Cañas y barro: Novela: Edición enriquecida.
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En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura:
- Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas.
- La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos.
- Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura.
- Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos.
- Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna.
- Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria.
- Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.
Vicente Blasco Ibáñez
Vicente Blasco Ibáñez (Valencia, 1867-Menton, 1928) fue un escritor, periodista y político español propulsor del naturalismo y del realismo.
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Cañas y barro - Vicente Blasco Ibáñez
Vicente Blasco Ibáñez
Cañas y barro: Novela
Edición enriquecida.
Introducción, estudios y comentarios de Inés Ferrer
EAN 8596547716044
Editado y publicado por DigiCat, 2023
Índice
Introducción
Sinopsis
Contexto Histórico
Cañas y barro: Novela
Análisis
Reflexión
Citas memorables
Notas
Introducción
Índice
Entre la quietud engañosa de una laguna que parece eterna y el empuje feroz de quienes sueñan con salir del barro, Cañas y barro enfrenta la fragilidad de las cañas que se doblan al viento con la terquedad de un suelo que ata, y convierte el paisaje de la Albufera en escenario y juez de un combate íntimo y colectivo donde tradición y progreso, obediencia y deseo, subsistencia y ambición, se atraen y se rechazan, mientras la marea de los tiempos, las estaciones y el mercado obliga a cada personaje —y al lector— a medir el precio de pertenecer y el riesgo de cambiar.
Cañas y barro es una novela realista de corte naturalista de Vicente Blasco Ibáñez, publicada en 1902, que sitúa su acción en la Albufera de Valencia y los poblados ribereños. En este marco de humedales, canales y marjales, el autor observa una sociedad en transformación a caballo entre el final del siglo XIX y los albores del XX. La obra se centra en una comunidad que vive de la pesca y del cultivo del arroz, actividades que dependen de un equilibrio frágil entre naturaleza, técnica y mercado, y traza, con mirada social, el pulso diario de quienes habitan ese territorio.
Su premisa construye un retrato coral de las tensiones que atraviesan a los habitantes del lago: el deseo de prosperar frente a la fidelidad a los oficios heredados, el peso de los códigos colectivos frente al impulso individual, la promesa de la modernización frente al arraigo. Sin anticipar destinos, el lector acompaña episodios de faenas, ferias, pleitos y celebraciones que, como remansos y corrientes, van dibujando el mapa moral de la comunidad. La historia progresa desde los pequeños gestos cotidianos hacia conflictos de mayor escala, siempre anclada en lo material: el agua, el barro, las cosechas, los precios.
El estilo de Blasco Ibáñez combina una prosa vigorosa y sensorial con un pulso narrativo que alterna escenas de gran plasticidad y pasajes de observación social minuciosa. La voz omnisciente guía con soltura desde panorámicas del paisaje hasta las interioridades de la vida doméstica, manteniendo un tono tenso y terrenal que no renuncia a destellos líricos. Los diálogos, ricos en color local, contribuyen a la sensación de inmediatez, mientras la descripción del trabajo físico otorga densidad al tiempo y al espacio. El ritmo, sostenido y creciente, convierte el entorno en un organismo vivo que condiciona decisiones y sueños.
Entre los temas que articulan la novela destacan la relación ambigua entre el ser humano y la naturaleza, a la vez sustento y amenaza; el conflicto entre tradición y progreso, que reordena oficios y vínculos; y la presión de las jerarquías sociales, visibles en oportunidades desiguales, reputaciones y deudas. También resuenan el deseo de movilidad y el temor a la pérdida del arraigo, la fuerza del grupo frente a la vulnerabilidad del individuo y la ética del trabajo como horizonte de dignidad. El título condensa esa dialéctica: flexibilidad y dureza, adaptación y peso, esperanza y límite.
La vigencia de Cañas y barro se confirma en su lectura desde el presente, donde vuelven a plantearse dilemas sobre la gestión del agua, la transformación de los paisajes y la fragilidad de economías atadas a ciclos y mercados. El retrato de la pobreza energética y material, la precariedad laboral, los desplazamientos internos en busca de oportunidades y los choques entre generaciones dialogan con preocupaciones contemporáneas. Además, su sensibilidad ecológica —sin ser doctrinaria— ilumina la interdependencia entre comunidad y entorno. Al mostrar cómo las decisiones colectivas y privadas dejan huellas en el territorio, la novela interroga nuestras propias responsabilidades.
