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Alan Castellon
Alan Castellon B. Nacido en Nicaragua en 1955, reside en Miami , Fl. adonde emigró en 1983, luego de haberse graduado de Abogado en 1980 en la U.C.A. (Managua, Nic) y servido como Ministro Consejero de la Embajada de Nicaragua en Perú, desde 1980 a 1982. Dedicado a actividades comerciales, obtuvo una Licenciatura en Estudios Profesionales con mención en Negocios, en la Universidad Barry de Miami, en 2006. Antes (1990) ingresóal U.S. Army y prestó servicios en la Unidad 478th Civil Affairs, como Reservista hasta 1998. Obras: Ramas. Autobiografía. Brumas. Recopilación anecdotaria nicaraguenses. Inédita: Huellas sobre el agua. Novela histórica.
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Ceteris Paribus - Alan Castellon
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Fecha de revisión: 19/02/2013
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Índice
I 1912 PUNTO DE PARTIDA
II Rumbo al Norte
III ENTREPRENEUR
IV NUEVOS HORIZONTES
V LEGADOS
VI CONCLUSIONES
BIBLIOGRAFÍA
I
1912
PUNTO DE PARTIDA
Era Agosto de 1912. Llovía. Hacía viento. Las gotas de la lluvia eran frías, con una intensidad tal, que calaban los huesos a pesar del abrigo, el capote de hule y el cansancio de los músculos adormecidos después de la larga jornada iniciada tres días antes en Pueblo Nuevo de la Nueva Segovia de Nicaragua.
Los tres muchachos cabalgaban a lomo de mula, subiendo y bajando cerros, que en cadena verde, formaban la Cordillera Isabelia, acompañados de Ceferino, el viejo mozo de confianza del patrón recientemente fallecido, quien le encomendó la misión -al morir- de llevar a los tres infantes a vivir con sus hermanos mayores en Jinotega, donde residían desde hace algunos años, dedicados a actividades comerciales.
Pío, el mayor de los chavalos, era un mozalbete delgado; de piel morena lavada y de cabellera rebelde, indomable. Locuaz, curioso, inquieto. Catorce años. Ignacio, el segundo en escalafón cronológico, era más bien gordito y cachetón. También de piel morena lavada, tenía los ojos grandes y penetrantes. De temperamento reposado, a la fecha tenía diez años. Iba en edad, mano a mano con el siglo. Paulino, que tenía ocho años, era el mejor jinete de los tres. De figura menuda. Hablaba poco, aunque siempre tenía el rostro - blanco y pálido- sonriente y fresco. Constantemente sentía deseos de comer, y a cada rato insistía, durante el trayecto, que bajaran en cada empalme que encontraban a tomar una merienda.
Cosa rara, los hermanos éstos, no peleaban entre sí. Siempre se reían de cualquier ocurrencia, con camaradería y buen humor.
Después de desayunar en La Concordia, avanzaron hacia el sur, pasando por Sabana Grande, San Gabriel, Tomatoya y diversos ríos, conocidos como el cuarto, el tercero en el Valle de Apanás; el segundo y, finalmente, el primer paso. Ya era de mediodía abajo, pero aún la neblina invadía el ambiente taciturno circundante y perezoso. Al llegar al poblado de San Antonio, observaron carretas haladas por bueyes transportando toda clase de mercancía desde las fincas aledañas, o acarreando provisiones hacia las mismas desde la cabecera departamental, Jinotega.
Al cruzar el último zigzagueo del brioso río, que serpenteando se perdía en la montaña, observaron un grupo de mujeres, con sus fustanes de colores diversos, mojados, con el agua hasta las rodillas lavando la ropa de sus familiares; u otras, que de oficio, lavaban ajeno, para procurarse el sustento del día. Era la primera vez que los mozalbetes veían mujeres en paños menores; se vieron de reojo entre ellos y sonrieron con malicia.
Ceferino les condujo hasta el centro del pueblo, y entregó a cada muchacho según las instrucciones del finado patrón: Pío a Cayetano; Ignacio a Trinidad y Paulinito a Paulino. Fácil tarea pues los dos primeros hermanos mayores vivían frente a frente en el mero centro del pueblo y el tercero una cuadra al Este de los dos, esquina opuesta al ordeño de Don Gustavo Duarte, según acertadamente le habían instruido.
Les esperaban; y les recibieron con alegría un muchachero, de variadas edades no muy distantes de los recién llegados, que resultaban ser sus sobrinos, los que armaron la algarabía del recibimiento, a quienes miraban en realidad como sus primos.
Cayetano abrazó a su encomendado y con el brazo sobre el hombro derecho de éste le condujo a su casa, donde le presentó a su cuñada, ama y señora de la casona, Eudocia Rivera, de apenas diecisiete años de edad. Don Cayetano, como respetuosamente le llamaban en el pueblo, contaba con tan solo veintiseis años de vida.
Cayetano y Eudocia habían contraído nupcias un año atrás, Marzo de 1911, con gran pompa en celebración ecleciástica por Monseñor Simeón Pereira y Castellón, Ultimo Obispo de Nicaragua y Primero de León, y su séquito de Sacerdotes, entre los que destacaba el sacerdote español Ernesto R Oyanguren, a quien el Obispo dejó, después del acto matrimonial, encargado de la Parroquia de Jinotega, como símbolo de aprecio a la comunidad, por albergar con especial deferencia, a diferentes miembros de su familia.
Eudocia era la hija menor de Jose Dolores Rivera y Rafaela Rivera, que residían esquina opuesta a la propia residencia de Don Cayetano, hoy casa de habitación del Dr. Enrique Villagra. El, comerciante y Ganadero, tenia una Tienda en la Costa Atlántica y exportaba ganado a Guatemala. Menesteres en que le asistía su hijo Abraham Rivera Rivera, eventualmente Lugarteniente y Coronel del Ejercito de Sandino. Otros hijos de los padres de Eudocia, eran Mercedes, a la sazón esposa del Príncipe
granadino, Don Alberto Alfaro, que era socio del millonario guatemalteco Don José Escamilla, propietarios de la Hacienda Santa Fé donde operaban un Ingenio, además de cultivar Café. Alfaro residía en la Quinta América en una palacete de inspiración victoriana. Otras hermanas de Eudocia eran, María Luisa; Eustaquia; Luz, casada con J.Antonio López, generadores de la distinguida familia López Rivera; y los hermanos varones Marco Antonio, Rafael
