Cánovas: Edición enriquecida. Intrigas políticas y ambiciones: el retrato de Cánovas del Castillo en la España del siglo XIX
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En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura:
- Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas.
- La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos.
- Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura.
- Una Biografía del Autor revela hitos en la vida del autor, arrojando luz sobre las reflexiones personales detrás del texto.
- Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos.
- Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna.
- Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria.
- Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.
Benito Pérez Galdós
Benito Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria, 1843-Madrid, 1920) llegó a Madrid en 1862 para estudiar derecho. No tardó en introducirse en la vida cultural e intelectual de la ciudad y en relacionarse con los personajes más destacados de la época, como Leopoldo Alas «Clarín». En 1868 abandonó los estudios para dedicarse íntegramente a la escritura. Su primera novela, La Fontana de Oro (1870), escrita con apenas veinticinco años, anticipa el talento del que sería uno de los mayores narradores de nuestra literatura. Como autor, revolucionó la narrativa española incluyendo en sus obras expresiones populares para dar así más realismo al relato, ideas que aportó también al género teatral. Al mismo tiempo, Galdós tuvo una prolífica carrera en el campo de la política, donde llegó a ser diputado en varias ocasiones por distintas circunscripciones. De su extensa obra cabe remarcar algunas de sus obras maestras, como son Doña Perfecta (1876), Marianela (1878), La desheredada (1881), Tormento (1884), Fortunata y Jacinta (1886-1887), Miau (1888), Misericordia (1897) y los Episodios nacionales (1872-1912), una gran crónica de la España del siglo XIX, formada por cuarenta y seis episodios divididos en cinco series de diez novelas.
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Cánovas - Benito Pérez Galdós
Benito Pérez Galdós
Cánovas
Edición enriquecida. Intrigas políticas y ambiciones: el retrato de Cánovas del Castillo en la España del siglo XIX
Introducción, estudios y comentarios de Damián Rojas
Editado y publicado por Good Press, 2023
goodpress@okpublishing.info
EAN 08596547816904
Índice
Introducción
Sinopsis
Contexto Histórico
Biografía del Autor
Cánovas
Análisis
Reflexión
Citas memorables
Notas
Introducción
Índice
La arquitectura de la estabilidad rara vez se levanta sin grietas: cada ladrillo es un pacto, cada argamasa, una renuncia. Sobre ese dilema se alza Cánovas, novela que observa el nacimiento de un orden político que promete sosiego tras años de convulsión. En sus páginas, la voluntad de construir un país gobernable se mide con el coste íntimo y colectivo de ese propósito. La obra convoca la escena pública y el rumor de las calles, las intrigas discretas y la vida doméstica, para sugerir que la historia no avanza por milagro, sino por una cadena de decisiones humanas, imperfectas y decisivas.
Benito Pérez Galdós, figura central de la narrativa en lengua española, convierte con Cánovas la historia en literatura de alta intensidad moral. Su estatus de clásico nace de esta capacidad: hacer inteligibles procesos complejos sin diluir su ambigüedad. La novela aporta una mirada madura sobre el poder, alejada del panfleto y del hagiográfico, que ha modelado la tradición de la novela histórica posterior. Su vigencia se reconoce en la crítica, en la lectura pública y en la forma en que, todavía hoy, sirve de referencia para pensar la relación entre instituciones, ciudadanía y relato nacional.
Cánovas pertenece a la quinta serie de los Episodios nacionales, la extensa empresa novelística con la que Galdós recorrió, a lo largo de décadas, los tramos decisivos de la historia contemporánea de España. En esta entrega, el foco se sitúa en el tránsito hacia la Restauración borbónica tras el ciclo revolucionario y la Primera República. El libro presenta la figura política de Antonio Cánovas del Castillo como eje de una reorganización del Estado, narrada mediante personajes y voces que cruzan la frontera entre lo público y lo privado, sin revelar más que el planteamiento fundamental de su trama.
El contexto de composición pertenece a la última fase creadora del autor, cuando su proyecto histórico-literario alcanza una síntesis estilística y conceptual. La novela se asienta en materiales reconocibles —hechos, discursos, ambientes— y los integra con invenciones plausibles que iluminan lo vivido. Galdós ofrece una estructura narrativa que permite al lector entrar por la experiencia, antes que por el argumento doctrinal. Se evita la crónica fría y también el mero retrato heroico: lo que aparece es una escena compleja donde los actores, grandes y modestos, participan de un mismo proceso de reconstrucción.
