La Rampa: Edición enriquecida. Una mirada feminista a la Cuba pre-revolucionaria a través de La Rampa de Carmen de Burgos: novela histórica con personajes multifacéticos y compromiso social.
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En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura:
- Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas.
- La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos.
- Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura.
- Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos.
- Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna.
- Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria.
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La Rampa - Carmen de Burgos
Carmen de Burgos
La Rampa
Edición enriquecida. Una mirada feminista a la Cuba pre-revolucionaria a través de La Rampa de Carmen de Burgos: novela histórica con personajes multifacéticos y compromiso social.
Introducción, estudios y comentarios de Candela Montero
Editado y publicado por Good Press, 2023
goodpress@okpublishing.info
EAN 08596547824084
Índice
Introducción
Contexto Histórico
Sinopsis (Selección)
La Rampa
Análisis
Reflexión
Citas memorables
Introducción
Índice
La Rampa presenta, bajo la firma de Carmen de Burgos, una serie de piezas que conforman un panorama humano y urbano de fuerte carga ética. Periodista y narradora, también conocida como Colombine, decisiva en la modernización de las letras españolas, Burgos traslada aquí su mirada atenta a los espacios de tránsito, a las vidas en pendiente, a los esfuerzos cotidianos por sostener la dignidad. Esta introducción acompaña una lectura que reconoce en el conjunto una voluntad de observación social y un impulso reformista, sin renunciar al placer de la narración. Se invita al lector a recorrer una topografía narrativa donde el ascenso y el descenso marcan ritmos y destinos.
Esta colección de un solo autor reúne el ciclo narrativo La Rampa según se articula en sus piezas, desde Dedicatoria hasta Final. No se trata de una antología dispersa, sino de una secuencia con continuidad temática y resonancias internas, concebida para leerse de corrido o por unidades autónomas. El propósito de la presente edición es ofrecer un acceso nítido y ordenado a este conjunto, preservando la singularidad de cada texto y mostrando la trabazón que los une. Se ofrece así un mapa legible de motivos, escenarios y voces que, sin depender de una trama única, componen una obra de alcance unitario.
Los textos que integran La Rampa pertenecen, en su mayoría, al ámbito del relato breve y la crónica de costumbres, con incursiones en la viñeta narrativa y el apunte reflexivo. Hay escenas dialogadas, descripciones de ambiente y pequeñas ficciones de premisa clara, cercanas a la novela corta en su economía y a la crónica periodística en su pulsación. No aparecen aquí poemas ni teatro, ni se recurre al formato epistolar o diarístico. Predomina una prosa directa, atenta al detalle significativo, que alterna la exposición objetiva con la cercanía de personajes particulares, sin perder el hilo de una preocupación común.
Los títulos orientan un mapa temático reconocible: El comedor de todos sitúa la mirada en el auxilio público; Los bancos públicos y Las tertulias tristes despliegan la sociabilidad al aire libre y sus silencios; El cinematógrafo señala la irrupción de nuevas formas de mirar; La puñalada del hambre y La borracha enfrentan la precariedad y sus heridas; La gota de leche remite a iniciativas de cuidado infantil; El cochero cínico, Las chicas de bata o El traje nuevo interrogan oficios, apariencias y códigos. Cada pieza arranca de una situación concreta y propone una lectura moral a partir de la experiencia común.
El estilo de Burgos combina claridad narrativa, agilidad periodística y una ironía sobria que abre espacio a la compasión. La autora privilegia escenas breves, diálogos vivos y un léxico preciso, capaz de fijar gestos, objetos y ritmos de la calle. La alternancia entre planos individuales y corales permite que las figuras singulares emerjan sin desprenderse del fresco social que las condiciona. La economía expresiva no excluye la plasticidad: los interiores, los bancos, el peinarse los cabellos o el rumor del cinematógrafo se convierten en motivos recurrentes. La Rampa respira observación directa y convierte lo cotidiano en materia literaria perdurable.
Aunque cada texto es autónomo, el conjunto traza una arquitectura reconocible. La rampa del título sugiere una inclinación social: tránsitos, empujes, frenos y caídas que afectan a mujeres, niños, trabajadores y ociosos por igual. La serie avanza de espacios íntimos a plazas y servicios públicos, de la caridad a la responsabilidad cívica, de las máscaras a la necesidad de protección. Se reconocen leitmotivs —la hambre, la fragilidad, el deseo de respeto— y retornos de gestos que enlazan piezas distantes. Dedicatoria y Final enmarcan el recorrido, recordando que la experiencia narrada se debe a una comunidad concreta y cercana.
