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Símbolos y fantasmas: Las víctimas de la guerrilla: de la amnistía a la "justicia para todos"
Símbolos y fantasmas: Las víctimas de la guerrilla: de la amnistía a la "justicia para todos"
Símbolos y fantasmas: Las víctimas de la guerrilla: de la amnistía a la "justicia para todos"
Libro electrónico598 páginas7 horas

Símbolos y fantasmas: Las víctimas de la guerrilla: de la amnistía a la "justicia para todos"

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A través de testimonios, archivos periodísticos y documentos judiciales,

el autor bucea en el resurgimiento de la denominada «teoría de los dos

demonios», a partir de la reapertura de los juicios a represores de la

última dictadura militar y analiza la estrategia desplegada por diversos

sectores del centro a la derecha para calificar como «crímenes de lesa

humanidad» a los atentados de la guerrilla.

¿Por qué la evocación en torno de las víctimas de la guerrilla implica

siempre de manera explícita o velada una reivindicación de la última

dictadura militar? Partiendo de cuatro casos emblemáticos de víctimas

atribuidas a la guerrilla -Argentino del Valle Larrabure, Pedro Eugenio

Aramburu, Jordán Bruno Genta y José Ignacio Rucci-, Germán Ferrari

indaga en las relaciones entre estos personajes y la aparición de un

nuevo discurso que equipara el terrorismo de Estado con las acciones de

las organizaciones milicianas.

Los casos elegidos reúnen todos los elementos necesarios para ensayar

una respuesta a ese interrogante crucial ante la construcción de un

futuro sin lastres de autoritarismo. Fueron símbolos para la última

dictadura y son fantasmas que aún acosan a esta democracia imperfecta.

«Símbolos y fantasmas» demuestra cómo detrás del lema «justicia para

todos» se oculta una realidad más compleja, en la que se mezclan el

dolor y el oportunismo político.
IdiomaEspañol
EditorialSUDAMERICANA
Fecha de lanzamiento1 jun 2012
ISBN9789500739474
Símbolos y fantasmas: Las víctimas de la guerrilla: de la amnistía a la "justicia para todos"
Autor

Germán Ferrari

Germán Ferrari (Lomas de Zamora, 1969) es periodista, escritor y docente. Trabaja en diversos medios de comunicación desde los dieciocho años. En la actualidad, colabora en las revistas Todo es Historia y Caras y Caretas y da clases en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, entre otras casas de estudios. Es autor de los libros Rabindranath Tagore: soñador de esperanzas, La comunicación, Raúl González Tuñón periodista, El Ave Fénix. El sindicalismo peronista entre la "Libertadora" y las 62 Organizaciones (1955-1958), en coautoría con Santiago Senén González, y Símbolos y fantasmas (Sudamericana, 2009).

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    Símbolos y fantasmas - Germán Ferrari

    Cubierta

    GERMÁN FERRARI

    SÍMBOLOS Y FANTASMAS

    Las víctimas de la guerrilla: de la amnistía a la justicia para todos

    Sudamericana

    A Pedro, Manolo, Chela y Pepa,

    mis abuelos, porque jamás

    hubieran imaginado

    estas historias

    PRÓLOGO

    En los últimos años fue avanzando en ciertos sectores de la sociedad la reivindicación de los muertos por la guerrilla en el marco de la violencia desatada en los setenta.

    Aunque cuando Raúl Alfonsín dispuso su histórico juicio a los comandantes impulsó también el juzgamiento del liderazgo guerrillero, asentado en la teoría de los dos demonios, con el tiempo esta segunda finalidad quedó diluida. Posteriormente fue desechada por diversos fallos judiciales incluso el de la Corte Suprema de Justicia, que consideró prescriptibles los asesinatos perpetrados por las organizaciones armadas, basándose en una doctrina asentada en el orden internacional que bajo ningún concepto ha querido equiparar los atropellos del Estado, considerados crímenes de lesa humanidad (secuestros, robos de bebés, torturas, muertes ilegales, etc.), es decir perseguibles en el tiempo, con las acciones de quienes no detentaron el monopolio de la fuerza.

    Detrás del lema justicia para todos, reiterado en los tiempos más recientes por quienes aspiran a equiparar los actos de la guerrilla con el terrorismo de Estado, se oculta una realidad más compleja, en la que se mezclan el dolor y el oportunismo político. Es un asunto muy delicado, cuyo esclarecimiento no debe dejar duda con respecto a lo odioso de toda muerte signada por la controversia política. El sufrimiento de numerosas familias por sus víctimas y sus reclamos de que sean reconocidas como parte de los tiempos más traumáticos del siglo pasado no deberían ser confundidos con la tipificación legal de esos hechos.

