Si bien es cierto: Sobre verdad, mentira y otros asuntos
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Si bien es cierto - Eduardo Fermandois
ediciones universidad católica de chile
Vicerrectoría de Comunicaciones y Extensión Cultural
Av. Libertador Bernardo O’Higgins 390, Santiago, Chile
editorialedicionesuc@uc.cl
lea.uc.cl
si bien es cierto
Sobre verdad, mentira y otros asuntos
Eduardo Fermandois M.
© Inscripción Nº 2024-A-6682
Derechos reservados
Julio 2024
ISBN N° 978-956-14-3287-1
ISBN digital N° 978-956-14-3288-8
Diseño: Carolina Valenzuela M.
CIP-Pontificia Universidad Católica de Chile
Nombres: Fermandois, Eduardo, autor.
Título: Si bien es cierto : sobre verdad, mentira y otros asuntos / Eduardo Fermandois.
Descripción: Santiago, Chile : Ediciones UC | Incluye bibliografía.
Materias: CCAB: Verdad | Verdad y mentira.
Clasificación: DDC 177.3 --dc23
Registro disponible en: https://buscador.bibliotecas.uc.cl/permalink/56PUC_INST/vk6o5v/alma997529089303396
La reproducción total o parcial de esta obra está prohibida por ley. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y respetar el derecho de autor.
Para Albrecht Wellmer
ÍNDICE
I
La verdad incómoda
II
Sobre mentiras y chanchullos
III
¿Y por qué sería malo?
IV
Verdad: la idea de un disenso
V
Posverdad: actitud y mecanismos
Epílogo
Un plaidoyer por la sinceridad
Bibliografía
Nota preliminar
Para no aumentar las referencias bibliográficas más de lo deseable, consigno solo las que corresponden a textos directamente relevantes para los temas tratados. En general, cito de acuerdo con las traducciones disponibles en español; cuando por claridad u otro motivo altero una traducción, lo indico expresamente. En el caso de textos escritos en inglés o alemán y de los cuales no existe una versión en español, las traducciones de las citas correspondientes son mías.
I
LA VERDAD INCÓMODA
1
«Tu papá murió», me dijo la tía Maruja el miércoles 3 de agosto de 1977, cerca de las dos de la tarde. Yo tenía catorce, mi tía vivía a dos cuadras de mi colegio. Por aquellos años, la jornada escolar en Chile contemplaba clases durante la tarde, una vez a la semana, y yo almorzaba donde la tía todos los miércoles para luego volver al colegio. A ella le tocó darme la noticia y lo hizo en ese estilo directo y lacónico que le era tan propio. «Tu papá murió». Tres palabras apenas, ninguna de más, ninguna de menos. O más que palabras, golpes. Tres golpes secos, mudos, sobre todo el último.
Pero no fue el dolor o la pena lo que me quitó el aliento en aquel minuto, por el resto del día y durante semanas y meses cuyo recuerdo se me desdibuja. Fue algo bien distinto: que lo dicho por mi tía era verdad. La pena, inmensa, vendría siempre unos instantes después, como levemente detrás. Por lo pronto, era así. Mi papá había muerto, no había vuelta que darle. Me sentía atónito por eso. Era, es y seguirá siendo verdad que mi padre dejó de existir ese día¹. Acaso el interés más hondo y genuino por el tema de la verdad proceda de una experiencia vital que impacta por el hecho de que su expresión más acabada no demande ni permita rodeos: así es, simplemente es así. Eso de tajante e indefectible que tiene lo verdadero, cuando realmente lo es, puede llegar a estremecer —en el caso de una muerte como en el de un nacimiento—.
«Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio», canta Joan Manuel Serrat. El verso expresa con precisión lo que experimenté cuando supe de la muerte de mi papá y durante el tiempo enrarecido que vino después. Una experiencia bastante común, creo: una especie de vértigo, de solo pensar que una persona especialmente cercana ya no está ni volverá a estar. Mi tristeza, ya digo, vendría siempre un poquito en diferido, con un extraño dejo de secuela; y después de la tristeza, los consuelos más o menos eficaces, de índole tan variada y que a veces provocan una pena curiosa. Pero ahí, frente a mí, no la tristeza ni mucho menos el consuelo, sino la fuerza incontenible del «es así». Han pasado más de cuarenta y cinco años. Y aunque los sentimientos que me genera hoy pensar en la muerte de mi padre son, desde luego, muy distintos, eso no invalida lo siguiente: la verdad de la muerte de mi papá no me impresiona hoy ni un ápice menos que la verdad de la muerte de mi mamá ocurrida hace apenas un año. Consista en lo que consista nuestra idea de verdad, algo en ella parece burlarse del paso del tiempo. Muchas verdades pueden ser tristes, qué duda cabe; solo una lectura literal y descuidada del verso que hemos escuchado cantar a Serrat lo asociaría con el intento de negar lo innegable. Su sentido más profundo radica en apuntar a un rasgo de la verdad que la determina mucho más que su eventual tristeza, su eventual alegría, su eventual sorpresa u otros rasgos que a lo más la acompañan. Lo que hace que algo sea verdadero es que no tiene remedio. Ni agravamiento, digámoslo también.
¿Y si no hubiese sido así? ¿Y si mi tía hubiese malentendido algo o perdido de pronto el juicio, y mi papá no hubiese muerto realmente el miércoles aquel? No descubro el misterio: en tal caso, la información habría sido falsa. Y desde luego que al enterarme de eso también habría perdido el habla. Pero no, era verdad. Tal como en el otro caso habría sido verdad que mi padre seguía con vida. Mi tía Maruja también murió hace ya un largo tiempo. Muchas, muchísimas cosas son simplemente como son. Algo muy distinto es lo que pueda uno hacer con una verdad indesmentible. Al menos en general, es posible aprender a vivir bien, o más o menos bien, con realidades que no somos ni seremos capaces de cambiar (en general: ¿siempre es posible vivir bien, o más o menos bien, después de la muerte de un hijo o una hija? ¿No existe lo trágico, lo inconsolable? ¿Hay respuestas para todo?). Al menos en general, digo, podemos cambiar, o ir cambiando de a poco, nuestra actitud frente a hechos lamentables. Pero si algo es realmente un hecho, eso no lo podemos cambiar, como lo prueba la muerte, el más porfiado de todos los hechos. ¿No conoce el lector o la lectora esa experiencia relacionada con la muerte a la que Camus alude con la expresión «el lado matemático del suceso»?². La experiencia se vive además a nivel colectivo: cuando algo es verdad, como, por ejemplo, que agentes del Estado chileno torturaron y mataron durante la dictadura cívico-militar (1973-1990) a miles de chilenos y chilenas debido a su orientación política, lo es de un modo tajante, indefectible. Si acaso existe una posición teórica llamada «relativismo veritativo», pienso que se lleva bastante mal con experiencias como estas.
Desde luego que lo dicho no representa, ni con mucho, la verdad completa sobre la verdad. Tampoco todas las verdades son tan verdades como la muerte, y en algún momento me veré obligado a decir algo al respecto. Es más, justo el aspecto de inexorabilidad que vengo subrayando —el «es así», y más cuando lo precede un «simplemente»— ha sido muchas veces sinónimo de los más nefastos dogmatismos, autoritarismos y sectarismos. Pero convengamos en lo siguiente: no parecería sensato atribuir ninguna actitud de esas a mi tía Maruja al momento de tener que darme el anuncio, ni cabe asociar con dogmatismo alguno un sinfín de afirmaciones que hacemos a diario, tan cruciales como la muerte de un padre o una madre, no tan cruciales como el retraso de un avión o derechamente triviales como algún chisme, incluso verdadero, vinculado con la farándula. Sobre el lado dogmático de la noción de verdad, asunto nada menor y que resulta natural asociar con lo que llamé su carácter tajante e indefectible, volveré en el capítulo cuarto de este librito. Una de las tareas que me he propuesto es mostrar que la idea de verdad no entraña de suyo una actitud dogmática y, todavía más, que el dogmatismo representa un profundo malentendido de dicha idea.
