Se llama cáncer: Datos, vivencias, sensaciones, sentimientos y reflexiones sobre el actual sistem
Por Gonzalo Boye
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Sí, Se llama cáncer, el nuevo libro Gonzalo Boye es un trabajo más profundo que se aparta del formato de dietario, más de análisis a partir de situaciones concretas, y mucho más íntimo en el cual se entrelazan datos, vivencias, sensaciones, sentimientos y reflexiones que permitirán ver cuán grave es el estado actual de un sistema que dista mucho de poder encajarse dentro del entorno europeo al que por naturaleza debería pertenecer España.
Cuatro son los grandes temas que analiza Gonzalo Boye a partir de las distintas vicisitudes surgidas en la defensa de los políticos catalanes en el exilio y de otros casos en los que ha participado y que van permitiendo ver diversos fallos sistémicos que lastran cualquier posibilidad de avanzar hacia una consolidación democrática que permita a España definirse como una democracia sin necesidad de adjetivos calificativos.
En el libro se analizan problemas que, aisladamente vistos, no permiten obtener un panorama que afecta a España y que consiste en problemas estructurales, culturales y políticos que terminarán por lastrar el desarrollo democrático de un país que se adentró en la década de los 80s en un proceso de transición que sigue sin concluirse ni, mucho menos, consolidarse.
Son los hechos, las reacciones a los hechos y las soluciones que se aportan de una y otra parte las que permiten hacer un análisis que llevan al autor a la conclusión de que estamos ante una suerte de cáncer mal diagnosticado y peor tratado que termina por generar una metástasis que permite aberraciones tan evidentes como el reciente nombramiento de alguien como Enrique Arnaldo como Magistrado del Tribunal Constitucional... en el fondo, y tal cual ocurre con esa enfermedad, lo que más nos cuesta es asumir que, lo miremos por donde lo miremos y por muchos eufemismos que utilicemos la verdad es que se llama cáncer.
La crítica ha dicho...
«Un trabajo de profundidad que se aparta del formato de dietario para adentrarse en el análisis de situaciones concretas con un punto de vista mucho más íntimo.»
El Nacional.cat
«Un nuevo libro de reflexiones en el que además de contar su tropiezo con esta enfermedad en 2021, la emplea como metáfora de la situación del "sistema jurídico en España".»
Noticias de Gipuzkoa
Gonzalo Boye
Gonzalo Boye, nació en 1965 en Viña Del Mar (Chile) habiendo vivido en Alemania, Inglaterra y España; casado y padre de tres hijas. Pasó 7 años, 11 meses y 23 día en prisión, tiempo que aprovechó para realizar la carrera de derecho y desde 2003 ejerce como abogado especializado en derecho penal y penal internacional. Ha sido miembro del Independent Fact Finding Committee de la Liga de Estados Árabes, del Comité de la FIFA para el conflicto entre Palestina e Israel, es Director Jurídico de la Federación Palestina de Fútbol y asesora, en materia de derecho internacional, a diversos gobiernos. Desde octubre de 2017 coordina la defensa internacional de los miembros del Gobierno del President Carles Puigdemont que se encuentran en el exilio.
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Se llama cáncer - Gonzalo Boye
Se llama cáncer
Gonzalo Boye
SE LLAMA CÁNCER
Gonzalo Boye
DATOS, VIVENCIAS, SENSACIONES, SENTIMIENTOS Y REFLEXIONES
SOBRE EL ACTUAL SISTEMA JURÍDICO EN ESPAÑA
Se llama cáncer, el nuevo libro de Gonzalo Boye, es un trabajo más profundo que se aparta del formato de dietario, más de análisis a partir de situaciones concretas, y mucho más íntimo, en el cual se entrelazan datos, vivencias, sensaciones, sentimientos y reflexiones que permitirán ver cuán grave es el estado actual de un sistema que dista mucho de poder encajarse dentro del entorno europeo al que por naturaleza debería pertenecer España.
