Una magia salvaje
Por Allison Saft
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Weston Winters no es un alquimista, al menos no todavía. Ha sido rechazado en sus últimos intentos como aprendiz. Su última oportunidad es la legendaria maestra Evelyn Welty. No obstante, cuando llega a la mansión Welty, se encuentra con Margaret, quien permite que se quede con la condición de unirse a ella para poder participar en la cacería.
Ambos forman una pareja peculiar. Entre los problemas que implican ser repudiados por el pueblo y los deseos de ambos por impresionar a Evelyn Welty, terminan volviéndose más cercanos de lo que hubieran imaginado.
Allison Saft
Allison Saft es autora superventas del New York Times con publicaciones como Una magia salvaje, Un encantamiento frágil y Una marea oscura y letal. Tras titularse en Literatura Inglesa por la Universidad Tulane, se mudó a la costa oeste, donde dedica su tiempo a patinar sobre ruedas y a practicar danza aérea en telas. Vive con su pareja y con un lebrel italiano llamado Marzipan.
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Una magia salvaje - Allison Saft
CONTENIDO
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Agradecimientos
Acerca del autor
Créditos
Planeta de libros
Dedicado a las personas que tienen sueños imposibles y a las que sienten que soñar es imposible.
Les esperan muchas cosas en el horizonte.
1
Margaret no debería estar afuera esta noche.
Hace mucho frío para ser mediados de verano, la clase de frío que estremece hasta a los árboles. La mañana anterior, las hojas de afuera de su ventana brillaban bajo la luz del sol, rojas como la sangre y doradas como la miel. Ahora, la mitad ya se secó y cayeron como piedras; lo único que Margaret puede ver son las horas y horas de trabajo que tiene por delante. Un mar de cosas muertas.
Esa es la clase de pensamientos por los que la regañaría la señora Wreford. Casi puede escucharla: «Solo se tienen diecisiete años una vez, Maggie. Hay muchas mejores formas de malgastarlos que cuidando esa casa, créeme».
La verdad es que no todos tienen la posibilidad de malgastar sus diecisiete. No todos quieren ser como Jaime Harrington y sus amigos, echándose clavados desde el peñasco y bebiendo aguardiente barato al salir del trabajo. Margaret tiene bastantes responsabilidades como para andarse con esas tonterías y, además, no tiene madera para la chimenea. Hace dos días que llueve y el frío ya se instaló en la mansión Welty. Por las noches espera a Margaret ahí afuera y también la espera adentro, lanzándole miradas perversas desde una chimenea llena de cenizas blancas. Por mucho que Margaret odia la idea de partir la madera en ese momento, no tiene opciones: o se congela ahora o se congela más tarde.
Lo que queda del día se derrama sobre las montañas y baña el patio con una luz sanguinolenta. El frío solo incrementará cuando el sol termine de ponerse. Margaret pasó la noche anterior temblando por horas y sin poder dormir; ahora le duele todo, como si hubiera estado metida a la fuerza en una caja. No vale la pena volver a sentirse así mañana por procrastinar en su actividad menos favorita.
«Toca congelarse ahora».
Se jala el sombrero cloché de su madre para cubrirse las orejas, sale al porche y avanza con pasos pesados sobre las hojas secas hacia el jardín trasero, donde la espera una pila de madera junto a una carretilla oxidada. El agua que se acumuló en la carretilla está cubierta por una capa de hielo recién formado y refleja el brillo brumoso del cielo púrpura. Al acercarse a tomar un leño de la pila, Margaret alcanza a ver su rostro demacrado. Se ve tan cansada como se siente.
Acomoda el leño sobre la base para partirlo y toma su herramienta. Cuando era joven y flacucha, tenía que poner todo su peso en cada golpe. Ahora, mover el hacha le resulta tan sencillo como respirar. La herramienta silba en el aire y se hunde en la madera con un crujido que provoca que dos cuervos que estaban cerca se echen a volar. Margaret se reacomoda el hacha entre las manos y hace un sonidito de dolor entre dientes al sentir que se le entierra una astilla.
Inspecciona la sangre que le ha comenzado a correr en la palma de la mano antes de lamerla. El frío se le cuela en la herida y el sabor a cobre le llena la lengua. Sabe que debería lijar el mango antes de que la vuelva a atacar, pero no hay tiempo. Nunca hay tiempo suficiente.
Normalmente, se habría preparado mejor para el invierno, pero su madre lleva tres meses ausente y las tareas se le han acumulado. Hay que calafatear las ventanas, reemplazar algunas tejas y preparar las pieles. Sería más fácil si hubiera aprendido alquimia como su madre siempre quiso, pero, sin importar qué tan hambrienta o desesperada esté, nunca llegará a ese punto.
