Mi historia entre el Volcán Chimborazo
Por Alejandro Celi
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De vuelta en casa, su padre le revela un antiguo manuscrito secreto que describe propiedades curativas del hielo del Chimborazo. A partir de entonces, Roland se ve envuelto en un torbellino de descubrimientos, sueños, entrenamientos, y emociones, mientras la figura de Bele, una amiga sensible y luminosa, se convierte en un faro emocional y existencial.
La historia entrelaza la poesía de la naturaleza con los misterios científicos, las memorias familiares con la espiritualidad andina, y una búsqueda de respuestas con el anhelo juvenil de encontrar sentido. Entre verdades escondidas, manuscritos antiguos, y un vínculo afectivo que crece silenciosamente, Roland se enfrenta a la pregunta esencial: ¿hasta dónde estás dispuesto a ir para comprender lo que realmente importa?
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Mi historia entre el Volcán Chimborazo - Alejandro Celi
1
Aún había luz donde me encontraba. Podía distinguir un hermoso y pequeño bosque que se extendía por las laderas de una montaña congelada, esparciéndose lentamente en todas direcciones. Estaba solo, caminando por espacios rocosos donde solo se escuchaba el eco de mi propia voz. A lo lejos, descubrí una pequeña cabaña, con las ventanas abiertas al cielo, que desbarataba las sombras. La puerta estaba entreabierta, y decidí entrar con cautela. Me adentré en la oscuridad de la habitación, donde el frío congelaba mis huesos. Allí, varios cuerpos dormían profundamente, y en ese instante comprendí la veracidad del contenido del libro de investigación sobre el hielo del Chimborazo.
Lo que veía era algo irreal. Mi mente no podía procesar lo que estaba presenciando, una fantasía extraña que se convertía en una maravilla extraordinaria. Una pequeña clínica en el corazón del Chimborazo. Estaba agitado y confundido, pero aún así pude distinguir, a través de la ventana, a un hombre que sacaba hielo con una pala. A pocos metros, un burro lo esperaba pacientemente. El hombre avanzaba hacia la clínica con el hielo montado en el animal, y se detuvo cerca de un pequeño refugio. Es la cordillera mágica
, escuché decir a una enfermera. Decenas de trozos de hielo llegaron poco después y los colocaron frente a una ventana, donde la fina luz solar los derretía rápidamente, transformándolos en agua. No sabía cómo llegaba esa luz, si el lugar parecía una gran cueva cerrada. Las enfermeras colocaron el agua en lo que parecía una bolsa intravenosa. En ese instante, supe con certeza que aquel lugar era el sitio mágico descrito en el libro.
—Estos dos sueros son para la reina —dijo una enfermera.
—Qué manera de aferrarse al poder —replicó su colega.
El miedo me envolvía. Aunque había caminado desde el amanecer, deseaba asomarme al cielo, estirar los ojos y seguir la trayectoria del sol. Sin embargo, me encontraba atrapado en una niebla oscura y fría. Comencé a añorar el cielo, con sus nubes cambiantes, la claridad del sol y la bondad de la luna. El frío golpeaba mi piel, y mis pensamientos jugaban con la sugestión. De repente, una persona mayor ingresó, vestida con ropa elegante, con una expresión lúcida y una sonrisa que se podía percibir a distancia.
—Gracias por la atención —dijo el hombre—. Mi estancia durante este mes ha dado el resultado esperado.
—Era de esperarse —respondió una enfermera—. El único detalle es que jamás podremos mostrarlo a nadie.
—Es mejor así.
—¡Éxitos, señor presidente! —añadió otra enfermera—. Será un largo trayecto, atravesará abismos. No olvide el equipo de frío en el tercer refugio.
—No se preocupe, voy bien acompañado —respondió él con una sonrisa.
Mis pensamientos se perdieron, buscando alguna explicación. Quería sentir calor, pero el frío persistía. Veía un vapor blanco, débil, que entraba por la ventana, atraído por el hielo, y pronto cubría la sala con una densa neblina. No sabía dónde estaba. En ese profundo silencio, presentí que alguien se acercaba. Me escabullí entre los tanques llenos de agua cristalina. Una mujer, de unos cincuenta años, apareció con una sonrisa irónica en sus labios que dejaba traslucir cierta irritación. El corazón me latía con fuerza y mis manos temblaban de miedo. De repente, una voz estruendosa gritó:
—¡Quieto!
Una mujer alta, con un cuerpo robusto, empapada de agua, similar en apariencia a un hombre, salía de entre los tanques de hielo. Su mirada furiosa hipnotizaba mis ojos, y una sensación de terror me invadió. Me imaginaba flotando en un río, siendo devorado por los peces. Sin embargo, por la ventana, podía ver cómo la niebla densa teñía el cielo, llevándose la luz, hasta que mis ojos se sumieron en la oscuridad.
