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Adiós, Wishville
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Libro electrónico334 páginas3 horas

Adiós, Wishville

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Información de este libro electrónico

Hace diez años, Scott Marino desapareció del pueblo sin dejar ningún rastro.

 

Su hijo de catorce años, Benji Marino, es la única persona lo suficientemente atrevida para acercarse al borde del pueblo. Aunque sus mejores amigos están ansiosos por ayudarle a seguir adelante, no puede parar de preguntarse si su padre sigue afuera, en alguna parte.

 

Todos en el pueblo dicen que es imposible. Todos creen que la desaparición de Scott es prueba de lo peligroso que es el mundo fuera de Wishville, pero él cuestiona sus pensamientos.

 

Cuando la hermana enferma de su amigo declara que sabe lo que los demás no, la vida de Benji se convierte en un caos. Con el tiempo en su contra, y su curiosidad más fuerte que nunca, él sabe lo que debe hacer. Salir de Wishville podría ser su única oportunidad de ser libre, pero también podría costarle la vida.

 

Adiós, Wishville es un debut lleno de color y misterio, que se sumerge en el mar de la curiosidad prohibida, aflicción inevitable y los peligros del descubrimiento la verdad.

IdiomaEspañol
EditorialLost Island Press
Fecha de lanzamiento23 oct 2021
ISBN9781734174595
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    Adiós, Wishville - Mel Torrefranca

    Nina

    Uno

    Adiós

    Sería una historia trágica. Benji Marino muere durante su travesía hacia el paraíso, tan solo a sus catorce años. Un título atractivo para las noticias de Wishville antes del reporte meteorológico de la mañana. Por otra parte, quizás sobreviviría.

    Benji apareció por la esquina del Instituto de Wishville, con la mirada fija en una colina que se veía desde la distancia. Lo único que debía hacer era llegar a la Calle Candy y su huida sería un éxito glorioso.

    —¡Bueno! A la fila.

    Benji podía reconocer la voz del profesor Hendrick a un kilómetro de distancia. Después de todo, era conocido por nunca hablar con micrófono en eventos escolares. Después de quince años como entrenador de los equipos de béisbol y softbol, había concluído que gritar era la única manera de ganarse el respeto de los estudiantes de La Dispersión.

    —Tu turno, Mortimer. —Hubo un momento de silencio y el bigote del profesor se encrespó, como si estuviese a punto de tener una incautación—. ¡Mortimer, regresa ahora mismo! —gritó.

    De la cerca se oyó un sonido metálico, pero Benji se negó a voltear la cabeza.

    —Oye. —Chloe Mortimer arrastró sus dedos por los alambres, caminando al mismo ritmo que él—. ¿A dónde vas?

    Chloe era la menor en octavo grado, la clase de Benji, pero no actuaba como si lo fuera. Era más madura que la mayoría de los chicos de su edad, daba los mejores consejos y era capaz de tener una conversación seria, a pesar de ser energética y enfebrecida por naturaleza. Benji confiaba en ella con todo su ser y, aunque odiaba mentirle, podía hacerlo si era necesario. Especialmente hoy.

    Miró el piso mientras los dos caminaban y sus zapatos golpearon el suelo al ritmo del taconeo de Chloe. Sus tacones ya no le quedaban desde hacía meses y, aunque al principio eran blancos, los había usado tanto que terminaron obteniendo un color amarillento. Ella tenía una extraña conexión con ellos y Benji se preguntaba cuánto se demoraría en comprarse unos nuevos.

    Benji metió sus manos en los bolsillos de su camisa, manteniendo la mirada hacia la colina. Sabía que mirar a su amiga sería demasiado doloroso.

    —Pensé en dar una caminata. Me gusta el aire fresco.

    —¿En serio? —Chloe hizo una pausa recogiendo un balón del suelo, para luego regresar al lado de Benji y comenzar a lanzar su nuevo hallazgo al aire—. Solo dime lo que está pasando —pidió, al tiempo que agitaba sus brazos. El balón cayó sobre sus palmas—. Sé que estás tratando de hacer algo estúpido.

    —No sé de qué estás hablando.

    —Hasta una gaviota podría mentir mejor que tú, Benji.

    Cuando Benji miró a Chloe, supo que había cometido un error. Sus ojos se encontraron con los de ella a través de la cerca y se congeló.

    —Todos sabemos que eres curioso y todo eso, pero no dejaremos que te escapes. —La sonrisa de Chloe se desvaneció—. Hasta lanzar tu propio cadáver a una cuneta sería mejor.