La gente dice que la alquimia es muchas cosas. Para los científicos más pragmáticos es el proceso de destilar la materia en su esencia, una forma de entender al mundo. Los kataristas, con su temor a Dios, dicen que puede purificar cualquier cosa, incluso a los hombres. Pero Margaret sabe la verdad. La alquimia no es ni progreso ni salvación. Es el hedor del azufre que no puede sacarse del cabello. Es maletas listas y puertas cerradas. Es sangre y tinta sobre el suelo de madera.
Sobrevivirá sin ella hasta que su madre vuelva a casa... si es que regresa. Desecha ese pensamiento en cuanto se forma. Evelyn viaja mucho por su investigación y siempre ha regresado. Solo se está tardando un poco más de lo normal, eso es todo.
«¿Dónde estás?».
Años atrás, cuando aún tenía ánimos para cosas así, Margaret se subía al techo e intentaba imaginarse que podía ver a más de mil kilómetros, hasta aquellos lugares fantásticos que alejaban a Evelyn de ella. Pero, sin importar cuánto lo intentara, nunca se materializaba nada. Lo único que veía era esto: el desgastado camino de tierra por la ladera de la montaña, el pueblo amodorrado con su tenue resplandor, como la barriga de una luciérnaga en la distancia y, más allá de los campos dorados de centeno y hierba, el mar Medialuna con su resplandeciente negrura, como un cielo nocturno lleno de estrellas. No se le concedió el don de la imaginación y Wickdon es lo único que conoce. Ni siquiera puede imaginarse el mundo fuera de ahí.
En una noche así, todos estarían acurrucados para protegerse del frío, preparando sopa de pescado y abriendo hogazas de pan de centeno. La imagen le pesa, pero solo un poco. Estar sola le va bien, más que bien. Es solo la idea de cenar papas hervidas lo que invita a los celos. El estómago le gruñe al tiempo que el viento sopla sobre su nuca. Las hojas que siguen vivas se mecen sobre su cabeza, imitando el sonido de la marea.
«Calla», parecen decirle. «Escucha».
El aire se queda horrible y escalofriantemente quieto. La piel de los brazos se le eriza. Lleva diecisiete años en esos bosques y nunca le habían dado miedo, pero ahora la oscuridad se siente pesada y extraña sobre su piel, como una capa de sudor frío.
Desde el bosque se escucha el crujido de una rama, tan estruendoso como un disparo. Margaret se da la vuelta hacia el sonido, con el hacha lista y un gesto desafiante.
Es Problema, su sabueso. Se ve a la vez majestuoso y ridículo con sus enormes orejas levantadas y su brillante pelaje color cobre. Margaret baja el arma y el metal hace un golpe seco al chocar contra la tierra congelada. Seguramente el perro se escapó por la puerta mientras ella estaba distraída.
—¿Qué haces aquí? —le pregunta, sintiéndose tonta—. Me asustaste.
Problema mueve la cola instintivamente, pero sigue mirando hacia los bosques con mucha atención. Seguramente él también siente la electricidad en el aire, esa que anuncia una tormenta. Margaret anhela el peso de un rifle en sus manos en vez del hacha.
—Ya basta, Problema.
El animal apenas voltea a verla. Margaret suspira molesta y su aliento se vuelve vapor en el aire. Obviamente no podrá competir contra un olor. Cuando Problema detecta uno, no lo deja ir por nada del mundo. Sigue siendo un excelente perro de caza, aunque muchas veces sea obstinado como un asno.
En ese momento, Margaret se da cuenta de lo oxidados que están los dos y lo mucho que extraña la emoción de la cacería. A su manera, la señora Wreford tiene razón. Sí hay más cosas en la vida que cuidar esa mansión derruida, más opciones para gastar su año diecisiete que sobrevivir. Pero lo que la señora Wreford nunca entenderá es que Margaret no mantiene la casa para sí misma, sino para Evelyn.
Antes de salir a cada viaje, su madre siempre le dice lo mismo: «En cuanto consiga lo que necesito para mi investigación, volveremos a ser una familia». No existe una promesa más dulce que esa. Su familia nunca volverá a estar realmente completa, pero Margaret atesora sus pasados recuerdos más que cualquier otra cosa en el mundo: antes de que su hermano muriera y su papá se fuera, y la alquimia quemara toda la ternura de su madre. Lleva esos recuerdos siempre cerca, como un amuleto contra la angustia, dándoles vueltas y vueltas en su cabeza hasta dejarlos suaves, tibios y como algo bien conocido.
