp. 101-103, y Alberto Cardín, Como si nada, Valencia, Pre-Textos, 1981. Cfr. Rodrigo López Martínez, «El vicio de criticar: teoría, crítica y polémica según Alberto Cardín», Kamchatka. Revista de análisis cultural, 16 (diciembre 2020), pp. 493-519. Y para Revista de Literatura (Universidad de Barcelona, 1974-1977, 11 números) véase Biel Mesquida, «Cuando los mandarines de la cultura y sus compinches disparan a silenciar», El Viejo Topo, 4 (enero 1977), pp. 47-48.
[9] Juan Manuel Caamaño, The Literary Theory of Juan Carlos Rodríguez: Contemporary Spanish Cultural Critic, Lewiston-Nueva York, Edwin Mellen Press, 2008, 185 pp. «Prefacio» de Malcolm K. Read, pp. i-v (cfr. reseña de esta obra en: Francisco Javier López Martín, Calíope. Journal of the Society for Renaissance and Baroque Hispanic Poetry, 20/2 [otoño 2015], pp. 174-177).
[10] Aquí Juan Carlos Rodríguez confunde este libro (que aparece citado como ya publicado, por la editorial Akal, en 1974) con su tesis doctoral (que sí aparece citada: Para una teoría de la literatura, «en prensa»); véase Teoría e historia de la producción ideológica. 1/ Las primeras literaturas burguesas, cit., pp. 36, 59, 107 y 321 (2017, pp. 34, 53, 95 y 299).
[11] Para esta «aparición» de Góngora, o Quevedo, en el libro referido, véase Juan Carlos Rodríguez, Teoría e historia de la producción ideológica. 1/ Las primeras literaturas burguesas, cit., Góngora, en pp. 36-44, 94-95, 106-107, 122-123, 154, 228, 237-239, 253, 328 y 394-395 (2017, pp. 33-41, 83-84, 94-95, 111-112, 140, 209, 217-219, 232, 304 y 367-368); y Quevedo, en pp. 107, 193, 229-230 y 361 (2017, pp. 95, 177, 210-211 y 335-336). A las que se suma también la presencia de Calderón, en menor medida Lope de Vega, y el teatro del XVII, en ese mismo libro.
[12] Cfr. M. Peláez del Rosal y Carmen Pérez Almenara (eds.), El barroco en Andalucía, Córdoba, Universidad de Córdoba, 1985, p. 55 (Universidad de Córdoba / III Curso de verano, Cabra).
[13] Juan Carlos Rodríguez, «Calderón era ateo», El Mundo. La Esfera, VII.250 (28 de enero de 1996), p. 15 (reseña de: Antonio Regalado, Calderón. Los orígenes de la modernidad en la España del Siglo de Oro, Barcelona, Destino, 1995, 2 vols.).
[14] Juan Carlos Rodríguez, «Sobre el mal uso de dos tópicos: barroco y luces para Carpentier», en Á. Salvador y Á. Esteban (eds.), Alejo Carpentier: un siglo entre luces, Madrid, Verbum, 2005, pp. 67-85.
[15] Juan Carlos Rodríguez, «Intentando leer el Caribe (Nostalgia histórica y naturaleza barroca en Alejo Carpentier)», Álabe, 3 (junio 2011), 23 pp.
[16] Juan Carlos Rodríguez, «La mirada distante: el nacimiento del teatro moderno», Edad de Oro, XVI (1997), pp. 277-295; reimp. en De qué hablamos cuando hablamos de literatura. Las formas del discurso, Granada, Comares, 2002, pp. 571-596.
