La Pródiga: Edición enriquecida. Novela
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En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura:
- Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas.
- La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos.
- Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura.
- Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos.
- Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna.
- Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria.
- Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.
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La Pródiga - Pedro Antonio de Alarcón
Pedro Antonio de Alarcón
La Pródiga
Edición enriquecida. Novela
Introducción, estudios y comentarios de Vega Santana
Editado y publicado por Good Press, 2023
goodpress@okpublishing.info
EAN 08596547824053
Índice
Introducción
Sinopsis
Contexto Histórico
La Pródiga
Análisis
Reflexión
Citas memorables
Notas
Introducción
Índice
Entre la fascinación que ejerce el dinero cuando se vuelve promesa de autonomía y la desconfianza que nace cuando desafía el orden moral, La Pródiga traza el borde incierto donde la libertad, el deseo y la mirada social se disputan una vida.
La Pródiga es una novela de Pedro Antonio de Alarcón (1833–1891), figura del Realismo español del siglo XIX. Se inscribe en la narrativa realista y costumbrista, con atención a las prácticas sociales y a los conflictos morales propios de su época. La acción se sitúa en la sociedad española decimonónica, ámbito que Alarcón retrata con precisión de observador y pulso de moralista. Publicada en la fase madura de su trayectoria, la obra dialoga con las preocupaciones del Realismo: la tensión entre individuo y comunidad, la influencia de las convenciones y el peso de la conciencia. Sin afirmar fechas exactas, basta ubicarla en el contexto realista tardonovecentista para comprender su proyecto estético y ético.
El planteamiento inicial invita a seguir a una protagonista cuya riqueza, carisma y munificencia alteran equilibrios íntimos y públicos. La prodigalidad, más que rasgo pintoresco, es aquí una forma de intervención en el mundo: compra tiempo, exige lealtades, suscita gratitudes ambiguas y despierta juicios severos. Alarcón dispone la intriga sin prisas, acumulando gestos y matices que revelan cómo el dinero circula como promesa, amenaza y lenguaje afectivo. La novela evita caricaturas: la heroína no es emblema lineal, sino conciencia en movimiento. Sin adelantar giros, basta decir que la trama se activa cuando su libertad de gastar choca con las expectativas que la sociedad prescribe a la virtud, el decoro y la obediencia.
La experiencia de lectura combina una voz omnisciente nítida con una prosa cuidada, irónica en su observación y moral en su horizonte. El narrador comenta, matiza, interpela y ordena, pero deja respirar la ambivalencia de los personajes. La cadencia alterna escenas de salón, episodios íntimos y estampas costumbristas, con un ritmo que favorece el retrato psicológico y la radiografía social. El tono oscila entre el dramatismo contenido y la reflexión sentenciosa, sin caer en el sermón ni en el sentimentalismo fácil. Se percibe el oficio de un escritor atento a lo concreto y a lo universal, capaz de convertir un conflicto particular en espejo de tensiones colectivas.
Entre los temas centrales destacan la libertad y sus límites, el prestigio y su fragilidad, la generosidad y su sombra de vanidad, la culpa y la posibilidad de enmienda. También se explora la relación entre dinero, afecto y poder: cómo el gasto puede ser cuidado genuino o dominio encubierto, y cómo la comunidad responde con fascinación, cálculo o hipocresía. El honor y la reputación, bienes sociales por excelencia, se revelan como escenarios de negociación permanente. La novela atiende, además, a la situación de la mujer en una sociedad que regula sus deseos y su patrimonio, y a la tensión entre conciencia individual y autoridad religiosa sin reducirla a un esquema.
Esta trama decimonónica resuena hoy por su mirada sobre el consumo visible, la filantropía ambigua, la presión de la opinión pública y la construcción de identidades a través de los recursos materiales. La inquietud por el coste moral de la abundancia, la exigencia de ejemplaridad y el control social de los cuerpos femeninos mantienen vigencia. En un tiempo que discute los usos del dinero privado en causas públicas, la novela ofrece un laboratorio de motivaciones, autoengaños y consecuencias. Su lectura ilumina cómo la economía afecta vínculos y cómo la reputación media entre lo que somos y lo que el mundo exige. Relevante por la sutileza con que muestra dilemas sin clausurarlos.
