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Lucifer Lucifer: Todo lo que siempre quiso saber sobre Satanás y nunca se atrevió a preguntar
Lucifer Lucifer: Todo lo que siempre quiso saber sobre Satanás y nunca se atrevió a preguntar
Lucifer Lucifer: Todo lo que siempre quiso saber sobre Satanás y nunca se atrevió a preguntar
Libro electrónico302 páginas3 horas

Lucifer Lucifer: Todo lo que siempre quiso saber sobre Satanás y nunca se atrevió a preguntar

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Lucifer Lucifer, Todo lo que siempre quiso saber sobre Satanás y nunca se atrevió a preguntar, es fruto de una investigación exhaustiva sobre el símbolo del mal en la cultura occidental. Comienza por definir etimológicamente palabras como demonio o diablo, trazando su génesis desde el proto-indoeuropeo hasta hoy, y aborda la idea del Maligno a través de la historia de las religiones y su evolución hasta llegar al concepto de un diablo y su legión de demonios desde Mesopotamia hasta la actualidad pasando por los Rollos del Mar Muerto, las demonolo- gías hebreas y las escrituras del cristianismo.
Explora la poco estudiada tradición mágica, las tradiciones populares, la historia de los grimorios, la simbología satánica en el arte (desde los evangelios y la literatura fáustica hasta el Heavy metal y los videojuegos), concluyendo con la tradición católica de los exorcismos y la lucha contra el Maligno, un símbolo vivo de nuestra mitología en Occidente.
No en vano el diablo es el eterno testigo, siempre presente, de nuestras peores hazañas. Porque, aceptémoslo, el abismo donde están encadenados los ángeles caídos es una sima que finalmente nos mira desde adentro de nosotros mismos.
IdiomaEspañol
EditorialAlmuzara México
Fecha de lanzamiento25 nov 2024
ISBN9786076989999
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    Lucifer Lucifer - Salvador Hurtado

    Introducción

    Existe una antigua exégesis de la Biblia en donde se considera que el ser humano se aparta inexorablemente del resto de la creación al momento de probar el fruto de la ciencia del Bien y del Mal. En otras palabras, así como según Levi-­Strauss, no podemos concebir al ser humano sin la palabra; la patrística de nos dice que tampoco podemos concebir a la humanidad sin la noción de bueno y malo (primer pensamiento abstracto posible). Y esta diferenciación entre el bien y el mal, la cual nos obliga al juicio y nos transforma en seres morales imputables por nuestras elecciones hacia lo bueno o lo malo; es el verdadero muro insalvable (o querubín de fuego) que nos expulsa del resto de la creación y de ser un eslabón más de la cadena alimenticia. Sin embargo, si aceptamos que el humano es, desde el principio, responsable de sus actos; tendremos también que la tentación al mal es una parte constitutiva de la naturaleza humana. Una tentación que los judeo-cristianos asocian con un personaje llamado diablo.

    Se ha escrito mucho acerca del diablo. Se han escrito libros teológicos sobre su existencia como persona, libros filosóficos sobre su inexistencia, tratados psicológicos sobre cómo nos proyectamos en la figura del ángel caído, libros psicoanalíticos sobre su simbolismo y sus arquetipos. Existen cantidad de catecismos para protegernos de sus trampas y también de tratados mágicos para consagrarnos a él en un pacto indisoluble. Se han escrito sátiras, farsas y tragedias al respecto de este evasivo personaje. Sin embargo, pocas veces se ha tratado al demonio desde un punto de vista imparcial y sin tomar partido.

    En contadas ocasiones se ha abordado al diablo como un ser al que conocemos más a través de la narrativa, los mitos, los ritos y las tradiciones que a través de los textos sagrados canónicos; los cuales guardan un silencio intrigante sobre este ubicuo personaje.

    Es verdad que algo conocemos del diablo a través de las historias del canon judeo-cristiano, aunque a decir verdad, su folclore pervive por medio de las historias populares y de la tradición oral, pero sobre todo en la tradición mágica occidental. Los mitos en que se le menciona, ya sean aceptados por la iglesia o apócrifos, dan pié a los ritos tanto de protección como de invocación. Los libros de magia, ya sean blancos o negros, proliferan en nuestro siglo XXI y mantienen viva la idea del diablo.

