La Revolución de Julio: Edición enriquecida. Intrigas políticas y conflictos históricos en la España del siglo XIX
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En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura:
- Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas.
- La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos.
- Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura.
- Una Biografía del Autor revela hitos en la vida del autor, arrojando luz sobre las reflexiones personales detrás del texto.
- Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos.
- Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna.
- Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria.
- Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.
Benito Pérez Galdós
Benito Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria, 1843-Madrid, 1920) llegó a Madrid en 1862 para estudiar derecho. No tardó en introducirse en la vida cultural e intelectual de la ciudad y en relacionarse con los personajes más destacados de la época, como Leopoldo Alas «Clarín». En 1868 abandonó los estudios para dedicarse íntegramente a la escritura. Su primera novela, La Fontana de Oro (1870), escrita con apenas veinticinco años, anticipa el talento del que sería uno de los mayores narradores de nuestra literatura. Como autor, revolucionó la narrativa española incluyendo en sus obras expresiones populares para dar así más realismo al relato, ideas que aportó también al género teatral. Al mismo tiempo, Galdós tuvo una prolífica carrera en el campo de la política, donde llegó a ser diputado en varias ocasiones por distintas circunscripciones. De su extensa obra cabe remarcar algunas de sus obras maestras, como son Doña Perfecta (1876), Marianela (1878), La desheredada (1881), Tormento (1884), Fortunata y Jacinta (1886-1887), Miau (1888), Misericordia (1897) y los Episodios nacionales (1872-1912), una gran crónica de la España del siglo XIX, formada por cuarenta y seis episodios divididos en cinco series de diez novelas.
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La Revolución de Julio - Benito Pérez Galdós
Benito Pérez Galdós
La Revolución de Julio
Edición enriquecida. Intrigas políticas y conflictos históricos en la España del siglo XIX
Introducción, estudios y comentarios de Damián Rojas
Editado y publicado por Good Press, 2023
goodpress@okpublishing.info
EAN 08596547824176
Índice
Introducción
Sinopsis
Contexto Histórico
Biografía del Autor
La Revolución de Julio
Análisis
Reflexión
Citas memorables
Notas
Introducción
Índice
El verano arde, y con el calor se inflama la ciudad: murmullos que crecen en calles polvorientas, tambores lejanos, pasos apresurados hacia las barricadas, y el aire vibrando de expectativas y temores. La Revolución de Julio de Benito Pérez Galdós se abre en ese borde cortante donde el rumor se vuelve acción y la política deja de ser papel para convertirse en destino en común. No se trata solo de un estallido: es una prueba del pulso de una nación, un laboratorio de la vida pública donde se confrontan ambiciones, esperanzas y heridas, con el ciudadano corriente como medida decisiva del cambio.
La obra pertenece al vasto ciclo de los Episodios nacionales, proyecto monumental con el que Galdós cartografió el siglo XIX español a través de la fusión de historia y novela. Dentro de ese conjunto, La Revolución de Julio ocupa un lugar central por su capacidad para mostrar cómo una crisis puntual desvela estructuras profundas: la fragilidad de los gobiernos, la fuerza de la opinión, la tensión entre orden y libertad. Su condición de clásico nace de ese doble movimiento: explicar un acontecimiento y, al mismo tiempo, transformarlo en experiencia narrativa perdurable.
Benito Pérez Galdós, figura mayor del realismo español, compuso este episodio a comienzos del siglo XX, en el marco de la cuarta serie de los Episodios nacionales. El libro se sitúa en los días de julio de 1854, cuando la protesta y el pronunciamiento alteran el equilibrio político y arrastran a Madrid a un ciclo de agitación y redefinición institucional. Sin revelar sorpresas narrativas, baste decir que la novela acompañará la gestación del tumulto, el ascenso de la calle como fuerza y la reconfiguración de lealtades, todo visto desde miradas que encarnan diversos estratos sociales y sensibilidades de la época.
La premisa central es clara y poderosa: seguir, casi a ras de suelo, el modo en que un sacudimiento político se hace carne en voces, miedos y decisiones cotidianas. Galdós articula la crónica de los hechos con las trayectorias de personajes ficticios que rozan a figuras históricas, un engranaje donde cada conversación y cada movimiento de tropa pesan. No anticipa desenlaces; propone un recorrido sensorial y moral por el umbral de una transformación, cuando aún nada está decidido y, sin embargo, todo parece precipitarse hacia un cambio que pocos imaginaban en su alcance.