2
Nada de lo anterior borra la incomodidad que genera el tema de la verdad y que el título de este primer capítulo hace explícita. Más de una incomodidad, de hecho. Por lo pronto, no es tan obvio que la verdad se perciba siquiera como un tema. Esto suena un poco extraño, pero intentaré explicarlo. Existe una especie de omnipresencia invisible de la verdad, y de tan presente que está por todos lados —se parece más al aire que a los demás elementos de la naturaleza— no solemos reparar en ella. Como señala Frege, uno ve el sol, pero nunca ve que es verdad que el sol salió: «ser verdadero no es una propiedad perceptible a través de los sentidos» (1998, p. 200)³. La verdad se halla presente, pero por lo general de un modo implícito, cada vez que tratamos de establecer qué pensamos sobre esto o lo otro, cada vez que hacemos una afirmación, ya sea baladí, ya sea de vida o muerte. A menos que estemos bromeando, nuestras afirmaciones suelen ir acompañadas de una pretensión de estar en lo cierto —una pretensión de validez la llamó Habermas— que no necesita volverse manifiesta ni es siempre pretenciosa. Decimos «Se suspendió la clase», «47 + 12 = 59», «La línea 3 del Metro está temporalmente cerrada», «Las encuestas se equivocaron» o «Mon Laferte canta boleros», y en cada caso podríamos completar lo que decimos con expresiones como «y es así», «y esto es cierto» o, justamente, «y es verdad». No obstante, aunque la gramática nos permita añadir tales fórmulas veritativas, lo hacemos muy a lo lejos, solo cuando nos interesa resaltar algo que en rigor ya hemos afirmado. Dado entonces que la pretensión de verdad suele estar ahí, pero habitualmente oculta o callada, carecemos de la mínima distancia que requiere cualquier objeto de estudio para constituirse como tal. La frase de Frege lo expresa inmejorablemente.
La verdad comparte, es cierto, el estatus de asunto implícito con muchos otros temas filosóficos, lo que de paso explica por qué estos no suelen «ser tema». En nuestra condición de seres racionales y lingüísticos disponemos de conocimiento conceptual, pero solo de un modo tácito. Así lo pone de manifiesto la ineludible cita de san Agustín: «¿Qué es entonces el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé» (2005, p. 331)⁴. Por su lado, Strawson compara el modo en que las personas sabemos normalmente sobre el tiempo, la verdad, la existencia de las cosas, la acción moralmente correcta, el conocimiento o la libertad de la voluntad con el modo en que los hablantes nativos de un idioma cualquiera conocen sus reglas gramaticales (1997a, pp. 47-56). Nuestro conocimiento de las reglas del español, por ejemplo, tiende a ser puramente implícito (a menos que nos dediquemos a enseñarlo o lo estudiemos como lingüistas). Ahora bien, poder hacer algo, tal como hablar correctamente el español, es bien distinto de poder decir cómo eso se hace. La analogía de Strawson apunta entonces a una concepción de la filosofía como el repetido intento de volver explícito aquello que se encuentra no dicho en nuestra experiencia del mundo: filosofar es explicitar. Y para emprender la tarea se hace necesario, antes que nada, distanciarse del trato familiar que mantenemos con las palabras filosóficamente relevantes, experimentar una rareza, un extrañamiento. Conocemos el concepto de tiempo, tal como Agustín; solo que un buen día nos dejamos llevar por la voluntad de explicitar ese saber. «Pero ¿qué es realmente el tiempo?», nos preguntamos. Basta con formular este tipo de preguntas con honestidad para que las palabras filosóficamente relevantes se nos vuelvan extrañas, con lo que ganamos la necesaria lejanía para indagar en su significado. Una de las posibles lecturas de la burlona displicencia con que Poncio Pilato le dijo a Jesús «¿Y qué es la verdad?» (Juan 18, 38) apunta a que, por los motivos que fueran, Pilato no conoció tal extrañamiento. La verdad no se volvió tema para él, no al menos en ese momento. Más que plantear una pregunta genuina, solo combinó unas cuantas palabras con cinismo y desgano. Si alguien se topa con algún breve resumen del presente libro, quizás formule comentarios que recuerden un poco al prefecto romano: «¿Qué es mentir? Vaya pregunta más insulsa», «Pero si hasta un niño sabe lo que es la verdad» o «Es bastante obvio que la verdad importa, ¿no?». Sin embargo: ¿qué significa realmente mentir? ¿Qué es realmente la verdad? ¿En qué consiste realmente su importancia?