    Es necesario iluminar la simplificación que suelen hacer diversos sectores de la sociedad cuando usan de manera indistinta los términos terrorismo y guerrilla. La politóloga Pilar Calveiro expresa al respecto: Los movimientos armados latinoamericanos no fueron terroristas, salvo algún caso verdaderamente excepcional, como parece haber sido el de Sendero Luminoso; resulta importante señalar que guerrilla y terrorismo no son sinónimos, como afirma cierto discurso pretendidamente democrático. El terrorismo se basa en el uso indiscriminado de la violencia sobre población civil, con el objeto de controlar a un grupo o una sociedad por medio del terror. Las prácticas de las guerrillas latinoamericanas no se caracterizaron por este tipo de accionar sino por operaciones militares bastante selectivas, dirigidas contra el Estado, principalmente contra fuerzas militares y policíacas. Esta distinción es de primordial importancia en el momento actual, en que se tiende a fundir y confundir cualquier recurso a la violencia con el terrorismo, como forma de descalificación. En realidad, la asimilación de toda práctica violenta al fenómeno terrorista es una manera de desacreditar en bloque las violencias revolucionarias o resistentes para, al mismo tiempo, convalidar las estatales —siempre más poderosas y letales— como ‘necesarias’.¹

    La derrota, aniquilación o dispersión de las organizaciones armadas y de todo aquello que se englobó como subversión acalló cualquier reclamo por las víctimas de la guerrilla: las FF.AA. habían ganado la guerra. Durante el gobierno de Alfonsín los nostálgicos de la dictadura presionaron de todas las formas posibles para impedir el Juicio a las Juntas y que se avanzara en las investigaciones sobre delitos contra los derechos humanos. La agrupación Familiares y Amigos de los Muertos por la Subversión (FAMUS) se hizo conocida por sus misas y solicitadas contra la democracia, pero nunca se interesó por investigar las acciones de la guerrilla ni por buscar justicia. Los indultos de Carlos Menem que beneficiaron a los militares fueron aplaudidos por la mayoría de esos sectores, que toleraron como un mal menor, primero, el perdón para los ex guerrilleros y, años más tarde, la autocrítica del entonces jefe del Ejército, Martín Balza. Pero todo cambió con la administración Kirchner y con el nombramiento de una Corte Suprema que fijó los marcos de enfoque judicial de la violencia heredada. La derogación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, y los diversos fallos del máximo tribunal y de otros estrados menores, con la consecuente reapertura de los juicios, fueron tomados por aquellos grupos como avances intolerables. Pronto surgieron numerosas asociaciones que, a la vez que defendían a la última dictadura, reclamaban que los actos de la guerrilla fueran considerados crímenes de lesa humanidad. La consigna había cambiado: si la amnistía era imposible en la nueva coyuntura política, si no cabía la posibilidad de frenar las causas judiciales, entonces todos debían pasar por Tribunales, ex militares y ex guerrilleros. Así como en los ochenta el revanchista había sido Alfonsín, a pesar de sostener la teoría de los dos demonios, en el comienzo del nuevo siglo la calificación le era endilgada al matrimonio Kirchner, y se completaba con una conceptualización que trató de instalarse en la opinión pública: el gobierno de los Montoneros. Ese mote, con su carga despectiva, nunca se aplicó a las administraciones de Menem o de Eduardo Duhalde, que también tuvieron como funcionarios a antiguos miembros de la agrupación armada peronista. El porqué es obvio. Sin embargo, más allá de las declaraciones públicas de los Kirchner, su apego a los ideales montoneros es más una expresión de deseos, una remembranza envuelta en nostalgia, que una realidad concreta y palpable en su política de gobierno.

    No debería descartarse que en un futuro se sucedieran cambios políticos y judiciales que avalasen la ampliación del concepto de lesa humanidad y quedaran igualadas las acciones guerrilleras con el terrorismo de Estado. De esta manera, quienes adhieren a una nueva teoría de los dos demonios podrían impulsar una amnistía como reivindicación histórica. Por ahora, la Corte tiene fijada una postura a favor de la continuidad de los juicios reabiertos contra represores y su criterio sobre los crímenes de lesa humanidad.

    Básicamente en el mundo se acepta la opinión de los supremos jueces argentinos. Juan Méndez, presidente del Centro Internacional para la Justicia Transicional (ICTJ, por sus siglas en inglés), admite que en el derecho internacional se reconoce que los crímenes de lesa humanidad y los crímenes de guerra pueden ser cometidos por agentes no estatales, como los grupos alzados en armas, con tal que se cometan como práctica masiva o sistemática y que respondan a un mando unificado y organizado. Es por eso, aclara, que el Estatuto de Roma que crea la Corte Penal Internacional no hace distinción entre agentes estatales y no estatales, y de hecho los imputados por la CPI pertenecen a ambas categorías. Sin embargo, precisa: "Lo que me parece más difícil es encontrar una base fáctica en el caso argentino, por dos razones. En primer lugar, porque los delitos atribuidos a los alzados en armas en la Argentina no incluyen ataques a la población civil, ni la tortura al enemigo rendido. En segundo lugar, porque aun en los hechos que podrían ocupar una zona gris —como la toma de rehenes o la eliminación de un rehén en estado de indefensión— el Estado argentino ha tenido más de treinta años para procesar y castigar a los responsables, y durante todo ese tiempo no hubo amnistías ni indultos generalizados que lo impidieran. El Estado represor no tuvo interés en juzgar y castigar sino en eliminar físicamente al adversario, y además de maneras terriblemente crueles. Es por eso que ahora la justicia no tiene elementos para perseguir penalmente aquellos delitos cometidos por los alzados en armas, no porque haya respecto de ellos una doble vara que los distinga de los crímenes del terrorismo de Estado".²

    * * *

    En octubre de 2008, el canal de cable C5N, integrante del multimedio periodístico del empresario Daniel Hadad, emitió dos programas especiales dentro del ciclo Informe Klipphan sobre las víctimas de la guerrilla argentina de los setenta. El nombre escogido no daba lugar a dudas sobre el tratamiento que se le iba a dar al tema: Terroristas. La jornada elegida para el envío de la primera emisión era significativa: la noche del 6 de octubre, horas después de que los seguidores de la última dictadura se habían congregado en Plaza San Martín para conmemorar lo que denominan Día de los caídos en la lucha contra la subversión. Los parientes de los muertos por la guerrilla reunidos para la televisión no planteaban amnistías ni perdones presidenciales de ningún tipo. Reclamaban que las acciones de los grupos armados también fueran consideradas crímenes de lesa humanidad.