El estatus clásico del libro descansa en su maestría para convertir la historia en experiencia estética sin desvirtuar la complejidad de lo real. La Revolución de Julio condensa rasgos señeros de Galdós: rigor en la ambientación, oído para el habla urbana, ironía templada y una mirada compasiva que evita simplificaciones. Su impacto literario se mide en la consolidación de una forma española de la novela histórica, capaz de conjugar análisis político, observación social y vitalidad narrativa. Esa síntesis ha hecho del episodio un punto de referencia para entender cómo la ficción puede esclarecer, sin dogmas, momentos decisivos colectivos.
Los temas que atraviesan el libro no han perdido vigencia: legitimidad del poder, representación, responsabilidad de las élites, papel de la multitud y linderos de la violencia. Galdós expone, más que impone, la dinámica de las crisis: cómo la esperanza abre cauces, cómo el cansancio de la ciudadanía se convierte en energía política, cómo el miedo se explota o se doma. Al cuidar la escala humana, muestra que las grandes decisiones nacen de gestos mínimos: una consigna en un portal, un periódico leído al amanecer, una conversación en voz baja que cambia un rumbo colectivo.
La técnica galdosiana se aprecia en el tejido fino entre documento y vida imaginada. No hay frialdad de archivo ni puro costumbrismo; hay una respiración narrativa que alterna ritmo trepidante y pausa reflexiva. La ironía toma distancia crítica, pero no cancela la empatía. Los personajes, más que símbolos, son conciencias en debate, capaces de contradicción y aprendizaje. La Revolución de Julio funciona así como laboratorio de ciudadanía, donde se ensayan alianzas y se exponen fracturas, sin maniqueísmos ni moralejas cerradas, y con una inteligencia narrativa que deja hablar a los hechos y a quienes los padecen o impulsan.
El espacio urbano es protagonista. Madrid aparece como escenario y partitura: plazas que concentran tensiones, calles que son arterias de noticias, cafés donde la retórica intenta gobernar lo ingobernable. La novela captura el rumor como forma del poder moderno y la circulación de ideas como motor de la acción. No hay solemnidad abstracta; hay polvo, calor, improvisación y cálculo. El tiempo de julio impone su urgencia y su teatralidad; la ciudad se convierte en un cuerpo sensible donde cada esquina puede desencadenar un giro y cada balcón es una tribuna desde la cual se prueba el porvenir inmediato.
La voz narrativa, cercana y dúctil, guía sin autoritarismo. El tono conversacional, tan característico de Galdós, aproximará al lector a una educación sentimental de la política: comprender el otro lado, sospechar de las certezas fáciles, reconocer el azar. A través de escenas vivas, el relato destila una pedagogía laica de ciudadanía, nada adusta y siempre atenta a la dignidad de los personajes. Esa oralidad cuidada convierte el episodio en una lectura fluida, aun cuando describe asuntos arduos, y asegura que la complejidad histórica no se traduzca en hermetismo sino en claridad sugestiva.
La influencia de La Revolución de Julio, y del ciclo al que pertenece, se percibe en la consolidación de una tradición española de novela histórica que conversa con el presente. Su recepción crítica y su permanencia editorial avalan su condición de clásico: vuelve a leerse porque ofrece un modo de contar que ilumina, sin pontificar, procesos políticos. Ha sido puerta de entrada a Galdós para muchos lectores, y a la vez pieza que dialoga con estudios históricos y relecturas contemporáneas. Esa doble vida —literaria y cívica— ha contribuido a su difusión y a su vigencia en distintos momentos.
Para quienes se acercan por primera vez, el libro ofrece una trama inteligible y un paisaje humano reconocible; para quienes ya frecuentan los Episodios nacionales, aporta matices al arco que recorre el siglo, articulando transiciones y presagios sin clausurar interrogantes. La economía narrativa equilibra acción y análisis, de modo que el interés no decae ni sacrifica precisión. La Revolución de Julio, sin necesidad de grandes gestos retóricos, persuade por acumulación de detalles significativos y por la claridad con que construye la atmósfera moral de un tiempo que basculaba entre miedo, reformas y expectativas.
