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La revolución de Maquiavelo: El Príncipe 500 años después
La revolución de Maquiavelo: El Príncipe 500 años después
La revolución de Maquiavelo: El Príncipe 500 años después
Libro electrónico574 páginas7 horas

La revolución de Maquiavelo: El Príncipe 500 años después

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La lucha por la interpretación de Maquiavelo sigue vigente. Como afirmó alguna vez Isaiah Berlin, existen al menos veinte lecturas disímiles sobre su pensamiento, número que continúa creciendo al conmemorarse 500 años de su obra más reconocida. Hay quienes lo consideran un científico de la política, otros un promotor del republicanismo, algunos un defensor del pueblo o, por el contrario, simplemente un despreciable consejero de tiranos. La mayor fuente de polémicas la concita El Príncipe, opúsculo que compuso en la amargura de su exilio (1513) y que desató una crítica visceral que se extiende hasta la actualidad.
¿Cuál es la importancia de El Príncipe? ¿Qué explica que sea uno de los libros más leídos en la historia de la teoría política? En sus líneas Maquiavelo navegó contra la corriente: liberó a la política de la metafísica tradicional y prefiguró los contornos de lo que hoy llamamos Estado, soberano y secular. Con ello abrió las puertas de la modernidad política. Su método también fue revolucionario, pues emprendió un original retorno a los clásicos, resignificando los conceptos de libertad, república, virtud y fortuna.
IdiomaEspañol
EditorialRIL Editores
Fecha de lanzamiento1 oct 2024
ISBN9789560100382
La revolución de Maquiavelo: El Príncipe 500 años después

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    La revolución de Maquiavelo - Diego Sazo Muñoz

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    Índice

    Portada

    Portadilla

    Créditos

    Epígrafe

    Nota del editor

    Agradecimientos

    Introducción

    Capítulo I Poder y política

    La previsión del futuro en Maquiavelo

    Republicanismo, realismo y economía política en El Príncipe

    Maquiavelo y la república

    Maquiavelo: ¿Filosofía versus Historia?

    Las tres fortunas de El Príncipe

    Capítulo II Ética

    La ética política de Maquiavelo

    Maquiavelo y la ética de la responsabilidad política

    Capítulo III Religión

    A propósito de los principados eclesiásticos en Maquiavelo

    Maquiavelo y la concepción republicana

    Desafiando a la fortuna:

    Capítulo IV Mitología y comedia

    La wertud maquiaveliana

    La mandrágora

    La finalidad de la comedia en Maquiavelo

    Sobre los autores

    Diego Sazo Muñoz

    (editor)

    La Revolución

    de Maquiavelo

    El Príncipe 500 años después

    Logo%20CAIP3.tifRil%20-%202006%20-%20Logo%20general.tifUniversidad%20-%20Adolfo%20Ib%c3%a1%c3%b1ez%20-%20Escuela%20de%20Gobierno%2002.tif

    La revolución de Maquiavelo.

    El Príncipe 500 años después

    Primera edición: noviembre de 2013

    © Diego Sazo Muñoz, 2013

    Registro de Propiedad Intelectual

    Nº 235.179

    © RIL® editores, 2013

    Los Leones 2258

    751-1055 Providencia

    Santiago de Chile

    Tel. Fax. (56-2) 2238100

    ril@rileditores.com • www.rileditores.com

    Composición, diseño de portada e impresión: RIL® editores

    Epub hecho en Chile • Epub made in Chile

    ISBN 978-956-01-0038-2

    Derechos reservados

    Maquiavelo va contra la corriente porque golpea en la nariz a todas las doctrinas que creen en la posibilidad de alcanzar, o cuando menos de formular, soluciones finales.

    Isaiah Berlin

    Nota del editor

    Este 2013 se cumplen 500 años de una de las obras más significativas en la historia del pensamiento político: El Príncipe, de Nicolás Maquiavelo. El evento adquiere importancia no solo en términos conmemorativos, sino que también por la lucha en torno a su interpretación, pues, como pocos textos políticos, El Príncipe continúa generando un intenso debate sobre el alcance de sus contenidos en el mundo contemporáneo. Como prueba de este interés, durante este año la comunidad académica internacional ha realizado múltiples actividades para discutir y reflexionar sobre el tema, congregando a destacados intelectuales en seminarios, coloquios, paneles y conferencias. Igualmente se han publicado numerosos libros y artículos, e incluso se han abierto exposiciones en museos¹. Estos eventos se registran desde Estados Unidos², Francia³, Inglaterra⁴, Italia⁵ y Australia⁶, pasando también por los países de América Latina⁷, que no se han restado de los actos conmemorativos. Sin embargo, nuestro Chile se ha mantenido ajeno a la tendencia, sumiéndose en el silencio o la indiferencia.