Leer Cañas y barro hoy es entrar en una obra mayor de Blasco Ibáñez que, desde el realismo de comienzos del siglo XX, sigue ofreciendo placer estético y lucidez social. Su combinación de intensidad narrativa, precisión descriptiva y ambición panorámica permite comprender cómo un territorio forja una cultura y cómo esa cultura moldea las vidas. La novela desafía a mirar de cerca lo que parece cotidiano y a escuchar las voces de quienes sostienen, con su trabajo, la continuidad de una comunidad. Por ello se mantiene como un clásico capaz de interpelar a lectores diversos y de distintas épocas.
Sinopsis
Índice
Cañas y barro (1902), de Vicente Blasco Ibáñez, es una novela de ambientación naturalista situada en la Albufera de Valencia, especialmente en el poblado de El Palmar. Desde una mirada atenta al paisaje y a las costumbres, sigue a una familia de pescadores a lo largo de un tiempo de cambios económicos y morales. El relato observa cómo la tradicional cultura de la pesca y la caza se ve desplazada por el auge del arroz, mientras se redefinen jerarquías y aspiraciones. Con un tono sobrio y descriptivo, la obra presenta el conflicto entre herencia y progreso como telón de fondo de una historia de pasiones y ascenso social.
En el centro del relato está un patriarca vinculado al agua y a la barca, guardián de códigos ancestrales que ordenan el trabajo, la solidaridad y el respeto por la laguna. A su alrededor se despliega una comunidad cerrada, orgullosa y vigilante, que mide cada gesto según la utilidad y la honra. La irrupción de caminos, diques y campos encharcados introduce nuevas figuras: propietarios arroceros, capataces, prestamistas, guardas. El equilibrio cotidiano se altera cuando el dinero se gana de otra manera y la obediencia ya no depende solo de la experiencia. La familia, emblema de ese mundo antiguo, se resquebraja ante opciones incompatibles.
El nieto del pescador encarna la impaciencia y la atracción por lo inmediato. Entre faenas, fiestas y pequeñas transgresiones, descubre una vía de escape en el deseo y en la promesa de un porvenir distinto. Sus encuentros con una joven del lugar, ambiciosa y consciente de su belleza, se convierten en un eje emocional del relato. Ella aspira a superar la estrechez del poblado, y su decisión de unir su destino a un hombre de fortuna abre una grieta entre sentimiento y conveniencia. La presión del entorno convierte esa elección en asunto público, con consecuencias que ninguno de los dos controla del todo.
El paisaje mismo actúa como fuerza narrativa. El avance del cultivo del arroz transforma la laguna en un tablero de intereses cruzados: el agua que alimenta unas parcelas puede arruinar otras, y el acceso a canales y orillas se disputa con argumentos y cuchicheos. La pesca, cada vez menos rentable, se emplea como símbolo de dignidad para quienes rechazan someterse a los nuevos amos. En el seno familiar aparecen el reproche generacional, la fatiga del trabajo inútil y la tentación de plegarse al poder. Blasco Ibáñez muestra el desgaste de un modo de vida sin renunciar a la tensión vital de sus protagonistas.
En paralelo, la joven que ha consolidado su posición social aprende a administrar espacios de influencia, velando por su reputación en un ambiente donde todo se mira y se interpreta. Su casa, sus negocios y sus silencios gravitan como un foco de atracción y de peligro. Cuando las trayectorias del antiguo amante y la mujer casada vuelven a cruzarse, la intriga íntima se superpone a la pugna económica del pueblo. El rumor, la vigilancia y el chantaje pequeño sustituyen a la franqueza de la marjal. El relato no juzga con dureza: observa cómo el cálculo y la necesidad moldean afectos y decisiones.
El crescendo dramático se alimenta de disputas por derechos de caza, deudas y favores, y del orgullo que crece en los márgenes del poder local. La naturaleza, capaz de sostener y de destruir, precipita incidentes que exigen lealtades arriesgadas. En cada cruce de canal o en cada noche de fiesta laten celos, culpa y un deseo de afirmación que no encuentra salida pacífica. La familia del pescador enfrenta la prueba definitiva de su cohesión, y la comunidad, espectadora y juez, marca los límites. Sin revelar desenlaces, la narración conduce hacia un punto de no retorno donde el precio del deseo se hace visible.