    Parafraseando a G. Papini podemos decir que este ser infame pero famoso, invisible pero omnipresente, ora negado y ora adorado, ya temido y vilipendiado o emulado y exaltado. Que tiene sus cantores y sus sacerdotes, sus santos y sus mártires, sus cortesanos y sus profetas (porque el infierno también tiene sus héroes); es mucho más popular de lo que es comprendido, mucho más representado de lo que es co­nocido. Por lo que esta investigación pretenderá abordar al diablo sin una idea pre-concebida, sin simpatías o animadversiones.

    Porque este personaje literario, este adversario espiritual, esta sombra Junguiana proyectada por nuestra propia luz, y que es parte inherente de nuestra concepción del mundo; ha tenido, y todavía conserva, una vasta influencia social, política y judicial en el inconsciente colectivo de este mundo globalizado del cambio de milenio. No en balde los políticos norteamericanos declaran la guerra al eje del mal o al imperio del mal y a su vez son bautizados como el gran Satán por los ayatolas iraníes.

    En este sentido, esta investigación pretende ser honesta, en el sentido en que al iniciarla el autor no pretendía demostrar ninguna hipótesis, sino simplemente profundizar con toda seriedad y rigor académico (aunque sin su solemnidad) en uno de los más influyentes tótems y tabúes (humor freudiano) de nuestra caótica percepción del universo. Y, aunque el libro termina con algunas conclusiones en el epílogo, éstas son válidas únicamente para el que ahora escribe. Sin embargo, cada lector llegará a sus propias conclusiones bien informadas al acompañarme en este viaje de exploración.

    Si es que hay verdad en el dicho de que uno se conoce por la talla de sus adversarios, entonces el conocer al enemigo es también una forma de conocer a Dios. O, para los no creyentes, podemos inferir algo de nuestra propia luz a través del descubrimiento de nuestra propia sombra.

    Desde luego, sería imposible hacer un análisis de la totalidad de las demonologías y personalizaciones del mal. Pretender abarcar la totalidad de las cosmologías que abordan este tema sería tanto como tratar de abrazar la mitad del universo con una mano. Por lo que, dado que el diablo es un personaje de la religión judeo-cristiana y, por tanto, de la sociedad occidental, este trabajo tomará como punto de referencia la tradición occidental desde sus más antiguas influencias, y tendrá que obviar extraordinarias tradiciones como la tibetana o la mesoamericana (por citar dos ejemplos).

    Estudiar la figura del diablo es, en cierta manera, estudiar a un recién llegado. La personificación del Mal es un fenómeno relativamente reciente desde el punto de vista de la historia de las religiones. Los vestigios neandertales de ritos funerarios, que datan de hace 40,000 años, ya dan cuenta de un pensamiento religioso y de una creencia en el más allá. Autores como Levi-Srauss, Margaret Murray o René Girard concuerdan en que el bien y el mal no tenían cabida en los sistemas religiosos del dualismo primitivo. Los dioses podían ser favorables o desfavorables y tener aspectos tanto positivos como negativos, pero su condición divina los ponía más allá del juicio moral que distingue lo bueno de lo malo. Con el tiempo y el desarrollo del politeísmo, comenzaron a aparecer dioses de la enfermedad, la muerte, la fatalidad; los cuales eran temibles, aunque no necesariamente malos.

    La aparición de los demonios en la Mesopotamia, marca el primer indicio de deidades que encarnaban el daño y el mal sin ningún aspecto positivo a cambio. Esto ocurrió alrededor del año 3000 antes de Cristo. Es decir 37000 años después de los entierros del paleolítico. Y más aún, la figura de un diablo como encarnación totalizadora del mal absoluto tiene su origen en la Persia mazdeísta del siglo IV antes de nuestra era. Por eso digo, un tanto en broma, que el diablo es un recién llegado.

    La pertinencia de estudiar al Príncipe de las mentiras en el siglo de la virtualidad, la cibernética y el ciber-espacio es indudable; ya que el personaje de Satanás –quien se encuentra casi ausente en la biblia–, es uno de los más influyentes en la cultura occidental antigua y contemporánea.