Cada semana, los cuatro iban a Wickdon para comprar víveres y, sin falta, Margaret le pedía a su madre que la llevara en brazos de regreso a casa. Aun cuando ya era muy grande para que esa petición fuera razonable, Evelyn la levantaba y le decía «¿quién te dio permiso de crecer tanto, señorita Maggie?» y la llenaba de besos hasta que Margaret se reía a carcajadas. El mundo se volvía borroso y se iba cubriendo de sol mientras viajaba medio dormida entre los brazos de su madre y, aunque eran más de ocho kilómetros de camino, Evelyn nunca se quejó y jamás la bajó.
Cuando Evelyn termine su investigación, todo será diferente. Estarán juntas y serán felices de nuevo. Vale la pena poner su vida en pausa por eso. Margaret levanta su hacha y golpea el leño de nuevo. Mientras se agacha para recoger los trozos, un frío le recorre el cuello.
«Mira hacia allá», dice el viento. «Mira».
Lentamente, Margaret levanta la vista hacia el bosque. No hay nada más que oscuridad al otro lado de la cortina de su propio cabello mecido por el viento. Nada más que el susurro de las hojas allá arriba que cada vez suena más y más fuerte.
Entonces lo ve.
Al principio es casi nada. Un borrón que se mece como un barco entre la maleza. Un truco de su mente confundida. Luego, el brillo de un par de ojos inmóviles en la oscuridad. Le sigue un hocico afilado cubierto de sombras que se abren a su paso como agua. Al igual que la niebla que se extiende sobre el mar, de la oscuridad sale un zorro blanco del tamaño de Problema hasta quedar iluminado por la luz de la luna. Margaret nunca había visto a un zorro así, pero sabe exactamente qué es. Un ser ancestral, mucho más antiguo que las secuoyas que están frente a ella.
El hala.
A todos los niños de Wickdon les han contado leyendas del hala, pero la primera vez que ella escuchó una, fuera de su casa, fue el momento en el que se dio cuenta de que su familia era diferente. La iglesia katarista pinta a los hala y todo lo que sea de su tipo, es decir, a los demiurgos, como demonios. Pero su padre le dijo que nada que Dios haya creado puede ser malvado. Para los yu’adir, el hala es sagrado, un emisario del conocimiento divino.
«Si le muestras respeto, no te hará daño». Margaret se queda totalmente quieta.
La mirada del hala es completamente blanca, sin iris, y ella la siente como el filo de una espada contra su nuca. El hala abre el hocico en un gesto de advertencia que hace que algo pequeño y animal dentro de ella suelte un grito. Problema se eriza y gruñe.
Si ataca, el hala lo va a degollar.
—¡Problema, no! —Su voz se escucha ronca por la desesperación y eso basta para sacar al perro de su trance. Problema se le acerca con las orejas levantadas, claramente desesperado.
Antes de que Margaret pueda procesar lo que está pasando, antes de que pueda siquiera parpadear, el zorro desaparece.
Ella suelta una exhalación temblorosa y el viento parece imitarla, sacudiendo las hojas con un sonido quebradizo. Margaret se acerca torpemente a Problema, se arrodilla frente a él y lo abraza por el cuello. Huele horrible, con ese hedor a perro mojado, pero no está herido y eso es lo único que importa. Su corazón late al ritmo del de ella y es el sonido más hermoso que Margaret ha escuchado.
—Buen chico —le susurra, odiando el miedo en su voz—. Perdón por gritarte. Lo siento mucho.
¿Qué fue lo que pasó? Mientras su mente se aclara, el alivio se va y le permite darse cuenta de algo terrible. Si esa bestia está en Wickdon, pronto llegará la Cacería de la Medialuna.
Cada otoño, el hala aparece en alguna parte del bosque costero y se queda ahí por cinco semanas, sembrando el terror en el territorio elegido hasta que desaparece de nuevo la mañana después de la Luna Fría. Nadie sabe exactamente por qué se queda, a dónde va o por qué su poder se vuelve más fuerte con la luna creciente, pero las personas más acaudaladas de New Albion hicieron de su aparición un deporte nacional.
Los turistas llegan por montones en las semanas de celebración antes de la cacería. Los cazadores se alistan junto con los alquimistas con la esperanza de convertirse en el héroe que acabe con el último demiurgo vivo. En la noche de la Luna Fría, se montan en sus caballos para ir a buscar a la bestia. Los círculos tienen poder alquímico y cuenta la leyenda que solo se puede matar a un demiurgo bajo la luz de la luna llena. La espera hace que la cacería sea aún más dulce. Participantes y espectadores por igual están dispuestos a pagar con sangre por el honor de cazar al hala en su punto más alto. Entre más destructivo haya sido en esa temporada, más emocionante es perseguirlo.
La cacería no había llegado a Wickdon en casi veinte años, pero Margaret escuchó fragmentos de historias que se cuentan en el muelle sobre los aullidos de los sabuesos enloquecidos por su magia, el crujir de un disparo, los chillidos de los caballos al ser destazados mientras siguen vivos. Desde que era niña, solo ha visto a la cacería como un mito bañado de sangre. Una oportunidad para los héroes de New Albion, no para las chicas de campo con padres yu’adir. Nunca ha sido real. Pero ahora está aquí.