La vigencia de La Rampa es evidente en la contemporaneidad: persisten la desigualdad urbana, la vulnerabilidad alimentaria, la tensión entre espectáculo y vida ordinaria, y las preguntas sobre cuidados y responsabilidad social. La lectura actual descubre, además, una temprana sensibilidad por el trabajo femenino y por los dispositivos que regulan la apariencia y la conducta. Esta edición propone una aproximación limpia al texto y confía en que su ordenación favorezca una lectura continua o fragmentaria, según el interés del lector. En cualquiera de ambas, la prosa de Burgos mantiene su potencia: ilumina, interpela y acompaña sin perder la medida humana.
Contexto Histórico
Índice
Carmen de Burgos (1867-1932), periodista y narradora pionera, escribió en las primeras décadas del siglo XX, cuando España transitaba de la Restauración borbónica a las tensiones que desembocaron en la dictadura de Primo de Rivera. Su prosa breve, a menudo ligada a la prensa y a colecciones de novela corta
, fijó escenas urbanas y conflictos cotidianos. La colección La Rampa compila estampas que sitúan a lectores ante la ciudad moderna y sus márgenes: comedores populares, bancos públicos, tertulias de café, cuartos humildes y espacios de entretenimiento. En ellas, la autora observa cómo los cambios políticos, sociales y tecnológicos reorganizan sensibilidades, oficios y expectativas.
Tras el Desastre
de 1898 y la pérdida del imperio colonial, el debate regeneracionista dominó la vida pública. La inestabilidad del sistema canovista, el caciquismo y episodios como la Semana Trágica de 1909 o la crisis de 1917 alimentaron huelgas, censuras intermitentes y un clima de polarización. La instauración del Protectorado español en Marruecos en 1912 y las campañas en el Rif afectaron a presupuestos, prensa y familias urbanas. Textos como La puñalada del hambre, Los bancos públicos o Las tertulias tristes registran la fricción entre penuria, protesta y resignación, mientras La caza o El talismán de la reina delatan continuidades simbólicas del viejo orden.
El rápido crecimiento urbano atrajo a migrantes rurales a Madrid y otras ciudades, saturando viviendas y precarizando oficios. La cuestión social
se expresó en salarios inestables, trabajo infantil y hambre cíclica, especialmente aguda en coyunturas inflacionarias. Ante ello, proliferaron comedores benéficos, sociedades de socorro y dispositivos higienistas. Las Gotas de leche
, implantadas en España desde comienzos del siglo XX, ofrecieron leche controlada y educación materna para reducir la mortalidad infantil. Piezas como El comedor de todos, La gota de leche, El ama seca o El rincón oscuro recogen discursos filantrópicos y tensiones entre caridad, salud pública y derechos emergentes.
Las transformaciones del trabajo femenino marcaron el período. Aumentó la presencia de mujeres jóvenes en tiendas, talleres y oficinas, junto a la persistencia del servicio doméstico. El debate sobre educación de la mujer, autonomía económica y reforma matrimonial atravesó prensa y asociaciones feministas. Burgos, activa en campañas por el divorcio y el sufragio, incorporó esas controversias a su literatura sin abandonar la observación concreta. Títulos como Las chicas de bata, El peinarse los cabellos, Separación o La nueva vida aluden a rutinas, dilemas y expectativas reformistas. Muestran la colisión entre moral tradicional, reglamentos laborales y aspiraciones de ciudadanía.
La modernización tecnológica penetró en la vida urbana: alumbrado eléctrico, tranvías, telefonía y, sobre todo, el cinematógrafo, convertido desde fines del siglo XIX en ocio de masas y espacio de debate moral. La circulación de automóviles y taxis en la década de 1900 desplazó a cocheros y vehículos de tracción animal. Piezas como El cinematógrafo, El cochero cínico o Los bancos públicos muestran nuevas sociabilidades, controles municipales y fricciones entre clases ante el uso del espacio público. El traje nuevo y El amigo sombrío cruzan esa modernidad con ansiedades por la apariencia, el crédito y el temor a la enfermedad.