    ¿Qué explica este desinterés? Más allá de posibles razones circunstanciales, como la concentración de la agenda en otros debates políticos (como los 40 años del Golpe de Estado o el contexto de elecciones presidenciales y legislativas), lo cierto es que Maquiavelo resulta hasta hoy un pensador polémico e incómodo, que irrita tanto a posiciones conservadoras como liberales, que proyectan en la política el campo para la materialización de proyectos ajenos a nuestra propia condición humana. Maquiavelo siempre tuvo como guía la realidad efectiva de las cosas y por tanto combatió con decisión los constructos políticos artificiales, que nunca antes vistos, conducían a la ruina y no a la gloria de las sociedades. ¿Es nuestro país hostil a su realismo político? ¿Acaso esto ha influido en su escasa recepción o, más aún, en su negación?

    Este libro responde a esa carencia en el medio. Así, aprovechando la instancia del quinto centenario de El Príncipe, la obra busca proporcionar un espacio de exposición y confrontación de ideas heterodoxas sobre distintas dimensiones de Maquiavelo, entregando luces y nuevas aproximaciones sobre su pensamiento político. Asimismo, busca acercar a los ciudadanos la lectura de temas y discusiones políticas, en tanto ejercicio fundamental para el desarrollo de un pensamiento crítico y autónomo ante los fenómenos públicos. Por último, aspira a posicionarse como el capítulo chileno en el contexto internacional de conmemoración acerca del legado de uno de los pensadores políticos más importantes de la historia moderna occidental.

    Los trabajos que se presentan en la obra corresponden a académicos de reconocida trayectoria en el estudio de Maquiavelo, provenientes de distintas universidades y centros de estudios del país. Las publicaciones son material original, salvo tres de ellas que, aparecidas con anterioridad, ahora han sido revisitadas para la exposición en este libro. Otro caso es la traducción de un artículo originalmente publicado en una influyente revista norteamericana.

    Los capítulos del libro

    En cuanto a los contenidos, estos se configuran a partir de cuatro capítulos temáticos asociados a fragmentos del pensamiento de Maquiavelo. Si bien semejantes en el tema, los trabajos son independientes y no necesariamente afines en el contenido. El primero de ellos, «Poder y política», está dedicado al análisis de elementos claves en el enfoque político del florentino, como el tiempo, las instituciones, el republicanismo, el realismo y las nociones de virtù y fortuna. En el segundo capítulo, titulado «Ética», se estudia la dimensión moral de su pensamiento, con énfasis en la especificidad propia que tiene la política y los criterios de responsabilidad que la determinan. En el tercer capítulo, «Religión», se analizan las funciones y también significados teológico-políticos de algunas premisas maquiavelianas. Finalmente, el libro concluye con el apartado «Mitología y comedia», con estudios sobre el valor de la simbología animal y el rol del género cómico en el corpus político del florentino. A continuación sintetizamos las contribuciones que integran este volumen.

    Como introducción, en el texto de mi autoría, me propongo realizar un repaso general de la vida y obra de Nicolás Maquiavelo. En él expongo cómo la formación intelectual en autores clásicos y humanistas, la experiencia en asuntos diplomáticos y el convulsionado momento histórico de su época, condicionó en Maquiavelo la comprensión sobre fenómenos de naturaleza política. Asimismo, describo los eventos más relevantes de la biografía del florentino, enfatizando las dificultades y la carga emocional con que compuso sus obras más célebres: El Príncipe, Discursos, La mandrágora y El arte de la guerra. Posteriormente, fundamento la importancia de El Príncipe, en tanto obra moderna que prefiguró en sus líneas un anticipo del Estado moderno, basado en la especificidad del poder, la jurisdicción sobre un territorio y el monopolio legítimo de la fuerza. Por último, planteo que Maquiavelo, aparte de moderno y polémico, también puede ser concebido como figura revolucionaria (no en el sentido decimonónico), toda vez que emprendió una original vuelta a los principios clásicos, revitalizando y resignificando esferas del pensamiento como la política, la ética, la filosofía y la religión.

    El capítulo I comienza con el trabajo de Óscar Godoy, que aborda la previsión del futuro en Maquiavelo. En su análisis da cuenta de la centralidad que tienen los conceptos de virtù y fortuna en la cosmovisión política maquiaveliana. Godoy reconstruye la noción de fortuna y expone cómo ella es considerada una fuerza voluble, impredecible e ineluctable, capaz de favorecer o destruir principados y repúblicas producto de sus arbitrarias vicisitudes. Su volubilidad, sin embargo, no sería absoluta, pues puede ser reducida gracias al correcto ejercicio del libre arbitrio. Desde su óptica, el despliegue de la virtù sería la única fuerza capaz de ordenar y reducir a la fortuna. Pero ¿cómo superarla de manera más duradera? Según Godoy, el florentino aboga por la construcción de instituciones, ya que ellas son «continuidades» que se prolongan y son capaces de acotar el tiempo. Cuánto más sólidas sean, mayor será su virtud para contener la volubilidad del cambio. De este modo, para Maquiavelo la previsión del futuro asomaría como la realización de un proyecto institucional. Al concluir, Godoy argumenta que el paradigma institucional se encuentra en los Discursos y se funda en un régimen mixto (poliarquía), similar a la República romana, donde las leyes reparten el poder y la autoridad recae sobre los distintos individuos y grupos de la sociedad.

