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La guía esencial para la sanidad: Equipe a todo cristiano para orar por el enfermo
La guía esencial para la sanidad: Equipe a todo cristiano para orar por el enfermo
La guía esencial para la sanidad: Equipe a todo cristiano para orar por el enfermo
Libro electrónico310 páginas4 horas

La guía esencial para la sanidad: Equipe a todo cristiano para orar por el enfermo

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Información de este libro electrónico

 Por primera vez, los pastores y autores de éxitos de venta Bill Johnson y Randy Clark se unen para equipar a todo cristiano para que ministre en el don de sanidad. Utilizando historias impactantes y emocionantes, las cuales fundamentan de principio a fin en Las Escrituras, Johnson y Clark establecen una guía práctica, probada y paso a paso para ministrar sanidad la cual incluye cómo:
Comprender su autoridad en el ministerio de la sanidad Caminar en el ministerio de la sanidad con todo el que conozca e incluso en su vida personal Recibir y declarar palabras de conocimiento Implementar y aplicar el modelo de cinco pasos para la oración de sanidad El ministerio de la sanidad no está reservado para unos pocos. La sanidad milagrosa de Dios es parte de las Buenas Nuevas de salvación y usted también puede convertirse en un poderoro canal para el poder de sanidad que Él disfruta manifestar.
IdiomaEspañol
EditorialCasa Creación
Fecha de lanzamiento7 ago 2012
ISBN9781616387747
La guía esencial para la sanidad: Equipe a todo cristiano para orar por el enfermo
Autor

Bill Johnson

Bill Johnson (www.bjm.org) is senior leader of Bethel Church in Redding, California. A fifth-generation pastor with a rich heritage in the power of the Spirit, he is the bestselling author of When Heaven Invades Earth. Bill and his wife, Beni, serve a growing number of churches through an apostolic network that crosses denominational lines, partnering for revival. Bill and Beni live near Redding, California.

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    La guía esencial para la sanidad - Bill Johnson

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    La mayoría de los productos de Casa Creación están disponibles a un precio con descuento en cantidades de mayoreo para promociones de ventas, ofertas especiales, levantar fondos y atender necesidades educativas. Para más información, escriba a Casa Creación, 600 Rinehart Road, Lake Mary, Florida, 32746; o llame al teléfono (407) 333-7117 en Estados Unidos.

    La guía esencial para la sanidad por Bill Johnson y Randy Clark

    Publicado por Casa Creación

    Una compañía de Charisma Media

    600 Rinehart Road

    Lake Mary, Florida 32746

    www.casacreacion.com

    No se autoriza la reproducción de este libro ni de partes del mismo en forma alguna, ni tampoco que sea archivado en un sistema o transmitido de manera alguna ni por ningún medio –electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otro– sin permiso previo escrito de la casa editora, con excepción de lo previsto por las leyes de derechos de autor en los Estados Unidos de América.

    A menos que se indique lo contrario, el texto bíblico ha sido tomado de la versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.

    Copyright © 2012 by Bill Johnson and Randy Clark

    Originally published in English under the title

    The Essential Guide to Healing

    By Chosen,

    A division of Baker Publishing Group,

    Grand Rapids, Michigan, 49516, U.S.A.

    All rights reserved.

    Copyright © 2012 por Casa Creación

    Todos los derechos reservados

    Visite las páginas web de los autores: www.ibethel.org, www.bjm.org y www.globalawakening.com

    Traducido por: pica6.com (Danaé G. Sánchez Rivera y Salvador Eguiarte D.G.)

    Director de arte: Bill Johnson

    Library of Congress Control Number: 2012940582

    ISBN: 978-1-61638-754-9

    E-book ISBN: 978-1-61638-774-7

    Dedicatoria y reconocimientos

    Dedico este libro al personal y a los estudiantes de la Escuela de Ministerio Sobrenatural Bethel. El precio que han pagado para transmitir esta cultura, para llevar esta unción a las naciones del mundo es mucho más que inspirador. Su voluntad para seguir a Jesús a toda costa me ha animado grandemente. Gracias.