Cuatro son los grandes temas que analiza Gonzalo Boye a partir de las distintas vicisitudes surgidas en la defensa de los políticos catalanes en el exilio y de otros casos en los que ha participado y que van permitiendo ver diversos fallos sistémicos que lastran cualquier posibilidad de avanzar hacia una consolidación democrática que permita a España definirse como una democracia sin necesidad de adjetivos calificativos.
En el libro se analizan problemas que, aisladamente vistos, no permiten obtener un panorama que afecta a España y que consiste en problemas estructurales, culturales y políticos que terminarán por lastrar el desarrollo democrático de un país que se adentró en la década de los 80 en un proceso de transición que sigue sin concluirse ni, mucho menos, consolidarse.
Son los hechos, las reacciones a los hechos y las soluciones que se aportan de una y otra parte los que permiten hacer un análisis que lleva al autor a la conclusión de que estamos ante una suerte de cáncer mal diagnosticado y peor tratado que termina por generar una metástasis que permite aberraciones tan evidentes como el reciente nombramiento de alguien como Enrique Arnaldo como magistrado del Tribunal Constitucional. En el fondo, y tal cual ocurre con esa enfermedad, lo que más nos cuesta es asumir que, lo miremos por donde lo miremos y por muchos eufemismos que utilicemos, la verdad es que se llama cáncer.
ACERCA DEL AUTOR
Gonzalo Boye nació en 1965 en Viña del Mar (Chile) y ha vivido en Alemania, Inglaterra y España; está casado y es padre de tres hijas. Pasó 7 años 11 meses y 23 días en prisión, tiempo que aprovechó para realizar la carrera de Derecho y desde 2003 ejerce como abogado especializado en derecho penal y penal internacional. Ha sido miembro del Independent Fact Finding Committee de la Liga de Estados Árabes, del Comité de la FIFA para el conflicto entre Palestina e Israel; es director jurídico de la Federación Palestina de Fútbol y asesora, en materia de derecho internacional, a diversos gobiernos. Desde octubre de 2017 coordina la defensa internacional de los miembros del Gobierno del president Carles Puigdemont que se encuentran en el exilio. Este es el cuarto libro que publica en este sello editorial.
BIBLIOTECA GONZALO BOYE EN ROCA EDITORIAL
… Y ahí lo dejo.
Así están las cosas
¿Cloacas? Sí, claro
Índice
PRÓLOGO
La lucha por el relato
Interpretación democrática del derecho
El choque europeo
Pegasus
EPÍLOGO
Un libro suele tener una dedicatoria. Este, por diversas razones, tiene varias, todas necesarias y merecidas:
A mis médicos Óscar, Bonaventura y Alexander, sin cuyos respectivos conocimientos, consejos, cuidados, comprensión y discreción seguramente este libro hoy no existiría, ni tampoco, probablemente, ningún tipo de futuro.
A Isabel, por acompañarme en el viaje más complejo de mi vida.
A mis hijas, por estar ahí cuando las hemos necesitado.
A Carles, Jami, Josep Lluís y Sergi por haber hecho lo que había que hacer justamente cuando había que hacerlo.
A Blanca Rosa, Fátima, José, Nacho y Jaume, que nos acompañaron en la distancia, con el cariño y la discreción que eran necesarios.
A Mariu y Felipe, que, desde la distancia, pero con el cariño de siempre, fueron dándome la segunda opinión que resultó tan útil frente al legado de Adán.
PRÓLOGO
Aunque ya me había comprometido a escribir este libro, su verdadero origen tiene lugar la mañana del 29 de octubre de 2021, mientras aún convaleciente de una compleja operación desayunaba contemplando las correrías de unas simpáticas ardillas entre las hojas de un hermoso otoño alemán. En ese momento me di cuenta de que ya tenía las ideas claras, la serenidad interior para abordarlo y, sobre todo, el ánimo con el que hacerlo, así como la necesidad de escribirlo de la forma en que lo veréis.
Fue aquí, en Eppendorf, donde comencé a redactar este libro, que seguramente me generará más problemas que alegrías. Pero en la vida siempre hay que hacer lo que dicta la conciencia y decir lo que se piensa; de los silencios cómplices estoy cansado y no quiero formar parte de ellos.
