Crónicas de la ciudad asediada: Venezuela, 2014-2019
Por Marco Negrón
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En Crónicas de la ciudad asediada. Venezuela 2014-2019, Negrón, con su probada agudeza y autoridad, observa y atiende el pasado reciente de la urbe nacional (el siglo XX), su presente (el siglo XXI) y un posible porvenir para mostrarnos a los ciudadanos venezolanos los grandes desafíos que enfrentamos en relación con los temas urbanos.
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Crónicas de la ciudad asediada - Marco Negrón
Presidente vitalicio: Rafael Cadenas
Presidente ejecutivo: Elías Pino Iturrieta
Junta directiva
Herman Sifontes Tovar
Gabriel Osío Zamora
Miguel Osío Zamora
Ernesto Rangel Aguilera
Juan Carlos Carvallo
Jesús Quintero Yamín
Producción
Staff Fundación para la Cultura Urbana
Corrección
Teresa Casique
Foto de portada
Plaza Venezuela, Caracas, 1983 Ramón Paolini © Archivo Fotografía Urbana
© 2022 Fundación para la Cultura Urbana
ISBN digital: 978-84-126031-7-0
www.cultura-urbana.com
Twitter: @culturaurbana
Instagram: @culturaurbanaoficial_
Facebook: Fundación para la Cultura Urbana
Crónicas de la ciudad asediada
Venezuela, 2014-2019
Marco Negrón
Marco Negrón
Arquitecto egresado en 1961 de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo (FAU), Universidad Central de Venezuela (UCV). Estudios de posgrado en Planificación del Desarrollo Regional y Urbano, Centro de Estudios del Desarrollo, UCV, 1961-1963. Profesor Titular (jubilado) de la FAU, UCV. Doctor honoris causa por la UCV. Miembro Honorario de la Academia Nacional de la Ingeniería y el Hábitat desde 2016, donde es presidente de la Comisión de Desarrollo Urbano y Territorial. Decano de la FAU, UCV, 1990-1996. Premio Nacional de Arquitectura, mención Publicaciones, XI Bienal Nacional de Arquitectura, 2014. Presidente de la Fundación Fondo Andrés Bello para el Desarrollo Científico, UCV, 1997-2003. Asesor principal del Instituto Metropolitano de Urbanismo Taller Caracas, 2008-2017. Miembro de la Comisión Asesora ad honorem del Plan Nacional de Ordenación del Territorio, 1998. Miembro del Consejo Asesor de la Fundación Plan Estratégico de Caracas 2010, 1996-1999. Ha sido vicepresidente de la Sociedad Interamericana de Planificación y de la Sociedad Venezolana de Planificación.
En materia de investigación su interés se ha centrado en el estudio de las dinámicas territoriales y urbanas, los sistemas de ciudades y los procesos de metropolización. Tiene alrededor de 100 publicaciones en libros, monografías, informes técnicos y artículos en revistas especializadas; más de 70 ponencias presentadas en reuniones científicas y técnicas. Entre sus libros destacan: Ciudad y modernidad, 1936-2000. El rol del sistema de ciudades en la modernización de Venezuela (2001) y La cosa humana por excelencia. Controversias sobre la ciudad (2004), este último editado por la Fundación para la Cultura Urbana.
Fanta
Para Mercedes porque, en un mundo que de repente se ha puesto patas arriba, están a punto de cumplirse los sesenta años de nuestro primer paseo por Hampstead Heath.
Fanta
«El hombre no inventó la ciudad, más bien la ciudad creó al hombre y sus costumbres».
Guillermo Cabrera Infante,
El libro de las ciudades, Alfaguara, Madrid 1999.
«Las ciudades no son entes pensados. Son la suma de millones de acasos y el esfuerzo porque no se note: los intentos de ordenar el desorden creado por millones de iniciativas autónomas».
Martín Caparrós,
«México, la ciudad desbocada», El País Semanal, Madrid, 30 de marzo de 2019.
«No puede haber una ciudad abierta en un país cerrado».