[17] Véase Jorge González Pons, Ideología estética y hermenéutica: aproximación a la imagen sacralizada de la postguerra, Universidad de Sevilla/Facultad de Bellas Artes, 1997, 227 pp.; y Miguel García Rodríguez, Pervivencia del organicismo sacralizado en las ideas estéticas y literarias del siglo XVIII español: un ensayo de definición y una revisión histórica del «neoclasicismo», Universidad de Málaga/Facultad de Filosofía y Letras, 2016, 239 pp. Y además cfr. Miguel Avilés, Sueños ficticios y lucha ideológica en el Siglo de Oro, Madrid, Editora Nacional, 1980.
[18] Conviene también no olvidar que, en la primera edición de este libro (1974), en su página de créditos, además del ISBN para el «tomo I», se incluye el registro de ISBN para la «obra completa» (Serie de cuatro tomos): «84-7339-042-3».
[19] Luis de Góngora, Romances, Barcelona, Sirmio/Quaderns Crema, 1998, 4 vols. (ed. crítica: Antonio Carreira), y también Antonio Carreira, Nuevos poemas atribuidos a Góngora, Barcelona, Sirmio/Quaderns Crema, 1994.
[20] Luis de Góngora, Sonetos, Madison, Hispanic Seminar of Medieval Studies, 1981. Ed. crítica: Biruté Ciplijauskaité (reimp. facsímil: Málaga, Junta de Andalucía/Consejería de Cultura, 2007).
[21] Carlos M. Gutiérrez, La espada, el rayo y la pluma. Quevedo y los campos literarios y de poder, Indiana, Purdue University Press, 2005; Víctor Pueyo Zoco, Góngora. Hacia una poética histórica, Barcelona, Montesinos, 2013, y Pedro Ruiz Pérez, Historia de la literatura española. 3. El siglo del arte nuevo 1598-1691, Barcelona, Crítica, 2010.
[22] Cfr. Francisco de Quevedo, Poesía Completa, Madrid, Castalia, 2021, 2 vols. (ed.: Alfonso Rey y María José Alonso Veloso); El Parnaso español, Madrid, Real Academia Española/Espasa, 2020 (ed.: Ignacio Arellano), o Mercedes Sánchez Sánchez, Cartas de Francisco de Quevedo a Sancho de Sandoval (1635-1645), Barcelona, Calambur, 2009.
[23] Cfr. Mercedes Blanco y Aude Plagnard (eds.), El universo de una polémica. Góngora y la cultura española del siglo XVII, Madrid-Frankfurt am Main, Iberoamericana-Vervuert, 2021.
[24] Cfr. Baltasar Gracián, El Criticón, Zaragoza, Institución Fernando el Católico/Diputación Provincial, 2016, 2 vols. (ed.: Luis Sánchez Laílla y José Enrique Laplana).
[25] Para Lope de Vega cfr. la edición de sus Comedias, tanto por la editorial Milenio y Universitat Autònoma de Barcelona, en los años 1997-2011, para sus «Partes» I-X, y la continuidad de estas, por la editorial Gredos, desde 2014.
[26] Véase Antonio Carreira, «Bibliografía gongorina», en Joaquín Roses (ed.), Góngora. La estrella inextinguible. Magnitud estética y universo contemporáneo, Madrid, Biblioteca Nacional de España, 2012, pp. 249-321; Crystal Chemris, «Highlights and Issues of the New Wave of Góngora Studies», Revista Canadiense de Estudios Hispánicos, 38/3 (primavera 2014), pp. 419-441; Cèlia Nadal y Amanda Pedraza, «Catálogo bibliográfico sobre Góngora 2000-2014», en Todo Góngora, Universitat Pompeu Fabra (https://arxiu-web.upf.edu/todogongora/poesia/index.html), o Juan Matas Caballero, «Bibliografía», en Luis de Góngora, Sonetos, Madrid, Cátedra, 2019, pp. 99-239.