Más allá del argumento, Cañas y barro perdura por su retrato minucioso de la Albufera y por la lucidez con que vincula paisaje, economía y carácter. La prosa vigorosa y observadora de Blasco Ibáñez convierte un conflicto local en una reflexión sobre el coste del progreso, la rigidez de los códigos de honor y la fragilidad de la movilidad social. Hoy, su lectura dialoga con debates sobre transformación ecológica, desigualdad y pertenencia comunitaria. La novela invita a medir las ambiciones con el pulso de la tierra que las sostiene y mantiene en suspenso, hasta el final, la pregunta por la alternativa a la fatalidad.
Contexto Histórico
Índice
Cañas y barro (1902) se sitúa en la Albufera de Valencia, una laguna litoral y sus aldeas, en las últimas décadas del siglo XIX y comienzos del XX. En ese paisaje de cañaverales, barracas y barcas planas, la economía local alternaba la pesca tradicional con el auge del cultivo del arroz en los marjales circundantes. La obra pertenece al ciclo valenciano de Vicente Blasco Ibáñez, quien convierte este espacio en un microcosmos social. El autor observa con minuciosidad las relaciones de vecindad, los ritmos del agua y la tierra, y las tensiones que provoca la incorporación paulatina de prácticas agrícolas más intensivas.
El marco político corresponde a la Restauración borbónica (1874–1931), con turnos pactados de poder entre conservadores y liberales y un sistema de caciquismo que condicionaba la vida municipal. Aunque el sufragio masculino se implantó en 1890, la manipulación electoral seguía siendo frecuente en áreas rurales. La Guardia Civil, creada en 1844, simbolizaba la autoridad del Estado en el campo y velaba por el orden y los caminos. Este contexto institucional afectaba la resolución de conflictos cotidianos —arriendos, deudas, pleitos por aprovechamientos— y la distribución de favores, generando dependencias personales y clientelas que marcaban las oportunidades de familias pescadoras y campesinas.
El siglo XIX trajo una notable expansión del arroz en la llanura húmeda, impulsada por precios favorables y mejoras en canales y compuertas. Paralelamente, se consolidaron molinos arroceros movidos por vapor y, más tarde, por electricidad, conectando la producción con el puerto de Valencia y los mercados peninsulares. El ferrocarril y la modernización portuaria facilitaron el transporte de grano y de pescado. En la laguna persistían técnicas de pesca y navegación tradicionales, con barcas de poco calado movidas a pértiga o vela. La coexistencia de economías —pesca estacional y agricultura intensiva— generó fricciones por espacios, aguas y tiempos de trabajo.
El entorno palustre estaba asociado al paludismo, endémico en distintas comarcas españolas hasta bien entrado el siglo XX. Autoridades y médicos vinculaban los anegamientos estivales y los arrozales con la propagación de fiebres, lo que motivó reglamentos que limitaron o alejaron cultivos en ciertos términos municipales durante etapas del siglo XVIII y XIX. A la vez, el arroz era un sustento crucial para muchas familias. A comienzos del novecientos, campañas de higiene, drenajes y distribución de quinina intentaron mitigar la enfermedad. Este trasfondo sanitario condicionaba calendarios agrícolas y pesqueros, la movilidad de la población y la percepción moral del trabajo en los marjales.
La Albufera había sido patrimonio de la Corona desde la Edad Media y, en la época contemporánea, quedó bajo titularidad del Estado; finalmente fue vendida al Ayuntamiento de Valencia en 1911. Antes y después de esa operación, el uso de la laguna se reguló mediante ordenanzas y concesiones, entre ellas las de comunidades de pescadores como la de El Palmar, que administraban vedas, artes y turnos. En la huerta próxima, las redes hidráulicas históricas y costumbres consuetudinarias —con instituciones como el Tribunal de las Aguas— influían en la cultura material y jurídica del entorno.