    Esos programas mostraron de manera cabal la nueva estrategia emprendida por los familiares de las víctimas de la guerrilla: un aggiornamientode la doctrina que sostiene que en los setenta hubo un terrorismo de derecha y un terrorismo de izquierda. En los ochenta, ese pensamiento, consagrado en el prólogo del Nunca más, era rechazado de plano por los militares y sus seguidores, que lo consideraban una maniobra del progresismo, la socialdemocracia radical, para desprestigiar a las Fuerzas Armadas; dos décadas después, gran parte de esos sectores admiten errores de la última dictadura y, por ende, toleran, a regañadientes, los juicios, pero impulsan una campaña para equiparar esos crímenes con la lucha armada desplegada por los grupos guerrilleros. El resquicio legal: blandir el concepto de lesa humanidad.

    Entre los participantes en Terroristas estuvo Arturo Larrabure, hijo de un militar secuestrado en 1974 y muerto al año siguiente en circunstancias aún no esclarecidas por la Justicia, que a partir de la causa de su padre se convirtió en el principal impulsor de extender la noción de lesa humanidad a los hechos cometidos por la guerrilla. La figura del coronel Argentino del Valle Larrabure había reemplazado a la del general Pedro Eugenio Aramburu como emblema para los familiares de las víctimas de la guerrilla y los defensores del último régimen castrense. Ambos habían sufrido el drama del secuestro, el cautiverio y la muerte —aunque en el caso de Larrabure, los militares hablen de asesinato y la guerrilla, de suicidio—. Pero las diferencias existían: Aramburu estaba atado a un pasado cargado de contenido político —el bombardeo a Plaza de Mayo de 1955, el golpe contra Juan Domingo Perón, los fusilamientos del año siguiente, su protagonismo público posterior—; en cambio, Larrabure estaba limpio de esos conflictos.³ Ya en el Juicio a las Juntas, durante el alegato presentado por su defensa, el almirante Emilio Eduardo Massera alzó el caso Larrabure como símbolo de lo que podía realizar la delincuencia terrorista.

    La instalación de la teoría de los dos demonios renovada por parte de algunos familiares de las víctimas de la guerrilla tuvo en Arturo Larrabure a uno de sus impulsores más tenaces. Encontró eco favorable en el diario La Nación, que no sólo le dio espacio en sus páginas de diferentes maneras, sino que también convirtió el tema de la ampliación de los crímenes de lesa humanidad para las acciones de la guerrilla en un baluarte de su línea editorial: entre noviembre de 2003 y septiembre de 2008, el matutino dedicó más de medio centenar de editoriales a ese asunto.

    Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación fueron aprovechadas en ese proceso. Decenas de sitios de Internet, blogs y foros se multiplicaron con las consignas de quienes cuestionaban lo que dieron en llamar memoria hemipléjica.

    Algunas situaciones paradójicas ocurrieron en este marco. Aquellos que se opusieron al Juicio a las Juntas en 1985 o que lo aceptaron con disgusto, denostando la acusación de la fiscalía, más de veinte años después celebraban y difundían las palabras del ex fiscal adjunto Luis Moreno Ocampo, quien desde su actual puesto de fiscal de la Corte Penal Internacional planteó a principios de 2007 la necesidad de considerar las acciones de la guerrilla delitos de lesa humanidad. Es un debate no concluido que interesa no solamente a los nostálgicos de la dictadura o a la derecha extrema.

    La causa Larrabure, reabierta en 2007, reavivó el debate sobre las muertes causadas por la guerrilla, que tuvo su momento de mayor repercusión mediática con la publicación al año siguiente de Operación Traviata, que afirma que el líder de la CGT José Ignacio Rucci había sido ejecutado por Montoneros, y con el pedido de los familiares del sindicalista metalúrgico de que su muerte fuera considerada de lesa humanidad, un reclamo que se cristalizó en la reapertura del expediente judicial.

    La otra historia, las víctimas del terrorismo, así secuestraban y mataban fueron los eslóganes reiterados en las emisiones de Terroristas, en las que sobresalió la falta de contextualización histórica para explicar el fenómeno de la lucha armada, como si la guerrilla hubiera surgido por generación espontánea y la violencia en la Argentina hubiera comenzado con la muerte de Aramburu. Esa misma liviandad quedó evidenciada al explicarse el caso del filósofo nacionalista Jordán Bruno Genta, muerto en 1975: en ningún momento se hizo mención sobre su trayectoria como uno de los teóricos más relevantes del pensamiento autoritario argentino. Sólo se escuchó la versión de su hija, María Lilia Genta.

