La noche: Vivir sin testigo
Por Michaël Foessel
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Pensar la noche es pensar la manera en que la oscuridad cambia nuestra percepción, transforma nuestra relación con los otros o modifica nuestra experiencia del tiempo, pero siguiendo siempre las reglas que le son propias.
Para el autor, es necesario privilegiar no la oposición binaria entre lo nocturno y lo diurno, sino las situaciones en las que entran en un prometedor conflicto. Sin eso, el día olvidaría que él es el día de la noche que lo precede: solo habría lugar para una pálida transparencia en la que todos están dispuestos a ser testigos.
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La noche - Michaël Foessel
Registro de la Propiedad Intelectual Nº 2020A6
ISBN edición impresa: 978-956-6048-19-0
ISBN edición digital: 978-956-6048-20-6
Imagen de portada: Camila Rodrigo, Simulacro, 2009. Cortesía de la artista.
Diseño de portada: Paula Lobiano
Corrección y diagramación: Antonio Leiva
Traducción: L Felipe Alarcón
La Nuit. Vivre sans témoin
© Editions Autrement, París, 2017
De esta edición © ediciones / metales pesados
E mail: ediciones@metalespesados.cl
www.metalespesados.cl
Madrid 1998 - Santiago Centro
Teléfono: (56-2) 26328926
Santiago de Chile, enero 2020
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com
info@ebookspatagonia.com
Índice
Preludio
I. Alteraciones nocturnas
Devenir búho
Los sentidos desarmados
Lo sublime y la infancia
II. Políticas nocturnas
La transparencia y la sombra
Crítica de la luz blanca
La noche de la democracia
III. Lo que la noche le hace al día
Los poderes de una palabra
¿Una noche sin mañana?
Claros, ocultamientos
Epílogo. El adiós a la noche
Preludio
Estrellas que consienten
A menudo me pregunto qué hago aquí todavía. Solo o rodeado de gente, en lo negro o cubierto de luces artificiales, en una calle oscura o al borde de una pista de baile, siempre la misma pregunta: «¿Quién soy yo, este que sigue despierto?».
Desde el momento en que esta pregunta se plantea, sé que la noche ha acabado. La experiencia nocturna es ajena a una reflexión que pretende volver a asir el yo en su soberanía. Cuando me pregunto por qué me quedé hasta tan tarde imagino, en efecto, que podría estar en otra parte. En el sueño, por ejemplo, que me protegería de esa fatiga que habré de arrastrar a lo largo del día siguiente. Puesto que podría hacerlo, probablemente debería seguir durmiendo, más que habitando este cuerpo en vela que me sustrae del pueblo de los durmientes. Como pasa a menudo, la pregunta «¿Quién soy?» encierra algo de moral. «A las cuatro de la mañana –escribe Louis-Sébastien Mercier– solo el poeta y el bandido están en vela»¹; lo mismo puede decirse de quienes tienen algún interés en el anonimato. Pero yo, que no soy ni bandido ni poeta, no tengo razón alguna por estar todavía despierto. Excluido del sueño de los justos, tengo sin duda algo que reprocharme. Empezando por el hecho de estar todavía despierto cuando todo (mis fuerzas que decaen, los imperativos del mañana, el vacío que comienza a formarse alrededor) me incita a abandonar la noche.
Cuando me pregunto qué hago ahí ya es demasiado tarde: a ese «ahí», corazón de la noche o la madrugada, lo veo ya con los ojos del día. Olvido entonces lo que me ha llevado a la noche para retener solo el costo de permanecer en vela. Cuento las horas pasadas en lo oscuro, pues habrá que recuperarlas de una manera o de otra. En los cuerpos que permanecen hasta tan tarde junto a mí solo veo debilidades, consternación, gestos cansados. Yo mismo, que hace un instante me felicitaba por mi resistencia, me juzgo inconsciente por haber estado despierto. En resumen, al momento de apagar la luz o de volver a casa, cuento, comparo y juzgo. Alcanzado por la hora, mi placer orgulloso de estar presente en la noche se transforma en malestar. Me pongo a pensar en el tiempo pasado en términos que lo condenan a ser tiempo perdido. Sin previo aviso, mi noche se ha vuelto «blanca»².
Este libro trata de la verdad que precede a ese instante fatídico. Antes de la hora de las cuentas y los arrepentimientos, hubo en efecto un periodo de la noche desprovisto de ese tipo de reflexiones. En ese tiempo sin cálculo ni comparación, no me pregunto qué hago todavía ahí, sino que, por el contrario, deseo que la noche nunca termine. Si se trata de una noche de insomnio, lo que por supuesto deseo es la abolición de mi vigilia mediante el sueño, pero le temo aún más al advenimiento del día con sus desmesuradas exigencias. En este sentido, imploro por horas nocturnas extra: quisiera que el tiempo se clavara, que la noche no se detuviera. Eso es todavía más cierto cuando se trata de una noche de noctámbulo, en ese caso toda mi experiencia descansa en el postulado de la ausencia de mañana. No es que le tema a la llegada del día, como en el insomnio, sino que como nada lo anuncia ni siquiera lo imagino. Pasa también que una noche de juerga o de conversaciones se prolonga hasta el día, para gran sorpresa de los participantes que descubren que el sol ya salió. En ese tipo de situaciones, el reparto natural entre lo claro y lo oscuro se suspende. La noche parece poder durar indefinidamente.