Edward Glaeser,
El triunfo de las ciudades, Taurus, Madrid 2011.
Aviso al lector: por qué este libro
Las páginas que siguen recogen los artículos publicados en la prensa caraqueña (continuamente en TalCual, esa hazaña del pensamiento independiente en época oscura construida por Teodoro Petkoff, y por un tiempo en El Universal) durante unos años especialmente negativos para la ciudad venezolana. Se consideró importante cerrar con otro texto más largo, publicado en la revista electrónica Analítica Premium en octubre de 2007 que tiene por título «Contra la ciudad», referido a los planteamientos sobre organización y gobierno de las ciudades y el territorio que proponía el ambicioso proyecto de Hugo Chávez para reformar la Constitución de 1999, afortunadamente derrotado en el referéndum de diciembre de aquel año. Otro breve ensayo que se incluye porque constituye un temprano e impresionante muestrario de lo que realmente pretendía el régimen en la materia, aunque posteriormente se ha intentado implantar por otros medios, aparece en una cuarta sección con el título «La ciudad según el chavismo».
La decisión de recuperar estos materiales no corresponde a un capricho personal, a un intento de prolongar artificialmente la vigencia de escritos perecederos, como se supone que son los destinados a la prensa cotidiana: más allá de su valor intrínseco, que no toca ponderar a quien escribe, ellos responden a un prolongado y sistemático ejercicio de observación, investigación y reflexión mantenido a lo largo de toda la carrera profesional y académica, que, utilizando el recurso de los medios de comunicación social, se ha procurado llevar también al público no especializado, intentando así estimular el indispensable debate en torno a temas que son, aunque no siempre adecuadamente valorados, de importancia indiscutible para el progreso de la sociedad venezolana, hoy enfrentada a la más grave crisis de su historia republicana.
La publicación que ahora se presenta estuvo precedida por otra similar, escrita todavía en circunstancias que, pese a las preocupantes señales ya presentes, hacían difícil imaginar la magnitud del descalabro: La cosa humana por excelencia, editada en 2004 por la Fundación para la Cultura Urbana. Dentro de la modesta escala del mercado editorial venezolano, tuvo un digno volumen de ventas y en 2014 fue distinguida con el Premio Nacional de Arquitectura en el área de publicaciones de la XI Bienal de Arquitectura de Venezuela.
Por supuesto, como ocurrió también con aquella edición, el material seleccionado no se ha dispuesto según un simple orden cronológico: a partir de su relectura, se ha ordenado por secciones temáticas, repensándolo desde una perspectiva integral que apunte a trascender la visión restringida de la coyuntura que en muchos casos pudo motivar la redacción de cada artículo en particular¹.
Esas secciones temáticas están precedidas por una suerte de introducción general, «Por qué la ciudad», donde se ensaya una síntesis histórica del fenómeno urbano con énfasis en las cruciales transformaciones ocurridas durante el siglo XX, la formación de grandes áreas metropolitanas en todos los continentes y las polémicas desatadas en torno a ellas. Encuadradas en ese marco, se discuten las especificidades del proceso de urbanización en Venezuela, sus logros y sus contradicciones, con una aproximación al origen de la crisis de fin de centuria, la transición al siglo XXI y los factores que han determinado su profundización y conducido a la situación actual.
La primera sección, «La ciudad venezolana del siglo XXI», es una revisión de sus avatares bajo la égida del sedicente Socialismo del siglo XXI, necesaria sobre todo porque, aun con sus contradicciones y carencias, la experiencia de la segunda mitad de la pasada centuria, en particular con las reformas asociadas a la descentralización política y administrativa de la década de los ochenta, parecía anunciar una etapa superior en su evolución. Lamentablemente, esas expectativas no se mantuvieron en el nuevo siglo, por el contrario, nuestras ciudades entraron, por primera vez desde finales del ochocientos, en una decadencia acelerada en la que muchos de los logros hasta entonces alcanzados, particularmente en el campo de los servicios públicos, se han perdido. Paradójicamente, ello ocurre en un contexto en el cual sus pares en la región han registrado progresos nada desdeñables, a veces incluso notables. Este apartado cierra con tres modestos homenajes a otros tantos constructores de ciudad y ciudadanía que nos dejaron durante esos años. No fueron los únicos, desgraciadamente, pero estuvieron entre los más destacados.