Acercarse a La Pródiga es entrar en una narrativa que ofrece placer estético y examen ético a partes iguales. El lector encontrará un retrato minucioso de una mujer que habita el filo entre la admiración y el reproche, y una sociedad que usa la moral como espejo y máscara. Sin revelar desenlaces, puede anticiparse un itinerario donde cada gesto tiene precio y cada juicio, consecuencias. Alarcón convoca a pensar en la responsabilidad de las elecciones, el peso de los vínculos y la posibilidad de corregir el rumbo. Así, la obra se integra en la tradición realista española y conserva su capacidad de interpelar al presente.
Sinopsis
Índice
La Pródiga, novela de Pedro Antonio de Alarcón, se sitúa en la España de la Restauración y explora, con trazo realista y sesgo moral, el enigma de una mujer cuyo apodo nace de su extraordinaria liberalidad. La obra plantea desde el inicio una pregunta incómoda: ¿qué hay detrás de una generosidad que desborda los usos sociales? El autor observa a una dama rica y joven, rodeada de murmullos, que convierte su fortuna en alivio para ajenos. Sin fijar de inmediato un juicio, el relato dispone un escenario de contraste entre caridad, reputación y deseo de libertad, abriendo una intriga ética sostenida.
Los primeros capítulos describen el círculo que gira en torno a la protagonista: necesitados que encuentran puertas abiertas, parientes temerosos por el patrimonio, y una sociedad provinciana que oscila entre la admiración y el escándalo. La casa de la llamada Pródiga opera como refugio y teatro: allí se suceden dádivas, proyectos benéficos, amistades repentinas y ausencias sospechosas. Alarcón detalla el rumor como fuerza narrativa, dejando que versiones contradictorias compitan por imponerse. El lector advierte que la abundancia no pacifica, sino que convoca tensiones nuevas, y que cada acto caritativo reconfigura jerarquías visibles e invisibles en un medio regido por etiqueta y control.
En ese ambiente irrumpe un allegado que, lejos de explotar la munificencia, intenta comprenderla. Su cercanía permite que afloren zonas íntimas del personaje central: inseguridades, convicciones religiosas, ansias de afirmación y una necesidad de afecto que la opulencia no colma. Entre ambos se entabla una relación hecha de diálogo y fricciones, donde la definición de la virtud se vuelve terreno disputado. Alarcón intercala escenas de observación social con pasajes de examen moral, y deja que el atractivo recíproco complique cualquier explicación unívoca. ¿Es la Pródiga víctima de su impulso, o dueña de un programa ético propio? La duda persiste.
El desarrollo ahonda en los costes de la magnificencia. La fortuna, por cuantiosa que sea, muestra límites, y alrededor surgen aprovechamientos, chantajes velados y deudas de gratitud imposibles de saldar. La familia y algunos notables impulsan medidas de tutela y administración, apelando al escándalo público como argumento disciplinario. La protagonista, orgullosa y decidida, defiende su derecho a usar lo suyo según su conciencia, aunque escucha advertencias y reprensiones. La narración tensiona la cuerda entre autonomía económica y orden patriarcal, mientras la relación con su confidente se vuelve un laboratorio de pruebas: consejo, reproche y lealtad alternan sin anular la inquietud.
Un episodio de urgencia colectiva precipita la crisis: la Pródiga realiza un gesto de ayuda que supera todos los anteriores y coloca a la comunidad frente a un espejo. La ciudad comenta, se divide, toma partido; las instituciones reaccionan, a veces con gratitud, a veces con recelo. El relato atiende menos al dato cuantitativo que a la cuestión del móvil: ¿caridad cristiana, afán de gloria, fuga del pasado, necesidad de amar y ser amada? Voces religiosas y miradas pragmáticas aportan marcos rivales para juzgarla. La protagonista, por su parte, empieza a medir el peso real de sus decisiones.
En el tramo final, indicios sobre la historia previa de la joven iluminan aspectos de su conducta sin anular el misterio. La tensión sentimental se cruza con la económica y la reputacional, y el relato la obliga a elegir entre caminos incompatibles: preservar o consumirse, obedecer o afirmarse, aceptar una disciplina externa o sostener su proyecto hasta el riesgo. También esa persona cercana enfrenta un límite: ayudar supone, quizás, renunciar a comprender del todo o a imponer su criterio. Alarcón mantiene la reserva sobre desenlaces y giros, y prefiere subrayar el alcance moral de cada paso hacia la resolución.
