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El doctor francés
El doctor francés
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Libro electrónico483 páginas6 horas

El doctor francés

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Nadie es profeta en su tierra.

En los albores del siglo XIX, cuando no se conocía aún la existencia de microbios y la práctica de la medicina era controvertida,un doctor francés lo deja todo y se instala en el México independiente en busca de aventura y libertad. Así, el doctor Jean-François Macouzet desafía las antiguas teorías y tradiciones y adopta conocimientos ancestrales de la antigua civilización Purépecha.

En una prueba de sabiduría, coraje y perseverancia, el médico aventurero seguirá sus convicciones que lo harán enfrentar numerosos obstáculos, los cuales deberá superar bajo riesgo de ver desaparecer todos sus sueños y proyectos. En el transcurso de los años, el singular doctor francés aprenderá que no siempre se puede controlar el destino.

IdiomaEspañol
EditorialCaligrama
Fecha de lanzamiento25 ene 2021
ISBN9788418500794
El doctor francés
Autor

Martín Macouzet García

Originario de México, Martín Macouzet García sigue una formación científica que lo lleva a formar parte de la plantilla de profesores de la Universidad Nacional Autónoma de México. En 1997, Martín viaja a Montreal para realizar estudios de doctorado en la Universidad McGill y al término de estos realiza investigaciones posdoctorales en los laboratorios del Gobierno de Canadá. Apasionado por la historia y las tradiciones mexicanas, Martín aprovecha su formación científica y su sensibilidad pedagógica para ponerlos al servicio de la literatura. Así, después de haber reorientado y enriquecido sus habilidades en escritura, Martín produce su primera novela histórica titulada El doctor francés.

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    Mar 4, 2025

    ¡Qué novela tan cautivadora!

    A través de la biografía novelada del Dr. Macouzet, el autor nos transporta a los orígenes de la medicina en México, específicamente en Michoacán, justo después de la independencia. La obra no solo está cargada de detalles históricos bien documentados, sino que también ofrece una mirada profunda a las costumbres y tradiciones de la época, muchas de las cuales perduran hasta hoy.

    El romance y la historia se entrelazan perfectamente, haciendo que la lectura sea amena y envolvente. Además, el autor logra un equilibrio perfecto entre el humor y la seriedad, mientras el protagonista se enfrenta a una cultura muy diferente a la suya. La novela es emocionante, de fácil lectura, y tiene personajes muy bien construidos que logran conectar al lector de principio a fin.

    Sin duda, un excelente trabajo literario que ofrece una visión única sobre la medicina en México. Felicitaciones a Martín Macouzet García por esta joya literaria. ¡Un libro que se disfruta de principio a fin!

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El doctor francés - Martín Macouzet García

Agradecimientos

Agradezco sinceramente a todas las personas e instituciones siguientes, que contribuyeron directa o indirectamente a la creación de esta obra: mi esposa y mis hijos, quienes fueron a menudo privados de mi atención durante el tiempo que dediqué a la investigación y redacción; madame Josée Ouimet, autora de novelas históricas, por haberme incitado a escribir la novela y por sus consejos profesionales; mi amigo Roland Robin, por su contribución a la adaptación lingüística de la versión francesa; la Hemeroteca Pública Universitaria Mariano de Jesús Torres (Morelia); la biblioteca de la Facultad Mexicana de Medicina; la Universidad La Salle (México) y la Hemeroteca Nacional Digital de México de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) por su preciosa ayuda en la investigación y recuperación de documentos; todos aquellos que me motivaron a terminar este proyecto y me apoyaron con sus comentarios.

Prefacio

Esta novela es el resultado de un ambicioso trabajo de investigación, estimulado por la voluntad de rastrear la trayectoria poco común de un personaje con un destino insólito. Aunque la historia que aquí se relata está grandemente apoyada sobre hechos históricos, el texto se complementa también con la imaginación del autor. El resultado es una obra que transporta al lector al mundo trepidante de un joven médico en busca de aventura y de la verdad. Los personajes principales son en su mayoría reales y conservan sus nombres originales.