En una época en que la opinión pública se rehace a gran velocidad y las instituciones se ponen a prueba, los temas del libro interpelan con fuerza: circulación de información, descontento social, negociación entre orden y cambio, y responsabilidad de quien narra. La Revolución de Julio no prescribe soluciones; invita a observar mejor. Su atractivo duradero reside en esa mirada lúcida y abierta, capaz de mostrar el nacimiento de un nuevo horizonte político sin clausurar la experiencia en una tesis. Al cerrar sus páginas, persiste la impresión de haber asistido a un acto de conciencia colectiva, tan actual como imprescindible.
Sinopsis
Índice
La Revolución de Julio, de Benito Pérez Galdós, integra los Episodios nacionales y sitúa su acción en la España de mediados del siglo XIX, cuando la sacudida de julio de 1854 altera el pulso del reinado de Isabel II. Con el tono de crónica novelada que caracteriza la serie, el libro acompaña la gestación del estallido y su irrupción en la vida común, atendiendo tanto a la intriga política como al murmullo de la calle. Galdós funde observación social y recordatorio histórico para mostrar cómo una acumulación de agravios, debates e intereses termina desplazándose desde los gabinetes a la plaza pública.
El punto de partida es el agotamiento del régimen moderado, con tensiones económicas, reformas incompletas y desconfianza hacia las redes de favoritismo. A ello se suman restricciones a la prensa y a la vida municipal que exacerban el malestar. En este marco, el autor distribuye voces y miradas de distintos estratos, del comerciante al artesano, del funcionario al soldado, para fijar la textura social del momento. La trama discurre por cafés, redacciones, despachos y cuarteles, donde se cruzan ambiciones, temores y programas, y donde el lenguaje de la reforma empieza a medirse con la impaciencia de una opinión movilizada.
El arranque visible del cambio llega con un pronunciamiento militar que, lejos de resolver de inmediato la contienda, inaugura un ciclo de adhesiones, dudas y negociaciones. La acción de los cuarteles repercute en los corrillos y multiplica manifiestos que intentan ordenar un horizonte de reformas. Galdós atiende al modo en que las consignas circulan, se desdibujan o se afinan, y cómo una revuelta de oficiales puede entrar en contacto con la sociedad civil. El episodio no se agota en una batalla, sino que abre una competencia por el significado de la legalidad y por la legitimidad de la protesta.
Con Madrid como escenario privilegiado, el relato sigue la aceleración de los días: el rumor en las esquinas, la fiebre de los periódicos, la formación de juntas y clubes, y la lenta transformación de la curiosidad en compromiso. Las calles, los mercados y los barrios populares se convierten en actores, entre cierres de tiendas, patrullas y barricadas improvisadas. Galdós hace de la ciudad un personaje más, atento a la psicología de la multitud, a su temor y coraje, y a la forma en que los intereses privados se confunden con la causa pública cuando el orden vacila.
En contrapunto, la novela penetra en salones y ministerios, donde el entorno de la Corona calibra amenazas y busca sostener el gobierno. Se describen vacilaciones, pugnas internas y respuestas que oscilan entre la concesión y la represión. La camarilla, las fidelidades personales y los cálculos tácticos pesan tanto como los principios. El autor alterna estos interiores con la plaza, enfatizando la distancia, a veces insalvable, entre la lógica del poder y la energía de la calle. La gestión del conflicto se convierte así en un retrato de la fragilidad de las instituciones cuando la legitimidad está en disputa.
Fuera de la capital, la agitación encuentra ecos diversos. Ciudades y pueblos responden con ritmos y formas propias, lo que introduce matices a la imagen de un país homogéneamente sublevado. Galdós muestra cómo las vías de comunicación, todavía desiguales, condicionan la circulación de noticias y tropas, y cómo los notables locales median entre órdenes contradictorias y expectativas vecinales. Algunas guarniciones se mantienen expectantes, otras se mueven; en cada sitio, la mezcla entre cálculo militar y espontaneidad popular produce configuraciones distintas, que alimentan un panorama nacional en ebullición sin que nadie posea, todavía, el control completo del proceso.
