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¿Es este un amor a primera vista, o solo una jugarreta del destino?
El capitán James Harlow, tercer hijo de un vizconde, no espera nada de la vida y siempre busca la aventura. Cuando es vencido por un grupo de jóvenes sinvergüenzas vinculados a la nobleza, pierde la mano... y casi su vida, de no ser por una misteriosa sirena que emerge de las profundidades para salvarlo.
Ione no es como las otras nereidas. Sus escamas y su cabello no son tan vibrantes, y no desea ahogar a los mortales con los que se une. Cuando ve que un mortal apuesto es dejado para que muera en el mar, no puede evitar salvarlo y cambiar sus aletas por piernas para seguirlo en tierra.
Tendrá solo tres días para decidir si deben estar juntos, y durante ese tiempo la pareja queda atrapada en medio de los planes de un sociópata que intenta destrozar la vida de James. ¿Podrán detener al joven conde antes de dañar a alguien más?
Rebekah Lewis
Rebekah Lewis siempre se ha sentido atraída por los mundos de ficción. Como lectora ávida y amante del cine, era solo cuestión de tiempo que empezara a escribir sus propias historias y a dejarse llevar por su imaginación. La serie más popular de Rebekah, Los Sátiros Malditos, está basada en la mitología griega y pertenece al género paranormal romántico. También escribe sobre los géneros de fantasía y viajes en el tiempo. Cuando los sátiros, conejos blancos o héroes testarudos no ocupan todo su tiempo, emplea su talento creativo como una galardonada ilustradora de portadas. Rebekah es licenciada en Literatura Inglesa y vive en Savannah (Georgia) con su gato Bagheera. www.Rebekah-Lewis.com
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El rescate de una sirena - Rebekah Lewis
Dedicatoria
A mis hermanas, Tiffany y Carrie Ann.
Pasamos muchísimas horas viendo y leyendo historias de hadas.
Habría sido imposible de otra forma.
"Los sueños pueden volverse realidad, si los deseamos mucho.
Puedes tener lo que quieras, si sacrificas todo lo demás por eso".
–J.M. Barrie, Peter Pan
Capítulo Uno
Summerfield, 1817
Un grito reprimido despertó abruptamente al capitán James Harlow, y al volver a sentarse derecho, se cayó de la silla. Cuando su cabeza chocó con la dura madera, el dolor le llegó hasta la columna y maldijo. Se había quedado dormido en el escritorio de su estudio, y el mapa que estaba abierto frente a él colgaba ahora precariamente de uno de los costados del escritorio. El farol que usaba y que había traído de su barco destilaba sombras que se desparramaban en todas las direcciones, mientras la llama pequeña parpadeaba y bailaba como un duende atrapado detrás del vidrio. ¿Había escuchado el grito o habido sido parte de un sueño?
Se puso de pie e intentó escuchar, pero solo oyó el viento azotando los árboles. Le dolía todo el cuerpo, aunque no podía detenerse hasta que revisara el estado de la casa de su padre. Quizás alguno de los sirvientes no había podido dormir y había dejado caer una bandeja o visto una rata, aunque esto no pasaba muy a menudo. Tenía los nervios de punta, y no solo porque se había levantado de esa forma. Sentía algo extraño, aunque no podía saber qué. Había desarrollado una especie de sexto sentido para detectar los peligros latentes durante sus expediciones en el mar, y había algo cerca que parecía una amenaza.
Una tabla del piso crujió cerca. Miró el piso, esperando que su valet, Rollins, entrara, a pesar de que no era la hora habitual en la que el hombre estaba de servicio. La normalidad lo ayudaría a aliviar la tensión, pero nadie golpeó la puerta ni entró. James respiró profundamente, volvió al escritorio, y buscó con la mano por debajo de la tabla, donde guardaba en un agujero secreto una pistola. Con el arma en la mano, se acercó a la puerta para investigar. Abrió la puerta lentamente, salió al pasillo, y la camisa que estaba suelta y fuera del pantalón se hinchó con una ráfaga de viento. Alguien debía haber dejado una puerta o ventana abierta, o alguien había entrado a la fuerza.
