HABÍA QUE DECIRLO: MÁS REFLEXIONES EN CÁPSULAS
Por MOISÉS WASSERMAN
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HABÍA QUE DECIRLO - MOISÉS WASSERMAN
CAPÍTULO 1
PERSONAS, VIRTUDES Y PROBLEMAS
EL PARAÍSO SON LOS OTROS
16 de enero de 2018
El título de esta columna recuerda a Sartre, quien en su drama A puerta cerrada propuso que el infierno son los otros
. Se han escrito centenares de páginas interpretando lo que quiso decir. Pienso que probablemente quien mejor sabía qué quiso decir Sartre fue Sartre, quien afirmó, unos veinte años después del estreno de la obra, que los otros son, en el fondo, aquello que hay más importante para nuestra propia conciencia de nosotros mismos
¿Pero entonces por qué son el infierno? Voces importantes en la psicología moral moderna opinan lo contrario.
Dan Sperber y Hugo Mercier, investigadores del CNRS en Francia, y Jonathan Haidt de la Universidad de Nueva York, se preguntan por qué los humanos somos tan buenos razonando en algunos contextos y tan malos en otros ¿Por qué el sesgo de confirmación
es una tendencia tan fuerte (casi una constante) que lleva a que la gente en forma automática busque las evidencias que soportan sus creencias iniciales y no indague sincera y objetivamente la verdad, sea cual fuere? ¿Por qué no hay un sistema que sea capaz de enseñar el pensamiento crítico de forma que las personas se planteen automáticamente dudas sobre su propia posición? ¿Por qué el razonamiento está tan generalmente sesgado cuando los intereses propios están en juego?
La respuesta que se dan es que el razonamiento no fue diseñado por la evolución para buscar la verdad, sino para ayudarnos a ganar discusiones. Así se nos permitió explotar, con ventajas, el rico ambiente social, único en los humanos. Esa interpretación, que se basa en el potencial de la razón para generar interacciones con los otros, explicaría por qué ella evolucionó y cómo encaja con otros mecanismos cognitivos y por qué, aunque ha llevado a ideas terribles, ha permitido también difundir las que son buenas. En verdad, todo esto no es totalmente novedoso. Ya David Hume en el siglo XVIII decía que la razón es, y debe ser, esclava de las pasiones, y no puede pretender otro oficio que servirles y obedecerles
.
El hecho de que el método científico se base en la crítica descarnada de las nuevas ideas parecería contradecir las afirmaciones anteriores. Pero, hay que reconocer que en la construcción de consensos en ciencia es más frecuente la crítica de los pares que la de quien propone la nueva idea. No somos muy buenos para encontrar las fallas que hay en nuestro razonamiento. Pero para eso están los otros. Entre todos podemos acercarnos a la verdad. El paraíso, pues, son los otros.
Estas teorías, de ser ciertas, tienen implicaciones importantes en las discusiones políticas este año. Por un lado, explican las dificultades tan grandes que hay para que las personas con posiciones divergentes se escuchen. Todos quieren imponer su posición. Los mismos hechos son valorados en forma diametralmente opuesta si los comete alguien amigo, o alguien del campamento contrario. Los hechos son interpretados, en forma torcidamente imaginativa, para que justifiquen las opiniones propias. Se critica con absoluta intransigencia a la intransigencia del otro.
En el pasado afirmé que las universidades se equivocan menos que los gobiernos, y que eso se debe a que en ellas existen, por su naturaleza, una amplia diversidad de pensamientos y un ámbito de debate razonablemente respetuoso. Sus peores momentos han sido aquellos en los que una posición hegemónica ha predominado. Tal vez, la salida a nuestro momento político esté en un modelo en el que predominen las alianzas entre pensamientos diversos. En esos ámbitos, cada uno defendería sus posiciones (como lo estaría ordenando la naturaleza humana), pero estaría sometido a la crítica de los otros. Valdría la pena probar, tal vez lo que creíamos infierno resulta siendo paraíso.
¿POR DÓNDE ROMPER EL CÍRCULO VICIOSO?
13 de julio de 2018
Las últimas encuestas reportan un aumento en el optimismo de la gente. Yo, que me mantuve optimista cuando el país era pesimista, tengo hoy más dudas y siento más temor por nuestro futuro inmediato. Me parece que uno de los problemas más graves que tenemos es la desconfianza en la justicia. Desconfianza que, aunque se justifique con ejemplos, constituye por sí misma un mal mayor, porque da una especie de licencia a la gente para actuar de cualquier forma. Algunos, los peores, simplemente dejan de hacerle caso a la Ley y tratan de enriquecerse como sea, confiando en que van a estar dentro de ese universo de impunidad que describen las noticias.