    La misión del periodista es esclarecer, profundizar en los hechos, escapar del lugar común y del calificativo fácil. El conductor de Terroristas, Andrés Klipphan, incurrió en liviandades cercanas, en el mejor de los casos, a la desinformación o la ingenuidad. Afirmó que los asesinados del terrorismo fueron miles y miles; que a Genta lo mató el ERP, cuando en realidad se le atribuye el atentado al ERP-22 de Agosto; que los episodios tratados en el programa ocurrieron en democracia, como si entre 1973 y 1976 ese concepto significara lo mismo que en la actualidad, olvidándose del carácter represivo de ese Estado. Si bien calificó al golpe de 1976 como el más sangriento, que provocó 30 mil desaparecidos, planteó una función pedagógica que la pantalla estaba lejos de ofrecer, con una mirada parcial vestida de objetividad, al instar a los padres a que se sentaran frente al televisor con sus hijos para que los más chicos comiencen a comprender toda nuestra historia, sobre todo la reciente. Pero la prioridad era mostrar los relatos de los familiares de las víctimas desde lo emocional, los detalles de las muertes, con cartas, versos, fotografías, recuerdos de la vida diaria y de situaciones cotidianas, todo acompañado con una música instrumental de fondo, suave y lúgubre. La información se diluía en la emotividad. El dolor ante la pérdida de un ser querido no puede juzgarse. Ese sentimiento es incuestionable, inopinable. Pero cuando ese dolor se transforma en acciones políticas queda expuesto, y ellas tienen consecuencias concretas en la vida del país y en la conformación de la sociedad.

    * * *

    Este libro intentará desentramar las relaciones entre algunos casos emblemáticos de víctimas de la guerrilla —aunque aún persistan las dudas sobre los autores de las muertes, por ejemplo, de Larrabure y de Genta— y la amplia red de discursos autoritarios, nuevos actores y alianzas que se fueron construyendo en torno de esas figuras, en los últimos cuarenta años. El fin de esta investigación no es justificar o condenar la lucha armada adoptada por la guerrilla, ni polemizar sobre si fueron crímenes o ejecuciones, pero sí ahondar en las representaciones de esos sucesos que perduran en la actualidad, a la luz del momento histórico en que ocurrieron. Una pregunta es ineludible: ¿por qué la evocación en torno de las víctimas de la guerrilla implica siempre de manera explícita o velada una reivindicación de la última dictadura o del discurso autoritario? Los cuatro protagonistas elegidos para este libro —Argentino del Valle Larrabure, Pedro Eugenio Aramburu, Jordán Bruno Genta y José Ignacio Rucci— no fueron tomados por azar. Alguien podrá cuestionar que estas páginas sólo se detienen en cuatro protagonistas cuando en total, según las cifras manejadas por diferentes fuentes, las víctimas de la guerrilla suman varios centenares. Los casos Larrabure, Aramburu, Genta y Rucci reúnen todos los elementos necesarios para ensayar una respuesta a aquel interrogante crucial para la construcción de un futuro sin lastres de autoritarismo. Fueron símbolos para la última dictadura y son fantasmas que aún acosan a esta democracia imperfecta.

    El empleo de la lucha armada por parte de la guerrilla aún es tema de debates. En 2004, un testimonio de Héctor Jouvé, ex miembro del Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP), motivó una carta de Oscar del Barco, quien ayudó a la guerrilla de Ernesto Che Guevara en la provincia de Salta, en la que cuestionaba el asesinato político como método revolucionario. A esa reflexión le siguieron contestaciones de varios intelectuales en diversos medios de comunicación, a favor y en contra de la postura de Del Barco, y algunos de esos textos fueron reunidos en un libro.⁴ Más allá del formato papel, la polémica se extendió con rapidez por la web. Aunque con menos difusión mediática, otra polémica sobre el mismo asunto se había producido una década atrás entre los escritores Osvaldo Bayer y Mempo Giardinelli. En 1993, Bayer escribió en el diario Página/12 Matar al tirano, en ese texto recordaba al anarquista Kurt Gustav Wilckens, solitario protagonista del atentado en el que falleció el teniente coronel Héctor Benigno Varela, ejecutor de la represión de peones en la Patagonia durante la primera presidencia de Hipólito Yrigoyen. El artículo, que defendía el derecho a la resistencia y a la rebelión de los pueblos, despertó la reacción de Giardinelli, quien en el mismo periódico publicó No matar al tirano (ni a nadie), en el que se oponía a cualquier tipo de hecho violento. El entredicho abarcó cuatro entregas por cada ensayista.⁵

    La contextualización de episodios ocurridos hace casi cuarenta años es imprescindible. Juzgar a la guerrilla de los setenta —o cualquier acontecimiento histórico— con miradas y pensamientos del siglo XXI, sin tener en cuenta la época en que transcurrieron, es un error y una tentación en la que suelen caer no sólo algunos sectores de la sociedad, sino también numerosos intelectuales.

    Desde Georges Sorel con su sindicalismo revolucionario, a fines del siglo XIX, hasta Franz Fanon con Los condenados de la tierra, publicado en 1961, por citar sólo dos nombres del pasado, las prédicas violentas para destruir el orden establecido estuvieron enraizadas en vastas corrientes políticas y eran admitidas por no pocos estamentos de la sociedad.

    La tradición revolucionaria encarnada en Marx o Lenin fustigó la acción directa individualizada y era un clásico lo dicho por el líder de la Revolución Rusa condenando a su hermano cuando atentó contra el zar Alejandro. Pero ya se sabe, la revolución no tuvo dueño definitivo y a partir de los sesenta ingresaron en ese espacio otras concepciones, incluso las que arribaron desde el pensamiento cristiano.