La estructura social combinaba pequeños propietarios, arrendatarios y jornaleros que dependían de campañas agrícolas y capturas inciertas. Los contratos a medias y los arriendos cortos generaban vulnerabilidad y endeudamiento con comerciantes y prestamistas urbanos. La familia extensa y el patriarcado organizaban la producción doméstica, con reparto sexual del trabajo y visibilidad pública del varón en tratos y asambleas. La práctica religiosa católica seguía marcando calendarios y ritos, coexistiendo con devociones locales. La escolarización avanzaba lentamente y el analfabetismo persistía entre generaciones mayores, mientras los jóvenes se exponían a nuevas ideas por el servicio militar, la prensa popular y la cercanía de la ciudad.
Vicente Blasco Ibáñez (1867–1928) fue un escritor y periodista valenciano de convicciones republicanas y anticlericales, que dirigió el diario El Pueblo e intervino activamente en la política local de fin de siglo. Literariamente, se inscribe en el realismo y el naturalismo, corrientes que privilegian la observación social y el determinismo del medio. En sus novelas valencianas incorpora léxico y usos costumbristas, pero con una intención crítica hacia las jerarquías y la miseria. Cañas y barro aprovecha ese enfoque para describir, con documentación y oído periodístico, un mundo de oficios, dependencias económicas y choques de intereses que los lectores contemporáneos reconocían.
La novela refleja tensiones entre tradición y cambio en un ecosistema frágil sometido a presiones productivas y a poderes locales. El ascenso del arroz, la regulación de los aprovechamientos y la intervención del Estado crean escenarios de competencia y adaptación que atraviesan familias y oficios. El relato pone en primer plano la precariedad derivada de ciclos naturales, deudas y contratos, y sugiere cómo el caciquismo instrumentaliza necesidades. Desde una mirada naturalista, la dureza del medio y las estructuras sociales condicionan decisiones y destinos, a la vez que aflora un retrato crítico de la desigualdad y de la modernización desigual en la Valencia finisecular.
Cañas y barro: Novela
Tabla de Contenidos Principal
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
I
Índice
Como todas las tardes, la barca-correo anunció su llegada al Palmar con varios toques de bocina.
El barquero, un hombrecillo enjuto, con una oreja amputada, iba de puerta en puerta recibiendo encargos para Valencia, y al llegar á los espacios abiertos en la única calle del pueblo, soplaba de nuevo en la bocina para avisar su presencia á las barracas desparramadas en el borde del canal. Una nube de chicuelos casi desnudos seguía al barquero con cierta admiración. Les infundía respeto el hombre que cruzaba la Albufera[1] cuatro veces al día, llevándose á Valencia la mejor pesca del lago y trayendo de allá los mil objetos de una ciudad misteriosa y fantástica para aquellos chiquitines criados en una isla de cañas y barro.
De la taberna de Cañamèl, que era el primer establecimiento del Palmar, salía un grupo de segadores con el saco al hombro en busca de la barca para regresar á sus tierras. Afluían las mujeres al canal, semejante á una calle de Venecia, con las márgenes cubiertas de barracas y viveros donde los pescadores guardaban las anguilas.
En el agua muerta, de una brillantez de estaño, permanecía inmóvil la barca-correo: un gran ataúd cargado de personas y paquetes, con la borda casi á flor de agua. La vela triangular, con remiendos obscuros, estaba rematada por un guiñapo incoloro que en otros tiempos había sido una bandera española y delataba el carácter oficial de la vieja embarcación.
Un hedor insoportable se esparcía en torno de la barca. Sus tablas se habían impregnado del tufo de los cestos de anguilas y de la suciedad de centenares de pasajeros: una mezcla nauseabunda de pieles gelatinosas, escamas de pez criado en el barro, pies sucios y ropas mugrientas, que con su roce habían acabado por pulir y abrillantar los asientos de la barca.
Los pasajeros, segadores en su mayoría, que venían del Perelló[3], último confín de la Albufera, lindante con el mar, cantaban á gritos pidiendo al barquero que partiese cuanto antes. ¡Ya estaba llena la barca! ¡No cabía más gente!...
