Almas muertas: Edición enriquecida. Clásicos de la literatura
Por Nikolai Gogol y Inés Ferrer
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Información de este libro electrónico
En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura:
- Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas.
- La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos.
- Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura.
- Una Biografía del Autor revela hitos en la vida del autor, arrojando luz sobre las reflexiones personales detrás del texto.
- Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos.
- Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna.
- Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria.
- Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.
Nikolai Gogol
Nikolai Vasilievich Gogol (1809–1852) was one of nineteenth-century Russia’s greatest writers and a profound influence on Leo Tolstoy, Fyodor Dostoevsky, Mikhail Bulgakov, Vladimir Nabokov, and countless other authors. His best-known works include the novel Dead Souls (1842) and the stories “The Overcoat,” “The Nose,” and “Memoirs of a Madman.” In 1852, he burned most of his manuscripts, including the second part of Dead Souls. He died nine days later.
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Almas muertas - Nikolai Gogol
Nikolái Gógol
Almas muertas
Edición enriquecida. Clásicos de la literatura
Introducción, estudios y comentarios de Inés Ferrer
EAN 8596547741640
Editado y publicado por DigiCat, 2023
Índice
Introducción
Sinopsis
Contexto Histórico
Biografía del Autor
Almas muertas (Clásicos de la literatura)
Análisis
Reflexión
Citas memorables
Introducción
Índice
Un hombre recorre provincias comprando lo que no existe: almas ya extinguidas que, sin embargo, continúan gravando cuentas y conciencias. Desde esta imagen paradójica arranca Almas muertas, una sátira de la Rusia imperial que escarba en el valor de las personas cuando la ley las reduce a cifras. La novela confronta el espejismo del progreso con la opacidad de las costumbres, y la astucia individual con la viscosidad de una burocracia que todo lo retrasa. Lo cómico es la puerta de entrada; detrás, asoma una inquietud moral. Gógol convierte un expediente administrativo en fábula sobre el deseo, la apariencia y el vacío.
Obra clásica no por edad, sino porque sigue dialogando con lectores y escritores, Almas muertas combina invención estilística y mirada histórica. Su mezcla de humor corrosivo y ternura doliente inauguró una sensibilidad que aún define a la narrativa rusa. En sus páginas conviven el retrato social y la deformación grotesca, la anécdota vivísima y la meditación sobre el alma de un país. Esta amplitud de registros le dio una influencia perdurable. La novela creó un repertorio de escenas, tonos y tipos que rebotaron durante generaciones, y que hoy continúan siendo un prisma fecundo para pensar el poder, la codicia y la autoilusión.
Nikolái Gógol escribió la primera parte de Almas muertas en la década de 1830 y principios de la de 1840; se publicó en 1842. La idea central le fue sugerida por Aleksandr Pushkin, y Gógol la desarrolló durante años con minuciosidad y cambios de enfoque. Concibió el proyecto como un ciclo más amplio, pero las partes posteriores quedaron inconclusas y, poco antes de su muerte en 1852, destruyó materiales del segundo volumen. Aunque hay fragmentos, la obra canónica es la primera parte. Ese tramo basta para mostrar la ambición del autor: retratar la vida provincial a través de un viaje tan cómico como inquietante.
El protagonista, Pavel Ivánovich Chíchikov, llega a una ciudad de provincias con un plan tan simple como escandaloso: comprar a diversos propietarios las almas de siervos fallecidos que aún figuran en los padrones fiscales. En el sistema de servidumbre vigente, esas anotaciones permiten contraer obligaciones y aparentar riqueza. Chíchikov recorre despachos y haciendas, despliega cortesía y cálculo, y tantea la avaricia, el temor o la vanidad de sus interlocutores. El relato avanza por episodios de viaje y negociación, puntillosos en el detalle, que componen un mapa moral y administrativo. Nada exige revelaciones sorpresivas: la premisa basta para encender el mecanismo satírico.
Con este artificio legal, Gógol explora qué ocurre cuando la persona se desdibuja y queda convertida en dato. La novela interroga la relación entre propiedad y humanidad, el poder de la retórica para maquillar intereses y la plasticidad de la ley frente al ingenio del oportunista. Examina, además, el peso de la rutina provincial y el modo en que la costumbre adormece la conciencia. El dinero aparece como medida de todas las cosas, pero también como espejismo que devora a quien lo persigue. Bajo el andamiaje administrativo late una pregunta ética: qué se pierde cuando el lenguaje numera lo vivo.
El estilo de Almas muertas se sostiene en una prosa exuberante, digresiva y musical, donde la hipérbole convive con la observación puntillosa. El narrador se permite apartes, comparaciones inesperadas y estampas que bordean lo fantástico, sin abandonar nunca la verosimilitud del detalle material. Esta elasticidad le da a la sátira una profundidad rara: los personajes son caricaturas y, al mismo tiempo, criaturas vulnerables. La risa nace de la precisión con que se registran gestos, muebles, burocracias y caminos. La melancolía surge cuando ese inventario deja entrever una pobreza del espíritu que ninguna etiqueta administrativa puede encubrir.
A lo largo del itinerario, desfilan propietarios y funcionarios que encarnan temperamentos sociales: el soñador amable incapaz de decidir, el bravucón que presume de influencias, el calculador que reduce todo a peso y medida, la viuda recelosa, el acaparador que deja pudrir su hacienda. No son simple catálogo de vicios; cada encuentro abre una escena teatral en la que el lenguaje, la hospitalidad y el protocolo se convierten en armas. De ese mosaico surge un retrato de la Rusia provincial temprana del siglo XIX, con sus jerarquías e incomodidades, y una antropología del trato cotidiano atravesada por la negociación y la máscara.
Desde su aparición en 1842, la novela provocó entusiasmo y polémica. Fue celebrada por su agudeza y por la novedad de su forma, y también cuestionada por quienes vieron en ella una pintura implacable de las costumbres nacionales. Esa tensión la consolidó como referente: abrió el camino para un realismo crítico que dominaría décadas posteriores y dio un ejemplo de cómo la sátira puede abarcar una sociedad entera sin perder precisión humana. En la Rusia del siglo XIX, su eco se percibe en narradores que exploraron el conflicto entre conciencia y entorno, y en dramaturgos atentos a la máscara social.