    Así, las experiencias victoriosas de las revoluciones rusa, cubana y china fueron decisivas para los grupos que se alzaron en armas, tanto en la Argentina como en el resto de Latinoamérica. La figura del Che Guevara, con su teoría del foco insurreccional, trascendió las fronteras americanas para ser admirada en Europa y enarbolada en las manifestaciones estudiantiles y obreras del Mayo Francés. Las luchas anticolonialistas en África —con Argelia como ejemplo máximo— y en Asia —con Vietnam a la cabeza— también influyeron en el ideario guerrillero. La opción por los pobres y la teología de la liberación, levantada por el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, surgido al calor del Concilio Vaticano II y la Conferencia Episcopal Latinoamericana de Medellín en 1968, motivaron a sectores cristianos radicalizados a profundizar las diferencias con Iglesia tradicional y acercarse a las tendencias armadas. La incorporación del sacerdote colombiano Camilo Torres a la guerrilla de su país provocó una fuerte conmoción en las filas católicas: si hubo sacerdotes que en el siglo XIX se sumaron a la guerra por la Independencia americana, ¿por qué no puede haberlos en los movimientos de liberación nacional?

    Las causas del surgimiento de la violencia insurreccional pueden rastrearse en la proscripción del peronismo, que impulsó el nacimiento de la resistencia; el liderazgo maldito de Perón sobre la clase obrera; la teoría de la dependencia; el diálogo entre católicos y marxistas; y la nacionalización del estudiantado.⁶ Las acciones de los Tupamaros en Uruguay, ejemplo de guerrilla urbana, fueron tomadas en cuenta tanto por Montoneros como por el PRT-ERP. Las Actas tupamaras, difundidas en la Argentina en 1971 por la editorial Schapire, se convirtieron en material de lectura para los integrantes de esos grupos. La izquierda peronista descubrió en Mártires y verdugos, de Salvador Ferla, publicado en 1964, una obra determinante para comprender el fenómeno de la resistencia. La primera edición estaba envuelta con una faja que adelantaba: La primer [sic] historia de los fusilamientos ordenados por Aramburu. Relato y análisis del frustrado intento revolucionario del 9 de junio de 1956, ahogado en sangre por la oligarquía. El extraño caso de una revolución cuya única violencia consiste en el fusilamiento de los rebeldes.

    * * *

    No hay igual criterio sobre el pasado en el espacio que reclama justicia para los crímenes de la guerrilla. Una opinión que puede parecer extrema, pero que en el fondo tiene consenso en vastos sectores, la refleja el diario La Nueva Provincia:

    […] Desde el punto de vista de la administración de la cosa pública el resultado [del gobierno de las Fuerzas Armadas] fue desastroso. En cambio, desde el punto de vista militar cosecharon un triunfo rotundo y decisivo. Evitaron, y ése es su mérito, que la Argentina se transformara en otra Cuba.

    No tuvieron enfrente, como reza la leyenda forjada por sus enemigos, a unos jóvenes idealistas que dieron su vida por la justicia, sino a militantes fanáticos que tanto a la hora de matar como de morir ni pidieron ni dieron cuartel.

    Aquélla fue una guerra atroz —como todas las de carácter irregular— en la cual hubo errores y horrores sin cuento. Ganaron, por fortuna, quienes se oponían a que la Nación Argentina fuese obligada a seguir los tenebrosos lineamientos del socialismo revolucionario.

    Hoy, el gobierno kirchnerista y sus aliados no se cansan de repetir y exaltar una versión sesgada, unilateral y hemipléjica de ese pasado. Pueden creérsela, pero lo que no podrán hacer nunca es modificar la historia real: se ganó la guerra y la subversión marxista fue vencida para siempre.

    Esta postura sintetiza el pensamiento de una parte de la sociedad que osciló en tiempos recientes entre el repudio a los años del terror y su comprensión. Plantea no sólo una controversia judicial o política sino también cultural.

    De todo esto se habla en este trabajo.

    GERMÁN FERRARI

    agosto de 2009

    NOTAS

    1 Calveiro, Pilar, Acerca de la difícil relación entre violencia y resistencia, en López Maya, Margarita; Iñigo Carrera, Nicolás, y Calveiro, Pilar (editores), Luchas contrahegemónicas y cambios políticos recientes de América Latina, Buenos Aires, CLACSO, 2008, página 34.

    2 Hacia el fin de la impunidad, en revista Nómada, nº 12, agosto de 2008, páginas 17-20.

    3 Véase la entrevista al antropólogo Máximo Badaró, En el Colegio Militar no oí nada que no haya oído afuera, en Página/12, 29 de agosto de 2006, y Lorenz, Federico, Combates por la memoria. Huellas de la dictadura en la Argentina, Buenos Aires, Colección Claves para todos, Capital Intelectual, 2007, páginas 26-29 y 32-33.

