Todo por amor: El encuentro
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Todo por amor: El encuentro
En un mundo donde lo humano y lo sobrenatural han convivido en silencio desde el origen de los tiempos, existen fuerzas que observan, esperan y ajustan el curso de la historia cuando el equilibrio esta en riesgo.
Todo por amor: El encuentro es el inicio de una saga de fantasia oscura donde el destino no nace del azar, sino de pactos antiguos, linajes ocultos y decisiones que trascienden la sangre. Vampiros, brujos y seres ancestrales se mueven entre las sombras mientras los humanos, ajenos a la verdad, continúan su vida sin saber que el curso de la existencia esta a punto de abrirse.
En medio de esta red surge un nacimiento inevitable, un punto de convergencia donde dos mundos comienzan a tocarse. Desde las cavernas donde los brujos desafian al Consejo, hasta las tierras donde vampiros rebeldes cuestionan las reglas impuestas desde el origen, cada encuentro revela que el amor puede ser la fuerza mas peligrosa y transformadora de todas.
Esta obra no solo presenta personajes, sino un universo vivo que se expande con cada pagina. Aqui se siembran las bases del conflicto, se revelan las primeras traiciones y se anuncia una consecuencia que marcara el destino de generaciones.
Porque cuando la sangre recuerda, el amor despierta…
y ningun poder puede detener lo que fue destinado a nacer.
Evelin Jonathan Concepcion Duarte
Contacto: 18294606038 Autor dominicano con visión literaria profunda y provocadora. Nacido en Bonao, ha convertido las adversidades en materia prima para construir universos simbólicos, cargados de drama, espiritualidad, fantasía y verdad humana.Desde joven cultivó una sensibilidad mística, plasmada en obras que exploran la lucha entre el deber y el deseo, el dolor de la pérdida, el poder de la redención y las dimensiones ocultas del alma. Su narrativa transita con naturalidad del realismo crudo a lo fantástico, y sus textos resuenan entre lectores que buscan más que entretenimiento: buscan significado.Es autor de "Los Zeones: La raza del origen", una saga de ciencia ficción espiritual con potencial de franquicia, así como de "Mis Obras Fantásticas" y relatos como "La Prostituta del Sacerdote", que abordan sin miedo los conflictos morales, la fe y el amor imposible.
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Todo por amor - Evelin Jonathan Concepcion Duarte
La orden
La arquitectura de piedra negra no había sido levantada para reunir voluntades, sino para contener consecuencias. Allí, el tiempo no avanzaba: se acumulaba.
Cain permanecía erguido en el centro del recinto. No presidía. Sostenía.
El Conclave aguardaba. Brujos, vampiros y licántropos ocupaban posiciones precisas, no por jerarquía visible, sino por función. Nadie hablaba. Nadie necesitaba hacerlo.
Bladimir sentía la incomodidad desde dentro.
No miedo. Desfase.
La sangre en su cuerpo reaccionaba de forma irregular, como si algo lejano tirara de ella sin dirección clara.
—Ha comenzado —dijo Cain.
No explicó qué. No era necesario.
Rafael avanzó un paso. El primer brujo antinatural no consultó símbolos ni pronunció palabras. Su magia no era invocación, era lectura estructural.
—Las ramificaciones han alcanzado su punto máximo —dijo—.
La sangre se ha fragmentado más de lo previsto.
— ¿Puede localizarse? —preguntó Cain.
Rafael tardó en responder. Ese silencio fue más elocuente que una negativa.
—No con precisión —admitió—. Hay interferencia humana. Mezcla. Decisiones auténticas.
Eso vuelve el rastro... inestable.
Bladimir apretó los dientes. Sentía pulsos, ecos, llamados contradictorios. Como si la sangre intentara recordar algo que nunca conoció.
—Sin embargo —continuó Rafael—, hay una región donde la resonancia no desaparece.
No se concentra. Persiste.
Cain giró apenas el rostro.
—Nómbrala.
—La Atalaya. Caballero, Cotuí.
Un punto alto. Antiguo. Transitivamente ignorado.
El Conclave no reaccionó.
Las verdaderas decisiones no provocan emoción.
—Allí —añadió Rafael— la sangre no forma un pico claro.
Forma un campo.
Demasiados portadores. Demasiadas líneas.
Ninguna definitiva.
Bladimir comprendió el problema de inmediato.
—Si entro allí —dijo—, no sabré a quién seguir.
—Exacto —respondió Cain—.
No era un obstáculo.
Era una prueba de madurez.
—Comenzarás el rastreo —ordenó—.
No busques al Cauce.
Busca lo que lo hace posible.