    El profesor Hendrick llamó a Chloe con las manos alrededor de la boca, simulando un megáfono, pero ella no se inmutó. Benji cruzó sus dedos dentro de los bolsillos, esperando el momento perfecto. Cuando algunas chicas del equipo gritaron ¡Chloe! al unísono, ella miró sobre su hombro y él corrió.

    Chloe soltó el balón y se corrió tras de él. La puerta de la cerca se cerró de golpe, seguido por los taconeos vacíos de la chica. La preparación para este día había tomado tres semanas y, aunque ella no le dejaría escapar, Benji tampoco la dejaría detenerlo.

    —¡Escúchame! —La respiración de Chloe se agitó permitiendo apenas que las palabras escapasen de sus labios—. ¿Crees que a nadie le importará? Tú mamá estará devastada. —Jadeó y corrió con todo lo que le quedaba, en un último intento de atraparlo.

    Benji vio el cartel inclinado de la Calle Candy más adelante y cuando lo alcanzó, Chloe estaba muy por detrás de él, jadeando con las manos en las rodillas.

    Con una sonrisa falsa, Benji subió a la colina.

    Chloe había sido su mejor amiga desde primer grado. Era una lástima que el último recuerdo que tendría de él, sería del momento en el que desapareciera detrás de los árboles. El sudor empapó sus rizos y en un intento por secar las gotas saladas se frotó la cara.

    «No te preocupes. Valdrá la pena».

    La Calle Candy estaba tan cerca del borde de Wishville que nadie se atrevía a respirar el aire ahí. Ni el puente ni la calle habían recibido mantenimiento antes. Las raíces de los árboles de al lado habían crecido en el concreto, formando grietas donde crecía el musgo y bultos diseñados para tropezar. Pero Benji lo prefería así. Como el camino estaba empinado, usó las raíces para empujar sus pies hacia adelante. La Calle Candy había creado escaleras naturales.

    Cuando llegó a la cima, se detuvo en la base del puente sintiendo nostalgia al ver el pueblo que estaba dejando para siempre: el agua que fluía suavemente en el horizonte, el olor agrio de la tierra húmeda y el cielo gris que se cernía sobre él. A pesar de que no recordaba la última vez que había estado ahí, la atmósfera se sentía familiar. Consoladora.

    Benji dio su primer paso sobre la amplia plataforma de concreto y cerró los ojos. Al haber vivido en Wishville durante toda su vida, se había vuelto sordo al sonido del océano, pero hoy las olas se agitaban violentamente debajo de él.

    Abrió los ojos descubriendo un letrero oxidado al otro lado del puente, rodeado por un mar de secuoyas, que decía SALIENDO DE WISHVILLE. Este iba a ser el final de su larga travesía.

    Apretó las correas de su mochila al asomarse por encima de la barandilla del puente. Su escuela estaba cerca de la orilla, el parque a unas pocas cuadras al este y más al norte estaban los edificios de ladrillo de la plaza de Wishville; la Calle Mayor se cruzaba con ella. Levantó la cabeza hasta que su nariz se niveló con una colina al lado opuesto de la ciudad, la cual conducía a una casa aislada. Conocía todo el pueblo y estaba listo para dejarlo atrás.

    —Adiós, Wishville. —Benji se despidió de las vistas, sacudiendo su mano. Enfrentándose a la misión que tenía por delante, miró fijamente al letrero. Después de un largo parpadeo, sintió una nueva chispa de confianza y esperanza.

    «Al fin estoy saliendo».

    Caminó rápidamente a través del puente, dando largos pasos y acercándose al final. Las ramas de los árboles junto al letrero se extendieron, pidiéndole que siguiera adelante, para finalmente escapar de las garras de Wishville hacia un nuevo mundo. Su pie derecho se estiró hacia el borde y el otro lado del puente se iluminó con colores extravagantes: árboles de color verde vómito, cielo azul mohoso y abrumadores tonos de marrón. Podía oír el gorjeo de las aves reprimiendo los gritos de las gaviotas que volaban sobre su cabeza. Los colores y sonidos eran tan envolventes que no pudo oír el susurro de los arbustos detrás de él, o los pasos estruendosos que le seguían.

    No fue hasta que su pie se retrajo contra su voluntad que el hermoso deslumbramiento se volvió monocromo. Benji se tropezó hacia atrás convirtiendo al cielo en una manta gris, arrebatando la animación de los árboles y regresando al suelo a su estado frío y soso. Los únicos colores visibles ahora eran los mechones familiares de color rojo ladrillo que destellaron en sus ojos.