    4 No matar. Sobre la responsabilidad, Córdoba, Ediciones del Cíclope - Universidad Nacional de Córdoba, 2007.

    5 La polémica comenzó con el artículo de Bayer Matar al tirano (30 de enero de 1993) y la contestación de Giardinelli No matar al tirano (ni a nadie) (2 de febrero de 1993). Luego se sucedieron Matar al tirano 2 (Bayer, 13 de febrero de 1993); No matar al tirano 2 (Giardinelli, 20 de febrero de 1993), Matar al tirano 3 (Bayer, 6 de marzo de 1993); No matar al tirano 3 (Giardinelli, 13 de marzo de 1993), Matar al tirano (fin) (Bayer, 20 de marzo de 1993); No matar al tirano 4 (¿fin?) (Giardinelli, 27 de marzo de 1993). Todos los textos fueron publicados en la contratapa de Página/12. Las notas de este debate quedaron reunidas en D’Aloisio, Fabián y Napoli, Bruno (compiladores), Entredichos, Osvaldo Bayer: 30 años de polémicas, Buenos Aires, Casa América Catalunya - La Ochava Ediciones, 2008. El libro contiene otra discusión sobre un tema similar —el eje fue la figura del anarquista Severino Di Giovanni—, esta vez sostenida entre Bayer y Álvaro Abós, entre octubre de 1985 y noviembre de 1986 en las revistas Fierro y Crisis.

    6 Feinmann, José Pablo, La sangre derramada. Ensayo sobre la violencia política, Buenos Aires, Seix Barral, 2005, página 48.

    7 1976, en La Nueva Provincia, 24 de marzo de 2008 .

    CAPÍTULO 1

    Larrabure

    LA RESURRECCIÓN DE LOS DOS DEMONIOS

    En el cristianismo, la fortaleza aparece en el tercer lugar entre las virtudes cardinales. La fortaleza sin prudencia, no sería fortaleza. Ya a lo largo de su vida castrense y de su actuación privada, [Argentino del Valle] Larrabure había demostrado ser prudente y equilibrado, justo y considerado, ecuánime y dinámico, amante de la vida y de los suyos, optimista y emprendedor.

    ANTONIO PETRIĆ, Así sangraba la Argentina, 1983

    Nos sentimos muy orgullosos quienes conformamos este Movimiento Patriótico 76 […]. Sentimos un inmenso orgullo por quien fue nuestro Comandante del Tercer Cpo. de Ejército: Gral. Luciano B. Menéndez, valiente Soldado de la Patria al que nadie jamás lo acusará por traidor o ladrón. Él, que soporta con entereza una cárcel en Córdoba […]; él, que fue ejemplo para nosotros, sus subordinados… La guerra contra el terrorismo fue justa, ya que el país se abatía en anarquía con Isabel Perón (y la guerrilla arrasó nuestro país en los setenta). Nosotros somos el Movimiento que está con ellos, que estuvimos con ellos y que estaremos siempre!!! Luchando por un país sin marxismo (como el que tenemos). Muertos ante[s] que arrodillados ante los terroristas del Gobierno […]. Gracias a todos los que nos acompañan, los que estuvimos en esta guerra infernal contra subversivos, gracias a Arturo Larrabure, a la familia Viola […].

    Fragmentos de un texto publicado el 13 de octubre de 2008 en el sitio de Internet Política y Desarrollo

    El grito

    ¡Larrabure! Solitaria y femenina, la exclamación se perdió en el Patio de Honor del Colegio Militar de la Nación, en la localidad bonaerense de El Palomar. Todos la escucharon: civiles y militares que se encontraban en ese lugar en la ceremonia de egreso de los cadetes de la institución. Tampoco pasó inadvertida para la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, que hacía sólo diez días había llegado a la Casa Rosada. Ese grito estaba destinado a ella —interrumpió su discurso— y fue una señal frente a la política de derechos humanos que su esposo, Néstor Kirchner, su antecesor, impulsó como jefe de Estado, centrada en la reapertura de los juicios contra militares y civiles que participaron del terrorismo de Estado durante la última dictadura militar.

    El coronel Argentino del Valle Larrabure se convirtió de inmediato en un emblema para las Fuerzas Armadas en general y para los defensores de la última dictadura en particular. Secuestrado por el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) el 11 de agosto de 1974, mientras se desempeñaba como subdirector de la Fábrica Militar de Pólvora y Explosivos de la ciudad cordobesa de Villa María, fue encontrado muerto el 23 de agosto del año siguiente en las afueras de la ciudad de Rosario. Había fallecido cuatro días antes. La versión oficial siempre habló de asesinato; los principales líderes del ERP siempre hablaron de suicidio.

    Aquel grito escuchado por la presidenta Fernández de Kirchner el 20 de diciembre de 2007 no admitía confusiones, aunque algunos cronistas supusieron haber escuchado un improbable ¡Que laburen!. En aquel mismo escenario, tres años atrás, los cuadros de dos ex directores del Colegio Militar, los ex dictadores Jorge Rafael Videla y Reynaldo Bignone, fueron descolgados por orden de Néstor Kirchner como parte de la nueva política oficial sobre derechos humanos.

    La autora del grito, Mónica C. Liberatori, esposa del oficial de Marina Marcelo O. Toulemonde y madre de un cadete que egresaba de la institución y de otro que era escolta de la bandera, explicó varios meses después el motivo de su actitud en una carta de lectores publicada en el diario La Nación:¹ Escuché atentamente el discurso de la señora Presidenta y, en su apelación al pasado trágico, recordé un nombre que explotó en un único grito desde mi corazón: Larrabure. A partir de ese instante fuimos fotografiados y perseguidos por todos los servicios de inteligencia presentes, hasta el momento de abandonar el lugar.