Su huella alcanza a autores tan distintos como Fiódor Dostoievski, Lev Tolstói, Mijaíl Saltykov-Shchedrín o Mijaíl Bulgákov, que reconocieron en Gógol una vía para unir lo grotesco y lo moral. También lectores y críticos del siglo XX, entre ellos Vladímir Nabókov, subrayaron la originalidad técnica de esta prosa. Fuera de Rusia, la combinación de viaje, sátira y fábula administrativa anticipó preocupaciones de la novela europea moderna. La idea de que la burocracia puede componer su propio mito, y de que el lenguaje pública y secretamente nos organiza, encontró en Almas muertas un precedente que sigue dialogando con sensibilidades muy diferentes.
Gógol imaginó Almas muertas como el comienzo de un arco más amplio, con fases que irían de lo sombrío a lo luminoso. La historia editorial posterior es compleja: trabajó durante años en continuaciones que no llegó a cerrar y, en 1852, destruyó parte de esos manuscritos. La primera parte, no obstante, contiene en germen ese programa: el título nombra tanto una ficción fiscal como una metáfora moral. El libro invita a leer a la vez el expediente y la parábola. Sin revelar desenlaces, basta decir que la potencia de esta ambivalencia ha mantenido viva la obra aun sin su plan completo.
El lector encontrará una estructura episódica que funciona como caja de resonancia: cada visita de Chíchikov devuelve, con variaciones, la misma melodía de favores, sellos y sobremesas, y a la vez suma nuevas disonancias. Ese ritmo permite apreciar la precisión del oído de Gógol para el habla coloquial, su gusto por la enumeración y su talento para fijar en la memoria un gesto o un objeto. No hace falta conocimiento previo de la historia rusa para disfrutarla: basta dejarse llevar por el viaje y por la tensión entre cortesía y cálculo, entre cordialidad pública y ambición privada.
Hoy, cuando los registros digitales convierten a las personas en conjuntos de datos comerciables, la sátira de Gógol adquiere una nitidez renovada. Almas muertas interroga cómo sistemas racionales pueden producir irracionalidades, y cómo la contabilidad de las cosas moldea la vida íntima. Su humor protege al lector del sermón, pero no del espejo. Por eso sigue siendo un clásico: porque en su peripecia menuda late una meditación sobre el deseo de prosperar y el precio de esa ilusión. En la risa y el desconcierto que provoca, reconocemos todavía la vigencia y el atractivo perdurable de esta obra.
Sinopsis
Índice
Almas muertas, publicada por primera vez en 1842, consagró a Nikolái Gógol como uno de los grandes satíricos de la literatura rusa. Concebida como un poema en prosa y como la primera parte de un proyecto mayor, la obra ofrece un retrato panorámico de la Rusia provincial del siglo XIX. Su trama sigue el viaje de un funcionario de modestas credenciales, Pavel Ivánovich Chíchikov, que recorre caminos polvorientos en busca de transacciones poco comunes. A lo largo de su itinerario, el narrador combina observación minuciosa, ironía moral y episodios cómicos para exponer hábitos, discursos y maneras que definen a una sociedad atrapada entre burocracia, ambición y costumbre.
En una capital de provincia sin nombre, Chíchikov se presenta ante las autoridades y los notables con modales corteses y una biografía nebulosa. Su discreción despierta curiosidad pero también simpatías; pronto es invitado a tertulias, cenas y un baile. Bajo esa apariencia se esconde su propósito: comprar, por sumas simbólicas, los registros de siervos ya fallecidos que continúan figurando como vivos hasta la próxima revisión administrativa. Convertidas en números en papeles notariales, esas almas servirían para aparentar patrimonio y acceder a crédito. Con este mecanismo, Gógol asienta la intriga y el tono satírico con que examina una burocracia complaciente y maleable.
El primer propietario con que trata es Manílov, un terrateniente pulcro y amable, dado a ensoñaciones urbanas y a cortesías interminables. En su casa, de orden aparente y conversación vacía, Chíchikov pone a prueba su táctica: halagos, discreción, vaguedades calculadas. La propuesta de comprar almas muertas, que suena extraña pero inofensiva, toma cuerpo en medio de tazas de té y promesas futuras. Gógol retrata la complacencia de un mundo que prefiere ideas agradables a realidades concretas, y deja ver cómo las formas sociales, vaciadas de contenido, facilitan arreglos que nadie desea examinar de cerca. La negociación, sinuosa, inaugura una serie de visitas contrastantes.
Con Korobochka, una viuda campesina cuidadosa de sus cuentas, el plan tropieza con la literalidad del mundo rural. Ella no entiende por qué alguien querría pagar por difuntos y teme perder algo que no sabe medir. Regateos, malentendidos y consultas al almanaque fiscal revelan hasta qué punto la vida económica depende de formularios, plazos y rumores. Chíchikov despliega paciencia y retórica para traducir el lenguaje del Estado en ventajas inmediatas. El episodio subraya la distancia entre cálculo y necesidad cotidiana, y muestra cómo la maquinaria administrativa transforma personas en cifras cuyas consecuencias nadie domina por completo, pero que todos acatan.
El encuentro con Nozdriov, jugador fanfarrón y amigo de alardes, introduce una nota turbulenta. Entre brindis, exageraciones y desafíos, la conversación se desborda hacia apuestas y bravuconerías que desbaratan cualquier trato razonable. Chíchikov debe sortear trampas y amenazas verbales que ponen en riesgo su discreción, mientras el narrador ironiza sobre la sociabilidad ruidosa que confunde amistad con abuso. Aquí la sátira apunta a la inestabilidad de las lealtades y a la facilidad con que la información se distorsiona. La posibilidad de que el plan sea divulgado aparece por primera vez como un peligro concreto, más inquietante que la escasez de fondos.
Con Sobakévich, hombre corpulento, desconfiado y pragmático, la transacción toma un cariz estrictamente contable. Él valora a cada siervo por oficio y utilidad, aun cuando se trate de nombres en un listado oficial. La discusión de precios y escrituras revela un materialismo obtuso, pero eficaz, que contrasta con las fantasías de otros propietarios. Gógol ilumina así un costado duro de la vida provincial: la reducción de las personas a mercancía, legitimada por sellos y firmas. Chíchikov, que necesita avanzar, acepta condiciones menos ventajosas con tal de engrosar su inventario. La escena consolida el alcance económico de su proyecto y su fragilidad ética.