[27] Véase Victoriano Roncero, «Bibliografía de la poesía de Quevedo (1997-2013)», La Perinola, 19 (2015), pp. 225-239, y Victoriano Roncero y J. Enrique Duarte (eds.), Quevedo y la crítica a finales del siglo XX (1975-2000), Pamplona, Eunsa, 2003, 2 vols.; Felipe B. Pedraza y Elena Marcello (eds.), Sobre Quevedo y su época. Actas de las Jornadas (1997-2004). Homenaje a Jesús Sepúlveda, Cuenca, Universidad de Castilla-La Mancha, 2007, y la «base» bibliográfica recopilada en digital (https://preserve.lib.unb.ca/quevedo/20241018144738/https://quevedo.lib.unb.ca/).
[28] Véase Aurora Egido y M.a Carmen Marín (coords.), Baltasar Gracián: Estado de la cuestión y nuevas perspectivas, Zaragoza, Gobierno de Aragón/Institución Fernando el Católico, 2001; Elena Cantarino, «Actualidad de Baltasar Gracián (Información y crítica bibliográfica)», Cuadernos salmantinos de filosofía, 18 (1991), pp. 273-287; Elena Cantarino y Emilio Blanco, «Balance general del IV Centenario de Baltasar Gracián», Mélanges de la Casa de Velázquez, 33.2 (2003), pp. 314-326, o el repertorio bibliográfico recogido, en la «Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes», por Elena Cantarino, Luis Sánchez Laílla y José Enrique Laplana (https://www.cervantesvirtual.com/portales/baltasar_gracian/).
[29] Véase José Alcalá Zamora y Ernest Belenguer (coords.), Calderón de la Barca y la España del Barroco, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2001, 2 vols. Y cfr., para Calderón de la Barca, la «edición completa» de sus Autos Sacramentales, desarrollada en la Universidad de Navarra, desde 1992, y la «edición completa» de sus Comedias por la editorial Iberoamericana/Vervuert, desde 1998.
[30] Pero véase, al fin, el recopilatorio de Amelia de Paz, Una idea de Góngora (Sevilla, Renacimiento, 2025), aunado con su anterior e ineludible: Todo es de oídas. El proceso a un inquisidor de Córdoba en 1597, Sevilla, Renacimiento, 2014.
Juan Carlos Rodríguez
Folio copia mecanografiada / años 70
Juan Carlos Rodríguez
Folio copia mecanografiada / años 70
Juan Carlos Rodríguez
Folio copia mecanografiada / años 70
Juan Carlos Rodríguez
Folio copia mecanografiada / años 90
PROYECTO DOCENTE 1989
Tomo II / Folio 1
PROYECTO DOCENTE 1989
Tomo II / Folio 3
PROYECTO DOCENTE 1989
Tomo II / Folio 458
PROYECTO DOCENTE 1989
Tomo II / Folio 493r
PROYECTO DOCENTE 1992
Tomo I / Folio 1
PROYECTO DOCENTE 1992
Tomo II / Folio 392
Juan Carlos Rodríguez
2005 / Folio 1
Prólogo
Juan Carlos Rodríguez
I. Waterloo, supongo (Algunas notas sobre la génesis de «Teoría e historia»)[*]
Quisiera señalar ante todo que este libro fue escrito en medio del fragor de la batalla. Lo que más me gusta de él es que todavía se escuche entre sus líneas el ruido y el silencio de la lucha. Y no se trata en absoluto de retórica. La vieja y la nueva retórica la dejo para Paul de Man, Derrida y los deconstruccionistas. Pero me importa un bledo esa retórica, puesto que la deconstrucción ha sido solo un simulacro de soldados de plomo, de juguete. Y los términos simulacro y juguete les encantan por eso a los deconstruccionistas. Nuestra lucha fue mucho más dura. Calle a calle y arena a arena, como en Stalingrado o Normandía. Si no hubiéramos ganado esas batallas no estaríamos hablando aquí ahora. Este libro debería leerse, pues, a través de un modelo tan clásico como Del arte de la guerra de Maquiavelo. Debería añadir, por ello, que el libro se gestó en el interior de una larga guerra, que obviamente venía de atrás y que –sin apagarse nunca– ahora, en los 90, ha comenzado a renovar sus combates, aunque lógicamente desde otras posiciones.