No ha sido un año fácil —creo que ya ninguno lo es—, pero ha sido un año con muchas y muy intensas vivencias especialmente en lo personal habiéndome enfrentado a un cáncer, distinto a aquel del que voy a hablar en este libro, que me ha cambiado muchas cosas. Esto me ha llevado a reflexiones que tal vez me hubiera correspondido hacer muchos años más tarde, pero la vida me ha puesto frente a ellas con algo de antelación y las oportunidades nunca hay que desperdiciarlas.
Los días posteriores al 28 de octubre de 2021 estuvieron plagados de momentos duros y complejos, pero también felices, que me sirvieron para ordenar las ideas, tener claro lo que es y no es importante, y, sobre todo, para saber que los tiempos, sobre todo los vitales, son finitos y lo mejor es aprovecharlos sin dejarse cosas por hacer y decir para mañana.
Antes de esa fecha hubo momentos muy complejos, tal vez demasiados, que afronté con el apoyo incondicional de Isabel y de algunos amigos, y otros que, por prudencia, decidí asumir en solitario hasta que se superaron. Septiembre no fue fácil.
Teniendo en cuenta lo dicho, así como otras vivencias de mi desempeño profesional diario, y dado que a lo largo de los últimos cuatro años he tenido la experiencia y el privilegio de ser parte de la defensa no solo del exilio catalán, sino también de un número relevante de independentistas catalanes, he confirmado algo que vengo sosteniendo desde hace mucho tiempo: España está atrapada en su pasado, afectada por un cáncer que la llevará, irremediablemente, a la descomposición de todo aquello que se espera de un Estado democrático y de derecho. Y este cáncer se encuentra ya en fase de metástasis o muy cerca de esta.
No pretendo hacer un análisis general de la situación en España, no estoy cualificado para ello, pero sí voy a ir exponiendo casos, ejemplos, en los que se refleja, de una u otra forma, cómo se está extendiendo una enfermedad que, partiendo de un nódulo muy concreto, a estas alturas afecta al conjunto del Estado y ha comenzado a impregnar la totalidad del sistema democrático, muy cerca ya del punto en el que seguramente será irreconducible.
El exilio catalán ha servido, está sirviendo y servirá para poner frente al espejo de la realidad europea a un grupo de poder cada día más fuerte que está liderando el regreso al pasado e impidiendo avanzar hacia una sociedad democrática en la que realmente todos seamos iguales ante la ley; especialmente en la que todos nos sintamos cómodos y donde nuestros derechos estén debidamente garantizados.
Pocos casos son tan efectivos para evidenciar cuán diferentes son las formas de abordar los problemas a un lado y otro de los Pirineos; no se trata solo de mirar el «tema catalán», sino de hacerlo a través de él, e ir viendo, junto a otros casos, algo que más temprano que tarde se extenderá más allá de lo tolerable. Estoy sinceramente convencido de que estamos cada día más cerca de ese punto de no retorno.
Los ejemplos son muchos, y por ello he tratado de sintetizarlos en los más significativos, pero todos ellos presentan síntomas comunes y una conclusión: termina por ser incomprensible la pasividad con la que se va asumiendo como normal aquello que no lo es.
Un papel importante en el adormecimiento de la sociedad y en la infinita tolerancia hacia las injusticias, las restricciones de derechos y a que el mal se vaya extendiendo lo desempeñan algunos medios de comunicación y ciertos periodistas. No son todos, pero sí muchos y muy significativos, porque en lugar de informar se dedican a difundir aquellos dogmas o verdades oficiales que se les distribuyen desde los centros de poder.
El deber del periodismo no es el de divulgar, sino el de informar, y por mandato constitucional, además, debe hacerlo de forma veraz. Si se limita a distribuir las versiones oficiales y a tratar de no molestar a sus poderosas fuentes, no solo no se está ejerciendo el periodismo, sino atentando contra sus propias obligaciones constitucionales.