La visita a Pliúshkin, avaro extremo cuyo dominio se cae a pedazos, ofrece una estampa de desolación material y moral. El propietario acumula objetos inútiles mientras su hacienda languidece; en sus manos, la miseria se vuelve método. Allí, los nombres de siervos muertos conviven con cercas rotas y almacenes ruinosos, y la palabra caridad ha perdido sentido. Chíchikov obtiene con facilidad lo que busca, pero la narración incorpora una inquietud más honda: no solo hay almas muertas en el registro, también la codicia y la indiferencia parecen haber vaciado de vida a los vivos. La sátira se torna alegoría de la decadencia.
De regreso a la ciudad, Chíchikov capitaliza sus nuevas relaciones: es invitado de honor, baila, recibe atenciones y vislumbra beneficios. Sin embargo, pequeños deslices y confidencias mal entendidas alimentan la curiosidad general. Lo que comenzó como un trámite excéntrico empieza a circular en forma de versiones opuestas, sospechas financieras e intrigas sentimentales. Las autoridades, sensibles al prestigio y al qué dirán, oscilan entre la adulación y el recelo. Gógol convierte el rumor en fuerza narrativa: la opinión pública, vibrante y caprichosa, magnifica cada gesto. Bajo esa presión, el plan del protagonista se tensiona, y su destreza social enfrenta límites inesperados.
Sin resolver los grandes enigmas sobre el pasado o el destino de su héroe, la obra despliega un interrogante persistente: qué significa prosperar en una sociedad donde los papeles pesan más que las personas. Almas muertas, sátira de la burocracia y de la servidumbre, mezcla viaje picaresco, observación etnográfica e impulso épico. Su lenguaje cómico y sus digresiones morales trazan una crítica que trasciende su tiempo, y su proyecto quedó inacabado, lo que acentúa la apertura interpretativa. La vigencia del libro radica en su retrato de la corrupción cotidiana y en la pregunta, siempre actual, por la dignidad en sistemas opacos.
Contexto Histórico
Índice
Almas muertas se inscribe en la Rusia de la primera mitad del siglo XIX, bajo el reinado de Nicolás I (1825-1855), un imperio vasto, agrario y jerárquico. La narración se desenvuelve en provincias alejadas de los grandes centros, donde la vida cotidiana depende de redes locales de poder: gobernadores, funcionarios, jueces, policías y terratenientes. Domina la autocracia, sostenida por el Ejército, la Iglesia Ortodoxa y una burocracia organizada por la Tabla de Rangos. En este marco institucional, la servidumbre condiciona relaciones económicas, jurídicas y morales. La obra de Gógol convierte este paisaje provincial en escenario y espejo, donde hábitos, lenguajes y rituales sociales revelan las tensiones de un orden rígido y en proceso de desgaste.
La servidumbre en el imperio ruso asignaba a los terratenientes amplios derechos sobre millones de campesinos adscritos a la tierra o a obligaciones personales. Existían diferencias entre siervos privados y campesinos del Estado, pero la dependencia era generalizada. Los servicios podían adoptar forma de trabajo por corvea (barshchina) o de pagos en dinero (obrok), con restricciones severas a la movilidad. Esta estructura legal y económica definía jerarquías, riqueza y prestigio. Almas muertas, sin describir reformas aún por venir, muestra la textura de un mundo en que el valor del hombre se cifra en listas fiscales y en la capacidad del propietario de capitalizarlo, contando almas como si fueran unidades contables.
El término alma, en la jerga administrativa rusa, designaba a los varones contribuyentes inscritos en las listas de revisión, base del impuesto de capitación implantado desde las reformas de Pedro el Grande. Estas revisiones, realizadas a intervalos largos, dejaban en los registros durante años a personas fallecidas, hasta el siguiente recuento. Ese desfase generaba una peculiar economía del papel: las almas muertas seguían figurando a efectos de impuestos, deudas o transacciones. La premisa de la obra de Gógol se vuelve comprensible desde este detalle burocrático: la distancia entre la realidad social y su versión en los padrones crea resquicios por donde prosperan la astucia, la trampa y la especulación.
La administración provincial, escalonada desde gobernadores hasta escribientes, operaba bajo la Tabla de Rangos, que equiparaba grados civiles y militares. La eficacia era irregular, con dependencia de favores, clientelas y sobornos. La lealtad formal coexistía con prácticas informales que ralentizaban o distorsionaban la aplicación de la ley. Gógol recoge ese ambiente en el que expedientes y sellos se convierten en armas de prestigio o chantaje. Su sátira de invitaciones oficiales, bailes, recepciones y visitas al despacho evidencia una cultura de la representación: la burocracia no solo regula, también escenifica la autoridad. El tiempo administrativo, lleno de esperas y malentendidos, marca el ritmo de la vida local.
La economía de las haciendas nobles, basada en el trabajo servil, enfrentaba tensiones: fluctuación de precios del grano, costos de manutención, gastos suntuarios y deudas crónicas. Muchos propietarios hipotecaban fincas y siervos para sostener su estatus o financiar mejoras limitadas. El crédito era escaso y caro, y los mecanismos legales permitían usar la población servil como garantía, con todo el cinismo contable que eso suponía. En ese ecosistema, no extraña que aparezcan proyectos dudosos para convertir registros en dinero. La obra refleja minuciosamente la contabilidad moral de una clase que trata a las personas como cifras y cuya solvencia depende menos de producción real que de papeles bien tramitados.
Las finanzas imperiales vivieron reformas significativas bajo el ministro Egor Kankrin (1823-1844). Entre 1839 y 1843 se estabilizó la moneda sobre base de plata y se sustituyeron gradualmente billetes anteriores por notas de crédito más fiables, operación que buscaba contener la depreciación e introducir disciplina fiscal. Estos cambios no eliminaron de inmediato la escasez de liquidez en provincias ni las prácticas de compensar falta de capital con contabilidad creativa. En Almas muertas, la insistencia en listas, resguardos y escrituras apunta a una cultura en que valor y confianza dependen del sello correcto, y donde la forma documental a veces suple a la sustancia económica.