    —¡Bu!

    Una mano alcanzó su mochila con un fuerte tirón y la cintura de Benji se estrelló contra la barandilla, las salvajes olas saltando bajo el puente, tratando de alcanzarlo. Cuando se volteó, la cabeza le daba vueltas.

    A su izquierda estaba James Koi. El chico llevaba una camisa blanca debajo de su chaleco y los zapatos de marca más nuevos. James siempre había sido un diestro en la moda, lo cual era extraño ya que nadie podía imaginarlo frente a un espejo. Quizás su estilo elegante simplemente era un accidente de cada mañana.

    El atuendo que vestía estaba complementado por un rostro inexpresivo, sin un solo pliegue en la frente o una inclinación de sus labios.

    —¡Caramba!, ¿acaso tienes ganas de morir?

    A la derecha de Benji estaba Samanta Perkins, a quien se le conocía exclusivamente como Sam. Benji casi sonrió al verla vestida con la camiseta de un evento escolar del año pasado, al cual ella no acudió. Metió las manos en los bolsillos de su chaqueta mullida y su boca explotó con carcajadas.

    —Deberías haber visto tu cara. —Pausó su risotada para imitar aquel momento—. ¡Bu! —Inclinándose, se rio con tanta histeria que sus mejillas se enrojecieron a tal punto que podrían compararse con su enredado cabello rojo.

    Benji nunca la podía entender. A veces todo le parecía gracioso y, otras veces, todo estaba diseñado para insultarla de alguna manera. Las emociones de Sam eran tan predecibles como lo era lanzar una moneda al aire.

    Cuando Sam terminó de reírse, James se colocó al frente de Benji.

    —Es una locura salir, no es lógico —lo regañó. Le dio un empujón en la cabeza desde arriba, tomando ventaja de su altura—. Sé que eres lo suficientemente inteligente como para entenderlo.

    La idea de quedarse en Wishville mareó a Benji.

    —Sé que para ustedes todo lo que hago es raro. —Apuntó al otro lado del puente—. ¿Pero alguna vez se han preguntado qué hay afuera?

    —No me importa. —Sam cruzó sus brazos y su voz áspera se suavizó—. Pero supongo que es diferente cuando tu padre ha desaparecido.

    James la fulminó con su mirada y ella frunció los labios con cejas arqueadas.

    Benji volteó hacia atrás y apoyándose contra la barandilla, murmuró:

    —Hay muchas cosas que quisiera saber.

    Observó a las gaviotas volar a través del horizonte. Derecha e izquierda. Arriba y abajo. A donde ellas quisieran.

    —Por cierto, nosotros éramos el Plan B. —Sam se rio entre dientes—. No puedo creer que Chloe no te pudo convencer. A veces eres muy irritante.

    Otra vez, Benji se dirigió hacia el final del puente, pero James formó una pared frente a él.

    —Vayámonos. —Sam se apartó de la escena y una ramita se partió debajo de su zapatilla—. Ya es tarde.

    Sabiendo que James no se iba a mover, Benji metió sus congeladas manos en los bolsillos de su camisa y caminó de regreso por la misma ruta por donde había venido. Al tomar su primer paso en la Calle Candy, se asomó por encima del hombro para ver el letrero que decía SALIENDO DE WISHVILLE una última vez. Mantuvo la cabeza baja y el brillo en sus ojos desapareció.

    —Estamos haciendo esto porque nos importas, ¿sabes? —dijo Sam.

    Benji escaneó el suelo en busca de la siguiente raíz para pisar. —¿Cómo descubrieron que estaba planeando algo?

    Ella miró a James, pidiéndole permiso para hablar y él asintió con la cabeza.

    —Bueno, la manera en la que actuabas me hizo sospechar. Tomaste más notas de lo normal durante las clases.

    —Viste lo que había en mi carpeta, ¿verdad?

    —No estabas tomando notas sobre frases preposicionales, esa es la cuestión. —La zapatilla de Sam se atascó en una raíz, pero recuperó el equilibrio antes de caerse—. Literalmente escribiste todo tu plan de escape. Fecha, hora, todo.

    James se pasó una mano por la cabeza. —No fue la mejor decisión que digamos.

    —Bueno —dijo Benji—, supongo que tendré que ser más inteligente la próxima vez. —Él sonrió y Sam le golpeó el costado.

    —¿Estás segura de que no quieres quedarte para cenar? —preguntó el señor Koi.