Uno de los aspectos más importantes de aquellas reformas y que despertó mayores esperanzas fue el referido a la gestión de las regiones y los municipios: la elección popular de los gobernadores de estado, antes de libre designación y remoción por el presidente de la República, y la creación del Poder Ejecutivo municipal encarnado en los alcaldes —también ellos de elección popular— como instrumento para garantizar niveles adecuados de autonomía y facilitar la participación; a eso se sumó la creación, apenas iniciándose el siglo, del gobierno del Distrito Metropolitano de Caracas, un objetivo perseguido desde hacía muchos años para sentar las bases de la gobernabilidad de la fragmentada capital y que finalmente materializó la misma Asamblea Nacional Constituyente en el año 2000.
Así, los artículos agrupados en la segunda sección, «Gobiernos locales acosados», se orientan a explorar las causas que convergieron para frustrar en los hechos aquellas reformas, entre las cuales está, sin duda, el carácter crecientemente centralista, autoritario y, por último, tiránico del régimen, pero también la debilidad económica de los gobiernos locales asociada a algo aún más preocupante: la ausencia de una visión estratégica, de largo plazo, de la mayoría de las autoridades de la alternativa democrática (de sus pares oficialistas no cabía esperar nada, sobre todo desde que el exconstituyente y exalcalde Aristóbulo Istúriz, en el rol de orador de orden en la conmemoración del décimo aniversario de la Constitución que define a Venezuela como un Estado de justicia, federal y descentralizado, afirmó sin parpadear que «los mejores gobernadores y alcaldes serán los primeros que desbaraten las gobernaciones y alcaldías»).
La tercera sección, «Pensando en el futuro», aborda un aspecto ineludible como es la reflexión sobre el porvenir de nuestras ciudades. Quien intente imaginarlo a partir de lo ocurrido con ellas en lo que va de siglo, inevitablemente tendrá que formular un pronóstico pesimista; no solo porque su decadencia ha sido dramática, sino además porque, en el momento en el cual se den las condiciones necesarias para emprender la recuperación de la sociedad nacional, el tamaño de las necesidades será inconmensurable y la pérdida de recursos para atenderlas gigantesca, empezando por el talento humano.
Pero el panorama resulta todavía más complejo porque, además, la palanca aparentemente fácil para la recuperación y que sustentó el despliegue del Proyecto Nacional Moderno (Carrera Damas, 1991, pp. 147 y ss.) haciendo posible el crecimiento de Venezuela y de su sistema de ciudades durante dos tercios del siglo XX —la captura del valor retornado de las exportaciones petroleras por parte del gobierno nacional— constituye hoy un modelo agotado, cuyos primeros síntomas se hicieron patentes hacia finales de la década de 1970, pero que bajo el Socialismo del siglo XXI ha alcanzado niveles extremos que están, junto con el simultáneo desmantelamiento del aparato productivo interno, en la base de la monstruosa distorsión sufrida en estos años por la economía venezolana y su demoledor impacto en el plano social (Palacios, 2010).
La profundidad de la crisis es conocida: el país se encuentra postrado, al punto de que la economía se ha contraído en 65 % entre 2013 y 2019 (Bahar y Dooley, 2019), consecuencia de una larga secuela de errores que comenzó con los intentos del gobierno de Hugo Chávez por controlar, desde el año 2002, el sector interno económico a través de una caótica política de expropiaciones, confiscaciones y nacionalizaciones así como con la creación de nuevas empresas de propiedad estatal. Los resultados fueron un verdadero fiasco y se tradujeron en un debilitamiento aún mayor de esa ya no muy robusta área.