El clima intelectual posterior a 1898 combinó crítica del atraso con proyectos pedagógicos y científicos. La Institución Libre de Enseñanza, el higienismo y nuevas disciplinas sociales nutrieron campañas por vivienda saludable, educación laica y protección infantil. La prensa de gran tirada difundió crónicas que hibridaban observación, denuncia y sentimentalismo, un registro que Burgos dominó. En Interioridades, El rincón oscuro o El grito penetrante se reconocen técnicas de reportaje y viñeta costumbrista, atentas a lenguaje callejero, cuerpos y gestos. Esa mezcla conecta la colección con corrientes europeas de periodismo social y con la tradición española de crítica moral y urbana.
La religiosidad popular y la presencia de la monarquía se proyectaban en rituales, beneficencia y propaganda. Bajo Alfonso XIII (1902–1931), la corte respaldó iniciativas de auxilio y visibilidad pública, mientras persistían tensiones anticlericales. La festividad de Reyes articulaba consumo, caridad y espectáculo callejero en muchas ciudades. Textos como Los Reyes Magos, La madrina o La protectora dialogan con ese vocabulario de padrinazgos, donativos y asociaciones, y con una cultura que buscaba amortiguar la pobreza sin alterar estructuras. Frente a ello, relatos como La Fusil o Pesadilla registran el reverso sombrío: miedo, estigma y control social sobre los cuerpos.
La Rampa funciona así como comentario histórico de su tiempo: convierte hechos macro —crisis de régimen, guerra colonial, modernización— en microescenas donde se prueban lenguajes, instituciones y afectos. Tras la muerte de Burgos y durante el franquismo, su obra quedó parcialmente marginada por su republicanismo y feminismo. Desde finales del siglo XX, la crítica y la edición han recuperado estos textos, leyéndolos como laboratorio de periodismo literario y archivo de la vida material. Para lectores actuales, títulos como El comedor de todos, Las tertulias tristes o Final permiten reexaminar, sin nostalgia, las promesas y límites de la modernidad española.
Sinopsis (Selección)
Índice
Dedicatoria y Final
Inicio y cierre que actúan como marco emotivo y programático del conjunto. La dedicatoria plantea una mirada compasiva y combativa hacia los márgenes, mientras el final condensa el balance ético y social de las escenas precedentes sin resolverlas de forma tajante.
Espacios urbanos y colectividad (El comedor de todos, Los bancos públicos, Las tertulias tristes, El rincón oscuro)
Estas piezas ensamblan un retrato coral de la ciudad como refugio y escenario de exclusión. Entre conversaciones apagadas y encuentros fortuitos, emergen pequeñas solidaridades y la indolencia cotidiana, con un registro sobrio que privilegia lo observacional y el detalle significativo.
Intimidad, apariencia e identidad (Interioridades, El peinarse los cabellos, El traje nuevo, El hijo de la máscara)
Los textos exploran la vida íntima y los ritos de la apariencia como estrategias de pertenencia y defensa. La prosa indaga en gestos mínimos y objetos cotidianos para revelar tensiones de clase y de género, así como el juego entre lo que se muestra y lo que se oculta.
Pobreza, hambre y asistencia (La puñalada del hambre, La gota de leche, La borracha)
Estas escenas se concentran en la precariedad material y sus marcas físicas y morales. Con compasión crítica, retratan circuitos de auxilio y estigma, y la delgada línea entre necesidad, juicio social y resistencia.
Infancia y cuidados (Los Reyes Magos, La madrina, La protectora, El ama seca)
Se examina la fragilidad de la infancia y las redes femeninas de cuidado. Entre ritos festivos, promesas y responsabilidades impuestas, aparece la tensión entre afecto sincero y caridad reglada, bajo un tono que alterna ternura y denuncia.
Modernidad, tecnología y creencias (El cinematógrafo, La nueva vida, El talismán de la reina)
Los relatos contrastan la fascinación por lo nuevo con viejas supersticiones y deseos de ascenso. Se muestra cómo el espectáculo y las promesas de progreso reordenan expectativas y miedos, sin borrar las desigualdades que los sostienen.