Así era; pero el hombrecillo, volviendo hacia ellos el informe muñón de su oreja cortada como para no oirles, esparcía lentamente por la barca las cestas y los sacos que las mujeres le entregaban desde la orilla. Cada uno de los objetos provocaba nuevas protestas: los pasajeros se estrechaban ó cambiaban de sitio y los del Palmar que entraban en la barca recibían con reflexiones evangélicas la rociada de injurias de los que ya estaban acomodados. ¡Un poco de paciencia! ¡Tanto sitio que encontrasen en el cielo!...
La embarcación se hundía al recibir tanta carga, sin que el barquero mostrase la menor inquietud, acostumbrado á travesías audaces. No quedaba en ella un asiento libre. Dos hombres se mantenían de pie en la borda, agarrados al mástil; otro se colocaba en la proa, como un mascarón de navío. Todavía el impasible barquero hizo sonar otra vez su bocina en medio de la general protesta... ¡Cristo! ¿Aún no tenía bastante el muy ladrón? ¿Iban á pasar allí toda la tarde bajo el sol de Septiembre, que les hería de lado, achicharrándoles la espalda?...
De pronto se hizo el silencio, y la gente del correo vió aproximarse por la orilla del canal un hombre sostenido por dos mujeres, un espectro, blanco, tembloroso, con los ojos brillantes, envuelto en una manta de cama. Las aguas parecían hervir con el calor de aquella tarde de verano; sudaban todos en la barca, haciendo esfuerzos por librarse del pegajoso contacto del vecino, y aquel hombre temblaba, chocando los dientes con un escalofrío lúgubre, como si el mundo hubiese caído para él en eterna noche. Las mujeres que le sostenían protestaban con palabras gruesas al ver que los de la barca permanecían inmóviles. Debían dejarle un puesto: era un enfermo, un trabajador. Segando el arroz había atrapado las fiebres, las malditas tercianas de la Albufera, y marchaba á Ruzafa[2] á curarse en casa de unos parientes... ¿No eran acaso cristianos? ¡Por caridad! ¡un puesto!
Y el tembloroso fantasma de la fiebre repetía como un eco, con los sollozos del escalofrío:
—¡Per caritat! ¡per caritat[1q]!...
Entró á empujones, sin que la masa egoísta le abriera paso, y no encontrando sitio se deslizó entre las piernas de los pasajeros, tendiéndose en el fondo, con el rostro pegado á las alpargatas sucias y los zapatos llenos de barro, en un ambiente nauseabundo. La gente parecía acostumbrada á estas escenas. Aquella embarcación servía para todo; era el vehículo de la comida, del hospital y del cementerio. Todos los días embarcaba enfermos, trasladándoles al arrabal de Ruzafa, donde los vecinos del Palmar, faltos de medicamentos, tenían realquilados algunos cuartuchos para curarse las tercianas. Cuando moría un pobre sin barca propia, el ataúd se metía bajo un asiento del correo y la embarcación emprendía la marcha con el mismo pasaje indiferente, que reía y conversaba, golpeando con los pies la fúnebre caja.
Al ocultarse el enfermo volvió á surgir la protesta. ¿Qué esperaba el desorejado? ¿Faltaba aún alguien?... Y casi todos los pasajeros acogieron con risotadas á una pareja que salió por la puerta de la taberna de Cañamèl, inmediata al canal.
—¡El tío Paco!—gritaron muchos—. ¡El tío Paco Cañamèl!
El dueño de la taberna, un hombre enorme, hinchado, de vientre hidrópico, andaba á pequeños saltos, quejándose á cada paso con suspiros de niño, apoyándose en su mujer, Neleta, pequeña, con el rojo cabello alborotado y ojos verdes y vivos que parecían acariciar con la suavidad del terciopelo. ¡Famoso Cañamèl! Siempre enfermo y lamentándose, mientras su mujer, cada vez más guapa y amable, reinaba desde su mostrador sobre todo el Palmar y la Albufera. Lo que él tenía era la enfermedad del rico: sobra de dinero y exceso de buena vida. No había más que verle la panza, la faz rubicunda, los carrillos que casi ocultaban su naricilla redonda y sus ojos ahogados por el oleaje de la grasa. ¡Todos que se quejasen de su mal! ¡Si tuviera que ganarse la vida con agua á la cintura, segando arroz, no se acordaría de estar enfermo!