    El demonio, a través de mitos, ritos, web pages y literatura (tanto narrativa oral, como escrita) ha logrado permear la concepción del mundo que nos ha legado Europa. Los derivados literarios de la presencia satánica son innumerables. Dante, Milton, Marlow, Blake, Baudelaire y tantos, tantos otros han abonado al mito del Maligno a través de sus textos. ­También existe una literatura, –por demás representativa aunque poco estudiada– de este fenómeno y que está constituida por los libros de magia; los cuales existen tanto dentro como fuera de la Iglesia católica. Desde el Grimorio del Papa Honorio del siglo VI al Malleus Maleficarum de los inquisidores, o al Ritual Romano de los exorcistas (reformado este último en 2010); hasta los temibles grimorios de la Goetia y el satanismo como las Clavicula Salomoniis (Pequeña llave de Salomón), el Lemegeton o el fantástico Necronomicón de Lovecraft.

    Hoy en día, el diablo es un mito vivo si tomamos en cuenta los parámetros que enumera Mircea Eliade. Los ­exorcismos y posesiones demoníacas han aumentado considerablemente de acuerdo con el exorcista oficial del Vaticano (padre Gabriele Amorth), las iglesias del satanismo prosperan y los ritos satánicos (con sacrificios humanos incluidos) aparecen en las portadas de los tabloides de nota roja.

    Estamos, pues, en un tiempo donde la superstición demoníaca se tacha de engaño para ingenuos. Y, a la vez, nos sale al encuentro a cada paso como uno de los componentes esenciales menos estudiados de nuestra cultura; ya sea que vayamos a ver Fausto a la ópera, escuchemos Sympathy for the Devil con los Rolling Stones, o juguemos un videojuego de horror como Dante’s Inferno, Diablo o el clásico Silent Hill.

    Este trabajo es una aproximación a un tema fundamental para nuestra civilización y que debe explorarse al margen de la teología (aunque sin renunciar a ella). Y es que lo trascendente de lo demoniaco y lo diabólico no es tanto si Satanás existe o no como Ser espiritual, sino que tantas personas han creído en su existencia mientras vivían sus vidas, creaban sus obras y daban forma al mudo occidental y nuestra concepción del universo.

    Mientras tanto Dios y el diablo prosiguen su lucha eterna por nuestras almas a través de los ritos de sus respectivas iglesias, los mitos que las sustentan y el arte en general. Puesto que, como no haya quien los conozca en persona, conservan todavía su condición de personajes literarios.

    Solo me queda esperar que para el lector, la información de este libro sea tan esclarecedora y reveladora como lo fue para mí y que aquellos que crean en lo sobrenatural puedan encontrar sus propias respuestas a preguntas tan antiguas como ¿Porqué existe el mal? ¿Porqué un Dios bueno permite que ocurran tragedias y catástrofes? ¿Existe el diablo? ¿Es parte de nosotros mismos? Etc. Etc. Ad infinitum.

    Salvador Hurtado

    I

    ¿Qué diablos decimos

    cuando decimos diablo?

    El Diablo y yo nos entendemos

    Como dos viejos amigos

    A veces se hace mi sombra

    va a todas partes conmigo…

    Jaime Sabines

    Los demonios

    Generalmente la gente utiliza las palabras diablo y ­demonio de manera indistinta, refiriéndose a espíritus malignos o al Príncipe de las tinieblas por igual. Sin embargo existe una gran diferencia en el significado profundo de uno y otro término y también en sus implicaciones teológicas. Cómo veremos más adelante, siendo el diablo un demonio, se diferencia de todos los demás espíritus del mal en muchos aspectos.

    Así que comenzaremos esta investigación siguiendo el primer punto de la escolástica: definitio terminorum; es decir definiendo los términos, aunque sea para asegurarnos de estar hablando de lo mismo. Es posible que algunos lectores discrepen de los términos en que definiré diablo y ­demonio, pero recurro a la etimología para justificar el cómo ­usaré estas voces dentro del presente libro. Además las etimologías nunca dejarán de sorprendernos, ya que siempre nos esclarecen contundentemente qué es lo que en realidad decimos cuando decimos algo.

    La palabra demonio aparentemente deriva de la raíz indoeuropea daio, que originalmente tenía una acepción de dividir, racionar o separar. Esta palabra pasó a la koiné griega como daimon y daimonion, de donde, en el latín clásico, se transformó como daemonium.

