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Exégesis y espiritualidad: Escuchando al espíritu en el texto bíblico
Exégesis y espiritualidad: Escuchando al espíritu en el texto bíblico
Exégesis y espiritualidad: Escuchando al espíritu en el texto bíblico
Libro electrónico286 páginas5 horas

Exégesis y espiritualidad: Escuchando al espíritu en el texto bíblico

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Información de este libro electrónico

Durante muchos años, a Gordon Fee, que es uno de los eruditos evangélicos más destacados de la actualidad, se le ha pedido que combine su confiable experiencia bíblica con su conocida pasión por el evangelio y la iglesia. Exégesis y Espiritualidad.

Escuchando al Espíritu en el Texto es su respuesta. Aquí se reúnen los mejores estudios y reflexiones de Fee sobre la importancia de atender críticamente al texto bíblico, pero con una profunda sensibilidad espiritual.

Estos capítulos reveladores cubren una amplia gama de temas contemporáneos, incluida la relación entre el estudio de la Biblia y la espiritualidad, las cuestiones de género, la adoración, el hablar en lenguas, el orden y el liderazgo de la iglesia, el creyente y las posesiones, y el papel del evangelio en nuestra sociedad global.
IdiomaEspañol
EditorialEditorial Patmos
Fecha de lanzamiento25 mar 2024
ISBN9781646913169
Autor

Gordon D. Fee

Gordon D. Fee (1934–2022) was professor emeritus of New Testament studies at Regent College, Vancouver, and general editor of the New International Commentary on the New Testament series.

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    5/5

    Mar 5, 2025

    Interpretar! Interpretar! es lo que todos deberiamos hacer con el texto sagrado, Gordon Fee aborda esta explicacion de forma magistral, agregando un estudio impresionante como este, debo decir que supero mis espectativas.

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Exégesis y espiritualidad - Gordon D. Fee

Exégesis y espiritualidad:Escuchando al Espíritu en el texto bíblicoimagemImagem

Exégesis y espiritualidad:

Escuchando al Espíritu en el texto bíblico

© 2024 por Gordon D. Fee

Publicado por Editorial Patmos,

Miramar, FL 33025

Todos los derechos reservados.

Publicado originalmente en inglés por William B. Eerdmans Publishing Company, Grand Rapids, Michigan / Cambridge, U. K., y por Regent College Publishing, Vancouver, British Columbia, con el título Listening to the Spirit in the Text © 2000 Wm. B. Eerdmans Publishing Co.

A menos que se indique lo contrario, las citas bíblicas han sido tomadas de la Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.

Traducido por Roberto Cabrera.

Revisado por Regina Romano.

Diseño de portada e interior por Adrián Romano.

ISBN: 9781646913169

Categoría: Teología.

Conversación para libro electrónico: Cumbuca Studio

Contenido

Prefacio del autor

EL TEXTO Y LA VIDA EN EL ESPÍRITU

1. Exégesis y espiritualidad: completar el círculo

2. Reflexiones sobre la redacción de comentarios

3. Siendo un cristiano trinitario

4. Algunas reflexiones sobre la espiritualidad paulina

5. La visión neotestamentaria sobre la riqueza y las posesiones

6. Cuestiones de género: reflexiones sobre la perspectiva del apóstol Pablo

7. El obispo y la Biblia

EL TEXTO Y LA VIDA DE LA IGLESIA

8. El Espíritu Santo y el culto en las iglesias paulinas

9. Hacia una teología paulina de la glosolalia

10. Laos y el liderazgo bajo el nuevo pacto

11. Reflexiones sobre el orden eclesiástico en las epístolas pastorales

12. El reino de Dios y la misión global de la Iglesia

Prefacio del autor

Es necesario dar algunas explicaciones sobre esta colección de ensayos, de los cuales solo uno (el capítulo 8) aparece impreso aquí por primera vez. El origen de la colección refleja lo que también es cierto sobre la mayoría de los ensayos: se reunieron a instancias de amigos de Regent College y Eerdmans Publishing Company, que pensaron que podría ser de algún valor para alcanzar a mayores audiencias. La mayoría de ellos se escribieron por algún tipo de invitación, lo que a menudo me brinda la oportunidad de poner por escrito algunas cuestiones sobre las que yo mismo había estado reflexionando.