(En este punto, agrego un anuncio: el librito incluye breves reflexiones, parecidas a la que acabo de bosquejar, acerca del modo en que entiendo la filosofía, sus preguntas y procedimientos. Si estos «apuntes metodológicos», dispersos en los seis capítulos y unas cuantas notas, contribuyen a que el texto pueda leerse también, en parte, como algo parecido a una pequeña introducción a la filosofía, me sentiré, desde luego, muy contento).
Ahora bien, en el caso de la verdad se suma una segunda incomodidad, una más específica. Nuestro tema —asumiendo ahora que lo es— representa hoy por hoy un asunto poco atractivo, más bien latoso. Si se lo compara, por ejemplo, con los retos que plantean la bioética, la inteligencia artificial, las migraciones, la identidad de género o el transhumanismo —entre otras temáticas que merecen nuestra mayor atención—, los interrogantes que circundan la verdad se presentan pálidos o deslavados, y bien podrían ser asociados con la terquedad de quien insiste en volver sobre materias anticuadas. No le buscaré aquí una explicación, pero se trata de un hecho: si la verdad consiste en algún tipo de correspondencia con la realidad, en una coherencia entre creencias, en la utilidad que pueden tener ciertas proposiciones —justamente las verdaderas—, en la aseverabilidad de una oración bajo condiciones ideales, en una especie de evidencia inmediata, en un desocultamiento del ser o en un mero dispositivo lógico-lingüístico mediante el cual nos referimos a entidades lingüísticas en vez de hablar directamente sobre el mundo, nada de aquello parece importarle mucho a las personas, salvo que se trate de profesores, profesoras o estudiantes de filosofía. O ni siquiera eso: después de un siglo XX rico en propuestas filosóficas en torno a la pregunta de qué sea la verdad, la conversación al respecto da muestras de agotamiento incluso al interior de facultades y congresos de filosofía. El interés de algunos filósofos por determinar la esencia de la verdad ha decaído a la par que el interés de otros, conocidos como «deflacionistas», por negar la existencia de tal cosa. Y mientras menor sea la incidencia de dichos intereses en la academia, mayor se vuelve la dificultad para quien pretende escribir un pequeño libro sobre verdad y cuestiones afines en una colección titulada Filosofía pública.
3
En un agudo diagnóstico de comienzos de siglo, Bernard Williams describe una tensión que, como veremos, cabe asociar con un tercer motivo de incomodo. Se trata de la tensión entre dos tendencias que conviven en la cultura moderna y contemporánea, digamos que desde Nietzsche: por un lado, un «fervor por la veracidad» (Williams, 2006, p. 13), entendido como el denuedo con que se procura desenmascarar discursos e ideales de todo tipo poniendo al descubierto los fines que realmente los mueven —piénsese en la «filosofía de la sospecha» que se encarna en las obras de Nietzsche, Marx y Freud—, y, por otro lado, una «desconfianza frente a la idea de verdad» (ibid.), en el sentido de que esta no representaría más que un constructo cultural y, por ende, relativo —lo mismo que nociones afines como las de objetividad y realidad—. Amortiguar una tensión como la descrita no es, por cierto, tarea sencilla. Por un lado, el anhelo de veracidad lleva a cuestionar la existencia de cualquier verdad fija y, por esa vía, termina poniendo en tela de juicio la idea misma de verdad; por otro lado, el concepto de veracidad resulta ininteligible sin su vínculo, patente incluso a nivel lexical, con el concepto de verdad. No cabe esperar, según Williams, que las dos tendencias «puedan coexistir felizmente o que la situación sea estable» (2006, p. 14).
Me he preguntado a veces si lo último es tan cierto, es decir, si las dos tendencias de veras no pueden coexistir. No hablo de una coexistencia feliz, porque la tensión no solo parece difícil de amortiguar, sino del todo irrebatible. El hecho de que un afán de veracidad nos lleve a cuestionar la idea de verdad, idea sin la cual la veracidad misma no se entiende, dejaría de ser paradójico, si para efectos del cuestionamiento fuese posible colocar por un instante entre paréntesis la dependencia conceptual de la veracidad respecto de la verdad. Pero eso semeja más un número de prestidigitación que una solución convincente: cuando la veracidad insta a poner en jaque la idea de verdad no queda más que aceptar en ese mismo momento la idea que se pretende poner en jaque. Por otro lado, el reto inverso también sigue en pie: ¿por qué el ideal de verdad habría de eximirse de