La Pródiga se lee hoy como un examen de la filantropía, la libertad femenina y la hipocresía social en la España de fines del XIX. Más allá del retrato de época, la novela cuestiona la pureza de los motivos y los mecanismos de control que convierten la generosidad en problema público. Sin agotar su enigma, propone que las acciones visibles no cancelan las zonas opacas del deseo y la culpa. La vigencia radica en sus preguntas: qué debe un rico, qué puede una mujer, qué es dar sin comprar. Alarcón ofrece una fábula moral abierta, resistente al juicio tajante.
Contexto Histórico
Índice
La Pródiga se publicó en los primeros años de la Restauración borbónica, periodo iniciado en 1874 tras el Sexenio Democrático. Bajo Alfonso XII y la Constitución de 1876, España consolidó un régimen de orden, confesionalmente católico y con Cortes bicamerales, sostenido por el turno pacífico entre liberales y conservadores y por redes de caciquismo electoral. El final de la Tercera Guerra Carlista (1876) y la pacificación interior favorecieron una vida pública más estable, aunque con control de la prensa y de las costumbres. Este marco político, que exaltaba la respetabilidad y la moral pública, condicionó los temas y tonos de la narrativa de la época.
En lo social, la nobleza titulada y las élites rentistas atravesaban un reajuste iniciado décadas antes por la desvinculación de mayorazgos y las desamortizaciones de 1836 y 1855, que facilitaron la circulación de tierras y capitales. A finales del siglo XIX, la aristocracia compartía protagonismo con una burguesía enriquecida por el comercio, el ferrocarril y las finanzas. La ostentación en salones, casinos, teatros y balnearios se volvió un lenguaje de estatus, mientras las alianzas matrimoniales servían para consolidar patrimonios. En este ambiente de consumo visible y honor competitivo, las novelas examinaron los riesgos morales del lujo, la vanidad y la mala administración de fortunas heredadas.
Las normas de género de la Restauración asignaban a las mujeres de las élites un ideal doméstico y caritativo, con educación centrada en urbanidad, música, idiomas y religión. La legislación mantenía una amplia potestad marital: la esposa casada requería autorización del marido para administrar bienes o celebrar contratos, salvo pactos en capitulaciones. La Ley de Matrimonio Civil de 1870 había abierto la vía civil, pero tras 1875 volvió a prevalecer el matrimonio canónico; el Código Civil de 1889 consolidó ese marco y la patria potestad. Este régimen jurídico y cultural condicionó la representación literaria de la herencia, la dote, la reputación y la benevolencia femenina.
En el campo literario, la narrativa realista se consolidó en España entre 1870 y 1890, con atención al detalle social y a los conflictos morales. Autores como Galdós, Pereda o Clarín exploraron la sociedad contemporánea; coexistió una vertiente de novela de tesis, de propósito didáctico y católico. Pedro Antonio de Alarcón, formado en el romanticismo y el costumbrismo, evolucionó hacia posiciones conservadoras tras 1868 y cultivó la novela moral, como ya había mostrado en El escándalo (1875). La Pródiga se inscribe en ese horizonte estético, combinando observación de ambientes con una intención ejemplar que dialoga con debates sobre virtud, honor y responsabilidad.
El auge de la imprenta y la prensa periódica amplió el público lector en las últimas décadas del siglo XIX. Los diarios y revistas de Madrid y provincias difundían entregas, críticas y folletines, mientras las editoriales capitalinas consolidaban colecciones de novela. Aunque la censura previa había desaparecido, persistían controles y secuestros de publicaciones, modulados por alternancias políticas. El clima cultural favorecía relatos verosímiles, ambientados en espacios reconocibles —casas solariegas, cafés, teatros, templos—, y atentos a códigos de honor. En ese ecosistema, una obra como La Pródiga podía proponer un examen moral de las costumbres sin romper con las expectativas del público decente.
En la España restauracionista coexistían fortunas notables y vulnerabilidades crónicas. La beneficencia, en buena medida vertebrada por la Iglesia y por juntas locales, canalizaba donativos hacia hospitales, hospicios y escuelas. Asociaciones como las Conferencias de San Vicente de Paúl impulsaron la caridad organizada en parroquias urbanas, y era habitual la participación de damas en patronatos y bazares benéficos. Al mismo tiempo, las oscilaciones económicas y la especulación financiera alimentaban temores sobre la ruina súbita. Este trasfondo de riqueza ostentosa, deber social y posible quebranto informa la lectura de La Pródiga, centrada en el uso responsable —o derrochador— del patrimonio.
