El regreso a villa fe: Inspiración para todos los días
Por José Luis Navajo
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José Luis Navajo
José Luis Navajo, tras muchos años de pastorado, en la actualidad es conferencista en ámbitos internacionales y ejerce como profesor en el Seminario Bíblico de Fe. Es comentarista en diversos programas radiofónicos y es columnista en publicaciones digitales. Su otra gran vocación es la literatura, con más de veinte libros publicados. Lleva más de treinta años casado con su esposa, Gene, con quien tiene dos hijas: Querit y Miriam. Vive en España.
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El regreso a villa fe - José Luis Navajo
Inhalt
Introducción
DÍA 1
DÍA 2
DÍA 3
DÍA 4
DÍA 5
DÍA 6
DÍA 7
DÍA 8
DÍA 9
DÍA 10
DÍA 11
DÍA 12
DÍA 13
DÍA 14
DÍA 15
DÍA 16
DÍA 17
DÍA 18
DÍA 19
DÍA 20
DÍA 21
DÍA 22
DÍA 23
DÍA 24
DÍA 25
DÍA 26
DÍA 27
DÍA 28
DÍA 29
DÍA 30
EPÍLOGO
Introducción
«Villa Fe sigue abierta. El inmenso monte aguarda… No es fácil su escalada, pero solo se precisa una determinación firme para coronar su cima; la perspectiva que luego ofrece cambia vidas y transforma futuros...
»¡También está preparada la habitación con vista al cielo!
»¿Quieres ser el próximo en ocuparla?».
—Un verano en Villa Fe, pp. 191-192
g
Son muchas las cartas que he recibido de los que aceptaron esa invitación: ocupar la habitación con vista al cielo. Motivado por esa respuesta —lo confieso— y también por cierta dosis de nostalgia, decidí regresar a ese entrañable lugar para recorrer con calma los campos abiertos que rodean la casa, sentarme a la sombra del abeto centenario e incluso mecerme en el viejo columpio que aún cuelga de sus ramas.
Me atreví, incluso, con la imponente montaña que de día inspira y estremece por las noches, y hasta coroné su cima, donde uno se siente muy cerca del cielo.
Recorrí luego las estancias de aquel adorable hogar que conserva el aroma de la fe. Inspiré el evocador efluvio con perfume de recuerdos matizado de añoranza, y concluí la visita en mi dormitorio con techo de cristal, a través del que tantas noches observé el cosmos cuajado de estrellas... Mi habitación con vista al cielo.
Fue allí, cuando mi cuerpo reposaba sobre el mullido colchón y mis pupilas se enterraban en el firmamento nocturno, donde tomé la decisión: «¡Quiero que también ellos regresen! ¡Quiero recorrer con mis lectoras y lectores este sosegado espacio!».
Es lo que hoy te propongo: Retornemos a las verdes praderas de Villa Fe.
¿Qué te parece habitar durante treinta y un días en ese verde emplazamiento donde la naturaleza predomina y la inquietud se disuelve en vapores de paz?
¡Pues acompáñame y comencemos! Prometo no cansarte con vanas repeticiones, sino ofrecerte, día a día, gotas del néctar que mis abuelitos me regalaron durante las largas y cálidas jornadas de aquel verano que cambió mi vida para siempre.
¡Bienvenidos de nuevo a Villa Fe!
DÍA 1
«Atardecía, ensombreciéndose por igual el paisaje, como si no hubiese en él levante ni poniente. Todo comenzó, por tanto, cuando se aproximaba una noche a finales de junio. Ese día yo cumplía ocho años o tal vez nueve, no estoy del todo seguro.
»Aparte del intenso calor, otras dos cosas pesaban sobremanera: mi pequeña maleta repleta de ropa y mi mente infantil cargada de aprensión.
»Era ese el primer verano que pasaría lejos de mis padres y se me antojaba muy distinto a los anteriores, en los que disfruté con ellos de largos días de playa y campo.
»¿Por qué teníamos que separarnos?»
—Un verano en Villa Fe, p. 1
g
«Pongan todas sus preocupaciones y ansiedades en las manos de Dios,
porque él cuida de ustedes».
—1 Pedro 5:7 NTV
g
Esas palabras resumen los sentimientos y emociones que me embargaban aquella noche de verano, cuando llegué a Villa Fe. La sensación predominante era el desconcierto: una turbación con pinceladas de miedo y trazos de preocupación. Hoy puedo poner nombre a lo que me ocurría durante el inacabable viaje a casa de mis abuelos y que provocaba en mí sudoración, palpitaciones, intensa fatiga, irritabilidad... lo que yo estaba padeciendo se llama ansiedad atroz.