El lector se sumerge rápidamente en el universo palpitante del aprendizaje de una medicina aún aproximativa y desprovista de recursos. Asimismo, es llevado a las complicaciones de la trayectoria personal de este anhelante médico. El relato refleja también la forma de vida en una época en la que los contrastes podían ser flagrantes e irreconciliables entre riqueza y pobreza, sueños y realidad. En ese contexto, la búsqueda de la felicidad es también aquella del equilibrio entre retos, angustias, serenidad y amor.

Con el fin de aproximarse a la realidad, la terminología utilizada en esta obra es en ocasiones técnica y aparecen también palabras antiguas, de uso local o de origen indígena. El significado de los términos que no son de uso común se describe al calce en su primera aparición para facilitar la lectura.

Primera parte

I

¡Hay que prevenir la gripa!

Estrasburgo, noviembre de 1825

La tímida luz de un otoño agonizante se filtra a través de las ventanas escarchadas del anfiteatro y se suma al pobre resplandor amarillento producido por los quinqués. Aunque débil, esta iluminación hace un poco menos macabra la escena de los tres cadáveres que se encuentran extendidos en el aula. La baja temperatura del lugar contribuye a dar un toque lúgubre; pero, al menos, impide que los temidos miasmas¹ puedan movilizarse libremente para ejercer sus efectos nocivos. Los tintineos esporádicos de objetos metálicos son lo único que rompe el silencio en ese fúnebre recinto, pero son súbitamente interrumpidos por una voz grave, con un fuerte acento germánico:

—Señor Macouzet.

—Dígame, doctor Lobstein —responde Jean-François dirigiéndose hacia el escritorio de su interlocutor, con el pesado andar típico de una persona corpulenta.

—Acabo de terminar la revisión de los informes de las autopsias que practicaron los estudiantes. Usted los orientó muy bien en sus trabajos. Solamente el joven Kirschleger se dejó engañar por el balazo que le dimos al cadáver. ¿Cuál era su actitud durante la autopsia?

—Trabajó muy duro; además, es muy minucioso para sus notas y…

—¡Pero le falta perspicacia! De seguro va a reprobar el curso de Anatomía patológica y, por lo tanto, será expulsado de la Universidad. Desafortunadamente para él, no será posible que repita la autopsia, pues yo debo ir a recoger unas osamentas que me han enviado de Montpellier. ¿Podría, por favor, asegurarse de que los estudiantes terminan de preparar los cadáveres antes de partir? Los cuerpos serán inhumados mañana.

—Está claro, doctor Lobstein. También, si usted quiere, podría quedarme a supervisar a Frédéric Kirschleger mientras repite la autopsia.

—¡Vaya una situación inhabitual! De todas formas, considerando que usted es un excelente estudiante, acepto darle una segunda oportunidad a ese joven. Usted debe tener mucho trabajo con la preparación de su tesis y yo creo que ya es bastante la ayuda que me da en este curso; pero, en fin, ¡si quiere quedarse, es asunto suyo! Por cierto, cuando yo regrese, me gustaría hablar con usted respecto a su trabajo de tesis. Hay algo que quisiera proponerle.

—Está bien, doctor, yo lo esperaré.

Antes de salir del anfiteatro, el doctor Lobstein se dirige al estudiante reprobado y, con un tono déspota, exclama:

—¡Kirschleger! Estoy muy decepcionado con su trabajo, aun el carnicero hubiera sabido que el balazo no había sido la causa de la muerte. Le doy el resto de la tarde para que encuentre la verdadera causa y para que corrija su informe. Jean-François Macouzet se quedará con usted para asegurarse de que no cometa más estupideces.

Ante el insulto, Frédéric parece impávido, pero su rostro pálido adquiere pronto un tono rojizo. Incapaz de articular una sola palabra, el estudiante asiente con la cabeza y dirige su vista al piso, intimidado por la mirada de Lobstein.

Del otro lado del aula, Jean-François supervisa que los otros estudiantes terminen de recoger y lavar los utensilios quirúrgicos. Al voltear a ver a Frédéric Kirschleger, descubre que este último está inmóvil mirando el cuerpo del difunto.