El transporte condicionaba la experiencia del imperio. Antes de la gran expansión ferroviaria, los desplazamientos se hacían por carreteras irregulares, postas y troikas. El correo y los viajeros compartían estaciones de postas que marcaban jornadas y rumores. Las distancias y los caminos, en barro o nieve, imponían lentitud y contingencias. Esa geografía explica la trama itinerante de la obra: la movilidad no es solo física, también social y moral. El viaje entre posadas, fincas y oficinas enlaza mundos que raramente se tocan, y permite a Gógol observar, con precisión casi etnográfica, el mobiliario, las hablas y las estrategias de hospitalidad y oportunidad en cada escala.
La sociabilidad de las capitales provinciales giraba en torno a asambleas nobles, clubes, bailes, partidas de cartas y visitas ritualizadas. La cortesía, las tertulias y los rumores eran capital simbólico; el prestigio dependía de exhibir buen gusto, modas importadas y cierto dominio de la etiqueta. Este teatro de apariencias convivía con interiores de hacienda donde el lujo imitaba modelos europeos y el servicio era servil. Gógol registra la distancia entre aspiraciones cosmopolitas y prácticas locales, donde unos pocos objetos elegantes ocultan precariedades. Esa tensión entre fachada y estructura se vuelve un comentario histórico: una sociedad de poses no resuelve el atraso material ni la desigualdad que la sustenta.
En el campo literario, la década de 1830 vio consolidarse una prosa que observaba la realidad contemporánea con ojos nuevos. Gógol, heredero de la sátira de Fonvizin y Griboyédov, y lector de Pushkin, exploró el contraste entre grandilocuencia y mezquindad cotidiana. El propio Gógol afirmó que la idea de la trama le fue sugerida por Pushkin, lo que enlaza la obra con el impulso de ampliar la novela rusa hacia la crítica social. Sin proclamar programas, Almas muertas conversa con el naciente realismo: el detalle concreto, la voz del narrador, el mosaico de tipos y escenas desplazan la fábula heroica hacia el retrato moral del presente.
La censura bajo Nicolás I se reforzó con la Tercera Sección de la Cancillería Imperial (creada en 1826) y estatutos que exigían filtros previos y vigilancia de imprentas. Tras el trauma del levantamiento decembrista, el régimen asoció literatura y peligro político. Publicar implicaba negociar con comités, suavizar formulaciones y aceptar tachaduras. Almas muertas, aparecida en 1842, pasó por ese tamiz. Que Gógol llamara poema a una obra en prosa tenía un matiz programático y también prudente: encuadrarla como meditación moral ayudaba a sortear sospechas. El resultado es una sátira que esquiva la diatriba directa y desmonta, por acumulación de escenas, los engranajes de la vida oficial.
En el clima intelectual de los años 1830-1840 se abrieron debates entre occidentalistas y eslavófilos sobre el camino de Rusia: instituciones europeas o vías propias ancladas en tradición y fe. Críticos como Bélinski vieron en la literatura un instrumento para diagnosticar la sociedad. Almas muertas se leyó como anatomía de costumbres más que como panfleto. Su denuncia de la vulgaridad, la corrupción y la inercia moral dialoga con dichas polémicas sin alinearse del todo: muestra, con humor sombrío, que el problema no es una moda u otra, sino la complacencia con la mediocridad y la degradación de las relaciones humanas a cálculo utilitario.
El llamado problema campesino ocupó comisiones y memorias internas del Estado durante el reinado de Nicolás I. Sin abolir la servidumbre, se ensayaron ajustes: la reforma de los campesinos del Estado impulsada por P. D. Kiseliov (finalizada hacia comienzos de la década de 1840) reorganizó administración, fiscalidad y servicios para ese grupo, y un decreto de 1842 permitió que terratenientes liberaran siervos bajo contratos de obligación. Estas medidas parciales revelan que el sistema buscaba aliviar tensiones sin cambiar su base. El trasfondo de Almas muertas es precisamente ese: una estructura que intenta administrar mejor el desorden que ella misma produce.
Las políticas imperiales de colonización y repoblación en regiones del sur y del este ofrecieron tierras y privilegios a diversos grupos, mientras que la movilidad interior de los siervos privados requería permisos y pasaportes internos. La geografía del imperio estaba en transformación, pero los individuos vivían esas mudanzas a través de trámites. La obra se sitúa en ese mundo donde desplazarse, asentarse o trabajar depende tanto de voluntad como de papel sellado. Gógol sugiere que la energía emprendedora se convierte, con frecuencia, en pericia para navegar despachos, y que el territorio ruso, más que por fronteras naturales, se compartimenta por barreras administrativas.
La biografía de Gógol aporta claves al contexto. Nacido en 1809 en la región de Poltava, en el ámbito cultural ucraniano del imperio, conoció desde joven la mezcla de tradiciones locales y autoridad imperial. Tras trasladarse a San Petersburgo, trabajó como funcionario y maestro, experiencia que dejó huella en su visión de la oficina, el expediente y la impostura. Su comedia El inspector (estrenada en 1836) escenificó vicios burocráticos que reaparecen en Almas muertas. Esa doble pertenencia —provincial y capitalina—, y su sensibilidad por lo grotesco y lo cotidiano, le permitieron captar cómo se hablaba, se negociaba y se fingía en los márgenes del poder.
El proceso de composición y publicación de Almas muertas abarcó varios años y ciudades. Gógol trabajó en el proyecto desde mediados de la década de 1830, a menudo fuera de Rusia, especialmente en Roma, y lo publicó en 1842. Dedicó el libro a Pushkin y lo concibió como la primera parte de un tríptico moral, con resonancias de la Divina Comedia: descenso, purificación y elevación. Las partes posteriores no se completaron; es sabido que Gógol destruyó manuscritos en momentos de crisis, y una versión avanzada de la segunda parte se perdió poco antes de su muerte en 1852. Ese fragmentarismo refuerza la lectura de la obra como diagnóstico inconcluso de una sociedad inacabada.