    Escribo en deuda con John Wimber y con Randy Clark. Cuando escuché hablar a John Wimber en 1987, me di cuenta que era posible llevar un estilo de vida sobrenatural, incluso para una persona normal. Eso me animó a intentar ministrar a los enfermos fuera del contexto de los servicios de la iglesia o de las cruzadas; de manera que los espacios públicos se convirtieron en el escenario en el que aprendí acerca del poder de Jesús para llevar a cabo milagros. Pero nunca conocí a John. Randy ha sido quien más ha contribuido a mi entendimiento y a mi experiencia de un estilo de vida de milagros. Antes de que él llegara a Redding veíamos milagros cada semana. Después de unos días con Randy vimos que los milagros se multiplicaron hasta convertirse en sucesos diarios. John y Randy merecen mucho honor por compartirnos con amor su vida al resto de nosotros.

    Finalmente, me gustaría agradecerle y honrar a James Goll por su ministerio profético a la Iglesia en toda su extensión. Él fue quien me profetizó acerca de colaborar en este libro con mi querido amigo Randy Clark. Este libro es la respuesta a esa palabra.

    Asimismo, le agradezco profundamente a Mary Berck por ayudarme a reunir mi material y a Pam Spinosi por sus habilidades de edición.

    —Bill Johnson

    Le dedico este libro a mi maravillosa esposa, DeAnne. Yo no podría llevar a cabo lo que estoy haciendo sin que ella me permitiera estar fuera durante más de 225 días al año. Ella juega parte en todo el fruto de mi ministerio y su recompensa en el cielo será grande.

    De igual manera, le dedico este libro a John Wimber y a Blaine Cook, quienes me enseñaron muchos de los conceptos y mucho del lenguaje que utilizo en el ministerio de sanidad en la actualidad. Les estaré agradecido por siempre por darme palabras de ciencia para sanar a los enfermos. Una buena porción de los modelos que utilizo provienen de John Wimber y yo recibí una impartición tanto de John, como de Blaine.

    Deseo agradecerle a mi mejor amigo y compañero en el ministerio, Bill Johnson. Él ha sido una fuente continua de aliento y me ha desafiado a buscar niveles mayores de sanidad.

    Finalmente, he sido bendecido con una editora dedicada y talentosa, Trish Konieczny. Ella me ha encaminado a lo largo de este proyecto y ha sido de gran valor para Bill y para mí. Este libro pudo haber tenido seiscientas páginas sin su edición. También deseo agradecerle a la editora en jefe, Jane Campbell de Chosen, por su gran esfuerzo al trabajar en un bosquejo, dar sugerencias y editar el texto. Sin ella, este proyecto nunca se habría llevado a cabo. Ha sido un gran placer trabajar con Jane, así como con el director de comercialización, Tim Peterson, y el resto del equipo de Chosen.

    —Randy Clark

    Contenido

    Introducción

    Parte 1: Nuestro viaje personal con respecto a la sanidad

    1. El viaje de Randy (Randy)

    2. El viaje de Bill (Bill)

    Parte 2: Una teología de la sanidad

    3. Los dones del Espíritu en la actualidad (Randy)

    4. Los creyentes que no creen y los no creyentes que creen (Randy)

    5. La sanidad y el Reino (Bill)

    6. La sanidad y la autoridad del creyente (Bill)

    Parte 3: La práctica de la sanidad

    7. Cómo crear una cultura de fe (Bill)

    8. El poder del testimonio (Bill)

    9. La sanidad y una alma próspera (Bill)

    10. Palabras de ciencia para la sanidad (Randy)

    11. El modelo relacional de oración de cinco pasos (Randy)

    Sobre los autores

    Introducción

    Randy

    Solamente considero justo hacerle saber que no estoy escribiendo en una posición imparcial, neutral y desapasionada. No, me apasiona la sanidad. Creo en la sanidad. He experimentado personalmente la sanidad física, así como la sanidad emocional. Y he sido usado para llevar sanidad a miles de personas.