    Más adelante, Liberatori denunció que su marido había sido sancionado por las máximas autoridades de la Armada Argentina por no haber sabido controlar a su esposa en una situación protocolar. Se lo ha hostigado injusta y arbitrariamente hasta relevarlo de su cargo. Y se lo trasladó desde Mar del Plata, donde cumplía funciones en el Arsenal Naval, hasta Buenos Aires.

    En el resto de la carta no hay ninguna referencia a la elección del militar muerto como símbolo ineludible para ser reivindicado durante ese acto protocolar, frente a la Presidenta y a autoridades civiles y castrenses, y en un terreno en el que —para usar una imagen futbolística— Liberatori jugaba de local.

    La publicación de la carta en La Nación —un domingo, el día de mayor venta del matutino— generó decenas de comentarios en el espacio de lectores que el periódico había inaugurado en 2007, una herramienta incorporada a su edición online como parte del empleo de las nuevas tecnologías para democratizar la participación de los visitantes de la página. Ese tipo de foros de noticias, que algunos estudiosos de la comunicación reivindican como canal participativo por excelencia, suele atraer a usuarios de toda índole: provocadores, exaltadores de lugares comunes, pensadores de café, francotiradores xenófobos, etcétera.

    Liberatori, una participante asidua del foro de La Nación, recibió el apoyo de Arturo Larrabure, el hijo del militar fallecido, también comentarista frecuente en ese sitio virtual sobre temas vinculados a los derechos humanos y a los acontecimientos históricos y sociales enlazados con los años setenta. Sé que su ‘alarido’ nació de muy adentro. Es la injusticia y el olvido lo que más duele, le decía Larrabure a Liberatori y aludía al libro que publicó en 2005 en homenaje a su padre: Un canto a la Patria.²

    Además de las explicaciones brindadas en la carta de lectores y en el foro de La Nación, Liberatori amplió el relato en otro espacio cibernético. Esta vez eligió el sitio web El Nacionalista,³ en el que sobresalen una bandera argentina flameante, una imagen de Juan Manuel de Rosas, una animación de una hoz y un martillo rojos que estallan, frases alusivas a la recuperación de las Islas Malvinas y enlaces de la revista Cabildo y el blog Orden Natural (Nacionalismo Racial. El Remedio ideal para la decadencia de Occidente), entre otros.⁴

    Muy cerca del Patio de Honor del Colegio Militar, donde ocurrió el episodio del grito, está la capilla inaugurada en 1969, que es el único edificio que rompe el estilo uniforme del resto, para que sobresaliera el espíritu religioso en que se forman nuestros cadetes. Allí se atesoran además de un cristo suspendido, intermediario entre dios y sus fieles, las imágenes de los patrones de cada arma y servicio que egresan del instituto.⁵ Junto a la capilla se levantó en 1990 un busto de Argentino del Valle Larrabure, un año después de la asunción de Carlos Menem como presidente.

    La presencia de Larrabure también se extiende a la página web del Colegio Militar, en la que se recuerda a los egresados destacados: Víctima de un cruento e inhumano cautiverio luego de su secuestro, el Coronel Larrabure, supo demostrar hasta el último minuto su valor, su entereza y su apego por los valores que se sostienen en el Instituto. El Coronel Larrabure, que había egresado del Colegio Militar en 1952, murió sin doblegarse al enemigo tras un largo encierro en 1975.⁶ Esa particular síntesis biográfica está acompañada por una fotografía del busto instalado al lado de la capilla.

    Como egresados destacados también son evocados Ramón L. Falcón (Fue el primer cadete en ingresar al Colegio Militar a poco de ser inaugurado por el Presidente Sarmiento; Falcón avanzó en la carrera con honores e incluso llegó a ser Diputado y Senador de la Nación. Perteneciente a la primera promoción, el Coronel Falcón egresó en el año 1873); Pablo Riccheri (Forjador del Ejército Argentino del siglo XX. La implementación de servicio militar obligatorio, la compra de moderno armamento, de Campo de Mayo y Campo de los Andes y la creación de institutos militares, representan sólo algunas de las numerosas innovaciones que este oficial puso en marcha como Ministro de Guerra durante la siguiente presidencia del general Julio Argentino Roca); Agustín P. Justo (El General Justo fue una figura clave de la Argentina de los años 20 y 30, sucesivamente ocupó los cargos de Director del Colegio Militar, Ministro de Guerra durante la Presidencia del Dr. Marcelo T. de Alvear y finalmente Presidente de la Nación entre 1932 y 1937. Entre sus numerosas obras está la de haber terminado e inaugurado este Colegio del cual había egresado en 1892); Enrique Mosconi (Este ingeniero militar es considerado uno de los principales estadistas argentinos del siglo XX. Desde su cargo al frente de la empresa Yacimientos Petrolíferos Fiscales, fue un visionario del desarrollo de la industria del petróleo argentina así como también uno de los propulsores de la creación de la aviación argentina. Demócrata convencido, su vida fue un ejemplo de rectitud y conducta en todos sus órdenes); Manuel Savio (Luchó toda su vida por crear una Argentina moderna e industrializada, con justicia llamado el Padre de la Siderurgia Argentina, fue fundador de la Dirección General de Fabricaciones Militares y de la Sociedad Mixta Siderúrgica Argentina —SOMISA—); Juan Domingo Perón (El General Perón se erigió como uno de los líderes políticos más importantes que ha dado la Argentina en el siglo XX. Elegido tres veces presidente constitucional de la Nación, el General Perón había egresado del Colegio Militar en el año 1913); Hernán Pujato (Uno de los pioneros de la actividad antártica argentina, entre sus realizaciones está la de haber fundado las Bases Antárticas General San Martín y General Belgrano así como el Instituto Antártico Argentino, institución modelo de investigaciones y promoción de las actividades antárticas); Roberto Néstor Estévez (Ejemplo de liderazgo, valor y coraje, el Teniente Primero Estévez, no dudó ni un instante en sacrificar su vida en defensa de la Patria. Muerto en acción de una manera heroica durante el Conflicto del Atlántico Sur, Estévez se erige como un referente de lo que debe ser un buen soldado. Gracias al éxito de su misión se evitaron muchas bajas entre las fuerzas argentinas). En los casos de Falcón y Justo, las omisiones de algunos datos biográficos son llamativas.