    —Tengo clases de violín y mi papá tiene otra reunión en la noche. —Sam cerró su mochila, excusándose—. No puedo.

    El señor Koi asintió con la cabeza mientras ella giraba la cara.

    —Será la próxima vez entonces —dijo él, pero todos sabían que eso nunca iba pasar. Sam era una de las estudiantes más ocupadas del colegio, ya que siempre asistía a cenas elegantes, reuniones y eventos importantes. Ella detestaba tener que lidiar con su apretada agenda, pero Benji la consideraba suertuda por ser parte de una familia tan importante.

    El señor Koi esperó hasta que Sam esté fuera de vista antes de cerrar la puerta y comenzar con el interrogatorio.

    —Ustedes tres llegaron tarde hoy —comentó con afabilidad. Benji estaba demasiado concentrado en la habitación en la que se encontraba como para notar al señor Koi.

    La casa de los Koi estaba localizada en la Calle Mayor, la cual pasaba por la plaza de Wishville. Las casas en esta calle variaban de tamaño, cada una diseñada con una de forma única. La de James era una de las más grandes. Al ser sus padres propietarios y gerentes del Banco Secoya, Benji sabía que una familia tan rica merecía un hogar apropiado, pero no podía evitar tener celos. Cada vez que regresaba a casa con James, se detenía para admirar los techos elevados, los pisos de madera blanda y la luz del sol que caía desde las ventanas, las cuales solo se cubrían durante la noche.

    —Rebecca me llamó. Está bastante preocupada —añadió el señor Koi y, esta vez, Benji lo escuchó.

    —Lo siento.

    El señor sonrió y sus dientes destellaron a causa de la luz. —Le voy a decir que estás aquí.

    Antes de que el señor Koi pudiera continuar indagando, los dos chicos se escabulleron al segundo piso para tener algo de paz antes de la cena.

    Benji apreciaba el cuarto de James simplemente porque era todo lo opuesto al suyo. No había ni una mota de polvo y todo estaba elegantemente ubicado donde pertenecía. Los estantes a lo largo de las paredes estaban llenos de extraños rompecabezas y Benji había parado de intentar resolverlos hacía años. Hasta las baratijas de madera que James llamaba nivel principiante eran suficientes para desorientar la mente de Benji.

    Y estaban los libros: los protagonistas principales del cuarto de James. Benji intentó girar su cabeza en varios ángulos para encontrar un sitio en el que no hubiese libros, pero resultaba ser que el único lugar era el techo. Él respetaba el amor por la literatura de su amigo, tanto cómo un no-lector podría.

    —Oye. —Benji se sentó en la cama de James y miró a sus pies, que colgaban sobre el suelo. Si tan solo fuera unos pocos centímetros más alto—. Perdón por…ya sabes de qué hablo. Tratar de salir del pueblo y todo eso.

    James abrió Pico del Afilador, su libro favorito. Lo leía tan a menudo que, si alguien dijera un número de página al azar, él podría recitar de memoria el primer párrafo de esa página. Se apoyó contra su silla y acercó las páginas a sus ojos, con los labios entrecerrados.

    —Supongo que hay una parte de mí que quiere saber qué le pasó a mi padre —dijo Benji, juntando los dedos. Los observó mientras se ponían rojos—. Y la otra mitad teme ir al festival de primavera.

    —Shhh… —James levantó la mirada y sonrió—. Ya has gastado suficiente de mi tiempo de lectura.

    Esa era su manera tácita de decir te perdono. Los dedos de Benji se relajaron.

    Tomó su mochila del suelo y sacó su bloc de dibujos y su lápiz de carbón. De todas las cosas que pudo haber llevado, escogió llevar sus dibujos. En definitiva, fue una decisión estúpida, considerando que no sabía lo que podría haber fuera de Wishville. Un cuchillo, ropa extra o un sándwich de mantequilla de maní y mermelada hubiera sido una mejor opción. Pero cuando Benji se había parado en el centro de su cuarto, buscando algo que le importase, lo único que le había llamado la atención había sido su cuaderno de dibujos.

    Permanecieron en silencio durante un rato. Benji apreciaba esto de su amistad con James, porque no necesitaban hablar todo el tiempo. Su amistad no era como la de Sam, de quien constantemente debía ignorar sus quejas, o como la de Chloe, con quien hablaba mucho sobre nada en particular. James y él a menudo pasaban su tiempo en silencio leyendo, dibujando. Volteando las páginas, borrando. Lo único que tenían en común era el silencio y eso era suficiente.