En ese remolino, las figuras dirigentes calculan alianzas y límites. Los mandos del pronunciamiento tantean un entendimiento con sectores civiles reformistas, mientras los defensores del orden anterior miden el costo de resistir o ceder. El libro explora la tensión entre moderación y ruptura, y la elaboración de fórmulas de compromiso que puedan estabilizar la situación sin traicionar las expectativas despertadas. Galdós compone perfiles donde conviven ambición, prudencia y convicción, y donde la oportunidad política se debate con el deber. A partir de estas fricciones, se prepara un giro gubernamental cuyo alcance es deliberadamente presentado como apertura más que desenlace.
Sin descuidar el fresco político, la narración se detiene en vidas particulares atravesadas por el conflicto. Amistades y familias discuten, se separan o se sostienen, bajo el peso de la incertidumbre. La obediencia a la jerarquía choca con la lealtad íntima, y el deseo de cambio con el miedo a sus costos. Hay humor, compasión e ironía ante las pequeñas vanidades y los grandes sacrificios, y una mirada piadosa sobre las víctimas anónimas. En estas escenas, la revolución deja de ser consigna para convertirse en experiencia, con sus esperanzas, su violencia y sus consecuencias, nunca presentadas de modo complaciente.
El episodio cierra en un punto de inflexión que anuncia reformas y reacomodos, sin clausurar las tensiones que los hicieron posibles. Más que sentenciar, Galdós invita a pensar la mecánica de las transiciones: la relación entre militares y ciudadanos, la fuerza de la opinión pública, la fragilidad de los consensos y el precio de las promesas. La Revolución de Julio conserva su vigencia como exploración de los límites del orden y de la potencia de la movilización cívica, y como recordatorio de que los cambios de régimen abren horizontes sin garantizar el cumplimiento inmediato de las expectativas que los impulsan.
Contexto Histórico
Índice
La Revolución de Julio de Benito Pérez Galdós se sitúa en la España de mediados del siglo XIX, bajo el reinado de Isabel II. El marco institucional lo configura la Constitución de 1845, que concentró el poder en la Corona y unas Cortes muy restringidas, y un Estado centralizado que buscaba el orden tras décadas convulsas. El Concordato de 1851 con la Santa Sede fijó la influencia de la Iglesia en la vida pública, mientras el Ejército y la Guardia Civil —creada en 1844— garantizaron la seguridad y, a la vez, se volvieron actores políticos. En ese entramado se desenvuelven las tensiones que desembocaron en la revolución de 1854.
Galdós abordó estos hechos muchos años después, dentro de sus Episodios Nacionales, una serie que combina documentación histórica con narración novelesca para ofrecer una pedagogía de la nación. La Revolución de Julio, integrada en la serie dedicada al reinado isabelino, reconstruye las jornadas de 1854 y sus antecedentes, haciendo convivir personajes ficticios con figuras reales. El autor, atento a diarios, memorias y debates parlamentarios, escribe desde la distancia crítica del fin de siglo, lo que le permite evaluar errores, expectativas y límites del liberalismo español sin renunciar a la vivacidad del relato.
El telón de fondo inmediato es la llamada Década Moderada (1844–1854), dominada por los gobiernos de Narváez y otros líderes moderados. La Constitución de 1845 redujo el censo electoral, reforzó el papel de la Corona y uniformizó la administración. Se consolidaron cuerpos como la Guardia Civil y se intentó racionalizar la Hacienda con la reforma tributaria de 1845. A la par, el poder se rodeó de camarillas cortesanas y redes clientelares. La estabilidad vino acompañada de cierres políticos y de una libertad de imprenta intermitente, que alimentaron el descontento de progresistas y de sectores urbanos emergentes.
A comienzos de la década de 1850 la economía española sufría tensiones: deuda pública elevada, déficit, y una incipiente modernización marcada por concesiones ferroviarias, a menudo envueltas en sospechas de favoritismo. El marqués de Salamanca simbolizó para muchos el capitalismo de connivencia. La carestía, la desigualdad y la presión fiscal movilizaron a artesanos y jornaleros, mientras parte de la burguesía reclamaba reformas que favorecieran mercados y crédito. Las repercusiones del ciclo europeo —tras 1848— se dejaron sentir en España, donde los intentos de reforma profunda chocaban con la inercia de un sistema político oligárquico.
