La era de lo tóxico: Ensayo sobre el nuevo malestar en la civilización
Por Clotilde Leguil
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Clotilde Leguil vuelve a iluminar las fronteras que nos separan del otro y que permiten, con frecuencia, que nos afectemos física y psíquicamente. Para ello, sigue los rastros de lo tóxico más allá de la filosofía: en las novelas de Musil y Flaubert, en los tratados de Sade. Como si de un espejo se tratara, este libro nos pone ante la dimensión tóxica del sujeto contemporáneo que, al apostar por el goce, ha olvidado el deseo.
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La era de lo tóxico - Clotilde Leguil
Índice
«Tóxico»
I. El momento de lo tóxico
Lo tóxico, una nueva metáfora
En busca de un límite
El veneno de nuestro tiempo
II. Una sustancia de un género nuevo
Una inversión de sentido
Dramaturgia del veneno
Malestar de lo tóxico
El sujeto afectado por lo tóxico
III. La flecha del toxikón
Arqueología del tóxico
Flecha envenenada
Suplicio de Heracles
IV. Malestar, herida, angustia
Lo tóxico como prueba
Alquimia maldita
V. Con Musil, una inmersión en la experiencia tóxica
Exploración de las tinieblas
Un pacto de sometimiento
Efracción del cuerpo por el veneno
Los tres tiempos de la experiencia tóxica
VI. La deriva tóxica de Törless
Un contra-cogito
En busca de un antídoto
La carta al padre
El asco como límite
VII. «Kant con Sade», o el superyó tóxico
Versión original del superyó
Un desajuste
Imperativo sadiano
Un nuevo avatar del superyó
El límite del deseo
VIII. La intoxicación amorosa de Emma Bovary
Elogio de la intensidad
Del filtro amoroso a lo tóxico
Embriaguez amorosa
El relato del goce de Emma
Cosas maravillosas vistas y oídas
IX. Crítica del poder tóxico
Lo tóxico de la multitud
Management tóxico
Revuelta contra el patriarcado
Crítica del monopolio del goce legítimo
Un sentimiento de traición
X. Lo tóxico, irrespirable
Angustia real
Cuestionamiento del planeta por lo tóxico
Forzamiento de los límites de lo vivo
XI. Goces del futuro
Deriva de la ciencia
Desaparición de los límites en la guerra
Crímenes del futuro
XII. Antídoto
La inyección de palabras
El envenenamiento de Irma
Pharmakón
Las tinieblas del Verbo me envenenan y me inmunizan
Bibliografía
Agradecimientos
«Las tinieblas del verbo me aturden y me inmunizan».
René Char
¹
1. Char, R., «Feuillets d’Hypnos», en Fureur et Mystère, Gallimard, col. «Poésie», París, 1962, pág. 107 [trad. cast.: Hojas de Hipnos, Visor, Madrid, 1996].
«Tóxico»
La palabra «tóxico» designa ahora un nuevo campo de la experiencia. Este ensayo es un intento de interpretarlo, de descifrar sus coordenadas secretas.
Tras el enigma del consentimiento, tras los grados del «dejarse hacer», tras la zona del forzamiento explorada en Ceder no es consentir,² quería sumergirme en las brumas de lo «tóxico», de lo que es llamado tóxico. Tenía la intuición de que lo tóxico podría permitirme arrojar luz sobre esa extraña región de la existencia en la que el sujeto es presa de una pulsión destructora, en la que el sujeto fuerza su propio consentimiento, en la que el sujeto se deja llevar por un goce que acaba asfixiándolo. A los tres grados de «dejarse hacer» que quise distinguir primero, añado aquí un grado más primordial, un grado que está en la raíz de la relación con el otro, en el que el sujeto se deja intoxicar sin darse cuenta de lo que le sucede.
En mi opinión, lo tóxico define un nuevo lugar en la relación con el otro y un nuevo sujeto. La experiencia tóxica se sitúa en la frontera entre el «sí» y el «no», en un lugar en el que el sujeto no ha visto venir la cosa tóxica. La experiencia llamada tóxica inocula en el cuerpo una sustancia extraña, como la punta de una flecha envenenada que se hubiera clavado en la carne. Nos hace respirar un aire que, como el aliento tóxico de la Hidra de Lerna, pone en peligro al viviente.
Lo tóxico es un nuevo veneno. Como una auténtica túnica de Neso —recordemos la túnica empapada de veneno que viste Heracles al final de su vida—, lo tóxico penetra por todos los poros de la piel. Una vez inoculado el veneno, el sujeto siente instaurarse en su cuerpo una nueva exigencia, la de una pulsión que ya no lo suelta. Lo tóxico es el nombre de esa cosa en mí, en nosotros, que nos conduce a dejarnos llevar a la deriva. Es el nombre de esa cosa que me lleva a descubrir en mí a un sujeto distinto al de la conciencia, distinto también al de la palabra y el lenguaje, un sujeto que se acopla con el cuerpo, un sujeto de goce.