Mientras la historia que refleja la obra transcurre en un mundo pre-ferroviario, la Rusia de su recepción comenzaba a cambiar: en 1837 se inauguró la primera línea ferroviaria (Tsárskoe Seló) y en 1851 se completó la conexión San Petersburgo-Moscú. La imprenta y los llamados gruesos mensuales consolidaron un público lector urbano y noble, ávido de prosa contemporánea. La censura marcaba ritmos y tonos, pero las revistas lograban difundir debates. En ese circuito, Almas muertas se integró como pieza central de una literatura que miraba al presente, enseñando a leer no solo historias, sino capas de hábitos, instituciones y lenguajes.
La obra también dialoga con prácticas económicas y tecnológicas más discretas que moldeaban la vida diaria: la contabilidad en libros mayores, el uso de recibos y pagarés, la estandarización de pesos y medidas locales, la circulación del correo con sellos y marcas de posta. Todo ello aparece, a veces en segundo plano, pero decisivo para entender cómo se valoraban personas y cosas. Al revelar que el prestigio social podía depender de un papel bien timbrado más que de virtud o trabajo, Gógol ofreció una crítica sistemática de la civilización de expediente que el imperio había construido para administrar su vastedad y que, sin quererlo, potenciaba el fraude y la comedia de errores permanentes.
Biografía del Autor
Índice
Nikolái Gógol (1809–1852) fue un escritor nacido en la actual Ucrania que desarrolló su obra en ruso y se convirtió en figura central de la literatura del Imperio ruso en la primera mitad del siglo XIX. Su prosa unió materiales del folklore y la sensibilidad romántica con una observación cada vez más realista de la vida social, creando un estilo inconfundible que combinó sátira, grotesco y elementos fantásticos. Autor de relatos, novelas breves y teatro, abordó con ironía la burocracia, las ciudades y el mundo provincial. Títulos como El inspector, Almas muertas y los llamados relatos petersburgueses
establecieron su reputación y ejercieron influencia perdurable en varias tradiciones literarias.
Se formó en el Gimnasio de Altas Ciencias de Nizhyn, donde participó en actividades teatrales y consolidó su interés por la literatura. En 1828 se trasladó a San Petersburgo, trabajó como empleado menor y comenzó a publicar. Su primer intento importante fue el poema narrativo Hans Küchelgarten (1829), que retiró tras la mala acogida. Pronto orientó su talento hacia la prosa humorística y la observación social. La cultura y el folklore ucranianos, junto con el romanticismo europeo, marcaron su primer estilo. También ejerció la docencia por breve tiempo y, ya integrado en círculos literarios, buscó el apoyo de autores consagrados, en particular Aleksandr Pushkin, cuya estima sería decisiva.
El reconocimiento llegó con Tardes en una aldea de Dikanka (1831–1832), colección de relatos que explotó motivos folclóricos, escenas rurales y una comicidad teñida de misterio. A ello siguieron Mírgorod (1835) y Arabescos (1835), donde alternó ensayos y narraciones. En estas obras aparecen piezas decisivas como Viy y Tarás Bulba, esta última revisada en profundidad en 1842. La mezcla de humor, terror y piedad por sus personajes singularizó su voz. La recepción fue entusiasta entre lectores y críticos, y su nombre empezó a asociarse con una prosa moderna, capaz de incorporar lo fantástico sin renunciar a una mirada incisiva sobre la vida cotidiana.
El giro urbano se consolidó con los relatos ambientados en San Petersburgo, como La avenida Nevski, Diario de un loco y La nariz, donde afloran alienación, delirios y sátira social. En paralelo, Gógol escribió su comedia El inspector (1836), concebida a partir de una sugerencia de Pushkin. La obra, que exponía con mordacidad el fraude administrativo y la corrupción, provocó polémica y consolidó su fama. Entre 1834 y 1835 impartió historia en la Universidad de San Petersburgo, cargo que abandonó pronto. Tras el éxito y las controversias, viajó al extranjero y pasó largas temporadas en Alemania y, sobre todo, en Italia, con preferencia por Roma.
Durante sus estancias italianas trabajó con tenacidad en Almas muertas (publicada en 1842), concebida como una gran poema en prosa
sobre la sociedad provincial. El mismo año apareció El capote, relato que acentuó su atención al funcionario humilde y a los mecanismos deshumanizadores de la burocracia. Estas obras consolidaron su madurez artística: una mirada compasiva, un humor corrosivo y un manejo del detalle que rozaba el símbolo sin perder verosimilitud. También revisó Tarás Bulba, ampliando su alcance. La crítica lo consagró como uno de los principales prosistas de su tiempo, y su influencia comenzó a sentirse entre autores de la generación siguiente.
Desde mediados de la década de 1840 su pensamiento adoptó un tono religioso y conservador que afectó su escritura y su recepción. En 1847 publicó Extractos escogidos de la correspondencia con amigos, libro moralizante que fue duramente impugnado por críticos como Belinski. Trabajó intermitentemente en la continuación de Almas muertas, pero destruyó partes del manuscrito y el proyecto quedó inconcluso. Entre dudas creativas y quebrantos de salud, alternó viajes con retornos a Rusia. Su ánimo se volvió sombrío y su disciplina espiritual se intensificó. Murió en Moscú en 1852, tras un periodo de abatimiento y enfermedad, dejando una obra breve pero de enorme densidad artística.
El legado de Gógol abarca la renovación del cuento moderno, la sátira administrativa y la conjunción del realismo con lo fantástico. Su retrato del pequeño funcionario, la mirada a la capital y la invención de situaciones absurdas abrieron caminos formales y temáticos. Autores como Dostoievski, Turguénev, Bulgákov y, más tarde, Kafka reconocieron su impulso. Sus piezas teatrales siguen en repertorio y sus relatos continúan traducidos y estudiados en todo el mundo. Escritor nacido en tierras ucranianas y figura mayor de la literatura rusa, su obra mantiene vigencia por la agudeza ética y la energía imaginativa con que interrogó a su época.
