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2026: la IA como infraestructura invisible
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2026: la IA como infraestructura invisible
Libro electrónico70 páginas47 minutos

2026: la IA como infraestructura invisible

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Los cambios más profundos que una tecnología produce en la estructura social no ocurren en el momento de su aparición espectacular, sino precisamente cuando deja de llamar la atención, cuando se vuelve suficientemente ordinaria como para desaparecer del primer plano de la conciencia colectiva. La electricidad transformó radicalmente la organización del trabajo, del hogar y de la ciudad, pero no en el momento en que Edison iluminó su primera bombilla, sino décadas después, cuando enchufar un aparato se convirtió en un gesto tan automático que dejó de merecer comentario. Internet no reconfiguró las relaciones sociales cuando se establecieron los primeros protocolos TCP/IP en laboratorios universitarios, sino cuando conectarse dejó de ser una actividad especial para convertirse en el estado por defecto de la existencia urbana contemporánea.

Esta diferencia entre innovación visible e infraestructura invisible resulta fundamental para comprender qué significa realmente que la IA se integre en el tejido social. La innovación visible genera titulares, demostraciones impresionantes, debates públicos sobre posibilidades y peligros. Es el momento en que la tecnología se presenta como novedad, como objeto de asombro o preocupación. La infraestructura invisible, en cambio, opera en un registro diferente: es aquello que ya no se discute porque se ha naturalizado, aquello que estructura las posibilidades sin necesidad de justificación explícita. Cuando una tecnología alcanza el estatus de infraestructura, ha dejado de ser una opción entre otras para convertirse en la condición tácita sobre la cual se construyen otras opciones.

IdiomaEspañol
EditorialJuan A. Pena
Fecha de lanzamiento11 ene 2026
ISBN9798233409837
2026: la IA como infraestructura invisible

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    2026 - Juan A. Pena

    I. Contra la ilusión del año bisagra​​

    Existe una tentación comprensible en el pensamiento contemporáneo: la de organizar el tiempo en umbrales dramáticos, en años que prometen serlo todo. 2026 se presenta, en ciertos círculos tecnológicos y mediáticos, como uno de esos momentos bisagra donde la inteligencia artificial alcanzará finalmente su forma definitiva, donde las promesas se convertirán en realidades tangibles, donde algo fundamental cambiará de manera irreversible. Esta narrativa no es nueva. Hemos vivido ya varios años de la IA, cada uno anunciado con similar fervor, cada uno destinado a quedar diluido en la continuidad del cambio gradual.

    El fetichismo de las fechas responde a una necesidad psicológica más que analítica. Necesitamos anclar la transformación en momentos concretos porque la alternativa resulta más difícil de procesar: aceptar que los cambios verdaderamente estructurales ocurren de manera dispersa, desigual, casi imperceptible hasta que ya están consumados. La fecha funciona como un mito narrativo que nos permite hablar de lo que no sabemos nombrar de otra manera. Decir 2026 es más sencillo que describir el proceso acumulativo mediante el cual una tecnología deja de ser extraordinaria para convertirse en condición de posibilidad de lo cotidiano.

    La tesis que propongo invierte el marco habitual de análisis. Los cambios más profundos que una tecnología produce en la estructura social no ocurren en el momento de su aparición espectacular, sino precisamente cuando deja de llamar la atención, cuando se vuelve suficientemente ordinaria como para desaparecer del primer plano de la conciencia colectiva. La electricidad transformó radicalmente la organización del trabajo, del hogar y de la ciudad, pero no en el momento en que Edison iluminó su primera bombilla, sino décadas después, cuando enchufar un aparato se convirtió en un gesto tan automático que dejó de merecer comentario. Internet no reconfiguró las relaciones sociales cuando se establecieron los primeros protocolos TCP/IP en laboratorios universitarios, sino cuando conectarse dejó de ser una actividad especial para convertirse en el estado por defecto de la existencia urbana contemporánea.

    Esta diferencia entre innovación visible e infraestructura invisible resulta fundamental para comprender qué significa realmente que la IA se integre en el tejido social. La innovación visible genera titulares, demostraciones impresionantes, debates públicos sobre posibilidades y peligros. Es el momento en que la tecnología se presenta como novedad, como objeto de asombro o preocupación. La infraestructura invisible, en cambio, opera en un registro diferente: es aquello que ya no se discute porque se ha naturalizado, aquello que estructura las posibilidades sin necesidad de justificación explícita. Cuando una tecnología alcanza el estatus de infraestructura, ha dejado de ser una opción entre otras para convertirse en la condición tácita sobre la cual se construyen otras opciones.

    El paso de la innovación a la infraestructura no es simplemente una cuestión de tiempo o de adopción masiva. Implica una transformación en el tipo de preguntas que hacemos. Cuando algo es innovación, preguntamos ¿funcionará?, ¿será útil?, ¿deberíamos adoptarlo?. Cuando algo es infraestructura, las preguntas cambian radicalmente: ¿cómo optimizamos su uso?, ¿qué construimos sobre ella?, ¿cómo gestionamos su ausencia cuando falla?. La infraestructura no se elige en cada ocasión, simplemente está ahí, y su presencia delimita el campo de lo posible sin que seamos necesariamente conscientes de ello.

    El enfoque que propongo para analizar el momento presente de la inteligencia artificial rechaza deliberadamente la búsqueda de momentos históricos claramente delimitados. En lugar de eso, propongo examinar las continuidades estructurales que ya están en marcha, los procesos lentos de normalización que operan por debajo del ruido mediático. Esto no significa negar que existan transformaciones significativas, sino situarlas en su verdadera temporalidad: no la del acontecimiento puntual sino la de la sedimentación gradual, no la de la ruptura dramática sino la de la reorganización silenciosa de lo que damos por sentado.

    Esta aproximación requiere cierta paciencia analítica. Implica resistir la tentación de las predicciones espectaculares para centrarse en cambios que ya están ocurriendo pero cuyas consecuencias aún no son del todo visibles. Implica mirar no hacia el futuro imaginado sino hacia el presente

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