Si contáramos por siglos, según la tradición de la historiografía burguesa del XVIII, podríamos decir que esta guerra habría durado aproximadamente desde 1850 (fecha de la primera expansión del Manifiesto de Marx y Engels) hasta 1950 (fecha de la primera expansión de todos los planteamientos de la «Guerra fría»). Si contáramos por décadas, como el latino Tito Livio –tan magistralmente comentado por el propio Maquiavelo–[1], tendríamos que precisar una cuestión obvia: el punto neurálgico de la batalla se sitúa evidentemente entre los años 1968 y 1978. Hacia el 78, en efecto, la batalla parecía haber terminado porque la llamada Posmodernidad se presentaba como capaz de arrasarlo todo, especialmente su objetivo principal: acabar con cualquier intento de pensamiento marxista. Que el pensamiento marxista estaba vivo, sin embargo (y sobre todo «renovado»), comenzó a hacerse patente a lo largo de los 90.
Pues es evidente que, si Teoría e historia se publicó por primera vez en 1974, se volvió a editar en español en 1990, y ahora comienza su aventura americana, ello implica tres tipos de vida que en el fondo representan un buen síntoma acerca de lo que vengo diciendo en torno a las alternativas de nuestra peculiar batalla de Warterloo. O sea, lo que esquematizo a través de las luchas de los 70, la posmodernidad de los 80 y el sufrimiento del marxismo en los 90. Claro que hablo solo a nivel ideológico o de escritura, que el esquema es muy simple y que debería hacer análisis mucho más profundos en el nivel económico y político de la época, pero obviamente esas son cuestiones que no caben en estas breves notas.
Que la lucha fue muy dura resulta evidente, pero no más de lo que lo sigue siendo hoy. Quiero plantear una proposición básica: aunque parezca increíble, la pregunta que flotaba en medio de todo el fango de aquella época era sencillamente esta: ¿qué «pintábamos» muchos de los que nos considerábamos marxistas en medio de la guerra fría? Los presupuestos estaban claros. Por un lado no teníamos nada que ver con la URSS ni con el estalinismo, aquel horror de mediocridad burocrática y de vida plana, que sin embargo decía funcionar en nombre del marxismo (los textos oficiales de Moscú me producían asco porque resultaban ser el verdadero entierro del marxismo); por supuesto tampoco teníamos nada que ver con la imagen que nos ofrecía el espejo de la llamada seducción occidental, con sus libertades falseadas, con la explotación del tercer mundo (donde la descolonización había sido un desastre) y con un mercado único cuya platitud vital no era menos mediocre, sino incluso más violenta. La violencia basada en el consumismo y en la competencia cruel del beneficio bancario y cotidiano…
Solo que había matices. Si no nos gustaba la platitud del estalinismo, si no nos gustaba la competencia violenta del mercado capitalista ¿dónde situar nuestra lucha? ¿Qué hacer? Evidentemente, en España, sí que teníamos un objetivo concreto y preciso: acabar con la dictadura franquista y conseguir una democracia profunda y real. Solo que carecíamos de tradición de marxismo teórico, aunque la lucha de los trabajadores y de los estudiantes hubiera sido siempre heroica. En la Europa occidental, incluida Gran Bretaña, sí existía esa tradición teórica, pero su reformismo laborista o socialdemócrata era muy débil. Quizás en USA también comenzaron a verse objetivos concretos y precisos: acabar con la guerra de Vietnam, la lucha por los derechos civiles, incluso los primeros atisbos de feminismo y de ecologismo. Las contradicciones afloraban por todas partes, pero ¿cómo pensarlas desde el marxismo?