    Además, no me disculpo por ser imparcial en mis opiniones respecto a la sanidad. Este tema no puede comprenderse o experimentarse a partir de la posición distante e imparcial de un reportero. Para comprender apropiadamente la sanidad, uno debe experimentarla. Cuando se trata de sanidad, el conocimiento sin la experiencia es un nivel inferior de conocimiento.

    Este libro tiene doble autoría. Yo soy Randy Clark y mi coautor es Bill Johnson. Provenimos de trasfondos y experiencias muy diferentes, pero nuestra vida ha sido conectada por el Espíritu Santo. Nos amamos y honramos mutuamente, y nos hemos alentado en gran manera en el ministerio de la sanidad. Hemos aportado capítulos que se conectan en el libro que ahora tiene en sus manos.

    El propósito principal de este libro es animarlo a creer que Dios puede usarlo para orar por los enfermos y trabajar en usted para sanarlos. Estas páginas también le inspirarán con historias de otras personas respecto a la sanidad y le mostrarán no solamente cómo orar por sanidad, sino cómo recibir palabras de ciencia relacionadas con la sanidad.

    Esperamos que cada uno de ustedes comience a orar por la sanidad de otros después de haber leído este libro. Esperamos que algunos descubran que Dios les ha dado algún don de sanidad.

    Creemos que más gente se sana cuando más gente ora por sanidad.

    Prometemos establecer un fundamento bíblico en estas páginas para llevar a cabo una práctica de sanidad y para creer en que todos los cristianos deben estar capacitados para orar por los enfermos. Le pedimos que estudie la Escritura con nosotros y que lleve a cabo lo que hicieron los de Berea en el libro de los Hechos: Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así (Hechos 17:11).

    Examine las verdades bíblicas y la base teológica con nosotros para creer en que la práctica de la sanidad es parte de las buenas nuevas de que el Reino de Dios se ha acercado. Y, debido a esta verdad de que el Reino de Dios se ha acercado, debemos cambiar la manera en que pensamos acerca de lo que es posible.

    Parte 1

    Nuestro viaje personal con respecto a la sanidad

    Relatamos nuestras historias individuales acerca de cómo crecimos en nuestra fe para la sanidad y cómo fuimos llamados al ministerio. Además exponemos cómo descubrimos que los dones del Espíritu Santo que operan en la actualidad son una muestra del Reino de Dios en la Tierra.

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    1

    El viaje de Randy

    Randy

    Recobré el conocimiento y me di cuenta de que estaba viendo una luz desde un lugar oscuro. Estaba dentro de una ambulancia, mirando por la ventana trasera que todavía no había sido cerrada. Junto a mí se encontraba un amigo de la escuela secundaria.

    Le pregunté: ¿Qué sucedió?.

    Me respondió: Tuviste un accidente terrible.

    Inquirí: ¿Todos están bien?.

    Contestó: Fue un accidente espantoso. George no está gravemente herido, pero tú sí y también Marge y Joe.

    Me llevaron al hospital del condado, donde me sacaron radiografías y me suturaron la frente, la ceja, el pómulo y debajo de la mandíbula. Me dieron sesenta puntadas. Mi hueso superciliar izquierdo y mi hueso cigomático habían sufrido una grave fractura, mi mandíbula fracturada necesitaba ser metida en su lugar y mi cabeza había quedado aplastada en tres puntos diferentes del nacimiento del cabello (más tarde me enteré de que los médicos habían discutido la posibilidad de ponerme una placa en la cabeza; menos mal que no lo hicieron). Yo estaba sufriendo un dolor insoportable. Sentía como si alguien me hubiera apuñalado por la espalda con un cuchillo con una hoja de tres pulgadas.