Bladimir inclinó la cabeza. No por sumisión, sino por aceptación del peso.
La Atalaya no ofrecía señales.
Ni templos.
Ni ruinas.
Ni marcas que justificaran la atención del Conclave.
Bladimir caminó el terreno durante días. Percibía impulsos breves, falsos picos, presencias que prometían dirección y se disolvían al acercarse. Sangre antigua mezclada con vidas comunes. Trabajo. Hambre. Amor. Miedo.
Demasiado humano.
—Aquí no hay un linaje —murmuró—.
Hay demasiados.
Rafael lo observaba desde la distancia, sin intervenir.
—Eso es lo que lo hace viable —respondió—.
Si pudieras señalarlo ahora, no serviría.
Bladimir entendió entonces la magnitud del castigo de Cain.
Esperar no siglos...
sino a ciegas.
El Conclave no marcaría nombres.
No elegiría personas.
La unión debía surgir sin saber lo que cargaba.
Desde la sombra, los antiguos sostuvieron la vigilancia.
No para acelerar.
No para corregir.
Solo para asegurarse de que, cuando el Cauce estuviera listo,
nadie pudiera decir que fue forzado.
Porque el Cauce no se rastrea como una presa.
Se permite... o se pierde.
El ruido de la sangre
La Atalaya no anunciaba nada.
No había marcas visibles, ni símbolos antiguos, ni señales que justificaran la atención del Conclave. Era un lugar como tantos otros: tierra trabajada, casas humildes, gente acostumbrada a levantarse antes de que el sol ofreciera ventaja alguna.
Allí, en una vivienda sin ornamentos ni promesas, Gabina Teresa Duarte dio a luz a su hijo.
El nacimiento ocurrió sin médicos privados ni máquinas modernas. Ocurrió como ocurren las cosas que no esperan permiso: con manos firmes, con silencio contenido y con una fe que no necesitaba palabras. Cuando el llanto del recién nacido atravesó la casa, no despertó al mundo. Solo confirmó que la vida seguía su curso, indiferente a cualquier espera superior.
Michael nació sin atajos.
No traía consigo herencias reconocibles, ni nombres que pesaran más que su propio cuerpo. Traía apenas lo necesario para existir: respiración, pulso y una fragilidad que no pedía protección, sino tiempo.
Eso fue lo que primero llamó la atención.
No el niño.
El campo.
Desde la distancia —demasiada para ser humana— algo se tensó. No una señal clara, sino una perturbación. Como cuando una piedra cae en el agua y no se sabe aún si fue lanzada por error... o por intención.
La Atalaya siempre había sido dura. Allí se aprendía temprano que nada llegaba regalado. El trabajo no era virtud: era requisito. El descanso no era derecho: era consecuencia. Los niños crecían entendiendo que la vida no ofrecía explicaciones, solo pruebas.
Michael abrió los ojos por primera vez sin saberlo, pero ya estaba inscrito en esa lógica implacable.
Gabina lo sostuvo con una determinación silenciosa. No pensó en destinos ni en grandezas. Pensó, como piensan las madres que conocen el peso real del mundo, que su hijo tendría que resistir. No a golpes ni a gritos, sino por dentro. Tendría que aprender a insistir cuando nadie mirara.
Y lo hizo.
Los años pasaron sin prodigios. Michael creció entre rutinas exigentes, silencios largos y enseñanzas que no se pronunciaban. No hubo juguetes costosos ni relatos heroicos antes de dormir. Hubo correcciones firmes, observación constante y una idea que se repetía sin palabras: el esfuerzo no se negocia.
Eso volvió a alterar el campo.
No como una revelación.
Como ruido.
A los cinco años, Michael se sintió atraído por algo que no era juego ni distracción. Un libro viejo, páginas amarillentas, números ordenados sin intención aparente. No los entendía, pero los miraba como si escondieran una lógica que merecía ser descifrada.
Contó piedras.
Contó pasos.
Preguntó por qué algunas cosas podían dividirse y otras no.
Nada sobrenatural.
Nada heredado.
Solo insistencia.
Desde la sombra, la sangre fue leída... y malinterpretada.
—Aquí hay algo —murmuró una voz que no pertenecía al campo.
No era una afirmación. Era una duda peligrosa.
Gabina, ajena a toda observación invisible, consiguió cuadernos usados y lápices cortos cuando pudo. Michael los cuidó como se cuida lo que cuesta conseguirse. A los siete años comprendió una regla más dura que cualquier número: si quería avanzar, debía ofrecer algo a cambio.
Por eso se levantó antes del amanecer.
Por eso cargó agua.
Por eso no faltó ni un solo día.
