Tenebrosamente: Historias de Insomnio
Por Gastón Salazar
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Tenebrosamente - Gastón Salazar
TenebrosaMente
Historias de Insomnio
Gastón Salazar
Índice de contenido
LETRAS FINALES
CAPÍTULO I
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V
CAPÍTULO VI
PERDIDO
CAPÍTULO I
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V
CAPÍTULO VI
CAPÍTULO VII
CAPÍTULO VIII
CAPÍTULO IX
CAPÍTULO X
CAPÍTULO XI
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Portadilla
Legales
Tabla de contenidos
Página de legales
Logo Editorial ServicopEDITORIAL SERVICOP®
Producción gráfica: Servicop
Diseño de cubierta e interiores: Servicop
Ilustración de tapa: Oscar Matassa
© 2024, Gastón Salazar
E-mail: info@imprentaservicop.com.ar
Web: www.contatuhistoria.com.ar
Digitalización: Proyecto 451
Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización del autor.
Salazar, Carlos Gastón
Tenebrosamente : historias de insomnio / Carlos Gastón Salazar ; Ilustrado por Diego Pugliese ... [et al.]. - 1a ed - La Plata : Arte editorial Servicop, 2024.
LETRAS FINALES
A la pasión por la lectura,
que me ha transformado en todo lo que soy
CAPÍTULO I
La boca de David se movía balbuceante y en el fondo de su garganta se escuchaba un gorgoteo atascado. El sufrimiento era intenso. Se notaba la expresión de dolor en su rostro macilento, que volvía hacia mí sus enloquecidos ojos ciegos. Las horas de agonía resultaban eternas, tanto para él, que se revolvía frenéticamente sin encontrar alivio, como para mí. Una sensación febril se acrecentaba por mi respirar caliente a través del pañuelo, y por el sudor que me empapaba la frente. Mi transpiración se deslizaba con abundancia por el cuello mojando la camisa y el guardapolvo hasta llegar a mis manos enguantadas.
Finalmente, las manos de David se aferraron tenazmente a mis ropas y, en una última queja desesperada, su cuerpo entregó sus últimas fuerzas, entre gotas y regueros de sangre que me salpicaron por completo. Murió con un terrible semblante, con un último suspiro que parecía reflejar que su padecimiento continuaba después de la muerte.
Esa noche comenzó todo. Aunque ya habían quedado atrás un gran número de cadáveres, esa noche dio comienzo la historia que voy a contar. Quizás no tenga tiempo suficiente para plasmar en el papel todos los elementos de este relato increíble. Tampoco espero lograr una indiscutible postura de credulidad cuando lo lean; confío en que alguno tomará mis palabras sin escepticismo y hará lo que pueda con ellas. Pero no quiero hacer un preámbulo demasiado extenso, por lo que iré directamente a los hechos y dejaré las conclusiones a quienes corresponda.
La peste se había instalado en el pueblo con una obsesión sangrienta. Surgió de repente, cerca de las casitas del monte, en donde los cuerpos de Ariel Soto y su hermano fueron encontrados por unos niños que se habían aventurado a cazar en los matorrales. Los cadáveres atravesaban uno de los senderos entre los árboles y parecían estar allí desde hacía varios días. Algunas aves rapaces y tal vez algún carnívoro habían hecho presa de los lúgubres restos, dejándolos en un estado lamentable.
No hubo ninguna hipótesis acerca de las muertes que satisficiera a nadie, pero sí muchas especulaciones. Se había cortado el suministro de leche, es cierto, pero en las fiestas de la vendimia varios servicios se interrumpían, de manera que a nadie sorprendió la ausencia de los hermanos por esos días. Además ¿acaso alguien sabía lo que pasaba allá, en lo alto de las montañas? Las jornadas a la intemperie habían transformado a los cuerpos encontrados en dos bultos hinchados y deformes.
¿Qué hacían tan alejados de su casa y de sus rebaños? Quizás viajaban a la ciudad, aunque no se encontraron sus caballos, ni en el establo ni rondando por las inmediaciones. Las teorías sugerían el ataque de algún bandido o de alguna bestia feroz. Jamás hubo allí crímenes de esa naturaleza y, aunque se pudiera considerar la hipótesis de una bestia, debía ser un animal descomunalmente fuerte para vencer a dos hombres recios como los Soto. Se organizó una caza multitudinaria y no se pudieron obtener presas más grandes que un cerdo salvaje. Aún con escepticismo, se culpó a un gran felino, aunque el caso quedó cerrado en un halo de misterio.
Pocos días después, el sacerdote de la parroquia cayó enfermo con una fiebre extrema. No era muy adepto a los médicos; prefería dejarlo todo en manos de Dios. Quedó al cuidado del sacristán y de algunos fieles. Sin embargo, cuando pocos días después la señora Mayer se acercó hasta mi consulta, con sus ademanes apresurados, hablando de delirios místicos y el milagro de los estigmas, supe que estaba pasando algo extraño. Tomé mi abrigo, mi maletín y me dirigí rumbo al sagrado edificio.
Después del final de la guerra se había generado algo similar a una hermandad. Al fin y al cabo, un pueblo remoto y pequeño es casi como una gran familia, donde todos se conocen. Había cortesía en el saludo de los transeúntes y nos llamábamos por el nombre. Cuando uno se detenía en las calles para observar con detenimiento el paisaje, las chimeneas humeantes en las casas, los establos con los animales pastando, el trabajo apilado de los leñadores que inundaba el aire con olores silvestres, parecía estar en un ambiente de cuento. Aunque no todos los cuentos terminan con finales felices.
Dos hombres se sobresaltan en un bosque nocturno al hallar una mano de un cadáver cerca de un árbol, con un cuervo posado en una rama cercana.Ilustración Diego Pugliese
La habitación del enfermo estaba iluminada vagamente por unas pocas velas. Imágenes y crucifijos decoraban las paredes de color celeste. El mobiliario estaba compuesto por una sencilla mesa de noche, una mesa pequeña con una silla y una cama en el rincón, en donde el sacerdote descansaba. Un suave murmullo salía de su boca en forma constante, como si estuviera recitando el rosario para sí mismo. En cuanto volvió su rostro hacia mí, sin que sus apagadas voces se detuvieran, su aspecto me detuvo de inmediato. Quedé sobrecogido, pues nunca había visto nada semejante. De sus ojos corrían gotas de sangre en finos hilos. Su boca, rodeada de costras negras, también dejaba entrever el rojo líquido entre los dientes, y en la piel de su rostro y de sus manos, las venas marcaban sus intrincados recorridos como dibujados por una pluma.
Intensamente turbado, sin saber qué clase de enfermedad sometía a un hombre a ese estado, interrogué al sacristán, un hombre de unos treinta años, cuyas vestiduras y semblante bondadoso le daban un aspecto casi apostólico. La enfermedad había avanzado con extraordinaria velocidad. Según su testimonio, hacía poco más de cinco días atrás el párroco estaba dando misa y atendiendo a los huérfanos. En ese tiempo se había convertido lentamente en un monstruo. No sabía yo qué hacer, más que tratar los síntomas. Su pulso era débil,