Otros, utilizan esa desconfianza para erigirse en jueces de los demás. Así quien quiera, mientras se toma un café, se puede dedicar a condenar a quien le parezca que debe condenar. ¡Cuáles principios básicos del derecho si ya demostraron que no sirven! Eso de que nadie es culpable hasta que se demuestre lo contrario, que quien acusa debe demostrar con evidencias, que las obligaciones no se presumen, en fin, toda esa inútil cháchara que ha desarrollado la humanidad durante siglos, no tiene ninguna importancia porque yo sí sé cómo son las cosas, a mí no me engañan con cuentos
.
A ese ambiente de desmoralización, debo decirlo, han contribuido algunos periodistas y políticos que en forma irresponsable actúan al mismo tiempo de fiscales, testigos, jueces y hasta verdugos. Una cosa es denunciar y destapar responsablemente hechos para que la justicia defina si son delitos; otra, pretender reemplazarla, usando indicios de los que sacan conclusiones exorbitantes.
Esa actitud irresponsable, que presumiblemente se deriva de la falta de la credibilidad general en la justicia, nos mantiene en un círculo vicioso en el que con cada vuelta que da, la desconfianza aumenta. Problemas tan terribles como los asesinatos de líderes sociales (y de no líderes también) se abordan sin tratar de entenderlos verdaderamente, como si estuvieran todos en una bolsa amorfa de la cual cada quien extrae los casos que le convienen para demostrar sus supuestos. Sin una justicia confiable que indague en las causas, que conozca a todos los grupos involucrados y que castigue a los culpables, se mantendrá una indefinición que redundará en más violencia.
En su libro La sociedad decente el filósofo Avishai Margalit distingue entre sociedad civilizada que es aquella en la que sus miembros no se humillan los unos a los otros, y sociedad decente en la que las instituciones no humillan a las personas, ¿por cuál comenzamos para romper ese círculo vicioso en el que, por no creerle a las instituciones, humillamos a las personas, y porque las personas son humilladas dejamos de creer en las instituciones?
La sociedad civilizada se podría lograr si hiciéramos un pacto ciudadano para no humillarnos mutuamente. Hay naciones que lo han hecho, a veces después de grandes guerras y crisis. Pero sería muy ingenuo decir que eso es factible hoy. Los odios y los rencores han sido llevados a extremos que, al menos en las actuales circunstancias, no parecen reversibles.
El cambio en la institucionalidad debería lograrse con la tan esperada reforma de la justicia. En ella sin duda será necesario disminuir radicalmente la impunidad, los tiempos que duran los procesos, los atrasos y todo aquello que depende de la mecánica jurídica. Pero, aunque necesario, no va a ser suficiente. Ojalá nuestros gobernantes, legisladores y juristas tengan la visión y la fortaleza para producir un giro radical y una depuración, que recuperen la credibilidad en los jueces y nos quiten a los demás ciudadanos la autoasumida facultad de juzgar, condenar y humillar a los otros.
PRECAUCIÓN CON LAS REDES SOCIALES
7 de noviembre de 2018
He sido defensor de las redes sociales por su potencial para difundir opiniones que de otra forma no se escucharían. Sin embargo, cada día es más evidente la necesidad de usarlas con responsabilidad. Su capacidad de amplificación es de tal magnitud que pueden convertir un hecho de importancia limitada en una catástrofe universal.
Acá va un ejemplo: el 12 de octubre una caravana de hondureños inició una caminata de más de 3.000 km hacia la frontera de Estados Unidos con México. En ese mismo momento surgió en las redes una teoría conspiratoria que pretendía explicar lo que realmente había tras esa caravana. Según esa teoría, el multimillonario filántropo judío George Soros estaba organizando, financiando y promoviendo la marcha. Lo hacía no solo porque él fue un migrante que escapó de su natal Hungría, sino porque iba a lograr que esos hondureños votaran por el Partido Demócrata en las elecciones de noviembre. Uno de los primeros mensajes sobre esa descabellada teoría surgió de un periodista en Dakota del Norte que alertaba contra el genocidio blanco
promovido por judíos, ayudados por una fuerza invasora. En uno de sus tuits introdujo el meme gracioso
sobre los ‘demoncratas’, que serían los que promueven el gobierno del demonio, en lugar de los demócratas, que promueven el del pueblo.
Las teorías sobre Soros no eran nuevas. Pero la combinación de elecciones decisivas con redes sociales, en las cuales se puede decir cualquier cosa, logró una amplificación sin precedentes. En 20 minutos ya se habían enviado mensajes a 165.000 seguidores. El 16 de octubre ya habían recibido estos mensajes más de dos millones. El 17 de octubre, un miembro del Congreso envió por Twitter un video en que se veía gente entregando pequeñas sumas de dinero a personas que marchaban, y lo convirtió en prueba del financiamiento de Soros. Posteriormente se demostró que ese video no era de la marcha, ni siquiera había sido filmado en Honduras, pero (característico de las redes) siguió rodando.