El periodo vio disputas ideológicas sobre educación y moral. El krausismo, difundido en cátedras y en la Institución Libre de Enseñanza (fundada en 1876), promovía una ética laica y reformista; la Iglesia, reforzada por el Concordato y por el regreso de órdenes como la Compañía de Jesús tras 1875, lideró una reacción confesional. La polémica prensa católica y liberal debatía sobre divorcio, libertad de conciencia, teatro y lecturas permitidas. Alarcón, ya en su madurez, se alineó con sensibilidades católicas y conservadoras, rasgo perceptible en el tono ejemplar, el elogio de la disciplina moral y la crítica de la frivolidad que atraviesan La Pródiga.
La Pródiga, desde su argumento y su protagonista femenina, dialoga con las tensiones de la Restauración entre deseo individual, presión social y disciplina católica. La obra contrapone el brillo del gasto suntuario con el deber de la caridad, el prestigio del apellido con la obligación de custodiar el patrimonio y la honra. A través de ambientes reconocibles y de conflictos verosímiles, ofrece una lectura moral de las élites y de su sociabilidad. Al hacerlo, refleja los valores dominantes del momento y los somete a examen, subrayando responsabilidades personales y límites impuestos por la ley, las costumbres y la opinión pública.
La Pródiga
Tabla de Contenidos Principal
Dedicatoria
Libro I. Campaña electoral
I. Política recreativa
II. Una gran electora
III. El Cortijo del Abencerraje
IV. La señora marquesa
V. José
VI. Resonancias de la vida
VII. Una mujer que se conocía a sí misma
VIII. Dos vencedores y un vencido
IX. A la Excma. Sra. Doña Julia...
Libro II. Sueños de amor y fortuna
I. Para verdades... Madrid
II. Una sesión de Cortes
III. Segunda carta de Guillermo á Julia
IV. En el fondo del alma
V. Metamorfosis
VI. Pura
VII. Idilio madrileño
VIII. Un diplomático
IX. Verdadera historia de Julia
X. Perplejidad
XI. Decisión
XII. El don Lucas de siempre
XIII. Otras dos lágrimas
XIV. El horizonte sensible
Libro III. El carnaval en el campo
I. Lobos y perros
II. PERROS Y LOBOS
III. El juramento
Libro IV. Las cuatro estaciones
I. Auto de fe en la chimenea
II. Nube de primavera
III. Tormenta en verano
IV. Celajes de otoño
Libro V. El 1.º de Octubre
I. Los novios
II. Los amorcillos de zinc
III. Hablar por hablar
IV. La vuelta de la boda
V. ¡Exageraciones!.
VI. Modus vivendi
VII. Cuentas atrasadas
VIII. Sin música
IX. Con música
X. El indulto de «La Época»
XI. Cartas y retratos
XII. En el que José vuelve a llevar en brazos a Julia
X. El perro y el lobo
XIV. Epílogo
Dedicatoria
Índice
Al Excmo. Señor Don José Fernández Jiménez
Al dar á mis libros esta forma definitiva y algo testamentaria, de COLECCIÓN DE OBRAS COMPLETAS, me he propuesto escribir al frente de cada tomo, en señal de cariño y de gratitud, el nombre de alguno de los buenos amigos que me han acompañado y alentado con su afecto en esta peregrinación de la vida, á cuyo término voy ya tocando.
Correspóndete á ti, mi querido Ivón—y perdona que te designe con el que fué tu nombre de guerra en nuestras juventudes—figurar como padrino de LA PRÓDIGA, novela que hoy he acabado de escribir, y que tal vez sea la última que escriba. Por consiguiente, vengo á dedicarte, como si dijéramos, el Benjamín de mis libros, orgullo y regocijo de mis canas, dado que no sea debilidad de mi chochez.
Así procedía en justicia, tratándose de ti, mi más íntimo amigo y mejor maestro, que tanto sientes, piensas y sabes, y que toda la vida te has complacido, antes que en afianzar tu propia gloria, en aclarar y ordenar entendimientos como el mío, menos lúcidos que jactanciosos.—No has logrado, empero, con toda esa abnegación y modestia, ocultar al mundo tus extraordinarias dotes de artista, poeta, filósofo y orador; y, aunque perseveres en la manía de no escribir para el público, tú, que manejas la pluma con el vigor, pureza y elegancia de un Hurtado de Mendoza ó de un Solís, seguro estoy de que tu nombre pasará á la posteridad, como ha llegado hasta nosotros el de poetas y artistas cuyas obras se perdieron hace miles de años. En ello hará punto de honra la generación que ha tenido la dicha de conocerte y de oirte; que tanta enseñanza te debe, y que tanto te ha admirado y aplaudido; y ¡bien sabe Dios que, si por algo pudiera yo apetecer que esta humilde dedicatoria se leyese en edades futuras, sería por contribuir á la duración de tu justa fama!...