Debería haber visto la sombra, que estaba muy cerca, antes de que otro crujido en el suelo revelara la posición del intruso, pero se dio cuenta de las dos cosas exactamente al mismo tiempo. James se dio vuelta rápidamente, apuntó con el arma, pero fue demasiado tarde. Quizás podría haber evitado el golpe en la frente, que el intruso le había dado con la empuñadura de la pistola, quizás no. Lo último que pensó mientras se desvanecía fue que hubiera deseado hacer algo más con su vida, haber sido un hombre mejor.
Que se iba sin dejar ningún legado.
EL AGUA HELADA LO GOLPEÓ en la cara unas horas después, casi sin aliento mientras tragaba líquido y tosía hasta ahogarse. Intentó agitar los brazos para nadar, pero estaba impedido y atado a... ¿un árbol? James escupió, tosió, pestañeó y trató de entender dónde se encontraba. No se estaba ahogando en el mar, sino en el bosque, quizás hasta el bosque que había en su propiedad, y quien intentaba que recuperara la conciencia era quien lo había atacado: alguien joven. No era un niño, sino más bien alguien de muy corta edad, no más de 17 aproximadamente.
–¿Quién diablos eres?–, preguntó con un desconcierto que se esfumaba y daba paso a una irritación que llenaba el vacío.
James miró al joven frunciendo el ceño, con la extraña idea de que lo había visto en algún otro sitio, aunque no podía recordar dónde.
El muchacho llevaba ropa oscura y descuidada; cruzó los brazos y sonrió con superioridad. A la luz de la luna, el cabello rubio parecía un motín de olas sueltas que llegaban hasta el hombro. Un muchacho pobre de la calle, quizás, pero era sin dudas el líder. Detrás de él, había unos diez hombres más, igualmente jóvenes y desarreglados. El que estaba a cargo tenía en la mano un cubo vacío, y parecía que el agua que antes contenía era la que ahora empapaba a James.
–Sus sirvientes están atados y amordazados en sus cuartos–, dijo el muchacho, lanzando el cubo a un lado. –Yo diría que un pirata como tú debería tomar más precauciones en su propia casa, viejo.
¿Viejo? ¿Viejo? Tenía solo treinta años. ¡Y estaba en su mejor momento!
–Lo siento, niño– fue lo que atinó a gritar en respuesta. Intentó librarse de las sogas que lo ataban, pero no había forma–, pero ¿por qué un grupo de mocosos entra en una casa, a mitad de la noche y molesta a los desafortunados sirvientes? ¿No deberían estar ya durmiendo?
El atacante se rio.
–Tengo diecisiete años–, dijo, confirmando la conjetura de James. –Ya no soy un niño. ¿No me reconoces?
Se acercó y miró a James fijamente. Empezó a caminar frente a él con los hombros encogidos y la apariencia de un animal enfadado.
–Yo sí te reconocí. Después de que te golpeé, claro, y tú te derrumbaste como un arenque con cojera. Imagina mi sorpresa al enterarme de que un respetable miembro de la aristocracia contrabandeaba brandy desde el continente.
James suspiró. La olla se había destapado, lo habían descubierto. Ahora, o lo chantajearían, o lo entregarían. A su tripulación no le agradaba la piratería descarada, pero el contrabando seguía siendo ilegal y esto provocaría un escándalo inevitable para su familia. Como tercer hijo del vizconde de Summerfield, no tenía un título, pero eso no lo hacía un miembro menor del linaje, por desgracia. Los rumores se lanzarían a correr cuando lo entregara un joven grosero y ordinario.
¿Cómo se había enterado? Si el mocoso había planeado entrar en su casa, ¿no sabía realmente de quién era? Había algo que no encajaba. James debía negar que estuviera involucrado en esas actividades y esperar lo mejor.
–¿No vas a adivinar?
–¿Adivinar qué?–, James preguntó perplejo.
Era como si el chico viviera en su propio mundo de fantasía y esperara que todos los siguieran. Claro. Se sentía ofendido de que James no supiera quién era.
–¿Tu nombre? Pues no me importa.
El chico sacó una daga larga y sin funda de su cinturón y lo apuntó contra James, quien no se impresionó cuando el chico dijo:
–Si nos muestras más respeto, quizás vivas.