—¡Hey, Frédéric! ¡Apúrate! Solo tienes pocas horas para terminar la autopsia.

—Lo siento, Jean-François, pero no sé por dónde comenzar. ¿Cómo podría inspeccionar todos los órganos?

—Debes basarte en la historia clínica. ¡Mira! —indica Jean-François mientras levanta el informe de los antecedentes médicos del difunto—. Aquí dice que el paciente sufría de gota desde hacía muchos años, y sabemos que eso es común que traiga consecuencias en el corazón. Además, dice que el pulso era anormal y que el paciente ya no era capaz de acostarse por la presión que sentía en el pecho. ¿Qué te sugiere eso?

—¿El… corazón? —responde con titubeos el inseguro estudiante.

—¡Ya ves! No es tan complicado. Debes basarte en los antecedentes y seguir tu instinto. Ahora apúrate si es que quieres terminar antes de que regrese el profesor.

El joven estudiante se pone a trabajar sin demora y, mientras hace sus manipulaciones quirúrgicas, comienza a interrogar a su asesor:

—¡Dime, Jean-François! ¿Cómo es que sabes tanto si todavía eres un estudiante?

—Cierto, pero yo ya practiqué por varios años en el Hospital Civil de Lyon y otros cuantos en el de París. Tú apenas vas en el segundo año de Medicina. Con un poco más de experiencia te sentirás más seguro para tomar las decisiones correctas. Además, debes aprovechar que tienes a Lobstein como profesor. Es cierto que es una persona difícil, pero ¡es una eminencia! y sus trabajos son reconocidos mundialmente.

—Es cierto —responde Frédéric con resignación.

Frédéric hace una reflexión silenciosa antes de continuar la conversación.

—¿Sabes, Jean-François? Sinceramente, no me gusta abrir muertos o ver el sufrimiento de los enfermos. Lo que me interesa de la medicina es el aspecto farmacéutico y la aplicación de la botánica para este fin. Afortunadamente, Christian Nestler, el profesor de Botánica, me invitó a trabajar con él en la farmacia del Hospital Civil de Estrasburgo. Acabamos de terminar una lista de las plantas menos conocidas de Alsacia y de Vosgos. Ya estamos casi listos para publicarla. ¡Eso es lo que me apasiona!

Después de hacer algunas incisiones en el cadáver, el estudiante agrega:

—Hemos dejado perder los conocimientos, que se habían acumulado por siglos, en relación a las plantas medicinales, yo quiero contribuir a recuperarlos. Imagínate si pudiéramos tener acceso a los conocimientos médicos de las antiguas civilizaciones americanas. Sé que, aunque también gran parte se ha perdido, hay ciertas prácticas que siguen siendo utilizadas por diversos grupos indígenas. Lamentablemente, es muy poco lo que está documentado.

Tras levantar la vista hacia Jean-François, Frédéric le confía con entusiasmo:

—El profesor Nestler me mostró una especie de códice que le entregó un explorador que viajó a México para que lo interpretara. Según ese señor, es una especie de remedio universal y consta de diferentes dibujos, entre ellos, algunas plantas que no conocemos. Probablemente, sea algo de un gran valor y no sabemos lo que significa.

—¡Pero qué interesante! Qué lástima que no se pueda interpretar.

Después de unos instantes de silencio, en los que el joven supervisor había trasladado su mente al Nuevo Mundo, el estudiante lo saca de sus sueños con una pregunta:

—¿Y tú?, ¿cuál es el tema de tu tesis? ¿Se trata acaso de alguna enfermedad extraña?

—¡Nada de eso! Escogí algo que afecta a la mayoría de la gente: la gripa, como le decimos aquí, o coqueta, como le dicen en la capital. Yo prefiero designarla por su principal sintomatología, que es el catarro pulmonar. Me he dado cuenta de que las complicaciones de la gripa matan a más personas de lo que uno cree.

—Pero, como dices, ¡es algo muy común! ¡Ya debe haber muchos estudios sobre eso!