Tan cerca que podría inscribirse. Tan cerca que podría ganar.
La idea de decepcionar a su padre la preocupa, pero ¿qué le debe a él? Ser mitad yu’adir no la emparenta con el hala. Además, quizá matarlo por una causa noble es lo más respetuoso que podría hacer. Margaret no tiene interés en escuchar su nombre en los cantos de una taberna; nunca ha deseado el reconocimiento de nadie que no sea su madre.
Cuando cierra los ojos, aparece una imagen de la silueta de Evelyn dibujada sobre la oscuridad. De espaldas a la mansión, con la maleta en mano y su cabello como un listón dorado que ondea con la brisa. Yéndose. Siempre yéndose.
Pero si Margaret gana, quizá eso bastaría para que su madre se quedara.
El premio es dinero, gloria y el cadáver del hala. A este último, la mayoría de los cazadores lo tomarían como trofeo, como algo que hay que disecar y exhibir. Pero Evelyn lo necesita para su investigación sobre el magnum opus de la alquimia. De acuerdo con su madre, los místicos de hace mucho tiempo teorizaban que si el fuego alquímico incineraba los huesos de un demiurgo, quedaría la prima materia, la sustancia base de todas las demás. Con ese éter divino, un alquimista podría forjar la piedra filosofal, la cual concede inmortalidad y la capacidad de crear materia a partir de nada.
La iglesia katarista considera como una herejía cualquier intento de destilar la prima materia, por lo que casi ningún alquimista de New Albion, además de Evelyn, ha investigado al respecto. Crear la piedra es su única ambición. Lleva años buscando los pocos manuscritos que explican cómo hacerlo, y tres meses atrás salió del país para seguir otra pista. Pero ahora el hala, una de las últimas piezas faltantes de su investigación, está aquí.
Problema se retuerce para escapar de sus brazos y regresa a Margaret a la realidad.
—Pero claro que no —le dice, tomándolo por las orejas para plantarle un beso en la frente. El perro se retuerce más y Margaret no puede contener una sonrisa. Atormentarlo es uno de los pocos placeres de su vida.
Problema sacude las orejas, indignado, cuando Margaret al fin lo suelta, y luego se separa de ella. Se queda ahí, con la cabeza levantada en un gesto elegante pero con la lengua fuera y una oreja volteada. Por primera vez en días, Margaret se ríe. El perro la ama, es solo que lo oculta muy bien por orgulloso y dramático que es. Y Margaret lo ama abiertamente y mucho más que a cualquier otra cosa en el mundo.
Pensar en eso la obliga a poner los pies en la tierra. Problema es un excelente perro de caza, pero ya no es joven. Ponerlo en riesgo por una idea tan tonta como entrar a la cacería no es algo que ella esté dispuesta a hacer. No tiene tiempo para prepararse, apenas le alcanzaría el dinero para pagar la entrada, y no tiene conexiones con alquimistas de confianza, aunque en realidad no se puede confiar en ninguno de ellos. Solo pueden participar equipos de dos personas, un tirador y un alquimista.
Además, hasta donde ella sabe, solo hay un método infalible para matar a un demiurgo. Y la alquimia que se necesita... Preferiría morir antes que ver que alguien lo intentara de nuevo.
Aunque existiera otra forma, daría lo mismo. Si alguien descubriera que una chica yu’adir entró a la cacería, su vida se volvería un infierno. Solo ha logrado sobrevivir tanto tiempo gracias a que nunca llama la atención. «Es mejor así», piensa. Es mejor matar de un solo golpe a esa frágil esperanza que dejar que languidezca como un lobo atrapado en un cepo. En lo más profundo de su ser, Margaret sabe cómo termina esa historia. Sabe lo que le pasa a la gente que anhela cosas que están fuera de su alcance. Quizá en otra vida podría soñar. Pero no en esta.
Ir detrás de ese zorro solo le traería desgracia.
2
Wes despierta por el dolor agudo de su frente al estrellarse contra el frío cristal.
Cuando el taxi lucha por salir de una zanja en el camino, el chisporroteo de su motor suena sospechosamente parecido a unas carcajadas. Wes maldice entre dientes, frotándose la cabeza para aminorar el dolor que va creciendo en su cráneo; luego, con la orilla de su manga, se limpia suavemente la baba que se le había acumulado en la orilla de la boca.
No es que las calles llenas de baches de Fifth Ward se encuentren en mejor estado, pero esto es absurdo. Le dijeron que se hace una hora y media desde la estación de tren hasta Wickdon, pero a este ritmo tendrá suerte si no llega con una contusión a la puerta de Evelyn.