    En el segundo ensayo de este capítulo, Leonidas Montes examina tres dimensiones del pensamiento político de Maquiavelo: el republicanismo, el realismo y la economía política. Como punto de partida, el autor considera que las obras del florentino exhiben una total consistencia argumental y que las aparentes diferencias entre ellas se suscitarían al no distinguir oportunamente la naturaleza y objeto de sus escritos: mientras El Príncipe sería un estudio sobre el poder, los Discursos tratarían acerca del republicanismo. En esa línea, Montes defiende una lectura republicana de Maquiavelo, de tipo constitucional e institucional, orientada a garantizar el orden, la paz y la libertad de los ciudadanos. Por último, el autor identifica en El Príncipe principios de realismo político que tendrían equivalencia con cuestiones de economía moderna, como el interés personal y el concepto de utilidad. Esto le permitiría afirmar que la visión maquiaveliana de la política puede ser extendida a la racionalidad de la economía neoclásica, en particular por la consecuencia no intencionada entre el interés propio y el beneficio público.

    El trabajo de Daniel Mansuy indaga en los pasajes de los Discursos el orden republicano de Maquiavelo. A partir de algunas observaciones relativas a la dinámica social presentes en sus escritos, el autor afirma que la lectura republicana (Skinner, Pocock) no está exenta de dificultades, puesto que no es claro el modelo que plantea el florentino. Afirma que los numerosos textos donde Maquiavelo adhiere al republicanismo deben ser confrontados con aquellos —también numerosos— donde esa adhesión es puesta en duda. Según Mansuy, más que proponer un orden republicano, Maquiavelo plantearía las condiciones de posibilidad de una acción política que no retroceda nunca ante la necesidad. Argumenta que su modelo reposa sobre una antropología donde el miedo y el conflicto, que es su consecuencia natural, juegan un papel central, lo que asemejaría a los Discursos con el contenido de El Príncipe. Así, el consejo en ambas obras sería idéntico, solo cambiaría —afirma Mansuy— la posición desde la que habla Maquiavelo. Finalmente, concluye indicando que lo del florentino supone una ruptura radical con toda la tradición del pensamiento político, pues nunca antes esta estuvo dispuesta a someterse al reino de la necesidad.

    Por su parte, Gonzalo Bustamante analiza los alcances de la revolución filosófica de la obra de Maquiavelo. Desde su perspectiva, los escritos del florentino constituyen la fundación intelectual de una nueva forma de entender lo político, en tanto implicó un tránsito desde un enfoque normativo hacia una historiografía filosófica de la facticidad, donde el análisis contextual sobre lo conveniente se superpuso al establecimiento de las verdades últimas de lo existente. De esta manera, contrario a la tradición de Platón y Aristóteles, la racionalidad maquiaveliana adoptaría una forma de filosofía fundada en el análisis histórico e ideológico, restando relevancia a consideraciones sobre la vida buena, la forma del mejor gobierno o la justicia. Esta racionalidad práctica de Maquiavelo, afirma Bustamante, lo acercaría a autores clásicos como Tucídides y Lucrecio, hasta a filósofos contemporáneos como Nietzsche y Foucault.

    En el último ensayo de este capítulo, Miguel Saralegui examina el concepto de Fortuna en Maquiavelo. En base a un estudio hermenéutico, el autor revela los diferentes usos que de la fortuna se revelan en El Príncipe. Según Saralegui, tres serían los modos en que Maquiavelo emplea la fortuna: mientras en algunos pasajes la considera como única dueña y señora de lo político (noción determinista), en otros textos le otorga al hombre una coefectividad (noción moderada), que se convierte en completa potestad (noción voluntarista). Al concluir, Saralegui estima que esta complejidad ínsita muestra que la interpretación de la progresiva dominación de la fortuna como hilo del pensamiento político del Renacimiento italiano no encuentra en Maquiavelo un respaldo, sino un fuerte contradictor.

    En el capítulo II, el primer texto corresponde a Tomás Chuaqui, que estudia los fundamentos de su ética política, argumentando cómo y por qué sus ideas republicanas, expresadas especialmente en los Discursos, están en una relación de tensión con las recomendaciones que el mismo Maquiavelo le ofrece a un gobernante único en El Príncipe. No obstante, Chuaqui afirma que lo que puede ser considerado la contribución más original de Maquiavelo, se mantiene constante y consistente a través de toda su obra: una especificidad ética propia de lo político que deviene en permisibles actos de engaño y crueldad. Para Maquiavelo, el uso del mal no sería solo un hecho, ni solo una necesidad de lo político, sino que sería además recomendable para su buen funcionamiento. El autor intenta demostrar que esta concepción de la ética política se remite a un valor último eminentemente político: la gloria. Chuaqui concluye, sin embargo, que la constatación de la gloria como valor último, que abarca a todo régimen, no torna conmensurables los principios republicanos y los objetivos de un principado.