—Sí, los clásicos la han descrito en abundancia, pero yo me estoy enfocando hacia la prevención, un aspecto que nadie ha estudiado. Como tú sabes, la mayoría de las personas no pasan un año sin contraer esta enfermedad. Cuando yo era estudiante externo en el Hospital Civil de Lyon, me di cuenta de…

Apasionado por el tema, Jean-François continúa con su explicación de una manera interesante y amena. Entretanto, Frédéric parece olvidar sus problemas con el curso e, inspirado, hace todas las operaciones, dibuja con gran destreza lo que observa y escribe su informe mientras escucha el discurso de su asesor.

Sorprendido de ver la calidad de los dibujos, Jean-François se atreve a preguntar:

—Frédéric, tienes mucha facilidad para el dibujo, ¿crees que podrías hacerme una copia del códice que tiene el profesor Nestler? Me interesa más de lo que te imaginas.

—Con todo gusto, Jean-François, me complace saber que compartimos el mismo interés —responde sin quitar la vista de su informe, que está por terminar.

Al momento en que escribe las últimas frases, la puerta del salón se abre bruscamente. Un viento helado invade la pieza seguido del doctor Lobstein, que entra cargando una gran caja, que deposita con trabajo cerca de la puerta. Sin siquiera quitarse la capa, el profesor se dirige hacia los estudiantes y toma el reporte de Frédéric. Lo hojea rápidamente y se detiene en las conclusiones, las cuales lee en voz alta:

—Aneurisma activo del ventrículo izquierdo que condujo a una asistolia final.

Su expresión refleja claramente su sorpresa, como si él mismo no hubiera imaginado tal diagnóstico. Después de unos instantes de expectación, el profesor declara:

—¡Kirschleger!, está salvado por el momento. Ahora puede retirarse, pero voy a revisar bien su reporte en la noche y lo espero la próxima semana para el examen teórico.

De manera teatral, Lobstein se quita finalmente su abrigo y se dirige a Jean-François:

—Macouzet, yo no sé cómo, pero usted puso a ese joven en el buen camino. Eso me da más confianza para lo que voy a proponerle. Seguramente, usted ya tiene un tema para su trabajo de tesis, pero yo le voy a ofrecer uno que le dará un gran prestigio. Las academias de medicina de todo el mundo hablarán de usted y de su trabajo, aún en Londres.

—Pero yo…

—Déjeme terminar y le aseguro que no tendrá usted objeción alguna —continúa el profesor con entusiasmo—. Se trata de una enfermedad muy rara que he identificado. Es un problema hereditario que se caracteriza por una fragilidad excesiva de los huesos, yo la llamo informalmente «enfermedad de los huesos de vidrio». En mis notas, tengo ya una descripción detallada de los síntomas. Lo que usted tendría que hacer, para comenzar, sería un estudio anatómico completo de todos los especímenes que he colectado. —Lobstein le ofrece un gran fajo de manuscritos al joven estudiante, que permanece inmóvil y sorprendido—. Tenga estas notas para que se familiarice con el tema, y lo espero mañana temprano para organizar el trabajo. Por el momento, tengo que finalizar algunos informes.

—Pero… yo… —balbucea Jean-François completamente atónito.

—Por favor, ya no me interrumpa, que tengo mucho trabajo y… no se moleste en buscar la forma de agradecérmelo, es una oportunidad que usted se ha ganado por sus propios méritos.

El profesor se pierde de nuevo en la lectura de sus notas y no dice nada más.

Estupefacto, Jean-François se queda callado. Un torbellino de preguntas gira entonces en su mente: «¿Debería estar orgulloso de esta oportunidad? ¿Por qué no lo estoy? ¿Qué va a pasar con mi proyecto del catarro pulmonar? ¿Tendrá realmente importancia el tema que elegí o seré yo el único que lo encuentra interesante?».

Agobiado por la incertidumbre, Jean-François cambia su bata de autopsia por su gran capa y cubre su cabeza con un sombrero de copa. Así, sale del anfiteatro cabizbajo y meditabundo.