El campo político se articulaba en torno a moderados y progresistas, con familias y matices internos. Entre los moderados destacaban Narváez o Sartorius; entre los progresistas, Espartero, Madoz u Olózaga, y figuras emergentes como Sagasta. En el Ejército, Leopoldo O’Donnell representaba una sensibilidad destinada a converger más tarde en la Unión Liberal. Intentos de recentralización autoritaria, como el proyecto de Bravo Murillo en 1852, intensificaron el malestar. Galdós muestra cómo esas corrientes, lejos de doctrinas puras, se movían por equilibrios entre prestigio militar, opinión pública y negociación cortesana.
Otro condicionante fueron las guerras civiles previas. Tras el abrazo de Vergara (1839) y la Segunda Guerra Carlista (1846–1849) —con especial intensidad en Cataluña—, el Ejército quedó como árbitro recurrente de la política. La cultura del pronunciamiento había prendido desde la década de 1820 y reaparecía en cada crisis. La novela subraya esa militarización del juego político: generales altivos, cuarteles expectantes y un país rehén de bandos en armas. No es un adorno: ayuda a entender por qué, en 1854, la chispa militar encontró pronto combustible en la calle.
El episodio que abre la revolución fue el pronunciamiento de Vicálvaro (28 de junio de 1854), encabezado por O’Donnell. La acción quedó indecisa, pero dio paso al célebre Manifiesto de Manzanares (7 de julio), redactado por un joven Antonio Cánovas del Castillo, que exigía reformas: supresión de camarillas, rebaja de impuestos, convocatoria de Cortes y rehabilitación de la Milicia Nacional. La ambigüedad calculada del texto atrajo a progresistas y moderados descontentos. Galdós reproduce el eco de esas consignas y cómo las alianzas se tejieron sobre promesas que cada bando interpretó a su conveniencia.
Durante julio de 1854, Madrid y otras ciudades levantaron barricadas y juntas locales, mientras corrían los rumores a la velocidad de los pasquines y los cafés. Hubo asaltos a símbolos del régimen moderado y un clima insurreccional que forzó a la Corona a cambiar de rumbo. La Milicia Nacional reapareció como garante del orden liberal, y la calle se convirtió en escenario y actor de la política. La novela, sin convertir la crónica en catálogo, da voz al mundo urbano y a su nervio asociativo, subrayando el papel de la opinión y del miedo en la toma de decisiones.
La solución de compromiso fue la llamada al viejo prestigio de Baldomero Espartero, exiliado desde 1843, que regresó entre aclamaciones. Se inauguró el Bienio Progresista (1854–1856), con Espartero al frente del gobierno y O’Donnell como sostén militar imprescindible. Se abrió una etapa de expectativas: promesa de Cortes constituyentes, ampliación de libertades y reformas económicas. Galdós retrata ese momento de esperanza y también el cálculo de los generales, cuyo entendimiento era más táctico que programático, presagiando tensiones futuras entre el ideal progresista y la disciplina de cuartel.
Las nuevas autoridades decretaron la libertad de imprenta, restablecieron la Milicia Nacional y convocaron Cortes constituyentes. El proyecto constitucional de 1856 —que no llegó a promulgarse— buscaba ampliar derechos y reequilibrar poderes en sentido progresista. La cuestión municipal, la descentralización y la ampliación del censo fueron objeto de ásperos debates. El texto de Galdós, atento a discursos y pasiones, expone el contraste entre principios abstractos y la resistencia de intereses arraigados, desde corporaciones urbanas hasta la burocracia del Estado, pasando por la propia Corona, que maniobraba para limitar el cambio.
En el terreno económico, el Bienio impulsó dos medidas cardinales. La Ley de Desamortización General de Madoz (1855) puso en venta bienes comunales y eclesiásticos, con el propósito de sanear la Hacienda, financiar obras públicas y movilizar tierras. La Ley General de Ferrocarriles (1855) abrió de par en par el sector al capital —también extranjero—, acelerando la construcción de líneas. Estas reformas modernizaron estructuras, pero generaron desposesión local y nuevas oportunidades de especulación. La novela muestra el dinamismo de contratistas y financieros, el trasiego de cuadrillas y la ansiedad de pueblos que veían cambiar su entorno sin poder decidirlo.