    Poco tiempo después de eso, los médicos me transfirieron en una ambulancia a otro hospital más grande en otro condado. Durante el camino perdía y recobraba el conocimiento. Mi abuela Clark y mi madre iban en la ambulancia conmigo. Recuerdo que en una ocasión en que volví en mí, mi abuela me dijo que era afortunado de estar vivo. Respondí señalando hacia el cielo. Sentía demasiado dolor como para hablar. Recuerdo que pensé: Desde luego que estoy feliz por haberle entregado otra vez mi vida a Dios hace cuatro días. No le temo a la muerte, porque sé que espiritualmente estoy listo para encontrarme con Dios. También recuerdo que pensé: Cuan diferente sería todo si yo continuara alejado de Dios. Estar tan cerca de la muerte y no estar bien con Dios sería algo aterrador.

    Los días siguientes fueron borrosos. Yo perdía y recobraba el conocimiento. Los médicos me insertaron un tubo por la nariz para bombear mi estómago, porque mi tracto intestinal estaba paralizado. Me insertaron un catéter, porque mis riñones no estaban funcionando apropiadamente. Durante varios días mi orina estuvo mezclada con sangre. Estuve sedado casi las 24 horas debido a la intensidad del dolor. Recibía 50 miligramos de Demerol cada tres horas y, sin embargo, me despertaba cuando se terminaban los efectos del medicamento para pedir otra dosis para atenuar el dolor. Tenía el rostro bastante hinchado y durante varios días no pude abrir los ojos por la hinchazón.

    Los médicos, durante ese tiempo, les dijeron a mis padres que necesitaría hospitalización durante siete a once semanas. Además de mis otras lesiones tenía una costilla rota, y daños torácicos, vertebrales y de discos. El impacto del accidente había provocado una compresión de diez a quince por ciento en la columna. Me estaban tratando tres especialistas: un internista, un ortopedista y un neurólogo. (En 2008 me sometieron a una resonancia magnética por un problema distinto en la columna. El médico me preguntó qué le había hecho a mi columna, porque la resonancia magnética revelaba fracturas antiguas en casi cada vértebra. Le dije que se debía a un choque que había tenido treinta y ocho años antes).

    Me dijeron que no me moviera, porque varios días después de la lesión en la columna, la hinchazón podía provocar un daño permanente. Podría quedar paralítico por el resto de mi vida. Si necesitaba moverme, tres enfermeras me giraban, una me tomaba de los hombros, otra de la cintura y la otra de las rodillas. Ni siquiera podía utilizar una almohada.

    Yo permanecía optimista a pesar de todas mis lesiones. Le decía a la gente que saldría del hospital a tiempo para una cruzada de evangelismo que había organizado mi iglesia local, la Primera Iglesia Bautista General de McLeansboro, Illinois, que tendría lugar en cuatro semanas. De hecho, en ese momento no estaba consciente de algunas de mis lesiones.

    Pasaron varios días hasta que finalmente me dijeron que mi segundo mejor amigo, Joe Barker, había fallecido por una fractura de cuello en el accidente. Cuando mis padres me dijeron acerca de la muerte de Joe, también me mostraron fotografías del coche en el que íbamos. Golpeado por otro coche que acababa de salir de una curva, nuestro coche se volcó, golpeó contra un poste telefónico y cayó en una zanja. Cuando vi el aspecto del coche después de todo aquello, pensé: ¡Es un milagro que haya sobrevivido! Dios salvó mi vida, seguramente debe tener un propósito. Recuerdo haber orado: Dios, tú salvaste mi vida. Yo te la devuelvo. Haré lo que tú desees el resto de ella.

    Sin saber cuan graves eran las lesiones, yo estaba seguro de que podría salir del hospital a tiempo para asistir a las reuniones de evangelismo que las iglesias bautistas llaman reuniones de avivamiento. Y Dios me sanó: dejé el hospital en veinte días.