***

Jean-François se apura para llegar a la oficina de correos antes de que esta cierre. La carta que su madre le envía cada semana debería haber llegado el día anterior. Afortunadamente, alcanza a llegar a tiempo para recoger el esperado sobre. Ya con más calma, Jean-François siente el hambre que comienza a perforarle el estómago. A pesar de su urgente apetito, el joven estudiante prefiere caminar unas cuadras más lejos, pues en la taberna de la esquina, no sirven más que cerveza, panecitos salados y queso fresco. Él prefiere un buen queso añejo, acompañado de una baguette francesa y de vino tinto.

Mientras camina al restaurante, Jean-François continúa pensando en el ofrecimiento que Lobstein le hizo. Cansado de torturarse con eso, se convence a sí mismo: «Es seguramente más sabio dejarse guiar por una celebridad que aferrarse a lo que uno quiere».

Una vez instalado, el joven gourmet se olvida de sus aprehensiones frente a un plato de sopa de cebolla gratinada bien caliente. Todavía cerrada, la carta que había dejado sobre la mesa hacía algunos instantes le llama ahora la atención. La caligrafía le parece desconocida, aunque el remitente corresponde al de su madre. Sin demora, utiliza su cuchillo para cortar el sobre y descubrir, con recelo, que es su hermana Magdelaine quien la ha escrito. Jean-François se acerca a la vela, al centro de la mesa, para comenzar la lectura:

Querido hermano:

Te hemos extrañado mucho. Como eres el más joven de la familia, mamá te ve todavía como el niñito de siete años que tenía miedo de irse a dormir todas las noches después de que papá murió. Desde que te fuiste para hacer tus estudios de medicina, no hay un día que mamá no hable de ti. Ella está muy orgullosa de que hayas elegido la carrera de Medicina, siguiendo el ejemplo de nuestro tutor, el doctor Thomas Prial, que en paz descanse. También, ella ha comentado mucho, con sus amistades, la importancia del tema de tu trabajo de tesis. Ella sabe perfectamente cómo el catarro afecta a la gente y conoce en carne propia que puede tener efectos devastadores. Por desgracia, ella contrajo esta enfermedad hace poco, pero no te inquietes, pues ya superó la etapa de la fiebre, ahora lo que tiene es una tos endiablada. Sin embargo, te puedo decir que se mejora poco a poco. Es como la última vez, ¿te acuerdas de que tuvimos que esperar varias semanas antes de verla totalmente restablecida? Tal como nos has dicho, cuando alguien tiene más de setenta años, la curación tarda mucho más tiempo.

Aparte de eso, quisiera contarte que nuestro tío Claude-Guy nos ha llevado al teatro, presentaron La dama blanca de Boieldieu, es una obra muy buena y muy cómica…

Jean-François hace una pausa. Una lágrima brilla bajo sus ojos, la cual limpia con su pañuelo antes de suspirar profundamente. Las palabras de su hermana lo han hecho reflexionar nuevamente sobre su tesis. Esta vez, sus convicciones son más fuertes que nunca: él deberá continuar con el estudio que él mismo eligió sin importar lo que Lobstein le haya propuesto. Después de haber tomado esta última resolución, él se siente más tranquilo con su conciencia, pero un nuevo problema comienza a agobiarlo en ese mismo momento: ¿cómo rechazar el ofrecimiento del eminente doctor sin ofenderlo y sin tener consecuencias desastrosas en la Universidad?

Con este nuevo dilema en mente, Jean-François Macouzet sale del restaurante y deambula por las calles hasta su departamento.

***

Después de una noche en vela, Jean-François se dispone a hacerle frente a Lobstein. Con un dolor de cabeza insoportable y un molesto ardor en los ojos por la falta de sueño, el joven estudiante camina a la universidad decidido a ponerle fin a esta situación, que lo angustia y acapara todos sus pensamientos desde la tarde anterior.

El aire helado que sopla a lo largo del río Rin, que habitualmente le molesta en su camino por las mañanas, en esta ocasión parece ayudarlo a calmar sus angustias mientras le enfría la cabeza. Una vez en la Universidad, entra al laboratorio del doctor Lobstein, que lo espera con impaciencia.

