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La sociedad post humana
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Libro electrónico123 páginas1 hora

La sociedad post humana

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LA SOCIEDAD POST HUMANA (2025) de Antonio Ramón Gutiérrez analiza, desde una visión psicoanalítica, el surgimiento de una era marcada por la definitiva caída del humanismo y del sujeto moderno. Una nueva dimensión subjetiva y una inédita cosmovisión, hacen que las tradicionales categorías del pensamiento ya no alcancen para explicar algo que se ha producido en el mundo y que tiene que ver con lo real desencadenado. De ahí la convocatoria a la creatividad y la poesía. La fase actual del discurso hegemónico de la época, en su intento de apropiación planetaria, ha construido a un nuevo sujeto inmerso en un perpetuo presente, un sujeto desculturizado, sin historia, errático, desabrochado, sin inscripción en el Otro. El autor ha publicado más diez libros de ensayo, numerosos artículos en diarios y revistas especializadas, además de novelas, poesía y cuento.
IdiomaEspañol
EditorialJuana Manuela
Fecha de lanzamiento17 nov 2025
ISBN9786316642738
La sociedad post humana
Autor

Gutiérrez Antonio Ramón

Escritor, psicólogo, psicoanalista, actual Profesor Extraordinario de la Universidad Católica de Salta. Se desempeñó como docente de Lingüística y Psicolingüística en esa Universidad por espacio de 38 años. Ex docente del Centro de Investigación y Docencia del Instituto Oscar Masotta, de psicoanálisis. Ha publicado más de veinte libros de poesía, narrativa y ensayo psicoanalítico.

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    La sociedad post humana - Gutiérrez Antonio Ramón

    Gutiérrez, Antonio Ramón

      La sociedad post humana / Antonio Ramón Gutiérrez. - 1a ed. - Salta : Juana Manuela, 2025.

      Libro digital, EPUB

     

      Archivo Digital: descarga y online

      ISBN 978-631-6642-73-8

     

      1. Sociedad Contemporánea. 2. Ensayo. 3. Ensayo Sociológico. I. Título.

      CDD A864

    LA SOCIEDAD POSTHUMANA

    ANTONIO RAMÓN GUTIÉRREZ

    LA PREGUNTA CENTRAL DE LA ÉPOCA DEBE SER SOBRE EL INCONSCIENTE

    Varias pueden ser las preguntas fundamentales en este tiempo: ¿cómo escapar de la circularidad de la fase actual del discurso capitalista, esa gran boca pantagruélica, que, por estructura, todo lo reabsorbe y lo reintroduce en su circuito, aun sus crisis y sus detracciones? ¿Cómo introducir hoy una excepción, un punto de descompletamiento en su recorrido circular?

    Pero la pregunta central de la época debe ser acerca del inconsciente. ¿Cómo podrán, en un futuro próximo, ser sujetos de pensamiento y tomarse a sí mismos como objeto en la razón seres no divididos por su decir, individuos deshistorizados, desculturizados, inmersos en un perpetuo presente, confinados en lo real más inmediato, sujetos cuyo lenguaje estará reducido a unas pocas palabras sin dimensión metafórica ni condición simbólica? Quizá Jorge Luis Borges lo haya adelantado en su magnífico cuento Utopía de un hombre que está cansado, de El Libro de Arena (1975), un cuento del autor de El Aleph, que he analizado en algunos de mis libros anteriores. 

    En el relato se trata de un narrador borgiano quien, en medio de la llanura, que puede ser cualquier llanura del planeta, llega a una casa donde lo recibe un hombre muy alto y extraño, que se supone pertenece al futuro. Quizá desde hace muchas décadas no recibe visitas. Dice el narrador: Ensayé diversos idiomas y no nos entendimos. Cuando él habló lo hizo en latín. Junté mis ya lejanas memorias de bachiller y me preparé para el diálogo (…). Por la ropa-me dijo-, veo que llegas de otro siglo. Lo cierto es que había desaparecido la diversidad de las lenguas y el habitante de la casa conservaba a lo sumo unas pocas palabras. Pero dice el habitante: Por lo demás, ni lo que ha sido ni lo que es me interesan. 

    Afirma el narrador: Juzgué prudente presentarme: -Soy Eudoro Acevedo, nací en 1897 en la ciudad de Buenos Aires y he cumplido ya los 70 años. Soy profesor de letras inglesas y americanas y escritor de cuentos fantásticos. El habitante contestó: No hablemos de hechos. Ya a nadie le importan los hechos (…), en las escuelas nos enseñan el arte del olvido, ante todo el olvido de lo personal y local. Del pasado nos quedan algunos nombres que el lenguaje tiende a olvidar (…). No hay cronología ni historia. No hay tampoco estadísticas. Me has dicho que te llamas Eudoro; yo no puedo decirte cómo me llamo, porque me dicen alguien (…), mi padre tampoco se llamaba. 