    Por otro lado, Carlos Miranda centra su atención en la ética de la responsabilidad de Maquiavelo. Como primer punto, el autor afirma que sí existe un contenido moral en su pensamiento político, aunque con patrones disímiles al tradicionalmente concebido. Señala que la propuesta maquiaveliana quebró con el pensamiento clásico y medieval, al redefinir la moral en su conexión con la política. En efecto, mientras los antiguos filósofos pensaban que la política requería ser orientada por la ética, Maquiavelo habría planteado su separación en tanto esferas independientes. Con esto, según Miranda, el florentino inventó una nueva manera de estudiar la política, sentando las bases para una ética política secular. Lo central de su contenido sería la consideración frente a las consecuencias, donde la obtención y mantenimiento del bien común (entendido como seguridad externa e interna y paz) se superpondría a los medios que la obstaculizan. No obstante, el príncipe no debería abandonar del todo los principios éticos convencionales, ya que ello podría atentar contra el propio bien común. De este modo, Miranda argumenta que en Maquiavelo existe una ética de la responsabilidad política, similar a la de Max Weber, donde el conflicto entre el bien político y el bien moral debe resolverse en favor del primero, pero siempre midiendo las consecuencias político-morales de los actos.

    En el capítulo III, Luis Oro se adentra en las funciones de la religión en Maquiavelo a partir de una enigmática aseveración que se encuentra en el capítulo XI de El Príncipe, a saber: los principados eclesiásticos son los únicos seguros y felices. Según el autor, los elementos para despegar esta incógnita no se encuentran en El Príncipe, sino que en los Discursos. De hecho, Oro elucida el problema identificando las funciones que cumple la religión en Maquiavelo. Según el autor, esta estaría por sobre la política y el arte de la guerra, en tanto es capaz de brindar elementos que son vitales para la estabilidad de cualquier ordenación política, sin necesidad de recurrir a la coacción física explícita. Ella, además, cumpliría la función de inhibir los comportamientos nocivos para el orden sociopolítico y mantendría la cohesión de la estructura social. Así, concluye el autor, la religión sería el mejor antídoto contra el atomismo individualista que corrompe al cuerpo político.

    A continuación, Miguel Vatter plantea una lectura de El Príncipe desde la teología política. A diferencia de la lectura realizada por Maurizio Viroli sobre un cristianismo republicano, el autor propone que la lectura que hace Maquiavelo de un Dios se encuentra en las reflexiones político-filosóficas árabes y judías sobre los profetas y la religión revelada, donde Maquiavelo habría encontrado inspiración para sus propios anhelos de un Estado nacional que se sostendría independiente de la Iglesia católica romana. Vatter afirma que Maquiavelo estuvo familiarizado con un pensamiento medieval árabe y judío, lo cual permite resolver dos problemáticas de su pensamiento. El primero, referido a su atracción hacia la divina providencia, a fin de sostener la ambición del «nuevo príncipe» en el último capítulo de su famoso libro. El segundo se plantea a partir de la reiterada afirmación de Maquiavelo de que si se desea mantener una república en ciudades corrompidas, entonces sería necesario que se inclinara más hacia la monarquía que hacia el Estado popular, a pesar de su adopción en la mayor parte de sus escritos, de una incondicional postura del gobierno a favor del pueblo. Vatter sugiere que es posible hacer una lectura republicana de las alusiones finales de Maquiavelo hacia la divina providencia y el giro «monárquico», solo si uno lo lee en su apropiado contexto teológico-político no cristiano.

    El último ensayo de este capítulo corresponde a Ely Orrego, quien también desarrolla una lectura teológica-política de Maquiavelo, pero concentrándose en el concepto de «milagro». La autora identifica en sus obras esta noción que, más allá de desarrollar lo sobrenatural como su sustento, permitiría pensar la noción de acontecimiento como kairós, fluctuando entre lo divino y lo humano. Del mismo modo, señala que no puede leerse únicamente en sentido sobrenatural, sino que el milagro remite a cómo los seres humanos son capaces de enfrentar a la «diosa Fortuna», la cual Maquiavelo denominará como inoportuna e impetuosa. Lo milagroso, entonces, se contemplaría en cómo afrontar por medio de las cualidades humanas dicha situación, sea por las virtudes propias como en un actuar en conjunto, constituyendo un cuerpo político (pueblo). Por un lado, Orrego plantea que el «milagro» nos entrega herramientas para la constitución de un poder del pueblo a partir del encuentro con otros seres humanos en esta ocasión, pero por el otro, las cualidades de un príncipe o gobernante que busque la gloria para sí o para su pueblo.