    Esta antigua voz denominaba originalmente a cualquier ser divino, e incluso se utilizaba, si bien ocasionalmente, para nombrar a los dioses y diosas de alto rango en el panteón clásico. Sin embargo, generalmente el término se utilizó para referirse a seres espirituales de rango inferior que interactuaban entre los dioses y la humanidad. Es por ello que Aristóteles y Platón llamaron demiurgo a aquello que interactúa entre el Ser metafísico y el mundo material.

    Hoy en día, en el mundo occidental, el término ­demonio se refiere básicamente a los espíritus malignos. Y el vocablo conserva todavía, aunque de forma oculta, su significado original: dividir.

    De acuerdo con la patrística, los cuatro trascendentales griegos del Ser: unidad, belleza, bondad y verdad (unum, pulchrum, bonum, verum) pasaron a convertirse en atributos de la divinidad: buena, bella, verdadera y única. Por lo que, desde el punto de vista etimológico, demonio es todo ser que divide, separa o aparta de Dios; atentando contra su unidad. Es también toda entidad que atenta contra la belleza la bondad y la pureza, como trascendentales de la divinidad.

    Pero, sorprendentemente, existe una raíz todavía más antigua que precede a la palabra daio y que es origen tanto de lo divino como de lo demoníaco.

    El fenómeno mediante el cual la idea de lo divino y lo demoníaco surgen de una misma palabra se puede vislumbrar en las lenguas arcaicas de Irán y la India; donde el significado de la raíz proto-indoeuropea original ha cambiado y se ha deteriorado en el caso de la palabra daeva o daeuva. En el idioma avésdico, dicha palabra tiene una similitud etimoló­gica perfecta con la voz sánscrita deva. Ambas evolucionaron de la raíz indoeuropea div, (de donde también evolucionan las palabras Zeus, la voz latina deus y la castellana divino). Div, significaba literalmente el brillante o el Ser de luz, el Iluminado. Característica sagrada, ya que entre todos los pueblos arios o indoeuropeos, el fuego representaba el co­nocimiento divino, como lo demuestran el mito de Agni o el de Prometeo. Sin embargo, mientras que los devas sánscritos de la mitología hindú son dioses buenos y benéficos para la humanidad, los daevas del Avesta, en la versión de Geldner (Geldner Friedrich en Der Zoroastrische Religion Das ­Avesta), son perversos espíritus malignos. Debido al fenómeno mediante el cual los dioses protectores de mis enemigos se transforman en mis demonios.

    Guardando similitud con las cualidades del fuego, la palabra div se usaba para nombrar deidades que, como veremos más adelante, podían ser tanto benéficas como destructivas. Pero con el correr del tiempo, la misma raíz dio forma a lo divino y sus derivados tanto como a lo demoníaco.

    Si bien lo divino y lo demoníaco están bien diferenciados en la mente popular, no ocurre lo mismo con lo intrínsecamente maligno. La palabra demonio usualmente se confunde –como ya mencioné– con la palabra diablo hasta el grado de que ambos vocablos son usados como sinónimos. Las dos palabras se utilizan para calificar a los espíritus malignos o, desde un punto de vista judeo-cristiano, a los ángeles caídos. Pero, desde el punto de vista católico, la distinción precisa de los dos términos en el uso eclesiástico se puede encontrar en la declaración del Cuarto Consejo Laterano: "Diabolus enim et alii daemones a Deo quidem natura creati sunt boni, sed ipsi per se facti sunt mali (cap. i, Firmiter ­credimus), es decir: El Diablo y todos los demonios fueron creados por Dios buenos en su naturaleza, pero ellos, por sí mismos y por sus actos, se hicieron malos; de donde se infiere que el jefe de los demonios es llamado diablo. Esto se corrobora en Mateo 25:41, donde dice: El Diablo y sus ángeles". Esta distinción proviene del Nuevo Testamento de la Vulgata, donde Diabolus representa al Diabolos griego y en casi todas las menciones se refiere al mismo Satanás, mientras que todos sus ángeles subordinados son descritos, de acuerdo con el original griego, como daemones o daemonia en el plural. Ello no ­indica, de ninguna manera, una diferencia entre la naturaleza de dichos seres; ya que Satanás está claramente incluido entre los daemones en el evangelio de San Lucas:

    Pero algunos decían: Por Belcebú, príncipe de los demonios, echa fuera los demonios. […] Mas él, conociendo los pensamientos de ellos, les dijo: Todo reino dividido contra sí mismo es asolado; y una casa, dividida contra sí misma cae. Y si también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo permanecerá su reino?" Ya que decís que por Belcebú echo yo fuera los demonios

    (Lucas 11:15-18)

    También en Santiago: Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen y tiemblan. (Santiago 2:19). En los Evangelios, se puede ver que los términos diablo y demonio se usan de manera diferenciada como he explicado.