Pero no todo es culpa de ese periodismo de Estado, parte esencial de la culpa de la situación actual la tienen los políticos y los ciudadanos, que nos dejamos arrastrar por una visión preconstitucional, por definición antidemocrática, de cómo han de resolverse las cosas. Cuando queramos darnos cuenta, será muy tarde.
La cobardía y la falta de visión de futuro de los políticos, que enfrascados en lo inmediato y en la menudencia de lo efímero no son capaces de abordar los auténticos problemas de la sociedad a la que dicen representar, también son parte del problema; unas veces no lo hacen por priorizar lo urgente por encima de lo importante, pero otras, simplemente, porque es más fácil gestionar lo existente en lugar de asumir, con valentía, la obligación de cambiar lo necesario para crear lo deseado.
En cualquier caso, otra parte de la culpa la tienen, entre otras cosas, el importante déficit cultural en materia de valores democráticos, la grave docilidad hacia el poder establecido y, sobre todo, el nacionalismo atávico, que permite justificar lo injustificable y dejar en manos de otros la resolución de los problemas de todos.
Muchas veces, no solo respecto a los problemas de una sociedad, la mejor de las respuestas es la radical, la que los aborda desde su raíz, la extirpa y, a partir de ahí, permite reconstruir lo que se haya podido salvar, tal cual ocurre en las cirugías radicales, como a la que yo mismo me vi sometido en octubre pasado, cuya finalidad es extirpar tumores cancerígenos, pues de no hacerse terminarían por extenderse al resto del organismo. Así puede disfrutarse de una sociedad mejor, democrática, que termina encajando en un entorno en el cual las reglas del juego están muy claras por mucho que se las quiera ignorar.
Los grandes males, que en general tienden a expandirse, deberían ser abordados con una suerte de «cirugía radical» que permitiera limpiar el organismo de esos tumores y, en un entorno más sano, asegurarse una sobrevida mucho más larga. Existen otros métodos menos complejos o dolorosos, pero nunca tan eficaces.
Debo indicar que este libro no es un dietario, como otros que he escrito, sino más bien un ejercicio de reflexión abierto al lector sobre las cosas que voy viendo, cómo las percibo, qué problemas detecto y cómo creo que deberían solucionarse, pero siempre desde la perspectiva de mi trabajo como abogado y centrado en el ámbito jurídico y judicial. Si es que algunas tienen aún remedio.
Básicamente abordaré una serie de temas y los iré explicando a través de las experiencias vividas y huyendo de grandes circunloquios y conceptos alambicados. Considero que es la mejor manera de que se entiendan unos problemas que, aun siendo sencillos, generan grandes confusiones; por ello, en algunos pasajes del libro, reproduzco en su literalidad aquellas resoluciones y/o escritos que he considerado relevantes y que mejor permiten comprender de qué estoy hablando.
Estas citas, por extensas, engorrosas o tediosas que parezcan son necesarias para que se comprenda, de la mejor forma posible, sobre qué estoy hablando en cada momento, cuáles son algunos de esos ejemplos y cómo se llega a las conclusiones a las que llego.
Si he recurrido a ello es para que no exista la tentación de pensar que he dado mi personal interpretación sobre determinados casos y situaciones; he tratado de poner de manifiesto que lo dicho, dicho está, y en los precisos términos en que se ha hecho. Puede resultar complejo o tedioso el lenguaje técnico que contienen esas citas, también su ubicación dentro del propio texto, pero creo que solo así se comprenderá bien de qué estoy hablando y por qué, así como el porqué de las soluciones que propongo en algunos casos.
Tengo muy presente que el privilegio de vivir en primera línea la lucha del actual exilio catalán, por su fuerte componente histórico, me obliga a dejar rastro de mucho de lo sucedido. Por ello iré intercalando los ejemplos de las cosas que me preocupan y mis reflexiones con las vivencias que la defensa del exilio catalán, y de otras, me han deparado.