Almas muertas (Clásicos de la literatura)
Tabla de Contenidos Principal
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO PRIMERO
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V
CAPÍTULO VI
CAPÍTULO VII
CAPÍTULO VIII
CAPÍTULO IX
CAPÍTULO X
CAPÍTULO X
SEGUNDA PARTE
CAPÍTULO PRIMERO
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
UNO DE LOS ÚLTIMOS CAPÍTULOS
PRIMERA PARTE
Índice
CAPÍTULO PRIMERO
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V
CAPÍTULO VI
CAPÍTULO VII
CAPÍTULO VIII
CAPÍTULO IX
CAPÍTULO X
CAPÍTULO X
CAPÍTULO PRIMERO
Frente a la puerta de la fonda de la ciudad provinciana de N. se detuvo un cochecillo de apariencia bastante grata, con suspensión de ballestas, como los que acostumbran a utilizar los solterones: tenientes coroneles retirados, capitanes, propietarios que tienen más de cien siervos, en resumen, todos aquellos a los que se da el nombre de señores de medio pelo. En el cochecillo viajaba un caballero que no era ni guapo ni feo, ni demasiado gordo ni flaco; no podía afirmarse que fuera viejo, aunque tampoco se podía decir que fuera muy joven. Su llegada a la ciudad no fue causa del menor ruido ni se vio acompañada de nada que se saliera de lo normal. Solamente dos campesinos rusos que se hallaban en la puerta de la taberna, frente de la fonda, hicieron alguna pequeña observación, que, por lo demás, concernía más al coche que a su dueño.
—Mira esta rueda —dijo uno de ellos a su compañero—. ¿Crees que con ella llegaría a Moscú, si tuviera que ir allí?
—Sí llegaría —contestó el otro.
—Y hasta Kazán, ¿crees que alcanzaría?
—Hasta Kazán no —repuso el otro.
Y en este punto concluyó la conversación. Digamos también que cuando el coche se aproximaba a la fonda se cruzó con un joven que llevaba unos pantalones blancos de fustán, extremadamente cortos y estrechos, y un frac que pretendía ajustarse a la moda, y bajo el cual asomaba la lechuguilla, sujeta con un alfiler de bronce de Tula que tenía la forma de una pistola. El joven volvió la cabeza, se quedó contemplando el coche, llevó después su mano a la gorra, que poco había faltado para que el viento se la llevara, y continuó su camino.
Al entrar el coche en el patio, acudió a recibir al caballero un criado o mozo, que es como se les suele llamar en las fondas rusas, tan inquieto y movedizo que hacía imposible ver cómo era su rostro. Con gran agilidad se aproximó llevando su servilleta en la mano, larguirucho y enfundado dentro de una levita de bocací, que por la espalda casi le llegaba hasta la misma nuca, agitó su pelambre, y con la misma agilidad condujo al señor arriba, por las escaleras de madera, hasta el dormitorio que ya tenía reservado.
El aposento era de cierto estilo, ya que la posada era asimismo de cierto género, exactamente como acostumbran a ser las posadas de las ciudades de provincias, donde por dos rublos diarios los forasteros pueden gozar de una habitación tranquila, con cucarachas como ciruelas que aparecen por todos los rincones, y con una puerta que da al aposento vecino, siempre cerrada mediante una cómoda; en él casualmente se halla un señor silencioso y tranquilo, pero en extremo curioso, que muestra gran interés por conocer todo lo que se relaciona con el viajero.
La fachada de la posada presentaba características que se correspondían con el interior. Era muy larga y tenía dos plantas. La inferior no estaba aún revestida de yeso, y así continuaba, mostrando sus ladrillos de color rojo muy enmohecidos a causa del tiempo, con sus desagradables cambios, y ya bastante sucios de por sí. La planta superior había sido pintada con el consabido amarillo. Abajo se encontraban diversos tenderetes en los que vendían artículos de guarnicionería, cuerdas y rosquillas. En la esquina, o para ser más exactos, en la ventana de la esquina, se había instalado un vendedor de hidromiel con su samovar de cobre y un rostro tan rojo como el samovar, hasta el extremo de que a distancia se habría llegado a creer que en la ventana había dos samovares, aunque uno de ellos ostentaba unas barbas más negras que la pez.
Mientras el recién llegado se dedicaba a pasar revista del aposento, fueron trayendo el equipaje, al que precedía una maleta de piel blanca un tanto desgastada, con señales de que no era la primera vez que viajaba. Fue subida por el cochero Selifán (hombre de poca estatura que llevaba un gabán corto), y por el criado Petrushka, mozo de unos treinta años, vestido con un levitón muy usado —heredado del señor, por lo que podía suponerse—; con sus gruesos labios y respetable nariz presentaba un aspecto rudo. Detrás de la maleta siguió un pequeño cofre de caoba con incrustaciones de abedul de Carena, unas hormas para las botas y un pollo asado envuelto en un papel azul.
En cuanto todo esto se halló en la habitación, el cochero Selifán se encaminó hacia la cuadra para cuidar de los caballos, mientras el criado Petrushka disponía las cosas para acomodarse en la reducida antesala, un cuchitril muy oscuro en el que había dejado ya su capote, y, junto con él, un olor muy particular que igualmente había sido comunicado al saco que después trajo y en el que guardaba algunas prendas de su uso. En este cuchitril puso, adosada a la pared, una estrecha cama de sólo tres patas, encima de la cual colocó algo que tenía cierto parecido con un colchón que había logrado sacar al fondista, pero tan duro y aplastado, y tal vez tan grasiento como un blin.
Mientras los sirvientes se hallaban disponiendo y ordenando las cosas, el señor se trasladó a la sala. Todo viajero conoce sobradamente estas salas: sus muros pintados al aceite, ennegrecidos en la parte alta a causa del humo de las pipas, y relucientes en la parte baja por el continuo roce de las espaldas de los viajeros, y todavía más por las espaldas de los mercaderes de la ciudad, ya que éstos se presentaban allí en grupos de seis o siete para tomar su consabido par de vasos de té; el techo ahumado, al igual que la araña, con su infinidad de vidrios que saltaban y chocaban entre sí cada vez que el mozo se deslizaba por el desgastado linóleo, llevando en sus manos con gran habilidad la bandeja donde había tan considerable cantidad de tazas de té como aves en la orilla del mar; los cuadros al óleo cubrían las paredes... En resumen, igual que en todas las fondas, con la sola diferencia de que en uno de aquellos cuadros figuraba una ninfa con unos senos como no cabe duda jamás vio el lector. Por lo demás, tal capricho de la naturaleza se puede contemplar en diversos cuadros acerca de temas históricos traídos a Rusia nadie sabe cuándo, de dónde ni por quién, a veces incluso por nuestros próceres, entusiastas de las artes, que los compraron atendiendo el consejo de los cocheros que los acompañaban.