Estoy convencido de que mis padres lo notaron, pues al descender del tren él me tomó en sus brazos, aplicando una presión reconfortante y sanadora, mientras mamá besaba mi mejilla y recitaba muy cerca de mi oído:
«Pon todas tus preocupaciones y ansiedades en las manos de Dios, porque él cuida de ti».
—1 Pedro 5:7 NTV
Hoy este mensaje llena mi mente y acaricia mi alma, pero no fue así en aquel momento. Lo que yo pensaba mientras nos aproximábamos a la valla de madera que delimitaba la finca de mis abuelos, era: «Yo no quiero poner preocupaciones y ansiedades en nadie... lo que yo quiero, mamá, es estar en nuestra casa, con ustedes».
Lo cierto es que ellos no me dejaban allí por capricho, sino que —forzados por la necesidad— tenían que ir fuera del país en busca de trabajo; esa era la razón por la que debía quedarme en casa de los abuelos. Pude comprobar que no solo la altura produce vértigo, la distancia de quienes amas genera también una náusea insoportable. Algo muy punzante, como la punta de un alfiler, hurgaba en algún punto entre mi estómago y mis costillas mientras llegábamos a las inmediaciones de Villa Fe.
«¿Por qué? —me preguntaba con insistencia—, ¿por qué tienen que irse? ¿Por qué no puedo estar con mamá y con papá, y disfrutar de un verano normal, como todos mis compañeros de escuela?».
¿Alguna vez levantaste este interrogante? ¿Recuerdas algún momento en que, mirando al cielo, preguntaste: ¿Por qué?
Seguro que sí.
Todos, en ocasiones, estremecidos por la oscuridad de abajo, hemos buscado la luz de arriba, dirigiendo preguntas al cielo: «Dios, ¿por qué? ¿Por qué a la gente buena le ocurren cosas malas?». «¿Por qué mientras los demás ríen yo solo tengo ganas de llorar?». «¿Por qué tengo mil preguntas y los demás parecen tener solo respuestas?».
«Jesús estaba dormido en la parte posterior de la barca, con la cabeza recostada en una almohada. Los discípulos lo despertaron: ¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?
, gritaron».
—Marcos 4:38 NTV
Todos, en algún momento —probablemente en muchos— hemos mirado al cielo interpelando de ese modo: ¿No te importa que me ahogue? ¿No te importa que no puedo quedarme embarazada? ¿No te importa que caí enfermo? ¿No te importa que perdí el trabajo?
Lo que ahora sé con certeza es que tales oraciones no se estrellan contra el techo, cayendo luego sobre nosotros convertidas en astillas. No... ese clamor surca el aire hasta posarse en el corazón de Dios con la suavidad de una pluma.
Y él responde, siempre lo hace. En los valles de la vida no nos abandona, sino que se pega a nosotros como una segunda piel.
Aquella noche de verano, parado frente a la cerca que delimitaba la propiedad de mis abuelos, sentí que aquella tapia de madera marcaba el final de mi felicidad.
¡Qué equivocado estaba!
No se trataba de un final, sino de un nuevo principio. Aquella experiencia no iba a destruirme, sino a construirme.
Entonces lo ignoraba, pero ahora sé que a veces la gracia llega envuelta en aparente desgracia y, circunstancias que parecen incapacitarnos están —en realidad— capacitándonos.
En ocasiones he pedido a Dios que mejore un lugar, pero él decidió hacerme a mí mejor para ese lugar... y también me hizo mejor en ese lugar.
Sí, yo le pedí que cambiara las circunstancias y él me dijo que estaba usando esas circunstancias para cambiarme a mí.
Permíteme que te pregunte: ¿Sientes que tus manos se vacían? Si Dios lo permite es para llenarlas con algo nuevo.
¿Parece estar borrándose la mejor etapa de tu vida? Si él borra lo bueno es para escribir lo mejor.
No lo sabía entonces, pues la aprensión empañaba mi capacidad de discernir, pero ahora comprendo que a veces es necesario dejar un buen pasado para abrazar un mejor futuro.
Algo similar a esto le ocurrió a Pablo cuando confesó:
«Tres veces le he pedido