Lo tóxico se encuentra precisamente en ese lugar donde algo del otro ha llegado a afectar a mi cuerpo. No a un cuerpo cualquiera, sino a mi cuerpo.
2. Leguil, C., Ceder no es consentir. Un abordaje clínico y político del consentimiento, Ned Ediciones, Barcelona, 2023.
I
El momento de lo tóxico
Lo tóxico ha cambiado de sentido al mismo tiempo que nosotros hemos cambiado el mundo. Lo que se llama tóxico en el siglo xxi no es lo que era llamado así en siglos anteriores. Mientras que antes existían los tóxicos, con sus efectos, ya fueran medicinales, ya nocivos, hoy existe lo tóxico. Mientras que antes existían los paraísos artificiales, el veneno que ahonda la voluptuosidad y produce una nueva alquimia del dolor, mientras que antes existían el vino y el opio que podían «llenar el alma más allá de su capacidad»,³ hoy existe lo tóxico que inquieta, que se propaga, que se difunde entre los seres, por los intersticios del mundo, entre la presencia humana y aquello que la sostiene, la Tierra. Si antes existía la poesía de los venenos dulces, que ahuyentaban el spleen y alimentaban los sueños, infundiendo en los cuerpos «un deseo eterno y culpable»,⁴ ahora existe lo tóxico que produce una nueva forma de angustia.
El campo de la toxicidad se ha desplazado para extenderse más allá de las sustancias químicas, en un lugar distinto del de los estupefacientes. El nuevo campo de lo tóxico desborda la esfera de las adicciones y ya no se limita al mundo de los objetos o productos cuyo efecto era considerado tóxico. Lo tóxico, aplicado ahora a la palabra, a las relaciones y a la vida sexual, es un nuevo tipo de sustancia. Lo tóxico se ha extendido a los demás, a la virilidad, a los padres, al amor, a la gestión, al progreso, a la sobreexplotación de los recursos de la Tierra. ¿No vivimos acaso en la era de lo tóxico?
El eterno retorno de este término en la lengua indica una nueva extensión del campo de lo tóxico, pero también una insistencia sin precedentes. Lo tóxico parece estar en boca de todos. Es como si el discurso de cada cual, en un momento u otro, topara con lo tóxico. «¿Has dicho tóxico?». Encrucijada significante por la que pasa el sujeto, para expresar lo íntimo, pero también para rechazar algo que viene del otro, del lazo social, de la civilización globalizada, lo tóxico parece nombrar una nueva falla. Parece decir algo a lo que nuestros labios no pueden acostumbrarse, lo que nos hace sufrir y nos destruye, la infame poción que nos han hecho beber y que nos ha envenenado.
Lo tóxico, una nueva metáfora
Debo admitir que, al principio, incrédula ante su meteórico ascenso, o quizá su nuevo valor, este término no formaba parte de mi lengua ni de mi forma de hablar. Incluso desconfiaba de esa palabra, como si pudiera ser ella misma lo mismo que significa, tóxica... Una expresión de moda que todo el mundo utiliza sin saber qué quiere decir, o tal vez para designar precisamente lo que no entendemos y nombramos por mimetismo, por contagio. Tóxico... Tóxico... Tóxico...
Pero, poco a poco, esta palabra se me fue imponiendo. A medida que la oía, utilizada por quienes hablan de sus males, sus tormentos y sus angustias, me empezó a sorprender ir distinguiendo el lugar que ocupaba, observando en qué punto surgía. Y, como todo el mundo, empecé a hablar de lo que me parecía tóxico, para designar lo que produce un efecto nefasto en el sujeto, lo que de algún modo lo ha envenenado, lo que ha tenido un efecto nocivo del que no le es posible separarse y le produce un afecto de malestar, a menudo a posteriori. Incluso empecé a pensar que este término era adecuado para describir ciertos abusos de poder, para nombrar lo que constituye una violación, para designar las consecuencias de ciertos discursos, o incluso los efectos de los objetos de la industria tecnológica que parasitan la psique, obligándonos a no pensar, a acelerar nuestro movimiento, a tratar de ganar tiempo para no tenerlo al final en absoluto, a no poder pensar nada por no ir paso a paso... ¿Has dicho tóxico? Sí... tóxico, he dicho tóxico.