2
El día que nos embarcamos en aquel viaje familiar, me encontraba contemplando por la ventana del auto los paisajes que giraban en torno al volcán Chimborazo. Eran tierras que deslumbraban con una luz incandescente, como si encendieran los sueños más profundos. De pronto, me sumergí en un aire de recuerdos que parecía no venir del presente, sino de alguna otra vida. Bastaba con mirar al majestuoso Chimborazo para sentir que podía cerrar los ojos y entregarme por completo a la idea de quedarme eternamente en aquellos campos encantados.
Entonces, un estruendo colosal, que hizo eco desde el horizonte hasta tocar el atardecer, interrumpió mis pensamientos. El volcán estaba en erupción.
—No puedo creer lo que estoy viendo —dijo mi hermana con los ojos muy abiertos.
—No teníamos que haber bajado del auto —dijo mi madre con voz temblorosa—. Es peligroso quedarnos aquí, tan cerca del Chimborazo.
—Pero estamos lejos aún —opinó mi padre, observando el espectáculo con una expresión analítica y una incertidumbre que parecía guardar algún secreto.
Con el rugido, una lengua de lava iluminó parte del cielo. Gases, cenizas, y algo que parecía más antiguo que el mundo —yacimientos dormidos bajo la tierra— comenzaron a agitar el aire. La expresión alegre de mi familia desapareció de sus rostros. Mi madre murmuraba con voz entrecortada:
—¡Dios mío, salgamos de aquí antes de que nos alcance!
La erupción formaba capas sucesivas que se abrían paso como raíces aladas. Todo en el ambiente parecía detenido, como si el tiempo esperara instrucciones. El cielo se tornó ceniza, y las primeras gotas grises comenzaron a caer sobre Riobamba.
A lo lejos, un burro avanzaba presuroso entre la neblina de polvo. Su jinete, un hombre bajo, delgado y de rostro redondo, se acercó con expresión urgente:
—Deben irse ya. Este lugar no es seguro —dijo con voz pausada pero firme.
Corrimos hacia el auto cuando el hombre bajó del burro y me entregó un trozo de hielo.
—Chupe esto. Le ayudará con el soroche.
—En el auto, mi padre se encontraba algo desorientado, sorprendido, y dijo:
—En mis años escalando montañas, no había visto esto.
—Espero que no sea lo que estoy pensando —dijo en voz alta.
—¿Qué cosa, papá?
—Nada, solo salgamos de aquí.
Lo miré confundido. ¿Cómo podía un simple hielo aliviarme?
—Este no es cualquier hielo —dijo él, con una sonrisa que parecía saber demasiado—. El Chimborazo origina su propia medicina.
Sin entender del todo sus palabras, levanté la mano en señal de despedida y regresamos al auto para continuar el viaje de regreso a casa. Aún podía imaginar, con los ojos bien abiertos, el espectáculo que la naturaleza acababa de regalarnos. Desde la ventana del auto, miré al cielo: una nube gris parecía flotar detenida, un viento helado cruzaba los campos, y llamas corrían como criaturas asustadas, levantando polvo entre las sombras azuladas de los cerros.
Al cabo de un par de horas, el cansancio nos alcanzó como un visitante inevitable. Habíamos llegado a Guayaquil. Sentimos el cambio abrupto del clima: un aire caliente soplaba con fuerza, incluso de noche. Las palabras se volvían perezosas, atrapadas entre el sudor y el silencio. Entramos a casa sin mucho que decir, y cada uno se dirigió a su habitación. Pero yo, incluso dormido, seguía recordando.
Al despertar, el destello de la erupción y la sensación de asombro aún vivían en mí. Recostado, con la mirada perdida entre las ramas de los árboles que asomaban por la ventana, jugaba a descifrar las figuras que formaban sus sombras. Todas, de algún modo misterioso, me llevaban de regreso al Chimborazo. Me levanté a barrer las hojas secas que el viento colaba por la alcoba. Algunas se deshacían al contacto, otras parecían recién bañadas por el rocío.
Al bajar a desayunar, el tocadiscos de mi padre entonaba una vieja melodía que hablaba de un amor perdido. La voz del cantante parecía perforar los recuerdos. Los primeros rayos del sol de verano desmenuzaban la penumbra. Caminé hasta la sala, donde mi padre me recibió con una sonrisa:
—Roland, ¿descansaste bien?
—Claro que sí —respondí con entusiasmo.
—Me alegro. Pero ahora tenemos trabajo que hacer. Las cenizas del Chimborazo llegarán en treinta minutos a la ciudad.