    ¿Cómo fui sanado? Por etapas. Primero, Dios sanó la parálisis de mi aparato digestivo. Me habían programado para ser transferido a un hospital más grande en San Luis por causa de la parálisis. Pero la noche anterior a la transferencia, mis amigos de la iglesia oraron por mí durante la madrugada. Ellos sintieron una gran paz, y que yo estaría bien. Cuando los médicos me examinaron la mañana siguiente, mi aparato digestivo estaba funcionando y me retiraron el tubo.

    Más tarde, uno de los especialistas fue a acomodarme la mandíbula y me dijo: "Muerde. Hazlo otra vez; otra vez; ¡otra vez!. Entonces dijo: ¡No comprendo! La radiografía indicaba que necesitábamos acomodar su mandíbula, pero ya está en su lugar".

    Esas palabras me hicieron darme cuenta de que Dios en verdad me estaba sanando. Dos de mis mayores problemas ya habían sido sanados, aunque persistía un terrible dolor y continuaba tomando 50 miligramos de Demerol cada tres horas. Algunos ministros me visitaron para orar por mi sanidad. Mi tío abuelo, un predicador pentecostal, fue a orar por mí. Mi pastor y su esposa me visitaron para orar por mí. Después de una noche extremadamente dolorosa, me desperté y me di cuenta de que ya no sentía dolor. Recuerdo haber pensado esa mañana: ¡Dios sanó mi mandíbula al acomodarla y ahora creo que Él me ha sanado de un dolor severo!

    Otro pensamiento vino a mi mente: Levántate y anda.

    Pensé: Los médicos recalcaron que no puedo mover mi espalda. No debo levantar mi cabeza de la cama. Ni siquiera me han permitido usar una almohada. Me han dicho que si me muevo, podría quedar paralítico o con calambres en mis piernas para siempre…

    Volví a pensar: Dios me ha sanado. Debo confiar en Él e intentar caminar.

    Yo creía que Dios me estaba animando a levantarme y caminar. Lo creía tanto que lentamente me incorporé, bajé el antepecho, deslicé mis pies hacia un lado y los puse en el piso. Tomé la parte trasera de mi bata de hospital con aire acondicionado, junté ambas partes y comencé a caminar.

    Caminé por el pasillo. ¡No fue una buena idea! Los enfermeros se molestaron mucho. Me gritaron y me hicieron regresar a mi cuarto. Pero yo continuaba levantándome de la cama. Yo creía que Dios me había sanado. Finalmente, la hermana principal del Hospital Católico St. Joseph fue a hablar conmigo. Ella me dijo que yo estaba siendo demasiado tonto al arriesgarme a quedar paralítico permanentemente.

    Yo le dije: No voy a quedar paralítico. Dios me ha sanado y tiene un propósito para mi vida.

    Ella continuó pidiéndome que tuviera sentido común. Hablamos al respecto una y otra vez, y finalmente le pregunté:

    —¿Usted cree en Dios, no?

    —Sí, desde luego —respondió ella.

    —Yo también —dije— y creo en la sanidad. Dios me ha sanado.

    El médico me dio de alta el vigésimo día, me dijo que fuera a casa y que estuviera en cama.

    Yo le dije: No voy a estar en cama. Dios me ha sanado y voy a ir a mi iglesia a testificar acerca de lo que Dios ha hecho. Esa noche, un miércoles, fui a la iglesia y compartí con mi grupo de jóvenes lo que Dios había hecho. Tenía dieciocho años. El siguiente domingo en la tarde, el efecto combinado de mi sanidad con la muerte de Joe fueron la clave para que estallara un verdadero avivamiento en mi iglesia. Sucedió una semana antes de las reuniones de evangelismo. La presencia de Dios era tan fuerte que el pastor llamó al evangelista y le preguntó si podía asistir la noche siguiente para continuar con lo que parecía ser un estallido de avivamiento en el grupo de jóvenes de educación secundaria.