Entonces empecé a apreciar todo el alcance del término, su recurrencia constante en el habla cotidiana, pero también en el discurso más secreto. Tomé conciencia de su nuevo alcance, desde lo íntimo a lo político pasando por lo social. Lo tóxico no era solo una forma de decir rápida, cómoda, muy de moda, un comodín —eso pensaba yo antes—, un término que sería el «último grito», como hubiera dicho Lacan. Me di cuenta de que este término estaba haciéndose un lugar en el lenguaje, y que acudía para decir algo real que, sin embargo, era difícil de dilucidar. Lo tóxico ha llegado sin ser invitado a las relaciones humanas, al corazón de los encuentros y los discursos. Se ha introducido en nuestra relación con el mundo y con los objetos del mundo, ya sea real o virtual. Pensé, no que lo tóxico solo hablara de la forma en que hablamos, sino que revelaba el modo en que siempre buscamos una palabra para decir lo real. Lo tóxico era quizá el lugar de una experiencia nueva, de una metamorfosis en nuestra relación con el mundo y con los demás. En virtud de su novedad y de su extensión inédita, ¿no estaba lo tóxico transmitiendo un mensaje sobre nuestro malestar, sobre nuestra época? ¿Y si lo tóxico dijera algo verdadero, incluso algo real, sobre el momento presente, el momento de lo tóxico?
Dejarlo resonar, recogerlo, verlo arraigar aquí y allá, me llevó a darme cuenta de que, efectivamente, lo tóxico se ha convertido en una de las palabras clave de nuestro tiempo. Lo tóxico es una experiencia impalpable que designa un nuevo malestar, en la encrucijada de los más íntimo y lo más colectivo. Lo tóxico se ha convertido en el nombre de un nuevo fenómeno, o quizá sea el nuevo nombre de un fenómeno que ha cambiado de significación al mismo tiempo que nosotros hemos cambiado de mundo.
Entonces, ¿qué es eso tóxico, que está en todas partes, tanto en el habla cotidiana como en el discurso culto? Más allá de cualquier psicología de las llamadas personalidades tóxicas, este nuevo campo nos invita a explorar la significación clínica, psicoanalítica y ética de una palabra que señala un peligro. En vez de utilizar el término como núcleo de una nueva psicología, o como una etiqueta que pegar a las cosas, propongo darle un alcance del todo nuevo. Lo tóxico es una metáfora.
Propongo tomar este término como el que designa un nuevo foco de sentido, un nuevo régimen del malestar, una nueva angustia, un nuevo peligro. Del mundo de las sustancias, lo tóxico se ha trasladado al mundo de las relaciones con los demás, y también al mundo de las relaciones con lo que antes se llamaba Naturaleza y ahora se denomina los seres vivos o el planeta. Lo tóxico es lo que nos pone en peligro a cada uno de nosotros en la intimidad de nuestras existencias, pero también lo que pone en peligro a la civilización. Al igual que las llamadas sustancias tóxicas pueden poner en peligro a los seres vivos, lo tóxico actúa como un aire impalpable que nos envenena. ¿No estamos quizás en un punto en el que este peligro de lo tóxico produce una nueva angustia, que reclama un límite?
Es en torno a estos tres términos —lo tóxico, la angustia, el límite— que se puede trazar el territorio de lo tóxico, interpretar la significación que adquiere este término en el discurso de nuestra época y las consecuencias psíquicas que de él se derivan.
En busca de un límite
Decir «tóxico» es expresar angustia ante una amenaza intangible. El peligro está tanto del lado del otro como en nosotros mismos. Es un peligro interno, pero que se alimenta de cierta relación con el exterior. Indica una proximidad peligrosa a una amenaza y un esfuerzo por restablecer la distancia para separarse. Lo tóxico cuestiona así los límites de nuestro cuerpo y nos obliga a reconocer que no somos individuos separados unos de otros, ni separados de los demás seres vivos, y menos aún del planeta en el que vivimos. Lo tóxico pone en tela de juicio al sujeto que habla, al sujeto atrapado en el logos, al sujeto del orden del discurso, y hace surgir un sujeto desplazado de su cuerpo por una nueva sustancia. Sensibles a esa cosa que es tóxica, esa cosa que circula entre los seres, sentimos como una intrusión en nuestros cuerpos. Lejos de ser cuerpos desmaterializados, somos cuerpos intoxicados. Por eso, la metáfora de lo tóxico nos invita a pensar en el peligro que nos amenaza desde un nuevo abordaje de la sustancia. La metáfora de lo tóxico nos invita a pensar en «la fase sensible del ser vivo»,⁵ la fase sensible del ser hablante, que experimenta el dolor y el placer, que topa con la angustia y la pulsión.
Por tanto, lo tóxico está en mí, pero también procede del otro. En el sentido actual, lo tóxico se sitúa entre el sujeto y el otro, entre el cuerpo de uno y el cuerpo del otro, entre las palabras pronunciadas y las escuchadas, y circula como partículas invisibles pero nocivas entre los vivos. Nos obliga a darnos cuenta, a veces de forma desagradable, de que las palabras del otro penetran en nuestra carne como un veneno, sin contar con nuestro consentimiento. Nos obliga a tomar la medida de nuestra sensibilidad ante las palabras que nos entran por los oídos, y ante aquellas a las que nos vemos sometidos por la civilización. Nos lleva a tomar la medida de