    En el último apartado, capítulo IV, el texto de Diego Rossello examina la representación animal en la obra de Maquiavelo, en particular la figura del centauro. A partir de los esbozos trazados por Jacques Derrida en sus escritos tardíos, Rossello formula una nueva interpretación del príncipe maquiaveliano, fundado en una noción de virtud política que reivindica la animalidad constitutiva del hombre. Esta wertud encontraría su personificación en el centauro, criatura mitológica de doble naturaleza (la mitad humana y mitad bestia) que habita en un mismo cuerpo. En tensión con el Maquiavelo de la lectura tradicional de la ciencia política, el príncipe wertuoso no traería consigo un salto epistemológico, ni contribuiría a establecer la autonomía de la política, sino que escenificaría una cierta dependencia, en este caso de la naturaleza animal. Para fundamentar su propuesta, Rossello se remite a dos referencias claves en la obra de Maquiavelo: el capítulo XVIII de El Príncipe y el poema El asno de oro. Al concluir el autor afirma que esta aproximación abre una genealogía alternativa a las narraciones que hacen la ciencia política y el republicanismo humanista, invitando a revalorizar el significado político del devenir animal de su pensamiento.

    El trabajo de Sebastián Guerra se introduce en las principales obras cómicas de Maquiavelo, identificando en su contenido una unidad moral con el corpus político del autor. La base de su afirmación descansa en la presencia de máximas maquiavelianas en los distintos escritos cómicos, que tendrían sintonía con los postulados enunciados en El Príncipe y los Discursos. Aspectos como la invariabilidad de la naturaleza humana, la importancia del conocimiento histórico y la supremacía de los fines por sobre los medios, serían ejes integrales en el pensamiento de Maquiavelo. Guerra afirma además que la comedia tendría para el autor una finalidad doble: formular una representación fiel de la vida privada de los hombres y constituir una instancia de instrucción moral para los individuos, guiada por los polémicos principios éticos del nuevo arquetipo de príncipe.

    Finalmente, el texto de Ernesto Rodríguez se sumerge en el análisis de la comedia más famosa de Maquiavelo: La mandrágora. Como primer punto, plantea que esta obra posibilitó que los florentinos de la época comprendieran la intención de El Príncipe sin que tuvieran la necesidad de leerlo directamente, dada la continuidad en sus contenidos. Según Rodríguez, La mandrágora es la figura de un juego de salón, compuesto de pasiones y engaños, que corresponde exactamente a la gran y cruel comedia de la vida política. Por otra parte, el autor se concentra en discutir tres temas presentes en la obra y que otorgan vital relevancia a Maquiavelo en el género de la comedia. El primero es el uso de la comedia como transgresión no criminal del orden, en tanto instancia que permite a través del humor sacudir y fustigar convenciones sociales, pero sin destruirlas. Luego, la sublimación de la vida buena como forma de resistencia a las angustias y afanes que consumen el espíritu de los hombres. Por último, el amor, como esquiva y peligrosa divinidad, que confirma en el conocimiento de lo peligroso y fugaz la existencia de cada ser humano.

    1 Muestra: «Il Principe di Niccolò Machiavelli e il suo tempo. 1513-2013», Complejo Museo Victoriano de Roma, Italia (del 25 de abril al 6 de junio).

    2 Entre los más destacados, la conferencia «500th Anniversary of Machiavelli’s Prince», en Harvard University (19-20 de septiembre); «Machiavelli’s The Prince after 500 Years», en Boston University (2 de junio); y «Liberty and Conflict: Machiavelli on Politics and Power», en Columbia University (6-7 de diciembre).

    3 Conferencia: «Machiavel, entre Le Prince et La Mandragore», en Université de Savoie (10 de abril).

    4 Conferencia Internacional: «Machiavelli’s The Prince: Five Centuries of History, Conflict and Politics», en Brunel University (29-31 de mayo).

    5 Seminario: «Machiavelli’s Il Principe at 500», en European University Institute (7-8 de mayo).

    6 Conferencia: «Machiavelli’s Prince 500 years on: Power, Secularism and Instability» en The University of Sydney (6 de agosto).

    7 En México, se destacó «El Príncipe de Maquiavelo 500 años después» en la UNAM (3 de octubre). En Argentina, «Maquiavelo 500 años de El Príncipe», en la Universidad de Rosario (23-24 de septiembre) y en Uruguay: «Maquiavelo intemporal. En los 500 años de El Príncipe» en la Universidad de La República (10-11 de octubre).

    Agradecimientos

    La principal gratitud es hacia cada uno de los autores que con su trabajo colaboró para dar forma a este libro. El interés, compromiso y profesionalismo que asumieron desde un comienzo me ayudó a no desalentar en momentos difíciles. Con varios de ellos agrego una deuda adicional, ya que fueron parte esencial de mi formación académica en la Pontificia Universidad Católica. Si hay que buscar responsables, son ellos quienes motivaron mi incansable interés por discutir y reflexionar sobre los asuntos públicos.

    También agradezco a mis padres, Domingo y María Inés, por su permanente cariño y apoyo. Por ellos me siento un privilegiado, ya que por su esfuerzo, mi hermana Natalia y yo, tuvimos la feliz opción de dedicarnos a lo que realmente nos apasionaba.

    A Maya, por su amor, compañía e infinita compresión.

    A mis amigos, Camila, Christian, Delia, Francisco, Rudy y tantos otros, por su fraternal apoyo y por estar siempre atentos al devenir de esta publicación.