Para volverse el lugar de una experiencia, la noche exige que yo me entregue sin contar. Por ello es reacia a toda reflexión que instaure una distancia entre lo que veo y lo que soy. Hay que estar por completo allí o no estar para nada, lo que implica no
relacionarse con las altas horas como si ellas fueran una ley o un límite. Cuando miro el reloj con inquietud, busco saber qué hora es «para todos», es decir, para el conjunto anónimo que imagino que tiene más razón que yo y que los que hasta tan tarde acompañan. La hora indebida es aquella en la que yo ya no debería estar ahí, en la que es urgente que me reintegre a la sociedad de los que duermen por la noche. Si mis acompañantes pertenecen todavía a esa noche, no querrán por nada del mundo saber de esta hora objetiva y me incitarán a unirme a ellos en el alegre suspenso del tiempo de los relojes. En ese caso, mi libertad no consiste en quedarme solo un poco, a medias, con un pie en la noche y el otro en el cálculo de lo que es razonable para mi yo diurno. Consiste solo en querer o en rechazar que la noche se prolongue en mí.
Consentir lo oscuro
En la experiencia de la noche que comienza a esbozarse, no hay lugar para la anticipación de un otro lugar. Las ganas de dormir o la espera de un mañana no juegan ningún rol. Desde el momento en que uno desea esas cosas, lo que busca es volver a ser un sujeto lúcido que anticipa el día que vendrá. El sin-sueño no es ya ese insomne que no quiere dormir, sino el que busca por todos los medios, incluidos los farmacéuticos, escapar a la vigilia. No es ya ese noctámbulo que no cuenta las horas sino un cuerpo que comienza a economizar en vistas a las necesidades sociales de mañana. No es ya, por último, ese ciudadano que se queda en la plaza de una «Nuit debout»³ sin necesidad de programa político, sino un individuo que se somete nuevamente a los imperativos de una gestión realista de los asuntos de Estado.
Al final de cada una de esas transformaciones, el sujeto ha renunciado a las promesas nocturnas. ¿Qué más nos queda por hacer? Solo desearle «buenas noches» a los otros, es decir, una noche sin acontecimientos. Y deseárselas también a uno mismo. La mayoría de las noches se desarrollan sin experiencia nocturna porque se pliegan al juicio del día (o más bien, como veremos, al juicio ligado a una cierta idea del día). Una «buena noche» es una en la que se duerme para poder estar despierto a lo largo del día siguiente o incluso una noche que se pasa en vela para poder trabajar en vistas a un mañana. De esas noches tan respetables no hablará este libro, tampoco del sueño, cuya esencia no tiene nada de específicamente nocturno. Esta obra habla más bien sobre las malas noches, esas de las que se dice que llaman al «vicio y el crimen». Esas noches no son siempre tan temerarias como un cierto romanticismo quisiera hacer creer, pero de todas formas en ellas se practica una transgresión de los marcos de la experiencia diurna.
Las experiencias nocturnas no son ni verdaderamente padecidas ni verdaderamente elegidas: en esa ambigüedad reside una primera puesta en duda de los repartos propios al día. Las noches padecidas son las del insomne que quiere dormir a toda costa pero no lo logra, o las del trabajador forzado a posponer su sueño para ganarse un poco mejor la vida. Para ellos, la noche es un tiempo de dolor o de esfuerzo, esperan impacientes su fin. El fin de la noche es deseado desde que esta comienza: el sujeto tiende hacia un sueño que abolirá su conciencia o hacia una mañana que anunciará el fin de la labor. Por un lado, las noches elegidas se parecen a las noches padecidas: se entra en ellas sabiendo de antemano lo que se hallará. El fiestero previsor decide ir a un lugar que conoce, sabe más o menos a qué hora va a volver e inviste la noche a condición de estar seguro de que saldrá casi idéntico a sí mismo: ni demasiado cansado ni demasiado borracho.
Otra cosa es el insomne que no quiere dormir o el noctámbulo que suelta las amarras y se deja guiar por la noche. Ellos no la padecen, pero tampoco la eligen con total conocimiento de causa. La palabra justa ha sido pronunciada por Supervielle en un poema que evoca la manera en que la noche se desliza en nosotros tanto como nosotros en ella: «A través de ti nos volvemos estrellas que consienten»⁴. Consentir la noche significa aceptar someterse a las experiencias singulares que solo ella vuelve posibles. Quien no duerme se expone a la noche sin saber con certeza lo que le espera. Durante el tiempo que dure su vigilia, consiente no ver con claridad ni en sus pensamientos ni en sus actos.
Estos ejemplos muestran que lo que distingue a las experiencias nocturnas de las noches sin experiencia no es el placer o el dolor que se siente. Puedo darme mil vueltas en la cama, obsesionado con una idea fija que no me suelta, puedo también errar alegremente de sitio en sitio sin el más mínimo proyecto. Alegre o desdichada, una experiencia se vuelve nocturna a partir del momento en que reclama un cierto grado de oscuridad. El pensamiento que me tiene en vela exige ser desplegado aquí y ahora, sin que ninguna luz exterior venga a distraer mi espíritu. En lo negro, mis ideas se vuelven tan insistentes que ya no se preocupan por el bienestar de mi cuerpo. Del mundo que me rodea no emana ninguna indicación sobre la necesidad de pasar a otra cosa. Fuera de la incomodidad, mi posición es más o menos la misma que cuando deambulo de noche sin razón, maravillado por moverme en la sombra. En el rechazo a dormir eran mis pensamientos los que me forzaban a seguir despierto, aquí son mis sensaciones las que me dictan no volver a casa. Insomne o noctámbulo, por el pensamiento o los gestos, tomo caminos improbables, sigo líneas quebradas y a menudo me pierdo.
La noche no es el simple decorado de esas experiencias. Para que mis ideas o mis afectos me impresionen hasta ese punto, es necesario que me sucedan en el claroscuro. Es, por lo demás, el temor de quienes se rehúsan a la noche: una falta de visibilidad que hace que uno no perciba de antemano el fin del camino. No veo el fin de ese pensamiento que nada detiene y me quita el sueño, así como tampoco sé cómo