—¿Estás despierto? —Hohn, el chofer del taxi, le sonríe por el retrovisor.
Hohn es un hombre en sus cuarenta con un rostro amable y chapeado por el viento. Su bigote rubio termina en puntas perfectamente rizadas. Wes tuvo que usar casi todo lo que tenía ahorrado para pagarle el viaje. Si todo sale de acuerdo con el plan, no regresará a la ciudad en un buen rato.
—Sí —dice Wes con entusiasmo fingido—. Es muy rústico todo por aquí, ¿verdad?
Hohn se ríe.
—Me temo que no encontrarás muchos carros ni caminos pavimentados fuera de Wickdon. Espero que sepas andar a caballo.
Wes no sabe. Los únicos caballos que ha visto en su vida son bestias enormes y pesadas que jalan carrozas llenas de gente rica en el parque. Además, está seguro de que, si tomara clases de montar y alguien se enterara, se ganaría una buena paliza. Los chicos de Fifth Ward no andan a caballo.
Sus estudios ya lo están poniendo a prueba y ni siquiera han comenzado.
«No te quejes», se recuerda. Es su culpa que haya terminado en medio de la nada. Casi. En parte. Ligeramente.
Durante los últimos dos años, Wes pasó por más profesores de alquimia de los que puede contar. La primera vez que lo expulsaron, su mamá se enojó por lo que le hicieron. La segunda vez, se enojó con él. La tercera, se quedó sin palabras. Y así siguió en un ciclo de rabia y conmoción hasta la semana pasada. Cuando Wes le dijo que se iba a Wickdon, ella lo sentó a la mesa y lo tomó de las manos con tanta ternura que él tardó un momento en recordar que debía estar molesto.
—Te amo, mi tesoro. Sabes que es verdad. Pero ¿has considerado que no estás hecho para ser alquimista?
Claro que lo ha considerado. El mundo está decidido a recordarle que el hijo de inmigrantes banvish jamás podrá ser un alquimista de verdad. Sin embargo, nunca dudó tanto de su vocación como en aquel momento, viendo cada una de las nuevas canas que habían nacido en la cabeza de su madre.
A veces piensa que sería más fácil tomar un trabajo en cualquier lugar, haciendo cualquier cosa, para que su familia ya no tuviera que seguir sufriendo. Desde el accidente de su padre, Wes ha visto cómo su mamá vuelve de sus turnos extra y hunde las manos en parafina caliente cada noche. Ha visto a su hermana menor, Edie, ponerse más flaca y a su hermana mayor, Mad, volverse más dura. Casi todas las noches se queda en la cama preguntándose cuál es su problema: por qué no puede retener más de la mitad de lo que lee, por qué no puede traducir las palabras que no conoce en una página para darles significado, por qué no hay talento natural o pasión suficientes para compensar sus «limitaciones» a los ojos de sus maestros. Todo eso lo llena de ira, de preocupación y de odio hacia sí mismo.
Wes sabe que posee una magia innata, una especie de hechizo más banal que la alquimia. Cuando habla, la gente lo escucha; aunque ese don le ha ganado varias oportunidades para ser aprendiz, no lo ha ayudado en nada para mantenerlas. En cuanto falla en un examen escrito, puede ver en la mirada de su instructor el gusto de saber que tenía la razón, como si hubiera estado esperando que Wes le confirmara sus sospechas. Siempre dicen lo mismo: «Debí saber que no valía la pena darle la oportunidad a alguien como tú». Es obvio lo que quieren decir con ese «como tú», aunque nunca lo digan abiertamente: «un banvish».
Ya no quedan más alquimistas con buenas conexiones en el área metropolitana de Dunway con los que no haya reprobado o que no anuncien con claridad que «No se aceptan banvishes». Salvo Evelyn Welty, quien vive en un pueblo tan pequeño que ni siquiera aparece en el mapa.
Los nervios y el mareo por el movimiento del carro le revuelven el estómago. Baja la ventana y saca la cabeza para sentir el viento. Arriba, el cielo está tan azul y despejado que piensa que podría ahogarlo si respira profundo. En la ciudad, todo es gris: smog, concreto y la bahía plana. Pero aquí, el paisaje cambia tan rápido que apenas alcanza a registrarlo. Por toda la costa los peñascos están cubiertos de arbustos espinosos y florecitas azules. Más allá, los pinos se van mezclando con las enormes secuoyas. Wes no puede evitar pensar que las ramas de los abetos dobladas hacia arriba parecen estarle pintando dedo.