No sabía de universidades ni de destinos mayores.
Solo sabía que valía la pena esforzarse.
Y eso, precisamente eso, fue lo que confundió a los antiguos.
Porque la sangre de Cain no siempre grita.
A veces imita.
A veces se esconde detrás de la disciplina humana, del trabajo honesto, del mérito real. A veces genera picos que parecen promesa... y no lo son.
Michael dormía tranquilo cada noche, ajeno a toda expectativa que no fuera la del día siguiente.
Desde la distancia, el rastreo continuó.
No para marcarlo.
No para elegirlo.
Sino para descartarlo, con el tiempo, como lo más peligroso que existe en una búsqueda eterna:
una posibilidad convincente
que no conduce al final.
Porque el Cauce no se construye con esfuerzo solamente.
Y la sangre verdadera...
no admite atajos, ni siquiera los merecidos.
Patrones que no conducen
Michael tenía cinco años cuando descubrió que los números podían ser algo más que cantidades sueltas.
No ocurrió en la escuela ni frente a un maestro. Ocurrió por casualidad, como ocurren casi todas las cosas que luego parecen inevitables.
Una tarde calurosa en La Atalaya, Gabina lo envió a llevar un recado a la casa de Don Eusebio, un vecino que guardaba objetos viejos con la esperanza silenciosa de que algún día volvieran a servir. La casa olía a papel antiguo y madera húmeda. Mientras el hombre buscaba lo que necesitaba, Michael se quedó observando un estante bajo, torcido por los años.
Allí estaba el libro.
No tenía dibujos ni colores que llamaran la atención. Era delgado, gastado, con la portada casi ilegible. Michael no podía leerlo del todo, pero reconoció algo inmediato: orden. Números alineados. Símbolos repetidos. Una estructura que se sostenía sola.
Lo tomó con cuidado, como si temiera romper algo que no entendía todavía.
— ¿Eso? —Dijo Don Eusebio al verlo—. Es un libro viejo. Nadie lo usa ya.
— ¿Puedo mirarlo? —preguntó Michael.
El anciano lo observó con una curiosidad inesperada y sonrió.
—Si lo entiendes, es tuyo.
Michael no lo entendía.
Pero tampoco lo soltó.
Esa noche, sentado en el suelo de su casa, abrió el libro una y otra vez. No leía bien aún, pero seguía los patrones. Veía que ciertas cosas siempre daban el mismo resultado. Que no importaba el día, el humor o la necesidad: las reglas no cambiaban.
Eso le produjo una sensación nueva. No alegría. Seguridad.
Mientras muchas cosas en su vida variaban —el dinero, el cansancio, las preocupaciones de los adultos— aquello permanecía estable. No improvisaba. No engañaba.
Gabina lo observaba sin intervenir.
—¿Te gusta eso? —le preguntó una noche.
—Sí —respondió él—. Porque no se confunde.
Ella no dijo nada más. Al día siguiente le consiguió un cuaderno usado. Michael lo cuidó como se cuida lo que cuesta conseguir.
Desde entonces, algo comenzó a organizarse en él.
No era talento extraordinario.
Era persistencia.
Michael se detenía más tiempo. Probaba. Fallaba. Volvía a intentar. No buscaba destacar. Buscaba comprender. Y ese hábito —silencioso, constante— empezó a notarse.
No como prodigio.
Como ruido.
En La Atalaya, donde la vida exigía esfuerzo desde temprano, aquello no parecía especial. Muchos niños trabajaban. Muchos insistían. Muchos aprendían a no rendirse. Pero en Michael había una regularidad que no dependía de la necesidad inmediata.
Desde la distancia, algo fue mal leído.
No un llamado.
No una señal clara.
Un patrón estable dentro del caos humano.
—Aquí hay coherencia —susurró una voz que no pertenecía al campo—.
Y la coherencia, en una búsqueda antigua, puede ser engañosa.
Michael crecía ajeno a toda observación que no fuera la de su madre. No sabía que su constancia comenzaba a parecerse, desde fuera, a una promesa. No sabía que su disciplina imitaba algo que no le pertenecía.
Porque el orden también existe en los hombres comunes.
Porque la sangre de Cain no es la única capaz de generar estructura.
Con el tiempo, ese rastro se volvería más débil.
Más humano.
Más claramente insuficiente.
Pero aún no.
A los cinco años, Michael no pensaba en futuros lejanos ni en destinos ocultos. Solo había aprendido una idea simple, casi invisible, que guiaría cada paso de su vida:
Si algo parecía difícil, valía la pena quedarse un poco más.
Desde la sombra, el rastreo continuó.
No para marcarlo.
No para reclamarlo.