El señor se desprendió de la gorra y de la bufanda de lana de vivos colores con que iba envuelto, una de esas bufandas que a los casados teje su mujer con sus propias manos y que le obsequia al mismo tiempo que le da las instrucciones pertinentes acerca de cómo debe taparse con ella, y que a los hombres solteros nadie sabría decir a ciencia cierta quién se las facilita. Yo jamás he usado bufandas de esa clase. Cuando estuvo situado ordenó que le sirvieran la comida. Mientras le iban sirviendo los platos usuales en las posadas, a saber: sopa de col con una empanadilla que desde hace algunas semanas está aguardando al viajero, sesos con guisantes, salchichas con col, pollo asado, pepinos en salmuera y el eterno dulce de hojaldre dispuesto en todo momento para postre, se entretuvo charlando con el criado o mozo a fin de que éste le explicara toda clase de chismes sobre a quién había pertenecido anteriormente la posada y a quién pertenecía ahora, si proporcionaba saneados ingresos y si el dueño era un pillo redomado. A lo que el criado dio la consabida contestación: «¡Oh, señor, es un bandido!» Igual que en la Europa modernizada, en la civilizada Rusia proliferaban las gentes respetables que cuando comían en la fonda tenían que charlar forzosamente, y en ocasiones incluso gastar alguna broma.
Sin embargo, las preguntas del viajero no todas eran vanas. Se interesó detalladamente por el nombre del gobernador de la ciudad, por el del fiscal, por el del presidente de la cámara; en resumen, no olvidó a ningún funcionario importante. Quiso conocer también detalles más concretos, y preguntó, incluso dando vivas muestras de interés, acerca de todos los terratenientes importantes: número de hectáreas que poseían, a qué distancia vivía cada uno de ellos y si se dirigían a menudo a la ciudad. Preguntó detenidamente por el estado de la comarca, si en ella eran muy corrientes las enfermedades, las fiebres epidémicas, viruelas, calenturas malignas y demás; lo hacía con tanto detalle y precisión que daba muestras de algo más que de simple curiosidad. Era un caballero de severos modales y cuando se sonaba hacía un sorprendente ruido[1q]. Se ignora cómo lo hacía, pero su nariz sonaba igual que una trompa. Este don, que podría parecer tan anodino, le granjeó el afecto del mozo de la posada. Así, en cuanto oía ese ruido, sacudía su pelambrera, se ponía tieso con nuevas muestras de respeto, y asomándose desde lo alto de su mostrador, preguntaba:
—¿Se le ofrece algo al señor?
Después de la comida, el caballero tomó café y se recostó sobre el diván, poniendo previamente en el respaldo uno de esos cojines que en las posadas rusas parecen contener algo muy parecido a ladrillos y cantos rodados, y en modo alguno a esponjosa y suave lana. En seguida comenzó a bostezar y mandó que lo condujeran a su aposento, donde se tumbó y permaneció durmiendo durante un par de horas. A continuación, habiendo ya descansado y a instancias del mozo de la posada, escribió en un pedazo de papel su condición, nombre y apellidos, para ponerlo en conocimiento de quien correspondía, es decir, de la policía. Al bajar las escaleras el criado fue deletreando en el papel lo que sigue: «Consejero colegiado Pavel Ivanovich Chichikov; viaje por asuntos particulares».
Todavía estaba el criado deletreando cuando el propio Pavel Ivanovich Chichikov se marchó a dar una vuelta por la ciudad, que según parece le dejó satisfecho, ya que nada tenía que envidiar a las restantes capitales de provincia. La pintura amarilla en las casas de mampostería hería los ojos, y la pintura gris enseñaba discretamente sus tonos oscuros en las de madera. Las casas tenían una, una y media o dos plantas, y todas ellas lucían la consabida buharda que tanto gusta a los arquitectos provincianos. Algunas veces estas casas parecían perderse entre la calle, tan ancha como el campo, y las largas cercas de madera que nunca se acababan; otras, aparecían amontonadas, y en ésas se veía más animación de personas y animales. Se encontraban con letreros casi borrados por efecto de las lluvias, en los que podían adivinarse todavía rosquillas y botas pintadas; en otros había unos pantalones azules y el nombre de un sastre de Arsovia. Aquí, una tienda donde se vendían gorras con esta inscripción: «Vasili Fiodorov, extranjero»; allá aparecía pintada una mesa de billar y dos jugadores que llevaban un frac como el que lucían en nuestros teatros los invitados que salen a escena en el último acto. Los jugadores iban provistos de los tacos y estaban en actitud de apuntar, con los brazos algo vueltos hacia atrás y las piernas torcidas, como si hubieran estado ejecutando en el aire un entrechat. Debajo se veía escrito: «Establecimiento».
Por algunas partes, sencillamente en plena calle, había tenderetes con nueces, jabón y unas galletas que semejaban jabón. En otras, se descubría un figón en cuyo anuncio se representaba un pescado de tamaño mediano y, hundido en él, un tenedor. Pero lo que más a menudo se observaba eran las ennegrecidas águilas bicéfalas imperiales que actualmente han sido suplantadas por el lacónico letrero de «Bebidas». La pavimentación era por completo bastante deficiente.
Nuestro paseante se dejó caer también por el jardín público, formado por unos raquíticos arbolitos que no habían prendido bien, sostenidos por unos rodrigones triangulares bellamente pintados de verde al aceite. Sin embargo, a pesar de que dichos arbolitos no eran más altos que un bastón, de ellos se había hablado en los periódicos, con motivo de unas iluminaciones, diciendo que «nuestra ciudad ha sido embellecida, gracias a los desvelos de las autoridades, con un jardín de gruesos y tupidos árboles, que dan sombra en los días de mucho calor», y que «era conmovedor contemplar cómo los corazones de los ciudadanos palpitaban llenos de agradecimiento y cómo manaban de sus ojos lágrimas a raudales, como muestra de gratitud al señor alcalde».