En los 60-70 mucha gente lo intentó. Yo también intenté hacerlo a través del nuevo marxismo occidental: desde Lukács al italiano Della Volpe y su escuela, incluso a través de la Escuela de Frankfurt (con posturas tan dispares como las de Adorno y Marcuse). Resulta divertido pensar hoy que hasta el lema «Haz el amor y no la guerra» –tan marcusiano en el fondo– era ya un grito de guerra en sí mismo, solo que en realidad lo que ese marxismo ofrecía (aunque fuera riquísimo muchas veces) no era en el fondo más que una prolongación del «racionalismo burgués» del XVIII. En suma, la lucha del racionalismo frente al irracionalismo, que en la burguesía suponía la lucha de su razón frente a lo que ellos llamaban el irracionalismo religioso, un paradigma que se había trasladado al siglo XX en torno a dos coyunturas precisas: primero la lucha contra los nazis (cfr. el libro de Lukács: La destrucción de la razón)[2], y posteriormente frente al supuesto irracionalismo de cierto capitalismo salvaje que convendría modificar y rectificar. Sin duda este fue el origen del eurocomunismo, el último intento del marxismo occidental por establecerse. Pero tal planteamiento me resultaba en gran medida asfixiante. Quizás pudiera ser una estrategia política (los rojos no podían ser el diablo), solo que a nivel teórico esos presupuestos carecían de cualquier valor. Me explico enseguida: si el marxismo no era más que la prolongación del racionalismo burgués (digamos Ricardo o Smith, salvo que sin «anteojeras», digamos Kant o Locke, o un Hegel invertido), resultaba obvio que la función del marxismo consistía únicamente en «mejorar» a ese racionalismo burgués. ¿Mejorarlo para qué? ¿Cuál debía ser nuestra posición respecto a las burguesías dominantes? ¿Qué significaba mejorar su racionalismo o quitarles sus anteojeras? ¿Significaba ayudarles a que racionalizaran mejor su explotación, enseñarles a explotarnos mejor?
En una palabra: la imagen del marxismo como una prolongación mejorada del racionalismo burgués me parecía un teatro del absurdo, un esperando a Godot que me desesperaba. Entre otras cosas, porque yo, que vivía en el franquismo, nunca había entendido que el fascismo fuera irracional ni que el capitalismo salvaje fuera irracional. Tenían su lógica perfecta y su racionalidad perfecta.
De modo que cuando comencé en serio mis primeros trabajos de investigación yo también tenía una idea clara en la mente. Esta idea: no puede ser lo mismo pensar sin tener en cuenta la explotación (y esa era la clave del racionalismo burgués) que pensar teniendo en cuenta la explotación, o mejor, pensar desde la explotación (que era lo que yo consideraba la clave del pensamiento marxista). Y a partir de ahí el problema surgía irreversible. ¿Cómo pensar?, ¿cómo concebir el mundo y el discurso de otra manera?, y ¿cuál podría ser la epistemología de esa otra manera de pensar?