Estos ensayos tienen dos cosas en común. En primer lugar, tienden a reflejar mi interés por los estudios paulinos y, especialmente, por el papel del Espíritu en la propia vida espiritual de Pablo y en la de sus iglesias. El primer capítulo llega al meollo de la cuestión para mí: que la espiritualidad del texto bíblico debe formar parte de nuestra investigación histórica —y de nuestra obediencia— como exégetas del Nuevo Testamento. En segundo lugar, a diferencia de gran parte de mi obra, los ensayos no se escribieron pensando en el gremio neotestamentario o en el clero profesional, sino para un público mucho más amplio. De hecho, seis de ellos aparecieron primero en Crux, cuyo subtítulo es Revista trimestral de pensamiento y opinión cristianos publicada por el Regent College. Junto con el capítulo 8, que fue una conferencia de la Escuela de Verano del Regent College en julio de 1997, cinco de ellos se prepararon primero para su presentación oral (caps. 1, 3, 6, 10, 11), los cuales fueron prestados más tarde para su publicación; y en algunos de estos casos, me resistí a revisarlos demasiado a partir de su forma oral original.

También me he resistido a introducir cambios sustanciales en estos ensayos a partir de su forma impresa original. El conjunto de estos diversos factores hace que (1) haya cierto grado de desnivel en ellos, (2) haya cierto grado de repetición inevitable, y (3) haya a veces referencias indirectas a otras personas u obras que no están anotadas a pie de página. Con respecto al segundo punto, esto es especialmente cierto sobre mi profunda preocupación por rescatar la palabra «espiritual» (y por lo tanto «espiritualidad») —especialmente con referencia al uso que hace Pablo— de sus diversos significados en inglés que provienen todos de una cosmovisión griega que no tiene absolutamente nada que ver con Pablo. Con respecto al tercer punto, debo señalar especialmente las referencias en el capítulo 6 a los ensayos de mis tres colegas de Regent, Maxine Hancock, Iain Provan y Rikki Watts. Sus tres conferencias precedieron a la mía en un curso de la Regent College Winter School sobre cuestiones de género y también aparecen con la mía en el mismo número de Crux.

Tengo que agradecer a dos antiguos alumnos del Regent College, Rob Clements (que edita las publicaciones del Regent College Bookcentre) y Mike Thomson (antiguo ayudante de cátedra, que ahora es director de ventas de Eerdmans), por su iniciativa para llevar este proyecto hasta la publicación. También debo dar las gracias a Eerdmans por su disposición a publicar estos ensayos y por dejarlos en su forma original, ya que son de un género tan diferente al de mis otras publicaciones en Eerdmans (comentarios sobre 1 Corintios y Filipenses, y una colección de ensayos [con Eldon J. Epp] sobre la crítica textual del Nuevo Testamento).

Por último, unas palabras de agradecimiento a otras editoriales/publicaciones (Hendrickson Publishers, InterVarsity Press, Crux, New Oxford Review, Theology Today, Journal of the Evangelical Theological Society) por el permiso para reimprimir estos ensayos aquí. Los datos de la publicación original son:

Capítulo 1: Crux 31/4 (1995), 29-35.

Capítulo 2: Theology Today 46 (1990), 387-92.

Capítulo 3: Crux 28/2 (1992), 2-5.

Capítulo 4: Alive to God: Studies in Spirituality presented to James Houston (ed. J. I. Packer y L. Wilkinson; Downers Grove: InterVarsity, 1992), 96-107.

Capítulo 5: New Oxford Review 48 (mayo de 1981), 8-11.

Capítulo 6: Crux 35/2 (1999), 34-45.

Capítulo 7: Crux 29/4 (1993), 34-39.

Capítulo 9: Crux 31/1 (1995), 22-31.

Capítulo 10: Crux 25/4 (1989), 3-13.

Capítulo 11: Journal of the Evangelical Theological Society 28 (1985), 141-. 51.

Capítulo 12: Called and Empowered: Pentecostal Perspectives on Global Mission (ed. M. W. Dempster, B. D. Klaus, D. Petersen; Peabody MA: Hendrickson, 1991), 7-21.