En Cánovas, la política es oficio y teatro, cálculo y fe. Galdós examina la legitimidad como problema práctico: cómo dotar de continuidad a un Estado exhausto; qué papel juegan las palabras, los acuerdos y los silencios. La obra se interesa por el funcionamiento de los engranajes —partidos, prensa, administración— y por la textura moral de quienes los mueven. Sin desvelar episodios decisivos, puede señalarse que el relato explora la tensión entre la necesidad de acuerdos y la tentación de la imposición, entre el relato ordenado del poder y la vitalidad indócil de la sociedad.
La fuerza del libro reside también en su retrato de la vida cotidiana. Cafés, salones, despachos y plazas forman un circuito donde la política se humaniza: se desarrolla en conversaciones, gestos y ritos que sostienen o erosionan los proyectos públicos. Esa atención al detalle sensorial y social —una seña de identidad de Galdós— permite que el lector comprenda los procesos desde abajo y desde dentro. La España que aparece no es una abstracción, sino una red de intereses, esperanzas y miedos que condicionan el éxito o fracaso de cualquier ingeniería institucional.
El estilo conjuga claridad y ironía, con una prosa dúctil que evita el exceso retórico sin renunciar a la elegancia. La voz narrativa, atenta y crítica, confiere relieve a los personajes sin convertirlos en símbolos inmóviles. Las descripciones precisas, el diálogo vivo y la dosificación de la información histórica favorecen una lectura sostenida, en la que cada escena aporta capas de significado. Cánovas se lee como novela de carácter, crónica política y ensayo implícito sobre la modernización, sin que ninguna de esas dimensiones anule a las demás.
Dentro del conjunto de los Episodios nacionales, esta obra ocupa un lugar de bisagra. Después del torbellino revolucionario tratado en entregas anteriores, Cánovas introduce el diseño de un orden que aspira a la previsibilidad. Esa posición intermedia le concede un interés especial: recoge la memoria del desorden y anuncia la promesa de estabilidad. El lector reconoce hilos que vienen de lejos —personajes, temas, conflictos— y atisba, sin necesidad de anticipaciones, el tipo de problemas que acompañan todo intento de refundación institucional.
La condición de clásico se fortalece por su contribución a un modo de narrar la historia con herramientas de la novela realista. La influencia de Galdós se percibe en autores que abordan procesos colectivos desde perspectivas humanas, atentos a las zonas grises y a la conversación entre individuos y estructuras. Cánovas ofrece un modelo de equilibrio entre documentación, imaginación y sentido crítico que, sin fijar un canon único, ha orientado lecturas y escrituras sobre la España de la Restauración y, más ampliamente, sobre el siglo de la ciudadanía y los Estados parlamentarios.
Para lectores que se acercan por primera vez a los Episodios, Cánovas es una puerta de entrada viable. La narración proporciona contextos suficientes para comprender el clima político y social sin abrumar con erudición. A la vez, quienes conocen la serie apreciarán su tono reflexivo, que recompone motivos previos desde una perspectiva más serena. El planteamiento inicial propone un horizonte: observar cómo se negocia la normalidad tras la tempestad, y qué compromisos —también personales— exigen la consolidación de una vida pública capaz de durar.
La actualidad del libro se mide en interrogantes que no caducan. ¿Cómo se fabrican los consensos? ¿Qué mecanismos protegen a la ciudadanía cuando la estabilidad se prioriza? ¿De qué modo los relatos oficiales ordenan la memoria y qué resquicios dejan para voces disonantes? Sin responder de forma doctrinal, la novela fomenta una lectura activa del presente: en tiempos de polarización, enseña a distinguir entre pacto y uniformidad, entre prudencia y miedo. Sus páginas invitan a pensar la democracia como un aprendizaje continuo, donde el pasado ilumina pero no encadena.