Pero veo que te ponen colorado mis elogios...Dejémonos ya de lo que, en suma, es vano y contingente, como todo lo tocante á grandezas humanas, y recibe al contado, ó por de pronto, un abrazo de fraternal cariño de tu paisano, amigo y compadre,
Pedro.
Madrid, 10 de Febrero de 1882.
Libro I. Campaña electoral
Índice
I. Política recreativa
Índice
Hace ya de esto quince ó veinte años.—Preparábase en nuestra siempre revuelta España una elección general de Diputados á Cortes. La batalla debía reñirse aquella vez por circunscripciones, y los tres candidatos de embozada oposición que aspiraban á representar la parte Nordeste de cierta provincia andaluza, donde eran mucho menos conocidos que en Madrid, bien que en ella tuviesen tal ó cual deudo y alguna finca, andaban recorriendo, juntos y á caballo, villas, aldeas y cortijos, en busca de votos contrarios al Ministerio;—oficio divertidísimo si los hay, cuando uno es todavía joven y poco ambicioso, aficionado á montar, indiferente á los peligros ó dado á correrlos, más devoto de la Naturaleza que de la política, y más amante de las buenas mozas, del rico vino y de las fatigas corporales que de todas las formas de gobierno habidas y por haber.
Tal acontecía en aquel entonces á los candidatos referidos, y muy especialmente al que entre ellos hacía cabeza, del cual hablaremos luego más despacio. Llevaban, pues, muchos días de asordar agrestes soledades con sus risas y bromas, reservando la formalidad para cuando entraban en poblado; de escalar y salvar montes y breñas, á todo el correr de sus alquilados corceles, en demanda de ocultos y desprevenidos lugarejos; de entrar en éstos como asoladora tromba, interrumpiendo la fastidiosa paz de la rutina y la pobreza; de comerse la matanza de alcaldes, estanqueros y otras personas de viso (que no la prueban nunca, sino que la guardan para tales casos de honra), y de dejarlos en cambio llenos de perturbadoras especies madrileñas, que cada labriego traducía al tenor de sus pasiones y apetitos, con detrimento y mengua de antiguos respetos sociales...
Dicho se está que no iban solos aquellos tres futuros ministros, así reputados, cuando menos, por sus partidarios, como todo candidato primerizo á la diputación... Poderosos ó bullidores hijos del país, muy más interesados que ellos en la contienda, aunque nada se les alcanzase de ideas políticas ó no políticas, los acompañaban en rabicortas jacas con albardilla moruna, ó en paridoras yeguas con aparejo redondo, amén de la servidumbre propia y de Los espoliques voluntarios que, á pie y con escopetas, iban dando á la expedición carácter y colorido de verdadera algarada...—Renovábase casi todo este séquito en cada pueblo visitado: allí esperaban á los candidatos comisiones avanzadas del pueblo siguiente, y se despedía la que llamaremos escolta póstuma del pueblo anterior; de modo que el entusiasmo y los obsequios no decaían nunca, sino que antes bien, aquellos agasajos que los hospedadores sucesivos presenciaban en la residencia ajena, les servían de estímulo para echar la casa por la ventana en la residencia propia, habiéndose llegado ya más de una vez al extremo de poner á los viajeros unas camas con tantísimos colchones, que apenas les dejaban sitio, entre las almohadas y el techo, para santiguarse después de acostados.
II. Una gran electora
Índice
En tal guisa, los tres jóvenes aspirantes á legisladores, á quienes, para entendernos de algún modo, llamaremos Enrique, Miguel y Guillermo, llegaron á cierto pueblecillo de donde nadie había salido á esperarlos, y en el cual, si bien fueron decorosamente recibidos y tratados... por el Ayuntamiento, en virtud de recomendaciones eficacísimas... del Gobernador (más adicto á ellos que al Gobierno de S. M.), tuvieron en cambio el disgusto de oir de boca del Alcalde, ó, mejor dicho, de