    Benji siguió con un dibujo de la semana pasada: un tramo de tierra sin árboles, salpicado de edificios que se parecían más a diamantes que casas. Algo sobre dibujar paisajes y edificios extraños le llamaba la atención.

    El señor Koi tocó la puerta después de media hora, asomando su cabeza hacia adentro.

    —Siéntense en la mesa —dijo—. Voy a despertar a Nina.

    Los dos chicos asintieron con la cabeza y, bajando las escaleras, se dirigieron al comedor. Aunque Benji había metido el cuaderno en su mochila, James no tuvo la suficiente fuerza como para dejar su libro en el piso de arriba, y mientras él leía en su asiento, Benji observó cómo subía el vapor de los platos que estaban puestos en la mesa. El brócoli fresco junto al aroma agrio de camarones al limón hizo que se le hiciera agua la boca. Al otro lado de la mesa había un tazón gigante de Chowdies, el mejor lugar del pueblo para comprar sopa de pescado. Además de ser el único.

    —¿Y Mamá? —dijo James detrás de las páginas. Benji no se había dado cuenta que el señor Koi había entrado al comedor, por más que no estuviera leyendo ningún libro como James.

    Algunos dirían que la intuición de los Koi era lo suficientemente fuerte como para ser llamada un súper poder.

    —Está visitando a unas amigas. —El señor Koi se sentó y se sirvió una generosa porción de camarones, hizo una pausa y miró severamente a su hijo—. Deja el libro.

    James frunció el ceño y metió una moneda entre las páginas para indicar su progreso.

    Nina había entrado al comedor detrás de su padre y ahora estaba esperando que el señor Koi le sirviera, mientras se acomodaba dos gruesas trenzas color chocolate detrás de los hombros luego de haberse sentado. La chiquilla parpadeó lentamente y Benji supo, por la forma en que miraba al vacío, que había estado durmiendo todo el día. Ella tomaba demasiadas siestas para una niña de once años.

    De pronto tosió atragantándose con un bocado de brócoli, y el señor Koi colocó su mano en la mesa.

    —Tranquila. Come solo lo que puedas.

    Nina le echó un corto vistazo a Benji y asintió con la cabeza.

    Aunque Nina y James tenían solo dos años de diferencia, parecían seis. Para empezar, James era alto para su edad y su médico había dicho que iba a superar no solo los dos metros, sino también la altura de su padre. Nina, por el contrario, apenas parecía tener más de ocho años y tenía una extraña preferencia por los vestidos, a pesar de que la mayoría de las niñas de su edad hacían una rápida transición a jeans y camisetas. Benji no estaba seguro si Nina era baja porque estaba enferma o si tenía que ver con la genética. Lo único que los hermanos parecían tener en común era su piel perfecta: su tono estaba atrapado entre la piel suave de color cacao del señor Koi y el pálido bronceado de la Señora Koi, un tono cremoso de caramelo complementado con sus ojos color miel. Cada vez que Benji se fijaba en la piel de cualquiera de los hermanos Koi, se avergonzaba de sus pecas.

    Inclinó la cabeza hacia abajo, esperando que pudieran ser menos notorias de esa manera.

    —Hace tiempo que no nos visitabas. —El señor Koi arregló el cuello de su camisa con pericia—. ¿Cómo estás?

    —La verdad, estoy muy bien —sonrió Benji, manteniendo la cabeza baja.

    —¿Y tu madre?, ¿cómo está?

    —Usted sabe —dijo Benji—, todo normal.

    —Qué bien. —El señor Koi empujó sus lentes hacia arriba y un silencio incómodo cayó sobre la mesa.

    Benji estaba sirviéndose más comida cuando el señor Koi continuó con su investigación.

    —Odio entrometerme —dijo, metiéndose una cucharada de sopa de pescado en la boca—, pero ¿qué estaban haciendo hoy?

    Las manos de Benji temblaron y la cuchara se cayó sobre la mesa, derramando brócoli en la madera.

    James aclaró su garganta y declaró:

    —Sam sugirió que viéramos el mar.

    El señor Koi asintió con la cabeza, aunque los dos sabían que no estaba del todo convencido. De todos los padres de Wishville, la mayoría consideraba al padre de James como el menos tolerante. Como James y Nina, el señor Koi era un experto en rompecabezas, pero no de los de madera en particular.

    —Al parecer les encanta ver las olas —inquirió, dejando la cuchara en la mesa, con ojos humorosos que miraban a través de sus gafas rectangulares. James dejó de masticar, atrapado en sus pensamientos.

    Benji siempre se quedaba

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