    Asistió el evangelista y nuestras reuniones duraron cuarenta noches seguidas. Sucedió a la mitad del Jesus Movement (el Movimiento de Jesús) y miles de jóvenes en edad de educación secundaria asistieron desde cuatro ciudades circundantes. Un alto porcentaje de los estudiantes de mi escuela secundaria también llegaron a esta pequeña iglesia bautista con un verdadero avivamiento. Once muchachos de dieciséis a veintitrés años fueron llamados al ministerio durante estas reuniones. Yo fui uno de ellos, pero me estoy adelantando. Deseo regresar en el tiempo y hablar acerca de algunos otros eventos que edificaron mi fe en la sanidad.

    Por qué llegué a creer en la sanidad

    Sucedieron tres cosas que despertaron mi interés en la sanidad y una de ellas me provocó duda. Primeramente, cuando tenía cuatro o cinco años, mi abuela materna me contó una historia acerca de su sanidad. Yo amaba y respetaba a mi abuela, y la veía como una mujer muy espiritual. Ella siempre cantaba himnos mientras trabajaba y le encantaba asistir a la iglesia, donde era una gritona. Ella se sentaba a la izquierda del púlpito con otras mujeres gritonas y yo me sentaba con mi abuelo a la derecha, en la esquina del amén, junto con otros hombres. Más tarde descubrí que la razón por la que ella siempre escuchaba la radio cristiana, se debía a que era analfabeta.

    La abuela me dijo que una vez en la habitación de su pequeña casa de cemento, de cuatro habitaciones escuchó la voz audible de Dios diciéndole que entrara en la otra habitación para orar y entonces la sanaría. En ese tiempo ella tenía bocio, antes de que los médicos supieran cómo tratarlo con yodo. Se dirigió a la otra habitación, comenzó a orar en obediencia y sintió algo como una mano caliente en su garganta. El bocio desapareció. Esta sanidad dejó una gran impresión en mi pequeño corazón, y en mi mente.

    Lo segundo que me llevó a creer fuertemente en Jesús, el cielo y lo sobrenatural sucedió cuando tenía seis años. Esto raya ligeramente en el tipo de experiencias raras que algunos pueden encontrar desconcertantes, pero creo que mi madre realmente tuvo una poderosa experiencia con Dios a través de ella. Ella había asistido a una reunión en casa, donde habían tenido adoración y habían compartido la Palabra. La reunión no había sido demasiado emotiva y regresó a casa con tranquilidad. De camino hacia el coche, de pronto sintió como si hubiera sido atrapada por un torbellino. Se desmayó y sintió que su espíritu salió de su cuerpo. Atravesó un lugar escabroso seguido de paz varias veces y entonces llegó al cielo. Jesús se acercó y le mostró que todo en su vida iba a estar bien. La experiencia se repitió en sentido inverso hasta que regresó a su cuerpo. Después volvió en sí.

    Escuché a mi madre contar la historia muchas veces. No creí que fuera una desviación psicológica, sino una experiencia real. Mamá no pudo hablar al respecto durante cuarenta años sin quedar completamente conmovida, abrumada con solo el hecho de pensar en su visita al cielo. Cuando yo estaba en la universidad escribí un ensayo acerca de la experiencia de mamá. Entrevisté a los dos hombres que la encontraron en la banqueta mientras estaba fuera de su cuerpo. Ambos eran ministros cuando yo los entrevisté, aunque en el momento del incidente no lo eran. Los dos me dijeron que no podían sentir su pulso y que mi mamá estaba fría y húmeda. Ellos pensaron que había fallecido.

    La experiencia de mamá, tan inusual como pueda parecerles a algunos, hizo que el cielo fuera más real para mí. ¡Jesús le había hablado a mamá en el cielo! Esta era para mí una evidencia de que Él había sido levantado de la muerte, de que estaba vivo y de que todavía sanaba a la gente.

    Lo tercero que incrementó mi fe en la sanidad fue la experiencia de mi maestra de la escuela dominical. Le habían diagnosticado que tenía un tumor del tamaño de una sandía en el abdomen. Nuestra iglesia oró por ella la noche anterior a la cirugía. Cuando se llevó a cabo la operación, el tumor ya había reducido su tamaño al de una naranja. Además,

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