GORDON D. FEE

Capítulo 1

Exégesis y espiritualidad: completando el círculo

¹

Aunque el tema de este ensayo se ha ido gestando durante una larga temporada, su impulso actual proviene de la redacción del comentario sobre la carta de Pablo a los Filipenses durante el invierno y la primavera de 1994. Mientras trabajaba en el texto de Pablo con gran atención, experimenté un encuentro continuo con el Dios vivo —Padre, Hijo y Espíritu Santo— un encuentro que se produjo de dos maneras. Por un lado, mientras aplicaba exégesis al texto para articular su significado por el bien de otros en la iglesia, a menudo me sentía tan sobrecogido por el poder de la Palabra que me llevaba a las lágrimas, a la alegría, a oración o alabanza. Por otro lado, también experimenté con frecuencia el texto de esta carta en ambientes eclesiásticos, de forma tan sobrecogedora, que me sentí obligado a mencionarlo en el párrafo final del Prefacio del Autor:

La redacción de este comentario no se parece a nada de lo que he vivido hasta ahora como parte de la iglesia. Durante los cuatro meses y medio en los que escribí el primer borrador del comentario, un domingo tras otro el culto (incluida la liturgia) o el sermón estaban directamente relacionados con el texto de la semana anterior. Era como si el Señor me permitiera escuchar el pasaje reproducido en contextos litúrgicos y homiléticos que me hacían detenerme una vez más y «escucharlo» de nuevas maneras. Es difícil describir estas experiencias, que tuvieron un profundo impacto en mis sábados durante el año sabático; y su regularidad parecía ir más allá de la mera coincidencia. Todo ello hizo que mis lunes adoptaran también un patrón regular, ya que volvía al trabajo de la semana anterior y lo pensaba y oraba una vez más.

Este ensayo nace de estas experiencias. Lo que me propongo examinar es la interfaz entre exégesis y espiritualidad, entre el ejercicio histórico de desenterrar la intención original del texto y la experiencia de escuchar el texto en el presente en términos tanto de su espiritualidad presupuesta como intencional. Así pues, trataré de abordar tres cuestiones: en primer lugar, algunas palabras sobre la espiritualidad; en segundo lugar, algunas palabras sobre la exégesis; y, por último, algunas sugerencias sobre cómo deben interactuar ambas para que podamos interpretar la Escritura adecuadamente en sus propios términos.

Debe notarse, que estos dos tópicos a menudo se consideran como dos temas que no están relacionados. De hecho, en la mayoría de los seminarios de teología, uno puede tomar cursos de exégesis, pero la «espiritualidad», esa palabra tan escurridiza de precisar, se deja bastante a la discreción del individuo —y rara vez se sugiere que la segunda tenga mucho que ver con la primera. De hecho, incluso en el Regent College, donde tenemos profesores que enseñan en ambas disciplinas, nuestros estudiantes tienden a tomar cursos que se centran en una u otra, y a veces se quedan con la impresión de que la exégesis y la espiritualidad son disciplinas separadas —que de hecho lo son académicamente. Mi preocupación es que, de alguna manera, deben acercarse mucho más o se perderá el objetivo último de la propia exégesis.

I. Espiritualidad

Parto de una convicción apasionada y singular: que el objetivo propio de toda verdadera teología es la doxología. La teología que no comienza y termina en la adoración no es bíblica en absoluto, sino más bien el producto de la filosofía occidental. Del mismo modo, quiero insistir en que el objetivo ulterior de toda verdadera exégesis es la espiritualidad, en una u otra forma. E insisto en ello por mi convicción de que solo cuando se entiende así la exégesis se ha realizado la tarea exegética de un modo fiel a la intención del propio texto.

Permítanme, pues, que me ocupe desde el principio de la tarea más difícil de todas: ofrecer una definición de «espiritualidad». Como resultado de mi trabajo sobre el grupo de palabras pneuma («Espíritu») en las cartas de Pablo, me he sentido cada vez más angustiado por el hecho de que traduzcamos el adjetivo pneumatikos con minúscula, «espiritual». En efecto, la palabra «espiritual» es una palabra «acorde»; su significado tiene mucho que ver con la cantidad de aire que se bombea dentro o fuera de ella. Lo que hay que señalar es que la palabra pneumatikos, una palabra distintivamente paulina en el Nuevo Testamento, tiene al Espíritu Santo como su principal referente. Pablo nunca la utiliza como adjetivo referido al espíritu humano; y sea como fuere, no es un adjetivo que ponga alguna realidad invisible en contraste, por ejemplo, con algo material, secular, ritual o tangible.