Después que hubo preguntado con toda clase de detalles a un guardia por el camino más corto para llegar a la iglesia mayor, a las oficinas públicas y a la casa del gobernador, se dirigió hacia el río, que corría por el centro de la ciudad. De paso se apoderó de un prospecto clavado al poste de los anuncios, para leerlo con más detenimiento cuando regresara a casa. Miró fijamente a una dama de aspecto bastante agradable que circulaba por la acera de tablas y a la que seguía un chiquillo vestido de uniforme, con un paquete en la mano, lo observó bien todo para poder recordar después los lugares que tal vez le fueran necesarios, y volvió directamente a su aposento, subiendo ligeramente las escaleras apoyado en el brazo del mozo de la posada.
Tomó el té, se sentó a la mesa, dio orden de que le trajeran una vela, extrajo de su bolsillo el prospecto, y después de acercarlo a la luz comenzó a leerlo, mientras guiñaba levemente el ojo derecho. Por lo demás, el contenido del prospecto era bien poco interesante: se representaba una comedia de Kotzebue en la que el señor Popliovik hacía el papel de Roll y la señorita Ziablova el de Cora; los demás personajes eran ya algo todavía más secundario. No obstante él leyó todos los nombres, llegó hasta el precio de la butaca e incluso se enteró de que aquel prospecto había sido impreso en la imprenta del Gobierno provincial. Después dio la vuelta a la hoja a fin de ver si por detrás había algo escrito, pero no habiendo encontrado nada, se restregó los ojos, volvió a darle la vuelta al papel y lo depositó en su cofrecillo, que era el lugar donde solía guardar todo lo que llegaba a su poder. El día concluyó, según parece, con una ración de fiambre de ternera, una botella de vino rancio y un profundo sueño. Durmió como un tronco, según la expresión propia de algunas partes del extenso Imperio ruso.
El día siguiente lo dedicó por entero a las visitas. El recién llegado se dirigió a saludar a todos los grandes personajes de la ciudad. Acudió a presentar sus respetos al gobernador, quien, al igual que Chichikov, no era ni grueso ni delgado, ostentaba la cruz de Santa Ana e incluso se comentaba que le habían propuesto para la estrella de la misma Orden. Sin embargo, tenía un carácter en extremo bonachón y en algunas ocasiones incluso bordaba en tul. Después fue a casa del vicegobernador, a continuación a la del fiscal, a la del presidente de la Cámara, a la del jefe de policía, visitó también al arrendatario de los servicios públicos, al director de las fábricas del Estado... Es una pena, pero se hace un tanto difícil recordar a todos los poderosos de este mundo. No obstante será suficiente decir que el forastero desplegó una extraordinaria actividad en lo que concierne a las visitas: presentó sus respetos incluso al inspector de la Dirección de Sanidad y al arquitecto municipal.
Después se quedó todavía durante un buen rato en el coche, reflexionando acerca de si le quedaría alguien a quien visitar, pero en la ciudad se habían agotado los funcionarios. En su conversación con estos grandes señores había hecho gala de una extremada habilidad en el arte de adular a cada uno de ellos. Al gobernador le dijo, como de paso, que cuando se entra en su provincia tiene uno la misma sensación que si llegara al paraíso, que los caminos eran magníficos y que los gobiernos que nombran a tan sabios administradores merecen todo género de alabanzas. Al jefe de la policía le citó algo muy elogioso referente a los guardias urbanos. Mientras hablaba con el vicegobernador y el presidente de la Cámara, que todavía no habían ido más allá de consejeros de Estado, se equivocó dos veces, tratándoles de «excelencia», lo que a ellos les gustó sobremanera. Resultado de todo ello fue que el gobernador le invitara a una velada familiar que tendría lugar aquel mismo día, y que los restantes funcionarios, a su vez, le convidasen uno a comer, otro a una partida de bostón y esotro a tomar el té.
El forastero no manifestaba muchos deseos de hablar acerca de sí mismo. Y cuando lo hacía, se limitaba a describirse en términos generales, con gran discreción, y en tales casos aparecían en su conversación expresiones algo folletinescas: que era un mísero gusano de este mundo, indigno de que nadie se preocupara por él, que a lo largo de su vida había visto mucho y que en el ejercicio de su cargo había padecido por defender la verdad, que se había granjeado numerosos enemigos, los cuales llegaron incluso a atentar contra su persona; que, finalmente, ansiando vivir en paz, iba en busca de alguna parte donde fijar su residencia, y que, tras haber llegado a esta ciudad, creía que era su deber ineludible acudir a presentar sus respetos a los primeros dignatarios. Esto es lo que se pudo saber en la ciudad acerca de esta nueva persona, la cual no desperdició la ocasión de acudir a la velada del gobernador, aquella misma tarde.
En los preparativos empleó más de dos horas, e igualmente en este aspecto, en lo que se refiere a arreglarse, puso el forastero una atención como en contadas ocasiones lo hiciera.
Después de haber echado una siestecilla, ordenó que le trajeran agua, y se enjabonó por extenso las dos mejillas, que hacía lo posible por mantener tersas ayudándose con la lengua. Acto seguido, cogiendo la toalla del hombro del mozo de la posada, restregó en todos sentidos sus mofludo rostro, comenzando por detrás de las orejas, no sin antes soltar dos resoplidos frente a la misma boca del sirviente. A continuación se puso la lechuguilla delante del espejo, se arrancó dos pelitos que le salían de la nariz y se introdujo en un frac de color rojo pálido con motitas. Así compuesto, se hizo llevar en su propio coche por las amplias calles, escasamente iluminadas por la débil luz que salía de alguna ventana. Pero eso sí, la casa del gobernador se hallaba iluminada como si en ella se tuviera que celebrar un baile. Se encontraban allí coches provistos de sus faroles, dos gendarmes montaban guardia junto a la puerta principal, y en la lejanía se oían los gritos de los postillos: en resumen, no faltaba ni un solo