    A mis colegas del Centro de Análisis e Investigación Política, por el respaldo y entusiasmo que mostraron hacia el libro. Agradezco a Nicolás, Patricio I., Pedro, Javier H. y al resto del numeroso equipo. Especial deuda tengo con Ely Orrego, colega y amiga maquiaveliana que colaboró en forma decisiva en la concreción del proyecto. También a Luis Oro y José Parada, por las provechosas y fraternales discusiones que tuvimos sobre el legado de Maquiavelo.

    A Leonidas Montes y Gonzalo Bustamante, de la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibañez, por la confianza y patrocinio a esta iniciativa. Por contribuir a rescatar la discusión sobre un autor que parecía olvidado.

    Finalmente, a RIL Editores, en especial a Eleonora Filkenstein y Alfonso Mallo, por el profesionalismo y dedicación de su trabajo.

    Moderno y polémico:

    Maquiavelo 500 años después

    Diego Sazo Muñoz

    Centro de Análisis e Investigación Política

    Nadie antes había argumentado que era función del conocimiento político instruir a los gobernantes en las técnicas del mal, porque nadie había pensado que la inmoralidad era el precio exigido por la supervivencia.

    Sheldon Wolin

    En el amanecer de la modernidad, la vida y obra de Nicolás Maquiavelo deslumbra por su condición creadora y polémica. Fue un revolucionario y su legado en la historia es tal que el estudio de la política se suele dividir en un antes y después en torno a su figura. Nació el 3 de mayo de 1469, en la ciudad de Florencia, cuna del Renacimiento italiano y escenario de agudas luchas políticas, que con los años condicionarían su futura visión del mundo. La suya fue una familia con estrechez económica, ajena a los círculos de poder, pero con tradición cercana al cultivo de las artes y letras. «Nací pobre y aprendí antes a sufrir que a gozar», escribió alguna vez⁹. De su madre, Bartolomea, se sabe poco, aunque de Bernardo, su padre, se conocen mayores detalles, como el profundo interés por los libros y los pensadores clásicos. Nicolás fue el tercero de cuatro hijos y como el mayor de los hombres fue el que más cercanía afectiva e intelectual tuvo con su padre. De él heredó la pasión por la lectura y el buen humor, aunque no así el oficio de las leyes y el interés por los negocios.

    La familia Maquiavelo vivía en una humilde casa en el sector de Santo Spirito, a pocas cuadras del Ponte Vecchio. La educación que recibió Nicolás fue discreta, principalmente por las deudas familiares que le impidieron asistir a las escuelas más privilegiadas de la Florencia renacentista. Sin embargo, por disposición de su padre, a los 8 años tuvo clases particulares con un famoso maestro de escuela, Paolo da Ronciglione, con quien aprendió gramática y rudimentos de latín clásico. Este aprendizaje sería fundamental en su acercamiento a los antiguos. A los doce, ya podía escribir por sí mismo composiciones en esta lengua y nutrirse de las enseñanzas de Aristóteles, Cicerón, Tito Livio, Plutarco o Tácito. De ellos nació su pasión por la historia y el estudio de la política. También su aproximación a la vida: no por nada transcribió con su puño y letra La naturaleza de las cosas, poema del romano Lucrecio que sublimaba lo fortuito y redimía al hombre del miedo a los dioses y la muerte, causas principales de la infelicidad humana¹⁰. Entre los modernos, siguió la ruta de Dante, Petrarca y Bocaccio. Del primero admiró su prosa y sabiduría; del segundo, su anhelo por una Italia unificada; y del tercero, su estilo de vida alegre, burlona e irreverente¹¹.

    El telón de fondo de su adolescencia fue Florencia, ciudad deslumbrante que albergó lo más selecto del humanismo y Renacimiento italiano. Por sus calles circulaba una generación de mentes creadoras y audaces, dispuestas a sepultar la quietud y aletargamiento de la época medieval, demasiado atenta a la verdad eterna y abstracta en torno a la idea de Dios¹². Aquí destacaron personajes como Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, Pico della Mirandola o Marsilio Ficino, que se resistieron a la subordinación del hombre y su rol en la historia, rebelándose a través del rescate del arte y la promoción de lo que hoy denominaríamos las ciencias sociales y morales. La ciudad era gobernada por los Medici, familia rica, asociada a la banca y anquilosada en el poder por varias décadas. A la cabeza estaba Lorenzo el Magnífico, astuto gobernante que logró establecer un equilibrio político en la fragmentada península italiana. Fue así como el Reino de Nápoles, la Roma papal, la República de Venecia, el Ducado de Milán y la misma Florencia, pudieron conservar la paz por algunos años. Y si bien frágil e inestable, esta tranquilidad pública posibilitó el auge y grandeza de Florencia a través del desarrollo del comercio y la promoción de las artes humanas. Con todo, el gobierno Medici sufriría una embestida interna. Ocurrió cuando los Pazzi, también familia banquera de la nobleza florentina, conspiraron para acceder al poder de la ciudad. El escenario de la conjura fue la catedral de Santa María del Fiore, en momentos en que culminaba la misa dominical. Lorenzo y su hermano Juliano, concurrentes a la eucaristía del sacerdote, fueron atacados con cuchillos por miembros de la familia Pazzi y otros conjurados. Juliano se desangró en el suelo tras diecinueve puñaladas, mientras que Lorenzo logró huir del lugar con graves heridas. La respuesta Medici fue demoledora: los responsables fueron asesinados e incluso linchados por el pueblo, y los Pazzi, privados completamente de sus posesiones, perdieron todo vestigio de su nombre. El cruel evento remeció Florencia y sus alrededores. Era 1478 y Nicolás, de casi 10 años, contemplaba en su joven inocencia la impureza y brutalidad de las luchas por el poder.