En el Nuevo Testamento, por lo tanto, la espiritualidad se define junto con el Espíritu de Dios (o Cristo). Uno es espiritual en la medida en que vive en el Espíritu y camina por Él; en las Escrituras la palabra no tiene otro significado ni otra medida. Así que cuando Pablo dice que «la Ley es espiritual», quiere decir que la Ley pertenece a la esfera del Espíritu (inspirada por el Espíritu, como es el caso), no a la esfera de la carne. Y esto, a pesar de cómo la carne se ha aprovechado de la Ley, ya que, aunque la Ley vino por el Espíritu, esta no fue acompañada del don del Espíritu para hacerla obrar en los corazones del pueblo de Dios. Por eso, cuando Pablo dice a los corintios (14:37): «Si alguno de vosotros se cree espiritual», quiere decir: «Si alguno de vosotros se considera una persona espiritual, una persona que vive la vida del Espíritu». Y cuando dice a los gálatas (6:1) «si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle», no se refiere a algún grupo especial o elitista de la iglesia, sino al resto de la comunidad de creyentes, quienes comenzaron su vida en el Espíritu y llegan a su plenitud por el mismo Espíritu que produce su propio fruto en sus vidas.

Así, en el Nuevo Testamento, la existencia cristiana es trinitaria en sus mismas raíces. Al principio y al final de todas las cosas está el propio Dios eterno, al que tanto judíos como cristianos se refieren una y otra vez como el Dios vivo. Los propósitos de Dios al crear seres como nosotros, hechos a su imagen y semejanza, era establecer una relación: que pudiéramos vivir en comunión con el Dios vivo, como aquellos que llevan Su semejanza y cumplen Sus propósitos en la tierra. Incluso antes de la caída, se nos dice que Dios había puesto en marcha Su propósito de redimensionar a los caídos para remodelar su visión deformada de Dios y así restaurarlos en la comunión de la que cayeron en su rebelión. Se nos dice que Dios ha logrado esto al venir Él mismo entre nosotros en la persona de su Hijo, quien en un momento de nuestra historia humana efectuó nuestra redención y reconciliación con el Dios Vivo, mediante una muerte humillante y una resurrección gloriosa. Pero no nos ha dejado solos, sino que ha querido venir en nuestra ayuda, y esta es la razón de Su venida a nosotros y entre nosotros por medio de Su Espíritu Santo.

Así, el objetivo de Dios en nuestras vidas es «Espiritual» en este sentido, que nosotros, redimidos por la muerte de Cristo, podamos ser facultados por su Espíritu tanto «para querer como para hacer por Su propia voluntad». La verdadera espiritualidad, por lo tanto, no es ni más ni menos que la vida por el Espíritu. «Habiendo sido vivificados por el Espíritu», dice Pablo a los gálatas, «andemos conforme al Espíritu».

De ahí el objetivo de la exégesis: producir en nuestras vidas y en las vidas de los demás una verdadera Espiritualidad, en la que el pueblo de Dios viva en comunión con el Dios eterno y viviente y, por lo tanto, de acuerdo con los propósitos de Dios en el mundo. Pero para que esto sea eficaz, la verdadera «espiritualidad» debe preceder a la exégesis, además de surgir de ella.

Por eso, les digo regularmente a los estudiantes: recibe el toque de Dios en tu vida. Vivan en comunión con Él; sean de los que claman con el salmista: «Mi alma y mi carne te anhelan»; «Oh Dios, tú eres mi Dios; te busco fervientemente. Mi alma tiene sed de ti; mi cuerpo te anhela, en tierra seca y árida donde no hay agua». Si esos que enseñan y predican la Palabra de Dios, donde la predicación debe basarse en una sólida exégesis del texto, no anhelan ellos mismos a Dios, no viven constantemente en la presencia de Dios, no tienen hambre y sed de Dios, entonces ¿cómo pueden lograr el objetivo último de la exégesis, ayudar a formar al pueblo de Dios en una auténtica Espiritualidad?

De hecho, no me importa mucho cómo llames a ese toque de Dios en tu vida, pero debes tenerlo. Porque sin la presencia y el poder del Espíritu Santo, todo lo demás es mero ejercicio, mero golpear el aire. Para ser un buen exégeta y, en consecuencia, un buen teólogo, hay que conocer la plenitud del Espíritu; y eso incluye una vida de oración («orar en el Espíritu», lo llama Pablo) y de obediencia.