Cánovas perdura porque convierte una coyuntura histórica en experiencia estética y moral compartida. Su atractivo no descansa solo en la figura que le da título, sino en el coro de vidas que orbitan alrededor de la construcción de un régimen. Al concluir la lectura, queda la sensación de haber asistido a un ensayo de convivencia, con sus aciertos y sus zonas de sombra. Ese latido, tan humano, explica su condición de clásico: un libro que, al narrar un momento decisivo, sigue hablándonos de lo que somos cuando afirmamos, discutimos y sostenemos la idea de país.
Sinopsis
Índice
Cánovas, publicado en 1912, cierra la quinta serie de los Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós y aborda el arranque de la Restauración borbónica en España. La obra combina crónica histórica y ficción testimonial para seguir un momento de reacomodo político tras años de revolución, monarquía breve y república. Galdós sitúa al lector ante un país exhausto, que busca un marco estable sin renunciar a los aprendizajes del ciclo anterior. El foco se sitúa en el arte de gobernar y en el diseño institucional, más que en el relato bélico, con una mirada que alterna la sala de decisiones y la calle madrileña.
El relato se abre sobre la resaca del pronunciamiento que pone fin a la Primera República y abre paso a la restauración monárquica. A partir de ese punto, la narración muestra la transición desde la tutela de los cuarteles hacia una política civil que aspira a normalizar el país. Galdós observa la fragilidad del momento: hay frentes abiertos, antagonismos ideológicos y una administración desordenada. La tensión central reside en transformar una coyuntura de fuerza en legitimidad duradera, y en hacerlo sin reavivar la espiral de pronunciamientos que había marcado la vida pública desde décadas atrás.
En ese tablero emerge Antonio Cánovas del Castillo como figura decisiva. El novelista lo perfila con sobriedad: prudente, calculador, atento a la historia y a los símbolos, pero también a los equilibrios prácticos. Cánovas concibe una monarquía constitucional asentada en la ley, capaz de contener la inercia militar y de tender puentes con sectores adversarios. Su retórica de continuidad, moderación y concordia funciona como hilo conductor del proyecto, que busca encauzar las energías políticas hacia instituciones y procedimientos. Galdós destaca las destrezas del estadista en la negociación y en la construcción de consensos, evitando tanto la exaltación como la caricatura.
La perspectiva galdosiana se abre a un amplio panorama social. Cafés, redacciones, despachos ministeriales y tertulias dibujan una geografía de opiniones cruzadas: conservadores que temen el caos, republicanos desengañados, militares con memoria de campaña, clérigos influyentes, burócratas que aseguran la marcha del Estado y ciudadanos pendientes del precio del pan. Madrid aparece como caja de resonancia donde los rumores se vuelven juicio político. La novela capta la convivencia tensa de tradición y modernidad, la persistencia de las lealtades locales y la lenta emergencia de una opinión pública que exige orden, pero recela de los atajos autoritarios.
Sobre ese tejido social, el libro sigue las diligencias que apuntalan el nuevo régimen: gobiernos provisionales, llamadas a elecciones, y el trazado de un marco constitucional. Galdós hace visibles las discusiones de fondo —soberanía, confesionalidad, representación, equilibrio de poderes— sin convertirlas en tratado. El acento está en el método: dar forma legal a la disputa, crear procedimientos que reemplacen al pronunciamiento y encuadrar la lucha política en límites aceptables. La escritura subraya el paso de las urgencias del día a día a una ingeniería institucional paciente, donde cada concesión tiene un precio y cada silencio una función.
La pacificación del espacio público ocupa otro plano del argumento. Persisten conflictos en la periferia y heridas abiertas por guerras recientes, mientras la economía pide estabilidad. La novela explora el dilema entre la mano dura y la integración, y la compleja relación entre gobierno civil y jerarquías militares. Galdós no glorifica la violencia ni la desestima: la presenta como herencia que condiciona decisiones, a veces imponiendo ritmos, otras siendo contenida por el cálculo político. La seguridad no aparece como fin en sí mismo, sino como requisito para que prospere el nuevo entramado legal que se está intentando levantar.
Junto a los hechos, el texto ofrece debates morales. Los personajes que orbitan el poder, reales o verosímiles, discuten el valor del pragmatismo frente a los principios, la legitimidad de los compromisos y el coste humano de cada arreglo. Se revisan experiencias inmediatas —la revolución, la monarquía anterior, la república— no para ajustar cuentas, sino para medir lo que puede salvarse. Galdós deja hablar a las posiciones contradictorias y prefiere la ironía a la sentencia, de modo que la inconformidad de unos y la prudencia de otros conviven como fuerzas necesarias para que el país encuentre un cauce menos abrupto.