    Empero, el gobierno de los Medici no se prolongaría por mucho tiempo. Tras la muerte de Lorenzo, en 1492, lo sucedió su hijo Piero, quien con 20 años no pudo mantener los equilibrios políticos que gestionó su padre. El ocaso Medici llegaría solo 2 años después, cuando el rey Carlos VIII de Francia avanzó por tierras italianas para reafirmar sus derechos al trono de Nápoles. Florencia estaba en la hoja de ruta de las tropas y Piero, temeroso de la invasión francesa, cedió al rey el control de enclaves estratégicos para la seguridad y poderío de la ciudad. Su decisión fue muy impopular en Florencia, generando la rebelión de la élite y el pueblo, que en pocos días derribó al régimen mediceo. Desde ese momento, Piero pasó a la historia como «el Infortunado» y Florencia se abrió a una extraña opción de gobierno liderada por el fraile dominico Girolamo Savonarola.

    Este fraile era de condición especial. Además de popular entre los devotos, llevaba años pronosticando la caída de la poderosa familia como señal divina contra los tiempos corruptos. Formulaba encendidas diatribas desde la cúpula de Brunelleschi y arremetía contra los vicios morales, enfrentándose al papado y promoviendo la pureza de la iglesia primitiva, la modestia, castidad y el amor al prójimo. Sus convocatorias eran masivas y no era exagerado afirmar que Florencia se rendía a sus pies, otorgándole la categoría de padre espiritual y político de la nueva república¹³. El proyecto savonaroliano consistía en lo opuesto a lo hecho por los Medici: en vez de instaurar una nueva Atenas, la aspiración era configurar una nueva Jerusalén, es decir, el reino de Dios en la tierra, con Cristo como su cabeza y el pueblo de Florencia, representado por el Consejo Grande, como su cuerpo¹⁴. Maquiavelo era un activo espectador de la vida política de la ciudad y por tanto era frecuente que concurriera a estas querellas públicas, aunque siempre distante de la multitud cautiva por los discursos del dominico. Si bien admiraba su convicción, descreía de su grave mirada sobre los asuntos del mundo, pues contradecían el enfoque alegre, escéptico y placentero que le enseñaron los clásicos como Lucrecio. Pero el vertiginoso auge de Savonarola fue seguido por una caída proporcional, ya que debió responder por sus denuncias contra la Curia romana. En marzo de 1498, fue interrogado y torturado, y a las pocas semanas condenado a muerte por hereje. Murió ahorcado en la Plaza de la Señoría, ante el furor y júbilo de las masas florentinas, las mismas que poco tiempo antes lo aclamaban como un santo redentor. Se cuenta que Maquiavelo, ahora joven, «de mediana estatura, figura esbelta, ojos vivos, cabello oscuro, cabeza más bien pequeña, nariz levemente aquilina y labios apretados», observaba la escena desde un rincón, en silencio y con mirada fija, intentado comprender el trágico destino de este «profeta desarmado».

    Ingreso a la vida política (1498-1512)

    La caída del fraile dominico abrió nuevos espacios en la naciente república florentina. Fue entonces cuando Maquiavelo, de 29 años y sin experiencia administrativa previa, accedió al puesto de secretario de la Segunda Cancillería. A su favor estuvo la distancia que tuvo con la facción política de Savonarola¹⁵ y sus conocimientos en studia humanitis, de gran importancia para quienes asumían este tipo de roles en los asuntos públicos¹⁶. Entre las funciones de su cargo estuvo servir a los Diez de la Guerra, comité responsable de las relaciones diplomáticas de la República de Florencia, debiendo asistir a prolongadas comisiones al extranjero, actuando como secretario de sus embajadores y elaborando informes sobre asuntos exteriores¹⁷.

    Podemos imaginar la dicha de Maquiavelo. Ya sea por su propia virtud o por los intempestivos vientos de la fortuna, se ubicó en la vanguardia de la política florentina, siendo un espectador privilegiado de las luchas de poder de la época. Y no desaprovechó la oportunidad: en cada audiencia, en cada pasillo de las cortes que visitó, tomó nota de lo que acontecía, de los gestos y comportamientos de los poderosos. De ellos intentó descifrar los móviles de sus acciones; reconocer qué pensaban y qué proyectaban. De todo esto dejó constancia en sus cartas. Con todo, su trabajo no fue tarea fácil. Como su condición ante las poderosas potencias era la de un emisario que provenía de una república menor, sin armas propias y dependiente de fuerzas mercenarias, muchas veces fue ninguneado y debió aceptar la subordinación de los intereses de su Florencia.