Esa verdadera debacle fue ocultada gracias a las importaciones posibilitadas por los altos precios del petróleo. Como señaló el economista Francisco Monaldi, «Los ingresos extraordinarios entre 2004 y 2013 representaron para Venezuela más del 300 % de su producto interno bruto anual. La bonanza más grande en la historia de la región» (Monaldi, 2016), pero a partir de ese último año a la crisis del sector interno se sumó la profunda caída de la producción petrolera, la columna vertebral de la economía nacional durante todo un siglo. Atenazada entre la ineficacia y la corrupción, se ubicaba a mediados de 2020 en alrededor de los 750.000 barriles diarios, cifra equivalente a lo registrado en 1945 y cuatro veces menos de lo que se producía finalizando la década de 1990. Esa caída se refleja, naturalmente, en el descenso de los ingresos por exportaciones que se ubicaron en 21 millardos de dólares, casi cinco veces menos que en 2012².
De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (más conocida como FAO), la subalimentación se cuadruplicó entre 2012 y 2018, y según la ONU habría 300.000 personas en riesgo por las dificultades de acceder a medicamentos y tratamientos médicos. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) señala que 4,6 millones de personas abandonaron el país hasta 2019, dando lugar a una de las mayores crisis de refugiados de la historia moderna y despojándolo de una porción muy significativa de sus mejores talentos.
Siempre para aquellas fechas, los servicios públicos básicos —electricidad, agua, transporte, comunicaciones— bordeaban el colapso cuando en el pasado reciente habían ocupado posiciones de punta en la región. En 2018, la encuesta Encovi calculaba que 87 % de la población se encontraba sumida en la pobreza, Conindustria registraba que el sector trabajaba al 23,5 % de su capacidad y, Consecomercio declaró que el 40 % del comercio había cerrado.
Lo que indican todas esas cifras y la realidad que traducen es que, pese a que la oligarquía en el poder se jacta de que Venezuela cuenta con las mayores reservas probadas de hidrocarburos del mundo, el modelo rentista, lastrado además por la escasa capacidad de diversificación que le es inherente, entró en una fase en la que ya es incapaz de sostener el desarrollo del país (Daboín, Hernández y Morales, 2018). Reconstruir lo perdido y recuperar los rezagos solo será posible a partir de un modelo distinto, estructurado ya no en torno a la captación de la renta, sino sobre la base de la capacidad para desarrollar un sistema productivo innovador y diversificado, en el que necesariamente las ciudades deberán asumir un nuevo protagonismo.
Como consecuencia de esa brutal caída de la economía y las distorsiones resultantes, el aparato productivo, además de gravemente mermado, se encuentra bastante menos diversificado que al finalizar el siglo pasado, mientras la población enfrenta condiciones de vida cada vez más precarias, de modo que, con seguridad, los recursos internos disponibles serán dramáticamente escasos en relación con la magnitud y urgencia de las demandas.
Entre las consecuencias de este escenario podría ocurrir una postergación de las prioridades urbanas aún mayor de lo que ha sido tradicional, y ahora en circunstancias en las cuales la reconstrucción de nuestras ciudades, además de obra física, va a requerir de mucha innovación, de mucha capacidad para repensarlas tanto en términos de su configuración material e institucional como de su rol económico, su cultura y su gobierno, lo que significa que se necesitará de bastante investigación, una actividad que en estos últimos 20 años casi ha llegado a desaparecer, para entender las relaciones (si es que a alguien le interesan) entre desarrollo económico y social y reordenamiento del territorio y la ciudad.
Al reagrupar los artículos, saltan a la vista algunas cuestiones que no resultaban tan evidentes al considerar cada uno aisladamente, la primera de las cuales es la constatación de la continuada decadencia de nuestras ciudades durante el período analizado, en coincidencia con una dinámica de florecimiento de otras urbes de la región, incluidas algunas que pocos años antes se daban por desahuciadas.