A medida que el proyecto cuaja, el retorno monárquico se inserta en una arquitectura pensada para amortiguar los choques: partidos disciplinados, reglas para la competencia y un entendimiento básico entre adversarios. La alternancia pactada se esboza como mecanismo para transformar la confrontación en rivalidad regulada. El autor no desvela todo ni promete soluciones finales; subraya, más bien, lo arduo de construir hábitos de contención. Persisten sombras —disputas regionales, asuntos coloniales, desigualdad— que recuerdan que la estabilidad es una tarea, no un punto de llegada, y que la política de acuerdos necesita vigilancia constante.
En conjunto, Cánovas cierra los Episodios nacionales con una reflexión sobre el oficio de hacer Estado tras la tempestad. Su interés reside menos en el desenlace que en el camino: cómo se inventan reglas, cómo se gestiona la memoria del conflicto y qué sacrificios exige la normalidad. La vigencia del libro está en la pregunta por la legitimidad en tiempos de fractura y por el alcance real de la moderación cuando los extremos tiran. Galdós ofrece un espejo incómodo y útil: las instituciones como compromisos siempre revisables, sostenidos por ciudadanos capaces de desconfiar del atajo y apostar por la ley.
Contexto Histórico
Índice
La novela Cánovas de Benito Pérez Galdós se sitúa en la España de la Restauración borbónica, instaurada tras el pronunciamiento de finales de 1874 que abrió el reinado de Alfonso XII. El escenario principal es Madrid, centro de la política y de la administración, aunque el país entero, con sus contrastes regionales, comparece como trasfondo. Las instituciones dominantes son la Corona, unas Cortes bicamerales, los partidos dinásticos y un Ejército aún influyente, junto con una Iglesia revitalizada. En este marco, Galdós explora cómo se reconstruye el orden tras los años revolucionarios, y cómo las élites diseñan un régimen de estabilidad formal con tensiones soterradas.
El contexto inmediato procede del ciclo abierto por la Revolución de 1868, que derrocó a Isabel II, la Constitución de 1869, el breve reinado de Amadeo I (1871-1873) y la Primera República (1873-1874), convulsa y breve. El golpe del general Pavía (enero de 1874) clausuró las Cortes republicanas, y el gobierno del general Serrano precedió al pronunciamiento de Sagunto (diciembre de 1874), que facilitó el retorno de los Borbones. Galdós recoge la memoria de ese tránsito, mostrando la fatiga social ante la inestabilidad y la voluntad de las clases dirigentes de encauzar el poder por vías que eviten nuevas rupturas.
Antonio Cánovas del Castillo emerge como artífice intelectual y práctico de la Restauración. Intelectual conservador, historiador y político, negoció con el pretendiente Alfonso y dio forma a un programa que combinaba continuidad dinástica y reglas parlamentarias, con un principio rector: la alternancia pacífica entre conservadores y liberales. La novela examina su ascendiente, no sólo como jefe de gobierno en sucesivos mandatos desde 1875, sino como arquitecto de un sistema que pretendía conciliar orden y libertad, neutralizar la militarización de la política y encauzar el conflicto mediante acuerdos entre élites.
La Constitución de 1876, de inspiración canovista, estructuró el régimen: soberanía compartida entre Corona y Cortes, bicameralismo con Senado y Congreso, amplio poder regio para disolver cámaras, y un Estado confesional católico con tolerancia restringida al culto privado de otras religiones. De tendencia centralista, permitía una elasticidad normativa que facilitó gobiernos conservadores o liberales sin cambiar el armazón. Galdós subraya la distancia entre el texto y las prácticas: la legalidad sirve de escenario a una política pactada desde arriba, en la que la letra constitucional convive con inercias oligárquicas y mecanismos de control social.
El llamado turno pacífico, piedra angular del sistema, descansó en acuerdos entre el partido conservador de Cánovas y el liberal de Práxedes Mateo Sagasta. Para hacer efectiva la alternancia se usó el encasillado electoral desde el Ministerio de la Gobernación y una red de caciques locales, asegurando mayorías a conveniencia. El sufragio fue inicialmente restringido; más tarde se amplió. Cánovas critica o muestra, según se lea a Galdós, el precio de esta estabilidad: la desactivación del conflicto a costa de desvirtuar la representación. El lector halla, en escenas y diálogos, los engranajes menudos de esa maquinaria.