Algunas de mis experiencias vitales y de los casos que me ha tocado ocuparme se verán reflejados, desde distintas perspectivas, en las diferentes partes en que he dividido este libro. Unas veces utilizaré esas experiencias y casos para analizar aquello que denomino «el relato»; otras, con mayor profundidad técnica, volverán a aparecer desde otro ángulo, en lo que denomino la «interpretación democrática del derecho» y el «choque europeo». Finalmente, mucho de lo expuesto será el fundamento de aquello en lo que profundizaré cuando me refiera a Pegasus, que es donde realmente se ha producido una brutal, criminal e ilegítima injerencia en nuestra intimidad personal y lo profesional, con lo que ello conlleva como ejemplo de decrepitud del sistema.
Si alguien se pierde en la lectura, lo mejor es tener presente cuál es el hilo conductor del libro: no es otro que, según mi visión de las cosas, el contraste entre lo que es y lo que debería ser para que podamos sentirnos parte de un club de demócratas, un club en el cual, insisto, las reglas son claras y hace tiempo que España no las cumple y, peor aún, no parece que esté dispuesta a cumplirlas si eso no viene impuesto desde fuera.
Las experiencias vitales y profesionales suelen marcar mucho nuestra manera de ver las cosas. Por ello pido que al leer este libro se tenga presente que ni me considero dueño de la verdad ni creo que mi forma de ver y aproximarme a las diversas situaciones sean las únicas correctas; simplemente es mi visión y mi forma de enfrentarlas desde una perspectiva que, por personal, sin duda resulta subjetiva.
Lo que expongo no son más que síntomas que me llevan a un determinado diagnóstico que iré plasmando en estas páginas. Tal vez otros, ante los mismos síntomas —que sí son objetivos—, lleguen a otras conclusiones. No existe una visión o verdad absoluta, mucho menos sobre el cómo se percibe la realidad, ni pretendo que así sea, pues ello representaría la antítesis de lo que defiendo.
Desde mi personal visión de la realidad española tengo la clara sensación de que lo que en un principio pudieron ser concretos y encapsulados tumores dentro de un sistema que se pretendía y presentaba como sanamente democrático fueron, al no ser debidamente tratados o extirpados, permeando sus paredes, traspasando compuertas y extendiéndose a más y más órganos, generando una suerte de metástasis que está comenzando a contaminar todo el sistema democrático con un riesgo mortal de necesidad.
Lo que le pasa a España se llama cáncer. Este es el mejor de los símiles que en estos momentos puedo encontrar para describir todos los síntomas que voy viendo día a día. Como ocurre con muchos tipos de cáncer, si no se actúa con valentía y decisión y no se toman las decisiones correctas ni se acude a los tratamientos necesarios de la mano de los profesionales adecuados, este termina extendiéndose de forma tal que lo contamina todo, con el resultado que perfectamente podemos imaginar.
Una democracia es como un cuerpo: si no se le cuida, se debilita y enferma. Si esto ocurre ha de tratársele, algunas veces con extrema radicalidad, para combatir el mal que le acecha y evitar la muerte. Una vez superada la enfermedad habrán de verse las causas que la generaron y, a partir de su determinación, combatirlas de manera constante. Una democracia tiene determinadas tendencias y la española ha demostrado, a lo largo de su historia, una persistente predisposición a lo antidemocrático y lo totalitario. Por lo tanto, habrá de tenerse especial y permanente cuidado ante cualquier signo de recidiva, muchas veces más agresiva y siniestra que la inicial enfermedad, que es justamente lo que creo que estamos viviendo en la actualidad.
Una sociedad es democráticamente sana en la medida en que todas sus partes lo son; si alguna no lo es, más temprano que tarde terminará contaminando al resto, generalizando, de esa forma, la enfermedad que aqueja al concreto órgano inicialmente afectado. Si no somos capaces de extirpar o curar las zonas afectadas, el mal, que estaba primeramente focalizado, terminará por contaminar al conjunto.
Sostener que se puede tener una sociedad democráticamente sana cuando la forma en que se asume, entiende, interpreta y aplica el derecho es profundamente antidemocrática es no entender cómo funciona la sociedad ni el derecho que la regula.