Oficios y clases populares (El cochero cínico, Las chicas de bata)
Estos cuadros del trabajo revelan cómo la astucia y la ironía permiten negociar jerarquías. Son escenas de calle y taller que exhiben códigos propios, humor áspero y dignidades discretas.
Relaciones, ruptura y sombras afectivas (El amigo sombrío, Separación, Pesadilla)
Se abordan vínculos marcados por dependencia, pérdida y zozobra. El tono se vuelve más introspectivo y onírico, y deja ambigüedad suficiente para que el lector complete los silencios y los daños no dichos.
Violencia, riesgo y fatalidad (La caza, La Fusil, El grito penetrante)
Estas piezas despliegan situaciones límite donde el peligro físico y el estallido moral se rozan. Son relatos de tensión contenida, con giros breves que exponen los costos de la miseria y el rencor.
Rasgos y evolución del conjunto
La colección configura una serie de viñetas ágiles que combinan realismo social, ironía compasiva y símbolos discretos. A medida que avanza, el foco se desplaza de la estampa costumbrista a una introspección más marcada, sin abandonar la atención a mujeres, criaturas y oficios invisibles.
La Rampa
Tabla de Contenidos Principal
Dedicatoria
El comedor de todos
Interioridades
El rincón oscuro
El amigo sombrío
Los bancos públicos
El peinarse los cabellos
La puñalada del hambre
El traje nuevo
Las tertulias tristes
El cinematógrafo
El cochero cínico
Los Reyes Magos
Las chicas de bata
El hijo de la máscara
El grito penetrante
La madrina
La nueva vida
La gota de leche
La Fusil
El talismán de la reina
La protectora
Separación
La caza
Pesadilla
El ama seca
La borracha
Final
Dedicatoria
Índice
A toda esa multitud de mujeres desvalidas y desorientadas, que han venido a mí, preguntándome qué camino podrían tomar, y me han hecho sentir su tragedia.
Colombine
El comedor de todos
Índice
Era todos los días un sacrificio subir aquella sucia escalera que conducía al restaurante[1q].
A fuerza de verse allí se había establecido una especie de camaradería entre la mayor parte de los comensales; pero una camaradería casi hostil, aunque trataba de parecer afectuosa.
Sentían todos una especie de molestia por la pobreza que revelaba el asistir a los comedores de a peseta el cubierto, por abono.
—No será ningún potentado cuando viene aquí— solían repetir ante la petulancia o falta de espontaneidad de algún nuevo; y este concepto, que existía en todos contra cada uno de ellos, los molestaba, les hacía odioso el testigo, y la mayoría evitaba el darse a conocer. Era muy enojoso encontrarse luego en la calle y que en un momento dado uno pudiera decir señalándoles:
—Ese come en el restaurante de Babilonia.
Isabel y Agueda, al salir del Bazar, donde estaban empleadas, apretaban el paso con el deseo de llegar pronto, para aprovechar el poco tiempo que su trabajo les dejaba libre y para que no se hubiesen acabado los mejores platos, los que más llenaban, que eran los que solían pedir todos. Sabian que no debían temer a las sobras, porque las pequeñas raciones se consumían ávidamente y hasta rebañaban los platos de tal modo que podía prescindir se de los pinches a poco trabajo.
No era la concurrencia popular, francamente pobre, que va a la taberna y a la casa de comidas para atracarse el plato de judías bien guisado y el suculento trozo de carne, y qué hace fiesta del rato de bienestar que le proporciona la comida. Era la concurrencia vergonzante de la clase media, deseosa de aparentar una situación que no tenía y que se esforzaba por vestirse y presentarse con más lujo del que podían costear, tomando aires de gente acomodada y haciendo un axioma de la ruinosa frase, en la que había puesto el egoísmo de todos un triste fondo de verdad: «Según se presenta uno, así lo miran.»
La mayoría de los comensales la formaban empleados de poco sueldo, dependientes de comercio, oficiales de escasa graduación, estudiantes y soldados de cuota. Mujeres iban menos. La poca participación de las mujeres en la vida pública, esa especie de temor, justificado, de la promiscuidad que la recluye en el hogar, hacía que su asistencia al restaurante fuese escasa.