Sino para comprobar, demasiado tarde para algunos, que incluso la disciplina más pura puede ser solo eso:
un camino firme
que no conduce al final.
Porque el Cauce no nace del orden aprendido.
Y la sangre verdadera
no se deja confundir por la constancia.
Bajo vigilancia
Michael descubrió algo que muy pocos niños aprendían tan temprano:
entender produce placer.
No era el placer ruidoso de un juego ganado ni la emoción breve de un dulce.
Era algo distinto. Silencioso. Profundo.
El instante exacto en que lo confuso se ordenaba dentro de su mente, como si una fuerza invisible alineara las piezas.
Cuando una idea encajaba, Michael sonreía sin notarlo.
En la escuela, la maestra escribía operaciones en la pizarra y avanzaba rápido, como si todos debieran seguirle sin cuestionar. Muchos copiaban por inercia. Otros memorizaban por miedo.
Michael no.
Si no entendía, se detenía.
No levantaba la mano de inmediato. Primero pensaba. Volvía a mirar el problema. Lo desarmaba mentalmente, pieza por pieza, como quien abre un mecanismo antiguo para descubrir su secreto.
Un día la maestra escribió:
12 ÷ 3 =?
Michael bajó la mirada. No respondió de inmediato.
No pensó en números. Pensó en reparto.
—Doce dividido entre tres... —murmuró— es repartir doce en tres partes iguales.
Lo vio claro.
Cada parte tenía cuatro.
Pero lo importante no fue la respuesta.
Fue lo que sintió al llegar a ella: una calma extraña, una certeza profunda, como si algo dentro de él hubiese despertado y asentido.
Ese día entendió algo más grande que una división.
Entendió que pensar no duele.
Pensar libera.
Lo que Michael no sabía era que, en ese mismo instante, algo más lo observaba.
No desde el aula.
No desde el pueblo.
Desde una distancia imposible de medir con pasos humanos.
Bladimir, enviado del Cónclave, había seguido su rastro durante semanas. Observaba sin intervenir, como dictaban las normas antiguas. Esperaba sentirlo:
la vibración inconfundible de la sangre del Líder.
Pero no la sentía.
Michael pensaba, razonaba, comprendía...
y aun así, su sangre permanecía en silencio.
Eso inquietaba a Bladimir más que cualquier señal clara.
En el aula, Michael empezó a notar diferencias entre sus compañeros. Algunos se rendían antes de intentar. Otros decían yo no sirvo para eso
como una condena anticipada.
Michael, en cambio, sentía un desafío.
—Todavía no —se decía—, pero voy a entenderlo.
En su casa no había lujos ni libros nuevos cada mes. No había tutores ni promesas fáciles.
Pero había tiempo... y una terquedad casi ancestral.
Repetía ejercicios hasta que dejaban de ser ejercicios y se convertían en ideas vivas.
Descubrió solo la relación entre suma y resta, no como regla, sino como lógica:
Si
7 + 5 = 12
entonces
12 − 5 = 7
No era una fórmula.
Era una puerta.
También comprendió algo que muchos adultos jamás aceptaban:
los errores no eran enemigos.
—Si me equivoqué —pensaba— es porque todavía no entiendo algo.
Y volvía atrás sin vergüenza.
Bladimir, desde la distancia, fruncía el ceño.
No hay rastro del Líder, pensaba.
Pero hay algo aquí... algo que no encaja.
Una tarde, mientras Michael llenaba las barricas de agua de Doña Ramona, ella lo observó en silencio. El niño contaba cada viaje, calculando mentalmente los galones restantes, ajustando el esfuerzo exacto para no desperdiciar fuerzas.
—Tú no haces las cosas por obligación, ¿verdad? —le preguntó ella.
Michael negó con la cabeza.
—No. Me gusta entenderlas.
Doña Ramona lo miró con una mezcla de sorpresa y respeto.
—Eso es raro en alguien tan pequeño.
Michael no respondió. No sabía que era raro.
Solo sabía que cuando entendía algo, el mundo parecía menos caótico.
Esa misma noche, Bladimir tomó una decisión.
Michael no portaba la sangre del Líder.
De eso ya no tenía dudas.
Pero tampoco podía ser ignorado.
Tal vez no es el heredero, pensó.
Tal vez es el crisol.
Y en el Cónclave, los crisoles siempre habían sido más peligrosos que los herederos.
Michael, ajeno a todo, se durmió con la serenidad de quien ha comprendido algo nuevo.
Sin saberlo, estaba entrenando su mente para no huir de lo difícil.
Y el Cónclave...
ya había comenzado a observarlo con otros ojos.