    El diablo

    El término diablo viene de diabolus (diabolos–diabalein), la palabra griega que denotaba al acusador en un juicio legal, de la manera en que lo hace un agente del ministerio ­público o un fiscal de distrito. Aparentemente esto sugeriría una rela­ción cordial con Dios como aparece en el Libro de Job:

    Un día vinieron a presentarse delante de Jehová los hijos de Dios, entre los cuales vino también Satanás. Y dijo Jeho­vá a Satanás: ¿De dónde vienes? Respondió Satanás a Jehová, dijo: De rodear la tierra y de andar por ella. Y Jehová dijo a Satanás: ¿No has contemplado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal? Respondiendo Satanás a Jehová dijo: ¿Acaso teme Job a Dios de balde? ¿No le has cercado alrededor a él y a su casa y a todo lo que tiene? Al trabajo de sus manos has dado bendición; por tanto sus bienes han aumentado sobre la tierra. Pero extiende ahora tu mano y toca todo lo que tiene, y verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia. Dijo Jehová a Satanás: He aquí, todo lo que tiene está en tu mano; solamente no pongas tu mano sobre él. Y salió Satanás de delante de Jehová:"

    (Job 1:6-12)

    Los juicios en la época clásica tenían una función dialéctica: el acusador se tornaba en una especie de antítesis de la bondad y la inocencia del acusado; en este caso toda la ­humanidad. (De hecho, en el Apocalipsis, se utiliza literalmente la palabra acusador). Por lo que el diabolos era a menudo sinónimo de calumniador, un ser maligno que buscaba siempre la pena más severa para el acusado y que pretendía demostrar su culpabilidad (aunque al final el juez lo encontrara inocente). En una palabra: el diabolos es el temido calumniador que pretende demostrar la culpa y que exige el castigo, como en el caso de Job, incluso sin merecimiento del acusado.

    Esto nos coloca a un paso de generar una alusión a la rebelión de los ángeles caídos y al juicio divino.

    Ahora ha venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo; porque ha sido ­lanzado fuera el acusador (ho kategoros) de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche.

    (Apocalipsis 12:10)

    De esta manera también responde al nombre hebreo de Satanás, que significa el adversario, el enemigo o el calumniador. De manera que en el mismo pasaje del Apocalipsis se puede leer:

    Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama Diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra y sus ángeles fueron arrojados con él.

    (Apocalipsis 12:9)

    En este pasaje encontramos alusiones directas a la serpiente del jardín del Edén que engañó a Adán y a Eva para hacerlos comer del fruto prohibido. Es curioso notar que en el Génesis hebreo, la serpiente no tiene nombre; ni siquiera se especifica su cualidad demoníaca más que por metáfora: la serpiente, el más astuto de los animales. Incluso algunos autores la han relacionado con Lilith, mito que abordaremos más adelante, pero San Juan no deja dudas en su libro de las revelaciones sobre la identidad del ofidio.

    También hay que notar que la palabra griega para serpiente es draka, o drakón para una gran serpiente, de donde deviene la palabra dragón. Tampoco es coincidencia que los ángeles rebeldes hayan sido lanzados a la tierra; lugar donde moran y medran el diablo y sus demonios según la cosmovisión judeo-cristiana. ¡Ay de los moradores de la tierra y el mar! Porque el Diablo ha descendido a ustedes con gran ira, sabiendo que tiene poco tiempo. (Apocalipsis 12:12).

    Existe también otra dimensión a la figura de Satanás, donde se nos presenta como el gran tentador. Es quien ha tentado a Eva para desobedecer a Dios. Es quien ha separado (daio) a nuestros primeros padres de la divinidad

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