Las pocas que iban se hallaban allí en situación difícil. Aunque carecían de vinos generosos y de manjares opíparos, reinaba siempre esa galantería de mal gusto que, a pesar de su imprudencia e inoportunidad, se ha dado en llamar española, como si fuese uno de los rasgos típicos que más nos honran. Casi todos los hombres consideraban indispensable aquella grosería, disfrazada de galante, frente a toda mujer joven, viniese o no a cuento. Todas, por preocupadas y ajenas a ellas que estuviesen, tenían que aguantar las miradas, los suspiros, las audacias y las inconveniencias de aquellos hombres extraños y desconocidos, que sistemáticamente se habían hecho un deber de galantearlas.
Los más asiduos al restaurante, los viejos en la casa, parecían tener ya una especie de propiedad; se les guardaba su mesa, y eran los que más hablaban, gritaban y se permitían chistes y palabrotas, abusando de la pacífica digestión de los demás. A los dos días de pasar al lado de uno de estos grupos, ya saludaban con gran confianza, como si se hubiese establecido entre todos un compañerismo casi forzoso.
Iban los camareros de uno a otro lado, hablando familiarmente con los parroquianos, interviniendo en las conversaciones y permitiéndose chistes y confianzas con los más tímidos, a los que hacían todos blanco de sus burlas para arrancar la risa y el aplauso de los mal intencionados.
—Tratamos el público a patás—solían decir alabándose—, y siempre están los comedores llenos. La peseta. ¿A ver dónde van a ir?
Aquella seguridad les hacía ser altaneros y desconsiderados con los que no les daban propina. Se conocía a los más dadivosos en la amabilidad que usaban con ellos los camareros al ofrecerles la lista impresa de las dos docenas de platos que componían el menú y por las indicaciones confidenciales hechas en voz baja:
—Hoy las mollejas de ternera están superiores.
—Esas pescadillas no son para usted.
—Le he reservado naranjas porque no hay más que ésas, y las peras están agrias.
Con los que no daban propina eran menos atentos; les hacían esperar largos ratos viendo pasar ante ellos los manjares que iban a las otras mesas, y eran vanas todas sus quejas y reclamaciones.
—¡Ya va...! ¡Ya va!
—¡En seguida!
—¡Al instante!
Con estas evasivas los manjares llegaban tarde y fríos. Si el parroquiano se quejaba, la respuesta invariable le quitaba toda razón:
—Hay que atenderlos a todos. No se puede más.
A veces se Labia ya acabado el plato que solicitaban, y los camareros repetían con cierta satisfacción de no obedecer la demanda:
—No queda.
—Se ha acabado.
Aquella mañana los dos comedores estaban completamente llenos y los sirvientes iban de un lado para otro, algo aturdidos, sin saber a quién atender primero.
Las dos amigas no encontraron sitio en el comedor más pequeño, el más interior, que, a pesar de ser sórdido y maloliente, preferían por su mayor independencia, pues todos entraban allí un poco a hurtadillas, procurando no hacerse notar y pasar perdidos entre la multitud.
El salón grande, con los cinco balcones de la fachada sobre la calle concurrida, tenía algo de fiesta, que le prestaba la claridad y la animación de la multitud. A un extremo estaba el mostrador, delante de la estantería, llena de botellas, que no pedía nadie, pues el lujo de los más rumbosos, que podían lucirse a poca costa, consistía en pedir café o un plato más; pero esto sucedía pocas veces; hasta los que tomaban el cubierto de lujo de seis reales, que se distinguía del económico en los dos rabanitos y las cuatro aceitunas, lo tomaban como avergonzados de su desigualdad y como si notaran lo hostil de los humillados al lado suyo por su modesta comida.
Sobre el mostrador estaban expuestos los postres, incitando al apetito, y detrás de él una mujer obesa, como pringada y saturada del olor de las salsas, se pavoneaba, paseando una mirada sagaz sobre los comensales como un experto triclinarca que presidiese el banquete, pronta siempre a coger in fraganti a los camareros en algún exceso de amabilidad que les hiciese poner una galleta o una ciruela más en el platillo para complacer a un parroquiano espléndido. Todos los casos difíciles se le consultaban a ella: ¿Un señor que dejaba el vino por el flan, podía renunciar a éste y cambiarlo por fruta? ¿Se conmutaba un flan por un café? ¿Podían tomarse dos platos de huevos? Ella no se cansaba de resolver las