Como ocurre con cualquier enfermedad, lo importante no solo es el diagnóstico, sino compartirlo con el paciente y hacerlo de forma clara, directa y sin medias tintas, para que, confrontado con el mismo, sea capaz bien de luchar contra dicho mal o asumir las consecuencias de este.
Justamente por ello, y por otras razones, creo que es importante decirle a este paciente, España, que sí, es cáncer lo que padece, un cáncer antidemocrático que con valentía y radicalidad tiene cura.
Eppendorf, Alemania,
a 5 de noviembre de 2021
La lucha por el relato
En mis anteriores libros he hablado del «relato», una explicación de la realidad que la mayoría percibe como cierta, cuando no es más que una apariencia establecida a costa de repeticiones y reiteraciones diseminadas y difundidas por los medios de comunicación.
En comunicación política los relatos (storytelling) tienen una estructura de principio, desarrollo y fin; además suelen ser concretos y estar pensados para activar emociones y orientadas a actuar, a provocar la motivación para actuar en sus destinatarios.
En los cuatro años que llevo defendiendo a los exiliados he visto claros ejemplos de ello, y en muchas ocasiones los he sufrido en carne propia, con las consecuencias que hemos sufrido mi familia, mis colaboradores, mi entorno social y yo mismo. La perversidad de este tipo de dinámicas es tanta que en muchas ocasiones termina creando una realidad paralela que cuesta mucho desmontar, si es que se logra del todo.
El mecanismo según el cual surgen los «relatos» es de sobra conocido pero no por eso menos dañino, y en lo que respecta a la defensa de los exiliados y del resto de los represaliados catalanes, siempre sigue los mismos parámetros o sistema de divulgación.
Alguna «fuente» oficial explica un «hecho» —en algunos casos hasta se lo «documenta»— a algún periodista de confianza, quien, días más tarde, lo publica. A partir de dicha publicación la «noticia» comienza a tener vida propia a través de otros medios, y lo que no es sino un bulo malintencionado termina convirtiéndose en noticia que una gran mayoría de la ciudadanía termina por creerse. De ese modo se genera una apariencia de realidad muy peligrosa para cualquier sociedad democrática que tiene derecho a una información veraz.
Cuando se han dado estos procesos, y no han sido pocos los casos, hemos contactado con los divulgadores, que no quiero llamar periodistas, y lo primero que nos dicen es: «Bueno, esto me lo ha dicho una fuente de toda solvencia», «esto no lo hemos contrastado porque la fuente nos lo ha asegurado», o «¿cómo voy a dudar si quien me lo está diciendo es de toda solvencia?», y otras respuestas por el estilo.
En realidad, siempre se trata de filtraciones interesadas, que en algunas ocasiones provienen de las más altas instancias jurisdiccionales y en otras de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado; es decir, siempre de una parte interesada en instalar un relato.
Pero no todo surge de ese tipo de fuentes; durante la tramitación del suplicatorio en contra de los eurodiputados catalanes¹ vimos cómo la fuente de la que bebían ese tipo de divulgadores trataba de sembrar el camino de relatos que, transcurrido un año, seguimos sin poder desmontar aunque son absolutamente falsos.
El 13 de enero de 2021 se celebró la audiencia de los eurodiputados Carles Puigdemont, Toni Comín y Clara Ponsatí ante la Comisión de Asuntos Jurídicos del Parlamento Europeo (JURI), una audiencia o fase preceptiva en todo proceso de levantamiento de la inmunidad —también llamado suplicatorio en términos castizos— que había sido solicitada a principio de 2020 por el juez Pablo Llarena para, de esa forma, poder continuar con la ejecución de unas órdenes europeas de detención y entrega que el propio juez Llarena cursó en 2019 sin haber solicitado, previamente, ese levantamiento de la inmunidad.
Dicha audiencia se caracteriza por ser a puerta cerrada y de carácter secreto; sin embargo, nada más salir de ella vimos que diversos medios estaban difundiendo supuestas afirmaciones vertidas en esta que, puedo asegurar sin entrar a revelar datos del desarrollo de la vista, ni tan siquiera se nos habrían ocurrido.