Cuando les dijo a los vecinos adónde iría, todos le ofrecieron más o menos las mismas palabras: «¡Pueblo chico!», «¡No hay gran cosa!» o «Bueno, al menos tendrás aire limpio». De todos los comentarios bienintencionados que recibió, sin duda la promesa de aire limpio fue la mentira más grande. No hay contaminación, claro, pero el aire sabe a sal y lo peor es que, con los cientos de focas tumbadas en la arena, apesta a algas horneadas por el sol y pescado podrido.
Así que eso es el encanto pueblerino.
De pronto, se da cuenta de que el viento podría desacomodarle el cabello, el cual se arregló cuidadosamente por la mañana, relamiéndolo hacia atrás con la paciente guía de sus hermanas. Cierra la ventana y mira su reflejo. Por suerte, su peinado sigue intacto. Christine y Colleen prácticamente se lo pegaron con quién sabe cuánto gel. Nada, ni un solo pelo fuera de lugar, puede arruinar su oportunidad de dar una buena primera impresión.
—Oye, Hohn —dice Wes—, ¿sueles andar mucho por aquí?
—Cuando era joven, sí. Tienen el mejor concurso de caza de zorros del país. De hecho, si los rumores son ciertos, Wickdon será la sede de la cacería en las próximas semanas. Será la primera vez que pase desde que yo tenía más o menos tu edad.
Casi todo el país se vuelve loco por la cacería, como dice Hohn. Wes no se considera muy devoto de la fe súmica, pero el concepto de la Cacería de la Medialuna le parece un poco sacrílego hasta para su moral tan laxa.
La tradición súmica dice que Dios creó a los demiurgos con su propia carne. Son su divinidad encarnada y, como tal, merecen ser respetados y temidos. Su mamá entierra las estatuillas de estos en macetas y cuelga amorosamente sus imágenes en las paredes.
A veces les reza cuando pierde algo o les pide que le pasen algún recado a Dios, porque al parecer él está muy ocupado para recibirlos directamente. Cuando están de buenas, los kataristas llaman idolatría a esa clase de actos, y cuando están de malas, les dicen herejía. Es ese mismo desprecio el que los lleva a barrios de inmigrantes a lanzar piedras contra los vitrales de las iglesias súmicas.
Wes no está seguro de qué piensa Hohn o en cuál versión de Dios cree, si es que cree en alguna. Y como no quiere que lo eche del taxi, no comenta nada más.
—Ah, ¿sí?
—No hay muchas más razones para venir por aquí, la verdad. —Por el espejo, Wes nota que Hohn lo está mirando—. No te ofendas, hijo, pero no pareces alguien interesado en la cacería de zorros. ¿Qué te trae por aquí?
—No me ofendo. Soy alquimista. —Hohn asiente—. De hecho, soy aprendiz de Evelyn Welty —agrega Wes.
Solo es una mentira por omisión. En realidad la señora Welty no respondió su carta, pero Wes sabe que es una mujer ocupada. A todos los maestros que ha tenido los logró convencer presentando su caso en persona. Aunque le aterra que su encanto pudiera acabarse, cree que puede sacarle provecho una última vez.
—Conque Evelyn Welty. Te deseo la mejor de las suertes.
A su parecer, la iba a necesitar.
—Gracias.
Conocía los rumores: que ninguno de sus estudiantes aguanta más de dos semanas, que los pasillos de la mansión Welty están lle-
nos de fantasmas, que Evelyn subsiste a través de la fotosíntesis, etcétera. En su experiencia, todos los alquimistas son un poco extraños. Técnicamente, cualquiera puede hacer alquimia, pero se necesita a una persona obsesiva para que quiera hacerla. Pasan años diseccionando textos antiguos y llenándose la cabeza con la composición química de miles de objetos. Para separar algo en sus partes, necesitas saber exactamente de qué está hecho. O quizá son los vapores sulfúricos los que terminan por volverlos locos a todos.
De cualquier modo, no es nada que Wes no pueda soportar. Si así debe ser, será una guerra de desgaste. Wes nunca ha perdido una batalla de voluntades.
Al fin, llegan a la civilización. Wickdon está acurrucado en la curva de un valle y es tan pintoresco como decían. La luz de las farolas baña los adoquines y se ven coloridas casitas y negocios a cada lado de la calle. Las ventanas de las tiendas proyectan un brillo suave entre la niebla, con la luz puesta sobre sus tentadoras ofertas de pan, víveres y más taxidermia y municiones que en un museo de guerra. Lo que más lo sorprende a Wes es la ausencia total de alquimia. En Dunway puedes encontrar al menos dos por cuadra: joyeros que venden anillos encantados, restaurantes que sirven comida con la promesa de distintos efectos fisiológicos, talleres llenos de herreros que producen ese acero fuerte pero liviano que hace que el ejército de New Albion sea tan increíble.