—¡Señor Macouzet! ¡Finalmente ha llegado! Quiero comenzar el proyecto lo más pronto posible. Llegué aquí en la madrugada para hacer la clasificación de los huesos y que usted pueda comenzar el trabajo de inmediato. ¿Leyó las notas que le presté? Me imagino que debe tener muchas preguntas.

—Lo siento, doctor, pero no las he leído. Quisiera…

—¡No hay necesidad de que me dé explicaciones! —dice Lobstein agitando ambas manos de manera precipitada—. Puede regresármelas mañana. Ahora, fíjese bien, voy a mostrarle cómo debe proceder al análisis. Primeramente…

—Perdone que lo interrumpa, señor, pero debo decirle que agradezco mucho esta oportunidad…

—Ya le dije que usted la merece plenamente y que no necesita agradecer. Ahora, por favor, ¡ponga atención a lo que trato de explicarle! Debe aprender a reconocer la estructura…

Mientras el profesor habla, Jean-François se pregunta si tendrá el valor de comunicarle su decisión, tiene pavor de interrumpir a Lobstein de nuevo. Su corazón se acelera cuando, en fin, se decide a hablar:

—Doctor Lobstein, he decidido no tomar su proyecto.

El profesor se queda mudo y mira de manera penetrante al pobre Jean-François, que traga saliva con dificultad antes de continuar con su disculpa.

—Reconozco el gran valor de su trabajo, señor, pero me traicionaría a mí mismo si no continuara con el proyecto que ya he comenzado.

Lobstein decide finalmente hablar:

—Debe usted haber hecho un gran descubrimiento para rechazar mi proyecto. ¿Sobre qué es su trabajo?

—Es acerca de la gripa, señor. He observado que…

—¿Se está usted burlando de mí? —lo interrumpe con brusquedad el profesor—. Eso ya ha sido descrito ampliamente y yo no creo que usted haya descubierto nada nuevo relacionado con esa enfermedad. ¿Quiere usted perder la oportunidad de su vida? ¡Si continúa con esa idea, está destinado a reprobar su examen profesional! —Clavando la vista en sus notas, el profesor agrega con un tono sarcástico—: Yo lo creía más brillante. Por favor, salga de mi oficina, no quiero seguir perdiendo el tiempo.

Jean-François sale de la Universidad con la mente llena de dudas. A pesar del frío penetrante, se va caminando a lo largo del río en un intento de encontrar la calma.

***

El regreso de las aves acuáticas que habían encontrado cálido refugio en la región del Mediterráneo anuncia, sin equivocación, la anhelada llegada de la primavera. Para Jean-François Macouzet, este período coincide con la culminación de su trabajo de tesis² sobre el catarro pulmonar, que lo había tenido frente a sus notas durante jornadas interminables. Solo la planificación de un proyecto personal, que lo cautiva y que anhela realizar una vez obtenido su doctorado, le ha ofrecido una distracción ocasional a la preparación de su tesis.

El joven aspirante al doctorado se prepara entonces para sostener, en unas horas, la defensa de su trabajo ante los sinodales que la Facultad de Medicina le ha asignado. Jean-François sabe que todas las miradas estarán sobre él, así que toma su tiempo para bien peinar su cabello castaño corto, se asegura de que su camisa blanca está impecable y hace los últimos arreglos a su corbata de mascada de seda. Entonces se pone su chaleco bordado, seguido de su levita gris y su sombrero de copa antes de salir rumbo a la Universidad.

A su llegada, un grupo de amigos lo espera a la entrada del auditorio. A pesar de su apariencia tranquila, Jean-François siente nudos en el estómago mientras espera el aviso del presidente del jurado, que justamente abre la puerta de la sala y da la señal para que entren. El joven estudiante avanza con la frente en alto, como un valiente gladiador que va a afrontar los leones. En cuanto entra, el valeroso estudiante se percata con horror de que el doctor Lobstein está sentado entre los examinadores. Instantáneamente, la mirada penetrante de este médico lo atrapa y su espíritu de combatiente se transforma en el de una presa indefensa.