Otro tanto ha sucedido con los cientos de documentos de varios miles de páginas que presentamos y con las múltiples alegaciones que remitimos a dicha comisión, cuyo presidente o bien no se las leyó o fue incapaz de comprenderlas; terminó cometiendo exactamente todos los errores que habíamos previsto y que trasladamos a la demanda de anulación que meses después interpusimos ante el Tribunal General de la Unión Europea (TGUE).
La mayor parte de los argumentos para demandar la anulación del acuerdo de conceder el suplicatorio nos los sirvieron en bandeja el presidente de la JURI y los nacionalistas españoles, que desde dentro de la comisión fueron amparándole en todo lo que hacía sin recordar el viejo dicho «pan para hoy y hambre para mañana».
Pero el problema de los relatos es la larga vida de la que gozan algunos, pues esta vista se produjo, como he dicho, el 13 de enero de 2021, y diez meses después algunos periodistas insistían no solo en sostener esos bulos, sino, además, en plantear que habíamos arrastrado esos temas a nuestra demanda de anulación, presentada ante el TGUE en contra de la decisión del Parlamento Europeo de 9 de marzo de 2021 por la cual se acordó levantar la inmunidad a los tres eurodiputados catalanes.
Seguramente, cuando se puedan hacer públicos todos los escritos y documentos que hemos presentado ante el TGUE, que más temprano que tarde se harán públicos, esos mismos divulgadores harán como si jamás hubiesen escrito al respecto ni titulado, a grandes rasgos, con el clásico «Puigdemont esto» o «Puigdemont lo otro» que tantos réditos les genera.
Uno de los relatos surgidos a raíz del procedimiento del suplicatorio para el levantamiento de la inmunidad de los eurodiputados catalanes y divulgados a partir de «una fuente de toda solvencia» consistía en que nosotros habríamos alegado que dicho suplicatorio «no se llevó de forma válida por hacerse por vía telemática», vinculando tal falacia con una reciente decisión del TGUE.
El titular, diez meses después de la vista, era: «La justicia europea echa por tierra parte del argumentario jurídico de Puigdemont», y en la noticia se enlazaba un tuit del presidente de la JURI, cuya preparación jurídica es similar a la que yo tengo en danza japonesa.
La verdad, muy por el contrario, es que nosotros jamás trasladamos tal planteamiento a la demanda de anulación interpuesta en contra de la concesión del suplicatorio; simplemente, mientras este la tramitaba en el comité JURI, hicimos ver a su presidente que no nos parecía que fuese la mejor de las soluciones por diversas razones, pero de ahí a gastar media línea en nuestra demanda hay un trecho muy largo.
Una demanda de anulación tiene un espacio tasado: 25 páginas en Times New Roman de 12 y con interlineado de 1,5, y notas a pie de página en igual tipografía pero de 10, lo que no permite incluir menudencias y obliga a centrar muy bien el objeto del litigio y los argumentos de defensa que se van a usar.
Los formatos de demanda europeos son un auténtico problema para los juristas de raíz latina, tan dados somos a escribir y escribir sin centrarnos en la esencia de los temas y de sus soluciones; no somos capaces de sintetizar, de apuntar a lo sustantivo sin perdernos en recovecos lingüísticos que nada aportan a la defensa de los intereses encomendados. Tengo la sensación de que en muchas ocasiones alegamos «al peso» y no nos centramos en lo fundamental: definir el problema, acotarlo, ver el marco regulatorio, citar la doctrina que más convenga a las pretensiones, la jurisprudencia y apuntar a la solución que buscamos.
La fuente del divulgador no podía ser peor: una persona tremendamente ideologizada, con escasos conocimientos técnicos, nula estrategia y capacidad de análisis que durante toda la tramitación del procedimiento, cual toro de lidia, entró a todos los trapos que le pusimos, hizo justamente todo aquello que esperábamos y nos dio una y otra vez más y más bazas de defensa para algo que era inevitable desde un comienzo: la interposición de una demanda de anulación.
En marzo de 2021 se procedió a la votación del suplicatorio