El campo y sus límites
El recreo siempre tenía el mismo sonido: risas dispersas, pasos corriendo sobre la tierra seca y el murmullo constante de voces infantiles.
Michael prefería otra cosa.
Se sentaba bajo la mata de almendra, a la sombra amplia que parecía protegerlo del ruido del mundo. Desde allí observaba sin prisa, como si el campo entero fuera un tablero que podía leerse con atención.
Aquella mañana tenía su merienda entre las manos cuando Estefany se sentó a su lado sin pedir permiso.
— ¿En qué piensas tanto? —preguntó, mordiendo una galleta.
Michael tardó unos segundos en responder. No por falta de ideas, sino porque ordenar pensamientos era parte natural de su forma de existir.
— ¿Qué piensas de ser presidente? —dijo ella de repente, mirándolo con curiosidad.
Michael levantó la vista, sorprendido.
— ¿Ser presidente yo? —repitió—. Si te soy sincero... mi idea de gobierno sería un presidente mundial.
Estefany frunció el ceño.
— ¿Un presidente mundial? Pero cada zona tiene culturas distintas, formas diferentes de pensar.
Michael negó despacio, con una seriedad que no parecía propia de su edad.
—Eso no es relevante —respondió—. La forma más eficiente de que el planeta avance en una sola dirección es un gobierno mundial. No uno opresor... sino democrático, con organismos que equilibren el poder.
Estefany lo escuchaba sin interrumpir.
—Piensa en esto —continuó—. Si una región pierde fertilidad para producir alimentos, un gobierno mundial podría compensarlo desde zonas fértiles. Así nadie muere de hambre mientras otros desperdician recursos.
Hizo una breve pausa.
—Incluso podríamos crear estaciones en el espacio. Este planeta es el único con vida. Si mañana algo lo amenaza y no tenemos un respaldo... el universo quedaría vacío.
Estefany abrió un poco los ojos.
—Si un banco crea copias de seguridad para proteger su dinero —añadió Michael—, ¿por qué no haríamos lo mismo con la vida?
—Tú hablas raro —dijo ella al final—. No te entiendo.
Michael no se molestó. Estaba acostumbrado.
Lo que ninguno de los dos sabía era que, no muy lejos de allí, dos adultos escuchaban con atención relatos similares.
Julián y Altagracia, recién casados, comenzaban a integrarse a la vida social de Caballero. Ella participaba en reuniones comunitarias; él conversaba con maestros, líderes barriales, comerciantes. Julián hablaba de orden, de progreso, de organización local. Decía que el campo podía crecer sin perder su esencia.
Michael los había visto algunas veces.
Le parecían distintos.
Julián lo saludaba con respeto, no como a un niño, sino como a alguien que pensaba. Altagracia le sonreía con una calidez que no fingía. Sin saberlo, esa cercanía empezaba a tejer un vínculo silencioso.
Bladimir lo notó.
Desde la distancia, observaba con disgusto.
Ahí está, pensó. La sangre del Líder se manifiesta en ellos... no en el niño.
Eso lo confirmaba... y al mismo tiempo lo irritaba.
Bladimir pertenecía a la ramificación de Agusto, no a la de Rafael. Y sin embargo, era Rafael quien dictaba órdenes como si fuera el eje absoluto del Cónclave. Eso no era equilibrio. Era control.
—Nos vigilan como prisioneros —murmuró una noche entre sus acompañantes vampiros—. Nos hablan de orden, pero no confían en nosotros.
Uno de ellos guardó silencio. Otro bajó la mirada.
—Yo no pertenezco a la línea de Rafael —continuó Bladimir—. Mi lealtad es a Agusto... y al verdadero propósito. No a esta jaula.
Desde hacía tiempo, Bladimir había comenzado a romper una regla fundamental:
alimentarse de humanos en Caballero.
No de forma caótica.
No con matanzas.
Era meticuloso. Programado. Espaciado en el tiempo.
Lo suficiente para sostenerse... y para desafiar al Cónclave sin provocar alarma inmediata.
Era su primer acto de rebeldía.
Mientras tanto, en el recreo, Plutarco se acercó con su andar provocador.
— ¿Qué haces hablando con este? —le dijo a Estefany, burlón.
Antes de que Michael respondiera, sonó el timbre. El sonido metálico cortó el aire como una orden. Plutarco se alejó.
Estefany caminó junto a Michael hacia el aula.
— ¿Te pelearías con él si te provoca? —preguntó.
Michael negó con tranquilidad.
—No. ¿Qué sentido tiene pelearse con otra vida?
Ella lo miró, intrigada.
—He aprendido —continuó Michael— que la vida es un