Cuando todos los asistentes se han instalado en el auditorio, el doctor Bérot, presidente del jurado, pide al examinado que haga una presentación oral de su tesis antes de empezar con el interrogatorio. Jean-François se queda entonces paralizado frente a la audiencia, incapaz de organizar sus ideas. Cada segundo que transcurre parece una eternidad en el silencio total del aula magna.

Su frente amplia se cubre de pequeñas gotas de sudor y su camisa, que está ya toda humedecida, se pega a su piel. Después de aflojar un poco su corbata, el turbado aspirante al grado de doctor se aventura a decir las primeras palabras:

—Al elegir el catarro pulmonar como tema de mi tesis, no pretendo emitir mis propias ideas al respecto. Esta afección ha sido perfectamente descrita por muchos autores célebres, así pues, mi único objetivo es hacer resaltar las causas ocasionales más frecuentes para hacerlas notar a aquellos enfermos que tienen un catarro naciente, hacerles sentir toda la importancia de tratarse en ese momento para prevenir una degeneración de la enfermedad, que sería imposible de remediar.

El aspirante al doctorado se da cuenta de que la introducción ha sido bien recibida por los jueces, entonces retoma el valor y reorganiza sus ideas para continuar con su presentación. Él sabe que cada individuo en la sala ha vivido las vicisitudes de la Revolución francesa y de todos los conflictos que han cambiado al Gobierno de monarquía a república, después a imperio para regresar finalmente a la monarquía en espacio de un par de décadas. Él expresa entonces algunas frases elocuentes, que capturan la atención de los asistentes:

—Es principalmente por ustedes, valientes defensores de la patria, que vienen a abandonar en los hospitales una vida que hubieran preferido mil veces perder en el campo de honor. Quién más que ustedes, en efecto, está expuesto al catarro pulmonar, causa frecuente de la tisis.

Jean-François hace remarcar los grupos vulnerables, tales como los obreros, los artesanos, los ancianos y, de manera especial, reserva algunas palabras que, de forma un tanto poética, había plasmado en su tesis para las mujeres. Como ya había memorizado esas frases, expresa entonces de manera teatral:

—Cómo podría yo olvidarlas, sexo bello, amable porción del género humano destinada a embellecer todos los instantes de nuestra existencia. Cómo podría yo dejar de señalarles las causas de esta enfermedad tan frecuente. La coquetería, el deseo de embelesarnos, les hacen olvidar que probablemente ustedes serán madres un día y que, en vuestro seno, vuestros hijos deberán adquirir la fuerza y la salud. Cuántas bellezas, esclavas de las modas, han encontrado bajo la influencia de una atmósfera fría y húmeda las causas de una enfermedad que las retira rápidamente de la sociedad.

Jean-François está finalmente en control de sus palabras. Caminando con paso firme sobre el estrado, se dirige a los jueces dándoles ejemplos de sus experiencias con algunos enfermos. Enseguida, hace la descripción de la enfermedad en todos sus aspectos médicos. Ahora se siente seguro, nuevamente, para afrontar las preguntas de los examinadores.

El presidente del jurado retoma la palabra:

—Gracias, señor Macouzet. Vamos a iniciar el interrogatorio. Voy a pedir al doctor Meunier proceder con la primera serie de preguntas.

Meunier hace preguntas relacionadas con las causas de la enfermedad, las cuales Jean-François responde sin problemas. Enseguida, el doctor Masuyer le hace preguntas complejas sobre los cambios químicos, que él mismo no parece comprender, pero Jean-François le regresa algunas de sus preguntas y el profesor opta por terminar su turno y dar la palabra al presidente. Después, el doctor Tourdes le pide al estudiante que indique las diferencias en el diagnóstico del catarro y de enfermedades semejantes, como la pleuresía, la neumonía y la laringotraqueobronquitis. Las respuestas levantan cierta controversia entre los jueces y obligan al presidente a intervenir para dar su turno al doctor Nestler, profesor de Botánica. Con este último, el examen adquiere un tono de conversación, en la cual el profesor y el candidato al doctorado intercambian experiencias y recetas de medicamentos.

