A la vejez, viruelas
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A la vejez, viruelas - Manuel Bretón de los Herreros
A la vejez, viruelas
Copyright © 1825, 2022 SAGA Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788726654189
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.
This work is republished as a historical document. It contains contemporary use of language.
www.sagaegmont.com
Saga Egmont - a part of Egmont, www.egmont.com
PERSONAS.
doña francisca.
joaquina.
luisa.
blasa.
d. braulio.
d. enrique.
d. mariano.
felipe.
La escena es en Zaragoza. El teatro representa una sala bien amueblada, con tres puertas; una en el foro, que es la principal; otra á la derecha, que guia á las habitaciones interiores,y otra en frente de esta.
ACTO PRIMERO.
ESCENA I.
DOÑA FRANCISCA. D. BRAULIO.
D.aFrancisca.Y bien, don Braulio: ¿Qué le parece á usted de Zaragoza?
D. Braulio. Muy bien me parece.
D.aFranc. Digo que no tiene usted gusto para nada. Ni esta ciudad, ni otra alguna de la Península pueden compararse con una aldea de Francia. ¿Ha visto usted en España paseo que no sea triste, teatro que no esté mal construido, tertulia que no sea insípida…..
D. Braul. Tiene usted mil razones. ¿Ha estado usted mucho tiempo en Francia?
D.a Franc. No, señor, jamás. No he tenido tanta fortuna; pero ¡me la han alabado tanto!…. Y con razon; como que sin disputa es el centro de la finura y del buen gusto.
D. Braul. Es verdad.
D a Franc. Pero ¡qué! si la torpeza….Vamos; ¡sobre que no puede ser!
D. Braul. No hay duda.
D.a Franc. Dias pasados me mandé hacer un traje, y tres veces estuvo en casa de la modista por no acertar con mi gusto. No piense usted que por último lo dejó bien, y eso que le dije que lo queria á la dernrère. Ideas me dieron de hacerlo añicos..... ¡Lástima de dinero tirado á la calle! La doncella es quien lo luce, porque yo..... ¡Jesús! ¿yo me lo habia de poner? No me sucederá otra vez. De aquí en adelante, en Paris me han de cortar todos los vestidos.
D. Braul. Bien pensado.
D. a Franc. Pues ¿y los peluqueros? ¡No digo nada! Parecen segadores. No he tenido el gusto de que me hayan peinado siquiera una vez medianamente: tanto que me he visto precisada á usar de peluca. Ya ve usted; ahora por lo menos tengo la ventaja de ir mejor tocada que ninguna, y me ahorro de lidiar con semejantes idiotas.
D. Braul. Yo creí que el gastar usted peluca era por faltarle el pelo natural.
D.a Franc. No por cierto.
D. Braul. Me convence usted.
D a Franc. ¿No aprueba usted que haya tomado esta determinacion?
D. Braul. Sí, señora; pero el caso es que, segun la variedad que noto cada dia en los peinados, necesitará usted trescientas sesenta y cinco pelucas todos los años.
D.a Franc. ¡Oh! no es para tanto; pero aun cuando asi sea, poco me importa con tal de ir á la moda.
D. Braul. ¿Y qué tal? ¿se divirtió usted anoche en casa de la condesita?
D.a Franc. Poca cosa. Bailé dos contradanzas.
D. Braul. ¡Cómo! ¿Usted baila?
D a Franc. ¿Pues no tengo de bailar? ¿Me falta agilidad? ¿Me faltan buen humor, destreza y elegancia?.... Usted se burla.
D. Braul Ciertamente.
D.a Franc. ¿Qué dice usted?
D. Braul. Digo que efectivamente tiene usted gran disposicion para el baile.
D.a Franc. Usted me favorece. Tambien nos entretuvimos un poco con juegos de prendas, y luego con el de la gallinita ciega.
D. Braul. ¿Y usted hizo tercio?
D.a Franc. ¡Vaya! La primerita. ¡No, que ine estaría en el sofá con las señoras mayores!
D. Braul. No corresponde; porque aunque….. usted ya pasa de los cincuenta.....
D.a Franc. ¿Y qué? Yo estoy robusta, y en medio de mis años todavía soy envidiada de muchas jóvenes. Visto con mas primor que ninguna; bailo bien; canto mejor; mi palmito, sin vanidad, no es despreciable….y últimamente, para mí son todos los aplausos.— Mire usted; anoche por el rescate de una prenda estuve en berlina, y en lugar de oir defectos mios como otras presumirlas los escuchan en semejantes casos, todos me colmaron de elogios. Uno me