    En esa casa no había libros salvo un ejemplar de la Utopía de Moro impreso en Basilea en 1518. El habitante de la casa señaló: En los cuatro siglos que vivo no habré pasado de leer una media docena. Además no importa leer. (…) Y agregó: Cuando el hombre madura a los cien años está listo para enfrentarse con su soledad, hay quienes piensan en un suicidio gradual o simultáneo de todos los hombres del mundo.

    El narrador entonces le pregunta: ¿Todavía hay museos y bibliotecas? El habitante le contesta: No. Queremos olvidar el ayer. No hay conmemoraciones ni aniversarios. (…) Cada cual debe producir por su cuenta las creencias y las artes que necesita. 

    Dice el narrador: En las paredes había telas rectangulares en las que predominaban los tonos del color amarillo. Ésta es mi obra –declaró el hombre extraño- si te gusta puedes llevártela. El narrador dice: Pero las telas me inquietaron. No diré que estaban en blanco, pero sí casi en blanco. Después se oyeron golpes, era gente que venía a buscar al habitante de la casa para llevarlo a su muerte voluntaria.

    Más allá de que el cuento de Borges se sitúa en el futuro, pareciera adelantar algo de las condiciones de una época en que la deshistorización, el borramiento de las diferencias universales, la progresiva pérdida del lenguaje, la desconexión del lazo social y sobre todo las profundas mutaciones en el orden simbólico, comienzan a evidenciarse en vastos sectores poblacionales. Sujetos sin amarras, sin una idea de porvenir ni futuro, integrantes de un universo amorfo en el que el desfallecimiento del deseo es el resultado de la voracidad de un capitalismo que se ha tornado absoluto y caprichoso.

    El empuje irrestricto hacia el objeto, lo que podríamos llamar capitalismo absoluto, instala el frenesí del goce incondicional concomitante a la pulsión de muerte.

    La muerte como la única y paradójica utopía, en definitiva, la desaparición de todo deseo.

    LO MONSTRUOSO RETORNA DESDE EL FUTURO

    No es el pasado el que retorna como un espectro sobre la superficie contemporánea a modo de insistente repetición, sino lo por venir, lo que aguarda por delante y que se anuncia en signos que desafían al tiempo cronológico y comienzan a habitar el presente. El futuro puede quedar a las espaldas.

    La relatividad del tiempo de la física atañe hoy, exagerando la analogía, a lo social. El futuro nos ha alcanzado a causa del movimiento circular civilizatorio. La humanidad recibe, debido a esa circularidad que une el futuro con el pasado, algunas muestras de lo que será la sociedad post humana.

    Pero es de esperar que en algún momento surja un límite, una barrera de contención que evite el paso hacia las desembocaduras y el fin de la civilización, ya de por sí resquebrajada, y no sólo por estructura. ¿De dónde advendrá un punto de sujeción al desencadenamiento de la Cosa? Nadie lo sabe.

    Porque si se insiste en el movimiento hacia la destrucción, hacia el mandato de goce y la caída de los límites, lo que aguarda a la vuelta de la esquina es la caverna, aunque esta vez la puerta de roca de la entrada se abra con tecnología e inteligencia artificial.

    La robótica no necesitará entonces de metales, sino de mutaciones antropológicas. Uno ya se encuentra con robots humanoides todos los días, individuos cortados por la misma tijera, operadores que actúan como autómatas y repiten insistentemente frases aprendidas sin salirse del libreto ni pasar por la reflexión, especies de grabaciones telefónicas para trámites o reclamos. En todos los tiempos hubo automatismo mental y repetición, pero hoy ganan la centralidad de la escena. 

    El proyecto de la ultraderecha mundial va en esa dirección: insensibilizar al sujeto humano, vaciarlo de la estopa pensante, volverlo armónico y consustancial a la apropiación planetaria por parte de unos pocos dioses que buscan lo absoluto. Como en algunas obras de ciencia ficción, lo monstruoso viene no del pasado sino del futuro. 

    Las creaturas vociferantes de algunos gobiernos, productos no ya de los cambios civilizatorios sino de las mutaciones antropológicas, se anticipan al futuro y desde ahí retornan sobre el presente para mostrarnos lo que será el mundo y el sujeto humano si se insiste no en un orden democrático, sino en el sistema económico mundial que pregonan: una proliferación de individuos desabrochados, inhumanos,

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