El mundo del trabajo emergió como actor. En Barcelona y su área industrial, la tensión entre artesanos, manufactureros y nuevas máquinas culminó en 1855 con una huelga general, considerada pionera en España. La presión por mejores salarios y por el derecho de asociación se mezcló con reivindicaciones contra la represión. Hubo concesiones parciales y episodios de dura respuesta gubernativa. Galdós insinúa la gestación de una conciencia obrera incipiente, todavía más moral que doctrinal, y evita anacronismos: no hay partidos de masas, pero sí sociedades, ateneos y una sensibilidad colectiva que toma la calle como espacio de negociación.
La relación Iglesia-Estado, enmarcada por el Concordato de 1851, se tensó con la desamortización de Madoz, que afectó patrimonio eclesiástico y comunal. Desde púlpitos y prensa católica se denunció el anticlericalismo, mientras sectores progresistas defendían la supremacía del poder civil y la utilidad pública de las ventas. Galdós registra la religiosidad cotidiana —procesiones, sermones, devociones— junto a la política religiosa, subrayando las aristas de un conflicto que atraviesa familias y barrios. La cuestión no es decorado: determina alianzas, legitima resistencias y agrava la fractura entre reforma y tradición.
La esfera pública vivía una expansión acelerada. Diarios como El Clamor Público o La Época articulaban a progresistas y moderados, y en 1854 nació La Iberia, tribuna progresista vinculada a Sagasta. El café, el casino y el club funcionaron como ágoras políticas, mientras la sociabilidad literaria y los ateneos difundían ideas. A mediados de la década comenzó a desplegarse el telégrafo eléctrico y el ferrocarril acortó distancias, acelerando la circulación de noticias. Galdós, periodista antes que novelista de historia, plasma el vértigo informativo de una sociedad que descubre el poder formador —y deformador— de la opinión.
Las tensiones del Bienio no tardaron en aflorar: choques entre juntas locales y gobierno, divergencias entre Espartero y O’Donnell, inquietud por el orden público y recelos de la Corona. En 1856, O’Donnell tomó la iniciativa, intervino con tropas, disolvió las Cortes y dio por concluida la experiencia progresista, restableciendo en lo esencial el marco de 1845. El episodio confirmó el papel decisivo del Ejército como árbitro. La novela, aun sin anticipar desenlaces fuera de su foco, deja ver que las esperanzas de 1854 contenían la semilla de una nueva frustración liberal.
La vida cotidiana en ciudades como Madrid y Barcelona cambiaba con rapidez. La iluminación a gas se imponía en calles y teatros, la fotografía se popularizaba en estudios urbanos, y el ferrocarril abría horizontes de movilidad y negocio. La burguesía ocupaba cafés, paseos y salones, mientras la cultura del espectáculo —zarzuela, comedias— conquistaba públicos diversos. El costumbrismo literario convivía con un realismo observador que Galdós radicalizaría. Estos rasgos no son telón neutro: condicionan ritmos, trabajos y aspiraciones, y en la novela sirven para medir la distancia entre la promesa del progreso y sus efectos dispares.
También cambiaban los lenguajes de la política. La presencia de sociedades patrióticas, milicias ciudadanas y comités impulsó nuevas formas de participación, aunque sujetas a vaivenes y represiones. El sufragio seguía restringido, pero la calle y la prensa ampliaron el repertorio de la protesta. Galdós sitúa a sus personajes en esa pedagogía improvisada del liberalismo, donde se aprende a hablar de derechos, de constitucionalismo y de nación entre bando y bando, y donde cada conquista podía revertirse por decreto o por bayoneta, en una dialéctica que el autor no cesa de interrogar con ironía sobria y compasiva.
Biografía del Autor
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Benito Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria, 1843–Madrid, 1920) es uno de los grandes artífices del realismo en lengua española y el más influyente narrador de la España contemporánea. Su obra constituye una crónica literaria de la vida y los conflictos del siglo XIX, desde el final del reinado de Isabel II hasta la Restauración. Cultivó la novela, la narrativa histórica, el periodismo y el teatro. Retrató la vida urbana y provincial, los estratos medios y populares, las tensiones entre tradición y modernidad, entre religión y ciencia, entre liberalismo y conservadurismo. Su estilo aúna observación minuciosa, ironía y profunda empatía por los personajes.