Finalmente, el director le pide a Lobstein que haga sus preguntas. Cuando el doctor se levanta para comenzar a hablar, el corazón de Jean-François se acelera y su respiración se hace difícil. El pobre estudiante comienza de nuevo a ser dominado por una crisis de nervios. Su mirada queda fija sobre su tesis, pues la idea de mirar a los ojos al profesor lo aterroriza.

—Mi veredicto está hecho, doctor Bérot. Ninguna respuesta del candidato podría cambiarlo. Por lo tanto, no haré pregunta alguna.

El ardiente defensor de su tesis siente como si hubieran vaciado sobre él un balde de agua helada. Queda perplejo. No escucha siquiera cuando el doctor Bérot pide a los asistentes salir para permitir la deliberación del jurado, sino que se da cuenta de la consigna cuando todo el mundo ha salido ya.

Nadie habla afuera del auditorio. Todos parecen nerviosos y los minutos se acumulan en una espera interminable. Jean-François imagina a Lobstein tratando de convencer a cada uno de los profesores de no atribuirle el grado de doctor.

En definitiva, el presidente autoriza a los asistentes para que ingresen a la sala a presenciar la lectura del acta de examen:

Viernes 31 de marzo de 1826, a las cuatro de la tarde, el señor Jean-François Macouzet, de Lyon, presentó y sostuvo la disertación Ensayo sobre el catarro pulmonar agudo en la Facultad de Medicina de la Universidad de Estrasburgo. Después de haber deliberado, el jurado estimó que el candidato cumplió a conformidad con todos los requisitos y le otorga el grado de doctor en Medicina.

En medio de aplausos de los asistentes, el nuevo doctor queda agradablemente sorprendido. Después de la intervención de Lobstein, no se esperaba un veredicto tan placentero. En efecto, le cuesta trabajo entender que Lobstein no hubiera logrado influenciar al resto del jurado.

Al cabo de un largo período de felicitaciones de sus compañeros de la Facultad, de doctores e incluso de antiguos pacientes, Jean-François comienza a sentir la fatiga causada por el fuerte estrés al que fue sometido durante varias horas de examen.

Uno de sus mejores amigos ya está organizando a un grupo de estudiantes para ir a festejar. Entonces, en voz alta, le dice a Jean-François:

—¡Hey! Doctor Macouzet, hay que ir a tomar algunos elíxires a la taberna francesa para prevenir el catarro.

En respuesta, una carcajada general se escucha en el corredor. En ese momento, Jean-François ve a Frédéric Kirschleger, el estudiante de segundo año, que se acerca a saludarlo:

—¡Felicidades, Jean-François! Lo hiciste muy bien.

—Gracias, Frédéric. ¿Vienes a celebrar con nosotros?

—¡Claro que sí! Pero yo los alcanzo allá, porque tengo que entregarle estos documentos al doctor Nestler.

—Apúrate y allá te esperamos.

***

En un ambiente festivo, entre la algarabía de los asistentes, el ruido de las copas que entrechocan y el vaivén de meseras chapeadas, cargadas de las ansiadas bebidas, los estudiantes intentan intercambiar sus impresiones acerca del examen. Inevitablemente, se comenta la actitud de Lobstein y tratan de elucubrar lo que pasó en la sala durante la deliberación del jurado. Entonces Frédéric les cuenta de lo que se había enterado:

—Nestler me dijo que la deliberación había sido larga porque Masuyer se había molestado cuando Jean-François le devolvió las preguntas. Entonces Lobstein criticó vivamente sus preguntas hasta que Masuyer tuvo que disculparse. Además, me dijo que Lobstein había elogiado tu disertación.

—Eso me consuela bastante —dice Jean-François, con una expresión entre complacencia y sorpresa— porque yo admiro mucho al doctor Lobstein y no me hubiera gustado quedarme con una mala impresión de él.

—¿Cuáles son tus planes ahora que eres libre? —pregunta Frédéric.

—Mi gran sueño, por el momento, es atravesar el océano y pasar algunos años en tierras lejanas. Aquí, nuestros sueños de libertad se han desvanecido con la llegada del rey Carlos X, que trata de restablecer el Antiguo Régimen y que, además, viene de ordenar el restablecimiento de la censura. Por eso, mejor me voy a

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