Aquí acecha un gran peligro, como comprenderás, especialmente para quienes han sido llamados por Dios a servir a la iglesia en funciones pastorales y docentes. El peligro es convertirse en un profesional (en el sentido peyorativo de esa palabra): analizar textos y hablar acerca Dios, pero poco a poco dejar que el fuego de la pasión por Dios se apague, de modo que uno no pase mucho tiempo hablando con Dios. Temo por los estudiantes el día en que la exégesis se convierta en algo fácil; o en que la exégesis sea lo que uno haga principalmente por el bien de los demás. Porque con demasiada frecuencia esa exégesis ya no va acompañada de un corazón ardiente, de modo que uno ya no deja que los textos le hablen. Si el texto bíblico no se apodera de la propia alma, probablemente hará muy poco por los que lo escuchan.

Todo esto para decir, entonces, que el primer lugar en el que la exégesis y la Espiritualidad se relacionan es en la propia alma del exégeta, donde el objetivo de la exégesis es la Espiritualidad, que debe ser lo que el exégeta aporta a la tarea exegética, además de ser el objetivo último de la propia tarea. Tal comprensión, diría yo, debe pertenecer a la propia tarea exegética, a la que ahora nos referiremos.

II. EXÉGESIS

No es mi intención describir aquí un buen método exegético. Doy por sentado que uno sabe que la exégesis consiste en hacer las preguntas adecuadas al texto, que esas preguntas son básicamente de dos tipos: contextuales y de contenido; que las preguntas contextuales son también de dos tipos: literarias e históricas; y que las preguntas de contenido son cuatro: determinar el texto original, el significado de las palabras, las implicaciones de la gramática y el contexto histórico-cultural. El objetivo de este ensayo es más bien abordar la cuestión de cómo se relaciona todo esto con el objetivo último de la Espiritualidad.

De lo que se trata aquí es de encontrar el camino entre las dos sirenas que acechan a ambos lados, que atraerían al exégeta hacia uno u otro extremo. Las sirenas son la metodología exegética (Escila, por así decirlo), por un lado, y una visión popular de la espiritualidad (Caribdis), por el otro.

Estos dos aspectos (método exegético y espiritualidad) se consideran constantemente en guerra, con el resultado de que la piedad en la iglesia desconfía, con razón, del erudito o del pastor formado en el seminario, que parece estar siempre diciendo a la gente que el texto no significa lo que parece decir claramente. El resultado es una reacción contra el buen método como tal, ya que esa forma de ver el texto parece ir en contra de una lectura más devocional de la Biblia, en la que «la Palabra del día» se recibe por el encuentro diario con el texto en una forma más libre y asociativa de leer los textos. La conclusión es que estas personas adoptan su propio enfoque de «sentido común» de la Biblia: leerla de forma directa y aplicarla como se pueda, y «espiritualizar» (a veces = alegorizar) el resto.

Llega el exégeta y dice «no» a tanta piedad. Alejando la Escritura de la comunidad creyente, el exégeta la convierte en objeto de investigación histórica. Armado con el llamado método histórico-crítico, se dedica así a un ejercicio de historia pura y simple, un ejercicio que con demasiada frecuencia parece comenzar desde una postura de duda, de hecho, a veces de escepticismo histórico con un sesgo antisobrenatural. Utilizando una jerga profesional sobre la forma, la redacción y la crítica retórica, el exégeta, lleno de arrogancia y asumiendo una postura de dominio sobre el texto, a menudo parece dar la vuelta al texto para que deje de hablar a la comunidad creyente como la poderosa palabra del Dios vivo.

El resultado natural de esta bifurcación entre la iglesia y la academia ha sido la sospecha de ambas partes, y con demasiada frecuencia una exégesis pobre, por un lado, y casi ninguna Espiritualidad, por el otro.

Parte en este conflicto proviene del papel que juega la historia y la intención del autor en este conflicto. Exégesis, por definición, significa, que se busca la intención del autor en lo que ha escrito. Tal definición implica que los autores son intencionales y que una buena investigación histórica puede proporcionar una aproximación razonable a esa intención. Esto significa, por lo tanto, que la tarea exegética es ante todo una tarea histórica, y que el primer requisito para hacer una buena exégesis es aportar un buen sentido histórico a la tarea. Esto significa también que el «sentido» se encuentra primeramente en la intencionalidad, la intencionalidad del autor. Para el erudito creyente, esto significa además que la Palabra de Dios está muy estrechamente ligada a la intencionalidad del autor inspirado divinamente.

Hoy en día es habitual rechazar esta visión de la tarea exegética, un rechazo que procede de varios sectores, además de los piadosos que leen el texto como una revelación directa para sí mismos: el deconstruccionismo pone en duda que tal tarea tenga alguna importancia; la repuesta crítica

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