La pacificación militar fue un objetivo temprano. Tras décadas de pronunciamientos, se buscó subordinar al Ejército al poder civil y reducir su papel como árbitro político. En paralelo, se combatió la Tercera Guerra Carlista (1872-1876), que concluyó con la derrota del pretendiente carlista. La novela retrata la persistencia del prestigio castrense, la memoria de los generales políticos y la tensión entre disciplina militar y tentaciones interventoras. Galdós observa cómo la Restauración promete normalidad, pero hereda un país habituado a soluciones de fuerza que no se disuelven de la noche a la mañana.
La derrota carlista reabrió la cuestión foral. Las provincias vascas y Navarra vieron suprimidos o profundamente recortados sus fueros en 1876, y poco después se articuló el Concierto Económico (a partir de 1878) como arreglo fiscal particular. Este compromiso equilibró centralización y singularidad tributaria, sin restaurar el viejo autogobierno. Galdós presenta el malestar y las adaptaciones locales, señalando que la construcción de un Estado uniforme generaba resistencias diversas. La tensión entre unidad y pluralidad, que marcará la política española en adelante, aparece en las conversaciones parlamentarias y en el murmullo de la calle.
El frente colonial gravita sobre la política peninsular. La Guerra de los Diez Años en Cuba (1868-1878) agotó recursos y terminó con el Pacto del Zanjón, que concedió reformas insuficientes. La llamada Guerra Chiquita (1879-1880) mostró que el problema seguía abierto. En la Restauración temprana, el Caribe era tema constante en la prensa y en las Cortes: fiscalidad, servicio militar, comercio azucarero y reformas administrativas. Galdós incorpora ese horizonte de inquietud imperial, donde la promesa de orden peninsular convive con una periferia conflictiva que cuestiona el prestigio internacional del régimen y su capacidad reformista.
La cuestión social se acentúa con la consolidación del capitalismo industrial. En Cataluña avanza el textil; en Vizcaya despega la siderurgia; y en grandes latifundios del sur persisten condiciones precarias. Se expanden el asociacionismo obrero, el socialismo (con el PSOE fundado en 1879) y, en paralelo, corrientes anarquistas de arraigo obrero y campesino. La UGT nacerá en 1888, ya en clima de libertad de asociación ampliada. La obra de Galdós abre ventanas a ateneos, cafés y redacciones, donde se discuten derechos, salarios y huelgas, reflejando una sociedad que aprende el lenguaje de la ciudadanía mientras padece viejas dependencias.
El papel de la Iglesia católica se refuerza tras la Restauración. El sistema recupera símbolos y prerrogativas religiosas en la vida pública y en la educación, aunque subsisten sectores liberales anticlericales y debates sobre tolerancia y matrimonio civil. La Constitución de 1876 reafirma la confesionalidad del Estado, en equilibrio con la promesa de orden. Galdós observa cómo el clericalismo y el laicismo se miden en las costumbres, escuelas y prensa, más que en grandes decretos, y sugiere que la paz política formal convive con fricciones culturales profundas que recorren tanto la élite como las clases populares.
En el terreno cultural, la Restauración coincide con el auge del krausismo y la Institución Libre de Enseñanza (1876), que promueven una pedagogía laica y moderna. Crecen la prensa, las bibliotecas circulantes y el teatro, mientras el realismo y el naturalismo literarios se consolidan. Galdós, figura central del realismo español, integra en Cánovas su método de observación social: personajes ficticios rozan a figuras históricas, y la gran política se refracta en vidas comunes. Este tejido cultural da voz a nuevas capas urbanas y profesionales, ampliando el público que interpreta y discute la cosa pública.
El paisaje urbano de la época se transforma con el ferrocarril ya extendido, el telégrafo, y, desde los años 80, el teléfono y la electrificación parcial de ciudades. Madrid vive ensanches, cafés, casinos, periódicos y tertulias, mientras se consolidan una burocracia ampliada y nuevos servicios. Estos avances coexisten con barrios de penuria. Galdós aprovecha esa topografía: la capital como teatro donde transitan diputados, periodistas, rentistas y trabajadores, todos bajo la luz de un progreso que no borra desigualdades. La modernidad técnica, así, contrasta con prácticas políticas tradicionales que el autor exhibe con ironía sobria.