Sin regatear méritos a ninguno de los éxitos del pasado, algunos realmente resaltantes, siempre hemos mantenido una posición crítica porque, pese a los logros alcanzados durante el siglo XX, finalizando este todavía las ciudades venezolanas registraban elevados grados de vulnerabilidad, desigualdad y exclusión, además de una nula autonomía financiera. No obstante, es realmente desconcertante constatar cómo, a lo largo de 20 años de sedicente socialismo, durante buena parte de los cuales el Estado obtuvo, como ya se vio, ingresos sin precedentes en toda la región y muy por encima de lo conseguido en los años de mayor bonanza, lo que hoy se contempla es un sistemático desmoronamiento de la ciudad, de sus incipientes bases económicas y, es innecesario decirlo, de sus habitantes.
Esto lleva a considerar otro aspecto que destaca en nuestra visión de conjunto, como es la importancia que adquiere la reflexión política, específicamente el análisis de las políticas del Estado. Es bien conocido el peso que, desde que se inició el ciclo de la economía petrolera en la Venezuela de los primeros años del siglo pasado, ha adquirido el Estado en la vida del país y no solo en su economía: una característica del petro-Estado venezolano —el cual, como se vio, por medio del Poder Ejecutivo captura directamente la totalidad de la renta petrolera, el principal motor de la economía nacional— es la capacidad que le otorga a los grupos en el poder para ejercer un elevado grado de control político, decidiendo qué tipo de actividades y sectores sociales favorecer en su distribución. En los regímenes democráticos esa capacidad se ve moderada no solo por la competitividad social que les es inherente, sino también por los principios de alternabilidad y separación de los poderes que impiden o, en todo caso, dificultan la constitución de hegemonías exclusivas. En cambio, en regímenes totalitarios como el nuestro actual, donde esos valores están anulados, es literalmente imposible impedir el enquistamiento de oligarquías exclusivistas capaces de mantenerse en el poder por períodos muy largos y vulnerar la legalidad democrática en función de sus particulares intereses³.
Veinte años deberían ser suficientes para demostrar que bajo el régimen instalado en 1999 es insensato pensar en un renacimiento del país y, menos aún, de sus ciudades; pero hay que tener cuidado con creer que la solución está en regresar al «pasado feliz» de la república civil de los últimos 40 años del siglo XX. Sin negar sus virtudes —no cabe duda de que fueron los mejores años de la vida venezolana—, sus serias falencias se pusieron en evidencia, precisamente, por el infortunado aterrizaje en el socialismo bolivariano. Pero también el acelerado cambio tecnológico de los tiempos más recientes, con sus impactos sobre la economía y las radicales transformaciones que están conociendo los conglomerados urbanos, exigen más eficientes estrategias de planificación y nuevas formas de organización política y de gobierno que, partiendo de los postulados básicos de la justicia y la igualdad, ensanchen y profundicen los espacios de la democracia y abran las puertas a una renovación del sistema urbano nacional en grado de producir ciudades sostenibles social, económica y ambientalmente, generadoras de crecimiento económico y capaces de establecer relaciones orgánicas y mutuamente ventajosas con su territorio.
La tarea que tenemos por delante los venezolanos que nos interesamos por los temas urbanos es enorme, plantea grandes desafíos y requerirá de muchos años, si es que soplan vientos favorables, para ver materializarse los resultados. A mi generación ya no le alcanzará el tiempo, pero a quienes vengan detrás les convendrá tener siempre presentes los versos de Kavafis:
Cuando emprendas el viaje de vuelta a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras y descubrimientos.
No temas a los lestrigones y a los cíclopes,
ni al colérico Poseidón.
Nunca encontrarás seres así en tu camino
si tu pensar es elevado,
si una extraña y selecta sensación
agita tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones, ni a los cíclopes,
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
a menos que los lleves dentro de tu alma,
a menos que sea tu alma quien los ponga frente a ti.
Marco Negrón
¿Por qué la ciudad?
Con el cambio de siglo la ciudad ha pasado a ser la protagonista central del devenir de las sociedades también en términos cuantitativos: por primera vez en la historia la población urbana ha pasado a ser mayor que la rural; una transformación sustantiva a escala de la humanidad pero que para Venezuela no es novedad porque ya en 1959 la primera sobrepasó a la segunda y para el 2000 la urbana