    Todas las labores encargadas a Maquiavelo dejaron huella y enseñanzas en su modo de comprender la política. La primera misión importante ocurrió en 1500, cuando tuvo que asistir ante el monarca francés Luis XII para solicitar ayuda en la reconquista de Pisa, enclave estratégico de la República florentina que se había independizado durante el gobierno de Piero el Infortunado. En esta tarea pasó al menos seis meses en Francia sin obtener grandes resultados, tratando de justificar lo injustificable y tolerando la humillación de su patria, a quienes los franceses llamaban la «Señora Nada»¹⁸. De esta expedición aprendió el valor del prestigio y la importancia de poseer cuerpos armados propios frente a otros gobiernos: Florencia no tenía ni uno ni otro.

    La segunda misión sucedió dos años más tarde ante el duque César Borgia, capitán general de los ejércitos papales en la Romaña e hijo del corrupto y libidinoso papa Alejandro VI. En pocos meses, César Borgia había ampliado sus dominios territoriales mediante el uso de la fuerza y el engaño, eliminando toda resistencia a su poderío. Este ascenso creciente inquietó al resto de los potentados italianos y en especial a Florencia, que compartía fronteras con la Romaña y había sido advertida por el duque: «Si no me queréis como amigo, pronto me probaréis como enemigo»¹⁹. Maquiavelo fue enviado a conocer los planes de este príncipe avasallador y la experiencia lo marcaría para siempre. En los tres meses de su misión, sostuvo al menos veinticinco reuniones con el duque, a quien calificó en sus reportes como «victorioso y formidable», astuto, de gran fuerza de ánimo y con anhelo de hacer grandes cosas²⁰. Maquiavelo se rendía ante sus condiciones, al identificar en su figura el liderazgo político que la débil e irresoluta República de Florencia necesitaba en su intento por no ser invadida por fuerzas extranjeras. De César Borgia también admiró su autonomía militar, pensamiento estratégico y carácter resuelto, que le permitía ser amado y temido por sus súbditos. Con todo, siempre recelaría de su sobrestimada confianza en los vientos de la fortuna. El secretario inmortalizaría las condiciones del duque unos años más tarde, cuando dedicara un capítulo de El Príncipe a su persona²¹.

    En otra misión, en 1506, Maquiavelo fue enviado a Roma para informar sobre el ascenso del nuevo pontífice Julio II, enemigo visceral de la familia Borgia y declarado promotor de la guerra para recuperar territorios perdidos por la Iglesia. En este escenario de inevitable confrontación, su misión consistió en presentar y justificar la posición neutral de Florencia. Julio II, que comandaba a caballo los ejércitos papales, aceptó los términos aunque no sin despreciar la condición insignificante de la República. Un nuevo golpe al orgullo del secretario, que amaba su patria más que a su propia alma según comentó a sus amigos. De este papa guerrero, Maquiavelo admiró su decidida voluntad de expulsar a los extranjeros del territorio italiano; asimismo su destreza como príncipe eclesiástico que disponía de la religión como una extensión política para el sometimiento de las voluntades. No obstante, desconfiaba de su impulsividad y temeridad ciega, que no acompañada de la fortuna con seguridad cimentaría su camino a la ruina. Y así finalmente ocurrió pocos años después.

    Por último, en 1507, Maquiavelo fue destinado a tierras alemanas para concitar audiencia con el emperador Maximiliano de Habsburgo y conocer sus planes de marchar sobre Roma. En este caso, el secretario admiró la excelente organización militar, la riqueza y la libertad de las ciudades alemanas²², pero despreció el carácter mediocre, inepto e irresoluto del gobernante.

    En paralelo a estas funciones, Maquiavelo tuvo a su cargo la conformación de un genuino cuerpo de milicias armadas para Florencia. Quería que esta contara con un ejército nacional propio para su defensa, ajeno a las fuerzas mercenarias que respondían más al dinero que al cuidado y prestigio de la patria. Con este paso, Maquiavelo buscó emular el incipiente proceso de conformación del Estado que ya comenzaba a configurar el tablero político de Europa, como en España o Francia, pero aún muy distante de la fraccionada península itálica. De todos modos, el proyecto —que fue instituido en 1509 con el nombre de los Nueve de la Milicia, inspirándose en el modelo de la antigua República romana²³— generó algunas resistencias entre la aristocracia florentina no solo por el aumento de impuestos para su financiamiento, sino por considerarse un paso previo a una tiranía de quienes estaban a cargo de la república²⁴. Sin embargo, para Maquiavelo constituía una necesidad para la supervivencia de Florencia, ya que para conservar los Estados «no son suficientes los estudios y los libros»²⁵, sino que se requieren armas propias que aseguren el monopolio legítimo de la fuerza. Uno de los grandes logros de esta milicia fue recuperar la ciudad de Pisa ese mismo año.

    Pero la tempestad de la república estaría cerca. Ante la arremetida

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