La economía española, afectada por la larga depresión internacional de finales del siglo XIX, combina modernización parcial e inercias. El proteccionismo gana fuerza y desemboca en un arancel muy proteccionista en 1891, asociado a intereses industriales y agrarios. La filoxera golpea viñedos en distintas regiones, con impactos sociales severos. El sistema financiero se consolida en torno a bancos y al Banco de España, mientras el comercio exterior oscila. En este telón, Galdós sitúa empresarios, especuladores y funcionarios, mostrando cómo los ciclos económicos modelan las alianzas políticas y la agenda del Estado restauracionista.
La colaboración rival entre Cánovas y Sagasta se institucionaliza, especialmente tras la muerte de Alfonso XII en 1885, cuando se acuerda el llamado Pacto del Pardo para asegurar la continuidad del régimen durante la regencia de María Cristina de Habsburgo. Este entendimiento evita crisis de sucesión y distribuye reformas por etapas. Galdós retrata la mezcla de cálculo, patriotismo y pragmatismo que sostiene el turno, pero también las zonas de sombra: clientelas, promesas diferidas y el peso de una Corona árbitra que legitima la alternancia sin resolver las brechas sociales de fondo.
El regionalismo político gana forma hacia finales de siglo. En Cataluña, tras movimientos culturales previos, el catalanismo articula plataformas y formula propuestas como las Bases de Manresa (1892). En el País Vasco, la herida foral y las transformaciones industriales alimentan un nacionalismo emergente, con organizaciones fundadas en la década de 1890. Galdós percibe estas corrientes en su fase inicial: reivindicaciones fiscales, uso público de las lenguas propias y debates sobre autonomía administrativa. Su narrativa subraya que la centralización restauracionista, aun eficaz para estabilizar, no neutraliza demandas de reconocimiento territorial.
Las libertades públicas se amplían gradualmente dentro del armazón del turno. Con gobiernos liberales se promulga la Ley de Asociaciones (1887) y se establece el sufragio universal masculino en 1890, aunque el caciquismo siga distorsionando elecciones. Paralelamente, la conflictividad social y los atentados anarquistas, especialmente en Barcelona (década de 1890), desencadenan una represión dura, cuyo episodio más notorio es el proceso de Montjuïc (1896). Cánovas, en sus últimos mandatos, afronta además la reanudación de la guerra en Cuba y opta por medidas enérgicas. Su asesinato en 1897 revelará la fragilidad del orden construido.
En la periferia colonial, la guerra cubana reabierta en 1895 y la insurrección filipina de 1896 colocan al Estado ante dilemas de reforma y fuerza. La designación de Valeriano Weyler y las reconcentraciones en Cuba ilustran la opción por la dureza, con alto costo humano y polémica internacional. Aunque Galdós no convierte la arena ultramarina en protagonista de Cánovas, su sombra alcanza a la política interior: presupuestos, debate moral, y una prensa que amplifica controversias. La Restauración, mientras aspira a la normalidad peninsular, no puede ya aislarse del juicio global sobre su imperio crepuscular y sus métodos de gobierno en crisis de soberanía colectiva y derechos civiles compartidos, la práctica electoral amañada y un poder arbitral que evita rupturas pero posterga soluciones. La mirada galdosiana, desde la ficción histórica, funciona como espejo crítico: revela el coste de la estabilidad, la creatividad del pacto y sus contradicciones. Cánovas, como figura y como época, aparece así entre luces de orden y sombras de exclusión, invitando a leer la Restauración no sólo como un arreglo político, sino como un problema moral para la España que se encaminaba al siglo XX.
Biografía del Autor
Índice
Benito Pérez Galdós (1843–1920) fue uno de los grandes novelistas en lengua española y figura clave del realismo del siglo XIX. Su obra renovó la narrativa española al combinar observación social, análisis psicológico y una prosa clara y flexible. Alternó la novela de asunto contemporáneo con el gran ciclo histórico de los Episodios nacionales, construyendo un