Mientras el carro avanza hacia el centro del pueblo, la gente va abriendo sus puertas y ventanas para verlo pasar. Una mujer muy joven que está barriendo la calle frente a su tienda mira a los ojos a Wes. Por reflejo, él le ofrece una enorme sonrisa, pero la mujer solo se da la vuelta, como si no lo hubiera visto. Con un gesto triste, Wes pega su cara al cristal y siente un frío tan amargo como el del rechazo. Lo molesta más de lo que quisiera reconocer. En casa, las personas lo conocen. Les cae bien. Le cae bien a todos.
Al menos así era antes de su racha de fracasos.
Aunque espera que se detengan en algunas de las encantadoras y coloridas casas en el camino, siguen avanzando hacia la orilla del pueblo. La cálida luz de las farolas aparece cada vez más distante de la anterior, y las llantas se sacuden estrepitosamente cuando el carro entra al camino de terracería. Wes se asoma por la ventana trasera, donde Wickdon brilla detrás del humo del escape.
—¿Adónde dices que vamos?
—A la mansión Welty. Evelyn vive un poco alejada del pueblo.
Siguen el camino serpenteante hacia las montañas. El motor suelta unos quejidos durante la subida. Wes encuentra el valor para mirar hacia el pueblo a lo lejos y el ancho mar más allá. El agua se ve oscura, gris como el acero, con algunas franjas color óxido donde atrapa los rayos del sol. Las secuoyas pronto bloquean su campo de visión y, tras avanzar un par de nauseabundos kilómetros bajo su alta sombra, el vehículo se detiene frente a una solitaria construcción de ladrillo rojo.
Las paredes están cubiertas de gruesas capas de enredaderas y las hierbas con flores corren por el jardín como la cerveza que se derrama de un grifo. La puerta de madera cruda se mece en un movimiento que más que una bienvenida parece un grito de ayuda. La mansión Welty parece la clase de lugar en el que no debería vivir nadie, la clase de lugar que claramente la naturaleza quiere recuperar.
Wes baja del auto y mira hacia la linterna encendida en una ventana del segundo piso. Hace más frío que cuando salió de Dunway por la mañana, demasiado para ser algo natural, aun con el viento del mar y la altura. Todo está muy tranquilo, muy silencioso. Ya extraña el ruido de Dunway: el ronroneo constante del tráfico y el suave ritmo de los pasos de sus vecinos de arriba, a su madre pasando el rato en la cocina y a sus hermanas discutiendo en su habitación. Aquí el único sonido es el graznido distante de un ave que no puede identificar.
Antes de permitirse caer en el desánimo sobre su nuevo hogar, Wes ayuda a Hohn a bajar las cosas de la cajuela. Todas sus posesiones materiales caben en tres maletas maltrechas y un morral con la correa muy desgastada.
—¿Necesitas ayuda para instalarte? —pregunta Hohn.
—Oh, no. No te preocupes. Estaré bien.
Hohn le lanza una mirada incrédula y luego se saca una tarjeta del bolsillo del pecho y se la entrega. Al frente están impresos el nombre y teléfono de Hohn con tinta descolorida, como si llevara años guardada en su chaqueta.
—Si vuelves a necesitar un auto...
—Sé a quién llamar. Gracias.
Hohn le pone una mano en el hombro y le da un apretón. Es un gesto tan paternal que Wes tiene que tragar saliva para aliviar el súbito pesar que siente.
—Entonces, es todo. Buena suerte.
Hohn inclina su sombrero, se sube al taxi y sale de ahí de reversa. La oscuridad repta hacia el espacio vacío que dejan los faros y, mientras termina de devorarlo, Wes tiene la sensación de que alguien lo está observando. Su mirada se lanza ansiosamente hacia la ventana del segundo piso, donde una silueta fantasmal tiembla suavemente con lo que parece ser la luz de un fuego.
«Contrólate, Winters».
Sube por las escaleras rechinantes del porche hasta quedar frente a frente con la puerta roja. Nunca había estado tan nervioso, pero, claro, nunca había tenido mucho que perder. Para asegurarse de que todo está en su lugar, se pasa una mano hacia atrás por el cabello y sonríe al ver su reflejo en la ventana hasta que el sudoroso gesto de desesperación desaparece de su cara. Todo está en orden. Ensayó su discurso un millón de veces. Está listo. Endereza los hombros, toca a la puerta y espera.
Espera.
Y espera.
El viento sopla por la veranda y se cuela por su abrigo raído con mucha facilidad. Está helando, y entre más tiempo pasa ahí, temblando, más convencido se siente de que algo acecha entre los árboles. A sus oídos, el sonido que hacen las hojas muertas al sacudirse se parece mucho a un murmullo. Escucha su nombre, susurrado una y otra vez.
«Weston, Weston, Weston».
—Por favor, abran —dice entre dientes—. Por favor, por favor, por favor.