Importantes políticos difundieron los mensajes. El hijo del presidente entre ellos. Un comentarista de prensa que durante la campaña presidencial había promovido la ‘noticia’ de que Hillary Clinton era pedófila y tenía niños secuestrados en el sótano de una pizzería en Washington (hecho que terminó con la irrupción de un loco armado que venía a salvar a los niños), pasó un video de camiones transportando la gente. El video fue ampliamente difundido, incluso por varios congresistas. Por supuesto, era falso.
Para el 29 de octubre habían recibido esos mensajes 587,7 millones de seguidores en Twitter y 267,8 millones en Facebook. Hay, por supuesto, seguidores repetidos, pero los números son asombrosos y suficientemente ilustrativos de algo que supera lo que llaman ‘tendencia’.
No sorprendió a nadie que entre los activos difusores de estos mensajes se encontraran Cesar Sayoc, quien por esos mismos días envió bombas a Soros, CNN y a otros que criticaron al presidente Trump, y Robert Bowers, quien el 27 de octubre irrumpió en una sinagoga en Pittsburgh asesinando a once judíos que rezaban.
Seguro hasta acá los lectores estarán de acuerdo en condenar los hechos relatados. Ahora los invito a mirar nuestro comportamiento en redes y ver si somos capaces de criticarlo igualmente. Las mentiras en forma de meme y enviadas por un tuit no son ‘mentiras veniales’; el insulto no se disminuye porque vaya a través del ciberespacio; de derecha y de izquierda llueven memes infames que pretenden engañar, no enseñar; tal vez se debería exigir que para ingresar a las redes se tome un curso de inducción en el que se reflexione sobre el significado de conceptos como verdad, honestidad intelectual y respeto.
LO CORTÉS NO QUITA LO VALIENTE
18 de noviembre de 2018
El título de esta columna es un refrán que pasó de moda. Se ha impuesto lo contrario; lo cortés es ingenuo, es pusilánime, es pequeñoburgués. En las discusiones hay que ir a la yugular del contendor: ¿para qué perder el tiempo con argumentos, si un buen insulto termina el trabajo más rápido? En todos los ámbitos, a veces incluso en la academia, se volvió una virtud ser intolerante con el contendor, quien por sus ideas debe pertenecer a uno de dos grupos: o es imbécil, o es corrupto.
La norma hoy es la de ser un crítico despiadado. Crítico que, según lo que decía Mark Twain, tiene como símbolo al escarabajo pelotero, cuyos huevos no dan fruto si no los entierra en el estiércol de otro. Aquel que comparte las ideas del crítico, pero no su actitud agresiva, tal vez no sea calificado de corrupto, pero sí de imbécil.
Esa forma de discutir es, en mi opinión, equivocada e ineficiente. Equivocada, porque parte de la base dudosa de que uno tiene toda la razón y no hay nada aprovechable en los pensamientos del otro. Muy ineficiente porque conduce inevitablemente a un callejón sin salida. No hay forma de convencer a alguien a quien se desprecia y maltrata, no hay forma de llegar a consensos pacíficos; se impondrá la fuerza. En la democracia, el intolerante empezará con votos, pero al final, de todas formas, empleará la fuerza. Quien va a la discusión con la intención de aplastarle la cabeza al contendor no estará en buena posición para protestar cuando un poderoso decida aplastar la suya. Está cayendo en la trampa de volver normal aquello que debe ser condenable.
Esta forma de discutir no es exclusivamente nuestra, la vemos por todas partes. Se ha escrito bastante al respecto, y no son ingenuos ni pusilánimes los que lo han hecho. Un filósofo reconocido hoy, Daniel C. Dennett, aborda el problema en su libro Bombas de intuición y otras herramientas para pensar. Se pregunta qué tan caritativo debe ser uno criticando la visión del oponente y plantea vías para ser crítico no queriendo aplastar, sino tratando de acercarse a la verdad. No para estar en lo correcto a todo costo, sino para comprender y avanzar en un entendimiento colectivo. Propone cuatro pasos para construir la crítica: 1) describir la posición de quien se quiere refutar en forma tan precisa que el oponente diga que no podía haberlo expresado mejor; 2) decir en qué está de acuerdo con su contendor; 3) mencionar lo que haya podido aprender de él, y 4) ahora sí refutar sus ideas convincentemente. Los puntos de Dennett, más que una ingenuidad utópica, son una estrategia psicológica para que el oponente sea receptivo a su crítica y la discusión