Y Cañamèl avanzaba una pierna dentro de la barca, penosamente, con débiles quejidos, sin soltar á Neleta, mientras refunfuñaba contra las gentes que se burlaban de su salud. ¡Él sabía cómo estaba! ¡Ay Señor! Y se acomodó en un puesto que le dejaron libre con esa obsequiosa solicitud que las gentes del campo tienen para el rico, mientras su mujer hacía frente sin arredrarse á las bromas de los que la cumplimentaban, viéndola tan guapa y animosa.
Ayudó á su marido á abrir un gran quitasol, puso á su lado una espuerta con provisiones para un viaje que no duraría tres horas, y acabó por recomendar al barquero el mayor cuidado con su Paco. Iba á pasar una temporada en su casita de Ruzafa. Allí le visitarían buenos médicos: el pobre estaba mal. Lo decía sonriendo, con expresión cándida, acariciando al blanducho hombretón, que temblaba con las primeras oscilaciones de la barca como si fuese de gelatina. No prestaba atención á los guiños maliciosos de la gente, á las miradas irónicas y burlonas que después de resbalar sobre ella se fijaban en el tabernero, doblado en su asiento bajo el quitasol y respirando con un gruñido doloroso.
El barquero apoyó su larga percha en el ribazo, y la embarcación comenzó á deslizarse en el canal seguida por las voces de Neleta, que siempre con sonrisa enigmática recomendaba á todos los amigos que cuidasen de su esposo.
Las gallinas corrían por entre las brozas del ribazo siguiendo la barca. Las bandas de ánades agitaban sus alas en torno de la proa que enturbiaba el espejo del canal, donde se reflejaban invertidas las barracas del pueblo, las negras barcas amarradas á los viveros con techos de paja á ras del agua, adornados en los extremos con cruces de madera, como si quisieran colocar las anguilas de su seno bajo la divina protección.
Al salir del canal, la barca correo comenzó á deslizarse por entre los arrozales, inmensos campos de barro líquido cubiertos de espigas de un color bronceado. Los segadores, hundidos en el agua, avanzaban hoz en mano, y las barquitas, negras y estrechas como góndolas, recibían en su seno los haces que habían de conducir á las eras. En medio de esta vegetación acuática, que era como una prolongación de los canales, levantábanse á trechos, sobre isletas de barro, blancas casitas rematadas por chimeneas. Eran las máquinas que inundaban y desecaban los campos, según las exigencias del cultivo.
Los altos ribazos ocultaban la red de canales, las anchas carreras por donde navegaban los barcos de vela cargados de arroz. Sus cascos permanecían invisibles y las grandes velas triangulares se deslizaban sobre el verde de los campos, en el silencio de la tarde, como fantasmas que caminasen en tierra firme.
Los pasajeros contemplaban los campos como expertos conocedores, dando su opinión sobre las cosechas y lamentando la suerte de aquellos á quienes había entrado el salitre en las tierras, matándoles el arroz.
Deslizábase la barca por canales tranquilos, de un agua amarillenta, con los dorados reflejos del té. En el fondo, las hierbas acuáticas inclinaban sus cabelleras con el roce de la quilla. El silencio y la tersura del agua aumentaban los sonidos. En los momentos en que cesaban las conversaciones, se oía claramente la quejumbrosa respiración del enfermo tendido bajo un banco y el gruñido tenaz de Cañamèl al respirar, con la barba hundida en el pecho. De las barcas lejanas y casi invisibles llegaban, agrandados por la calma, el choque de una percha al caer sobre la cubierta, el chirrido de un mástil, las voces de los barqueros avisándose para no tropezar en las revueltas de los canales.
El conductor desorejado abandonó la percha, y saltando sobre las rodillas de los pasajeros fué de un extremo á otro de la embarcación arreglando la vela para aprovechar la débil brisa de la tarde.
Habían entrado en el lago, en la parte de la Albufera obstruída de carrizales é islas, donde había que navegar con cierto cuidado. El horizonte se ensanchaba. Á un lado la línea obscura y ondulada de los pinos de la Dehesa, que separa la Albufera del mar; la selva casi virgen, que se extiende leguas y leguas, donde pastan los toros feroces y viven en la sombra los grandes reptiles, que muy pocos ven, pero de los que se habla con terror durante las veladas. Al lado opuesto la inmensa llanura de los arrozales, perdiéndose en el horizonte