Nadie acude. Quizá Evelyn no está en casa. No, eso no puede ser. La luz de arriba está encendida. Quizá no lo escuchó. Sí, eso debe ser. No lo escuchó.
Toca una y otra vez y los segundos se vuelven eternos. ¿Y si no abre la puerta? ¿Y si se mudó? ¿Y si está muerta, pudriéndose junto a esa linterna encendida con un fuego bajo? Estaba tan decidido que ni siquiera se le ocurrió pensar que podría fallar. Su plan siempre implicó un riesgo, uno que, ahora se da cuenta, podría dejarlo solo en medio de la nada. La idea es tan abrumadora, tan humillante, que golpea la puerta con más fuerza. Esta vez, escucha pasos en las escaleras.
«Al fin».
La puerta se abre y Wes se queda sin aliento, pues quien lo recibe es una muchacha. Bajo la tenue luz del porche, parece alguien salida de un poema que leyó en la escuela antes de dejarla, o como los Aos Sí de las historias de su madre. Mientras sus ojos se adaptan a la penumbra, el rostro de la chica se va aclarando con cada parpadeo. Su cabello suelto y dorado. Su piel blanca como la crema. Wes se prepara para el inevitable golpe del amor.
Pero no llega. En una inspección más cercana, la chica es mucho menos bella y mucho más adusta de lo que él esperaba. Ni hablar de su poco sentido de la moda, a juzgar por lo que dicen los catálogos de sus hermanas, pues su cabello es largo y el dobladillo aún más largo. Ella lo mira con un gesto de molestia, con los labios apretados y los ojos entrecerrados, como si Wes fuera la cosa más desagradable e inútil que se hubiera colado en su propiedad.
—¿Te puedo ayudar en algo? —pregunta ella con una voz tan fría como su mirada.
—¿Eres...? ¿Eres Evelyn Welty?
—No. —La palabra se queda flotando, angustiada, entre ellos.
Claro que no es Evelyn Welty. No parece ser mayor que él.
—¿Está en casa? —continúa Wes—. Me llamo Weston Winters y...
—Sé para qué ha venido, señor Winters. —A juzgar por su tono, seguramente asume que está allí para venderle aceite de serpiente—. Mi madre está de viaje por una investigación. Lamento que haya perdido su tiempo.
Es tan directa, tan tajante, que Wes aún está procesándolo cuando ella comienza a cerrarle la puerta.
—¡Espera!
La muchacha deja la puerta abierta apenas unos centímetros y desde ahí Wes puede ver la tensión que se refleja en la postura de sus hombros. Aún no ha superado su pánico, pero puede lograr que esto funcione. Aunque la ausencia de Evelyn es un bache que no se esperaba, podrá ver cómo arreglarlo ya que esté instalado. Su última oportunidad de tener el puesto de aprendiz está en manos de su hija y se puede ver que a ella le importa un bledo lo que él quiera o lo que le pase. La chica no le da nada de lo que pueda asirse. Ni una sonrisa ni un poco de calidez. Solamente lo mira sin ninguna emoción con sus ojos del color del whisky que le dejan la mente en blanco.
—Y... —Busca algo, lo que sea, para hacer que ella siga hablando—. ¿Para qué crees que vine?
—Vino a ser aprendiz de mi madre.
—Bueno, pues... Sí, es verdad. Escribí hace unas semanas, pero no recibí respuesta.
—Quizá debería aprender a leer entre líneas.
—Si me permites explicarte...
—Entiendo la situación. Cree que se merece todo, tanto que no le parece que su falta de planeación debería ser un impedimento para conseguir lo que quiere.
—¡Yo no...! —Wes toma aire. No le servirá de nada perder la compostura—. Creo que te di la impresión equivocada. Permíteme empezar de nuevo.
Ella no dice nada, pero tampoco se mueve, lo que Wes toma como una buena señal.
—Quiero ser senador. —Hace una pausa, intentando leer la expresión de ella, pero sigue completa y desconcertantemente estoica—. Mis posibilidades de lograrlo descansan en que haga estas prácticas. Mi familia no tiene dinero, así que me vi en la necesidad de salirme de la escuela, por lo que no podré entrar a la política a menos que tenga una carta de recomendación.
Solamente los alquimistas pueden convertirse en políticos. No es realmente una ley, pero bien podría serlo. Aunque New Albion luchó por su independencia como nación democrática hace casi ciento cincuenta años, la aristocracia sigue existiendo, disfrazada. A Wes no se le ocurre un solo político electo en los últimos diez años que no sea un alquimista universitario con abolengo katarista, una red de gente acaudalada detrás y con mucha educación. Al ser banvish, él nunca tendrá ese abolengo, aunque se convirtiera, pero puede abrirse paso