Este... mocoso... ¿iba a asesinarlo en ese momento? James siempre había pensado que era una persona paciente. Si la furia acalorada que reemplazaba el frio por la ropa empapada se le hubiera pegado al cuerpo, la paciencia se convertiría rápidamente en ira. Olvidó su intento de fingir ignorancia en la acusación de contrabando. Mirando con fijeza a los demás chicos, que solo jugueteaban y rehuían al contacto visual, volvió a mirar a su atacante.
–¿Qué es lo que quieres muchacho, dinero, un porcentaje de los ingresos por el coñac?
El muchacho hizo la mueca de un gato que acorrala a un ratón regordete.
–Esto es un motín, y ahora tu fortuna es nuestra. Eres mío.
James revoleó los ojos. No puede estar hablando en serio.
–Un motín sucede cuando la tripulación se rebela en su barco para derrocar al capitán. Ustedes no son mi tripulación, y ni siquiera estamos en un barco.
–Semántica–. Con la punta de su daga, el muchacho se tocó la barbilla suave como la de un bebe–. Me voy a presentar, porque parece que estás un poco lento con la memoria. Peter Paxton, conde de Underwood. De verdad, necesitas prestar más atención a la sociedad, pero imagino que eso debe ser difícil si eres un criminal experimentado, y te escondes en el campo donde está la residencia de tu padre, quien, por supuesto, ya adquirió suficientes medios para vivir por sus propios medios.
El muchacho tenía un verdadero talento para ponerle los pelos de punta. Un segundo... Paxton...Underwood...Su padre era el marqués de Huntington. James se acordaba vagamente del hombre, y debió conocer a Paxton cuando era mucho más joven, y por eso le parecía recordarlo. Aunque eso no explicaba en absoluto por qué debía recordarlo.
–Entre los chicos decidimos– dijo mientras jugaba con su daga–, que nos haremos cargo de tu negocio, de ahora en más. Recibimos información sobre la ubicación de un contrabandista, y fue así que te encontramos. Ahora bien, puedes firmar los documentos del barco, liberaremos a los sirvientes y les diremos cómo encontrarte, o podemos matarte y llevárnoslo de todas formas.
Debajo del ojo derecho de James un músculo titiló de los nervios. Alguien lo había vendido, pero luego se encargaría de eso: las sogas estaban atadas con demasiada pericia para su gusto, y necesita liberarse. No tenía por qué golpear al muchacho, pero si seguía revoleando la daga en su dirección, iba a hacerlo, si pudiera mover sus manos, o, al menos, una pierna. No era demasiado exigente.
–¿Estás dispuesto a matar por un barco al que podrías haber robado sin tener que venir hasta Summerfield y mostrarte aquí como si fueras su gran dueño legal... antes de volver a Londres, donde finalmente te lo llevarás de todos modos?– dejó caer la cabeza sobre el árbol y largó una carcajada. –No puedo firmar nada, si estoy atado. Si me desatas, te devolveré la bienvenida que me dieron, pero diez veces más grande–. Cruzó una mirada con Underwood–. Te lo prometo.
Underwood se encogió de hombros.
Sin embargo, había algo que lo molestaba.
–¿No sabías en qué casa estabas entrando, pero sí sabías exactamente dónde estaba sin tener que buscar más información?
Se encogió de hombros.
–Me pareció un buen plan en ese momento.
James hizo un sonido de fastidio con la parte trasera de la garganta. Esos niños jugaban a cosas que ni entendían, ni les importaban.
–¿De veras tienes ganas de oscurecer tu alma con mal por un barco? ¿De veras la idea de que contrabandear es lo que quieres hacer el resto de tu vida?
–Es lo que tú haces.
James abrió la boca para volver a refutarlo, pero luego volvió a cerrarla. Era el tercero en línea de un título con poco peso, algo que los hombres de su familia llevaban como las mujeres usaban las joyas heredadas de sus madres. La única vez que había usado el nombre y la fortuna de su familia para obtener algo sin habérselo ganado, había comprado un puesto en la Armada, pero las guerras eran cada vez menos y jamás había sido enviado a cumplir con su deber y eso le molestaba. James quería ser importante, pero la