Evidentemente solo desde estos presupuestos latentes se puede comprender con rigor la sacudida que para mí y para tantos otros supuso el encuentro con los libros de Althusser. Especialmente Pour Marx y Lire Le Capital. El texto sobre Montesquieu[3] era anterior a estos, pero demasiado academicista en apariencia como para llamarnos entonces la atención (es sintomático: sin embargo, fue este el único texto althusseriano que tradujo el PC español). Hoy lo considero un texto magnífico, pero el verdadero terremoto se produjo con los otros dos libros citados. Y sin duda fue un síndrome bien significativo de la época. Que un filósofo que apenas tenía publicadas quinientas páginas sobre el marxismo (y además casi sin sistematizar) tuviera la tremenda influencia que tuvo. He aquí el síndrome y el síntoma de aquella coyuntura. Ya no se trataba de Sartre y del «compromiso moral» –lo cual se daba siempre por supuesto– sino que se trataba de ponerse a trabajar en serio sobre marxismo en tanto que práctica teórica. Y esto fue decisivo, aunque el cuchillo tenía dos filos. La sacudida que supuso Althusser no fue siempre bien entendida. Quizá no se supo ver tanto la importancia de sus proposiciones teóricas como el hecho de que tuviéramos «hambre» de algún otro tipo de discursividad marxista en toda la Europa occidental. «No tuvimos maestros», decía Althusser en el prólogo de Pour Marx[4], refiriéndose a la gente de su generación de izquierdas. Lo curioso es que ese «prólogo» se convirtió casi en un manifiesto de lectura obligada para todos los jóvenes europeos que intentaban buscar otro camino. Sintomático también: solo fascinó el «prólogo»; el resto de los planteamientos nunca se profundizaron suficientemente. Como nosotros tampoco habíamos tenido maestros aquella declaración de Althusser fue la que verdaderamente sedujo. Como si encontráramos al profeta: y esto lo íbamos a pagar muy caro tanto Althusser como la joven izquierda de entonces. Pero de cualquier modo no cabe duda de que los textos de Althusser fueron como la lluvia en una tierra baldía. Evidentemente la clave (al menos para mí) era la idea de coupure, de ruptura. Marx no solo había tenido que romper con su origen burgués de clase, sino que había tenido que establecer una interminable serie de rupturas continuas con el horizonte ideológico de esa misma clase (que era en realidad el horizonte hegemónico de todo un sistema social) para poder establecer otras categorías, otra manera de ver y de escribir el mundo. Lo de menos era que Althusser hubiera tomado esa noción de coupure de Bachelard o de Canguilhem, lo de menos era la imagen de los «obstáculos epistemológicos», etc. Lo que importaba era, como digo, ese horizonte distinto que el marxismo había ofrecido siempre, pero que solo ahora parecía encontrar su verdadera legitimación discursiva. Esa otra manera de ver y de escribir el mundo. Tanto en el nivel político-jurídico, como en el nivel económico, como –¡y sobre todo!– en el nivel ideológico puramente dicho. Esto fue lo que significó de hecho la carga de profundidad inscrita en los planteamientos althusserianos. Esta bomba: la ruptura de Marx suponía que Marx también había establecido una «revolución teórica» en la práctica de los discursos, desde la filosofía a la poética, y, en general, en todo lo que se podía considerar como «materialismo histórico». Así, al menos, fue como yo leí a Althusser (aunque Althusser siguiera creyendo en la filosofía, solo que transformada, y aunque Althusser siguiera creyendo que la poética era una aparte de la estética: pero nuestras desavenencias vendrían después). De cualquier modo, Althusser fue el maestro que nos abrió las puertas para poder empezar a leer y a escribir de otra manera. A partir de una ruptura con nuestro propio inconsciente y con el inconsciente ideológico establecido como hegemónico.
Evidentemente esa lluvia althusseriana tenía que sufrir una lluvia de ataques. Por parte del estalinismo, por parte de los grupos maoístas que habían surgido con el 68, por parte del marxismo racionalista de los italianos (que no querían romper con el racionalismo burgués: fue ahí donde se fermentó el «eurocomunismo»), incluso por parte de los historicistas de la New Left británica, desde Perry Anderson a Thompson. Italianos y británicos coincidían en llamar a Althusser «teoricista» y se asemejaban así en gran medida a los pocos filósofos marxistas españoles, quienes (haciendo de necesidad virtud) a través de Manuel Sacristán, como jefe supremo, establecieron una especie de neokantismo marxiano, en el que lo importante sería siempre la práctica (la praxis) y la teoría una mera cuestión especulativa en el fondo. Para mí el problema de lo que entonces se denominaba «práctica» o «praxis» (por utilizar el término de Gramsci) nunca había resultado ningún problema. Mi formación católica me había llevado al compromiso moral con los pobres, la convivencia con el hambre y la injusticia me habían llevado a ingresar muy pronto en el sindicato democrático de estudiantes e incluso a dar el salto a la