Nació y se educó inicialmente en Canarias; se trasladó a Madrid en 1862, donde cursó estudios de Derecho en la Universidad Central, que no llegó a ejercer. Se formó como periodista y ensayista en la prensa madrileña y frecuentó el Ateneo, espacios que consolidaron su vocación literaria. Su horizonte intelectual se nutrió del realismo europeo (Balzac, Dickens, Flaubert), del legado cervantino y del costumbrismo español. Asimiló además corrientes racionalistas y krausistas que impregnaron su mirada crítica sobre la sociedad. De esa confluencia nació un método narrativo atento a lo cotidiano, al habla viva y a los mecanismos sociales que condicionan la conducta.
Su primera gran novela, La Fontana de Oro (1870), abordó el liberalismo del Trienio Constitucional con un enfoque histórico y moral. A partir de entonces consolidó una serie de obras que lo situaron en primer plano: Doña Perfecta (1876), Gloria (1877), Marianela (1878) y La familia de León Roch (1878). En ellas examinó los conflictos entre progreso y tradición, el peso del dogmatismo religioso, la educación sentimental y las desigualdades de clase. La recepción fue viva: admiración por su verismo y polémicas por su crítica de las rigideces sociales. Desde Madrid, que sería su gran escenario, afianzó una voz sobria y analítica.
En la década de 1880 y comienzos de la siguiente alcanzó su máxima madurez narrativa. La desheredada (1881), El amigo Manso (1882), Tormento (1884), La de Bringas (1884), Lo prohibido (1885) y, sobre todo, Fortunata y Jacinta (1887), seguidas por Miau (1888), Tristana (1892), Nazarín (1895) y Misericordia (1897), profundizaron en la psicología y en el retrato de la vida madrileña. Refinó el uso del estilo indirecto libre, el diálogo vivo y el detalle observacional. Sus novelas exploran aspiraciones y límites de las clases medias y populares, así como los dilemas éticos de una sociedad en transformación, con compasión crítica.
En paralelo a su producción novelística, emprendió el vasto ciclo de los Episodios nacionales, cinco series publicadas a lo largo de varias décadas que suman cuarenta y seis novelas. Con ellos narró, desde perspectivas múltiples, la historia española desde la guerra de la Independencia hasta la Restauración borbónica. Mezcló personajes ficticios con figuras reales, y combinó rigor documental con un dinamismo novelesco que buscaba acercar el pasado al lector común. Este proyecto forjó un imaginario histórico compartido y contribuyó a divulgar, con sentido crítico, los procesos políticos y sociales del siglo XIX, sin sacrificar el interés humano de la narración.
A finales del siglo XIX intensificó su dedicación al teatro, con el que quiso renovar la escena española. Obras como Realidad, Electra (1901), Casandra y adaptaciones de sus propias novelas alcanzaron gran resonancia, en ocasiones acompañadas de debates públicos por su tono anticlerical y reformista. Fue elegido miembro de la Real Academia Española hacia el cambio de siglo e intervino en la vida pública como diputado en varias legislaturas, vinculado a posiciones liberales y republicanas. Su actividad política y periodística se articuló con una obra que defendía la educación, la tolerancia y la modernización institucional, sin abandonar el rigor crítico.
En sus últimos años sufrió problemas de salud, incluido un avance de la ceguera, y atravesó dificultades económicas. Continuó, no obstante, escribiendo y dictando textos con ayuda de colaboradores, fiel a su disciplina de trabajo. Murió en Madrid en 1920. Su legado, vasto y cohesionado, consolidó un modelo de novela realista de ambición totalizadora y una manera de leer la historia como experiencia vivida por individuos concretos. La influencia de sus personajes, temas y técnicas alcanza a narradores y dramaturgos del siglo XX y XXI, y sus obras siguen reeditándose y adaptándose, prueba de una vigencia estética e intelectual excepcional.
La Revolución de Julio
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Madrid, 3 de Febrero de 1852.— En el momento de acometer Merino a nuestra querida Reina, cuchillo en mano, hallábame yo en la galería del Norte, entre la capilla y la escalera de Damas, hablando con
