De una batalla perdida
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El discurso del Nobel de Aleksiévich, en edición ilustrada, es la mejor manera de descubrir a una de las voces más destacadas de nuestro tiempo.
Svetlana Alexsievich
Svetlana Aleksiévich (Ivano-Frankivsk, 1948) Periodista y escritora bielorrusa en lengua rusa galardonada en 2015 con el Premio Nobel de Literatura. En 1972 se licenció en Periodismo en la Universidad de Minsk, ciudad en la que trabajó como profesora y en diferentes periódicos. Es la creadora de su propio género literario, la «novela de voces», con la que da protagonismo a la gente común para explicar la historia de la antigua Unión Soviética y de los actuales Estados que formaron parte de ella, desde la Segunda Guerra Mundial hasta la fecha.
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De una batalla perdida - Svetlana Alexsievich
Svetlana Aleksiévich
DE UNA BATALLA
PERDIDA
Ilustraciones de
Arnal Ballester
Traducción de
Marta Sánchez-Nieves
019No estoy sola en esta tribuna… Me rodean voces, centenares de voces, siempre están conmigo. Desde pequeña. Vivía en un pueblo. A los niños nos gustaba jugar en la calle, pero por las tardes nos atraían, como imanes, los bancos junto a las casas, o jatas, como se dice en nuestra tierra, en los que se reunían las mujeres agotadas. Ninguna de ellas tenía marido, padre o hermanos; no recuerdo que hubiera hombres en el pueblo después de la guerra: durante la Segunda Guerra Mundial, en Bielorrusia, en el frente y en las operaciones de los partisanos, pereció uno de cada cuatro bielorrusos. Nuestro mundo infantil de después de la guerra era un mundo de mujeres. Lo que más se me ha quedado en la memoria es que las mujeres no hablaban de la muerte, sino del amor. Contaban cómo se habían despedido la última vez del hombre amado, cómo lo habían esperado, como seguían esperándolo. Habían pasado los años, pero ellas seguían esperando: «Aunque sea sin brazos, sin piernas, pero que vuelva; lo llevaré en brazos». Sin brazos… Sin pies… Creo que ya de pequeña sabía qué era el amor.
Estas son algunas de las tristes melodías del coro que ahora oigo…
Primera voz:
«¿Para qué quieres saberlo? Es algo tan triste. Conocí a mi marido en la guerra. Servía en un carro de combate. Llegué hasta Berlín. Recuerdo que estábamos parados —todavía no era mi marido— al lado del Reichstag, y me dijo: Oye, vamos a casarnos. Te quiero
. Y qué cabreo me pillé después de esas palabras… Toda la guerra llena de barro y porquería, de polvo, sangre, rodeados de palabrotas. Le respondí: Primero haz que sea una mujer: regálame flores, dime palabras bonitas y yo, cuando nos desmovilicen, me haré un vestido
. Tenía ganas hasta de