    El incidente del grito en el Colegio Militar fue celebrado como un acto de valentía por quienes niegan la existencia del terrorismo de Estado en la historia reciente del país y reivindican a los muertos por la guerrilla. El ciberespacio es uno de los terrenos predilectos para esta prédica y Periodismo de Verdad, el diario de noticias políticas de Tucumán, se encuentra entre los sitios más utilizados. Su eslogan es Informando con independencia y responsabilidad y tiene entre sus auspiciantes a otras páginas similares: La Historia Paralela —dirigida por Susana Sechi—, La Caja de Pandora —Malú Kikuchi— y Radio Miami —Agustín Rangugni—. La producción general está a cargo de Luz García Hamilton y es asesor periodístico Enrique R. García Hamilton.

    Pocos días después del famoso grito, Periodismo de Verdad reprodujo una carta anónima del padre de un cadete que asistió a la ceremonia, dirigida a Arturo Larrabure.⁸ El título elegido le imprime a la crónica un misticismo ineludible: Un grito desde el cielo. Y las alusiones al gobierno y a la presidenta Fernández de Kirchner se enredaban con la dicotomía bíblica Cielo-Infierno:

    Muy temprano me levanté con mi Sra. Esposa para partir hacia el Colegio Militar de la Nación, allí con el último de mis hijos xxxxxx [sic] como egresado, luego de cuatro años de estudios en la Escuela Naval Militar y casi un año a bordo de la Fragata Libertad en el viaje, se realizaría la entrega de los sables a los nuevos Oficiales de nuestras Fuerzas Armadas.

    Pulcros, inmaculados y atentos nuestros hijos que decidieron estar al servicio de Nuestra Patria, aguardaron el momento de la entrega de los mismos. Ingresaron al majestuoso salón en primer lugar las banderas de ceremonias de cada una de nuestras Fuerzas Armadas, acto seguido lo hizo la Sra. Presidenta (junto a distintas autoridades que no fueron aplaudidas por nadie) y así comenzó el acto.

    Saludo formal a todos los Cadetes y presentes, la Sra. Presidente brindó un mensaje simple y conciliador el que remató con un viva la Patria que nadie acompañó. Cabe aquí señalar un hecho que no he dudado en llamar tal cual lo dice el título de este mensaje UN GRITO DESDE EL CIELO.

    Sí, para mí desde allí se escuchó LARRABURE, todos, pero todos levantamos la cabeza y nos emocionamos, mi hijo que se recibía de Guardiamarina, al término de la ceremonia me dijo que muchos de sus compañeros entendieron que ésa había sido una señal de Dios y lo tomaron como una bendición y un ejemplo y compromiso a seguir.

    Luego todo concluyó normalmente. Hoy como lo hago todos los días, luego de desayunar fui a comprar los periódicos y pude leer en todos ellos la nota en el Colegio Militar de la Nación y el párrafo dedicado al hecho del grito dedicado a su señor padre al que le hago mención.

    Arturo Larrabure, destinatario de esta nota, reflexionaba sobre el incidente desde el foro de lectores de La Nación:¹⁰ Ese ‘grito del cielo’ en homenaje a mi padre, contado por quienes estuvieron presentes, hizo un ‘silencio profundo’ y una ‘mirada de los nuevos oficiales’ hacia lo Alto, hacia el Infinito. Ese ‘alarido que estremece la tranquilidad del monte’ se escuchó muy fuerte, la historia prevalecerá ante la memoria, frágil, intencional, cargada de emociones como pueden ser mis palabras totalmente subjetivas. Esta última cita alude a un poema que su padre escribió durante su cautiverio en una cárcel del pueblo del ERP en la ciudad de Rosario. Y, sin demora, un desafío a la jefa de Estado: Sra. Presidente, no lo olvide, en cada acto que Ud. presida los nombres de nuestros muertos sonarán en sus oídos, claros, altos, profundos, sentidos y ese ‘Viva la Patria’ que Ud. esbozó y nadie respondió… hasta que la verdad completa no vea la luz no se escuchará jamás. El ‘Nunca Más’ debe involucrarnos a todos.

    El 24 de marzo de 2004, el presidente Néstor Kirchner anunció en un acto en la puerta de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), símbolo de los centros clandestinos de detención y tortura durante la última dictadura, que ese predio sería transformado en un Museo de la Memoria, para homenajear a las víctimas del terrorismo de Estado. En la mañana de ese mismo día, el jefe del Ejército, Raúl Bendini, retiró los retratos de Videla y Bignone del Colegio Militar.

    Dos días después, La Nación publicaba una carta de lectores de Arturo Larrabure bajo el título El camino de la paz. En ella

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